PARTE
I
CAPÍTULO
4
Hay una montaña en el centro del mundo llamada Monte Hou. Una diosa con
el nombre de Gyokuyou gobierna ese lugar santo. Por el respeto y afecto de la
posición de Gyokuyou muchas chicas llevaban el nombre de ella.
En el cuadrante noroeste del mundo, en el oriente
del reino de Hou, en la provincia de Kei y la comarca de Han, había una chica
llamada Gyokuyou.
—¡Gyokuyou!
La brisa de otoño llevó lejos su grito. La chica
levantó la cabeza desde el medio del campo de hierba seca. Una mueca apareció
en su cara cuando enderezó su adolorida espalda, y también porque no le gustaba
ese nombre.
Ella había tenido una vez un hermoso nombre: Shoukei.
No uno desgastado, como la docena de Gyokuyou en nombre.
Hacía casi tres años, manchada con la sangre de su
madre y su padre fue retirada del Palacio Imperial y enviada a la aldea de
Shindou. Una vez tuvo la apariencia de una perla, pero ahora estaba bronceada y
con pecas por el sol. Antes de cara rechoncha como el melocotón, ahora las mejillas
hundidas. Los huesos se destacaban en sus dedos al igual que los tendones de
las piernas. El sol le había blanqueado el pelo azul oscuro a un gris
ceniciento. Incluso sus ojos de color violeta habían perdido su brillo,
volviéndose de un color púrpura fangoso.
—¡Gyokuyou! ¿Dónde estás? ¡Respóndeme!
Al escuchar la voz chillona, Shoukei se puso de
pie.
—Estoy aquí —abrió los tallos de la hierba de doncella[1] con las
manos, mostrándose.
Ella sabía a quién pertenecía la irritante voz en
cuanto vio su rostro. Era Gobo.
—¿Cuánto tiempo tardarás para tener la cosecha de
la hierba? Los otros niños ya regresaron.
—Ya estoy terminando.
Gobo se abrió paso entre la hierba alta. Echó un
vistazo a los paquetes de tallos que había reunido Shoukei y resopló.
—Seis fardos, de hecho. Bastante pobre es eso.
—Pero…
Gobo soltó de su garganta tan pronto como la
primera palabra salió de su boca.
—No hablaré de nuevo por ti. ¿Quién te crees que
eres? —bajó la voz—. No eres más que una huérfana, que no se te olvide.
Como siempre, Shoukei se mordió el labio. No, no
podía olvidar ni por un instante. Gobo no dejaría pasar un día sin echarle una
calumnia, dos o tres. No podía olvidarlo siquiera.
—¿Qué tal si te esfuerzas honestamente por una vez?
Yo no creo que tenga que recordarte que, si dejas al gato fuera de la bolsa, la
gente de este pueblo tendrá tu cabeza en una bandeja.
Shoukei se mordió la lengua. Cualquier respuesta
que diera a la vez tendría una réplica de esa voz áspera.
—Está bien —dijo humildemente.
—¿Qué es eso?
—Gracias por todo lo que has hecho por mí.
Una mueca llegó a los labios de Gobo.
—Otros seis fardos. Trabaja hasta la hora de cenar
si es necesario. Y si llegas tarde, pasarás hambre.
—Sí.
El sol del otoño ya estaba bajo el cielo. Por
supuesto que sería imposible reunir seis fardos más de hierva antes de la cena.
Gobo olfateó para sí mismo y salió, abriéndose paso de nuevo a través de la
hierba. Mirando brevemente la parte posterior de Gobo, Shoukei agarró la manija
de la hoz a sus pies. Sus manos estaban abundantemente melladas y arañadas por
la hierba, sus dedos cubiertos de lodo. Shoukei había sido llevada a la
provincia de Kei y registrada en los libros de ese remoto pueblo en la montaña.
La historia era que sus padres habían muerto y había sido enviada al rike
local, una especia de casa que acogía a los huérfanos y a los ancianos de
varios pueblos de los alrededores. Gobo era la directora de la instalación.
Además de Gobo, había nueve niños y un anciano. En
un primer momento, Gobo y los demás habían sido amables con ella. Sin embargo,
los niños hablaron sobre cómo murieron sus padres. Mucha amargura estaba
dirigida contra el rey muerto. Shoukei no podía participar, solo podía bajar la
cabeza y morderse la lengua. Cuando se le preguntaba acerca de sus padres, no
podía pensar en una buena manera de responder.
Por otra parte, haber nacido de la riqueza y el
poder, no sabía nada de la vida rural. No tenía sirvientes. Ella había sido
repentinamente echada a un ambiente que nunca antes había visto, en el que
labraba la tierra con el sudor de su frente y cosía su propia ropa con sus
propias manos. Ella difícilmente distinguía su mano izquierda de la derecha.
Después de haber vivido una vida en un capullo, era difícil acostumbrarse a la
vida del orfanato. Se encontró alejada de los demás. Ella era tan inútil, le
decían, ni siquiera sabía cómo usar una azada. No podía explicar que ella nunca
había visto una azada antes, ni siquiera que no tocó una.
De acuerdo con su actual registro de censo, los
“padres” de Shoukei vivían solos en un bosque de una montaña no muy lejos de
Shindou. Eran fumin[2], itinerantes que habían dejado sus hogares y no
fueron vinculados a ningún municipio. Los fumin eran a menudo los
apostadores, delincuentes o “reclusos” como sus “padres”. Discretamente se
ganaban la vida en las montañas cerca de Shindou como carboneros, vagabundos,
sin vínculo con la tierra o cualquier propiedad.
Habían sido ejecutados.
El verdadero padre de Shoukei, el rey de Hou
Chuutatsu, había promulgado infinidad de leyes y decretos ordenando el retorno
a sus tierras a los fumin y que se registraran. Rechazando las
obligaciones con el rey, rechazaban las leyes santas. El crimen y la corrupción
enconaban a los fumin. Su vida indisciplinada socavaba la ciudadanía en
posición vertical y alentó los crímenes. El rey les imploró una y otra vez para
volver a sus hogares y reanudar sus medios de subsistencia adecuados. Lo que no
se pudo esperar era que escaparan del castigo.
Gekkei, el hombre que le había causado esa
situación a ella, la había registrado a Shoukei como hija de esa pareja. Su
hija con anterioridad a cargo a un orfanato en un pueblo lejano supuestamente
había sido trasladada ahí justo antes de su muerte.
Pero Gobo había visto de alguna forma a través de
la mentira. La chica que le habían confiado al orfanato no era otra que la
supuesta hija muerta de Chuutatsu. Un día, ella le había dicho a Shoukei:
—Si este es el caso, entonces debes dejarme saber
todo sobre eso. Esta vida debe ser tan difícil para ti.
Shoukei había llorado. Una vida dedicada al cultivo
de alimentos y la cría de animales era de hecho una molestia.
—Solo suponiendo que la princesa está viviendo aquí
en los palos, vestida con harapos. Ella, que antes se la conocía como la más
brillante de Hoso. La joya de la corona.
Shoukei hundió la cara entre las manos y Gobo
continuó con su voz suave y persuasiva:
—Un conocido mío pasa a ser un rico comerciante de
la capital de la provincia de Kei. Él lamenta profundamente el fallecimiento de
nuestro difunto rey.
Shoukei no pudo aguantar más. Su vida nunca iba a
ser como antes, pero la promesa de mejorar las cosas, aunque sea un poco, de
ser rescatada de esa existencia sucia, la atrajo a bajar la guardia.
—Oh, Gobo, por favor, ayúdame —Ella rompió en
llanto—. Gekkei, el marqués de Kei asesinó a mi madre y a mi padre y me
abandonó en este destino. Él me odia.
—Justo lo que pensaba —pero el hielo y el acero
estaban en su voz. Shoukei levantó la cabeza sorprendida. Gobo le dijo—: Tú
eres la hija de ese monstruo.
Shoukei podía oír a Gobo apretando los dientes y se
dio cuenta de su error.
—Él mató a la gente como si fueran insectos.
Fue porque la gente rompía las leyes, quiso
replicar Shoukei, pero estaba demasiado intimidad para hablar, se tragó las
palabras.
—Él mató a mi hijo. Y todo porque le dio pena que
ejecutaran a un niño y le lanzó una piedra al verdugo. Solo por eso, fue
condenado y sentenciado a muerte por ese chacal.
—Pero… era…
—¿Así que crees que estuvo buen que lo ejecutaran?
Shoukei sacudió violentamente la cabeza.
—No, yo no sabía nada al respecto. Yo no sabía nada
de que mi padre hiciera esas cosas por el estilo.
De hecho, Shoukei estaba completamente a oscuras en
cuanto a lo que su padre y madre habían hecho. Protegida en el corazón del
palacio, rodeada de riquezas y fortuna, había asumido que el resto del mundo
era de la misma manera. No fue hasta que los soldados se habían reunido en la
ciudad debajo del palacio y la confusión había rasgado el aire que no se le
podía ocurrir que alguien podría siquiera odiar a su padre.
—¿No lo sabías? ¿Me estás diciendo que crea que una
princesa real no tenía idea de lo que estaba pasando dentro de la corte
imperial? Todo el reino se llenó hasta el tope de protestas y lamentos por los
difuntos, ¿y tú no oíste nada?
—Honestamente, no lo sabía.
—¿Viviste una vida desvergonzada sin tener una
mínima idea de dónde venía la comida que llenaba tu pequeña y sucia boca? De la
gente de este pueblo, a partir de ahí. ¿Quién no, a pesar de todas las cargas
previstas en la espalda, mantenía sus manos a la obra y ponía al día de un
trabajo honesto, después de otro?
—¡Te lo digo! ¡Yo no sabía nada de eso!
—¡Pensar que todos trabajaban para alimentar a
gente como tú!
Una punzada de dolor provocó a Shoukei un nuevo
sentido. Ella lastimó su dedo con uno de los dientes de la hoz.
—¡Ay! —dijo. Había dolor en su corazón, así como en
su dedo—. Yo realmente no sabía lo que estaba pasando.
Gobo no ocultó su odio. Los otros niños en el
orfanato y la gente en el pueblo parecían no agradarles en cuestión de poco
tiempo. Tuvo que trabajar tres veces más duro que los otros niños, ella siempre
era la última, de hecho, y todo el mundo la llamaba estúpida.
—¿Qué le he hecho yo a ellos?
Ella realmente no lo sabía. Su padre y su madre
nunca le habían concedido una audiencia en la corte imperial. Nunca la dejaban
salir del palacio. No había ninguna forma de que ella supiera qué tipo de lugar
era el reino.
Le llevó tres viajes para transportar los fardos de hierba. En el
momento en que lo hizo, por último, las sombras caían en el camino. La hora de
la cena en el orfanato había terminado.
—¿Dónde has estado, llegando a esta hora?
Las risitas de las otras chicas en el orfanato
cayeron sobre sus orejas. Gobo la miró con ojos fríos.
—Come he dicho, si no has llegado a tiempo, no hay
comida para ti.
Shoukei se mordió el labio. Tres años habían pasado
desde que llegó a vivir ahí. Ella llegó a soportar sus circunstancias de
pobreza, su atuendo humilde. Pero una cosa que nunca hizo era pedir algo de
comer.
—Esa es la manera perezosa y tonta de Gyokuyou.
—Todo el mundo sabe que es una aprovechadora.
Las calumnias resonaban en sus oídos, Shoukei se
arrastró fuera de la sala del comedor.
El patio estaba bañado por la luz de la luna de la
cosecha. Los niños fueron divididos entre las habitaciones a cada lado del
patio, las niñas, por un lado, los niños, por el otro. Shoukei vivía con el
resto de las chicas de las habitaciones de la parte derecha del patio. Ese
corto periodo de tiempo antes de que los demás regresaran a sus habitaciones
constituían los poco minutos de relax que tenía para sí misma.
Shoukei miró la hilera de camas vulgares, las
pequeñas mesas y las sillas que crujían y cerró los ojos.
Todo es como un sueño.
En el palacio, le habían dado como cuarto el largo
de un edifico, aunque pequeño. Una cama grande de lujo. Muchas de las
habitaciones, muchas. Un jardín bañado por la luz del sol donde las flores
florecían y cantaban los pájaros. Damas de honor, músicos y bailarines a su
disposición. Vestidos de seda y joyas. Sus compañeras de juego eran las hijas
brillantes y elegantes de los señores y ministros.
Se deslizó bajo el fino futón. El futón estaba
húmedo y frío. La estación fría se acercaba a la parte norte del país.
Sus padres habían sido asesinados, sus cabezas
cayeron de sus cuerpos. Ese carnicero Gekkei lo había hecho. En lugar de
entregarle esa existencia miserable, ¿por qué no la había matado? Porque él quería
que ella viviera un tormento.
Shoukei volvió a cerrar los ojos.
Estaría muy bien para ella si no despertaba de
nuevo.

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