CAPÍTULO 1
Nadie sabe de
dónde viene la vida, menos aún la de aquellos que no son humanos. Sin embargo,
la vida la embargó toda por igual y obtuvo la consciencia con ella.
Ella
despertó bajo las ramas blancas, una única palabra llenando su mente: Taiki.
Aún
antes de poder erguirse, la palabra llenó su cabeza como si se hinchara dentro
de ella. Entendió en un agudo momento todo lo que importaba: sabía quién era,
por qué había nacido y cuál era la cosa más importante en el mundo: Taiki.
Se
sentó y el mundo se derramó a su alrededor, las ideas fluían a través de su
cerebro, extendiéndose por todo su cuerpo a través de la red de sus venas.
Dobló su cuerpo hacia atrás, como si estuviera dejando que gotas de agua
bajarán por todo su cuerpo y por las profundidades de su existencia. Levantó su
cabeza y cerró los ojos. Por sus ojos cayeron lágrimas que se disolvían en su
cabello, todavía húmedo de fluidos embrionarios.
Movió
sus temblorosas patas y sus pies sintieron la humedad del suelo, así como algo
afilado y frágil: los fragmentos dorados de la fruta que la contenía hasta
hacía unos momentos. La tierra estaba mojada con el fluido que solía llenarlo.
Al estar lista para salir, la fruta dorada que la contenía se había caído de la
rama y se había roto en el suelo.
Miró
los fragmentos por un momento antes de levantar la mirada hacia las ramas
blancas. Se extendían sobre su cabeza, delicadas ramas retorcidas de color
platino, enredándose y levantándose hacia un techo de piedra sólida sobre su
cabeza.
Otras
frutas doradas crecían en grupos en las ramas, otros que todavía no contenían
vida. Ella también estuvo en uno de ellos hasta hace muy poco. Lo sabía sin que
nadie tuviera que decírselo.
Así
es como nace la vida.
Taiki.
Estiró
sus cuatro patas y se levantó. Otra lágrima caía por su mejilla y no eran más
que una respuesta natural, una protección de sus ojos ante la primera
exposición al aire, pero para ella, los hilillos calientes que bajaban por su
rostro se sentían como si el mundo goteara por su cuerpo.
Taiki,
Taiki, su cuerpo llamaba y las lágrimas fluían.
Se levantó completamente y su cabello se enredó en una rama. Plantó firmemente sus cuatro patas sobre el suelo y levantó los brazos para desenredar su pelo.
—Has nacido.
Alguien
hablaba.
Asustada,
miró en dirección de la voz. El espacio en que se encontraba era de penumbra,
la única luz era una débil luminiscencia blanca que emanaba de las ramas sobre
ella. Mientras sus ojos se ajustaban a la luz, se dio cuenta de que estaba en
una cueva.
Era
un gran espacio en forma de cúpula, vasta y alta, llena de las ramas blancas
que colgaban desde el techo. De hecho, se dio cuenta de que las ramas que se
extendían sobre ella no eran ramas, eran raíces. Emergían del techo en un
compacto haz, pero más abajo, cerca de ella, se hacían más pequeñas y con
muchas ramificaciones que incluso tocaban el suelo.
Escuchó
un gruñido.
—Una
buena nyokai.
Esta
vez, la fuente de la voz fue fácil de encontrar: pertenecía a una pequeña
anciana jorobada que se encontraba a unos pasos de ella. La mujer la observó,
estirando su brazo parecido a un miembro marchito y tocando suavemente el
cabello en su espalda.
—Eres
mujer —La mano se movió hacia su mejilla—. Escamas de pescado en el cuello
—Dedos secos tocaron sus brazos—. Humana de la cintura para arriba —El brazo de
la anciana fue tras ella y acarició su columna vertebral—. Debajo de la cintura
un leopardo. Y tienes una cola de lagarto. Muy buena combinación— La mano de la
anciana presionaba el lugar donde el espinazo conectaba ambas partes del
cuerpo—. No llores más. Ven conmigo.
La
vieja la empujó y la recién nacida caminó. Con cada paso, caían lágrimas de sus
ojos, dejando pequeños círculos húmedos en el suelo. Caminaron lentamente a
través de la cueva, tomándose su tiempo.
Pudo
ver una escalera, en el lugar donde el techo rocoso de la caverna hacía una
curva y se unía al suelo bajo sus pies. Se detuvieron en la base.
—Te
llamarás Sanshi —murmuró la mujer después de un largo silencio. Movió sus dedos
huesudos formando unos caracteres en el aire:
»
Todos te llamarán así a partir de hoy —La recién nacida Sanshi subió
tranquilamente por la estrecha y oscura escalera, escuchando la agradable voz
de la vieja mientras ésta la seguía—. Tu apellido será Haku, pues es la regla
para todas las nyokai que nacen en Houzan —La escalera formaba una
espiral mientras seguía subiendo a través de la roca. Al tiempo que subía,
Sanshi empezó a notar la luz que venía de arriba—. La razón por la que tienes
un apellido es porque tienes una gran misión. Recuérdalo siempre —dijo la
anciana.
Asintió,
pues sabía que era una gran misión y lo sabía sin que le tuvieran que decir, ya
que sentía la importancia de este conocimiento en su corazón. En silencio,
alcanzó la parte final de las escaleras, caminando por la curva final vio una
gran apertura cuadrada donde el túnel de piedra terminaba.
Se
detuvo.
Mirando
hacia la apertura podía ver un cielo azul y el árbol blanco extendido debajo de
él, brillando en toda esa luz. No había nada más. Sus ojos, finalmente secos,
empezaron a llorar nuevamente.
La
anciana le dio una palmadita en la espalda.
—Ve.
Haciendo
caso a un impulso repentino, Sanshi empezó a galopar, corriendo por primera vez
con sus patas recién nacidas. Salió de las escaleras de un solo salto,
brincando hacia la brillantez del sol, atravesando sus ojos y haciéndola llorar
nuevamente. Corrió en dirección del árbol blanco.
El
árbol que la había mantenido mientras crecía en sus raíces. Aunque las raíces
eran largas y delgadas, el árbol era bajo y ancho. En esas blancas, blancas
ramas, que salían de la roca y se desparramaban en el cielo, colgaba una única
fruta.
—Taiki.
Por
primera vez escuchó su propia voz.
El
canistel que estaba en la rama directamente opuesta a la raíz donde había
nacido, juntos formaban una pareja natural. Era todavía pequeño, tan pequeño
que podía tenerlo entre sus manos. Y eso hizo, sintiendo el sol sobre su piel
húmeda, se arrodilló y sostuvo la cálida fruta junto a su mejilla.
Sus
lágrimas no se detenían.
—Taiki.
Y
así fue el nacimiento de Sanshi.
En medio del mundo
se encuentra el Mar Amarillo.
Se
le llama mar, pero no hay agua. Las únicas cosas que fluyen allí son el tiempo
y el viento, fluyen sobre un desierto sinfín y un bosque sinfín, con un vasto
pantano por aquí y unas cadenas montañosas por allí. En el medio de este mar
que no es mar se levanta una serie de picos conocidos como Gozan o las Cinco
Montañas: inmensas y majestuosas agujas que giran hacia arriba desde un punto
en común.
La
más alta, en el medio, se llama Suusan y las cuatro que la rodean se conocen
como Houzan, Kazan, Kakuzan y Kouzan. La que es conocida como Houzan una vez
tuvo un nombre diferente, se llamaba Taishan, pero fue cambiado tras una gran
calamidad, y así por mil años se le ha llamado Houzan, la Montaña del Ajenjo, y
nada más.
Se
dice que las Cinco Montañas pertenecían en un principio a Seioubo, quien en la
antigüedad se las dio a varias diosas para que fueran sus protectoras. Houzan
se le dio a Oufujin. No se sabe a quién pertenecen las otras cuatro, pero todas
son el hogar de diosas y las nyosen. Los picos son tan altos que pueden
tocar el mismo cielo, pero al igual que el Mar Amarillo en su base, en su mayor
parte se encuentran desoladas, con vastas extensiones de roca y agua, marcadas
por excepcionales retazos verdes; teniendo en común una extraña geografía e
incesantes vientos.
En
la salvaje grandeza de las Cinco Montañas, hay un lugar habitado: el Palacio
Houro, ubicado en las cuestas de Houzan.
—¿Qué es esto?
—murmuró Teiei, agachándose para mirar más de cerca los pétalos que había
encontrado flotando en el agua del manantial—. ¿Una amapola?
Youka
que había estado caminando detrás de ella, se detuvo, conteniendo la
respiración. Los pétalos rojos eran increíblemente hermosos, flotando en la
superficie del agua clara.
—¿Tal
vez vienen del jardín de amapolas?
Teiei
asintió ante la pregunta de Youka y tomó varios pétalos.
—Vienen
con el viento. Un viento curioso sopla hoy.
Youka
levantó la mirada. Houzan era una montaña de extrañas y curiosas rocas. En el
altiplano donde el Palacio Houro se encontraba, las formaciones cubiertas de
musgo se retorcían juntas, formando innumerables caminos de laberinto. Las
rocas tenían variadas marcas y manchas, algunas salían de la tierra en ángulos
precarios y hasta la más pequeña era al menos tres veces más alta que una mujer
adulta. Apenas si había espacio para que dos personas caminaran una al lado de
la otra en los estrechos caminos que aparecían entre ellos.
Las
dos mujeres estaban de pie en uno de estos caminos, mientras, Teiei tomaba
delicadamente los pétalos de amapola que habían caído. Teiei era una de las nyosen
de la montaña y a pesar de que aparentaba ser una joven de no más de dieciocho
o diecinueve años, no se podía saber su edad basados en su apariencia física.
La verdad es que había sido hacía tanto tiempo, que no podía recordar por qué
medios o de qué forma realizó su ascenso a la montaña. De las más de cincuenta nyosen
que han vivido en Houro, ninguna ha durado tanto tiempo como Teiei.
En
contraste, Youka se había convertido en nyosen no hace mucho. Tenía
dieciséis años y había nacido como una simple granjera. Sin embargo, sin saber
por qué nunca se acostumbró a las costumbres mundanas y a los trece años hizo
su voto de ascendencia: se abstuvo de comer cereales y vivió una vida piadosa
en el Templo de Seioubo por tres años. Hace poco sus votos se cumplieron y fue
llamada a las Cinco Montañas.
Youka
no había vivido mucho tiempo en Houzan, después de terminar su entrenamiento en
Suusan, había sido transferida al Palacio Houro hacia medio año. Pero incluso
para ella, el viento soplaba de forma diferente hoy: usualmente se sentiría
como una suave brisa soplando por los estrechos caminos, pero hoy era una
ráfaga fuerte y rápida. Grandes cantidades de aire se estrellaban contra las
rocas, bajaban por los peñascos y se arremolinaban en las ranuras entre ellos.
El cielo también parecía diferente pues, aunque las nubes eran delgadas, se
veían bajas, como si un inmenso peso las empujara desde los Cielos.
—¿Quizá
es un mal agüero?
—No
creo —Teiei negó con la cabeza—. Ninguno de los símbolos de los ocho diagramas
que vimos esta mañana señalaban que algo fuese a ocurrir —La nyosen
experimentada pausó un momento para pensar y pareció dejar de lado la idea—. No
importa. Toma el agua.
—Sí.
Youka
metió el balde que llevaba en el agua cristalina.
Este
manantial era conocido como Manantial Paulownia. Su agua venía de una piedra
hueca y la rocosa saliente que servía de techo estaba cubierta por un gran
árbol de paulownia, del que sale su nombre.
Este
no era el único manantial en el Palacio Houro. Aunque no había nadie tan tonto
para intentar enumerarlos todos, las nyosen conocían los nombres de los
más grandes, pues eran los puntos de referencia en la extraña geografía de su
mundo enclaustrado.
En
Houzan no había estaciones. Las flores crecían y los pétalos caían por igual
todo el año. Aún ahora, las paulownias dejaban caer sus pétalos blancos,
que flotaban como espuma en el agua del manantial. La fragancia de las flores
llenaba el agua y Youka pudo oler su aroma en el balde.
Esta
agua con aroma a paulownia se utilizaba en el Santuario Taishin en una libación
purificante para la estatua de madera de la deidad guardiana de la montaña,
Oufujin. Apartando las flores, Youka llenó el balde y se dio la vuelta para
volver, pero Teiei la detuvo, riendo.
—¿Y
a dónde vas?
—¿Mm?
A donde está Oufuji.
Tesei
rio aún más fuerte.
—El
santuario no está en esa dirección. ¿Todavía no has aprendido los caminos?
Youka
miró los tres caminos divergentes y su rostro se enrojeció.
—N-no...
Las
extrañas formaciones rocosas de Houzan y los innumerables caminos que se
retorcían y ramificaban hacían del lugar un laberinto. Los únicos que conocían
el patrón eran aquellos que vivían en el Palacio Houro. Solo las nyosen
podían escoger el camino correcto entre muchos y con la ayuda de los pequeños
dioses encontrar los ríos para lavar, los lagos para bañarse y los manantiales
para encontrar agua que tomar. En su tiempo libre buscaban jardines de flores,
jardines de vegetales o pequeños claros bañados en luz del sol, también había
pequeños templos por todas partes donde se podía descansar. No obstante, Youka
todavía era una novata, aunque ya era una nyosen, muchos de los caminos
no eran conocidos para ella.
—¿Por
qué todo es tan confuso? —dijo con un suspiro y Teiei rio.
—Es
para proteger a Houzan. La molestia es un pequeño precio para pagar a cambio de
protección.
Los
caminos entre las rocas eran angostos. Aunque los demonios podían encontrar el
camino hasta aquí, no estaba permitida su entrada con excepción de algunos en
el Palacio Houro. Si llegaba algún jinete, no podría pasar entre los peñascos,
así que todos los que visitaban tenían que dejar sus monturas y acercarse a
pie. Y necesitaban un guía, pues sin alguien que les mostrase el camino, un solo
paso en falso en la dirección equivocada los llevaría a la irremediable
perdición. Las altas y enredadas rocas bloqueaban la visión y las losas que
guiaban entre las paredes llenas de musgo, invitaban a los más motivados a
seguir caminando, acelerando su confusión entre las incontables ramificaciones
y túneles del laberinto.
Solo
aquellos que conocían íntimamente el Palacio Houro podían encontrar su camino
hasta el altiplano lleno de árboles y flores.
—Supongo
que tienes razón.
Escondido
en la parte más profunda del laberinto, se encontraba el shashinboku: un
árbol en el que crecía el ranka o canistel del kirin. En este
mundo tanto hombres como bestias crecen en canisteles en árboles blancos por
todo el mundo, pero los kirin solo nacen en el shashinboku en
Houzan.
Esto
hizo de Houzan un lugar sagrado. El Palacio Houro y las nyosen solo
existen para servir al kirin. El kirin era el verdadero amo de
Houzan.
Teiei
asintió.
—La
carga de cuidar del kirin es grande, pero no existe ocupación más
satisfactoria. Cuando el ranka de Tai esté listo, lo sabrás, Youka.
Prepárate.
—¿Dices
que podré cuidar del siguiente kirin? —Los ojos de Youka brillaron—. ¿De
verdad?
Youka
había intentado ocultarlo, pero se había estado sintiendo insatisfecha. La
verdadera misión de las nyosen en Houzan era servir al kirin,
todo lo demás no era más que tareas domésticas. Y aunque había un joven kirin
en Houzan, por ser una novata, a Youka no le permitían cuidarlo.
Teiei
sonrió.
—Primero
debes aprenderte los caminos.
—Sí
—respondió Youka asintiendo firmemente.
Así
es, un nuevo canistel había aparecido en el shashinboku el otro día.
Daría vida al kirin de Tai. Los pensamientos de Youka se concentraron en
el canistel: pequeño, dorado y frágil.
Tendrían
que pasar diez lunas para que el ranka madurara y el kirin
naciera. ¡Y qué dulce sería el kirin! Pasaría sus días junto al joven
señor, cuidando de él. Esa idea era suficiente para traerle alegría a su
corazón.
Se
salió un poco del camino. Tras ella, otra amapola bajaba flotando, revoloteando
mientras caía en el agua del manantial.
—¿Amapolas?
El repentino sonido de la
voz causó que Teiei dejara de recoger las flores flotantes. Miró alrededor y
vio a una mujer salir de un pequeño templo, el Templo Kaidou, detrás del
Manantial Kaidou.
Youka, que se encontraba
unos pasos delante de ella, también se detuvo, girándose para ver quién había
llegado. Al verla ladeó su cabeza curiosamente. La recién llegada no era nadie
que la nyosen recordara haber visto antes. La edad de la mujer era
imposible de saber, pues parecía joven y al mismo tiempo parecía haber pasado
la mediana edad. Las ropas y accesorios que usaban mostraban un nivel muy
diferente al de una nyosen ordinaria. Youka había determinado que debía
ser alguien de muy alto rango, cuando de pronto Teiei se postró en el suelo
junto al manantial.
—Genkun.
Youka se unió
apresuradamente a su compañera. Se dio cuenta un poco tarde de que era su
líder, aquella que consideraba el Palacio Houro como su hogar: La Genkun,
Señora de las Sombras, Alto Oráculo de la Niebla de Jaspe. Su nombre era
Gyokuyou.
—El viento ha traído los
pétalos desde el jardín de amapolas —explicó Teiei. Gyokuyou movió su austero
rostro en dirección al cielo, donde se podía ver entre las formaciones de roca
en la parte más alta de la montaña.
—Un curioso viento sopla
hoy.
—Sí.
Por un rato, Gyokuyou
continuó mirando fijamente al cielo, frunciendo sus elegantes cejas, pero
después bajó la mirada y la fijó en la joven nyosen.
—¿Youka era tu nombre?
¿Te has acostumbrado a nuestras prácticas en Houzan?
Gyokuyou le había hablado
tan repentinamente, que Youka no sabía qué hacer. En el mundo de abajo,
Gyokuyou era conocida como una leyenda, una diosa que reinaba sobre las nubes
en un lugar lejos de la vida mundana. Y aun así, allí estaba, a unos pasos de
distancia, haciendo preguntas educadas.
—S-sí, así es, Genkun.
Eso creo.
—Aunque todavía se pierde
entre los caminos —dijo Teiei tras ella riendo. El rostro de Youko se puso
rojo.
Gyokuyou rio, era un
sonido placentero y delicado como el de una campana.
—Eso sucede con todo
aquel que es nuevo en las montañas. Teiei se ríe ahora pero cuando llegó,
varias veces tuve que ir a buscarla porque se perdía. Te acostumbrarás en poco
tiempo.
Youka miró de reojo a
Teiei. La nyosen de más experiencia rio una vez más.
—Así es, Genkun. Tiene
mejor memoria que yo y trabaja sin descanso, sin quejarse.
Gyokuyou sonrió.
—Eso está muy bien. Youka
se sonrojó aún más.
—N-no… —tartamudeó—.
Todos los días me regañan.
—Claro que te regañarán,
Youka, hasta que te hayas habituado. No pierdas tu espíritu.
Youka tragó saliva y tocó
el suelo con su frente en señal de gratitud. Gyokuyou rio melódicamente y miró
a Teiei:
—Escuché que la nyokai
de Tai ha nacido.
—Sí.
Aunque el Palacio Houro
era su hogar, Gyokuyou no siempre estaba presente en sus aposentos. Había veces
que desaparecía por extensos períodos y reaparecía repentinamente de la nada.
Teiei no sabía a dónde había ido o cómo había regresado. Era realmente curioso,
pero no era algo que una simple nyosen tenía derecho a preguntar.
—¿Su nombre?
—Sanshi, Genkun.
—¿Y dónde se encuentra
Sanshi ahora?
—Bajo el shashinboku.
No se aleja ni un centímetro de él.
Los labios carmesíes de
Gyokuyou se curvaron para formar una sonrisa.
—La nyokai tiene
una gran devoción y apego hacia el kirin. Teiei asintió mientras
sonreía.
Los kirin nacían
sin padres. Eran cuidados en su lugar por las nyokai, que nacían solo
para este propósito, nacían motivadas para cumplir su tarea en la cueva bajo el
shashinboku. Tan pronto como el ranka del kirin aparecía
en una rama, una nyokai nacería al día siguiente y entonces diez lunas
después, el canistel maduraría y el kirin emergería.
—¿Y qué es?
Solo la nyokai
sabía el sexo del kirin que nacería.
—Lo llamó “Taiki”.
—Muy bien.
El kirin que
crecía en el shashinboku será el kirin del reino de Tai y los
señores de ese reino habían tomado como título la palabra “tai” que significa
paz:
Así, el kirin
que pronto nacería sería conocido como Taiki:
Gyokuyou asintió una vez
y empezó a caminar en dirección al shashinboku. Teiei y Youka bajaron
sus cabezas, honrando su partida, cuando de repente el aire alrededor de ellas
tembló.
Un instante después, un
poderoso viento azotó el angosto camino, como si quisiera borrar toda la faz de
la montaña. Teiei cayó al suelo antes de poder levantar la voz para hacer una
advertencia. A su lado, Youka gritó mientras era lanzada contra una de las
paredes rocosas.
El suelo rugió bajo sus
pies. El sonido hizo eco a través de las rocas hasta que todo el laberinto
estaba lleno del bramido sobrenatural.
—¿Qué está pasando?
—gritó Youka asustada, pero Teiei no respondió nada.
Esta no era una simple
tormenta o terremoto. Si así fuera, los símbolos de los ocho diagramas lo
habrían predicho en la mañana. Las montañas eran protegidas contra ese tipo de
eventos por su diosa.
—¡Genkun, escóndase en el
templo! —gritó Teiei, que, por el bien de su señora, hizo el esfuerzo de
agarrarse a una baldosa con sus uñas y levantar su cabeza contra el incesante
viento. Pero Gyokuyou estaba de pie, sin hacer ni un movimiento y mirando
fijamente al cielo.
El cielo se había teñido
de rojo, el color de la sangre. Y brillaba, como si muchas capas de niebla roja
se hubiesen puesto sobre el cielo.
—¡Un shoku!
Gyokuyou vio las luces
bailando a través del cielo, ignorando el aullido de la montaña. El que pudiera
permanecer de pie en medio de este viento, era prueba de su fuerza como Alto
Oráculo, aunque Teiei y Youka difícilmente estaban en posición de poder admirarla.
—¡Un shoku!
El aire sobre la montaña
se distorsionó como si se retorciera de dolor. Sobre la cabeza de las mujeres,
la brillante niebla roja se ondulaba vertiginosamente. Y allí, en el extremo de
la niebla, las nyosen podían ver algo como una visión: otro mundo más
allá del mar.
—No…
El
mundo que no era su mundo se acercaba rápidamente.
El
viento arrancaba las delicadas flores de paulownia de los árboles y las
lanzaba contra el rostro de Teiei, golpeándola con fuerza.
—¡No!
¡El canistel!
Su
cuerpo se acomodó en la tierra bajo las ramas blancas, Sanshi podía sentir cómo
el húmedo musgo hacia cosquillas a su piel, mientras miraba con nostalgia el
canistel colgado de la rama.
Pasarían diez lunas antes
de que el ranka que contenía a Taiki madurara.
Después de que ese tiempo
pasara, su amo nacería del canistel, su kirin. Cuando pensaba en el
momento de arrancar de la rama la fruta madura, el cuerpo de Sanshi temblaba
con una sensación tan cálida y verdadera que le producía lágrimas. Hora tras
hora observaba la brillante fruta dorada, regocijándose, orgullosa de su gran misión.
Y entonces, el fuerte
viento merodeador llegó y se llevó todo.
Sanshi no estaba segura
de qué estaba pasando. El aire a su alrededor parecía retorcerse, una gran
cortina roja empezó a danzar a través del cielo. Tembló de miedo y una sola
palabra apareció en su mente: shoku.
Sanshi se levantó y el
viento golpeó violentamente sus patas. Las ramas blancas que aún en las más
fuertes brisas nunca se movían, empezaron a azotarse en medio de la tormenta,
golpeándose ruidosamente entre ellas.
Sanshi gritó y se agarró
fuertemente de la rama más cercana. Su cabello se había enredado en las ramas y
en la violenta sacudida de estas, una parte de su pelo fue arrancado de su
cuero cabelludo, pero no tenía tiempo de reconocer el dolor en su cabeza, todo
lo que importaba era proteger el canistel. Sin embargo, cuando miró hacia la
fruta, el aire entre ella y su precioso amo estaba retorcido.
—¡Taiki!
El incesante viento
golpeaba su cuerpo. La atmósfera se retorcía más aún, cambiando y tragándose
las ramas como una boca invisible.
—¡No!
Mientras veía incrédula
el escenario, la pequeña fruta dorada fue absorbida en una grieta en el mismo
viento. El ranka que no debía ser arrancado hasta que ella misma lo
hiciera dentro de diez lunas, había sido salvajemente removido de la rama.
—¡Que alguien me ayude!
Desesperadamente intentó
alcanzar el canistel, temblando mientras los fuertes vientos hacían cortes en
sus brazos, pero la distancia entre las puntas de sus dedos y el canistel era
desesperadamente grande.
—¡Que alguien lo detenga!
Los gritos de Sanshi
viajaban hasta las puntas de sus dedos y desaparecían. El ranka había
desaparecido, consumido por el retorcido aire.
Había nacido en este
mundo llamando la palabra “Taiki”, ahora, su llamada se había convertido en un
grito: un desesperado y lastimoso grito.
Y entonces, tan
repentinamente como apareció, la tormenta sobrenatural cesó.
Mareada, Sanshi miró
inexpresivamente la rama blanca. La luz dorada había desaparecido. El canistel
que colgaba en ese lugar, la única fruta en el árbol sagrado se había perdido
sin dejar rastro.
—¡Sanshi!
Escuchó voces viniendo de
todas las direcciones. Desde el laberinto, las nyosen llegaban al árbol.
—¡Sanshi! Sanshi… —La
primera en llegar a su lado fue Gyokuyou. Sanshi se lanzó entre los brazos
abiertos de la Genkun.
Primero gritó su nombre,
luego empezaron las lágrimas.
—Pobre, pobre chica
—Gyokuyou abrazó a la nyokai recién nacida. Acarició su enredado cabello
y su maltratada piel—. De todas las veces que podía aparecer un shoku,
tenía que llegar cuando acababa de aparecer la fruta del kirin.
En los brazos de Gyokuyou
la nyokai lloró nuevamente. Su devoción al kirin era profunda,
tan profunda que podía haber pasado las diez lunas debajo de esa rama, haciendo
nada más que pensar en el canistel. Era imposible para Gyokuyou entender el
dolor que la nyokai sentía ante su pérdida.
—Este no es el fin
—Gyokuyou dio palmaditas a la nyokai en su espalda—. No llores, Sanshi
—susurró, parcialmente para ella misma—. Encontraremos a tu Taiki. Tan rápido
como podamos lo volveremos a traer a tus brazos.
—Genkun, ¿qué haremos?
Gyokuyou asintió a Teiei,
que se encontraba tras ella.
—Envía las aves suzaku a cada reino. Debemos determinar
la extensión de este shoku inmediatamente.
—Como ordene, Genkun.
—Hazlo antes de que la
luna salga y diles a todas que se reúnan a abrir las puertas.
Como si fueran una sola,
las nyosen se fueron a cumplir su tarea. Gyokuyou levantó la mirada
hacia el árbol nuevamente, sus ojos se llenaron de tristeza. Pero no importaba
cuántas veces mirara, el canistel no aparecía en la desnuda rama blanca.
Las
nyosen en la montaña pronto se enteraron de que el shoku había aparecido hacia el oeste del Mar Amarillo y se había
movido arrasando todo a su camino hacia el este. En las Cinco Montañas
protegidas por un poder antiguo
y desconocido, y protegidas por el Palacio
Houro no había quedado un solo pétalo
intacto. Las nyosen de Houzan se encontraban
poco acostumbradas a presenciar un desastre.
Terribles calamidades también
fueron reportadas en cada reino a través del cual la tormenta
había pasado, pero para las nyosen esas noticias eran de poca importancia, para ellas solo el kirin
importaba
y ahora se había ido.
En este momento, toda su
energía estaba enfocada en responder una pregunta urgente: ¿A dónde había
enviado el shoku al canistel después de habérselo llevado?
Se sabía que el shoku
conecta este mundo con otros mundos. Esos otros lugares son conocidos a través
de mitos y leyendas, uno es llamado Hourai y el otro se llama Konron o también
Kan. Se dice que uno existe en el borde del mundo y el otro en la sombra del
mundo. Pero donde sea que se encuentren, estos eran lugares prohibidos, donde
ningún hombre podía caminar y los cuales ningunos ojos podían ver. Sólo el shoku
y el Portón Gogou o Portón del
Estruendoso Metal, que se abría para los encantamientos de luna, podían
conectar ambos mundos.
Este Lugar está rodeado de un vasto
mar conocido como el Kyokai o el Mar
del Vacío. Si el shoku que había golpeado el Palacio Houro había ido
en dirección al este, entonces el canistel de Tai podía haber sido llevado a
través del Mar del Vacío hacia el fin del mundo y de allí pasar a Hourai.
Hourai era un mundo en el
que los hombres no podían poner pie, sin embargo, las nyosen no eran
personas ordinarias. Bajo las órdenes de Gyokuyou, a partir de ese día, muchas
se aventuraron a través de las puertas hacia el Mar del Vacío para buscar el
canistel perdido, llegando hasta el borde del mundo, sin embargo, nunca se
encontró la fruta.
El kirin se había
perdido.
Durante mucho
tiempo después de eso, se podía ver a Sanshi vagando por el extremo este del Mar
Amarillo, lejos de su hogar en Houzan, buscando constantemente a su kirin.


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