Shushou se agachó junto a
Gankyuu.
—¿Qué?
—espetó—. ¿Por qué?
¿Había
llegado un nuevo depredador lo suficientemente fuerte para hacer que un kasso
echara el vuelo? Gankyuu echó un vistazo alrededor de este nuevo enemigo. No
vio nada, solo se escuchaba un gemido como una tormenta repentina. El grito
semejante de un san’yo, tal como Gankyuu sabía. El rugido agudo del kasso
siguió poco después.
El kasso
sujetaba entre sus mandíbulas el cuello de la serpiente voladora. El san’yo
arremetió a un lado y otro en vano.
Shushou y
un Gankyuu igualmente sin habla observaban cómo se desarrollaba la increíble
escena. Los youma luchaban por la comida y el territorio todo el tiempo,
pero no cuando había sangre en el aire y la presa estaba delante de sus ojos. Después
de que el juego hubiera sido acabado, tal vez. Un youma nunca elegiría
luchar en vez de un banquete.
La luz del
sol brilló a través de las ramas frondosas. Gotas de lluvia tamborileaban
contra las hojas, una lluvia de color rojo oscuro. Luego llegó el san’yo
retorciéndose y el kasso, hundiendo sus dientes más profundamente en el
cuello de la serpiente que luchaba.
Sus escamas
brillaban a la luz solar dispersa. El kasso pisó sus alas y sacudió la
cabeza a un lado, arrancando la cabeza del san’yo. Al mismo tiempo, el
torso del reptil giró hacia atrás y adelante y de repente se quedó inmóvil.
Aparte de algún que otro espasmo de vez en cuando, estaba bastante muerto.
Devorando
la cabeza escamosa, el kasso echó una breve mirada hacia Gankyuu.
Iluminado por un rayo de sol, las bandas de piel de color marrón rojizo
alrededor de su cabeza y sus hombros se convirtieron en las lenguas
translúcidas de una llama.
El kasso
perdió el interés en Gankyuu y volvió su atención a su comida. Bajo sus pies,
el san’yo se contrajo de nuevo, lanzando destellos de luz.
Fue Shushou
la que le dio un codazo al embobado Gankyuu.
—Vamos a
salir de aquí.
—Ah
—Gankyuu asintió, todavía aturdido. Pero fue un relincho suave el que lo hizo
volver en sí. Esa llamada de aves y ahora ese relincho que sonaba muy parecido
a su haku. No podía dejar de mirar a su alrededor buscando el origen.
—Gankyuu.
Shushou
señaló al kasso, que estaba terminando con el san’yo. Más allá de
la columna de la luz solar, una figura humana apareció en el bosque. Un kijuu
que parecía un caballo estaba con él. No, era sin duda el haku, todavía
con su silla de montar y los paquetes.
El hombre
sostenía las riendas y se dirigía hacia ellos, su rostro perdido en las sombras
verdes.
—¿Un ser
humano? —dijo en voz alta Shushou. Uno de los koushu no Tami. Tenía que
serlo. Un cuerpo demasiado ligero y delgado para ser un hombre, pero también
demasiado fuerte para una mujer, que no mostraba la más mínima señal de miedo o
terror ante la escena grotesca que había ante ellos.
No era
Rikou u otro de los goushi. Llevaba un chal. ¿Cómo lo llamaban? Todos
los goushi los utilizaban como bufanda y cortaviento. El manto envuelto
alrededor de la cabeza y los hombros. Entre las capas de tela pudo distinguir
líneas duras y afiladas sombras. Armadura, ¿tal vez?
Llevando al
haku, pasó junto al kasso sin la más mínima reacción. Pasó por
encima de la larga cola y blanda del san’yo. Por un momento, la columna
de luz solar reveló un rostro joven y suave.
Gankyuu y
Shushou se quedaron allí en respetuoso silencio. Se acercó a ellos.
—¿Este haku
es tuyo?
Su voz era
joven también. Gankyuu asintió. El esbelto hombre -más bien adolescente- tendió
las riendas a Gankyuu. Sus acciones eran tranquilas y moderadas en todo
momento. El haku, por otro lado, sacudía su cabeza con energía. Las
riendas se deslizaron entre los dedos de Gankyuu. El haku, a su vez,
bajó la cabeza y apoyó el hocico en el hombro de Gankyuu.
Cuando
Gankyuu lo entrenaba, así era como el haku buscaba su aprobación.
Gankyuu le dio una palmada en el cuello.
—Buen
chico. Buen chico. Es bueno verte sano y salvo.
Hubiera
entendido o no, el haku que había sido abandonado, cariñosamente frotó
el hocico contra el hombro de Gankyuu. Gankyuu acarició la suave curva de su
cuello. Bañada por la luz verde suave, el pelo del haku tenía un brillo
satinado.
—¿Eres uno
de los koushu no Tami? —le hizo la pregunta con la misma voz suave, sin
nota de reproche.
Gankyuu
asintió.
—Muchas
gracias. ¿Rescató usted al haku?
—Estaba
atado con una cuerda negra, lo que indicaba que el dueño estaba escapando de un
youma. Veo que estás herido.
—Ah, eso.
—Usando la espada como un bastón, Gankyuu dejó de lado el haku y se dejó
caer al suelo—. Como puede ver, también nos ha salvado el pescuezo.
—Um —dijo
Shushou. Señaló al youma con su banquete—. ¿No es un youma?
¿Deberíamos quedarnos hablando aquí? ¿O es que es su kijuu?
El chico
negó con la cabeza.
—No es un kijuu.
Llámalo un conocido.
—¿Un youma
es tu conocido?
—Bueno, más
o menos.
Mientras
hablaban, Shushou logró verlo más de cerca, no era mucho mayor que ella.
Él le
preguntó:
—¿Eres una koushu
también?
Gankyuu dijo:
—No,
es la mejor respuesta a esa pregunta.
—Supongo
que podría ayudarnos a salir de aquí. Estaríamos muy, muy agradecidos.
—Claro
—dijo sin evasivas—. Con todo el derramamiento de sangre, deberíamos empezar a
movernos. —Se inclinó hacia Gankyuu—. Esa pierna tuya, deberías montar. Te voy
a mostrar un lugar seguro.
Mientras
ayudaba a Gankyuu a ponerse en pie, se abrió una brecha en el chal sobre los
hombros, Shushou vislumbró una antigua armadura debajo, pero finamente hecha y
en buenas condiciones. La cadena de joyas que colgaban a través de su hombro
derecho hasta el lado izquierdo brillaba con una luz limpia, clara, destellando
un arco iris de colores mientras se movía. Más extraño aún, esta hermosa
joyería no parecía en absoluto ornamental.
Un chal
tejido con gemas.
Shushou levantó los ojos y examinó el lado de la cara del chico con los ojos abiertos cuando él ayudó a subirlo a la silla de montar.
Gankyuu
extendió su mano y luego se detuvo, la expresión de su cara era poco diferente
de la de Shushou.


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