PARTE
I
CAPÍTULO
1
—Se describe como “Setsuzan”, Montaña
Desmoronada.
La desolación era
tan grande que incluso el Monte Ryouun, la enorme montaña que penetra en el
cielo se derrumbaría.
Rokuta miró hacia la tierra quedándose sin habla. La
última vez que vio a su país pensó que su tierra era tan estéril que jamás
podría florecer nada. ¿Qué fue lo que ocurrió con este reino antes de su
llegada?
El cielo brillaba en lo alto, con algunas nubes
delgadas. Bajo este cruelmente brillante cielo, la tierra no tenía siquiera un
rastro de verde o rojo a pesar de la cercanía del verano. Las tierras de
cultivo estaban tan estériles como los desiertos. En este momento los campos
deberían parecer un mar verde esperando para ser cosechados, sin embargo, ahora
no había siquiera una maleza en ningún lugar. Quizá si se buscaba bien se
encontraría alguna hierba marchita entre la tierra agrietada.
Los caminos de los campos se habían desmoronado. El
lugar en donde una vez se encontraban las chozas ahora solo mostraba escombros,
piedras erosionadas por el viento y la lluvia, maderas convertidas en carbón
negro por el fuego. Todo desmoronado y expuesto a la luz por aquel cruel sol.
A los pies de la montaña había un pueblo. Sus
murallas fueron destruidas y las casas en el interior se encontraban
derrumbadas. No había casas o siquiera un árbol para protegerse en todo ese
inmenso pueblo. Solo el riboku se mantenía en pie en el interior del
pueblo, con su color de plata oxidado.
Detrás de este se encontraban algunas personas
sentadas como piedra, sin moverse ni un solo centímetro.
Por encima del riboku algunas aves y youma
daban vueltas. El árbol no poseía flores, ni hojas. Con solo sus ramas blancas
dispersas era imposible que las personas sentadas debajo de este inmenso árbol
no pudieran ver a las aves que se encontraban sobre ellos. Sin embargo, nadie
levanto la vista. Ninguna bestia o youma podía atacar a nadie que se
encontrara debajo del riboku. Tal vez esa fue la razón por la que las
personas sentadas debajo no se habían movido de su lugar. O quizá estaban
demasiado cansados para incluso ser capaces de sentir miedo por un youma.
El verde de las montañas fue quemado por el sol, los
ríos se encontraban inundados.
Las chozas y pueblos fueron quemados hasta las
cenizas. No había tierra en la que la gente pudiera cosechar y nadie se molestó
en viajar para encontrar tierra fértil. La gente estaba demasiado cansada para
trabajar y cosechar. Incluso si querían levantar la cosecha sus manos cansadas
no poseían la fuerza, por no hablar de sus cuerpos delgados y hambrientos que
se negaban a levantarse.
Los youma que se encontraban dando vueltas por
encima de esas personas encogieron sus alas. Ellos también estaban muriéndose
de hambre. Frente a Rokuta uno de los youma cayó del cielo. Esa tierra
era tan desolada que incluso los seres mágicos estaban luchando por no morir de
inanición.
—Setsuzan no Kou,
Boukoku no Kai —La desolación que desmorona una montaña, la destrucción que
extermina una nación.
Era como si el
reino de En no tuviese salvación.
El último
emperador fue recordado como Kyou-ou. Después de su coronación había logrado
gobernar durante mucho tiempo. Sin embargo, luego de un tiempo, algo en su
corazón cambió. Comenzó a abusar de su pueblo y a ignorar los gritos de dolor
de su gente. Puso soldados en todo su reino para que cumplieran la función de
espías con el objetivo de capturar a todas las personas que se quejaran sobre
el emperador, para después ejecutarlos junto con sus familias y conocidos. Si
ocurrían levantamientos el emperador daba la orden de abrir las compuertas del
río para hundir a toda la ciudad bajo el agua, luego ordenaba rociar aceite a
todo el pueblo para después lanzar flechas con fuego y así quemar a cualquier
sobreviviente de la inundación, incluso a los bebés.
El reino poseía
nueve provincias gobernadas por nueve marqueses. El emperador mandó a matar a
todos aquellos que poseían buen corazón y, debido a eso, nadie se atrevió a
detener al rey.
Para el Taiho la
visión de semejante destrucción fue tan grande que enfermó de shitsudou.
El emperador aun arrogante afirmó que había cumplido con la misión dada por
Dios y, sabiendo ya su destino, ordenó que se le construyera una enorme tumba
en su memoria. Se construyeron dos fosas enormes, una para el Taiho y otra para
el rey. Durante la excavación fueron asesinados brutalmente varios
trabajadores, los cuales fueron apilados al pie de una alta colina. Junto al
rey fueron enterradas las concubinas y las criadas que sirvieron al emperador,
se dice que fueron alrededor de ciento treinta mil.
Kyou-ou murió justo cuando su tumba fue terminada. El
reino ya era estéril y varios pueblos y campos fueron destruidos para ese
momento, sin embargo, al escuchar la muerte del emperador la gente que estaba
respirando con dificultad debido a todas las torturas e injusticias sufridas,
rugieron en gritos de alegría.
Tan fuerte fueron sus gritos que se dice que llegaron
a ser escuchados desde todos los reinos.
La esperanza del pueblo cayó en el siguiente
emperador, sin embargo, este se negaba a aparecer. En este mundo los
emperadores eran seleccionados por los kirin. Los kirin eran
bestias celestiales que reciben revelaciones del cielo al ver al próximo rey o
reina que gobernará su reino. Luego de seleccionar al emperador el kirin
se quedará a su lado como su fiel sirviente recibiendo el nombre de Taiho. Sin
embargo, si el kirin no escoge a un rey antes de cumplir treinta años,
este muere y sobre el reino se rige el caos y la desolación.
El emperador gobierna la tierra y equilibra la
naturaleza de la nación. Una vez que el emperador muere su reino cae y las
catástrofes son inevitables. De esta forma, la tierra que ya estaba estéril
debido a la caída de Kyou-ou ahora se encontraba aún más estéril debido a esta
catástrofe. Al final, la gente ni siquiera tenía la fuerza para llorar por su
desgracia.
—De esta forma
comienza la desolación.
De pie, sobre una
pequeña colina, Rokuta movió sus ojos y miró al hombre que estaba a su lado. El
hombre se encontraba observando esta tierra estéril.
Rokuta, o más
bien Enki, se ve como un chico de trece años, sin embargo, él no es humano. Es
el kirin del reino de En, y el hombre a su lado es el rey que él ha
escogido.
—¿Quieres un
reino? —Rokuta le había hecho esta pregunta al hombre a su lado. Sin embargo,
el reino se encontraba destrozado y no había prácticamente ninguna tierra o
pueblo que se pudiera gobernar. —Si eso es lo que quieres, yo puedo darte uno.
—Sí, eso es lo
que quiero.
El hombre había
respondido sin dudarlo. Ahora, sin embargo, se hundía en sus pensamientos
mientras observaba la ruina que tenían delante.
Él nunca habría
pensado en tanta desolación.
¿Va a
renunciar al trono? ¿Es él un buen rey? Era lo que Rokuta pensaba mientras miraba al hombre.
Este pareció
sentir los ojos de Rokuta sobre él, y se volvió inesperadamente, con una
sonrisa en su rostro.
—¡Esta es una
espléndida vista de la nada!
Rokuta solo
asintió con la cabeza.
—Crear un reino
desde cero ¿eh? Eso es una gran misión. —El hombre decía aquellas palabras como
si en realidad no fuera algo en lo absoluto difícil. —Si no hay nada con lo
cual empezar eso solo quiere decir que podemos hacer las cosas a nuestra
manera. Es mucho más fácil construir un reino propio que reconstruir uno ajeno,
¿no?
El hombre alzó la
voz y comenzó a reír, como si delante de ellos no se encontrara un reino
desolado con pueblos destruidos y campos estériles.
Rokuta miró hacia
abajo, sintiendo ganas de llorar.
—¿Qué pasa?
La voz de aquel
hombre sonaba cálida. Rokuta suspiró profundamente. Finalmente se dio cuenta
que aquel peso que se encontraba sobre sus hombros había desaparecido.
—Bueno —dijo el
hombre mientras ponía su mano sobre el hombro de Rokuta. —Vamos al Monte Hou
para poder empezar a construir este reino.
Ahora todo lo que
sentía sobre sus hombros era el peso de una cálida mano. Rokuta había nacido
hace trece años. Para un niño de trece años, el peso de un reino era demasiado
grande. Pero ahora, por fin había encontrado a la persona que se haría cargo de
ese peso.
Rokuta se volvió
hacia el hombre a su lado, este le dio unos golpecitos en el hombro y se alejó.
—Te lo encargo.
El hombre se echó
a reír.
—Déjamelo a mí.

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