La nube de polvo que se cernía
sobre la tierra manchaba de amarillo el aire.
El hombre
se quedó sin aliento. Mientras corría por el camino, lo único que podía ver
delante de él era una neblina rojiza. La carreta de su señor tenía que estar en
algún lugar más allá de la neblina, pero no pudo ver ni un solo retazo.
Subía cada
elevación de la carretera pidiendo que en lo alto las vistas más nítidas. O al
menos que los encontrara allí tomando un descanso. O si su suerte realmente se
había acabado, que los exploradores volvieran a buscarlos.
Oró en
vano.
Se
preguntaba si ya era hora de abandonar la esperanza, y, sin embargo, con la
cabeza alta, llegó a la cima de otra colina, viendo únicamente la estela de
polvo que su señor había dejado tras de sí, luego bajó la cabeza. Siguiendo por
el sendero, su sombra se hizo más larga con cada zancada.
—Shoutan
—jadeó uno de sus compañeros—, ¿crees que tal vez el señor realmente se ha ido?
En este
punto, Shoutan tuvo que enfrentar los hechos.
—Sí. Parece
que es así.
Dejó
escapar un largo suspiro. La punzada de dolor en su costado le dijo que, con
sus más de cuarenta años, su cuerpo no podría resistir mucho más aquello.
—El señor
tiene que estar descansando con los otros. Si nos mantenemos llegaremos…
Shoutan se
detuvo y respiró. Tenía dificultades para creer lo que estaba diciendo. Kiwa se
había largado a todo galope. Nadie de los que iban a pie llegaría jamás a
alcanzarlo. Incluso si se las arreglaban para acortar la distancia mientras
Kiwa descansaba, todo lo que conseguirían era que el youma los viera y
Kiwa se iría en un instante. Estarían comiendo su polvo de nuevo.
El hombre
que corría detrás de Shoutan cayó de rodillas.
—Maldito
sea.
—¡Hey!
—Shoutan lo llamó.
Pero el
hombre negó con la cabeza.
—He tenido
suficiente. No puedo correr ni un metro más.
Shoutan se
detuvo también. Otro hombre se sentó donde estaba parado y se tumbó en el
suelo. Y otros siguieron su ejemplo.
Sin duda,
si seguían corriendo alcanzarían a Kiwa, sin embargo, cualquier deseo de
exhortar a sus compañeros a seguir adelante murió también. Shoutan se sentó en
el medio de la carretera. Su aliento le ardía en la garganta. Su cuerpo sentía
como si una enorme piedra caliente se hubiera alojado en su costado. Se acostó.
El youma
venía. Los había seguido hasta ahí. Otro ataque era inevitable. Kiwa solamente
estaba abriendo la distancia entre ellos, pero no podía importar menos.
Nadie dijo
nada. Se sentaron y se quedaron allí y tomaron una respiración entrecortada
después de otra. Un grupo que les pisaba los talones, que había ido incluso más
atrás se encontraron con ellos. Miraron hacia abajo, a Shoutan y los demás.
Shoutan y los demás los miraron a ellos. Nadie dijo una palabra.
Sus caras
transformadas por la angustia. Como si una presa se hubiera roto, cayeron en la
carretera con un jadeo colectivo. Todavía no hablaron. Finalmente salió la
luna. Más de la compañía que había abandona Kiwa llegaron con cuenta gotas,
llenando el estanque seco de la base de la colina.
Su señor
los había abandonado. Ellos estaban tirando de los carros de mano cuando
estallaron los gritos y el carro del maestro desapareció en la distancia.
Sabiendo que los castigarían por ello después, abandonaron los carros y
corrieron tras él. No podían dejar atrás a tres equipos de caballos.
En medio de
la sabana, se encontraron con otro grupo de rezagados. Ahora estaban solo
ellos. Y el youma.
La mayoría
que iban al Shouzan tenía caballos, por lo que la mayoría de los que quedaron
atrás eran sirvientes y subordinados. Entre los criados que habían sido
abandonados por sus señores, como Shoutan, estaban los desgraciados igualmente
desafortunados cuyos empleadores habían muerto, lo que no les dejaba otra
opción que seguir al pie del cañón.
En
cualquier caso, corrieron tan rápido como sus dos pies les permitían. Luchando
por cada respiración, huyeron del último lugar donde el youma los había
asaltado. No se sentían más seguros. El youma ganaría cualquier carrera
a pie. Sin un caballo o kijuu, no había ningún lugar seguro para correr.
Tales
pensamientos les rondaban las mentes, sus piernas se volvieron de plomo. Una
vez que la pura inutilidad de sus esfuerzos brotó en sus corazones, no podían
dar un paso más.
En el
momento en que la luna se alzó sobre el horizonte oriental, un centenar de
viajeros se habían reunido en la base de la colina. Se sentaron en silencio,
roto por maldiciones ocasionales lanzadas a los cielos. Sus arrebatos quedaron
sin respuesta.
—Vendrá por
la noche. —Esta observación de lo obvio flotaba como una nube de humo por
encima del pesado silencio.
—Sí
—respondió Shoutan.
La noche se
acercaba. Los peligros se multiplicarían. Mientras todos estaban sentados allí,
el youma estaba cada vez más cerca.
—Como si
hubiera alguna diferencia —alguien escupió.
Shoutan asintió
a eso también. Habían sido arrojados a un lado como si fueran basura. Ni uno
solo de ellos estaban en el Mar Amarillo porque quisieran, habían seguido a su
amo. Shoutan fue uno de los servidores que vivía en el domicilio de Kiwa. Le
ordenó que lo acompañara, por lo que no pudo rechazarlo. Y así había terminado
ahí. Había caminado un largo camino, mientras que su amo montaba en su carro,
nunca fuera de su vista. Cuando su amo se detenía, trabajaba. Y luego Kiwa lo
empujó a un lado para salvar su propio pellejo.
Cuando el youma
atacó, Shoutan y los demás huyeron a pie. Los caballos y kijuu de pies
ligeros lograron escapar. Estaban atrapados ahí. Eso era más o menos a lo que
se reducía.
—Qué
imbécil —alguien dejó escapar.
Shoutan no
pudo evitar estar de acuerdo.
—Sí.
—El viaje
lleno de lujos gracias a todos nosotros, y luego, cuando las cosas se
complican, nos usa como escudos humanos.
—Sí, se
salva y se escapa al Monte Hou. Hey, no vaya a dejar que la gente como nosotros
lo detenga.
—Si tiene
suerte, él se convertirá en emperador y vivirá la buena vida para siempre.
—Eh. Un
hombre que abandona a sus siervos nunca se convertiría en emperador.
—Yo no
apostaría en contra de ello. Un montón de inútiles están haciendo funcionar
este mundo.
—Tienes
razón.
—De cualquier
manera, nunca lo vamos a saber.
—Sí. No es
como que lográramos ver cómo se cierran en sus narices las puertas del Monte
Hou.
—Diablos,
voy a estar feliz de no tener que ver cómo se enorgullece y es aún más
prepotente de lo que ya es.
Una oleada
de risas burlonas llenó el hueco. Shoutan tuvo que sonreír también. No podía
hacer nada más.
—¡Oye!
La tensa
exclamación hizo que Shoutan automáticamente se colocara en una postura
defensiva. A pesar de no ser una maldición, que solo podía ser el aviso de un
ataque youma, ya estaba en pie y listo para empezar a correr. No era el
único. Estaban vivos, al fin y al cabo.
—Viene
algo.
Tomaron
aire simultáneamente y miraron por la pendiente que marcaba el camino a seguir.
Aquellos que descansaban en la cuneta estiraron el cuello para mirar por encima
del borde.
—¿Un youma?
—No.
—Es una
persona.
—Está
viniendo hacia aquí.
Todos ellos
tragaron saliva, expectantes.
—Una
persona.
—Pero eso
es…
Los hombres
se alinearon a lo largo del borde del río seco, manteniendo la boca cerrada,
posados en la pendiente descendiente. Shoutan podía oír los pequeños pasos
también. En la calma total, cada paso resonaba con claridad. Entonces otro
sonido cayó sobre ellos como una lluvia suave, cálida.
—¿Hay
alguien ahí?
Los pasos se
aceleraron. Una pequeña figura apareció en lo alto del ribazo del estanque
seco.
—¿Están
bien?
La pregunta
rebosaba preocupación. La gente en el estanque se había ido reuniendo allí poco
a poco, ahora todos ellos respondieron instintivamente a la vez. Shoutan no fue
la excepción. Esa chica había vuelto. Seguramente podría hacer algo por ellos,
pero eso no era lo que importaba en ese momento, sabían que no era una
sirviente: Iba al Shouzan.
La mezcla
confusa de voces se convirtió en un grito de alegría. Sorprendida por esta
reacción, la chica les lanzó confusa una mirada a través del estanque.
—No
deberían ponerse feliz de verme. Siento decir que no tengo armas o ninguna otra
disposición. Solo yo.
—Eso está
bien para nosotros —respondió alguien.
—¿Oh? ¿Está
bien todo el mundo? ¿Hay alguien herido? —la niña respondió a sus propias
preguntas con una sonrisa irónica—. Todo el mundo difícilmente podría ser. Aun
así, el que muchos pudieran escapar es razón suficiente para alegrarse.
Shoutan la
miró lleno de agradecidas expectativas. La cuestión no era si el que alguien
que fuera al Shouzan haría cualquier cosa por ellos, una persona que viajara al
Shouzan, ante todo, tenía que preocuparse por sus vidas y por su seguridad.
La chica
bajó al estanque, se fijó en la multitud ante ella y dijo:
—¿Dónde
están las provisiones?
Casi como
si tomando la cuestión como una amonestación, un hombre admitió que las había
tirado y habían salido corriendo.
—Sí, cuando
se está corriendo por su vida, tales cosas se pondrían en el camino. Pero hay
que volver a buscarlas. No conseguiremos llegar muy lejos sin comida y agua.
Después
de esto, se repitió a sí mismo Shoutan.
La chica se
detuvo a unos pies de distancia, se dio la vuelta y dijo:
—Oh, eres
uno de los asistentes del señor Shitsu. Es bueno ver que estás bien.
—Sí, hum…
—Vamos a
volver y recuperar sus paquetes. ¿Hay alguien aquí que no pueda caminar?
—Pero…
—Si
permanecemos aquí igualmente moriremos de hambre y sed. Necesitamos esos
suministros. Comida y agua. ¿Cuántos aquí tienen suficientes provisiones para
sí mismos?
Unas manos
se levantaron aquí y allá.
—Lo que
significa que es apenas suficiente para el resto de nosotros. Sí, tenemos que
volver.
—Pero… —¿Volver
atrás y hacer qué? Para empezar, no tenían ningún caballo.
—¿Pero qué?
Necesitamos esos suministros, ¿verdad? Sin ellos, también deberíamos tirar
cualquier esperanza para el futuro. —Shushou sonrió—. Estoy diciendo todo el
camino al Monte Hou. Después de todo, los youma no están permitidos en
el Monte Hou. Venga. Vamos.
Shushou
habló como si estuviera proponiendo ir a dar un paseo. Cruzó el río seco y
empezó a subir al otro lado.
—Pero, Lady
Shushou[1]…
—Hemos
venido hasta aquí a pie, lo hicimos nosotros, ¿no? La distancia que nos queda
por delante es considerablemente menos de lo que hemos cubierto hasta ahora.
Quince días supongo. Y hemos estado en la carretera durante casi un mes. Este
no es el momento ni el lugar para comenzar expresando quejas.
—Pero el youma…
—¿No han
estado apareciendo youma a todo lo largo del camino? Fuera del Mar
Amarillo también. El que hayas llegado hasta aquí significa que tienes la
suerte de tu lado. Y de aquí en adelante, es casi imposible que todos vayamos a
morir.
—¿En serio?
—Pero sin
comida ni agua, ninguno de nosotros va a vivir mucho tiempo.
—Pero
¡tendremos que hacer el viaje de vuelta desde el Monte Hou también!
—Sí. Los shushi
que me acompañaron a lo largo del viaje llevaban suministros para dos,
suficientes para el trayecto de ida y vuelta, y no era más de que lo que un
hombre fuerte podría llevar a la espalda. En cualquier caso, vamos a
preocuparnos por llegar al Monte Hou primero. Una vez que estemos allí, estoy
segura de que podemos resolver algo.
—¿Cree que
será posible?
—¿No hay un
kirin viviendo en el Monte Hou? Si un grupo de este tamaño se perdiera a
esta distancia, en frente de la puerta de su casa, llamaría su atención
inmediata. Desde luego, no van a estar tranquilos mientras sus criados nos
detienen. Al final del día, hay que terminar con lo suficiente para sobrevivir.
El kirin está obligado a ser un tipo mejor que el señor que te abandonó
en el Mar Amarillo. Es una criatura misericordiosa y compasiva, ¿verdad?
Shoutan
abrió la boca para responder y se rio en su lugar.
—Supongo
que sí.
—Entonces
vamos a ponernos en camino. Incluso los youma no van a perder el tiempo
siempre en el mismo lugar. No es como si algo como esto nunca nos hubiera
sucedido antes. Volveremos, administraremos las provisiones y llevaremos solo
lo que necesitamos para llegar al Monte Hou.
A su
alrededor, la gente se puso lentamente en pie.
—¡Está
bien! Arriba. Cuando lleguemos al Monte Hou, ¿quién sabe? No es insólito que el
kirin escoja a un hombre común. Sirviente o señor, finalmente acabarás
encontrándote con el kirin. Realmente también van criados al Shouzan,
así que anímense y pongan su mejor cara.
Alentados
por sus palabras, iniciaron el regreso por el camino. Ella no puede ser tan
ingenua, Shoutan pensó para sí mismo. Sin embargo, una chispa de esperanza
creció en su corazón. El atisbo del futuro que les dio esa chica hizo que,
momentáneamente, centraran su atención en una vida que hasta hacía apenas unos
minutos no les importaba en lo más mínimo.
—No se
retrasen. Manténganse juntos, sean conscientes de su entorno. Si ven algo que
parezca un youma, den un grito. Si escuchan ese grito, piensen en
ustedes primero y corran.
—Pero el youma
es más rápido.
Shushou suspiró.
—Sí, lo es.
Pero correr es mejor que quedarse quieto. Así que huyan y escóndanse detrás de
un arbusto o una roca.
Shoutan la
miró boquiabierto.
—¿Esconderse?
¿Cómo que esconderse?
—Si no hay
arbustos o rocas alrededor, acuéstense sobre el suelo. No importa qué tan cerca
esté, no se muevan y no hagan ni un solo ruido. Los youma tienen
dificultades para detectar a los seres humanos en situaciones como esta. Es
aterrador, pero es su mejor estrategia. Eso es lo que hice y lo que me salvó.
¿Lo recuerdan?
—Ah
—Shoutan asintió.
—Vi que el youma
estaba sentado en la rama de un árbol justo encima de mi cabeza, no más lejos
de mí que lo que tú estás ahora. Me las arreglé para aguantar el miedo y
permanecer muy quieta. Es por eso por lo que estoy aquí en este momento.
La historia
ya se había extendido alrededor. Las palabras de una chica que había estado tan
cerca de un youma y había vivido para contarlo le daba un peso
adicional.
Así,
alentando a trompicones, hicieron su camino de regreso por la carretera. Se
encontraron con los suministros abandonados cerca del amanecer. Como antes, el youma
había dejado los cuerpos de los muertos atrás. Apresuradamente recogieron sus
pertenencias, pero para cuando habían hecho los paquetes para viajar, se habían
agotado y no estaban en condiciones de reanudar la marcha.
—Por
supuesto —dijo la chica, observando el sol asomando sobre el horizonte
oriental—. Hay menos lugares donde esconderse aquí durante el día, por lo que
el youma no debe estar tan activo. Debemos descansar también.
—Durante el
día. El mejor momento para caminar…
—Es por la
noche. La visibilidad es pobre y hay un montón de lugares para esconderse. Sin
lugar a duda, hace que el viaje a pie sea peligroso. No hay forma de saber
dónde el youma podría estar al acecho, pero si la visibilidad mejora,
aunque sea ligeramente, en una noche de luna llena, por ejemplo, podrás notar
cualquier sombra que se acerque.
—Supongo
que sí.
—Los youma
no son más fuertes durante el día. Tienen una buena visión nocturna, la luz los
deslumbra. Las personas que no hacen ruido o que se desplazan cuando están
durmiendo. Dormir bajo un arbusto o detrás de una roca solo podría hacer que
fuera más difícil de cazar.
—Eso tiene
sentido.
—Decidido.
Vamos a dormir ahora. Al llegar la noche, reanudaremos nuestro viaje a pie.
Mantengan sus mochilas a mano. El agua, concretamente, como si estuviera pegada
a su muñeca. En cualquier otro lugar estaría demasiado lejos.
Después de
eso, para asegurarse de que no se separaban otra vez, Shushou eligió un sitio
con una buena vista de la zona circundante. En algún momento, asumió el mando
de este grupo heterogéneo, nadie se opuso ni se ofreció voluntario. Habían
crecido para recibir órdenes y se acobardaban cuando se les daba demasiada
libertad para realizar una tarea.
Aunque los
ataques youma continuaron, unos se esforzaron por resistir estoicamente
mientras que otros se dispersaron, escondiéndose debajo de arbustos y detrás de
las rocas según las instrucciones de Shushou. Cada incidente confirmó aún más
la utilidad de la estrategia y la actitud general también se percató de ello.
Cuando
llegaba un ataque, agarraban la mano de su compañero más cercano y huían al
desierto. Permanecer en silencio aún requería una cantidad de valentía
considerable, pero, poco a poco, se enteraron de que compartir el terror con
otra persona hacía que fuese mucho más fácil.
Después de
que los youma sembraran el caos, regresaban, recogían sus pertenencias y
se iban. Después de tres días y tres noches de dar un paso atrás por cada dos
pasos hacia delante, había menos gente y menos suministros, pero la gran
mayoría se mantenía en buenas condiciones.
El grupo de
los refugiados continuó constantemente su progreso hacia adelante.

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