CAPÍTULO
20
Youko se retiró a sus habitaciones en lo profundo del Palacio Interior,
donde los ministros no la podrían seguir. Ella les dijo a sus asistentes que
nadie podría entrar excepto Keiki. Abrió la ventana.
Una brisa húmeda voló desde el Mar de las Nubes,
trayendo consigo el olor del mar.
—Después de todo, me escabullo…
Ella no podía evitar una sonrisa malvada. Ella
había relegado al Chousai al igual que los líderes de las dos facciones en
guerra al Sankou, donde no podían ejercer ninguna autoridad de facto. Con un
solo golpe, ella había limpiado el mapa político del palacio. Ella lo estuvo
considerando todo el tiempo. Por eso, cuando abrió la boca, todo acabó por
salir.
—Su Alteza —le llegó la voz severa de Keiki.
Youko se dio la vuelta. Keiki llevaba una expresión
sombría como lo había estado haciendo mientras la observaba.
—¿Qué está haciendo? Hace mucho tiempo se ha
estipulado que el Saiho no tiene autoridad para actuar. Esto es…
Youko lo interrumpió:
—Voy a Kankyuu. Voy a que el rey de En me enseñe la
gobernabilidad política.
Los ojos de Keiki se abrieron.
—¿Qué está diciendo?
—Por favor, mis saludos a los ministros. —Youko se
apoyó contra la ventana y cruzó las manos sobre su regazo. —Y pensaré en vivir
un tiempo en la ciudad.
—¡¿Qué?!
Youko examinó sus uñas. Ella dejaba el cuidado de
sus manos a sus sirvientes y se aseguraron de que sus uñas estén siempre
pulidas y hermosas. Todas esas prendas de lujo y joya, no era nada que le fuera
necesario.
—Nunca quise el trono de Kei.
—¡Su Alteza!
—Incluso si quisiera ser reina, eso no quiere decir
que quiera vivir en medio de toda esta opulencia. Me dijeron que el reino se
desmoronaría en el caos sin un rey. Me dijeron que la Divina Voluntad se
reflejaba en la voluntad de las personas. Es difícil no dormir en tu propia cama
en las noches. Es difícil pasar hambre. Yo lo sé hasta la médula de mis huesos.
Youko había sido arrastrada a ese extraño mundo
desde Japón. Sin saber ni conocer nada, había estado muy cerca de morir, con la
muerte pisándole los talones.
—Ser perseguido por los youma es lo peor. Si
yo no hubiera accedido al trono, el reino de Kei hubiera corrido la misma
suerte. Por eso lo acepté. Es por eso por lo que debe de haber un rey. Desde
luego no para hacer a los burócratas felices, ni tampoco para hacerte feliz.
¿No es la razón de que esté aquí el hacer feliz a la gente?
—Eso es porque…
Youko negó con la cabeza.
—Keiki, yo no sé nada de este reino.
—Su Majestad, eso es…
—¿Qué piensa la gente? ¿Qué es lo que desea y tiene
esperanzas? ¿Cómo viven? Eso es lo primero que no sé.
—En primer lugar, encontrar el camino correcto es
lo más importante.
—¿El camino correcto? —Youko sonrió—. Hay una
chica, la veo. Ella tiene tareas seis días a la semana. Luego están los clubes
a los que perteneces con la escuela llena. Ella practica piano y toma clases.
Los exámenes de mitad de período son los peores y hay dos de ese cada semestre.
Además de los exámenes parciales, hay exámenes de práctica para la universidad
que podrían determinar el resto de su vida. Obtener demérito de más, sin
demasiadas clases y ella se detuvo un año. Falló en sus exámenes de ingreso y
se convirtió en una ronin. El dobladillo de su falda debe llegar hasta
la rodilla, su corbata debe de ser de color negro. Sus medias deben de ser totalmente
negras. Así que dime, ¿cómo puedes hacer a esa chica feliz?[1].
—¿Ah? —se extrañó Keiki.
—En la sociedad que acabo de describir, ¿qué camino
debería tomar?
—Lo siento, pero…
—No tienes la menor idea, ¿verdad? —Youko le dijo
con una sonrisa irónica—. De la misma manera de que tú no entiendes, yo no
entiendo. ¿Qué camino debo tomar? Examino los rostros de los ministros y tomo
medidas de sus actitudes. Considero las opiniones que debo aceptar y las que
debo rechazar y las que tengo que trabajar. Eso es todo lo que sé.
—Pero…
—Así que, ¿me puedes dar un poco de tiempo? Esto es
muy diferente del mundo que yo conozco.
Keiki tenía una expresión de desconcierto total.
—En estos momentos, no puedo soportar estar sentada
en el trono.
Los ojos de Keiki se abrieron con asombro.
—Cuando yo estaba en Wa, yo vivía con el constante
temor de ser rechazada. Desde el amanecer hasta el anochecer, yo siempre traté
de leer las expresiones de la gente, tratando de permanecer a favor de todo el
mundo, tratando de mantener el equilibrio sobre esa cuerda floja increíblemente
estrecha. Ahora estoy tratando de leer tu expresión, la de los ministros, de la
gente de la calle, y luego intentar llegar a un acuerdo con todos en lo más
posible.
—Su Majestad…
—No quiero repetir el mismo error dos veces. Pero
me encuentro yendo en la misma dirección. En este momento, sé cómo va a ser
interpretado. Los ministros no estarán contentos. Es porque ella es una
mujer, es lo que todos suspiran. —Youko rio para sus adentros—. Quizás todo
se vendrá abajo ante mis propios ojos. Pero un rey que intenta leer la mente de
todos, que se balancea hacia atrás y hacia adelante como un junco al viento,
así, hasta que se libren de ese rey, y cuanto antes, mejor.
Keiki se quedó allí, sin expresión. Por fin,
asintió con la cabeza.
—Está bien.
—Por el momento, voy a dejar el reino en tus manos.
Yo sé que por lo menos no oprimirás al pueblo. Si alguna vez llega el momento
en que mi presencia es absolutamente necesaria, a continuación, envía al
corredor más rápido de la tierra a buscarme. Keiki, te pido que me dejes hacer
esto.
—Puede contar conmigo —dijo Keiki, con una
reverencia.
Youko lo miró fijamente, y luego dejó escapar un
suspiro de alivio.
—Realmente estoy muy agradecida. Es bueno saber que
entiendes de dónde vengo.
Keiki era la única retención que tenía. El rey de
En tenía muchos oficiales a su disposición. El rey de En era un hombre salvaje,
cuyas acciones exasperaban a todos sus ministros, pero todos confiaban en él, y
confiaban en ellos, a su vez. La única persona capaz de confiar en ella era
Keiki, y el kirin era la única persona en el palacio que le tenía una fe
verdadera.
—¿Y qué planea hacer su Alteza a continuación,
entonces?
—Como he dicho, estaba pesando en ver cómo es la
vida en la ciudad. Agarrar trabajo de obrero, vivir junto a la gente común.
—Si cumple con su aprobación, permítame hacer unos
arreglos para su estancia con antelación.
Youko inclinó la cabeza hacia un lado.
—Bueno…
—Usted no tiene la intención de vivir como
vagabunda, ¿verdad? Permítame esto. Permítame al menos hacer los arreglos, de
poner mi mente en tranquilidad.
—Está bien. Te lo dejo a ti.
Ahora Keiki respiró aliviado.
—Lo siento por ser tan egoísta.
Keiki sonrió levemente.
—A decir verdad, me siento un poco aliviado, también.
—¿En serio?
—En todo caso, por favor, regrese lo más pronto
posible.
—Sí, lo sé.
Saliendo del Palacio Interior, Keiki se detuvo para observar el mar de
nubes. Tan complicado como tenía las cosas, estaba extrañamente aliviado.
Keiki había servido a dos reinas. El nombre póstumo
de la primera es Yo-ou. Su reinado duró apenas seis años, y ella se había
quedado encerrada en el palacio la mayoría de ese tiempo. La mujer no tenía
interés alguno en el gobierno o en la política.
El recuerdo de su cara pálida se levantó de los
recovecos de su memoria. Ella tenía un carácter amable y prudente. A excepción
de su timidez extrema, no era indigna del trono. Sin embargo, lo que realmente
deseaba era una especie bastante banal de felicidad.
Más que querer la felicidad de su pueblo, Yo-ou
quería una existencia pacífica, frugal. No le importaban las riquezas, solo
vivir una vida sencilla, sin elogio o censura. Ella solo deseaba ser dejada en
paz para labrar la tierra, casarse con un hombre y criar a sus hijos.
Aún podía oír el sonido de su trabajo en el telar.
La primera vez que accedió al trono, parecía que
iba a servir con honor y verdad. Pero pronto se cansó de las rivalidades entre
los ministros. Los oficiales que había heredado del anterior monarca discutían
sobre el césped político y luchaban por los puestos de liderazgo. Con esta vida
rodeándola y cerrándose sobre ella, se retiró. Se aisló a sí misma cada vez más
profundo dentro del palacio, y allí trabajaba en su telar. Era su manera de
tratar de deshacer todo lo que le habían impuesto.
—Y aquí estoy, pensando en ella.
Keiki sonrió con una sonrisa triste. La primera vez
que conoció a Youko, le llamó la atención lo mucho que se parecía a Yo-ou. Y
aun así lo hizo. En el momento de la verdad, tendría que admitir que él
encontró las similitudes desconcertantes.
—Pero han resultado ser distintas.
Aunque solo sea en pequeñas cosas, Youko y Yo-ou
eran diferentes. Se dio cuenta de la forma en que Youko luchaba con sus
demonios personales. Al igual que Yo-ou, Youko retrocedía al tratar con los
ministros y aborrecía el trono. Pero Youko reconoció esas tendencias dentro de
sí misma. Ella había comenzado a tomar medidas para superarlo. Esa es la mayor
diferencia entre ellas.
—¡Hankyo![2] —Keiki llamó a su shirei[3].
—Sí —fue la respuesta de la sombra a sus pies.
—Acompaña a la reina y protégela. Asegúrate de que
ningún daño le suceda. Ella es la joya que Kei no puede permitirse el lujo de
perder.

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