CAPÍTULO 72
En la oscuridad de la noche,
Youko fue despertada de un sueño ligero por los violentos golpes de un tambor.
—¿Q-qué
está pasando?
Junto a
ella, Suzu y Shoukei despertaron con un sobresalto.
—¿Un
ataque?
—¡La
guardia provincial no puede haber llegado hasta aquí ya!
Se pusieron
de pie y saltaron de la torre de guardia al camino de la pared. El sonido
provenía de los tambores de las torres colocados en las cuatro esquinas de los
muros del castillo.
—¿Qué pasó,
Kantai?
De pie, en
el camino de la pared, Kantai volvió su rostro severo e hizo un gesto hacia el
sur. Youko se quedó sin aliento. Ella, Suzu y Shoukei se quedaron clavadas en
el suelo. En la oscuridad fuera de la ciudad de Takuhou. Al sur, una luz se
podía ver a lo largo de la carretera circular exterior. Una luz roja. Llamas.
—¿Fuego? —preguntó
Suzu.
Youko
entrecerró los ojos.
—¿Por qué? —preguntó
alguien.
Sekki y
Koshou vinieron corriendo.
—Koshou,
hay un incendio…
La voz de
Sekki la interrumpió.
—Es la
guardia provincial.
—¿Qué? —la
gente se volvió y miró a Sekki.
—Esta es,
sin duda, una estrategia de Gahou. La guardia tiene la intención de quemarnos a
cabo, junto con Shoukou y toda la ciudad.
—¡Tonterías!
—se oyó un grito en la multitud.
—Koshou,
¿qué hacemos? —preguntó una voz familiar—. ¡Considera la hora, es de noche!
¡Tenemos que despertar a la ciudad y reunirnos para apagar el fuego!
—¡No! —Ambos,
Sekki y Kantai respondieron.
—¿Por qué
no, Sekki?
—La guardia
nos está esperando. La caballería probablemente ha empujado por delante a la
infantería. Están esperando a que salgamos del castillo. Si enviamos a alguien
allá, y la élite de la caballería los agarrará como una manada de lobos.
Kantai
estuvo de acuerdo.
—Sekki está
en lo cierto. Si salen de aquí, estarán corriendo a una trampa. Tardará horas
para que el fuego llegue al castillo. Por el momento, será mejor mirar y ver
cómo se desarrollan las cosas.
Koshou miró
hacia atrás y hacia delante.
—¿Te
refieres a hacernos a un lado y no hacer nada?
—Probablemente
no hay nada que podamos hacer —dijo Sekki. El sonido del tambor sonando estalló
de otra torre de la muralla del castillo. Sekki bajó la cabeza—. Otro fuego ha
sido encendido.
—¡Sekki! —Koshou
levantó los brazos—. ¡Les damos la espalda y no seremos mejores que esos
asesinos comunes! —Él le dijo a Youko—. Vamos.
—¡Youshi!
¡Koshou!
Suzu le
puso la mano sobre el hombre de Sekki.
—Es malo
vengarse de alguien por rencor personal, ¿no? Si miramos hacia otro lado ahora,
se verá que todo lo que hicimos fue por despecho. Vamos a perder la autoridad
moral.
—Suzu…
—No hay que
decir cómo hubieran sido las cosas si Kantai y Shoukei no hubieran aparecido.
Ya estábamos preparados para esta eventualidad todo el tiempo, ¿qué pasa si
solo vamos?
Sekki
asintió con la cabeza.
—Hay que
encontrar un lugar donde se pueda romper y asegurar una vía de escape para la
gente de la ciudad.
—Muy bien,
entonces —Koshou le dio a Sekki una palmadita en la espalda que casi lo tumbó—.
¡Muévanse!
Un hombre vio el humo y saltó
de la cama. Se dio cuenta del sonido de la madera y viento caliente extraño y
sacudió a su esposa hasta despertarla. Después de muchos días llenos de temor,
esa noche dormía profunda e inesperadamente tranquila.
—¡Despierta!
—gritó. Corrió a través de la sala contraria al dormitorio y sacó a su pequeña
hija en brazos. Todavía media dormida, abrió los ojos.
Tranquilizándola
y corriendo al lado de su esposa a lo largo, se dirigieron hacia el exterior.
—¡Pero qué
en el mundo…!
La avenida
era un mar de llamas. El hombre, a la vez, entendió que el incendio se había
convertido en una tormenta de fuego.
—¡Tenemos
que salir de la ciudad ahora!
Esto es
lo que viene por haber desafiado a Shoukou. La gente de Shisui nacía bajo
una mala estrella. Eso es lo que pasaba cuando se interrogaba al destino. Sin
embargo, hasta ese día, por lo menos el ángel exterminador pasó por su casa.
Mezclándose
con otros que luchaban, la gente aturdida corría hacia la Puerta del Mono. El
hombre se detuvo y miró. La Puerta del Mono estaba cerrada, y los jinetes
montados dispuestos delante de las puertas no significaba nada bueno. La tierra
bajo los cascos de los caballos estaba llena de cuerpos.
Tomó el
brazo de su esposa, giró sobre sus talones y la arrastró de nuevo al camino por
donde habían ido. Su esposa gritó cuando un hombre viejo al lado de él lo
atravesó una flecha en el pecho.
¿Qué
hicimos? ¿Qué habían hecho para merecer eso? No tenían nada que ver con los
rebeldes. ¿Por qué matarlos y a toda su familia a causa de lo que ellos
hicieron?
Por el
momento, el resto de ellos solo podían correr desesperadamente por la calle
hacia el camino circular interior, lejos de la conflagración. Las llamas lamían
el cielo a su alrededor, llenándolo de horror. Aquí y allá y en todas partes.
Desde todos los puntos. Las lenguas de fuego lamiendo hacia arriba el lado de
una puerta y un instante después se había deslizado a lo largo de los postes y
se unía a los incendios vecinos, con un crecimiento mucho más fuerte.
¿Qué
está pasando?
Cualquier
tipo de fuga se había cerrado. Su hija abrió los ojos y comenzó a llorar.
—Por lo
menos… —dijo dando la vuelta. Una luz roja brillaba sobre las paredes de tinta
oscura del castillo, le daba un aspecto premonitorio y magisterial—. Ve hacia
el castillo.
—Pero… —su
esposa se opuso.
Le entregó
la niña a ella.
—Ellos son
los que derrocaron a Shoukou y causaron todo esto. No deberían abandonarte.
¡Ve! —dijo, dándole un empujón.
Al mismo
tiempo, al oeste de la Puerta del Dragón Azul se abrió y la gente comenzó a
derramarse. Se quedó inmóvil en su lugar.
—¡Vuelve!
Un jinete y
su caballo galopaban hacia él.
—¡Cuidado
con las emboscadas! ¡El fuego no se propaga más allá de la avenida principal!
¡No están obligados a ser incendiarios todavía en la ciudad!
—¡Entendido!
—gritaban, mientras corrían junto a él.
En toda esa
confusión, el hombre no se había movido un centímetro. Quieto en frente a la
puerta, un chico sentado en un caballo lo saludó con la mano.
—¡Ellos te
mostrarán el camino! ¡Síguelos!
En medio de la confusión de la
actividad humana frente a la Puerta Oeste del Dragón Azul, Kantai saltó de la
espalda del kitsuryou. Se volvió hacia sus dos subordinados.
—En la
medida de lo posible, mantengan a la gente fuera de las murallas del catillo. Un
ataque puede venir en medio de toda esta confusión. Trasladen a los heridos al
interior del castillo, si es necesario, pero deben de tener cuidado. Puede
haber guardias provinciales al acecho entre ellos.
—¿Así que,
irá bien, entonces?
Kantai sonrió
a los hombres detrás de él.
—Para
decirlo de otro modo, no puedo permitirme no hacerlo. Ningún hombre elogiado
puede recuperar el desprecio de Koshou —Cargó su lanza—. Dejaré el resto a sus
buenos oficios.
Los hombres
se inclinaron. Kantai saludó e instó al kitsuryou.

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