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El Niño Demoníaco

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miércoles, 1 de febrero de 2023

Mar del Viento, Orilla del Laberinto - Prólogo

 


PRÓLOGO

 

 

Estaba nevando.

Grandes y pesados copos de nieve caían desde el cielo. El chico levantó la mirada para verlos: incontables sombras grises y delgadas, cortando tan rápido a través del blanco de la atmósfera que parecían hacerse borrosos. Mientras los seguía con sus ojos, poco a poco se volvían blancos nuevamente.

Un copo descendió lentamente en su hombro. Era tan grande que se podía ver su estructura que parecía un cristal de algodón. Uno tras otro, los copos caían a su alrededor, veía cómo caían sobre sus hombros, sus mangas y sus rojizas palmas, donde se disolvían, convirtiéndose en transparentes gotas de agua.

No era la nieve sino la blancura de su aliento lo que evidenciaba el frío que hacía. Movió su cuello, delgado como es de esperar en un niño, de lado a lado y vio cómo la pálida niebla que salía de su boca dejaba un rastro.

Había estado allí de pie por más de una hora. Sus pequeñas manos y pies desnudos estaban rojos como tomates maduros y las puntas de sus dedos se habían entumecido gracias al frío. Frotaba sus manos una contra la otra y se abrazaba a sí mismo, pero nada de eso parecía funcionar, así que sólo se quedó de pie, mirando perdidamente la nieve que caía.

Se encontraba en un jardín en la parte norte de la casa de su abuela. En una esquina del jardín había un antiguo granero que hacía tiempo no se usaba. Las grietas en las duras paredes de barro empeoraban el frío. El granero y la casa ocupaban dos esquinas del jardín y la tercera esquina era protegida por la pared de tierra, que hubiese podido proveer algo de refugio si de hecho hubiese algo de viento soplando. Pero no había nada que pudiera refugiarlo del profundo frío que seguía haciéndose peor.

No había árboles ni arbustos en el jardín, no se podía observar ninguna vegetación. Cuando el verano se acercaba, los lirios florecían, pero ahora no había más que un suelo desnudo pintado de blanco.

—Qué chico tan terco —Era la voz de su abuela, que sonaba a través de capas y capas de vidrio y biombos, por lo que parecía venir de muy lejos. Se había mudado a la región Kansai hace mucho, pero aún hoy cuando hablaba tenía un fuerte acento—. Sentiría lástima por él si al menos llorara un poco.

—Por favor, Madre, no seas tan dura con él.

Esa era su mamá. Siempre llamaba a la abuela “Madre” aunque sólo eran familiares políticos.

—La razón por la que es tan terco es porque lo mimas demasiado.

—Madre...

—Los padres hoy en día son demasiado suaves con los niños. Te diré algo, un chico necesita pasar por momentos difíciles antes de poder apreciar lo que tiene.

—¿Pero y si se resfría?

—¿Resfriarse con este frío tan leve? Es poco probable. No lo dejes entrar hasta que se disculpe.

El chico no intentaba entrar, simplemente estaba de pie. Todo esto había pasado debido a un asunto sin importancia, alguien había derramado agua en el suelo del baño. Su hermano menor lo había culpado y él dijo no haberlo hecho.

Esa era la verdad. Estaba seguro de no recordar haber hecho algo como eso y no estaba dispuesto a mentir y decir que lo había hecho cuando no había sido así, su abuela le había advertido que decir mentiras era lo peor que podía hacer.

—Di la verdad y podemos dar esto por terminado. —Había dicho la abuela.

Él repitió que no había sido él.

—¿Por qué eres tan terco?

Le habían dicho tantas veces que era terco que desde muy temprano llegó a aceptarlo. No estaba seguro realmente de qué significaba ser “terco” pero él sabía que lo era y sabía que esa era la razón por la que su abuela lo odiaba.

Pudo haber llorado, pero estaba demasiado confundido. Su abuela quería que pidiera perdón, pero si admitía haberlo hecho, estaría mintiendo y su abuela lo odiaría aún más.

Desde su posición en el patio trasero, podía ver la puerta corrediza exterior y ver el pasillo hasta los biombos que encerraban la sala. Los paneles superiores estaban hechos de vidrio y a través de ellos podía ver a su madre y a su abuela discutiendo.

No le gustaba verlas discutir. Su madre siempre perdía, tras lo cual iría a lavar el baño y lloraría en secreto.

No llores de nuevo, Mamá.

Aun así, permaneció en su lugar. Uno de sus pies se empezó a entumecer por lo que puso su peso sobre su otro pie y su otra rodilla empezó a dolerle. No podía sentir los dedos de los pies y cuando intentó forzarlos a moverse, sintió frías agujas clavándose a lo largo de ellos. La nieve derretida en su rodilla se convertía en agua helada, bajando por su pantorrilla en un hilillo.

El chico suspiró, un suspiro más profundo del que debería hacer para su edad.

Fue en ese momento en que un viento rozó su nuca, no era un viento cortante y helado como él habría esperado, sino una brisa cálida.

Miró a su alrededor. ¿Quizá alguien había sentido lástima por él y había abierto la puerta? Pero no era así, la puerta estaba completamente cerrada, igual que las ventanas. Las que quedaban directamente detrás de él estaban ligeramente empañadas, como si se mantuvieran calientes por una bocanada de cálido aliento.

El chico ladeó la cabeza y miró alrededor nuevamente. Otra cálida ráfaga de viento sopló en su dirección. Viene del otro lado del jardín. Sus ojos detectaron un movimiento en la esquina del granero. Miró en esa dirección, parpadeando por la sorpresa.

Había un pequeño espacio entre el granero y la pared de tierra en una esquina del jardín y algo blanco salía de allí. Parecía un brazo humano. De hecho, era un brazo, un brazo blanco, la piel estaba desnuda desde los dedos hasta el hombro, a partir de dónde no se veía más. Quien fuera el dueño de este brazo, debía estar escondiéndose detrás del granero.

Pero algo le pareció extraño.

El espacio entre el granero y la pared era diminuto, estaba seguro de eso. Ayer su hermano menor había dejado caer una pelota de béisbol allí y pasó una hora llorando cuando no pudieron recuperarla. Ni él ni su hermano, que era mucho más pequeño que él, habían podido introducir más que un brazo en el estrecho espacio. ¿Entonces cómo podía haber un adulto escondiéndose allí?

El brazo se movía. El chico se dio cuenta de que la mano lo llamaba, lo invitaba. Caminó hacia esa dirección. Sus rodillas congeladas y entumecidas estaban tan tiesas que se había sorprendido de que no se astillaran y se rompieran estrepitosamente con su movimiento. Una parte de su mente sabía que debía sentir miedo, pero la suave brisa provenía de esa dirección y algo tan cálido no podía ser malo, no en un día como este.

Tenía mucho frío y no sabía qué más hacer, así que caminó obedientemente hacia el brazo. Para este momento, había tanta nieve sobre el suelo que sus pequeños pies dejaban huellas mientras caminaba. Sobre él, el cielo blanco empezaba a oscurecer, tornándose del color del carbón.

Otro corto día de invierno llegaba a su fin.

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