La casa de Shushou se
encontraba en la periferia del norte de Renshou, cerca de la escuela de la
prefectura.
Renshou se
asentaba a los pies de la Montaña Ryou’un, mirando hacia el norte a medida que
ascendía. Subiendo por la calle situada en una zona tranquila llena de templos
y santuarios a lo largo del muro que cerraba la ciudad por la parte norte, una
hermosa puerta quedó a la vista. Era de dos pisos de altura y los edificios a
su izquierda y derecha de tres. Más adentro, los extensos techos del ala
principal de la casa se hacían visibles. Las tejas tenían un acabado con
esmalte de color verde brillante, la ornamentación multicolor decoraba las
puntas de los techos y colgaba de los aleros. El camino circular era
ligeramente más ancho frente a la puerta principal. Un gran muro que ofrecía
privacidad se levantaba ante la puerta, tallada con símbolos en bajorrelieve
que pedían la protección divina. A izquierda y derecha las partes de un hermoso
cenador, con ventanas finas y traslúcidas, sobresalían del muro interno[1].
Más allá de
la mansión, la ciudad de Renshou terminaba. El dueño de la finca llevaba el
nombre de la familia Sou y como sus jardines se extendían a lo largo de la
ladera, la finca era conocida como Los Jardines Sou.
Shushou
había nacido allí, su nombre de pila formal era Sai y el nombre de su padre era
Sou Joshou[2], aunque también era conocido por Sou Banko, un nombre que
significaba que no había comercio en donde no estuviera involucrado. Él había
resucitado el viejo negocio forestal en Kyou, haciendo sus propios méritos para
ganar una reputación como comerciante con considerables medios en Renshou. Se
decía en Renshou que era imposible superar las riquezas y honores de Banko,
simplemente no existía nada más grande. Eso no se extendía solo a sus bienes
materiales. Hajou, su esposa, era conocida por su sabiduría. Tenía tres hijos y
tres hijas que poseían cada uno una fuerza de carácter para que coincida con un
sentido para los negocios brillantes. Su familia estaba muy unida y sus
empleados los veneraban. Ellos decían que era imposible desear más fortuna.
Todas las ventanas y aberturas estaban cubiertas por delicados enrejados de
hierro que encarnaban dicha fortuna.
Pasando por
la puerta, Shushou sacudió la cabeza y murmuró para sí misma:
—Es
estúpido.
Se podrían
construir los edificios más fuertes del mundo y rodearse de los guardaespaldas
más devotos, solo con que apareciera un youma o hubiera un incendio y el
lugar quedaría reducido a cenizas. Cuando se trataba de sequías e inundaciones,
olas de frío y tifones, toda la riqueza de Banko no serviría para combatir el
daño causado por los youma y los desastres naturales.
—Hoh, no
puedo permitir que me llames tonto sin decir nada.
Shushou
levantó la cabeza ante el comentario inesperado. Al ver la figura de pie en el
patio, sus guardaespaldas todos se giraron a la vez. Todo el mundo en Renshou
conocía a este hombre de cara amable y mediana edad: Joshou.
—Mi hija
menor tendría que contener la lengua.
—¿Debería?
Joshou
sonrió y le dio un abrazo.
—He sabido
que ha habido un ataque de mushi cerca de la academia de la prefectura y
he salido corriendo en busca de mi hija, pero ¿qué es lo que me encuentro?
Shushou diciendo palabras muy groseras.
Shushou se
encogió de hombros haciendo sonreír a Joshou de nuevo. Este se volvió hacia los
guardias y les dio las gracias por sus esfuerzos.
—Parece que
se encargaron de los mushi. Buen trabajo.
Los
guardaespaldas inclinaron sus cabezas hacia la tierra helada del patio.
—¿Por qué
no haces lo que te he dicho? Deberías dejar la academia. No es solo tu
bienestar el que me preocupa sino el de tus guardaespaldas también.
—Ya no
tienes que preocuparte por eso. Han cerrado la escuela.
Shushou se
dirigió a la puerta interior. La espera a sus guardias la había dejado
completamente congelada y el camino del colegio a casa no le había hecho entrar
en calor precisamente.
—¿Cerrado?
—Sí. El
director ha muerto.
En cada
prefectura había una escuela también conocida como shougaku. A las
academias de distrito, o joushou, ascendían a los que destacaban en los shougaku
mediante una recomendación. Shushou había estado a punto de recibir una. Su
padre le dijo que no era necesario que ella asistiera a la escuela de la
prefectura, una vez que ella hubo acabado la preparatoria o jogaku, por
lo que acabaron discutiendo ya que no entendía por qué Shushou deseaba tanto
asistir.
Los ojos de
Joshou se abrieron por la sorpresa.
—¿El
maestro Haku?
—Su casa
fue atacada esta mañana por un youma. Dicen que un bafuku se lo
comió.
—Shushou —Joshou
corrió y se arrodilló a su lado—. ¡Es una noticia terrible!
—No puedes
hacer gran cosa por él. Este es el segundo director, si incluimos a los
estudiantes que han muerto y a todos los familiares, ya se vuelve algo normal.
—No hables
así, Shushou.
—Es la
verdad —ella se encogió de hombros—. Pero no es sorprendente. La casa del
director no tenía rejas en las ventanas.
Shushou
miraba a través del patio. Todas las ventanas y puertas que daban al patio
estaban protegidas por celosías de hierro muy bien diseñadas. Las capas
adicionales de yeso fresco se añadían diariamente a la ya existente, las
puertas habían sido reforzadas con remaches de hierro, centinelas hacían
guardia día y noche.
—Dicen que
el padre de un niño de un pueblo vecino murió. Estaba muy lejos de casa y se
quedaba hasta que entregaba todos los pedidos, por lo que no solía volver antes
del anochecer. He oído que cuando él no regresó todo el mundo se preocupó y lo
buscaron, descubrieron que la gente de una aldea de invierno a unos diez ri[3]
de allí estaba toda muerta. Encontraron su cabeza allí.
—Shushou…
—Pero ¿qué
se le va a hacer? Ese niño no tenía joushin en su casa. En el otoño las
langostas destruyeron toda la cosecha, si su padre no entregaba los barriles se
morirían de hambre. Dicen que llevaba el pago de la mercancía metido en la boca
cuando lo atacó el youma, probablemente estaba preocupado por si se le
caía mientras huía.
Joshou
palmeó la espalda de su hija, consolándola, pero Shushou evitó el contacto y se
encaminó hacia el ala principal de la casa.
—Estoy
bien. Me he acostumbrado. Además, no importa que muera, no pienso estar
asustada. La abuela murió cuando yo era pequeña, sería estúpido tener miedo
después de eso.
—Basta,
Shushou.
Joshou fue
tras ella y pasó sus brazos alrededor de sus hombros. Al llegar a la sala
principal se dejó caer en una silla.
—Son
tiempos difíciles.
—Eso es lo
que dice todo el mundo.
—Entiendo
que te duela al ver a la gente que te rodea. Pero no hay que permitir que los
pensamientos negativos se apoderen de tu mente.
—Estoy casi
resignándome.
—Shushou.
Shushou
miró hacia su padre.
—¿No vas al
Shouzan?
Los ojos de
Joshou se abrieron un poco más.
—¿El
Shouzan?
—Estos son
tiempos difíciles porque no hay un emperador sentado en el trono. Si tú te
convirtieras en el emperador se resolvería el problema, ¿verdad?
Acariciando
el cabello de su hija, Joshou sacudió la cabeza y dijo con una sonrisa triste:
—Aunque
puedo ser afortunado, Shushou, no soy más que un simple comerciante.

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