CAPÍTULO
13
Cuando Riyou le ordenaba hacer algo, Suzu sabía que de ninguna manera
podía rechazarlo. Así que, en una noche fría y oscura, con la luz de una
lámpara como su guía, subió al Monte Suibi. Se aferró una cuerda y buscó
equilibrio entre las rocas y los arbustos. La tormenta de viento la sacudía. De
pie, en el estrecho camino que serpenteaba a lo largo de la cresta de la
montaña, tuvo que agacharse para hacerle frente a toda la fuerza del viento.
Los acantilados, donde el hongo kankin
crecía, se encontraba peligrosamente a la mitad de la punta. Ató un extremo de
la cuerda a un árbol de pino con sus raíces ancladas en la roca. El otro
extremo se lo ató en la cintura. Aferrándose a la cuerda, comenzó a bajarse
lentamente a sí misma por un lado del acantilado, pero las ráfagas del viento
la hicieron dudar.
Los picos de esas altas montañas eran
extraordinariamente altos. Incluso teniendo la lámpara sobre la cabeza, Suzu no
podía ver la base del acantilado que descendía. El viento se precipitó hacia el
cielo por el agujero de color negro, como si cortara a través de ella. La sola
idea de bajarse a sí misma a esas profundidades con solo una cuerda de cable en
que confiar la hizo llorar de miedo.
¿Por qué Riyou la despreciaba tanto? Hubiera sido
mejor si nunca la hubiera conocido. Era difícil vivir en un país extranjero
donde no hablaba el idioma, pero ella tenía que creer que la vida seguía siendo
posible, incluso si ella no podía comprender una sola palabra.
¿Por qué he de soportar este infierno?
Habría conseguido una paliza peor si hubiera
rechazado ir por los hongos. Aun sabiéndolo, no podía mover los pies
temblorosos.
Tengo que conocer a la reina de Kei. Si pudiera…
Pero todos los sueños del mundo no cambiaban la
realidad de los acantilados y la negrura frente a sus ojos. Eso era todo, y
nada más.
¿Debería huir? ¿Salir de este lugar para siempre
y dejarlo atrás?
Si pudiera volver a Japón, no lo pensaría dos
veces. Eso era algo que los Asistentes de mayo nivel podían hacer, pero no lo
era y tampoco tenía asistentes. Para una asistente como Suzu, cruzar el Kyokai
era imposible.
Ella se aferró al borde del acantilado y lloró. De
repente, se oyó un ruido detrás de ella, el sonido como el ronroneo de un gato.
Suzu levantó la cabeza y levantó la lámpara. Setsuko, el tigre, estaba
suspendido en el aire más allá del precipicio.
Suzu tragó saliva y dio un paso atrás. Setsuko
flotaba en el aire, como si estuviera listo para saltar. Sus ojos brillantes
como joyas brillaban a la luz de la lámpara.
—Tú —el tigre gruñó con insistencia hacia ella.
Los Asistentes podían captar la esencia de lo que
un tigre decía, pero una asistente de la clase de Suzu en realidad no podía
hablar con el lenguaje de los animales.
—La señora.
¿Riyou no había tenido la intención de darle de
comer a esa criatura con ella? ¿Ella la envió a esa solitaria montaña para que
el tigre pudiera atacarla? ¿Ella la odiaba tanto? ¿Por qué?
El tigre le hizo una seña con la cabeza como si
tuviera prisa, instándola a que acabara pronto. ¿Así Riyou la estaba espiando?
¿Asegurarse de que Suzu hiciera lo que le pidió? Es por eso por lo que envió al
tigre después de ella.
—Lo sé, lo sé —respondió Suzu con voz temblorosa—.
Ya lo haré.
Agarró la cuerda con sus manos temblorosas y poco a
poco avanzó hacia el borde del acantilado. Agarrándose de la cuerda a medida
que se deslizaba, plantó los pies en el borde y se detuvo, su cuerpo suspendido
en el aire. Ella no podía moverse.
No puedo hacerlo.
El miedo le impidió descender más.
—No puedo. Lo siento.
Sus manos aferrándose a lo único que la mantenía
con vida temblaban como convulsionando. Si se pasaba más tiempo así, caería con
seguridad. Su mano se deslizaba y soltó la cuerda.
—Por favor… Ayúdame.
Un momento después, su mano se resbaló. Suzu se
estaba echando hacia atrás en el aire. Me estoy cayendo, pensó. Se había
olvidado por completo de la cuerda atada a su cintura.
Cuando volvió en sí, Suzu estaba flotando en el aire. La cara del
acantilado estaba justo en frente de ella. El suelo bajo ella era suave al tacto.
Por lo que la tierra no estaba tan abajo, después
de todo. Ella ahogó un grito de alivio. A continuación, la sensación de piel
suave. Setsuko. Ella estaba acostada sobre la espalda del tigre. Ella gritó:
—¡No! ¡Bájame!
Un momento después, el suelo estaba desapareciendo
bajo ella. Su cuerpo fue arrojado en el cielo. Se sintió caer. Arañó el aire,
como si estuviera en un sueño. Y luego Setsuko la agarró del cuello de la
túnica. Ella volvió a gritar. Con un movimiento de cabeza del tigre otra vez
arrojó su cuerpo al cielo. Cuando se asió otra vez a la espalda del tigre, se
colgó con todas sus fuerzas.
Esto no puede ser peor.
Recordó que la cuerda todavía estaba atada a su
cintura. Ella podría volver a subir la pared del acantilado con la cuerda. Con
las manos temblorosas se atrajo la holgada cuerda hasta que, repentinamente, no
había nada ahí.
—Oh, no, se ha cortado.
Suzu miró a Setsuko sobre la enorme roca. No tenía
más remedio que aguatar y quedarse sobre su espalda. ¿Pero por qué esa
criatura, que no podía ser montada por nadie más que Riyou, la regresaba a la
gruta?
—Lle-llévame de vuelta —le dijo Suzu al tigre—. Por
favor, llévame de vuelta a la cima del acantilado.
Ella sintió que algo caliente le corría por la
espalda. Será sangre, pensó, desde donde los colmillos de Setsuko le
habían arrancado un poco de piel. El dolor era intenso.
—Por favor. Ayúdame.
El tigre se movió. Se acercó a la roca, cerca de
uno de los arbustos que crecía ahí. Con un gruñido profundo y feroz le
advirtió. Cumple con tu deber, era lo que le estaba diciendo.
Suzu se aferró al tigre. Se acercó con cautela a un
lado, pero no pudo llegar. Una fuerte ráfaga la golpeó de lado. Cuanto más
fuerte era el viento, más fuerte era su pánico. Le castañeaban los dientes, con
las rodillas temblando, ella sabía que no iba a funcionar.
Con aprensión, soltó sus dos manos. Sin embargo,
mientras se inclinaba hacia el acantilado, se cayó de la espalda del tigre.
Chocó de cara contra el acantilado, cortándose la piel. Setsuko la atrapó con
una garra a través de su faja y por tercera vez la echó sobre su espalda.
Suzu rompió a llorar.
—¿Por qué…? —Todo era demasiado—. ¿Por qué me hace
esto a mí? ¿Por qué me odia tanto? —Suzu golpeó al tigre con sus puños—.
¡Suéltame! ¡Mátame si eso es lo que quieres! ¡Basta es basta!
Setsuko respondió con un ruido sordo de la
garganta.
Llévame de aquí. Fue la primera cosa que le
vino a la mente.
—¿A dónde? — se preguntó con timidez. Si se
escapaba, su nombre sería borrado del Registro de Inmortales y ese sería el
final para ella—. A Kei.
Ir con la reina de Kei. Pero ¿cómo? Reunirse con la
reina de Kei y pedirle a ella. Decirle acerca de su condición de miseria, del
gobierno tiránico de Riyou. Sin embargo, todavía…
Suzu de repente levantó la cabeza.
—¡Eso es! ¡Si recurro al rey, no tendré que
preocuparme por la reina de Kei!
Se aferró al pelaje de Setsuko que era bastante
difícil de asir debido a su corto pelo.
—¡Voy a recurrir a la Corte Imperial! El rey de
Sai. ¡Conseguiré castigar a Riyou y así mantener mi nombre en el Registro de
Inmortales! —Suzu golpeó a Setsuko tan fuerte como pudo—. ¡Vamos! ¡Vamos al
Palacio Choukan[1] en Yuunei!
Setsuko se alzó sin previo aviso. Suzu se aferró a
la vida en ello cuando el cuerpo del tigre se volteó y se agitó en el aire.
Barrida de su mundo, había sobrevivido solo para degradación de sí misma. Y,
sin embargo, ella tuvo su primera pelea con Setsuko. El tigre se agitaba a su alrededor,
tratando de desmontarla. Al fin, pareció darse por vencido y salió al galope a
través del viento, en dirección recta hacia el noroeste. El destino era Yuunei,
la capital de Sai.
La ciudad capital de Yuunei. Alguien estaba golpeando las puertas ante
la Sala del Gobierno. La noche se acercaba al amanecer. Alarmado por lo que
podría estar en marcha en ese momento en la noche, los guardias corrieron a las
puertas y descubrieron a un tigre rojo, y en la sombra del tigre, una joven se
aferraba al poste.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Vengo de la Gruta Suibi del Monte Ha. ¡Por favor,
ayúdeme!
Los guardias bajaron sus lanzas para mantener a
raya al tigre. Se suponían que la niña había sido atacada por esa criatura.
Después de darles una mirada altiva, el tigre les dio la espalda y se marchó
volando. Los guardias dieron un suspiro de alivio colectivo.
—Señorita, ¿te encuentras bien?
A la luz del día, el triste estado de la chica se
hizo evidente. Su ropa estaba desgarrada y manchada de sangre. Tenía el pelo enmarañado
y la túnica también manchada de sangre.
—¿Te atacó? ¿Estás bien?
Suzu se aferró al guardia que la estaba ayudando y
se tiró a sus pies. Es un milagro. Llegué a Yuunei. Ella gritó:
—¡Tienen que ayudarme! ¡La señora de la Gruta Suibi
está tratando de matarme!
Los guardias se miraron unos a otros.
—¡Se los ruego! ¡Ayúdenme!


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