CAPÍTULO
15
El granero y el pequeño jardín detrás del orfanato estaban cubiertos de
nieve. El interior del granero, por lo general, se calentaba un poco con el
aliento de los animales, pero sino era frío y tranquilo. Shoukei golpeó en el
suelo con los pies congelados para quitarse el frío de los dedos de los pies.
La nieve se acumulaba más todos los días. Los
aldeanos se habían reunido recientemente en la ciudad los de las aldeas
exterior y el aire estaba cargado con la alegría anterior sobre las noticias
del año. Venía el año nuevo, sin embargo, al final de enero la gente se estaba
cansando de la compañía del otro. Pasar el invierno encerrados juntos, se
trataba de un largo proceso. Sentimientos reprimidos se fueron de las manos, y
las disputas mezquinas comenzaban a salir. Con esa mala atmósfera comenzaron a
fluir las ganas de que llegara la primavera, y todo el mundo volvería al campo
con muchas ganas.
Ella no tiene la menor idea de lo que se siente.
A medida que arrastraba los alimentos de los animales,
Shoukei maldijo a la reina lejana del reino oriental.
Lo que se sentía vivir en una vida de un patán, con
ropa apestando con el hedor de los animales de granja, con manos agrietadas y
congeladas, con grietas en la piel sangrante. Dormir bajo una manta congelada
en una casa con corrientes de aire, tablas tan frías que por la mañana las
paredes se coloreaban de blanco.
Yo lo sé. ¿Y qué clase de vida tienes tú?
Cortinas de seda, ropa de cama perfumada, una
habitación caliente bañada con la luz, no perturbada por una brisa solitaria.
Dobladillos de seda en su espalda mientras caminaba a lo largo, las joyas de obidama
en la cintura y una brillante tiara. Los sirvientes a su entera disposición y
los ministros postándose ante ella. Su trono descansando sobre un suelo
pavimentado con piedras preciosas, el trono y las pantallas talladas con una
artesanía inigualable y delicada, con incrustaciones de piedras preciosas y
llenas de banderitas de oro y plata rota.
Ah, sí, esos eran los tesoros más sublimes de su padre.
Y ahora tenía todo lo que Shoukei había perdido. Ella nunca tendría hambre o
frío y nunca lo tendrá. Adorada por miles, armada con autoridad sobre todos los
oficiales de la tierra…
Con cada paso que daba Shoukei, un agujero más se
abría en su alma. Las maldiciones silenciosas se arremolinaban en su boca. En
algún momento, sin darse realmente cuenta, había llegado a creer que todo lo
que ella había tenido había sido robado por la reciente coronada reina de Kei.
Imperdonable.
—¡Gyokuyou!
La voz aguda y burlona la trajo de nuevo a la
realidad. Ella parpadeó, aún con la mente en blanco. Entonces se dio cuenta de
que estaban llamando con su nombre. Miró a su alrededor a toda prisa.
Gobo estaba detrás de ella, apuñalándola con la
mirada.
—¿Cuánto tiempo más vas a estar repartiendo el
alimento? Si estás pensando en perder el tiempo aquí vas a ayudar a hacer el
desayuno, tienes otras cosas que hacer.
—Lo siento, solo me distraje por un momento.
—¡No quiero escuchar tus excusas! —Gobo agarró un
palo y golpeó a Shoukei cerca de las piernas—. Deberías estar trabajando tres o
cuatro veces tan duro como los demás. No podrás hacer que nadie en este pueblo
te alimente. Hay que ganarse la manutención con tus sucias manos.
—Lo siento —dijo Shoukei en voz baja.
Ella no tuvo más remedio que aguantarlo.
Humildemente bajó la cabeza, porque la golpearía más tarde o más temprano.
Había aprendido hace mucho tiempo que era lo único que podía hacer. Estaba
esperando que Gobo escupiera repugnantemente a un lado y diera otro golpe rápido
por sorpresa.
—¡Como si esas disculpas fueran en serio!
Shoukei cayó de rodillas y se desplomó en la paja,
de repente, consciente del fuerte dolor en sus hombros.
—¿Crees que serás recogida por alguna vieja
quisquillosa? ¿Qué me alabes de esa forma para así salirte con la tuya?
—Yo…
Gobo, una vez más, bajó el palo hacia ella. Shoukei
se hizo un ovillo mientras la golpeaba con fuerza en la espalda.
—¿Por qué arrastrar un peso muerto contigo? ¿Por
qué nos toca a nosotros poner comida en tu boca? ¿Por qué los niños de este
orfanato perdieron a sus padres, eh? ¿Por lo menos tienes la menor idea?
Shoukei se mordió el labio. No importara lo que le
dijera, ella no hablaría.
—¡Todo es culpa de Chuutatsu! ¡Tu padre!
Pero eso no tiene nada que ver conmigo,
Shoukei se gritó a sí misma mientras yacía en el suelo. ¡Ah, pero su Alteza,
la reina de Kei, no sabe nada de esta vida! Sus dientes seguían apretados
juntos, cuando Shoukei oyó una voz débil.
—¿Es cierto?
Levantó la cabeza. Gobo miró hacia atrás por encima
de su hombro. Una de las niñas huérfanas se encontraba inmóvil en la puerta del
granero.
—¿Qué estás haciendo aquí…?
—¿Quieres decir que, el padre de Gyokuyou, es
Chuutatsu? Si es eso, ¿significa que Gyokuyou es la princesa real? —Sus ojos
cayeron sobre Shoukei—. ¡Eso significa que es la princesa Shoukei!
Gobo se encontraba perdida en cómo responder.
Shoukei se quedó mirando a la chica. La chica comenzó a dar vuelta y correr
hacia el orfanato.
—¡La princesa real está aquí! —gritó ella—. ¡La
hija de los asesinos!
Los niños llegaron con apuro. Miraron a la
estupefacta Shoukei, asombrados. Varios de ellos se lanzaron hacia ella. La
cara se le puso blanca a Shoukei. Las voces de los niños resonaban desde el
patio delantero. Ella pronto escuchó una fuerte conmoción y el sonido de más
pasos que se acercaban.
—¿Ella es la princesa real?
—¿En serio?
La multitud inflamada rodeó a Shoukei, llevándola a
la esquina del almacén.
—¡Es cierto! ¡Gobo misma lo dijo!
—¿Es eso cierto, Gobo?
La mirada de todos cayó sobre Gobo. Shoukei la miró
suplicante. Cerró los ojos por un segundo. Gobo se dirigió a la multitud
reunida.
—Sí, lo es.
Siguió un momento de silencio, y luego los gritos
de abucheo sacudieron el granero.
Shoukei fue sacada de la granja y tirada a la nieve.
—Esperen… por favor…
Tan pronto como las palabras salieron de su boca,
los golpes llovieron. Ella gritó y fue lanzada lejos.
—¡Alto!
La voz estridente rasgó el aire. El hecho se hundió
en la mente aturdida de Shoukei, la voz le pertenecía a Gobo.
—¿Por qué deberíamos hacerlo?
—Piensen en esto, ¿qué es lo que ella está haciendo
aquí?
—¿Qué quieres decir con eso de qué es lo que hace
aquí?
—Alguien la ha registrado en el censo. Y habría
tenido problemas al hacerlo. Como he dicho, piensen en esto, ¿quién podría
lograr hacer algo así?
—¿Quién podría hacer algo así? —Toda la multitud se
hizo la misma pregunta y luego todos llegaron a la misma respuesta—: ¡El
Marqués de Kei!
El señor provincial de Kei, el comandante de los
señores provinciales, el que había matado al rey.
—Si fue él quien lo hizo, ¿creen que quisiera que
la golpearan hasta la muerte? El Marqués nos ha librado de ese bastardo. Ya no
tenemos miedo a los secuaces del rey. Ya no hay que preocuparse por ser
arrastrados a la horca. Todas esas leyes odiosas fueron derogadas. El Marqués
nos ha dado una vida de paz y seguridad.
—Pero…
—Yo odio a la pequeña princesa, también. Pero si el
Marqués decidió salvarla, no voy a ser yo quien le lleve la contraria. Sería
como escupirle en la cara. Yo sé como se sienten, pero he tenido que mantenerme
a raya.
Eso es lo que dices tú. Shoukei arañó la
nieve.
—¡Eso lo dices ahora! ¡Cuando hasta ahora no has
hecho nada, pero me has atormentado para tu propio entretenimiento!
Una bola de nieve la golpeó en la nariz. Shoukei se
cubrió la cara con las manos.
—¿Por qué la proteges, Gobo? ¡Si tú le estabas
dando una paliza a ella!
—¡Es cierto! ¡Vamos a desquitarnos con ella
también!
—Escuchen, todos…
—¡Mientras esta perra estaba descansando en el
palacio, estaban asesinando a mi mamá y a mi papá!
Shoukei gritó:
—¡Fueron castigados por haber faltado a la ley! —Siempre
había sido así. La gente siempre criticaba a sus padres. Pero su padre no los
ejecutaba porque lo disfrutara—. Si quieren que las cosas mejoren, para
eso, un reino debe tener leyes. De lo contrario, ¡todos harían lo que les
viniera en ganas! ¡Así que por supuesto que iba a ser castigados! ¡Solo
molestan a la gente que hizo las leyes porque quedaron atrapados! ¡Si nadie
tuviera miedo de ser castigado, entonces no obedecerían las leyes en primer
lugar!
Otra bola de nieve llegó volando a ella. Shoukei
quedó en cuclillas, recibiendo una bola de nieve tras otra.
—¿Así que está bien matar a la gente, entonces?
—¿Por el hecho de que se enferme y pueda ir a trabajar?
—Tuvimos que dejar el campo antes de la cosecha
para cuidar a mis padres. ¿Esa es razón suficiente para cortarles la cabeza?
—¡No sé nada de eso! —gritó Shoukei—. ¡No es mi
culpa! ¡No sabía lo que hacía mi padre! ¡Lo único que vi fue lo que me dejó
ver!
La agarraron, la ataron, la echaron a la cárcel de la ciudad y la
dejaron ahí. Después de la puesta del sol, Gobo fue a verla.
—He traído carbón —le dijo—. No quiero que te
mueras de frío.
Shoukei estaba sentada contra la pared fría.
—Prefiero morir de frío.
—Lo harás demasiado pronto. En este momento, están
decidiendo qué hacer contigo.
—Sientes lástima por mí, ¿no es así? Realmente es
demasiado tarde para eso.
Gobo le dirigió una mirada fría.
—No siento lástima por ti. No quiero hacer el mal solo
por el Marqués.
Shoukei resopló.
—¡Gekkei! ¡Ese chacal!
—¡Basta! —dijo Gobo con voz firme.
Shoukei altivamente levantó su cabeza a su vez.
—Derrocó al rey y se sentó en el trono sin el
Mandato del Cielo, eso es regicidio. No importa que lo quieras contar como algo
bueno. —Las imágenes terribles de ese día llenaron su mente—. Mató a mi padre.
Y ni siquiera eso fue suficiente. A mi madre también. ¡Y a Hourin! Gekkei es un
traidor. Mató al rey y al kirin, y le robó el trono.
—¿En serio? —Gobo murmuró para sí—. ¿Entonces el
rey y la reina fueron ejecutados delante de ti?
—¡Es un traidor! ¿Acaso no sabes nada?
Incluso si lo supiera, la dura expresión de su
rostro no cambió para nada.
—Lo que sé es tú estás podrida hasta la médula de
tus huesos.
—Lo que sabes…
—El Marqués no puede tomar el trono para sí mismo.
Vive en la capital provincial. El hecho de que eres algo desvergonzada no
significa que todo el mundo es tan egoísta como tú. Pero si eso es lo que
realmente pasó, maldice todo lo que quieras. No serás capaz de durar mucho
tiempo.
—Pero, por supuesto que me van a matar, no importa
lo que yo diga.
Cuando Gobo le dio la espalda, Shoukei siguió el
resplandor detrás de ella. Será por todos. Me estoy cansando de todos
ustedes.
Gobo le dijo:
—Parece que la gente del pueblo no está en sus
cabales, no importa lo que diga. Están hablando acerca de descuartizarte.
Shoukei se puso de pie.
—Un momento. ¿Qué están pensando qué? —Gobo cerró
la puerta y cortó la luz abruptamente—. ¿Seré descuartizada, es lo que dices?
Eso significaba atar sus brazos a un par de estacas
y las piernas a dos carros tirados por bueyes y luego romper su cuerpo en
pedazos. El más bárbaro de todos los castigos.
Shoukei gritó, pero no había nadie que la
escuchara. En la helada oscuridad de la celda, la única luz provenía de la luz
roja de los carbones en el brasero.

No hay comentarios:
Publicar un comentario