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El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

miércoles, 1 de febrero de 2023

Mar del Viento, Orilla del Laberinto - Capítulo 1

 


CAPÍTULO 1

 

 

 

Nadie sabe de dónde viene la vida, menos aún la de aquellos que no son humanos. Sin embargo, la vida la embargó toda por igual y obtuvo la consciencia con ella.

Ella despertó bajo las ramas blancas, una única palabra llenando su mente: Taiki.

Aún antes de poder erguirse, la palabra llenó su cabeza como si se hinchara dentro de ella. Entendió en un agudo momento todo lo que importaba: sabía quién era, por qué había nacido y cuál era la cosa más importante en el mundo: Taiki.

Se sentó y el mundo se derramó a su alrededor, las ideas fluían a través de su cerebro, extendiéndose por todo su cuerpo a través de la red de sus venas. Dobló su cuerpo hacia atrás, como si estuviera dejando que gotas de agua bajarán por todo su cuerpo y por las profundidades de su existencia. Levantó su cabeza y cerró los ojos. Por sus ojos cayeron lágrimas que se disolvían en su cabello, todavía húmedo de fluidos embrionarios.

Movió sus temblorosas patas y sus pies sintieron la humedad del suelo, así como algo afilado y frágil: los fragmentos dorados de la fruta que la contenía hasta hacía unos momentos. La tierra estaba mojada con el fluido que solía llenarlo. Al estar lista para salir, la fruta dorada que la contenía se había caído de la rama y se había roto en el suelo.

Miró los fragmentos por un momento antes de levantar la mirada hacia las ramas blancas. Se extendían sobre su cabeza, delicadas ramas retorcidas de color platino, enredándose y levantándose hacia un techo de piedra sólida sobre su cabeza.

Otras frutas doradas crecían en grupos en las ramas, otros que todavía no contenían vida. Ella también estuvo en uno de ellos hasta hace muy poco. Lo sabía sin que nadie tuviera que decírselo.

Así es como nace la vida.

Taiki.

Estiró sus cuatro patas y se levantó. Otra lágrima caía por su mejilla y no eran más que una respuesta natural, una protección de sus ojos ante la primera exposición al aire, pero para ella, los hilillos calientes que bajaban por su rostro se sentían como si el mundo goteara por su cuerpo.

Taiki, Taiki, su cuerpo llamaba y las lágrimas fluían.

Se levantó completamente y su cabello se enredó en una rama. Plantó firmemente sus cuatro patas sobre el suelo y levantó los brazos para desenredar su pelo.



—Has nacido.

Alguien hablaba.

Asustada, miró en dirección de la voz. El espacio en que se encontraba era de penumbra, la única luz era una débil luminiscencia blanca que emanaba de las ramas sobre ella. Mientras sus ojos se ajustaban a la luz, se dio cuenta de que estaba en una cueva.

Era un gran espacio en forma de cúpula, vasta y alta, llena de las ramas blancas que colgaban desde el techo. De hecho, se dio cuenta de que las ramas que se extendían sobre ella no eran ramas, eran raíces. Emergían del techo en un compacto haz, pero más abajo, cerca de ella, se hacían más pequeñas y con muchas ramificaciones que incluso tocaban el suelo.

Escuchó un gruñido.

—Una buena nyokai.

Esta vez, la fuente de la voz fue fácil de encontrar: pertenecía a una pequeña anciana jorobada que se encontraba a unos pasos de ella. La mujer la observó, estirando su brazo parecido a un miembro marchito y tocando suavemente el cabello en su espalda.

—Eres mujer —La mano se movió hacia su mejilla—. Escamas de pescado en el cuello —Dedos secos tocaron sus brazos—. Humana de la cintura para arriba —El brazo de la anciana fue tras ella y acarició su columna vertebral—. Debajo de la cintura un leopardo. Y tienes una cola de lagarto. Muy buena combinación— La mano de la anciana presionaba el lugar donde el espinazo conectaba ambas partes del cuerpo—. No llores más. Ven conmigo.

La vieja la empujó y la recién nacida caminó. Con cada paso, caían lágrimas de sus ojos, dejando pequeños círculos húmedos en el suelo. Caminaron lentamente a través de la cueva, tomándose su tiempo.

Pudo ver una escalera, en el lugar donde el techo rocoso de la caverna hacía una curva y se unía al suelo bajo sus pies. Se detuvieron en la base.

—Te llamarás Sanshi —murmuró la mujer después de un largo silencio. Movió sus dedos huesudos formando unos caracteres en el aire:



» Todos te llamarán así a partir de hoy —La recién nacida Sanshi subió tranquilamente por la estrecha y oscura escalera, escuchando la agradable voz de la vieja mientras ésta la seguía—. Tu apellido será Haku, pues es la regla para todas las nyokai que nacen en Houzan —La escalera formaba una espiral mientras seguía subiendo a través de la roca. Al tiempo que subía, Sanshi empezó a notar la luz que venía de arriba—. La razón por la que tienes un apellido es porque tienes una gran misión. Recuérdalo siempre —dijo la anciana.

Asintió, pues sabía que era una gran misión y lo sabía sin que le tuvieran que decir, ya que sentía la importancia de este conocimiento en su corazón. En silencio, alcanzó la parte final de las escaleras, caminando por la curva final vio una gran apertura cuadrada donde el túnel de piedra terminaba.

Se detuvo.

Mirando hacia la apertura podía ver un cielo azul y el árbol blanco extendido debajo de él, brillando en toda esa luz. No había nada más. Sus ojos, finalmente secos, empezaron a llorar nuevamente.

La anciana le dio una palmadita en la espalda.

—Ve.

Haciendo caso a un impulso repentino, Sanshi empezó a galopar, corriendo por primera vez con sus patas recién nacidas. Salió de las escaleras de un solo salto, brincando hacia la brillantez del sol, atravesando sus ojos y haciéndola llorar nuevamente. Corrió en dirección del árbol blanco.

El árbol que la había mantenido mientras crecía en sus raíces. Aunque las raíces eran largas y delgadas, el árbol era bajo y ancho. En esas blancas, blancas ramas, que salían de la roca y se desparramaban en el cielo, colgaba una única fruta.

—Taiki.

Por primera vez escuchó su propia voz.

El canistel que estaba en la rama directamente opuesta a la raíz donde había nacido, juntos formaban una pareja natural. Era todavía pequeño, tan pequeño que podía tenerlo entre sus manos. Y eso hizo, sintiendo el sol sobre su piel húmeda, se arrodilló y sostuvo la cálida fruta junto a su mejilla.

Sus lágrimas no se detenían.

—Taiki.

Y así fue el nacimiento de Sanshi.


 


En medio del mundo se encuentra el Mar Amarillo.

Se le llama mar, pero no hay agua. Las únicas cosas que fluyen allí son el tiempo y el viento, fluyen sobre un desierto sinfín y un bosque sinfín, con un vasto pantano por aquí y unas cadenas montañosas por allí. En el medio de este mar que no es mar se levanta una serie de picos conocidos como Gozan o las Cinco Montañas: inmensas y majestuosas agujas que giran hacia arriba desde un punto en común.

La más alta, en el medio, se llama Suusan y las cuatro que la rodean se conocen como Houzan, Kazan, Kakuzan y Kouzan. La que es conocida como Houzan una vez tuvo un nombre diferente, se llamaba Taishan, pero fue cambiado tras una gran calamidad, y así por mil años se le ha llamado Houzan, la Montaña del Ajenjo, y nada más.

Se dice que las Cinco Montañas pertenecían en un principio a Seioubo, quien en la antigüedad se las dio a varias diosas para que fueran sus protectoras. Houzan se le dio a Oufujin. No se sabe a quién pertenecen las otras cuatro, pero todas son el hogar de diosas y las nyosen. Los picos son tan altos que pueden tocar el mismo cielo, pero al igual que el Mar Amarillo en su base, en su mayor parte se encuentran desoladas, con vastas extensiones de roca y agua, marcadas por excepcionales retazos verdes; teniendo en común una extraña geografía e incesantes vientos.

En la salvaje grandeza de las Cinco Montañas, hay un lugar habitado: el Palacio Houro, ubicado en las cuestas de Houzan.


 


—¿Qué es esto? —murmuró Teiei, agachándose para mirar más de cerca los pétalos que había encontrado flotando en el agua del manantial—. ¿Una amapola?

Youka que había estado caminando detrás de ella, se detuvo, conteniendo la respiración. Los pétalos rojos eran increíblemente hermosos, flotando en la superficie del agua clara.

—¿Tal vez vienen del jardín de amapolas?

Teiei asintió ante la pregunta de Youka y tomó varios pétalos.

—Vienen con el viento. Un viento curioso sopla hoy.

Youka levantó la mirada. Houzan era una montaña de extrañas y curiosas rocas. En el altiplano donde el Palacio Houro se encontraba, las formaciones cubiertas de musgo se retorcían juntas, formando innumerables caminos de laberinto. Las rocas tenían variadas marcas y manchas, algunas salían de la tierra en ángulos precarios y hasta la más pequeña era al menos tres veces más alta que una mujer adulta. Apenas si había espacio para que dos personas caminaran una al lado de la otra en los estrechos caminos que aparecían entre ellos.

Las dos mujeres estaban de pie en uno de estos caminos, mientras, Teiei tomaba delicadamente los pétalos de amapola que habían caído. Teiei era una de las nyosen de la montaña y a pesar de que aparentaba ser una joven de no más de dieciocho o diecinueve años, no se podía saber su edad basados en su apariencia física. La verdad es que había sido hacía tanto tiempo, que no podía recordar por qué medios o de qué forma realizó su ascenso a la montaña. De las más de cincuenta nyosen que han vivido en Houro, ninguna ha durado tanto tiempo como Teiei.

En contraste, Youka se había convertido en nyosen no hace mucho. Tenía dieciséis años y había nacido como una simple granjera. Sin embargo, sin saber por qué nunca se acostumbró a las costumbres mundanas y a los trece años hizo su voto de ascendencia: se abstuvo de comer cereales y vivió una vida piadosa en el Templo de Seioubo por tres años. Hace poco sus votos se cumplieron y fue llamada a las Cinco Montañas.

Youka no había vivido mucho tiempo en Houzan, después de terminar su entrenamiento en Suusan, había sido transferida al Palacio Houro hacia medio año. Pero incluso para ella, el viento soplaba de forma diferente hoy: usualmente se sentiría como una suave brisa soplando por los estrechos caminos, pero hoy era una ráfaga fuerte y rápida. Grandes cantidades de aire se estrellaban contra las rocas, bajaban por los peñascos y se arremolinaban en las ranuras entre ellos. El cielo también parecía diferente pues, aunque las nubes eran delgadas, se veían bajas, como si un inmenso peso las empujara desde los Cielos.

—¿Quizá es un mal agüero?

—No creo —Teiei negó con la cabeza—. Ninguno de los símbolos de los ocho diagramas que vimos esta mañana señalaban que algo fuese a ocurrir —La nyosen experimentada pausó un momento para pensar y pareció dejar de lado la idea—. No importa. Toma el agua.

—Sí.

Youka metió el balde que llevaba en el agua cristalina.

Este manantial era conocido como Manantial Paulownia. Su agua venía de una piedra hueca y la rocosa saliente que servía de techo estaba cubierta por un gran árbol de paulownia, del que sale su nombre.

Este no era el único manantial en el Palacio Houro. Aunque no había nadie tan tonto para intentar enumerarlos todos, las nyosen conocían los nombres de los más grandes, pues eran los puntos de referencia en la extraña geografía de su mundo enclaustrado.

En Houzan no había estaciones. Las flores crecían y los pétalos caían por igual todo el año. Aún ahora, las paulownias dejaban caer sus pétalos blancos, que flotaban como espuma en el agua del manantial. La fragancia de las flores llenaba el agua y Youka pudo oler su aroma en el balde.

Esta agua con aroma a paulownia se utilizaba en el Santuario Taishin en una libación purificante para la estatua de madera de la deidad guardiana de la montaña, Oufujin. Apartando las flores, Youka llenó el balde y se dio la vuelta para volver, pero Teiei la detuvo, riendo.

—¿Y a dónde vas?

—¿Mm? A donde está Oufuji.

Tesei rio aún más fuerte.

—El santuario no está en esa dirección. ¿Todavía no has aprendido los caminos?

Youka miró los tres caminos divergentes y su rostro se enrojeció.

—N-no...

Las extrañas formaciones rocosas de Houzan y los innumerables caminos que se retorcían y ramificaban hacían del lugar un laberinto. Los únicos que conocían el patrón eran aquellos que vivían en el Palacio Houro. Solo las nyosen podían escoger el camino correcto entre muchos y con la ayuda de los pequeños dioses encontrar los ríos para lavar, los lagos para bañarse y los manantiales para encontrar agua que tomar. En su tiempo libre buscaban jardines de flores, jardines de vegetales o pequeños claros bañados en luz del sol, también había pequeños templos por todas partes donde se podía descansar. No obstante, Youka todavía era una novata, aunque ya era una nyosen, muchos de los caminos no eran conocidos para ella.

—¿Por qué todo es tan confuso? —dijo con un suspiro y Teiei rio.

—Es para proteger a Houzan. La molestia es un pequeño precio para pagar a cambio de protección.

Los caminos entre las rocas eran angostos. Aunque los demonios podían encontrar el camino hasta aquí, no estaba permitida su entrada con excepción de algunos en el Palacio Houro. Si llegaba algún jinete, no podría pasar entre los peñascos, así que todos los que visitaban tenían que dejar sus monturas y acercarse a pie. Y necesitaban un guía, pues sin alguien que les mostrase el camino, un solo paso en falso en la dirección equivocada los llevaría a la irremediable perdición. Las altas y enredadas rocas bloqueaban la visión y las losas que guiaban entre las paredes llenas de musgo, invitaban a los más motivados a seguir caminando, acelerando su confusión entre las incontables ramificaciones y túneles del laberinto.

Solo aquellos que conocían íntimamente el Palacio Houro podían encontrar su camino hasta el altiplano lleno de árboles y flores.

—Supongo que tienes razón.

Escondido en la parte más profunda del laberinto, se encontraba el shashinboku: un árbol en el que crecía el ranka o canistel del kirin. En este mundo tanto hombres como bestias crecen en canisteles en árboles blancos por todo el mundo, pero los kirin solo nacen en el shashinboku en Houzan.

Esto hizo de Houzan un lugar sagrado. El Palacio Houro y las nyosen solo existen para servir al kirin. El kirin era el verdadero amo de Houzan.

Teiei asintió.

—La carga de cuidar del kirin es grande, pero no existe ocupación más satisfactoria. Cuando el ranka de Tai esté listo, lo sabrás, Youka. Prepárate.

—¿Dices que podré cuidar del siguiente kirin? —Los ojos de Youka brillaron—. ¿De verdad?

Youka había intentado ocultarlo, pero se había estado sintiendo insatisfecha. La verdadera misión de las nyosen en Houzan era servir al kirin, todo lo demás no era más que tareas domésticas. Y aunque había un joven kirin en Houzan, por ser una novata, a Youka no le permitían cuidarlo.

Teiei sonrió.

—Primero debes aprenderte los caminos.

—Sí —respondió Youka asintiendo firmemente.

Así es, un nuevo canistel había aparecido en el shashinboku el otro día. Daría vida al kirin de Tai. Los pensamientos de Youka se concentraron en el canistel: pequeño, dorado y frágil.

Tendrían que pasar diez lunas para que el ranka madurara y el kirin naciera. ¡Y qué dulce sería el kirin! Pasaría sus días junto al joven señor, cuidando de él. Esa idea era suficiente para traerle alegría a su corazón.

Se salió un poco del camino. Tras ella, otra amapola bajaba flotando, revoloteando mientras caía en el agua del manantial.

 


—¿Amapolas?

El repentino sonido de la voz causó que Teiei dejara de recoger las flores flotantes. Miró alrededor y vio a una mujer salir de un pequeño templo, el Templo Kaidou, detrás del Manantial Kaidou.

Youka, que se encontraba unos pasos delante de ella, también se detuvo, girándose para ver quién había llegado. Al verla ladeó su cabeza curiosamente. La recién llegada no era nadie que la nyosen recordara haber visto antes. La edad de la mujer era imposible de saber, pues parecía joven y al mismo tiempo parecía haber pasado la mediana edad. Las ropas y accesorios que usaban mostraban un nivel muy diferente al de una nyosen ordinaria. Youka había determinado que debía ser alguien de muy alto rango, cuando de pronto Teiei se postró en el suelo junto al manantial.

—Genkun.

Youka se unió apresuradamente a su compañera. Se dio cuenta un poco tarde de que era su líder, aquella que consideraba el Palacio Houro como su hogar: La Genkun, Señora de las Sombras, Alto Oráculo de la Niebla de Jaspe. Su nombre era Gyokuyou.

—El viento ha traído los pétalos desde el jardín de amapolas —explicó Teiei. Gyokuyou movió su austero rostro en dirección al cielo, donde se podía ver entre las formaciones de roca en la parte más alta de la montaña.

—Un curioso viento sopla hoy.

—Sí.

Por un rato, Gyokuyou continuó mirando fijamente al cielo, frunciendo sus elegantes cejas, pero después bajó la mirada y la fijó en la joven nyosen.

—¿Youka era tu nombre? ¿Te has acostumbrado a nuestras prácticas en Houzan?

Gyokuyou le había hablado tan repentinamente, que Youka no sabía qué hacer. En el mundo de abajo, Gyokuyou era conocida como una leyenda, una diosa que reinaba sobre las nubes en un lugar lejos de la vida mundana. Y aun así, allí estaba, a unos pasos de distancia, haciendo preguntas educadas.

—S-sí, así es, Genkun. Eso creo.

—Aunque todavía se pierde entre los caminos —dijo Teiei tras ella riendo. El rostro de Youko se puso rojo.

Gyokuyou rio, era un sonido placentero y delicado como el de una campana.

—Eso sucede con todo aquel que es nuevo en las montañas. Teiei se ríe ahora pero cuando llegó, varias veces tuve que ir a buscarla porque se perdía. Te acostumbrarás en poco tiempo.

Youka miró de reojo a Teiei. La nyosen de más experiencia rio una vez más.

—Así es, Genkun. Tiene mejor memoria que yo y trabaja sin descanso, sin quejarse.

Gyokuyou sonrió.

—Eso está muy bien. Youka se sonrojó aún más.

—N-no… —tartamudeó—. Todos los días me regañan.

—Claro que te regañarán, Youka, hasta que te hayas habituado. No pierdas tu espíritu.

Youka tragó saliva y tocó el suelo con su frente en señal de gratitud. Gyokuyou rio melódicamente y miró a Teiei:

—Escuché que la nyokai de Tai ha nacido.

—Sí.

Aunque el Palacio Houro era su hogar, Gyokuyou no siempre estaba presente en sus aposentos. Había veces que desaparecía por extensos períodos y reaparecía repentinamente de la nada. Teiei no sabía a dónde había ido o cómo había regresado. Era realmente curioso, pero no era algo que una simple nyosen tenía derecho a preguntar.

—¿Su nombre?

—Sanshi, Genkun.

—¿Y dónde se encuentra Sanshi ahora?

—Bajo el shashinboku. No se aleja ni un centímetro de él.

Los labios carmesíes de Gyokuyou se curvaron para formar una sonrisa.

—La nyokai tiene una gran devoción y apego hacia el kirin. Teiei asintió mientras sonreía.

Los kirin nacían sin padres. Eran cuidados en su lugar por las nyokai, que nacían solo para este propósito, nacían motivadas para cumplir su tarea en la cueva bajo el shashinboku. Tan pronto como el ranka del kirin aparecía en una rama, una nyokai nacería al día siguiente y entonces diez lunas después, el canistel maduraría y el kirin emergería.

—¿Y qué es?

Solo la nyokai sabía el sexo del kirin que nacería.

—Lo llamó “Taiki”.

—Muy bien.

      Desde tiempos antiguos, era la regla que los nombres de los kirin se dividieran en dos partes: primero, el nombre del reino seguido por “ki” para los hombres:

    

Y “rin” para las mujeres:

El kirin que crecía en el shashinboku será el kirin del reino de Tai y los señores de ese reino habían tomado como título la palabra “tai” que significa paz:

Así, el kirin que pronto nacería sería conocido como Taiki:

Gyokuyou asintió una vez y empezó a caminar en dirección al shashinboku. Teiei y Youka bajaron sus cabezas, honrando su partida, cuando de repente el aire alrededor de ellas tembló.

Un instante después, un poderoso viento azotó el angosto camino, como si quisiera borrar toda la faz de la montaña. Teiei cayó al suelo antes de poder levantar la voz para hacer una advertencia. A su lado, Youka gritó mientras era lanzada contra una de las paredes rocosas.

El suelo rugió bajo sus pies. El sonido hizo eco a través de las rocas hasta que todo el laberinto estaba lleno del bramido sobrenatural.

—¿Qué está pasando? —gritó Youka asustada, pero Teiei no respondió nada.

Esta no era una simple tormenta o terremoto. Si así fuera, los símbolos de los ocho diagramas lo habrían predicho en la mañana. Las montañas eran protegidas contra ese tipo de eventos por su diosa.

—¡Genkun, escóndase en el templo! —gritó Teiei, que, por el bien de su señora, hizo el esfuerzo de agarrarse a una baldosa con sus uñas y levantar su cabeza contra el incesante viento. Pero Gyokuyou estaba de pie, sin hacer ni un movimiento y mirando fijamente al cielo.

El cielo se había teñido de rojo, el color de la sangre. Y brillaba, como si muchas capas de niebla roja se hubiesen puesto sobre el cielo.

—¡Un shoku!

Gyokuyou vio las luces bailando a través del cielo, ignorando el aullido de la montaña. El que pudiera permanecer de pie en medio de este viento, era prueba de su fuerza como Alto Oráculo, aunque Teiei y Youka difícilmente estaban en posición de poder admirarla.

—¡Un shoku!

El aire sobre la montaña se distorsionó como si se retorciera de dolor. Sobre la cabeza de las mujeres, la brillante niebla roja se ondulaba vertiginosamente. Y allí, en el extremo de la niebla, las nyosen podían ver algo como una visión: otro mundo más allá del mar.

—No…

El mundo que no era su mundo se acercaba rápidamente.

El viento arrancaba las delicadas flores de paulownia de los árboles y las lanzaba contra el rostro de Teiei, golpeándola con fuerza.

—¡No! ¡El canistel!

 



Su cuerpo se acomodó en la tierra bajo las ramas blancas, Sanshi podía sentir cómo el húmedo musgo hacia cosquillas a su piel, mientras miraba con nostalgia el canistel colgado de la rama.

Pasarían diez lunas antes de que el ranka que contenía a Taiki madurara.

Después de que ese tiempo pasara, su amo nacería del canistel, su kirin. Cuando pensaba en el momento de arrancar de la rama la fruta madura, el cuerpo de Sanshi temblaba con una sensación tan cálida y verdadera que le producía lágrimas. Hora tras hora observaba la brillante fruta dorada, regocijándose, orgullosa de su gran misión.

Y entonces, el fuerte viento merodeador llegó y se llevó todo.

Sanshi no estaba segura de qué estaba pasando. El aire a su alrededor parecía retorcerse, una gran cortina roja empezó a danzar a través del cielo. Tembló de miedo y una sola palabra apareció en su mente: shoku.

Sanshi se levantó y el viento golpeó violentamente sus patas. Las ramas blancas que aún en las más fuertes brisas nunca se movían, empezaron a azotarse en medio de la tormenta, golpeándose ruidosamente entre ellas.

Sanshi gritó y se agarró fuertemente de la rama más cercana. Su cabello se había enredado en las ramas y en la violenta sacudida de estas, una parte de su pelo fue arrancado de su cuero cabelludo, pero no tenía tiempo de reconocer el dolor en su cabeza, todo lo que importaba era proteger el canistel. Sin embargo, cuando miró hacia la fruta, el aire entre ella y su precioso amo estaba retorcido.

—¡Taiki!

El incesante viento golpeaba su cuerpo. La atmósfera se retorcía más aún, cambiando y tragándose las ramas como una boca invisible.

—¡No!

Mientras veía incrédula el escenario, la pequeña fruta dorada fue absorbida en una grieta en el mismo viento. El ranka que no debía ser arrancado hasta que ella misma lo hiciera dentro de diez lunas, había sido salvajemente removido de la rama.

—¡Que alguien me ayude!

Desesperadamente intentó alcanzar el canistel, temblando mientras los fuertes vientos hacían cortes en sus brazos, pero la distancia entre las puntas de sus dedos y el canistel era desesperadamente grande.

—¡Que alguien lo detenga!



Los gritos de Sanshi viajaban hasta las puntas de sus dedos y desaparecían. El ranka había desaparecido, consumido por el retorcido aire.

Había nacido en este mundo llamando la palabra “Taiki”, ahora, su llamada se había convertido en un grito: un desesperado y lastimoso grito.

Y entonces, tan repentinamente como apareció, la tormenta sobrenatural cesó.

Mareada, Sanshi miró inexpresivamente la rama blanca. La luz dorada había desaparecido. El canistel que colgaba en ese lugar, la única fruta en el árbol sagrado se había perdido sin dejar rastro.

—¡Sanshi!

Escuchó voces viniendo de todas las direcciones. Desde el laberinto, las nyosen llegaban al árbol.

—¡Sanshi! Sanshi… —La primera en llegar a su lado fue Gyokuyou. Sanshi se lanzó entre los brazos abiertos de la Genkun.

Primero gritó su nombre, luego empezaron las lágrimas.

—Pobre, pobre chica —Gyokuyou abrazó a la nyokai recién nacida. Acarició su enredado cabello y su maltratada piel—. De todas las veces que podía aparecer un shoku, tenía que llegar cuando acababa de aparecer la fruta del kirin.

En los brazos de Gyokuyou la nyokai lloró nuevamente. Su devoción al kirin era profunda, tan profunda que podía haber pasado las diez lunas debajo de esa rama, haciendo nada más que pensar en el canistel. Era imposible para Gyokuyou entender el dolor que la nyokai sentía ante su pérdida.

—Este no es el fin —Gyokuyou dio palmaditas a la nyokai en su espalda—. No llores, Sanshi —susurró, parcialmente para ella misma—. Encontraremos a tu Taiki. Tan rápido como podamos lo volveremos a traer a tus brazos.

—Genkun, ¿qué haremos?

Gyokuyou asintió a Teiei, que se encontraba tras ella.

—Envía las aves suzaku a cada reino. Debemos determinar la extensión de este shoku inmediatamente.

—Como ordene, Genkun.

—Hazlo antes de que la luna salga y diles a todas que se reúnan a abrir las puertas.

Como si fueran una sola, las nyosen se fueron a cumplir su tarea. Gyokuyou levantó la mirada hacia el árbol nuevamente, sus ojos se llenaron de tristeza. Pero no importaba cuántas veces mirara, el canistel no aparecía en la desnuda rama blanca.

 



Las nyosen en la montaña pronto se enteraron de que el shoku había aparecido hacia el oeste del Mar Amarillo y se había movido arrasando todo a su camino hacia el este. En las Cinco Montañas protegidas por un poder antiguo y desconocido, y protegidas por el Palacio Houro no había quedado un solo pétalo intacto. Las nyosen de Houzan se encontraban poco acostumbradas a presenciar un desastre. Terribles calamidades también fueron reportadas en cada reino a través del cual la tormenta había pasado, pero para las nyosen esas noticias eran de poca importancia, para ellas solo el kirin

importaba y ahora se había ido.

En este momento, toda su energía estaba enfocada en responder una pregunta urgente: ¿A dónde había enviado el shoku al canistel después de habérselo llevado?

Se sabía que el shoku conecta este mundo con otros mundos. Esos otros lugares son conocidos a través de mitos y leyendas, uno es llamado Hourai y el otro se llama Konron o también Kan. Se dice que uno existe en el borde del mundo y el otro en la sombra del mundo. Pero donde sea que se encuentren, estos eran lugares prohibidos, donde ningún hombre podía caminar y los cuales ningunos ojos podían ver. Sólo el shoku y el Portón Gogou o Portón del Estruendoso Metal, que se abría para los encantamientos de luna, podían conectar ambos mundos.

Este Lugar está rodeado de un vasto mar conocido como el Kyokai o el Mar del Vacío. Si el shoku que había golpeado el Palacio Houro había ido en dirección al este, entonces el canistel de Tai podía haber sido llevado a través del Mar del Vacío hacia el fin del mundo y de allí pasar a Hourai.

Hourai era un mundo en el que los hombres no podían poner pie, sin embargo, las nyosen no eran personas ordinarias. Bajo las órdenes de Gyokuyou, a partir de ese día, muchas se aventuraron a través de las puertas hacia el Mar del Vacío para buscar el canistel perdido, llegando hasta el borde del mundo, sin embargo, nunca se encontró la fruta.

El kirin se había perdido.



Durante mucho tiempo después de eso, se podía ver a Sanshi vagando por el extremo este del Mar Amarillo, lejos de su hogar en Houzan, buscando constantemente a su kirin.


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