PRÓLOGO
Estaba nevando.
Grandes y pesados copos de nieve caían desde el
cielo. El chico levantó la mirada para verlos: incontables sombras grises y
delgadas, cortando tan rápido a través del blanco de la atmósfera que parecían
hacerse borrosos. Mientras los seguía con sus ojos, poco a poco se volvían
blancos nuevamente.
Un copo descendió lentamente en su hombro. Era tan
grande que se podía ver su estructura que parecía un cristal de algodón. Uno
tras otro, los copos caían a su alrededor, veía cómo caían sobre sus hombros,
sus mangas y sus rojizas palmas, donde se disolvían, convirtiéndose en
transparentes gotas de agua.
No era la nieve sino la blancura de su aliento lo
que evidenciaba el frío que hacía. Movió su cuello, delgado como es de esperar en
un niño, de lado a lado y vio cómo la pálida niebla que salía de su boca dejaba
un rastro.
Había estado allí de pie por más de una hora. Sus
pequeñas manos y pies desnudos estaban rojos como tomates maduros y las puntas
de sus dedos se habían entumecido gracias al frío. Frotaba sus manos una contra
la otra y se abrazaba a sí mismo, pero nada de eso parecía funcionar, así que
sólo se quedó de pie, mirando perdidamente la nieve que caía.
Se encontraba en un jardín en la parte norte de la
casa de su abuela. En una esquina del jardín había un antiguo granero que hacía
tiempo no se usaba. Las grietas en las duras paredes de barro empeoraban el
frío. El granero y la casa ocupaban dos esquinas del jardín y la tercera
esquina era protegida por la pared de tierra, que hubiese podido proveer algo
de refugio si de hecho hubiese algo de viento soplando. Pero no había nada que
pudiera refugiarlo del profundo frío que seguía haciéndose peor.
No había árboles ni arbustos en el jardín, no se
podía observar ninguna vegetación. Cuando el verano se acercaba, los lirios florecían,
pero ahora no había más que un suelo desnudo pintado de blanco.
—Qué chico tan terco —Era la voz de su abuela, que
sonaba a través de capas y capas de vidrio y biombos, por lo que parecía venir
de muy lejos. Se había mudado a la región Kansai hace mucho, pero aún hoy
cuando hablaba tenía un fuerte acento—. Sentiría lástima por él si al menos
llorara un poco.
—Por favor, Madre, no seas tan dura con él.
Esa era su mamá. Siempre llamaba a la abuela “Madre”
aunque sólo eran familiares políticos.
—La razón por la que es tan terco es porque lo
mimas demasiado.
—Madre...
—Los padres hoy en día son demasiado suaves con los
niños. Te diré algo, un chico necesita pasar por momentos difíciles antes de
poder apreciar lo que tiene.
—¿Pero y si se resfría?
—¿Resfriarse con este frío tan leve? Es poco
probable. No lo dejes entrar hasta que se disculpe.
El chico no intentaba entrar, simplemente estaba de
pie. Todo esto había pasado debido a un asunto sin importancia, alguien había
derramado agua en el suelo del baño. Su hermano menor lo había culpado y él
dijo no haberlo hecho.
Esa era la verdad. Estaba seguro de no recordar
haber hecho algo como eso y no estaba dispuesto a mentir y decir que lo había
hecho cuando no había sido así, su abuela le había advertido que decir mentiras
era lo peor que podía hacer.
—Di la verdad y podemos dar esto por terminado.
—Había dicho la abuela.
Él repitió que no había sido él.
—¿Por qué eres tan terco?
Le habían dicho tantas veces que era terco que
desde muy temprano llegó a aceptarlo. No estaba seguro realmente de qué
significaba ser “terco” pero él sabía que lo era y sabía que esa era la razón
por la que su abuela lo odiaba.
Pudo haber llorado, pero estaba demasiado
confundido. Su abuela quería que pidiera perdón, pero si admitía haberlo hecho,
estaría mintiendo y su abuela lo odiaría aún más.
Desde su posición en el patio trasero, podía ver la
puerta corrediza exterior y ver el pasillo hasta los biombos que encerraban la
sala. Los paneles superiores estaban hechos de vidrio y a través de ellos podía
ver a su madre y a su abuela discutiendo.
No le gustaba verlas discutir. Su madre siempre
perdía, tras lo cual iría a lavar el baño y lloraría en secreto.
No llores de nuevo, Mamá.
Aun así, permaneció en su lugar. Uno de sus pies se
empezó a entumecer por lo que puso su peso sobre su otro pie y su otra rodilla
empezó a dolerle. No podía sentir los dedos de los pies y cuando intentó
forzarlos a moverse, sintió frías agujas clavándose a lo largo de ellos. La
nieve derretida en su rodilla se convertía en agua helada, bajando por su
pantorrilla en un hilillo.
El chico suspiró, un suspiro más profundo del que
debería hacer para su edad.
Fue en ese momento en que un viento rozó su nuca,
no era un viento cortante y helado como él habría esperado, sino una brisa
cálida.
Miró a su alrededor. ¿Quizá alguien había sentido
lástima por él y había abierto la puerta? Pero no era así, la puerta estaba
completamente cerrada, igual que las ventanas. Las que quedaban directamente
detrás de él estaban ligeramente empañadas, como si se mantuvieran calientes
por una bocanada de cálido aliento.
El chico ladeó la cabeza y miró alrededor
nuevamente. Otra cálida ráfaga de viento sopló en su dirección. Viene del
otro lado del jardín. Sus ojos detectaron un movimiento en la esquina del
granero. Miró en esa dirección, parpadeando por la sorpresa.
Había un pequeño espacio entre el granero y la
pared de tierra en una esquina del jardín y algo blanco salía de allí. Parecía
un brazo humano. De hecho, era un brazo, un brazo blanco, la piel estaba
desnuda desde los dedos hasta el hombro, a partir de dónde no se veía más.
Quien fuera el dueño de este brazo, debía estar escondiéndose detrás del
granero.
Pero algo le pareció extraño.
El espacio entre el granero y la pared era
diminuto, estaba seguro de eso. Ayer su hermano menor había dejado caer una
pelota de béisbol allí y pasó una hora llorando cuando no pudieron recuperarla.
Ni él ni su hermano, que era mucho más pequeño que él, habían podido introducir
más que un brazo en el estrecho espacio. ¿Entonces cómo podía haber un adulto
escondiéndose allí?
El brazo se movía. El chico se dio cuenta de que la
mano lo llamaba, lo invitaba. Caminó hacia esa dirección. Sus rodillas congeladas
y entumecidas estaban tan tiesas que se había sorprendido de que no se
astillaran y se rompieran estrepitosamente con su movimiento. Una parte de su
mente sabía que debía sentir miedo, pero la suave brisa provenía de esa
dirección y algo tan cálido no podía ser malo, no en un día como este.
Tenía mucho frío y no sabía qué más hacer, así que
caminó obedientemente hacia el brazo. Para este momento, había tanta nieve
sobre el suelo que sus pequeños pies dejaban huellas mientras caminaba. Sobre
él, el cielo blanco empezaba a oscurecer, tornándose del color del carbón.
Otro corto día de invierno llegaba a su fin.

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