CAPÍTULO 60
Shoukei tomó las riendas del
caballo.
—¿Vas de
vuelta hacia Takuhou? —le preguntó a Suzu, que llevaba las riendas del sansui.
—Sí —dijo
Suzu.
—Espero que
nos volvamos a encontrar.
Suzu
respondió asintiendo con la cabeza.
¿Dónde
vives? Casi le preguntó Shoukei, pero se tragó las palabras. Habían hablado
mucho. Tenía la sensación de que habían hablado acerca de cosas que harían
fruncir el ceño, incluso en la frente de Kantai. Sin embargo, ella y Suzu
sabían los límites de lo que podrían decirse la una a la otra.
—Fue muy
agradable conocerte —dijo Suzu, estando al borde de las lágrimas.
Shoukei
asintió con firmeza.
—Definitivamente
vamos a vernos de nuevo, después de que todo se establezca.
—Sí.
Con ello,
se evitaron mirar a los ojos.
—Más tarde —se
dijeron la una a la otra y se separaron por la carretera principal hacia el
este y el oeste.
A un día de viaje, Shoukei
llegó a Meikaku. Se envolvió su chal alrededor de su cabeza mientras se
acercaba a las puertas. Aunque la búsqueda de la chica que había arrojado la
piedra había sido cancelada por el momento, no podía dejar de ser demasiado
cautelosa. El guardia la miró una vez, pero no le prestó atención en
particular.
En Meikaku,
o más bien, en las ciudades de Hokkaku y Toukaku que surgían de Meikaku, el
elemento criminal era frecuente, y aunque muy pocos de ellos se daban la vuelta
para tirar piedras a los funcionarios, las autoridades no podían perseguir por
siempre a Shoukei.
Las
caravanas de comerciantes se vieron arrojadas a la caldera de los refugiados y
los pobres. Era difícil creer que no les resultara completamente
desconcertante. Sin nada que comer, y sin otros recursos, la gente que moría de
hambre atacaba los vagones que transportaban cargamentos de granos y eran
detenidos por la policía. No ser arrastrados a la plaza principal podría ser
considerado como la salvación, pero nadie sabía a dónde se los llevaban.
De acuerdo
con los mercenarios, aun cuando salteadores de caminos eran atrapados, podrían
lograr liberarse dándole parte de su propio botín.
Los pobres
y oprimidos se unían a las bandas que se juntaban para atacar a las caravanas,
sabiendo que si eran detenidos no serían castigados. Incluso si sus ingresos
duramente ganados fueran confiscados, y tuvieran la suerte de no ser
arrestados, por lo menos el hambre apremiante sería calmado. Y aun cuando las
caravanas contrataban guardaespaldas, seguramente no podrían proteger cada
pieza de la carga. El saqueo y el pillaje se iniciaba en la pobreza y se
repetía una y otra vez.
Un campo
de entrenamiento para el robo, eso es lo que Kantai dijo. Cada vez que
atrapaban a uno de esos bandoleros, la mercancía robada iba a la Guardia
Provincial. Nunca era devuelta a su legítimo propietario. Así fue como Wa era
una provincia enriquecida.
Los
comerciantes eran conscientes de ello, pero no tenían más remedio que pasar por
Meikaku. Los comerciantes más pequeños formaban su propio sindicato y
contrataban mercenarios. Sobornando a funcionario provinciales y exigiendo a
las autoridades hacer cumplir la ley. Pero dependiendo de lo que estaba siendo
transportado, no había ninguna garantía de que sus guardaespaldas no se vuelvan
contra ellos. De hecho, no era infrecuente.
Los fuertes
con la más mínima confianza en sus habilidades obtenidas de los barrios
periféricos buscaban trabajo. La competencia provocaba el derramamiento de
sangre, otra vez.
Shoukei
suspiró, se apeó al caballo y caminó por la puerta.
—Así que finalmente estás de
vuelta. Llegas tarde.
Kantai
estaba dirigiendo a un grupo de hombres cuando entró en la sala principal.
Cuando él la vio, instó a los hombres a que salieran. Los hombres se levantaron
y se fueron a un ala separada.
—Uno de los
cargamentos no llegaba —dijo Shoukei y directamente le informó sobre lo que
había ocurrido. Le dijo a Kantai del dinero que había recibido de Suzu a través
de Rou.
—Eso es
lamentable. ¿Rou dijo algo más sobre su traslado a Houkaku?
—Había una
chica… —Shoukei frunció el ceño. Kantai le había pedido investigar el tema y le
habían dicho algo al respecto.
—¿Qué?
—Al parecer,
había una chica merodeando por el lugar de Rou en Hokui.
—¿Eso es
todo?
—Al mismo
tiempo, estaba observando a la gente en Takuhou. Un poco más tarde, la misma
chica visitó Takuhou. Después de eso, Rou fue advertido de que sería buena idea
si se mudaba.
Ella relató
lo que le había contado. Se inclinó hacia delante.
—Entonces,
¿qué clase de hombre es este Rou?
—Un buen
hombre con el corazón bueno. En resumen, es un socio de Saibou.
—¿Y qué hay
de Saibou? ¿Él te contrató?
—No es el
caso aquí. Él es alguien que me ayudó en el pasado. Vamos a dejar las cosas
así.
—¿Saibou te
ha ayudado? ¿O uno de sus superiores?
Los ojos de
Kantai se abrieron un poco más amplios y sonrió levemente. Hizo un gesto para
que ella se sentara junto a él.
—¿Qué
quieres decir con “uno de sus superiores”?
—Ese es el
sentido que le vi. Me pareció que el señor Saibou estaba trabajando para
alguien más también.
Esa fue la
impresión que había recibido de una palabra aquí y allá. Alguien había pedido a
Saibou que entregara el mensaje a Kantai. Saibou no tenía fe en la reina, pero
sí el hombre que lo envió.
Kantai
respondió con una sonrisa irónica.
—Ya veo,
intuición de mujer.
—Por
supuesto. ¿Y?
—Este es el
caso. Excepto que nadie ha sido contratado por nadie. El señor Saibou le debe
al hombre una deuda, y yo se lo debo a ambos. Todos coincidimos en que hay que
hacer algo acerca de la provincia de Wa. Para estar seguro, obtener
financiamiento a través del señor Saibou, pero solo porque los fondos para la
guerra han sido confiados a él.
—¿Lo que
significa que el superior de Saibou es el responsable? ¿Enho, tal vez?
Kantai
sonrió suavemente.
—No sé si
Enho. Más allá de eso, no preguntes porque no te lo diré.
—Oh —dijo
Shoukei, cerrando su boca sobre el tema.
—Hay
hombres que viven separados de la sociedad y que enseñan el Camino. A través de
sus palabras, tratan de mantener al reino en el camino de la justicia. Creo que
Enho es una de esas personas. No podría decirlo con certeza. Hay aquellos que
tratan de mantener el verdadero reino a través de sus acciones. Los que se
arman, como yo, deciden apoyar a ciertas personas con ideas a fines a través de
intermediarios como Rou. En este reino, son muchos los que lamentan lo que se
ha convertido Kei. No solo nosotros.
—Bueno… sí.
—De la
misma manera que tenemos a Gahou en la mira, en Takuhou hay quienes lo hacen
con Shoukou. Sí, lo veo. Así que hay algunos hombres que tienen la columna
vertebral que todavía vive en Takuhou.
—Me
encontré con una chica de Takuhou. Tomó las armas de invierno.
Kantai
frunció el ceño.
—Si están
acumulando armas de invierno, entonces deben de estar preparándose para atacar.
—Yo creo
que sí —dijo Shoukei, bajando la voz. Tuvo que preguntarse si Suzu estaría
bien.
—Rou es uno
de los viejos conocidos de Saibou. No, mejor llamarlo un antiguo compañero de
clase de nuestro superior. Ambos asistieron al Seminario Siempre Verde en la
provincia occidental de Baku.
—¿Un
seminario? ¿Es como una academia?
Una gran
cantidad de autoestudio era necesario para poder acceder a la universidad. Para
completar el autoestudio, los estudiantes suelen pedir a los hombres que
tuvieron de tutor, y a los cultos, a su vez abrir las escuelas para clases
particulares, o juku.
—El
Seminario Siempre Verde era una especia de academia privada que enseñaba no el
conocimiento del mundo, sino del Camino. Rou es un graduado del Seminario
Siempre Verde. Debido a que no era un académico juku, cualquiera podía
asistir. Los graduados del seminario no necesariamente se convierten en
servidores públicos. Pero si el reino se desvía del Camino, estos paladines se
convertirían en la fuerza.
—Ya veo.
—Saibou y
nuestros superiores se graduaron en el Seminario Siempre Verde también. Esta es
probablemente la forma en que se conocieron entre sí. En cualquier caso, el
Seminario Siempre Verde es conocido en todo Kei, muchos de ahí llamados almas
máter[1]. Aunque ya no.
—¿Ya no es
así? ¿El Seminario Siempre Verde?
—Fue
golpeado por unos incendiarios hace un año. Los instructores fueron asesinados
y destruyeron la sala de conferencias. El jefe de la banda era al parecer un
vagabundo, un refugiado, pero fue asesinado momentos antes de ser arrestado.
Alguien mueve los hilos detrás de la escena y se aseguró de que nadie hablara.
Nadie sabe quién, sin embargo.
—¿Por qué?
—Debido a
que algunas personas no están con la enseñanza del Camino. Cuando un reino
comienza a fallar, los seguidores del Camino son los primeros en dirigir la
mirada crítica al gobierno.
—Ya veo —dijo
Shoukei, bajando la mirada.
—El
Seminario Siempre Verde se encontraba en la ciudad de Shishou, condado de San,
provincia de Baku. En el pasado, la ciudad era llamada Shikin. Hace varios
siglos, un Hisen del aire con el nombre de Rou Shou apareció allí. Fue
el legendario Hisen que saltó a ser Hisen de acuerdo con su
propia virtud, y luego anduvo entre la gente y enseñó el Camino. Nadie sabe si
un llamado Rou Shou realmente existió. El condado de San ya era famoso por ser
el hogar de muchos ministros y paladines. Los ciudadanos del condado de San
estaban comprensiblemente orgullosos de los muchachos de su ciudad natal, y
cuando el reino se tambaleaba fuera en alguna dirección loca, el Seminario
Siempre Verde sin duda llamaba la peor de la reacción.
—¿El señor
de la provincia de Baku también venía de esa zona?
Kantai le
dio una mirada de sorpresa.
—¿El
Marqués? No lo sé. ¿Por qué él, de repente?
—La chica
que conocí en la casa de Rou dijo algo por el estilo. Los habitantes de Baku
querían al Marqués, pero fue despedido de todos modos.
—Sí, ya veo
—Kantai sonrió levemente—. Los señores provinciales no son necesariamente niños
de sus provincias. Gahou era originario de la provincia de Baku.
—¿Gahou?
Kantai
respondió con una sonrisa preocupada.
—Vas a
encontrar ángeles y demonios por todos lados.[2] [3]

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