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El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

viernes, 24 de febrero de 2023

Las Alas Aspiradas - Capítulo 28

 

CAPÍTULO 28

 

 

 

La nube de polvo que se cernía sobre la tierra manchaba de amarillo el aire.

El hombre se quedó sin aliento. Mientras corría por el camino, lo único que podía ver delante de él era una neblina rojiza. La carreta de su señor tenía que estar en algún lugar más allá de la neblina, pero no pudo ver ni un solo retazo.

Subía cada elevación de la carretera pidiendo que en lo alto las vistas más nítidas. O al menos que los encontrara allí tomando un descanso. O si su suerte realmente se había acabado, que los exploradores volvieran a buscarlos.

Oró en vano.

Se preguntaba si ya era hora de abandonar la esperanza, y, sin embargo, con la cabeza alta, llegó a la cima de otra colina, viendo únicamente la estela de polvo que su señor había dejado tras de sí, luego bajó la cabeza. Siguiendo por el sendero, su sombra se hizo más larga con cada zancada.

—Shoutan —jadeó uno de sus compañeros—, ¿crees que tal vez el señor realmente se ha ido?

En este punto, Shoutan tuvo que enfrentar los hechos.

—Sí. Parece que es así.

Dejó escapar un largo suspiro. La punzada de dolor en su costado le dijo que, con sus más de cuarenta años, su cuerpo no podría resistir mucho más aquello.

—El señor tiene que estar descansando con los otros. Si nos mantenemos llegaremos…

Shoutan se detuvo y respiró. Tenía dificultades para creer lo que estaba diciendo. Kiwa se había largado a todo galope. Nadie de los que iban a pie llegaría jamás a alcanzarlo. Incluso si se las arreglaban para acortar la distancia mientras Kiwa descansaba, todo lo que conseguirían era que el youma los viera y Kiwa se iría en un instante. Estarían comiendo su polvo de nuevo.

El hombre que corría detrás de Shoutan cayó de rodillas.

—Maldito sea.

—¡Hey! —Shoutan lo llamó.

Pero el hombre negó con la cabeza.

—He tenido suficiente. No puedo correr ni un metro más.

Shoutan se detuvo también. Otro hombre se sentó donde estaba parado y se tumbó en el suelo. Y otros siguieron su ejemplo.

Sin duda, si seguían corriendo alcanzarían a Kiwa, sin embargo, cualquier deseo de exhortar a sus compañeros a seguir adelante murió también. Shoutan se sentó en el medio de la carretera. Su aliento le ardía en la garganta. Su cuerpo sentía como si una enorme piedra caliente se hubiera alojado en su costado. Se acostó.

El youma venía. Los había seguido hasta ahí. Otro ataque era inevitable. Kiwa solamente estaba abriendo la distancia entre ellos, pero no podía importar menos.

Nadie dijo nada. Se sentaron y se quedaron allí y tomaron una respiración entrecortada después de otra. Un grupo que les pisaba los talones, que había ido incluso más atrás se encontraron con ellos. Miraron hacia abajo, a Shoutan y los demás. Shoutan y los demás los miraron a ellos. Nadie dijo una palabra.

Sus caras transformadas por la angustia. Como si una presa se hubiera roto, cayeron en la carretera con un jadeo colectivo. Todavía no hablaron. Finalmente salió la luna. Más de la compañía que había abandona Kiwa llegaron con cuenta gotas, llenando el estanque seco de la base de la colina.

Su señor los había abandonado. Ellos estaban tirando de los carros de mano cuando estallaron los gritos y el carro del maestro desapareció en la distancia. Sabiendo que los castigarían por ello después, abandonaron los carros y corrieron tras él. No podían dejar atrás a tres equipos de caballos.

En medio de la sabana, se encontraron con otro grupo de rezagados. Ahora estaban solo ellos. Y el youma.

La mayoría que iban al Shouzan tenía caballos, por lo que la mayoría de los que quedaron atrás eran sirvientes y subordinados. Entre los criados que habían sido abandonados por sus señores, como Shoutan, estaban los desgraciados igualmente desafortunados cuyos empleadores habían muerto, lo que no les dejaba otra opción que seguir al pie del cañón.

En cualquier caso, corrieron tan rápido como sus dos pies les permitían. Luchando por cada respiración, huyeron del último lugar donde el youma los había asaltado. No se sentían más seguros. El youma ganaría cualquier carrera a pie. Sin un caballo o kijuu, no había ningún lugar seguro para correr.

Tales pensamientos les rondaban las mentes, sus piernas se volvieron de plomo. Una vez que la pura inutilidad de sus esfuerzos brotó en sus corazones, no podían dar un paso más.

En el momento en que la luna se alzó sobre el horizonte oriental, un centenar de viajeros se habían reunido en la base de la colina. Se sentaron en silencio, roto por maldiciones ocasionales lanzadas a los cielos. Sus arrebatos quedaron sin respuesta.

—Vendrá por la noche. —Esta observación de lo obvio flotaba como una nube de humo por encima del pesado silencio.

—Sí —respondió Shoutan.

La noche se acercaba. Los peligros se multiplicarían. Mientras todos estaban sentados allí, el youma estaba cada vez más cerca.

—Como si hubiera alguna diferencia —alguien escupió.

Shoutan asintió a eso también. Habían sido arrojados a un lado como si fueran basura. Ni uno solo de ellos estaban en el Mar Amarillo porque quisieran, habían seguido a su amo. Shoutan fue uno de los servidores que vivía en el domicilio de Kiwa. Le ordenó que lo acompañara, por lo que no pudo rechazarlo. Y así había terminado ahí. Había caminado un largo camino, mientras que su amo montaba en su carro, nunca fuera de su vista. Cuando su amo se detenía, trabajaba. Y luego Kiwa lo empujó a un lado para salvar su propio pellejo.

Cuando el youma atacó, Shoutan y los demás huyeron a pie. Los caballos y kijuu de pies ligeros lograron escapar. Estaban atrapados ahí. Eso era más o menos a lo que se reducía.

—Qué imbécil —alguien dejó escapar.

Shoutan no pudo evitar estar de acuerdo.

—Sí.

—El viaje lleno de lujos gracias a todos nosotros, y luego, cuando las cosas se complican, nos usa como escudos humanos.

—Sí, se salva y se escapa al Monte Hou. Hey, no vaya a dejar que la gente como nosotros lo detenga.

—Si tiene suerte, él se convertirá en emperador y vivirá la buena vida para siempre.

—Eh. Un hombre que abandona a sus siervos nunca se convertiría en emperador.

—Yo no apostaría en contra de ello. Un montón de inútiles están haciendo funcionar este mundo.

—Tienes razón.

—De cualquier manera, nunca lo vamos a saber.

—Sí. No es como que lográramos ver cómo se cierran en sus narices las puertas del Monte Hou.

—Diablos, voy a estar feliz de no tener que ver cómo se enorgullece y es aún más prepotente de lo que ya es.

Una oleada de risas burlonas llenó el hueco. Shoutan tuvo que sonreír también. No podía hacer nada más.

—¡Oye!

La tensa exclamación hizo que Shoutan automáticamente se colocara en una postura defensiva. A pesar de no ser una maldición, que solo podía ser el aviso de un ataque youma, ya estaba en pie y listo para empezar a correr. No era el único. Estaban vivos, al fin y al cabo.

—Viene algo.

Tomaron aire simultáneamente y miraron por la pendiente que marcaba el camino a seguir. Aquellos que descansaban en la cuneta estiraron el cuello para mirar por encima del borde.

—¿Un youma?

—No.

—Es una persona.

—Está viniendo hacia aquí.

Todos ellos tragaron saliva, expectantes.

—Una persona.

—Pero eso es…

Los hombres se alinearon a lo largo del borde del río seco, manteniendo la boca cerrada, posados en la pendiente descendiente. Shoutan podía oír los pequeños pasos también. En la calma total, cada paso resonaba con claridad. Entonces otro sonido cayó sobre ellos como una lluvia suave, cálida.

—¿Hay alguien ahí?

Los pasos se aceleraron. Una pequeña figura apareció en lo alto del ribazo del estanque seco.

—¿Están bien?

La pregunta rebosaba preocupación. La gente en el estanque se había ido reuniendo allí poco a poco, ahora todos ellos respondieron instintivamente a la vez. Shoutan no fue la excepción. Esa chica había vuelto. Seguramente podría hacer algo por ellos, pero eso no era lo que importaba en ese momento, sabían que no era una sirviente: Iba al Shouzan.

La mezcla confusa de voces se convirtió en un grito de alegría. Sorprendida por esta reacción, la chica les lanzó confusa una mirada a través del estanque.

—No deberían ponerse feliz de verme. Siento decir que no tengo armas o ninguna otra disposición. Solo yo.

—Eso está bien para nosotros —respondió alguien.

—¿Oh? ¿Está bien todo el mundo? ¿Hay alguien herido? —la niña respondió a sus propias preguntas con una sonrisa irónica—. Todo el mundo difícilmente podría ser. Aun así, el que muchos pudieran escapar es razón suficiente para alegrarse.

Shoutan la miró lleno de agradecidas expectativas. La cuestión no era si el que alguien que fuera al Shouzan haría cualquier cosa por ellos, una persona que viajara al Shouzan, ante todo, tenía que preocuparse por sus vidas y por su seguridad.

La chica bajó al estanque, se fijó en la multitud ante ella y dijo:

—¿Dónde están las provisiones?

Casi como si tomando la cuestión como una amonestación, un hombre admitió que las había tirado y habían salido corriendo.

—Sí, cuando se está corriendo por su vida, tales cosas se pondrían en el camino. Pero hay que volver a buscarlas. No conseguiremos llegar muy lejos sin comida y agua.

Después de esto, se repitió a sí mismo Shoutan.

La chica se detuvo a unos pies de distancia, se dio la vuelta y dijo:

—Oh, eres uno de los asistentes del señor Shitsu. Es bueno ver que estás bien.

—Sí, hum…

—Vamos a volver y recuperar sus paquetes. ¿Hay alguien aquí que no pueda caminar?

—Pero…

—Si permanecemos aquí igualmente moriremos de hambre y sed. Necesitamos esos suministros. Comida y agua. ¿Cuántos aquí tienen suficientes provisiones para sí mismos?

Unas manos se levantaron aquí y allá.

—Lo que significa que es apenas suficiente para el resto de nosotros. Sí, tenemos que volver.

—Pero… —¿Volver atrás y hacer qué? Para empezar, no tenían ningún caballo.

—¿Pero qué? Necesitamos esos suministros, ¿verdad? Sin ellos, también deberíamos tirar cualquier esperanza para el futuro. —Shushou sonrió—. Estoy diciendo todo el camino al Monte Hou. Después de todo, los youma no están permitidos en el Monte Hou. Venga. Vamos.

Shushou habló como si estuviera proponiendo ir a dar un paseo. Cruzó el río seco y empezó a subir al otro lado.

—Pero, Lady Shushou[1]

—Hemos venido hasta aquí a pie, lo hicimos nosotros, ¿no? La distancia que nos queda por delante es considerablemente menos de lo que hemos cubierto hasta ahora. Quince días supongo. Y hemos estado en la carretera durante casi un mes. Este no es el momento ni el lugar para comenzar expresando quejas.

—Pero el youma

—¿No han estado apareciendo youma a todo lo largo del camino? Fuera del Mar Amarillo también. El que hayas llegado hasta aquí significa que tienes la suerte de tu lado. Y de aquí en adelante, es casi imposible que todos vayamos a morir.

—¿En serio?

—Pero sin comida ni agua, ninguno de nosotros va a vivir mucho tiempo.

—Pero ¡tendremos que hacer el viaje de vuelta desde el Monte Hou también!

—Sí. Los shushi que me acompañaron a lo largo del viaje llevaban suministros para dos, suficientes para el trayecto de ida y vuelta, y no era más de que lo que un hombre fuerte podría llevar a la espalda. En cualquier caso, vamos a preocuparnos por llegar al Monte Hou primero. Una vez que estemos allí, estoy segura de que podemos resolver algo.

—¿Cree que será posible?

—¿No hay un kirin viviendo en el Monte Hou? Si un grupo de este tamaño se perdiera a esta distancia, en frente de la puerta de su casa, llamaría su atención inmediata. Desde luego, no van a estar tranquilos mientras sus criados nos detienen. Al final del día, hay que terminar con lo suficiente para sobrevivir. El kirin está obligado a ser un tipo mejor que el señor que te abandonó en el Mar Amarillo. Es una criatura misericordiosa y compasiva, ¿verdad?

Shoutan abrió la boca para responder y se rio en su lugar.

—Supongo que sí.

—Entonces vamos a ponernos en camino. Incluso los youma no van a perder el tiempo siempre en el mismo lugar. No es como si algo como esto nunca nos hubiera sucedido antes. Volveremos, administraremos las provisiones y llevaremos solo lo que necesitamos para llegar al Monte Hou.

A su alrededor, la gente se puso lentamente en pie.

—¡Está bien! Arriba. Cuando lleguemos al Monte Hou, ¿quién sabe? No es insólito que el kirin escoja a un hombre común. Sirviente o señor, finalmente acabarás encontrándote con el kirin. Realmente también van criados al Shouzan, así que anímense y pongan su mejor cara.

Alentados por sus palabras, iniciaron el regreso por el camino. Ella no puede ser tan ingenua, Shoutan pensó para sí mismo. Sin embargo, una chispa de esperanza creció en su corazón. El atisbo del futuro que les dio esa chica hizo que, momentáneamente, centraran su atención en una vida que hasta hacía apenas unos minutos no les importaba en lo más mínimo.

—No se retrasen. Manténganse juntos, sean conscientes de su entorno. Si ven algo que parezca un youma, den un grito. Si escuchan ese grito, piensen en ustedes primero y corran.

—Pero el youma es más rápido.

Shushou suspiró.

—Sí, lo es. Pero correr es mejor que quedarse quieto. Así que huyan y escóndanse detrás de un arbusto o una roca.

Shoutan la miró boquiabierto.

—¿Esconderse? ¿Cómo que esconderse?

—Si no hay arbustos o rocas alrededor, acuéstense sobre el suelo. No importa qué tan cerca esté, no se muevan y no hagan ni un solo ruido. Los youma tienen dificultades para detectar a los seres humanos en situaciones como esta. Es aterrador, pero es su mejor estrategia. Eso es lo que hice y lo que me salvó. ¿Lo recuerdan?

—Ah —Shoutan asintió.

—Vi que el youma estaba sentado en la rama de un árbol justo encima de mi cabeza, no más lejos de mí que lo que tú estás ahora. Me las arreglé para aguantar el miedo y permanecer muy quieta. Es por eso por lo que estoy aquí en este momento.

La historia ya se había extendido alrededor. Las palabras de una chica que había estado tan cerca de un youma y había vivido para contarlo le daba un peso adicional.

Así, alentando a trompicones, hicieron su camino de regreso por la carretera. Se encontraron con los suministros abandonados cerca del amanecer. Como antes, el youma había dejado los cuerpos de los muertos atrás. Apresuradamente recogieron sus pertenencias, pero para cuando habían hecho los paquetes para viajar, se habían agotado y no estaban en condiciones de reanudar la marcha.

—Por supuesto —dijo la chica, observando el sol asomando sobre el horizonte oriental—. Hay menos lugares donde esconderse aquí durante el día, por lo que el youma no debe estar tan activo. Debemos descansar también.

—Durante el día. El mejor momento para caminar…

—Es por la noche. La visibilidad es pobre y hay un montón de lugares para esconderse. Sin lugar a duda, hace que el viaje a pie sea peligroso. No hay forma de saber dónde el youma podría estar al acecho, pero si la visibilidad mejora, aunque sea ligeramente, en una noche de luna llena, por ejemplo, podrás notar cualquier sombra que se acerque.

—Supongo que sí.

—Los youma no son más fuertes durante el día. Tienen una buena visión nocturna, la luz los deslumbra. Las personas que no hacen ruido o que se desplazan cuando están durmiendo. Dormir bajo un arbusto o detrás de una roca solo podría hacer que fuera más difícil de cazar.

—Eso tiene sentido.

—Decidido. Vamos a dormir ahora. Al llegar la noche, reanudaremos nuestro viaje a pie. Mantengan sus mochilas a mano. El agua, concretamente, como si estuviera pegada a su muñeca. En cualquier otro lugar estaría demasiado lejos.

Después de eso, para asegurarse de que no se separaban otra vez, Shushou eligió un sitio con una buena vista de la zona circundante. En algún momento, asumió el mando de este grupo heterogéneo, nadie se opuso ni se ofreció voluntario. Habían crecido para recibir órdenes y se acobardaban cuando se les daba demasiada libertad para realizar una tarea.

Aunque los ataques youma continuaron, unos se esforzaron por resistir estoicamente mientras que otros se dispersaron, escondiéndose debajo de arbustos y detrás de las rocas según las instrucciones de Shushou. Cada incidente confirmó aún más la utilidad de la estrategia y la actitud general también se percató de ello.

Cuando llegaba un ataque, agarraban la mano de su compañero más cercano y huían al desierto. Permanecer en silencio aún requería una cantidad de valentía considerable, pero, poco a poco, se enteraron de que compartir el terror con otra persona hacía que fuese mucho más fácil.

Después de que los youma sembraran el caos, regresaban, recogían sus pertenencias y se iban. Después de tres días y tres noches de dar un paso atrás por cada dos pasos hacia delante, había menos gente y menos suministros, pero la gran mayoría se mantenía en buenas condiciones.

El grupo de los refugiados continuó constantemente su progreso hacia adelante.


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