Cuando se hizo el recuento de
gente esa noche, vieron que habían perdido a tres personas. Un youchou
descendió del cielo y mató a tres de los hombres reunidos alrededor de una
fogata en medio del claro.
Al
amanecer, el resto de la caravana regresó al campamento con nerviosismo. La
mayoría había dejado caer sus pertenencias y habían escapado solo con la ropa
que llevaban puesta. No podían continuar el viaje sin comida, agua y medicinas,
así que no tenían más remedio que volver sobre sus pasos.
Allí
encontraron los restos de los tres hombres y el youma, sus cadáveres
reducidos a trozos de hueso y carne. El youma que habían matado era un
pájaro gigante. También había esparcidos trozos de youma de varias
formas y tamaños, sin duda, las víctimas de la lucha por los cadáveres.
La escena
grotesca les provocó un escalofrío por la columna vertebral, al fin comprendieron
la verdadera naturaleza de donde estaban.
La caravana
empezó a avanzar de nuevo, no tenían más opción que seguir adelante. El único
santuario en el Mar Amarillo estaba en el Monte Hou, cualquiera que decidiera
regresar a la fortaleza tendría que esperar un año para que el Portón de la
Fuerza se abriera en el equinoccio de primavera, y nadie era tan valiente o
temerario como para dejar la caravana y actuar por su propia cuenta. El ir por
tierra en busca de una de las otras puertas estaba igualmente fuera de
cuestión.
No tenían
nada que hacer, ordenaron sus pertenencias descorazonados y empezaron a andar,
lanzando miradas cautelosas alrededor de ellos a cada paso y maldiciendo a
Gankyuu y a los demás que los habían abandonado sin pensarlo dos veces. El que
llevaba la voz cantante era Ren Chodai, un próspero hombre que tenía un negocio
en el reino de En,
—Si se
hubiera molestado en ayudar a los tres, aún podrían estar vivos. Corriendo sin
mirar atrás, sin molestarse en comprobar su estado, ¿qué clase de hombre es
ese?
Respondió a
la pregunta el rokushoku que había hablado brevemente con Shushou la
noche anterior. Creía que se llamaba Kinhaku. La docena de los que habían huido
unos pasos por delante de los otros no eran una compañía organizada sino un
grupo que viajaba más o menos el mismo lugar en la caravana.
Kinhaku
dijo:
—Sabíamos
los peligros que nos esperaban si nos quedábamos. Nuestro trabajo es proteger a
los que nos pagan, no a todo el mundo.
—Entonces,
¿por qué estamos viajando juntos en esta caravana durante todo el camino al
Monte Hou?
—Seguramente
es porque todos somos unos cobardes —dijo Kinhaku con una sonrisa irónica.
Chodai
frunció el ceño.
—Si estamos
hablado de cobardes, abandonar a esas desafortunadas personas y correr por las
colinas es una buena descripción.
—No me
importa cómo se defina la palabra, pero supongo que, por tanto, usted se
precipitó rápidamente en su ayuda y resistieron hasta el final…
La sangre
se agolpó en la cara demacrada de Chodai.
—Koubi…
—¿Qué has
dicho?
Gankyuu
caminaba junto a Shushou con las riendas del haku en sus manos, al ver a
los dos adultos enfurecidos, alargó la mano y tiró de su capa.
—Hey,
¿crees que deberíamos dejarlos? Parece como si estuvieran a punto de pelearse.
—Ya son
mayorcitos —dijo Gankyuu por encima del hombro—. Solucionarán el problema.
Veintisiete
años habían pasado desde la abdicación de la emperatriz. Todos aquellos con los
egos y las aspiraciones de grandeza hacía tiempo que ya habían renunciado al
Shouzan, habiendo ya determinado que nunca se sentarían en el trono. Hoy en día
todos los que intentaban el Shouzan carecían de la aspiración para luchar para
ser el primero en llegar al Monte Hou, pero los que se preocupaban de que un
rey no apareciera recomendaban encarecidamente que lo intentaran. Había menos
figuras heroicas que gente decente. Si no ellos, entonces los de talla aún
menor que, al observar cómo regresaban estas buenas personas con el corazón
roto desde el Mar Amarillo, eran repentinamente inspirados para hacer realidad
sus propias aspiraciones mezquinas. Estas personas, se enmendaban durante un
tiempo y eran capaces de hacerse pasar por gente virtuosa y convencer al resto.
Fuera cual
fuera el tipo de persona al que Chodai pertenecía, no era la clase de hombre que
abandonaba el sentido común para una pelea sangrienta sin sentido.
Shushou
dijo:
—Hey,
Gankyuu.
—Si vas a
preguntar qué es un koubi[1], olvídalo. Cuando se intercambian insultos,
hay un montón de palabras despectivas para referirse a nosotros.
—Sí, y creo
que no hay nada que se pueda hacer sobre esto tampoco —murmuró Shushou.
Gankyuu le echó una mirada de soslayo y alzó las cejas. Ella prosiguió—. El
hecho es que huimos. Y, para empeorar las cosas, sabías que las fogatas eran
peligrosas y no les dijiste nada.
Gankyuu
rezongó para sí mismo y sacudió la cabeza.
—No
hubieran escuchado, aunque se lo hubiese dicho.
—Sí lo
harían porque eres un experto sobre el Mar Amarillo.
—Me
pregunto, incluso si lo hicieran, eso sería una verdadera molestia.
—¿Por qué?
—El fuego
es peligroso, pero también es necesario. Puedes estar segura de que incluso si
se acepta que encender un fuego es peligroso, si yo fuera a decir a
continuación que es necesario, la gente entraría en pánico y me atacarían
diciendo que no. Entonces, para los novatos que solo saben que el fuego es
peligroso, entrar en el Mar Amarillo sería absurdo. Es cierto que yo he sido
contratado por ti, pero yo no quiero ser responsable de la imprudencia de todos
los idiotas por aquí.
—¿Y si te
lo ordeno como tu contratante?
—Me niego.
—Cobarde.
—Ya está
bien —interrumpió Rikou—. Es suficiente.
—¿Te estás
poniendo de parte de ese cobarde? —dijo Shushou con voz apagada.
Rikou
respondió en voz baja:
—En lo que
se refiere a Gankyuu, somos una pareja de idiotas impetuosos que andan
por el Mar Amarillo sin saber nada al respecto, probablemente esto le cause
muchos quebraderos de cabeza por lo que debemos confiar en la única persona que
sabe de lo que está hablando.
Shushou se
percató de la expresión molesta de Rikou y suspiró.
—Así que es
como los joushin -guardaespaldas-.
—¿Joushin?
—Eso es de
lo que se trata todo al final. Los que tienen recursos para contratar a un
guardaespaldas sobrevivirán, los que carecen de la sabiduría o los recursos no
lo hacen. Su destino se quedará en la cuneta.
—Ah, sí —dijo
Rikou con una sonrisa tensa—. Ese podría ser el caso.
—En otras
palabras, los que entran en el Mar Amarillo, sin contratar a un joushin
no pueden culpar a nadie más que a sí mismos. Son las manzanas podridas.
—No
necesariamente estoy de acuerdo con eso.
—Pero eso y
decir a la gente que las fogatas son peligrosas son dos cosas diferentes.
Gankyuu podría haber ayudado a aquellos hombres si hubiera querido, pero no lo
hizo. En lo que a mí respecta, la palabra cobarde no está tan lejos de la
verdad.
—Yo no
estaría tan seguro —dijo Rikou con esa misma sonrisa irónica.
—Está bien.
Yo se lo diré a todo el mundo.
—¡Ya es
suficiente! —gruñó Gankyuu.
Shushou lo
fulminó con la mirada.
—¿No
dijiste que no dirías nada ya que solo te ignorarían? Bueno, no me importa si
lo hacen. Entonces, ¿cuál es el problema?
—No hacer
nada estúpido.
Gankyuu
miró a Shushou, los ojos duros como el acero frío.
—Esa es la
mejor información que reservamos para nosotros mismos.
Shushou
sintió que sus mejillas se ruborizaban.
—¿Quieres
decir que, si todo el mundo supiera cómo viajar de forma más segura no
valorarían sus servicios tanto? ¿Es así?
—No me
importa lo que pienses que significa. No vayas difundiendo malos consejos.
—Haré lo
que quiera.
—Si haces
grandes avisos y pasa algo, los goushi quizá la pagarían contigo y no
podría hacer nada para evitarlo.
—¿Es una
amenaza?
Gankyuu
frunció el ceño y se encaró con Shushou, cuya cara era igualmente grave:
—Es una
advertencia.
—Y yo te
digo esto: eso es una excusa miserable para un hombre.
—¿Lo es?
Gankyuu
volvió la vista al frente. Finalmente, con una mirada penetrante, Shushou
carraspeó y desvió la mirada. Miró a Rikou.
—Un verdadero
cobarde. No hay vuelta de hoja.
Pero no
encontró apoyo en él ni rastro de ninguna sonrisa. La miró con una expresión
grave que levantó un repentino remordimiento en su corazón.
—¿Qué?
—ella comenzó a decir cuando Rikou murmuró:
—Eres joven
todavía.
—¿Qué
quieres decir? Ya sé que aún soy una niña.
Rikou
asintió y sonrió.
—Significa
que esto es algo que debemos dejar que maneje Gankyuu.
Shushou
infló sus mejillas en un puchero.
—Lo
entiendo, un cobarde dando la cara por otro. Probablemente te estás muriendo
por decirme cómo los adultos saben cosas que solo tienen sentido para otros
adultos.
—¿Eso es
así?
—Por
supuesto. Bien, pero hay que tener esto en cuenta: el trono no distingue entre
niños y adultos. Cuando me convierta en emperatriz, no creo que vaya a olvidar
nada de esto.

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