Detrás del ala principal de la
casa había un grupo de edificios llamado ryouin, la zona fría.
Frente a la cocina había un pozo y una pila de lavar, luego el sótano y el
granero. De tejado a tejado, los edificios rodeaban el huerto, el almacén y un
estanque de peces. Además, había una zona para el procesado del grano, el kahei
y el sakunou -molino-.
Vestida con
un grueso kimono de raso acolchado, Shushou apareció en el ryouin
después de haber realizado las tareas de la mañana.
—¡Buenos
días! —La saludó un anciano llamado Bashi.
—Buenos
días, Bashi.
—He oído
que la academia ha cerrado.
—Si mi
padre ha dicho eso no hay necesidad de preguntar. ¿Te importa si doy de comer a
Hakuto?
—Adelante —dijo
Bashi con una gran sonrisa.
Bashi era
uno de los siervos que vivían allí. En el caos que siguió a la muerte de la
emperatriz, perdió todos sus bienes y, solo con lo puesto y sus hijos en
brazos, había ido a buscar allí. Sus tres hijos se habían repartido por otras
fincas y en pequeños comercios, pero todos eran criados residentes.
—Así que el
director murió, ¿eh? —Bashi reflexionó conduciendo a Shushou a los establos.
Había sido el encargado del establo desde que Shushou recordara—. Es realmente
una lástima. No hay nada más que historias sangrientas en Renshou estos días.
—Ya.
—Pero
gracias a su padre, que puede estar tranquila.
—Me
pregunto cuánto tiempo va a durar.
—Dios nos
libre —dijo Bashi con tristeza mientras entraban a los establos.
A Shushou
le gustaba el olor del establo, especialmente en el invierno. Los pesebres con
paja, el calor de caballos y burros, creaban un ambiente cálido y confortable.
Su madre se quejaba del olor cuando Shushou volvía a casa cubierta de briznas
de paja, pero estaba segura de que era porque, para empezar, ni siquiera le
gustaban los caballos.
—¿Está todo
el mundo de buen humor esta mañana? —dijo a cada animal, mientras caminaba
hacia el interior del establo. Pasando por delante del pesebre repleto de heno
se acercó a Hakuto, su favorito.
—Buenos
días, Hakuto.
La bestia
blanca dormida del otro lado de la valla levantó la cabeza. Hakuto era un moukyoku,
una especie de kijuu que se parecía a un leopardo blanco. Inteligente,
muy sagaz a la hora de captar las intenciones humanas, pero que trataba con
delicadeza y amabilidad a su amo, el cual era Shushou. Estiró el cuello y
ronroneó como un gato.
Viendo cómo
Shushou llamaba suavemente a la bestia, Bashi entornó los ojos. Había invertido
todo su tiempo en esos establos, eran su fuente de orgullo y alegría, los
trataba como a sus propios hijos. Contemplando cómo Shushou actuaba de forma
similar, no podía dejar de sentir una pizca de celos.
Shushou
tenía su mano en la puerta superior que se abría por encima del hombro de
Bashi.
—¿Está bien
si juego con él un rato?
El moukyoku
tenía el temperamento agradable, y fue aumentando con el trato que Shushou le
daba. A menudo iba a los establos, aunque no hubiera acabado las tareas. Bashi
asintió, además del establo tenía otras tareas que atender.
Shushou vio
alejarse a Bashi, abrió la puerta, tan alta como su pecho y entró en el
establo. Se sentó y se acurrucó en Hakuto, tirado en la suave paja seca, se
abrazó a su gran cabeza, enterrando la cara en su cuello y le acarició la
sedosa piel de detrás de las orejas. Gracias a la meticulosidad de Bashi, el
pelaje de Hakuto estaba tan limpio como la paja y no olía a desechos.
Durante unos
minutos más, Shushou escuchó a Bashi saludar a los otros caballos, pronto su
voz se apagó al salir de los establos. Resonando en sus oídos, sus pasos
también se perdieron.
—Muy bien —dijo
Shushou.
Ella sonrió
a Hakuto, se puso de pie y salió de la cabina. Asegurándose de que nadie
estuviera mirando, se fue al pesebre de heno, rebuscó en él y sacó unos fardos
escondidos entre el comedero y la pared. Una bolsa de viaje, que había llevado
ahí la noche anterior. Agarrándolos triunfante, atravesó de nuevo el montón de
heno y corrió al establo. Respondió a la mirada confundida de Hakuto con una
sonrisa y descolgó la silla de montar de la pared; ya había ensillado a Hakuto
muchas veces por lo que al darse cuenta de que iban a salir éste se puso de
pie.
—Espera un
minuto allí —le dijo Shushou. Agarró una hoja de papel del bolsillo de su
camisa. Envolviendo su brazo alrededor de su cuello, ella le explicó—: No
quiero que culpen a Bashi por esto. —Shushou colocó la nota en el pesebre—. Y
si alguien lo hiciera nunca volvería.
Hakuto miró
interrogante a Shushou.
—Sí, vamos
muy lejos, pero nos haremos compañía. Con tus fuertes piernas ganaremos tiempo —Hakuto,
por supuesto, no tenía nada que decir en contra y solo parpadeó con curiosidad,
sus ojos de color marrón dorado. Shushou le dio unas palmaditas en la cabeza.
»Ya han
pasado veintisiete años. ¡La emperatriz murió hace veintisiete años! Ahora los youma
están apareciendo incluso en Renshou, cada vez más personas están muriendo. —Miró
hacia arriba, a través de la claraboya enrejada de los establos. Cuando un
reino perdía su emperador, se sumía en el caos y los youma vagaban a su
antojo—. Y, sin embargo, los adultos enrejan las ventanas y puertas y dicen que
duermen bien por la noche, qué locura, mientras no tengamos ningún emperador,
el mundo que nos rodea se deteriorará. ¿En qué deben estar pensando?
Hakuto la
miraba como un niño que no acaba de comprender. Shushou sonrió y tomó las
riendas.
Cuando la
luz solar incidía bajo los aleros, Bashi y sus trabajadores se sentaron juntos
y terminaron varias tareas. Se sorprendieron al ver a un moukyoku
galopar a través de los terrenos de la zona fría.
—¡Señorita!
Se pusieron
en pie y salieron corriendo, agitando los brazos para detener a la pareja que
escapaba. Con un salto casi perezoso, el moukyoku se elevó por encima de
ellos, como si bailara a la derecha en el sol.
—¡Señorita!
—la llamó Bashi—. ¡Señorita Shushou!
El moukyoku
saltó por encima de los aleros, ascendiendo hasta el techo color verde
brillante. Todo lo que Bashi podía hacer era mirar como la voz estridente de
Shushou caía del cielo.
—¡Voy a
salir un rato!
—De ninguna
manera… ¡Señorita!
—¡No se
preocupe! ¡Estaré bien!
Al salir
dejó a Bashi y los demás consternados en el patio, el moukyoku corrió
hasta el techo del ala principal, Shushou se volvió en la silla y se despidió.
La cola blanca del moukyoku se dirigió hacia el esmalte brillante. Los
guardias apostados en las cuatro esquinas de la finca miraron hacia arriba y
señalaron al veloz kijuu. Shushou rio, saludó e instó al moukyoku
a apresurarse.
A medida
que desaparecía el gran techo del ala principal, el infinito cielo primaveral
se desplegó ante ella. Las nubes blancas arrastraban hilos de seda a través del
cielo color azul claro con tintes de violeta pálido. Los tejados de Renshou se
extendían por las laderas debajo de ella, como si fueran olas de mar. Como si
la Montaña Ryou’un acorralara contra la muralla la ciudad, las paredes del muro
se bañaban del blanco, teñidas por los dorados rayos del sol. Más allá de las murallas,
la tierra eran valles y colinas negras y verdes. En todas partes se anunciaba
de la llegada de la primavera, bajo los efectos de una tenue luz.
El kijuu
blanco dejó atrás las olas de azulejos, dejó atrás la muralla y lanzó una
mirada de soslayo a los asustados centinelas que corrían a lo largo de las
almenas. El moukyoku galopante volvió a mirar a Shushou con una mirada
que decía, ¿Estás segura de que esto está bien?
—Está bien.
Está bien. El único moukyoku que hay en Renshou eres tú, Hakuto. Nadie
va a dispararle a un kijuu de Banko.
Shushou
sonrió mientras montaba a Hakuto por el campo bañado por el sol.
—Simplemente
no podía seguir sin hacer nada. ¡Si ningún adulto va a ascender, entonces lo
haré yo!
¿A dónde?
Parecía preguntar Hakuto lanzando una segunda mirada hacia atrás.
Shushou
dijo, instando al kijuu para alejarlo de Renshou:
—¡Al Monte
Hou! ¡Vamos al Shouzan!


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