CAPÍTULO
3
—¿Estás
despierto?
Era la voz de Sanshi.
Taiki se restregó los ojos, abriéndolos lentamente. Permaneció echado allí por
un tiempo, mirando el techo ornamentado.
El techo estaba hecho de
piedra blanca. Grabados elaborados cubrían en su totalidad la superficie de
color lechoso. En las cuatro esquinas, había imágenes de aves en alto relieve
con intricadas hierbas y flores entrelazadas a través del resto del espacio,
girando en patrones circulares en el centro. Los grabados no llevaban pintura,
en su lugar, las piedras incrustadas de muchos colores le daban vida al diseño.
—¿Cuál es el nombre de
esa ave? —preguntó mientras señalaba con su dedo una de las aves grabadas en la esquina.
—No… lo sé —respondió
Sanshi, sin saber qué decir.
Realmente a Taiki no le
importaba el nombre del ave. Simplemente se sentía mal por haber llorado tanto
el día anterior, pues se consideraba un niño grande y estaba esforzándose para
mejorar la impresión que había causado.
—¿Qué hora es? —preguntó
mirando en la dirección de la voz de Sanshi. La habitación era pequeña, sólo un
poco más pequeña que el cuarto de estudio de su casa. Cojines hermosamente
decorados cubrían el suelo y las tres paredes del cuarto estaban repletas por
objetos más grandes que eran un cruce entre cojines y almohadas. La parte
superior de cada pared estaba incrustada por pequeñas piedras que creaban un
mosaico de una escena del bosque que lo rodeaba de los tres lados.
En el cuarto lado de la
habitación no había pared. En su lugar, varias capas de tela colgaban del
techo. Mientras Taiki observaba, la tela se levantó y Sanshi apareció con su
cabeza ladeada y frunciendo el ceño levemente.
—¿Y ahora qué hago?
—preguntó el chico—. ¿No tengo que ir a la escuela?
Taiki entendía en un
sentido muy básico que su vida había cambiado. Sabía que se había liberado de
la rutina diaria: salir de la cama, cambiarse la ropa, lavarse la cara, comer
el desayuno usual e ir a la escuela. Pero ¿y qué haría en lugar de todo eso?
—¿Qué debo hacer?
—No debes hacer nada —dijo
Sanshi sacudiendo levemente la cabeza—. ¿Te gustaría levantarte?
Taiki entendió que eso
significaba que podía quedarse en cama todo el día si eso quería, o levantarse
inmediatamente, daba igual. Nadie le diría qué hacer. Se preguntaba si esta libertad
era algo que tendría por un corto tiempo o si continuaría para siempre.
—Supongo que me
levantaré.
Salió del borde de la
cama y se acomodó en el suelo acojinado.
Sanshi subió hacia el
cuarto que era un poco más alto que la habitación contigua y se puso a su lado.
Así que esta habitación es más alta que el
resto del lugar.
Más allá de la cortina,
pudo ver débilmente el contorno de varias entradas. Las que podía ver por no
tener la tela parecían llevar a otras habitaciones.
Taiki examinó con gran
interés la habitación en la que estaba y lo que alcanzaba a ver de las demás.
Se había dormido llorando bajo el árbol la noche anterior y entonces lo habían
cargado hasta aquí mientras dormía, así que no tenía idea de qué tipo de lugar
era.
La habitación en la que
estaba ciertamente era cómoda y la que se encontraba más allá de la cortina
también parecía serlo. Esa habitación no tenía paredes, pero había algo como
una reja o barandilla de piedra blanca que circundaba el perímetro y más allá
de eso, podía ver las piedras de formas raras, cubiertas de musgo levantándose
verticalmente, lo suficientemente cerca para ser tocadas si uno extendía las
manos desde la barandilla. La luz que pasaba entre las rocas y el edificio
hacía brillar el musgo. Había parches de hierba fina y pequeños arbustos que se
aferraban a las paredes de la roca a través de la barandilla, cosa que a Taiki
le pareció interesante. Era como si el jardín entrara a la habitación.
Sanshi se fue
momentáneamente y regresó con un pequeño balde y un cuenco con agua. Se dirigió
a una parte del cuarto donde el suelo estaba más bajo y puso el balde sobre una
pequeña mesa, entonces llamó a Taiki para que se acercara. Él rodó a través de
los cojines hasta llegar a su lado.
—¡Buenos días!
Sanshi sonrió y le indicó
que se sentara en el borde de uno de los cojines. Y así lo hizo. Se dio cuenta
de que estaba desnudo, pero parecía algo natural en estas circunstancias.
Sanshi, Youka y las demás nyosen usaban una vestimenta diferente a la
que él solía usar, así que esperaba que le dieran ropa. Y no hacía nada de
frío, aunque tampoco hacía calor.
El clima debe
ser perfecto aquí en esta época del año.
Sanshi le lavó la cara.
Le daba algo de pena y se sentía como un niño pequeño, pero no se quejó.
Entonces, la nyokai se fue con el balde y regresó con un cambio de ropa,
que se parecía al kimono que su abuela solía usar.
Mientras lo vestía,
Sanshi no dijo ni una palabra, pero él no se sentía incómodo en su silencio,
pues sabía que ella hablaba muy poco. Cuando se cambió, lo guio con la mano
hacia la otra habitación donde vio una mesa lista para desayunar. Youka estaba
a su lado.
—Buenos días, Youka
—gritó y Youka sonrió felizmente.
—Buenos días, señor
Taiki. ¿Descansó bien?
—Sí. ¿Me hiciste el
desayuno?
—No. Hay otras personas
que se encargan de preparar la comida.
Taiki pensó un poco en
eso.
—¿Así que hay otros que
limpian?
—Sí, así es. Ahora, por
favor, coma antes de que se enfríe.
Es
como si fuera rico, pensó,
aunque nunca había conocido a ningún niño rico, pero se imaginaba que así
debían ser sus vidas.
Youka le dio un par de
largos palillos blancos. Miró la comida poco familiar en la mesa y miró de
vuelta a ambas mujeres.
—¿Y ustedes? ¿Qué van a
comer?
—Sanshi no come y yo ya
comí.
—Pero yo no puedo comer
todo esto.
Varios platos, grandes y
pequeños, se encontraban dispuestos sobre la mesa.
—Puede dejar lo que no
desees.
—Espera —Taiki se rascó
la cabeza—, ¿dormí hasta tarde y por eso ya todos comieron?
Youka sonrió.
—Sanshi nunca come. Así
es ella. Pero, aunque lo hiciera, no tiene el rango suficiente para comer con
usted, señor Taiki.
Taiki ladeó la cabeza con
expresión de perplejidad. Había escuchado la palabra “rango” antes, pero no
estaba seguro de qué significaba en esta situación.
—¿Así que no comerán
conmigo, aunque no me quede dormido?
—No lo haremos —Taiki
frunció el ceño y bajó la mirada hacia la mesa—. ¿Pasa algo?
—Bueno, no… supongo que
así es como hacen las cosas aquí.
—¿Pero?
Taiki miró a Youka, que
se encontraba de pie junto a él.
—Es sólo que se me hace
raro comer solo. Um… —Se rascó el cuello y buscó las palabras adecuadas—. Es
decir, entiendo que si me quedé dormido me castiguen y tenga que comer solo, pero
es raro estar con más gente y aun así ser el único comiendo. Quiero decir que
creo que sabría todo mejor si comieran conmigo.
—¡Oh! —dijo Youka
poniéndose la mano en la boca y riendo fuertemente. Asintió, mirando hacia el
biombo en un lado. Aparentemente había otra habitación detrás y llamó a quien
fuera que se encontraba allí—: dejen de trabajar y vengan. El señor Taiki nos
ha invitado a desayunar.
Después
de haber comido, Youka y la nyokai llevaron a Taiki a dar un paseo.
Salió del templo,
cogiendo la mano de Sanshi. Por un momento todo lo que pudo hacer fue quedarse
de pie y mirar. La casa no tenía paredes externas, incluso la entrada principal
estaba demarcada por dos pilares y sin paredes no había necesidad para puertas
y ventanas. Tres peldaños llevaban a un camino angosto entre las rocas. No
había jardín, no había rejas, no había patio. Aunque había un pequeño claro
antes de los peldaños, tras dar unos pocos pasos en él terminaría de frente a
una de esas rocas de formas raras.
Las
rocas aquí eran muy altas, Taiki tenía que levantar completamente la cabeza
para poder ver el cielo. Los pequeños caminos que se enredaban entre las rocas
conducían hacía tres direcciones. Más
bien parecen callejones que caminos, pensó. Así debe ser estar de pie entre dos rascacielos en la ciudad. Al
volverse, vio que el edificio del que acababa de salir era más bien pequeño en
comparación, un pequeño escondite en la metrópolis de roca.
—Qué lugar tan raro —susurró
Taiki y Youka rio.
—¿Le parece extraño?
—Um, bueno… Perdón si es
una pregunta tonta, pero… ¿dónde estamos?
Youka ladeó la cabeza.
—Estamos en Houzan, mi
señor.
—Em —Taiki buscó las
palabras correctas—. Eso no es exactamente a lo que me refería. Es decir, sé que no estoy cerca
de casa, pero me preguntaba lo lejos que
estoy. ¿Seguimos en Japón?
—Ninguna de las personas que había conocido
hablaban en un idioma extranjero, pero lo que lo
rodeaba era tan extraño que le parecía difícil creer que estuvieran cerca de
casa—. O… —Tragó saliva—. ¿Estoy en otro mundo?
Youka parecía perpleja.
—Sí… sí, creo que así es.
—Ooh…
Taiki se sentía muy raro.
Todo lo que veía era tan real, pero al mismo tiempo, era tan poco parecido a la
realidad que había conocido. ¿Había entrado a un armario mágico? Comenzó a
asustarle el hecho de que, si pensaba mucho sobre la situación, perdería el
sentido de qué es la “realidad”, así que respiró profundo y decidió no
preocuparse.
—¿Hay lugares aquí más
abiertos?
—Sí, claro. Lo llevaré a
uno —Youka empezó a bajar por uno de los caminos y entonces se detuvo y se
volvió, con sus ojos indicaba el edificio detrás de él—. Por cierto, mi señor,
esta es la Pagoda del Rocío Crepuscular. Lo preparamos para que pudiera vivir
en él.
—¿Así que es mi hogar?
—Sí. Una vez se haya
acostumbrado a vivir aquí, puede cambiar de lugar, si es lo que desea.
—¿Me puedo mudar a donde
quiera?
Youka rio suavemente
mientras los guiaba a través del pequeño claro.
—Taiki, señor del Palacio
Houro. Puede usar todo lo que hay dentro como mejor le parezca.
El chico se rascó la
cabeza. El estrecho camino que seguían pasaba serpenteando entre las rocas y
tras un momento de caminata, aparecieron en la intersección entre una pendiente
y un túnel.
—No estoy seguro de
entender. ¿Es todo este lugar el Palacio Houro?
—Así es.
—¿Y entonces cómo puedo
ser yo el señor?
Taiki estaba desconcertado.
Youka, Sanshi y las demás nyosen eran mucho mayores que él y a la que
llamaban “Gyokuyou”, tenía la presencia y actitud de la realeza. No podía
entender cómo él iba a ser el señor de nada en este lugar. Algo parecía no
encajar.
Youka rio un poco y
levantó una ceja.
—Porque es un kirin.
—¿Y eso qué es?
—¿Recuerda el árbol de
dónde vino ayer? Todos los que nacen de ese árbol son kirin.
Repentinamente, una luz
se encendió en la cabeza de Taiki.
—¿Entonces hay otros como yo?
—Sí, hay otros once como usted.
—¿Somos doce en total?
—Es correcto. La Taiho de
Ren, que conoció ayer, es una kirin como usted.
—¿La mujer del brazalete?
—Esa es.
—¿Y la volveré a ver?
Youka negó con la cabeza.
—No en este lugar. La Taiho de Ren ya se ha ido de la montaña y
volvió a su hogar.
Algo frío lamió su
corazón. ¿Por qué había llorado tanto la noche anterior? Pudo haber hecho
muchas preguntas. Había tantas cosas que necesitaba saber.
—¿Y los demás? ¿Dónde
están? ¿Los conoceré algún día?
Youka rio.
—Están ocupados en sus
reinos. Cuando usted también descienda de la montaña, los conocerá. Estoy
segura, todo en su debido tiempo.
—¿Descender?
—Sí. Escogerá un rey y se
irá de Houzan.
—Un rey, ¿quieres decir
que hay reyes en este lugar?
—Sí, y con el tiempo
usted servirá a uno, señor Taiki.
—¿Serviré a un rey?
—El kirin escoge
al rey y luego le sirve. Hasta que el momento llegue para que lo haga, es el
deber de todos en Houzan el mantenerlo a salvo.
Así que, pensó Taiki, trabajaré
para un rey. Eso parecía estar bien, de alguna forma. Probablemente habrá
cosas que tendrá que aprender, algún entrenamiento que debería completar antes
de decidir a qué rey servirá.
El peso que había sentido
en su corazón desde el día anterior se aligeró un poco y sonrió.
—¿Y crees que podré
trabajar para un rey? ¿No es algo difícil?
Youka suspiró y luego rio
fuertemente.
—Claro que podrá. Es un kirin,
después de todo.
—Y los kirin
trabajan para los reyes.
—Eso es correcto.
—Y los otros kirin…
¿también trabajan para los reyes?
Youka asintió y dobló los
dedos, contando.
—En este mundo hay doce
reinos. Cada uno tiene un rey. También hay doce kirin, uno para cada
reino. Así funciona.
—Está bien…
—Sin embargo, ahora mismo
solo hay once reyes. El reino de Tai, en el noroeste, no ha tenido un rey desde
que el Rey Pacífico falleció hace diez años. El sucesor debe ser escogido.
—Pero si no hay rey, ¿qué
pasa con el kirin de Tai? ¿Dónde está?
Youka sonrió y miró a los
ojos de Taiki.
—Está de pie frente a mí.
—¿Yo?
—Así es. ¿Acaso su nombre
no es Taiki? Eso significa “Kirin de Tai”. Es usted quien escogerá al próximo
rey, es por eso por lo que está aquí.
Taiki parpadeó.
—¿Eh? ¿Eso no es algo muy
importante? No sé si podré decidir algo así.
Youka hizo una gran reverencia.
—Por el contrario, mi
señor Taiki, usted es el único que
puede decidirlo. Mire, hemos llegado al jardín de moras.
A
Taiki le llevó poco tiempo acostumbrarse a la vida en las montañas. Había
muchas cosas curiosas sobre su vida allí: la ropa rara, los extraños edificios,
las comidas vegetarianas, pero afortunadamente todavía era un muchacho y, por
lo tanto, no era tan inflexible que el cambio supusiera algo difícil. Encontró
cómodo aceptarlo todo.
Con lo que tuvo más
problemas para acostumbrarse fue el descubrimiento de que su rostro había
cambiado. Los espejos no eran tan claros como los que usaban en su hogar, pero
aun así, cuando miraba a su reflejo, tenía la sensación de que algo era
diferente de antes. No es que antes pasara mucho tiempo ante el espejo, pero no
podía explicarlo, estaba seguro de que el reflejo que veía ahora no era al que
estaba acostumbrado.
Tal vez algo cambió cuando pasé por ese
túnel de niebla blanca.
Su posición privilegiada
en este nuevo lugar fue más fácil de aceptar. Las nyosen lo cuidaban en
todo. Se levantaba cuando quería y dormía cuando quería también. Mientras
tanto, tenía poco que hacer, así que vagaba por Houzan, haciéndole preguntas a
Sanshi y a las nyosen y reuniendo toda la información que necesitaba
para vivir en este lugar. Esta era su tarea en Houzan.
Aunque al principio
habían estado nerviosas, pronto las nyosen también se acostumbraron a la
forma en que Taiki se había hecho parte de su mundo.
—Admitiré que estaba
preocupada —dijo una de las mujeres, mientras sacudía una prenda de vestir
parecida a un kimono, llamada hoh,
sobre unas flores de jazmín para que se secara. El olor a jazmín llenaba el
aire—. ¡Diez años! Nunca habíamos perdido a un kirin por tanto tiempo.
A su lado, Youka sacudía
otro hoh.
—No importa cuánto tiempo
haya estado ausente. Un kirin es un kirin. ¿Cuál es la
diferencia?
—Ninguna, supongo.
Otras nyosen que
estaban ocupadas doblando ropa se rieron alegremente. Las ropas que sostenían
olían a la fragancia de las flores de jazmín.
—No negaré que él es algo
raro, debe ser por haber crecido en Hourai. ¿Qué? No me mires así, no es nada
malo —dijo una de ellas.
Youka colocó otro hoh
doblado sobre la pila y se puso de pie con las manos sobre sus caderas.
—No dejaré que lo llames “raro”.
Es más amigable que un kirin criado en Houzan, pero eso no es algo raro,
es algo que deberíamos agradecer.
Las otras nyosen
rieron.
—Ah, creo que Youka
quiere mucho a Taiki.
Youka las miró mal.
—No veo nada malo con
eso.
Las nyosen
formaron un círculo a su alrededor, una a una, bailaban ondeando las ropas y
entonces, con un grito, se desplegaron.
Teiei, que se encontraba
cerca, sonrió tolerantemente.
—No está bien molestar a
Youka.
Por naturaleza, las nyosen
en Houzan eran amables y alegres, pero el regreso de Taiki las había llenado de
una dicha que a veces se salía de control, mientras olvidaban los tiempos
sombríos que ya habían pasado. Su único propósito al vivir en la montaña era cuidar
del kirin, por lo que cuando no había kirin del que cuidar, se
sentían mal. Y cuando un kirin se encontraba desaparecido como hacía
poco, muchas padecían de persistentes episodios de tristeza.
No siempre había un kirin
en Houzan, de hecho, más que nada, siempre estaban ausentes de la montaña. Sin
un kirin, las nyosen buscaban agua, lavaban la ropa, cosían su
ropa y los días pasaban aburridamente. Pero ahora, ahora era diferente: en las
montañas había un kirin.
No solo Youka estaba
feliz. No había una sola nyosen que no se sintiera encariñada con el
joven kirin. Ellas consideraban a los kirin como seres
maravillosos, pero el actual residente del Palacio Houro parecía ser el mejor
de todos. En verdad, ninguna nyosen podía burlarse de Youka sin reírse
primero de sí misma. Había casi cincuenta nyosen en la montaña y todas
amaban a Taiki más que a la vida misma.
Aun así, Youka sentía más
por Taiki que el resto, se encontraba motivada por una profunda necesidad
personal de atender y cuidar que se había convertido en una responsabilidad.
—¡Youka!
Era Taiki, su joven voz
hacía eco entre las montañas.
Todas la nyosen
detuvieron su trabajo, mirando en la dirección de la que habían escuchado venir
la voz. Un instante después, Taiki apareció corriendo desde uno de los angostos
caminos y salió al claro.
—¡Escóndeme! ¡Escóndeme!
—gritó alegremente, respirando con dificultad. Corrió hacia Youka y se
arrodilló tras ella.
—Creo que Taiki también
quiere mucho a Youka.
—Así es.
Las nyosen rieron
alegremente, cogiendo las ropas que había doblado, hicieron una pila sobre
Taiki. En unos segundos, estaba escondido bajo una gran pila de ropa
aromatizada en el angosto espacio entre Youka y los matorrales de jazmín.
Las nyosen
intentaban disimular sus risas. Un momento después, una forma blanca apareció
sobre una de las pendientes y la nyokai descendió hasta el claro. Como
si fueran una sola, las nyosen la miraron y señalaron el angosto camino
hacia el este.
—Por allí, Sanshi. Se fue
por allí.
—¿Buscas a Taiki? Hacia
el este.
—Casi me tumba, iba
corriendo muy rápido.
Las nyosen
hablaban al mismo tiempo, dando direcciones imprecisas. Pero Sanshi era
imposible de engañar: caminó directamente hacia Youka, levantando la pila de
ropa tras ella.
Taiki estaba enrollado
como una pelota debajo de la pila, miró hacia arriba y respiró profundamente.
—Me encontraste.
Se levantó y abrazó las patas
de Sanshi antes de sentarse en el suelo nuevamente.
Todavía respiraba con
dificultad.
Sanshi le dio una
palmadita en la cabeza y le dio las ropas que había tomado a un par de nyosen.
Las mujeres rieron
nuevamente.
—Es imposible engañar a
esos ojos.
—Ya lo sé —dijo Taiki con
sus mejillas rojas. Una nyosen se inclinó para arreglar el cuello de su hoh
mientras él se apoyaba en las patas de Sanshi. Para ellas, Taiki parecía el kirin
más mono que jamás se hubiese quedado en Houzan. De verdad todas lo querían.
Youka sonrió y acarició
el cabello de Taiki, era más largo ahora que cuando había llegado y su
flequillo estaba pegajoso por el sudor en su frente. Se acercó para apartar un
mechón de sus ojos.
Los kirin tenían
un pelo, o una melena, de color dorado, pero el pelo de Taiki era más bien del
color del acero. Su cabello lo marcaba como diferente de los kirin
usuales y todos los residentes del palacio consideraban esto como una señal de
que era especial.
—Deberías ir a bañarte.
Pronto será hora de cenar.
Los kirin tenían
un rango mucho mayor que una nyosen en el sistema social de los Doce
Reinos. Sin embargo, cuanto más cuidaban de él, más sentían que era como su
propio hijo, y no había pasado mucho tiempo antes de que dejaran de llamarle “señor”.
Hasta el Alto Oráculo, la Genkun, Señora de las Sombras, había
abandonado todas las formalidades, por lo que ya no había nadie que censurara a
las nyosen más jóvenes por hablarle libremente.
—Te hemos preparado
suficiente ropa. Cuando termines, iremos por ti.
—Vale —dijo Taiki,
levantándose—. Vamos, Sanshi.
Sanshi se encaminó,
tomando a Taiki de la mano mientras todas las nyosen seguían de pie por
educación y lo veían partir.
—Creo que Sanshi es quien
lo quiere más.
—¡Muy cierto!
Las mujeres se sonrieron
la una a la otra. No sentían celos, ya que, a diferencia de ellas, desde que
nació Sanshi, perteneció solo a Taiki. Además, habían tenido suerte esta tarde:
se habían encontrado a Taiki antes de cenar y aquellas que lo vieran antes de
una comida estaban invitadas a comer con él. Era una nueva regla que nadie
había escrito.
Después de que Sanshi y Taiki se fueran, las nyosen
continuaron de buen humor sus tareas, doblando la ropa que habían dejado
secando. Cuando terminaron, tomaron un pequeño hoh, que todavía olía a
jazmín y sol, y se dirigieron al río.
El camino hasta la cascada tras la Pagoda del Rocío
Crepuscular consistía en muchas curvas entre las rocas, como si el camino
también estuviera compuesto de agua.
Mientras las nyosen rodeaban
la última curva, escucharon una voz riendo.
Taiki estaba persiguiendo la cola de Sanshi en el agua, a
veces saltaba y a veces se hundía, hizo un extravagante salto y falló, cayendo
profundamente en el agua. Cuando su rostro emergió sobre la superficie
nuevamente, vio a las mujeres en el banco y las saludó.
—Hemos venido para llevarte a
comer.
—Gracias.
Una de las nyosen extendió sus ropas en la orilla,
Taiki salió del agua y se levantó sobre ellas, otra envolvió su pequeño cuerpo
con una gruesa toalla que había traído para él.
—Puedo secarme solo.
—No, Taiki. Siempre olvidas secarte la espalda —dijo la
mujer, quitando cuidadosamente las gotas de agua de su piel. Al chico le
parecía raro que alguien más hiciera esto, pero había descubierto ya que las nyosen
no cambiaban de opinión, pues estaban impacientes de poder tocarlo y cuidar de
él. Dos más de ellas insistieron en secarlo y entonces Youka apareció y secó su
cabello.
—Creo que estoy bien ya, gracias.
—Todavía hay gotas en tu pelo.
Taiki tomó un mechón de su despeinado
pelo donde no era alcanzado por la toalla de Youka. Su pelo había cambiado
gradualmente de color desde su llegada, ahora era algo más entre negro y
plateado.
—¿No está muy largo ya?
—¡Todavía está muy corto!
Taiki miró sorprendido a Youka.
—Es decir que… ¿quieres que sea más
largo, como el de una chica?
—Es la costumbre dejar que crezca hasta
que se detenga sólo, después nosotras lo cortaremos.
—¿Entonces yo no puedo cortarlo?
—Si quieres verte ridículo después
de transformarte, entonces sí.
—¿Transformarme?
Al haberse asegurado de que su pelo
estuviera seco, Youka empezó a peinarlo.
—Sí, eres un kirin, puedes
transformarte y tomar la forma de un kirin cuando te plazca.
—¿La forma de un kirin?
¿Cómo un animal?
—Correcto.
Las había escuchado llamarlo “kirin”
pero había pensado que así llamaban a los que nacían de los árboles. Ahora
parecía que era algo distinto.
—Así que soy un animal, ¿no soy
humano?
Los humanos eran un tipo de animal,
pero sentía que hablaban de algo diferente.
—Por supuesto.
—Y la Taiho de Ren, ¿también era
uno?
—Así es.
Taiki estaba más confundido. ¿Se convertiría repentinamente
en un kirin, como hacían los hombres lobo? Podía imaginarse convertido
en lobo, pues lo había visto en películas, pero un kirin era algo
diferente. Sólo tenía una idea vaga de lo que era un kirin. Sabía que
era una criatura mítica china, nada más. ¿No era grande, como un dragón… o tal
vez una jirafa? La idea de su cuello estirándose lo hacía sentir incómodo.
Teiei había estado observando a Taiki y a
las nyosen, sonriendo mientras hablaban, cuando notó la mirada de
perplejidad del kirin.
—Ah —dijo, cayendo en cuenta—. Nunca te
has transformado, Taiki, es por eso por lo que no entiendes. Cuando cambies, te
darás cuenta de que tu pelo no es como el nuestro, el tuyo es una melena.
Así que los kirin tienen melenas.
—También descubrirás otras cosas
sobre ti.
Teiei le invitó a acercarse y cuando
estuvo frente a ella, Teiei acarició suavemente con su dedo, la frente. La
sensación era extrañamente incómoda, realmente no le gustaba nada.
—¿Sientes el bulto allí?
Rápidamente acercó su propia mano. Allí,
donde le había indicado, había un pequeño bulto.
—Ese es tu cuerno. El cuerno de un kirin
es muy especial para él y debe ser protegido. Cuando lo toqué ahora, ¿no te
sentiste raro, como si no quisieras que lo tocara?
—De hecho, sí lo sentí.
—No te tocaré más allí. Los kirin
son conocidos por evitarlo. Cuando seas más grande, te gustará mucho menos y
evitarás a toda costa que lo toquen, incluso aunque sea Sanshi.
De
hecho, pensó Taiki, nunca me ha
gustado que me toquen la frente. Hasta cuando su madre lo hacía, siempre
sentía la urgencia de salir corriendo.
—Supongo… supongo que realmente soy
un kirin.
—Claro —dijo Youka, como si fuera obvio—. Lo verás por ti
mismo cuando te transformes, estoy segura.
—Um, ¿y cómo hago eso?
Youka ladeó la cabeza y frunció el
ceño.
—Bueno, veamos. Estoy segura de que, si hubieses sido criado
en Houzan, lo sabrías. Los kirin nacen en forma de kirin en este
lugar y mantienen esa forma hasta que crecen. ¿Quizá en Hourai naciste en tu
forma humana?
Youka sabía poco sobre la tierra de
Hourai, pero había otros casos de kirin regresando de Aquel Lugar,
así que solo había escuchado rumores.
—Me pregunto si me notaré raro
cuando me transforme en kirin…
—No conozco a ningún kirin que no
le guste transformarse, así que creo que no debe de sentirse nada raro.
—¿Estás segura?
—Estaría muy sorprendida si fuera algo desagradable —dijo
Youka, tocando el pelo de Taiki con sus dedos—. Pero hay que recordar que eres
diferente de la mayoría de los kirin. Los kirin tienen melenas
doradas, como la Taiho de Ren. Pero tú eres un kirin negro. Los kirin
negros son inusuales… me gustaría mucho verte en tu forma verdadera. Si el
color de tu melena es tan hermoso, debes ser una criatura increíble.
—¡Pero no tengo idea de cómo
transformarme!
—No, supongo que no sabes cómo —Youka suspiró—. Me temo que
yo tampoco sé. No soy un kirin, así que yo no puedo hacerlo. Si hay
oportunidad, debes preguntar a la Genkun.
—Vale —asintió Taiki con un poco de
incertidumbre.
Teiei frunció el ceño en silencio
mientras los escuchaba. ¿Sería posible que Taiki, que había vivido como un
humano una década entera, no supiera transformarse? Nunca había oído de un kirin
que no pudiera hacerlo, pero sería muy triste que fuera la primera excepción.
Quería preguntarle a Gyokuyou su opinión, pero no volvería a aparecer en un
tiempo y no podía ser llamada solo por el deseo de una nyosen. El tiempo
de Taiki se estaba acabando.
Mientras Taiki y Youka cambiaban de tema,
Teiei se apartó de sus risas y levantó la mirada hacia el cielo oscuro, una
inquietud se apoderaba de ella.
Por suerte, el equinoccio de primavera
había pasado, pero cuando el solsticio de verano llegara, los aspirantes para
rey de Tai ciertamente ascenderían la montaña.
¿Un kirin
incompleto, que no puede transformarse, sería capaz de escoger al nuevo rey?


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