CAPÍTULO 4
Taiki caminaba con dificultad por el pasaje cubierto de musgo. No tenía
ningún destino en particular, así que no estaba prestando mucha atención a la
dirección, ya que mientras Sanshi estuviese con él, sabía que no se perdería.
No habría ayudado siquiera intentar recordar el camino que tomaron, pues el
joven kirin tenía poco conocimiento sobre el diseño del laberinto más
allá de la Pagoda del Rocío Crepuscular.
Su mente vagaba distraídamente mientras escalaban una
pequeña elevación y así llegaron repentinamente a una puerta que se interponía
en el camino. La puerta estaba firmemente cerrada, bloqueando el pasaje.
Habían llegado al borde del Palacio Houro. Habían
recorrido una gran distancia desde la Pagoda del Rocío Crepuscular, donde
empezó su caminata, pero había estado tan distraído con sus pensamientos que no
lo había notado.
Taiki suspiró. La puerta estaba
cerrada con una barra que la atravesaba, él podría haberla abierto fácilmente
si así hubiese querido, pero las nyosen le habían dicho que nunca se
alejara del palacio.
Aun así, no se sentía de ánimos
para volver, así que miró alrededor y se acercó a Sanshi, quien lo seguía
silenciosamente, como era usual.
—Sanshi,
levántame.
La nyokai asintió, levantándolo por los brazos.
Taiki era suficientemente grande para que hacer esto hubiese sido difícil si
fuese un chico normal, pero se había dado cuenta de que se sentía más ligero
desde que había regresado a Houzan y las nyosen le habían explicado que
ahora tenía un cuerpo inmortal, aunque creciera más, siempre se sentiría
ligero. Así que era muy fácil para Sanshi levantarlo con tan solo una ligera
flexión de sus piernas y subirlo a la parte superior de una de las paredes de
piedra.
Desde ese punto, el Palacio Houro realmente se veía
como el laberinto que era. Aquí y allí podía ver los techos de las otras
pagodas menores que brillaban de color azul verdoso sobre las rocas y en el
medio del laberinto se podía ver el árbol blanco con sus ramas brillando bajo
el sol.
Cómodo entre los brazos de Sanshi, Taiki miró fijamente al árbol por un
rato.
Desde arriba, el Palacio Houro parecía un enorme abanico abierto. En su
borde, en la elevación que quedaba más al este, se podía ver el shashinboku
y después de eso, no había nada: un escarpado acantilado que caía hacia las
nubes de más abajo. En algún lugar debajo de la increíble altura del
acantilado, se podía ver un paisaje de piedras escarpadas, casi impenetrables,
que se expandían hasta la brumosa distancia.
Debajo de la terraza donde crecía el árbol, el
laberinto principal se extendía sobre una ligera pendiente. Sus muchos caminos
circulaban alrededor de ellos mismos, eventualmente formando un solo camino,
que estaba siendo interrumpido por la puerta.
Aquel era el final del laberinto.
Al norte se levantaba el pico de
Houzan: era casi perfectamente vertical y ascender sus alturas era una tarea
difícil, aún para criaturas como Sanshi.
Con el acantilado al este y la
montaña al norte, todos los que querían visitar el Palacio Houro se veían
forzados a pasar a través de la puerta y luego encontrar su camino por los
increíblemente tortuosos caminos del laberinto.
Taiki se bajó de los brazos de Sanshi y se quedó de pie
sobre una de las paredes de roca. Se dio la vuelta y miró en otra dirección.
Fuera del laberinto, al sur y al oeste, otro laberinto
de caminos se extendía hasta donde podía ver. Este laberinto externo estaba tan
interrelacionado con el laberinto interno, que incluso desde arriba, era
difícil discriminar dónde empezaba uno y terminaba el otro. Sin embargo, los
caminos del laberinto externo eran más fáciles que los del interno, pues eran
más anchos y los lugares donde terminaban en claros eran mucho más abiertos que
los que se encontraban en el territorio del palacio. Los viajeros podían
caminar por los pasajes externos sin mapa o guía, y así, mientras mantuvieran
su vista en el sol, podrían llegar a encontrar la puerta.
Taiki observó los anchos pasajes
del laberinto externo hasta que, en la base de una de las paredes rocosas, pudo
ver un techo de color jade.
—Sanshi, ¿qué es eso? —preguntó señalando y los
redondos ojos de Sanshi siguieron su dedo.
—El Palacio
Externo Hoto.
—¿Está fuera de
la puerta?
Sanshi asintió.
—Es por eso por
lo que se lo llama palacio externo.
—Oh. —Taiki se
agachó desde su posición sobre la roca.
Después de un rato, sus ojos se pasearon sobre las paredes verdes y
grises del laberinto. Un viento soplaba a lo largo de la parte superior de las
rocas. No había océano a la vista, pero podía oler un aroma a mar en el aire.
—¿Pasa… pasa algo? —preguntó Sanshi
suavemente. Se quedó de pie en una posición que la hacía parecer una escultura,
el viento agitaba su cabello sobre sus hombros.
Era inusual que
la nyokai empezara una conversación.
Taiki dejó de
seguir con la mirada los caminos del laberinto externo y la miró.
—¿Tú cambiaste
de forma para ser como eres, Sanshi? ¿O siempre has sido así?
Sanshi acarició
suavemente la mejilla de Taiki.
—Las nyokai no cambiamos.
Requiere una increíble fuerza hacerlo y yo no la poseo.
—¿De verdad?
—Sí, es muy difícil cambiar de
forma. Hay algunos demonios que pueden hacerlo, pero son muy poderosos, tan
poderosos que incluso los reyes no pueden contra ellos.
—¿Demonios?
—Son criaturas
con poderes sobrenaturales que no siguen las leyes del Cielo.
—¿Y las nyokai
son demonios?
Sanshi negó con
la cabeza.
—Las nyokai son criaturas que se encuentran
entre los humanos y los demonios, llamadas
youjin o nin’you, no obstante, los youjin nacidos en Houzan son
especiales y son conocidos como nyokai.
—¿Y los kirin
son considerados demonios?
Sanshi sonrió
en una forma que sólo Taiki podía reconocer.
—Es verdad que los kirin
tienen poderes sobrenaturales, pero son conocidos como shinju o bestias divinas.
—¿Y eso por
qué?
—Porque las únicas personas en el mundo más nobles que
un kirin son los dioses y los reyes. En tu caso, los únicos que tienen
un rango más alto son el Rey Pacífico de Tai, Seioubo, la Gran Madre del Oeste
y Tentei, el Emperador del Cielo.
—Um, esto…
¿quién?
Sanshi pasó sus
dedos por el pelo de Taiki intentando desenredarlo.
—Quizá sería más fácil entenderlo
de la siguiente manera: Ni la Gran Madre del Oeste ni Tentei comparten su
tiempo con los seres del reino inferior, de hecho, nunca los conocerás. Así que
sólo debes recordar que el único más noble que tú es el Rey de Tai.
—¿Nadie más?
¿En serio? Seguramente Lady Gyokuyou es más importante que yo.
—Es precisamente por tu rango que puedes llamarla por su nombre, pero
también puedes llamarla utilizando “Lady”, no porque sea más noble que tú, sino
por educación.
—Pues a mí me parece bastante confuso.
—¿Estás
confundido?
—Algo.
Taiki se encogió de hombros y miró el paisaje bajo sus
pies. Antes de volver a hablar se quedó allí en silencio, inhalando el viento
con olor a mar.
—¿Crees que
aprenderé a transformarme?
Los ojos de Sanshi se dirigieron al
rostro de Taiki, notando la melancolía en su expresión.
—Eres un kirin. Es un poder
con el que has nacido y entenderás cómo hacerlo cuando llegue el momento.
—No lo sé…
—murmuró Taiki, bajando la mirada.
Todas las nyosen de la montaña querían ver al kirin
negro, a veces le pedían que se las mostrara. Taiki entendía el amor que
sentían por él, así que, de haber podido, se habría transformado solo para
complacerlas, pero realmente no tenía idea de qué hacer.
—Pero no te preocupes demasiado. Tu
mayor preocupación ahora mismo debe ser acostumbrarte a tu vida aquí.
—Supongo…
Estaba a punto de apoyar su cabeza
en los brazos de Sanshi cuando un movimiento en el pasaje de abajo le llamó la
atención. Mirando con cuidado, vio a dos personas en la sección del laberinto
cerca del Palacio Externo Hoto.
—Sanshi, hay
alguien allí.
Los ojos de
Sanshi se dispararon en la dirección que señalaba y asintió.
—Probablemente son algunas nyosen
que llevan flores e incienso al altar en el palacio externo.
—Quizá debamos
unirnos a ellas y regresar a casa.
Por sí sólo, Taiki era incapaz de
bajar de la pared rocosa al camino debajo. Sanshi se ofreció a ayudarlo y él
estaba a punto de tomar su brazo cuando de repente, la nyokai hizo un
brusco movimiento con su cabeza.
—¿Qué pasa? —preguntó y un instante
después, Sanshi desapareció desvaneciéndose como si una grieta se hubiese
abierto repentinamente en el aire tras ella.
—¿Sanshi?
—No te muevas,
Taiki. Quédate aquí.
Solo su voz,
llena de tensión, podía ser escuchada tras él, pero no la veía.
El cuerpo de Taiki se tensionó
mientras se ponía de cuclillas en la roca. Nunca había pasado esto, nunca había
visto a Sanshi tan preocupada, nunca le había hablado tan seriamente, nunca le
había mostrado poderes tan raros. Entendió que por primera vez desde su llegada
a Houzan, algo importante estaba sucediendo.
Mirando alrededor, el joven kirin
calmó su respiración inconscientemente. Bajó su cuerpo y se agarró fuertemente
a la faz de la roca, estirando su cuello mientras buscaba a Sanshi.
Algo pasó de largo por el costado de su cara y al
momento siguiente, sintió que se enredaba alrededor de sus muñecas. Intentó
resistir mientras algo lo arrastraba de sus brazos, algo muy fuerte. Sentía que
su cuerpo se inclinaba, apartándose de la pared rocosa.
Por un segundo, los ojos de Taiki observaron la delgada
cadena alrededor de sus muñecas: los eslabones eran negros y muy oscuros y un
pequeño peso colgaba de un extremo.
Entonces, su
cuerpo empezó a caer.
Alguien lo
arrastraba.
—¡Lo tengo!
Taiki escuchó
decir a una voz grave y abrió de una vez sus ojos.
Le tomó un momento recordar que había caído desde la
roca, había caído fuera del laberinto, más allá del palacio, el lugar donde le
habían dicho que nunca fuera. Intentaba recordar exactamente por qué había
caído cuando escuchó un grito. Todavía de costado, giró la cabeza y vio un
rocío de algo rojo regarse sobre el gris del cielo sobre su cabeza.
Eso parece sangre.
En el mismo momento que ese
pensamiento se formó, la temperatura corporal de Taiki bajó abruptamente. Y en
ese momento, se congeló.
Fue entonces que recordó su
condición, no había pensado en eso desde que estaba en Houzan.
No puedo… no puedo…
Aunque no le molestaba cuando estaba herido, ver la
sangre de otra persona lo hacía sentirse tan asustado que apenas si podía
respirar. Quería cerrar los ojos, pero sus párpados se habían congelado
también. La única cosa que podía sentir era su pulso acelerado. El rocío rojo
se repetía una y otra vez en sus ojos desorientados.
Estaba sobre una piedra.
Algo le había
agarrado de los brazos, arrastrándolo hasta abajo.
Podía sentirlo en sus manos: era
una cadena delgada y fuerte. Lo presionaba como un brazalete de agujas.
Vale, así que caí. ¿Y ahora qué?
Estaba de costado en un piso duro, doblado contra una
roca en una posición muy incómoda. Seguro había caído desde una de las rocas
que estaban más arriba. La pared del laberinto parecía muy diferente desde
abajo. Las paredes eran muy altas y sentía que debía estar herido, pero así de
confundido era imposible saber si tenía una herida o si de alguna forma había
escapado ileso.
Solo percibía el sonido de su corazón latiendo rápido
en sus oídos y la insensibilidad fría en sus manos y pies. Su cabeza estaba
caliente, como si estuviera encendida, y el brillante color de la sangre
manchaba su visión y no desaparecía. Era tan brillante que no sabía qué es lo
que estaba viendo ahora, aunque sabía que algo estaba pasando pues veía las
formas moviéndose.
Si tan solo pudiera sacudir su cabeza y librarse de esa
horrible visión, todo estaría bien, pero no podía ni siquiera parpadear.
¿Estaba paralizado por la herida? ¿O había sido esa sangre con su enfermizo
color escarlata que lo había dejado tan quieto como la piedra bajo sus pies?
¿Qué está pasando?
—¡Graaaah!
¡Maldita mujer!
La voz grave gritó nuevamente y al
fin Taiki fue capaz de enfocar sus ojos: era un hombre, un hombre grande que
tenía una gruesa espada en una mano. La estaba apuntando a Sanshi.
—¡Ningún nin’you
me detendrá! ¡Vuelve al Koukai, monstruo!
La espada se
levantó en el aire, descendiendo con una terrible velocidad.
¡Sanshi!
Quería gritar,
pero ningún sonido salió de sus rígidos labios.
La punta de la reluciente espada trazó un arco a través
del aire, rozando a Sanshi mientras caía. Entonces el brazo de la nyokai
salió disparado, clavando las uñas en la tráquea del hombre. Algo rojo
humedeció sus dedos de color blanco puro. Un momento después, más rojo chorreó
del brazo de Sanshi, en el lugar donde la espada había golpeado.
¡No, detente!
Por reflejo, Taiki cerró firmemente los ojos y en los
momentos siguientes a esa terrible vista, los apretó con toda su fuerza, tan
juntos que esperaba que nunca más se abrieran. Su cabeza flotaba, no sabía
nada, ni siquiera sabía si seguía respirando o si su corazón seguía latiendo.
Quería permanecer así, en la oscuridad para siempre, pero algo lo asió de un
tirón por las manos y sus ojos parpadearon por la sorpresa. Antes de poder
entender qué sucedía, se había deslizado de la pequeña roca sobre la que había
estado hasta ese momento.
Su espalda golpeó contra el suelo,
pero antes de poder siquiera gemir, fue tirado nuevamente por sus brazos, esta
vez, cuando abrió los ojos, vio sus propias manos suspendidas en frente de él,
todavía envueltas en la afilada y delgada cadena. El desconocido espadachín
estaba a unos pasos de él, sosteniendo el otro extremo de la cadena en su mano
izquierda. Cada vez que el hombre se movía, Taiki sentía como si sus hombros y
codos se retorcieran y se rompieran, y su parte inferior se estrellaba contra
las rocas que estaban a su alrededor, amoratando y cortando la piel.
—¿Qué es esto? —Su espada seguía
apuntando a la nyokai y el hombre miraba a Taiki. La ira en su rostro se
hacía más profunda—. ¡Ese cabello! ¡¿Qué es ese color?! — gruñó acusadoramente,
pero Taiki no respondió.
Sanshi avanzó y el hombre la apartó fácilmente del
camino con el lado romo de la espada, pateándola rápidamente con su pie. Más
gotas rojas rodaban por el torso blanco de la nyokai.
El hombre miró
nuevamente a Taiki. Su fuerte rostro se retorcía y gruñía.
—¡Mocoso! ¡No
me digas que no eres el kirin!
¿El kirin? Claro que lo soy.
Todos lo dicen.
Espera, ¿debo decírselo?
¿Qué pasará con Sanshi?
¿Qué pasará con la sangre…?
La sangre…
Cada vez que el hombre se movía,
Taiki era arrastrado, su cuerpo entero se sacudía dolorosamente. El kirin
se encontraba mal del estómago, sintió como si algo dentro de él estuviera a
punto de romperse.
—¡Estaba seguro de que eras el kirin!
¡Estaba seguro! ¡¿Y ahora qué tengo como pago por mi molestia?! ¡Un mocoso
cualquiera y un nin’you pernicioso! ¡Hmph!
La brillante espada golpeó el brazo estirado de Sanshi y la sangre se
derramó una vez más. Sanshi retrocedió de un salto y el hombre avanzó hacia
ella, arrastrando a Taiki contra una punta rocosa que se enterró en su pecho.
—¿Cómo es que un nin’you
como tú llegó a Houzan? ¿Acaso los guardianes de la montaña son así de
descuidados con sus deberes? —El hombre gritaba y escupía—. No importa, ¡me
encargaré de ti yo mismo!
La espada bajó. Sanshi la esquivó nuevamente, casi lo
había logrado, pero el arma alcanzó a abrir otra herida en su piel antes de
golpear contra la roca tras ella.
Sanshi…
Su blanco
cuerpo estaba manchado de rojo.
¡Corre, Sanshi!
Si tan sólo
pudiera gritarle…
—¡Detén esto inmediatamente!
Taiki escuchó
una voz aguda gritar y abrió sus ojos.
—¿Cuál es el
significado de esto?
—¡Taiki!
Escuchó pasos acercándose rápidamente. El rostro de una
nyosen, pálido por la preocupación apareció ante sus ojos.
—¡Taiki! ¿Estás
bien?
La nyosen corrió hacia él estirando sus brazos.
Él sintió una lágrima rodar por su mejilla. Manos cálidas lo abrazaban,
levantándolo de donde había permanecido entre las rocas. En la seguridad de ese
fragante abrazo, sucumbió completamente a sus emociones: de un lugar muy oscuro
dentro de él, pudo sentir un incontenible deseo de morir.
—¿Qué locura ha
sucedido aquí? ¡Sanshi, detente ya!
Era la voz de
Teiei llena de rabia.
—¿Es ella tu
mascota? ¡Entonces ordénale que se aparte!
—¡Eres tú quien
debe apartarse, intruso insolente!
Taiki nunca había escuchado a una nyosen mayor
hablar con tanta violencia en su voz. El desconocido guerrero la observaba con
la boca abierta. Sanshi, que temblaba mientras continuaba interponiéndose entre
el espadachín y el joven kirin, miraba agresivamente al hombre con
muerte en sus ojos.
—No, Sanshi —decía Teiei—. Si te ensucias con sangre,
no podrás estar cerca de Taiki. Debes controlar tu ira —Entonces, Teiei miró al
hombre imperiosamente—. Y tú, de verdad eres un tonto al cometer tal crueldad
contra el señor Taiki, aquí en Houzan.
—¿Taiki? —El hombre miró al chico
que escondía su rostro mientras se apretujaba contra una nyosen—. ¿Así
que este mocoso, es decir, este niño es realmente Taiki?
—Por supuesto que sí. Desde tiempos antiguos, los
únicos niños permitidos en Houzan han sido solamente los Señores de Houzan.
Ahora escucharé tus razones para haber cometido esos actos infernales contra el
Señor de Houzan.
Repentinamente,
el hombre se puso muy feliz.
—¡Taiki, eres tú! ¡Te atrapé!
El desconocido
avanzó y Teiei levantó una mano.
—¡Tu respuesta!
No te permitiré acercarte más hasta escuchar una razón.
—¡Lo atrapé!
¡Yo lo hice!
—¡Quiero escuchar tu respuesta!
¡Ya! O te mostraré por qué las nyosen de Houzan somos consideradas la
más peligrosas entre los oráculos.
El hombre
sonrió ampliamente.
—Yo soy Goson, el oficial auxiliar del Gobernador de la
Provincia de Ba en Tai — su gruesa voz tenía ahora un tonto tono de cortesía—.
Vine al escuchar el rumor de que Taiki había aparecido en Houzan.
—No se ha autorizado ninguna
ascendencia en el Palacio Externo Hoto a nadie de nombre Goson.
—Ah… lo siento por eso. Es que
estaba tan emocionado por ver el Palacio Houro que no avisé previamente en el Palacio
Externo Hoto. ¡Pero mira, lo cacé!
—¿Y? ¿Qué pasa?
El hombre abrió
sus ojos como platos.
—¡Pero si he atrapado al kirin!
Me disculpo por haber olvidado mis modales y venir ignorando las formas
sagradas de Houzan, ¡pero me llevaré mi premio conmigo! —El rostro del hombre
se volvió una gran sonrisa—. Verás, soy el nuevo Rey Pacífico.
Taiki sintió cómo la nyosen que lo sostenía
temblaba. Junto a ellos, los hombros de Teiei también se sacudieron como señal
de repugnancia.
—Tú… ¡Tú,
estúpido!
Tan grande era el poder de
intimidación en su voz que el hombre retrocedió medio paso.
—¡Dudo mucho de la sabiduría de la
Provincia de Ba si han nombrado oficial auxiliar a un hombre así!
El hombre
retrocedió otro medio paso.
—¿Quién exactamente crees que es Taiki? El Señor de
Houzan no es un mero demonio que un inculto cazador pueda atrapar en el Mar
Amarillo. ¡No vuelvas a decir tremenda idiotez en mi presencia! ¿Dices que eres
el Rey Pacífico? ¡Deja este lugar! ¡Vete ahora antes de que los Cielos te
envíen un rayo!
—Pero…
—¡Silencio! No escucharé ni una
palabra más de esa sucia boca. ¿A menos de que quieras que ejecutemos la
justicia celestial aquí mismo y te arranquemos los labios para que no vuelvas a
hablar?
El hombre
estaba boquiabierto y entonces, sin decir ninguna palabra, cerró la boca.
La nyosen que sostenía a
Taiki le permitió ponerse de pie. Con gran cuidado, desenredó la cadena que le
apretaba las muñecas. Entonces, acarició las marcas donde la cadena había
cortado la piel, acarició su mejilla, tocó su pelo y miró su rostro. Parecía
estar al borde de las lágrimas.
—Qué cosas horribles has visto.
Debiste estar muy asustado, Taiki. Ven, debes volver conmigo a la Pagoda del
Rocío Crepuscular.
—Pero,
Sanshi…
Taiki, confundido, miraba a la nyokai
que se encontraba de pie, desolada, a una corta distancia.
La nyosen
sacudió la cabeza.
—Ahora no.
Debemos dejar a Sanshi aquí. Ven…
Aunque no estaba completamente
seguro de qué sucedía, una cosa era cierta: Sanshi había sido gravemente herida
por protegerlo. Quería preguntarle si estaba herida, quería agradecerle, quería
cuidar sus heridas, sin embargo, sólo ver su cuerpo ensangrentado le hacía
sentir una presión en su pecho. El empalagoso hedor de la sangre flotaba en el
aire hasta él y hacía que arrugara su nariz. No podía acercarse a ella sin
importar cuánto quisiera hacerlo.
Delicadamente, la nyosen se acercó a él y lo
levantó en sus brazos. De una sola vez, pudo notar cuánto le dolía el cuerpo.
Ahora tenía dolor por todas partes y con cada balanceo que la nyosen
hacía al caminar, tenía que esforzarse para no llorar.
Habían entrado por la puerta de vuelta al Palacio Houro y habían caminado
una corta distancia antes de encontrarse con Youka y otras nyosen que se
daban prisa en llegar a ellos.
Las mujeres gritaron con horror al
ver las raspaduras que cubrían a Taiki. La nyosen que lo había traído
les explicó lo que había pasado y la mitad de ellas salieron por la puerta para
lidiar con el desconocido.
—¿Qué tipo de persona haría algo
así? —murmuró Youka, mirando agresivamente en la dirección que daba hacia el
laberinto externo. Entonces, su rostro se llenó de lástima y se acercó a
Taiki—. Pobre joven señor. Debes estar asustado. ¿Estás bien?
—Sanshi…
Youka asintió,
entendiendo su preocupación sin necesidad de que dijera más.
—Sanshi estará bien. Aunque las
heridas de una nyokai puedan parecer profundas, podrá curarse
rápidamente. Estoy más preocupada por tus heridas, señor Taiki.
—C-creo que
estoy bien.
—Puede ser, pero debemos regresar a
la pagoda inmediatamente. Sanshi irá una vez se haya limpiado. No temas.
Taiki lo pensó
un momento y asintió.
—Veo tu expresión, no te preocupes por lo que ha pasado
—dijo Youka—. Es la naturaleza del kirin aborrecer la sangre. Hay kirin
que con sólo olerlo caen enfermos.
—¿D-de verdad?
¿Así que los otros son como yo?
—Pues sí. Es por eso por lo que no
debes atormentar tu corazón. Cuando Sanshi regrese, curaremos tus heridas.
Taiki asintió y entonces, alzando
los brazos, dejó que Youka lo llevara en su cómodo abrazo.
Las nyosen se turnaron para
cargarlo mientras regresaban lentamente a la Pagoda del Rocío Crepuscular.
En la habitación en la parte trasera de la Pagoda del
Rocío Crepuscular, Youka acomodó al pequeño kirin en un gran cuenco
lleno de agua y vapor medicinal.
Lo examinó cuidadosamente, le lavó la tierra de la piel
y escuchó la historia del ataque del desconocido guerrero. Mientras le decía lo
que recordaba, ella internamente maldijo al aspirante a rey que se atrevió a
entrar a la montaña.
—Todavía no
entiendo qué pasó —admitió Taiki.
Youka sonrió.
—Fui descuidada, eso es lo que pasó. Pensé que estarías
a salvo porque el equinoccio de primavera ya había pasado. Por favor,
perdóname.
—No creo que
sea tu culpa, Youka.
—No, sí que lo es. Y debí haberte advertido del
peligro. Me alegro de que no hayas sufrido ninguna herida seria. Estoy segura
de que fue Sanshi quien te sostuvo cuando caíste inicialmente de la pared.
Cuando vuelva debes mostrarle apropiadamente tu agradecimiento.
—Sí.
—Y debes prometerme que nunca saldrás, solo o incluso
solo con Sanshi, a ningún lugar fuera del palacio si no hay nyosen
presentes. No, por favor, prométeme que ni siquiera te acercarás a los límites.
—Me mantendré
alejado de la puerta —dijo Taiki con la voz baja.
Youka asintió. Desdobló una toalla
limpia y la envolvió alrededor del joven mientras él salía de la bañera,
entonces, lo levantó y lo llevó hasta la plataforma elevada al fondo de la
habitación que hacía las veces de cama. Sentándolo sobre las mantas que allí se
encontraban, secó cuidadosamente su pequeño cuerpo.
—Todos los kirin
deben escoger un rey —dijo después de un tiempo.
—¿Mm? ¿Por qué?
¿No es el hijo del rey el que se vuelve el nuevo rey?
—No. El rey
solo es rey después de que el kirin lo haya escogido.
—No… lo
entiendo.
—No estoy segura de cómo funciona
exactamente, pues no soy un kirin, pero te diré lo que me han explicado
a mí: dicen que Tentei es quien decide quién será el rey. Él, el más poderoso
ser en los Cielos, sopesa las cualidades de muchos hombres, escogiendo el mejor
preparado para traer orden a un reino.
—¿Pero no era
el kirin quien escogía?
—Sí…pero es Tentei, el Emperador de
los Cielos, quien informa al kirin de la decisión. No es como si Tentei
te susurrara en el oído, sino que cuando conozcas al rey, simplemente lo sabrás. Tendrás una revelación.
—¿Qué es una
revelación? —dijo, frunciendo el ceño.
—Es cuando te das cuenta de algo
que llega repentinamente. Exactamente cómo sucede, solo los kirin lo
saben. Lo reconocerás cuando suceda, estoy segura. Recuerda:
incluso el kirin
más pequeño escogerá al rey.
—Está bien
—dijo Taiki, un poco inseguro.
—Cuando llegue el momento, muchas
personas que quieren ser el próximo rey de Tai subirán a Houzan. Te conocerán y
escogerás.
—¿Quieres decir
que vendrán como el hombre de hoy?
Youka asintió seriamente. Apartando
la toalla que había utilizado para secar el pelo de Taiki, lo ayudó a colocarse
la ropa interior.
—Así es, como él, pero muchos,
muchos más. Vendrán después del solsticio de verano.
—¿Y por qué en
ese momento?
—Houzan se encuentra en la mitad
del Koukai o Mar Amarillo. No es un lugar en que los hombres puedan entrar
fácilmente, sin embargo, hay cuatro portones en la periferia del Mar Amarillo y
cuando se abren, las personas tienen permitido el paso de forma segura. Esos
portones sólo se abren uno a la vez en el equinoccio de otoño y primavera, y en
el solsticio de verano e invierno. Los días en que uno de los cuatro portones
se abre, es conocido como Día del Paso Seguro. En cualquier otro momento, los
portones están muy bien custodiados.
—¿Solo se abren
por un día?
—Sí, solo uno: desde la mañana de un día a la mañana
del siguiente. Cuando volviste a nosotros, Taiki, fue justo antes del
equinoccio de primavera y pensé que nadie que quisiera ascender podría llegar
en tiempo a la montaña para pasar por el portón. Fue descuidado de mi parte. Te
ruego que me perdones.
—V-vale, Youka.
—Creo que ese insolente pudo pasar en el último
segundo. Los otros no aparecerán hasta el solsticio de verano. También debes
saber que una vez se pasa por los portones, toma alrededor de media luna llegar
a la montaña y una vez se está dentro del Mar Amarillo no podrán irse hasta la
próxima vez que se abran los portones. Es por eso por lo que muchos aspirantes
que llegan a Houzan traen tiendas y arman casetas alrededor del Palacio Externo
Hoto, pues es el lugar destinado para que se queden hasta que puedan volver.
Aunque los demonios y las bestias vagan en el Koukai, dichas criaturas no
pueden poner un pie en los peldaños de Houzan, así que es seguro. Muchas
personas se reúnen, algunas veces tantas que podrían formar un pueblo pequeño.
—¿Tantas? ¿Cómo
sabré quién es el rey?
—No debes preocuparte. Tendrás una
revelación y sabrás. Si no hay revelación, no importa lo buenos que sean los
hombres reunidos, ninguno debe ser rey.
—Oh.
—Aun así, debes tener cuidado, pues hay tontos como el
hombre de hoy, demasiados, temo decir. Vienen creyendo en los rumores que dicen
que el que atrape al kirin será rey o que solo se necesita que el kirin
se arrodille ante ellos. Tonterías, pero las creen y sus medios algunas veces
son violentos.
—¿Es por eso
por lo que el Palacio Houro está en medio de un laberinto?
—Esa es una de las razones. Después
de todo, cuando la noticia del nacimiento de un kirin se disemina,
siempre estarán esos que intentan entrar a hurtadillas y robarlo.
Taiki tembló.
—Cuando llegue el momento, te
llevaremos fuera del laberinto. Hasta ese momento, no debes aventurarte tú
solo. E incluso cuando estés dentro de las paredes, debes permanecer atento.
—Ya veo —dijo
Taiki poco convencido.
Youka rio y
acarició el pelo del chico.
—Confía en ti mismo, Taiki. Tú
sabrás qué hacer. Cuando llega la revelación, el kirin se arrodilla ante
el rey. Está en la naturaleza del kirin no arrodillarse ante ningún otro
que no sea él. Incluso en los templos de Tentei y Seioubo, el kirin es
el único que tiene permitido no arrodillarse.
—Oh...
—Entonces, harás tu juramento de
nunca dejar al rey y de seguir sus órdenes: “Nunca dejaré su lado, seguiré su
decreto, le serviré siempre con la mayor lealtad, este es mi juramento” o algo
por el estilo.
Taiki asintió
silenciosamente.
—Si el rey acepta, entonces tocarás su pie con tu
frente, tocarás con tu cuerno su pie. Una vez eso pase, quien sea que ha sido
escogido se convierte en rey. Como fue escogido por ti y tú eres el kirin
de Tai, será el Rey de Tai, el que es conocido como Rey Pacífico. Y desde ese
día, tú serás conocido como el Taiho de Tai.
—Eso suena muy complicado —dijo
Taiki, incómodo con esta nueva responsabilidad, pero Youka simplemente sonrió.
—¿Eso crees? Hay mucho más, ¿sabes? Una vez escojas al
rey, ascenderás más aún en Houzan. Allí, encontrarás el templo de Seioubo y
llevarás al rey a ese lugar.
—Pero ¿cómo? Ni
Sanshi puede subir ese pico.
Youka rio
nuevamente.
—El camino se abrirá cuando llegue el momento.
Ascenderás al templo y allí recibirás el Mandato del Cielo e irás al Reino de
Tai. Pero no me vayas a preguntar qué es el Mandato del Cielo, porque solo el kirin
y el rey saben la respuesta.
—Vale, no lo
haré.
—Lo que sí sé es que hermosas nubes se formarán en el
cielo desde Houzan hasta Tai. Caminarás por las nubes y descenderás a tu reino.
—¿En serio? ¿Y
entonces?
—¿Y entonces qué? —Youka miró a
Taiki. Su expresión de niño preocupado persistía.
—Quiero decir,
¿y entonces qué pasa? ¿Me voy a vivir a Tai?
—Claro.
—Espera, ¿así que no podré verte de
nuevo? —Taiki sintió una ola de soledad a través de él—. ¿O a Sanshi? ¿O a
Teiei? ¿O a las otras nyosen?
Youka suspiró y
le dio a Taiki un abrazo, mientras él seguía sentado sobre un cojín.
—Así es. Las nyosen puede que
no podamos volver a verte después de ese día, pero Sanshi permanecerá contigo.
Estará contigo siempre, Taiki.
—¿Y si no
quiero escoger al rey?
—Escoger al rey
es tu deber más importante como kirin.
Taiki abrazó a
Youka con sus delgados brazos y ella le dio palmaditas en la cabeza.
—Crecerás para ser un magnífico kirin
y escogerás a un magnífico rey. Nunca temas, siempre estaremos cuidándote desde
las alturas de Houzan.
Houzan era un lugar para criar kirin, pero los
sabios que supervisaban el entrenamiento decidieron que era mejor que un kirin
que se iba nunca volviera. Las manos de las nyosen estaban siempre
ocupadas preparándose para el próximo kirin que nacería.
Youka pudo haberle explicado esto al joven, pero pensó
que sería mejor no hacerlo.
—Es nuestro deseo más profundo que cumplas tu deber
como Taiki. Es por eso por lo que estamos aquí.
Taiki asintió como si hubiera
entendido, pero dentro, realmente no lo hizo… no entendía.
Días y semanas pasaron y aunque el clima nunca había cambiado, el gran
calendario en el Palacio Houro mostraba que se acercaba el verano. El cambio de
estaciones significaba que se acercaba el solsticio de verano, el día en el que
el Portón Reikon o Portón de las
Virtudes en la esquina sudoeste del Mar Amarillo se abriría.
—Taiki —llamó
Teiei al joven kirin una mañana—. ¿Te peino el pelo?
Lo había estado viendo intentar
recoger rocas del fondo del río y gritar enojado cuando sus mechones de pelo
entraban al agua.
—Sí —dijo Taiki, sentándose en una roca en la ribera.
La nyosen desenredó uno de los cordones decorativos de su cinturón,
usándolo para amarrar su cabello color del acero. El cabello del kirin,
que se cortaba ocasionalmente, ya le recorría la espalda. Solo atarlo ya no
parecía satisfacerlo.
—¿Al menos
puedo cortarme los mechones de la cara?
—Si insistes, lo cortaré como desees. Sin embargo,
debes prometerme no arrepentirte después de tu decisión.
—No veo por qué
necesito tener el pelo así —dijo el chico desalentado.
Teiei rio.
—Debes saber que tu pelo no se
quedará de este largo cuando tomes tu forma de kirin. Cambiará para
acomodarse a tu nueva forma, pero necesita tener cierto largo para poder
hacerlo o sino estarás… peculiar. Así que, si tu cabello quiere crecer más,
entonces debo decirte que todavía está muy corto.
—Supongo que lo podría saber si me
pudiera convertir en un kirin aunque fuera una vez.
—Aun así, estoy
muy segura sobre el pelo, joven señor. Ya, listo.
Ella observó
mientras Taiki saltaba de vuelta al agua y salpicaba.
—¿Has escuchado
la historia de Sairin? —lo llamó.
—¿Sairin?
¿Quién es?
—Hace mucho tiempo, hubo una kirin
llamada Sairin, que estaba muy preocupada por su apariencia.
—El “rin”
en su nombre muestra que es una mujer, ¿verdad? ¿La kirin de Sai?
—Correcto.
Sairin envidiaba el pelo de las nyosen y ordenó que se le sujetara como
a ellas.
—¿Como el de
una nyosen? ¿Con horquillas?
Teiei asintió. Mientras hablaba,
sus manos seguían trabajando, añadiendo puntadas a la tela bordada en la que
estaba trabajando.
—Sí, se echó aceite en el pelo, lo amarró firmemente y
lo aseguró con muchas horquillas de diferentes colores. Todo estuvo bien hasta
que un día, cuando una nube de tormenta apareció un día, se transformó sin
pensarlo y volvió al palacio sin haber soltado su pelo. Cuando se transformó,
su melena seguía amarrada y su cuello se había echado para atrás, torciéndolo.
Nunca más pudo enderezarlo, o eso dicen.
Taiki rio
fuertemente.
—Suena
doloroso.
—Oh, lo es. Tú también debes tener
cuidado, Taiki. Debes tener cuidado de no transformarte con tu pelo atado, no
vaya a ser que sufras el mismo destino.
—Tendré cuidado
—dijo Taiki entre risas.
Teiei sonrió y
volvió a mirar sus manos.
Desde que ese tal Goson de la Provincia de Ba hubiera aparecido en los
límites del palacio, dos o tres nyosen se quedaban siempre con Taiki. No
se podía confiar solo en la nyokai para protegerlo, pues pelearía sin
dudarlo contra cualquier amenaza y no sabía controlarse, pudiendo herir
inintencionadamente al sensible kirin.
De hecho, el día del ataque de Goson, un simple baño no
había sido suficiente para quitarle el hedor a sangre de Sanshi. Sin decirle
nada a las nyosen, Taiki la dejó entrar a su cama como siempre hacía. Al
día siguiente, el joven kirin había despertado con una terrible fiebre.
Era en estos momentos que Teiei se
arrepentía más de la larga ausencia de Taiki. Si tan solo tuviera un shirei o dos, pensaba la nyosen.
El Mar Amarillo alrededor de las Cinco Montañas estaba
infestado con todo tipo de demonios. Normalmente, un bebé kirin se
aventuraría fuera, encontrando demonios y apaciguándolos, convirtiéndolos en
sus shirei. Empezaría en la base de la montaña, jugando mientras
apaciguaba a los pequeños que se reunían en las sombras. Estos primeros shirei
serían inservibles, pero también inofensivos.
Si tan sólo Taiki tuviese más
tiempo…
Pero, aunque se aventurara al
Koukai, ¿sabría cómo apaciguar a un demonio? Teiei no estaba segura y tampoco
podía enseñarle algo que no sabía. Normalmente era algo que un kirin
entendía desde que nacía.
Si tan solo su ausencia hubiese
durado cinco años y no diez.
Los kirin nacían en su forma
bestial. Por cinco años permanecían así, antes de que sus cuernos crecieran. No
podían hablar durante este tiempo, ni entendían las órdenes de las nyosen.
Eran como unos polluelos, todavía aprendiendo todo.
Sin embargo, aunque el polluelo no
sabe volar, el kirin ya posee el talento de correr a través de los
vientos desde su nacimiento. Por lo tanto, el bebé kirin cruza las Cinco
Montañas con la nyokai a su lado, reuniendo demonios y jugando con
ellos. El kirin se alimenta solo de los pezones de la nyokai y
durante esos primeros años, son resistentes ante las heridas y el olor de la
sangre.
Después de esos cinco años, aunque
el tiempo varía de kirin a kirin, un día toman la forma humana y
empiezan a hablar el idioma de los hombres. Un poco después de eso, son capaces
de cambiar de forma humana a bestial cuando les apetece. Por ese tiempo, las
puntas de sus cuernos empiezan a aparecer y entonces se destetan y se
consideran completos. Nadie tiene que enseñarles. Aunque nadie los llamara
adultos hasta que su cuerno crezca completamente, estos kirin jóvenes ya
poseen todas las habilidades de uno de su especie.
De esa forma, cuando un kirin
es destetado, se difunde la noticia al reino natal, que es llamado así a pesar
de no haber nacido allí, y se izan banderas de kirin en todos los
templos a lo largo de la tierra. El izado de las banderas significa que un kirin
adulto está en la montaña y que la elección del nuevo rey empieza. Aquellos que
ven las banderas y sienten que ellos, sobre los demás, merecen el trono,
empiezan su ascenso a Houzan.
Teiei suspiró.
Taiki ya no era un bebé kirin. El día en que
regresó a la montaña, las banderas habían sido izadas en el reino de Tai. Decir
ahora que no estaba listo era inútil: tendría que escoger un rey. Todos
asumirían que sabe transformarse y que tendría varios shirei.
—¿Qué será de
él?
Tal vez Taiki escuchó el susurro preocupado de Teiei,
pues cuando se dio la vuelta para mirarla, lo hacía con ojos de duda. Pero
Teiei negó con la cabeza.
Era mejor no decirle. Al igual que
el asunto de su transformación, solo serviría para preocuparlo. No había
ninguna nyosen que pudiera enseñarle.
Además, Taiki había recuperado su ánimo solo
recientemente y no quería verlo frunciendo el ceño ahora.
Después de que Youka le hubiese
dicho que nunca más regresaría a Houzan cuando escogiera al rey, Taiki se había
molestado mucho. Parecía odiar la cercanía del solsticio de verano y las nyosen
que lo cuidaban estaban muy preocupadas.
Pero solo se calmó cuando le dijeron que no era seguro
que el próximo rey estuviese entre los que ascendieran la montaña en ese
solsticio y que incluso algunos kirin esperaban estación tras estación
por muchos años. La verdad era que algunos kirin se cansaban de esperar
por un rey que nunca llegaba y se iban de Houzan a buscarlo ellos mismos. ¿Pero
qué pasaría si el nuevo rey estaba entre los que llegarían?
Si hay algo que se pueda hacer,
este es el momento.
Menos mal que todavía no había ningún aspirante al
trono esperando en los campos rocosos del Palacio Externo Hoto. Aparentemente,
el único que pudo pasar en el Día de Paso Seguro del equinoccio de primavera
había sido Goson.
En cuanto a ese hombre… después de haber sido reprendido fuertemente por
todas las nyosen, lo habían enviado de vuelta a la montaña sin comida ni
agua, a que sufriera la suerte que el destino le tuviera deparado. Tendría que
esperar en el Portón de las Virtudes hasta que fuese abierto en el próximo Día
de Paso Seguro, sin embargo, esperar afuera del laberinto del palacio por tanto
tiempo sin tener cómo defenderse de demonios y bestias no era nada fácil.
Aunque lograra sobrevivir, se convertiría en el hazmerreír de aquellos que
pasaran el portón en el solsticio. De igual forma Teiei sentía poca simpatía por
él.
La nyosen mayor sabía que la
actual ausencia de visitantes no deseados solo duraría hasta el solsticio de
verano. Después de eso, habrá personas en el Palacio Externo Hoto a todas
horas. Si Taiki fuera al Koukai a enfrentarse a demonios, quizá recordaría cómo
apaciguarlos, pero comparado con un cachorro nacido en Houzan, Taiki tenía poca
tenacidad y sería necesaria para sobrevivir a las peleas. Y cuando pensaba qué
sería de él si algo iba mal, Teiei sabía que no podían arriesgarse a hacerlo.
—¿Te preocupa
algo, Teiei?
La nyosen
levantó la mirada y encontró al joven kirin mirándola fijamente.
—No —respondió
después de una corta pausa.
—Estás
preocupada por mí, ¿verdad?
Teiei rio. Ya Taiki sabía instintivamente que la única
cosa que podía preocupar a una nyosen era el kirin. Ella se
sentía feliz con su agudeza y su amabilidad al notar su humor la alegró más.
—Para nada
—mintió.
—Pero…
—Solo estaba molesta con mi bordado. No debo decirlo en
público, pero nunca he sido buena.
—¿Puedo
ayudarte?
—Eres muy amable, pero si cosieras
mejor que yo, tendría que retirarme en exilio de la montaña, avergonzada de las
otras nyosen. Ahora, ve a jugar y no te preocupes.
Teiei sonrió y
le dio palmaditas en la cabeza a Taiki.
Si solo pudiera conocer a otro kirin.
Un kirin
quizá podría enseñarle las cosas que Sanshi y las nyokai no podían.


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