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El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

jueves, 2 de febrero de 2023

Mar del Viento, Orilla del Laberinto - Capítulo 3

 

CAPÍTULO 3

 

 

 

—¿Estás despierto?

Era la voz de Sanshi. Taiki se restregó los ojos, abriéndolos lentamente. Permaneció echado allí por un tiempo, mirando el techo ornamentado.

El techo estaba hecho de piedra blanca. Grabados elaborados cubrían en su totalidad la superficie de color lechoso. En las cuatro esquinas, había imágenes de aves en alto relieve con intricadas hierbas y flores entrelazadas a través del resto del espacio, girando en patrones circulares en el centro. Los grabados no llevaban pintura, en su lugar, las piedras incrustadas de muchos colores le daban vida al diseño.

—¿Cuál es el nombre de esa ave? —preguntó mientras señalaba con su dedo una de las aves grabadas en la esquina.

—No… lo sé —respondió Sanshi, sin saber qué decir.

Realmente a Taiki no le importaba el nombre del ave. Simplemente se sentía mal por haber llorado tanto el día anterior, pues se consideraba un niño grande y estaba esforzándose para mejorar la impresión que había causado.

—¿Qué hora es? —preguntó mirando en la dirección de la voz de Sanshi. La habitación era pequeña, sólo un poco más pequeña que el cuarto de estudio de su casa. Cojines hermosamente decorados cubrían el suelo y las tres paredes del cuarto estaban repletas por objetos más grandes que eran un cruce entre cojines y almohadas. La parte superior de cada pared estaba incrustada por pequeñas piedras que creaban un mosaico de una escena del bosque que lo rodeaba de los tres lados.

En el cuarto lado de la habitación no había pared. En su lugar, varias capas de tela colgaban del techo. Mientras Taiki observaba, la tela se levantó y Sanshi apareció con su cabeza ladeada y frunciendo el ceño levemente.

—¿Y ahora qué hago? —preguntó el chico—. ¿No tengo que ir a la escuela?

Taiki entendía en un sentido muy básico que su vida había cambiado. Sabía que se había liberado de la rutina diaria: salir de la cama, cambiarse la ropa, lavarse la cara, comer el desayuno usual e ir a la escuela. Pero ¿y qué haría en lugar de todo eso?

—¿Qué debo hacer?

—No debes hacer nada —dijo Sanshi sacudiendo levemente la cabeza—. ¿Te gustaría levantarte?

Taiki entendió que eso significaba que podía quedarse en cama todo el día si eso quería, o levantarse inmediatamente, daba igual. Nadie le diría qué hacer. Se preguntaba si esta libertad era algo que tendría por un corto tiempo o si continuaría para siempre.

—Supongo que me levantaré.

Salió del borde de la cama y se acomodó en el suelo acojinado.

Sanshi subió hacia el cuarto que era un poco más alto que la habitación contigua y se puso a su lado.

Así que esta habitación es más alta que el resto del lugar.

Más allá de la cortina, pudo ver débilmente el contorno de varias entradas. Las que podía ver por no tener la tela parecían llevar a otras habitaciones.

Taiki examinó con gran interés la habitación en la que estaba y lo que alcanzaba a ver de las demás. Se había dormido llorando bajo el árbol la noche anterior y entonces lo habían cargado hasta aquí mientras dormía, así que no tenía idea de qué tipo de lugar era.

La habitación en la que estaba ciertamente era cómoda y la que se encontraba más allá de la cortina también parecía serlo. Esa habitación no tenía paredes, pero había algo como una reja o barandilla de piedra blanca que circundaba el perímetro y más allá de eso, podía ver las piedras de formas raras, cubiertas de musgo levantándose verticalmente, lo suficientemente cerca para ser tocadas si uno extendía las manos desde la barandilla. La luz que pasaba entre las rocas y el edificio hacía brillar el musgo. Había parches de hierba fina y pequeños arbustos que se aferraban a las paredes de la roca a través de la barandilla, cosa que a Taiki le pareció interesante. Era como si el jardín entrara a la habitación.

Sanshi se fue momentáneamente y regresó con un pequeño balde y un cuenco con agua. Se dirigió a una parte del cuarto donde el suelo estaba más bajo y puso el balde sobre una pequeña mesa, entonces llamó a Taiki para que se acercara. Él rodó a través de los cojines hasta llegar a su lado.

—¡Buenos días!

Sanshi sonrió y le indicó que se sentara en el borde de uno de los cojines. Y así lo hizo. Se dio cuenta de que estaba desnudo, pero parecía algo natural en estas circunstancias. Sanshi, Youka y las demás nyosen usaban una vestimenta diferente a la que él solía usar, así que esperaba que le dieran ropa. Y no hacía nada de frío, aunque tampoco hacía calor.

El clima debe ser perfecto aquí en esta época del año.

Sanshi le lavó la cara. Le daba algo de pena y se sentía como un niño pequeño, pero no se quejó. Entonces, la nyokai se fue con el balde y regresó con un cambio de ropa, que se parecía al kimono que su abuela solía usar.

Mientras lo vestía, Sanshi no dijo ni una palabra, pero él no se sentía incómodo en su silencio, pues sabía que ella hablaba muy poco. Cuando se cambió, lo guio con la mano hacia la otra habitación donde vio una mesa lista para desayunar. Youka estaba a su lado.

—Buenos días, Youka —gritó y Youka sonrió felizmente.

—Buenos días, señor Taiki. ¿Descansó bien?

—Sí. ¿Me hiciste el desayuno?

—No. Hay otras personas que se encargan de preparar la comida.

Taiki pensó un poco en eso.

—¿Así que hay otros que limpian?

—Sí, así es. Ahora, por favor, coma antes de que se enfríe.

Es como si fuera rico, pensó, aunque nunca había conocido a ningún niño rico, pero se imaginaba que así debían ser sus vidas.

Youka le dio un par de largos palillos blancos. Miró la comida poco familiar en la mesa y miró de vuelta a ambas mujeres.

—¿Y ustedes? ¿Qué van a comer?

—Sanshi no come y yo ya comí.

—Pero yo no puedo comer todo esto.

Varios platos, grandes y pequeños, se encontraban dispuestos sobre la mesa.

—Puede dejar lo que no desees.

—Espera —Taiki se rascó la cabeza—, ¿dormí hasta tarde y por eso ya todos comieron?

Youka sonrió.

—Sanshi nunca come. Así es ella. Pero, aunque lo hiciera, no tiene el rango suficiente para comer con usted, señor Taiki.

Taiki ladeó la cabeza con expresión de perplejidad. Había escuchado la palabra “rango” antes, pero no estaba seguro de qué significaba en esta situación.

—¿Así que no comerán conmigo, aunque no me quede dormido?

—No lo haremos —Taiki frunció el ceño y bajó la mirada hacia la mesa—. ¿Pasa algo?

—Bueno, no… supongo que así es como hacen las cosas aquí.

—¿Pero?

Taiki miró a Youka, que se encontraba de pie junto a él.

—Es sólo que se me hace raro comer solo. Um… —Se rascó el cuello y buscó las palabras adecuadas—. Es decir, entiendo que si me quedé dormido me castiguen y tenga que comer solo, pero es raro estar con más gente y aun así ser el único comiendo. Quiero decir que creo que sabría todo mejor si comieran conmigo.

—¡Oh! —dijo Youka poniéndose la mano en la boca y riendo fuertemente. Asintió, mirando hacia el biombo en un lado. Aparentemente había otra habitación detrás y llamó a quien fuera que se encontraba allí—: dejen de trabajar y vengan. El señor Taiki nos ha invitado a desayunar.

  

 

Después de haber comido, Youka y la nyokai llevaron a Taiki a dar un paseo.

Salió del templo, cogiendo la mano de Sanshi. Por un momento todo lo que pudo hacer fue quedarse de pie y mirar. La casa no tenía paredes externas, incluso la entrada principal estaba demarcada por dos pilares y sin paredes no había necesidad para puertas y ventanas. Tres peldaños llevaban a un camino angosto entre las rocas. No había jardín, no había rejas, no había patio. Aunque había un pequeño claro antes de los peldaños, tras dar unos pocos pasos en él terminaría de frente a una de esas rocas de formas raras.

Las rocas aquí eran muy altas, Taiki tenía que levantar completamente la cabeza para poder ver el cielo. Los pequeños caminos que se enredaban entre las rocas conducían hacía tres direcciones. Más bien parecen callejones que caminos, pensó. Así debe ser estar de pie entre dos rascacielos en la ciudad. Al volverse, vio que el edificio del que acababa de salir era más bien pequeño en comparación, un pequeño escondite en la metrópolis de roca.

—Qué lugar tan raro —susurró Taiki y Youka rio.

—¿Le parece extraño?

—Um, bueno… Perdón si es una pregunta tonta, pero… ¿dónde estamos?

Youka ladeó la cabeza.

—Estamos en Houzan, mi señor.

—Em —Taiki buscó las palabras correctas—. Eso no es exactamente a lo que me refería.  Es decir, sé que no estoy  cerca  de casa, pero me  preguntaba  lo lejos  que  estoy. ¿Seguimos en Japón? —Ninguna de las personas que había conocido hablaban en un idioma extranjero, pero lo que lo rodeaba era tan extraño que le parecía difícil creer que estuvieran cerca de casa—. O… —Tragó saliva—. ¿Estoy en otro mundo?

Youka parecía perpleja.

—Sí… sí, creo que así es.

—Ooh…

Taiki se sentía muy raro. Todo lo que veía era tan real, pero al mismo tiempo, era tan poco parecido a la realidad que había conocido. ¿Había entrado a un armario mágico? Comenzó a asustarle el hecho de que, si pensaba mucho sobre la situación, perdería el sentido de qué es la “realidad”, así que respiró profundo y decidió no preocuparse.

—¿Hay lugares aquí más abiertos?

—Sí, claro. Lo llevaré a uno —Youka empezó a bajar por uno de los caminos y entonces se detuvo y se volvió, con sus ojos indicaba el edificio detrás de él—. Por cierto, mi señor, esta es la Pagoda del Rocío Crepuscular. Lo preparamos para que pudiera vivir en él.

—¿Así que es mi hogar?

—Sí. Una vez se haya acostumbrado a vivir aquí, puede cambiar de lugar, si es lo que desea.

—¿Me puedo mudar a donde quiera?

Youka rio suavemente mientras los guiaba a través del pequeño claro.

—Taiki, señor del Palacio Houro. Puede usar todo lo que hay dentro como mejor le parezca.

El chico se rascó la cabeza. El estrecho camino que seguían pasaba serpenteando entre las rocas y tras un momento de caminata, aparecieron en la intersección entre una pendiente y un túnel.

—No estoy seguro de entender. ¿Es todo este lugar el Palacio Houro?

—Así es.

—¿Y entonces cómo puedo ser yo el señor?

Taiki estaba desconcertado. Youka, Sanshi y las demás nyosen eran mucho mayores que él y a la que llamaban “Gyokuyou”, tenía la presencia y actitud de la realeza. No podía entender cómo él iba a ser el señor de nada en este lugar. Algo parecía no encajar.

Youka rio un poco y levantó una ceja.

—Porque es un kirin.

—¿Y eso qué es?

—¿Recuerda el árbol de dónde vino ayer? Todos los que nacen de ese árbol son kirin.

Repentinamente, una luz se encendió en la cabeza de Taiki.

—¿Entonces hay otros como yo?

—Sí, hay otros once como usted.

—¿Somos doce en total?

—Es correcto. La Taiho de Ren, que conoció ayer, es una kirin como usted.

—¿La mujer del brazalete?

—Esa es.

—¿Y la volveré a ver?

Youka negó con la cabeza.

—No en este lugar.  La Taiho de Ren ya se ha ido de la montaña y volvió a su hogar.

Algo frío lamió su corazón. ¿Por qué había llorado tanto la noche anterior? Pudo haber hecho muchas preguntas. Había tantas cosas que necesitaba saber.

—¿Y los demás? ¿Dónde están? ¿Los conoceré algún día?

Youka rio.

—Están ocupados en sus reinos. Cuando usted también descienda de la montaña, los conocerá. Estoy segura, todo en su debido tiempo.

—¿Descender?

—Sí. Escogerá un rey y se irá de Houzan.

—Un rey, ¿quieres decir que hay reyes en este lugar?

—Sí, y con el tiempo usted servirá a uno, señor Taiki.

—¿Serviré a un rey?

—El kirin escoge al rey y luego le sirve. Hasta que el momento llegue para que lo haga, es el deber de todos en Houzan el mantenerlo a salvo.

Así que, pensó Taiki, trabajaré para un rey. Eso parecía estar bien, de alguna forma. Probablemente habrá cosas que tendrá que aprender, algún entrenamiento que debería completar antes de decidir a qué rey servirá.

El peso que había sentido en su corazón desde el día anterior se aligeró un poco y sonrió.

—¿Y crees que podré trabajar para un rey? ¿No es algo difícil?

Youka suspiró y luego rio fuertemente.

—Claro que podrá. Es un kirin, después de todo.

—Y los kirin trabajan para los reyes.

—Eso es correcto.

—Y los otros kirin… ¿también trabajan para los reyes?

Youka asintió y dobló los dedos, contando.

—En este mundo hay doce reinos. Cada uno tiene un rey. También hay doce kirin, uno para cada reino. Así funciona.

—Está bien…

—Sin embargo, ahora mismo solo hay once reyes. El reino de Tai, en el noroeste, no ha tenido un rey desde que el Rey Pacífico falleció hace diez años. El sucesor debe ser escogido.

—Pero si no hay rey, ¿qué pasa con el kirin de Tai? ¿Dónde está?

Youka sonrió y miró a los ojos de Taiki.

—Está de pie frente a mí.

—¿Yo?

—Así es. ¿Acaso su nombre no es Taiki? Eso significa “Kirin de Tai”. Es usted quien escogerá al próximo rey, es por eso por lo que está aquí.

Taiki parpadeó.

—¿Eh? ¿Eso no es algo muy importante? No sé si podré decidir algo así.

Youka hizo una gran reverencia.

—Por el contrario, mi señor Taiki, usted es el único que puede decidirlo. Mire, hemos llegado al jardín de moras.

  

 

A Taiki le llevó poco tiempo acostumbrarse a la vida en las montañas. Había muchas cosas curiosas sobre su vida allí: la ropa rara, los extraños edificios, las comidas vegetarianas, pero afortunadamente todavía era un muchacho y, por lo tanto, no era tan inflexible que el cambio supusiera algo difícil. Encontró cómodo aceptarlo todo.

Con lo que tuvo más problemas para acostumbrarse fue el descubrimiento de que su rostro había cambiado. Los espejos no eran tan claros como los que usaban en su hogar, pero aun así, cuando miraba a su reflejo, tenía la sensación de que algo era diferente de antes. No es que antes pasara mucho tiempo ante el espejo, pero no podía explicarlo, estaba seguro de que el reflejo que veía ahora no era al que estaba acostumbrado.

Tal vez algo cambió cuando pasé por ese túnel de niebla blanca.

Su posición privilegiada en este nuevo lugar fue más fácil de aceptar. Las nyosen lo cuidaban en todo. Se levantaba cuando quería y dormía cuando quería también. Mientras tanto, tenía poco que hacer, así que vagaba por Houzan, haciéndole preguntas a Sanshi y a las nyosen y reuniendo toda la información que necesitaba para vivir en este lugar. Esta era su tarea en Houzan.

Aunque al principio habían estado nerviosas, pronto las nyosen también se acostumbraron a la forma en que Taiki se había hecho parte de su mundo.

—Admitiré que estaba preocupada —dijo una de las mujeres, mientras sacudía una prenda de vestir parecida a un kimono, llamada hoh, sobre unas flores de jazmín para que se secara. El olor a jazmín llenaba el aire—. ¡Diez años! Nunca habíamos perdido a un kirin por tanto tiempo.

A su lado, Youka sacudía otro hoh.

—No importa cuánto tiempo haya estado ausente. Un kirin es un kirin. ¿Cuál es la diferencia?

—Ninguna, supongo.

Otras nyosen que estaban ocupadas doblando ropa se rieron alegremente. Las ropas que sostenían olían a la fragancia de las flores de jazmín.

—No negaré que él es algo raro, debe ser por haber crecido en Hourai. ¿Qué? No me mires así, no es nada malo —dijo una de ellas.

Youka colocó otro hoh doblado sobre la pila y se puso de pie con las manos sobre sus caderas.

—No dejaré que lo llames “raro”. Es más amigable que un kirin criado en Houzan, pero eso no es algo raro, es algo que deberíamos agradecer.

Las otras nyosen rieron.

—Ah, creo que Youka quiere mucho a Taiki.

Youka las miró mal.

—No veo nada malo con eso.

Las nyosen formaron un círculo a su alrededor, una a una, bailaban ondeando las ropas y entonces, con un grito, se desplegaron.

Teiei, que se encontraba cerca, sonrió tolerantemente.

—No está bien molestar a Youka.

Por naturaleza, las nyosen en Houzan eran amables y alegres, pero el regreso de Taiki las había llenado de una dicha que a veces se salía de control, mientras olvidaban los tiempos sombríos que ya habían pasado. Su único propósito al vivir en la montaña era cuidar del kirin, por lo que cuando no había kirin del que cuidar, se sentían mal. Y cuando un kirin se encontraba desaparecido como hacía poco, muchas padecían de persistentes episodios de tristeza.

No siempre había un kirin en Houzan, de hecho, más que nada, siempre estaban ausentes de la montaña. Sin un kirin, las nyosen buscaban agua, lavaban la ropa, cosían su ropa y los días pasaban aburridamente. Pero ahora, ahora era diferente: en las montañas había un kirin.

No solo Youka estaba feliz. No había una sola nyosen que no se sintiera encariñada con el joven kirin. Ellas consideraban a los kirin como seres maravillosos, pero el actual residente del Palacio Houro parecía ser el mejor de todos. En verdad, ninguna nyosen podía burlarse de Youka sin reírse primero de sí misma. Había casi cincuenta nyosen en la montaña y todas amaban a Taiki más que a la vida misma.

Aun así, Youka sentía más por Taiki que el resto, se encontraba motivada por una profunda necesidad personal de atender y cuidar que se había convertido en una responsabilidad.

—¡Youka!

Era Taiki, su joven voz hacía eco entre las montañas.

Todas la nyosen detuvieron su trabajo, mirando en la dirección de la que habían escuchado venir la voz. Un instante después, Taiki apareció corriendo desde uno de los angostos caminos y salió al claro.

—¡Escóndeme! ¡Escóndeme! —gritó alegremente, respirando con dificultad. Corrió hacia Youka y se arrodilló tras ella.

—Creo que Taiki también quiere mucho a Youka.

—Así es.

Las nyosen rieron alegremente, cogiendo las ropas que había doblado, hicieron una pila sobre Taiki. En unos segundos, estaba escondido bajo una gran pila de ropa aromatizada en el angosto espacio entre Youka y los matorrales de jazmín.

Las nyosen intentaban disimular sus risas. Un momento después, una forma blanca apareció sobre una de las pendientes y la nyokai descendió hasta el claro. Como si fueran una sola, las nyosen la miraron y señalaron el angosto camino hacia el este.

—Por allí, Sanshi. Se fue por allí.

—¿Buscas a Taiki? Hacia el este.

—Casi me tumba, iba corriendo muy rápido.

Las nyosen hablaban al mismo tiempo, dando direcciones imprecisas. Pero Sanshi era imposible de engañar: caminó directamente hacia Youka, levantando la pila de ropa tras ella.

Taiki estaba enrollado como una pelota debajo de la pila, miró hacia arriba y respiró profundamente.

—Me encontraste.

Se levantó y abrazó las patas de Sanshi antes de sentarse en el suelo nuevamente.

Todavía respiraba con dificultad.

Sanshi le dio una palmadita en la cabeza y le dio las ropas que había tomado a un par de nyosen.

Las mujeres rieron nuevamente.

—Es imposible engañar a esos ojos.

—Ya lo sé —dijo Taiki con sus mejillas rojas. Una nyosen se inclinó para arreglar el cuello de su hoh mientras él se apoyaba en las patas de Sanshi. Para ellas, Taiki parecía el kirin más mono que jamás se hubiese quedado en Houzan. De verdad todas lo querían.

Youka sonrió y acarició el cabello de Taiki, era más largo ahora que cuando había llegado y su flequillo estaba pegajoso por el sudor en su frente. Se acercó para apartar un mechón de sus ojos.

Los kirin tenían un pelo, o una melena, de color dorado, pero el pelo de Taiki era más bien del color del acero. Su cabello lo marcaba como diferente de los kirin usuales y todos los residentes del palacio consideraban esto como una señal de que era especial.

—Deberías ir a bañarte. Pronto será hora de cenar.

Los kirin tenían un rango mucho mayor que una nyosen en el sistema social de los Doce Reinos. Sin embargo, cuanto más cuidaban de él, más sentían que era como su propio hijo, y no había pasado mucho tiempo antes de que dejaran de llamarle “señor”. Hasta el Alto Oráculo, la Genkun, Señora de las Sombras, había abandonado todas las formalidades, por lo que ya no había nadie que censurara a las nyosen más jóvenes por hablarle libremente.

—Te hemos preparado suficiente ropa. Cuando termines, iremos por ti.

—Vale —dijo Taiki, levantándose—. Vamos, Sanshi.

Sanshi se encaminó, tomando a Taiki de la mano mientras todas las nyosen seguían de pie por educación y lo veían partir.

—Creo que Sanshi es quien lo quiere más.

—¡Muy cierto!

Las mujeres se sonrieron la una a la otra. No sentían celos, ya que, a diferencia de ellas, desde que nació Sanshi, perteneció solo a Taiki. Además, habían tenido suerte esta tarde: se habían encontrado a Taiki antes de cenar y aquellas que lo vieran antes de una comida estaban invitadas a comer con él. Era una nueva regla que nadie había escrito.

  

 

Después de que Sanshi y Taiki se fueran, las nyosen continuaron de buen humor sus tareas, doblando la ropa que habían dejado secando. Cuando terminaron, tomaron un pequeño hoh, que todavía olía a jazmín y sol, y se dirigieron al río.

El camino hasta la cascada tras la Pagoda del Rocío Crepuscular consistía en muchas curvas entre las rocas, como si el camino también estuviera compuesto de agua.

Mientras las nyosen rodeaban la última curva, escucharon una voz riendo.

Taiki estaba persiguiendo la cola de Sanshi en el agua, a veces saltaba y a veces se hundía, hizo un extravagante salto y falló, cayendo profundamente en el agua. Cuando su rostro emergió sobre la superficie nuevamente, vio a las mujeres en el banco y las saludó.

—Hemos venido para llevarte a comer.

—Gracias.

Una de las nyosen extendió sus ropas en la orilla, Taiki salió del agua y se levantó sobre ellas, otra envolvió su pequeño cuerpo con una gruesa toalla que había traído para él.

—Puedo secarme solo.

—No, Taiki. Siempre olvidas secarte la espalda —dijo la mujer, quitando cuidadosamente las gotas de agua de su piel. Al chico le parecía raro que alguien más hiciera esto, pero había descubierto ya que las nyosen no cambiaban de opinión, pues estaban impacientes de poder tocarlo y cuidar de él. Dos más de ellas insistieron en secarlo y entonces Youka apareció y secó su cabello.

—Creo que estoy bien ya, gracias.

—Todavía hay gotas en tu pelo.

Taiki tomó un mechón de su despeinado pelo donde no era alcanzado por la toalla de Youka. Su pelo había cambiado gradualmente de color desde su llegada, ahora era algo más entre negro y plateado.

—¿No está muy largo ya?

—¡Todavía está muy corto!

Taiki miró sorprendido a Youka.

—Es decir que… ¿quieres que sea más largo, como el de una chica?

—Es la costumbre dejar que crezca hasta que se detenga sólo, después nosotras lo cortaremos.

—¿Entonces yo no puedo cortarlo?

—Si quieres verte ridículo después de transformarte, entonces sí.

—¿Transformarme?

Al haberse asegurado de que su pelo estuviera seco, Youka empezó a peinarlo.

—Sí, eres un kirin, puedes transformarte y tomar la forma de un kirin cuando te plazca.

—¿La forma de un kirin? ¿Cómo un animal?

—Correcto.

Las había escuchado llamarlo “kirin” pero había pensado que así llamaban a los que nacían de los árboles. Ahora parecía que era algo distinto.

—Así que soy un animal, ¿no soy humano? 

Los humanos eran un tipo de animal, pero sentía que hablaban de algo diferente.

—Por supuesto.

—Y la Taiho de Ren, ¿también era uno?

—Así es.

Taiki estaba más confundido. ¿Se convertiría repentinamente en un kirin, como hacían los hombres lobo? Podía imaginarse convertido en lobo, pues lo había visto en películas, pero un kirin era algo diferente. Sólo tenía una idea vaga de lo que era un kirin. Sabía que era una criatura mítica china, nada más. ¿No era grande, como un dragón… o tal vez una jirafa? La idea de su cuello estirándose lo hacía sentir incómodo. 

Teiei había estado observando a Taiki y a las nyosen, sonriendo mientras hablaban, cuando notó la mirada de perplejidad del kirin.

—Ah —dijo, cayendo en cuenta—. Nunca te has transformado, Taiki, es por eso por lo que no entiendes. Cuando cambies, te darás cuenta de que tu pelo no es como el nuestro, el tuyo es una melena.

Así que los kirin tienen melenas.

—También descubrirás otras cosas sobre ti.

Teiei le invitó a acercarse y cuando estuvo frente a ella, Teiei acarició suavemente con su dedo, la frente. La sensación era extrañamente incómoda, realmente no le gustaba nada.

—¿Sientes el bulto allí?

Rápidamente acercó su propia mano. Allí, donde le había indicado, había un pequeño bulto.

—Ese es tu cuerno. El cuerno de un kirin es muy especial para él y debe ser protegido. Cuando lo toqué ahora, ¿no te sentiste raro, como si no quisieras que lo tocara?

—De hecho, sí lo sentí.

—No te tocaré más allí. Los kirin son conocidos por evitarlo. Cuando seas más grande, te gustará mucho menos y evitarás a toda costa que lo toquen, incluso aunque sea Sanshi.

De hecho, pensó Taiki, nunca me ha gustado que me toquen la frente. Hasta cuando su madre lo hacía, siempre sentía la urgencia de salir corriendo.

—Supongo… supongo que realmente soy un kirin.

—Claro —dijo Youka, como si fuera obvio—. Lo verás por ti mismo cuando te transformes, estoy segura.

—Um, ¿y cómo hago eso?

Youka ladeó la cabeza y frunció el ceño.

—Bueno, veamos. Estoy segura de que, si hubieses sido criado en Houzan, lo sabrías. Los kirin nacen en forma de kirin en este lugar y mantienen esa forma hasta que crecen. ¿Quizá en Hourai naciste en tu forma humana?

Youka sabía poco sobre la tierra de Hourai, pero había otros casos de kirin regresando de Aquel Lugar, así que solo había escuchado rumores.

—Me pregunto si me notaré raro cuando me transforme en kirin

—No conozco a ningún kirin que no le guste transformarse, así que creo que no debe de sentirse nada raro.

—¿Estás segura?

—Estaría muy sorprendida si fuera algo desagradable —dijo Youka, tocando el pelo de Taiki con sus dedos—. Pero hay que recordar que eres diferente de la mayoría de los kirin. Los kirin tienen melenas doradas, como la Taiho de Ren. Pero tú eres un kirin negro. Los kirin negros son inusuales… me gustaría mucho verte en tu forma verdadera. Si el color de tu melena es tan hermoso, debes ser una criatura increíble.

—¡Pero no tengo idea de cómo transformarme!

—No, supongo que no sabes cómo —Youka suspiró—. Me temo que yo tampoco sé. No soy un kirin, así que yo no puedo hacerlo. Si hay oportunidad, debes preguntar a la Genkun.

—Vale —asintió Taiki con un poco de incertidumbre.

Teiei frunció el ceño en silencio mientras los escuchaba. ¿Sería posible que Taiki, que había vivido como un humano una década entera, no supiera transformarse? Nunca había oído de un kirin que no pudiera hacerlo, pero sería muy triste que fuera la primera excepción. Quería preguntarle a Gyokuyou su opinión, pero no volvería a aparecer en un tiempo y no podía ser llamada solo por el deseo de una nyosen. El tiempo de Taiki se estaba acabando.

Mientras Taiki y Youka cambiaban de tema, Teiei se apartó de sus risas y levantó la mirada hacia el cielo oscuro, una inquietud se apoderaba de ella.

Por suerte, el equinoccio de primavera había pasado, pero cuando el solsticio de verano llegara, los aspirantes para rey de Tai ciertamente ascenderían la montaña.

¿Un kirin incompleto, que no puede transformarse, sería capaz de escoger al nuevo rey?

 

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