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El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

jueves, 2 de febrero de 2023

Mar del Viento, Orilla del Laberinto - Capítulo 4

 

CAPÍTULO 4

 

 

 

Taiki caminaba con dificultad por el pasaje cubierto de musgo. No tenía ningún destino en particular, así que no estaba prestando mucha atención a la dirección, ya que mientras Sanshi estuviese con él, sabía que no se perdería. No habría ayudado siquiera intentar recordar el camino que tomaron, pues el joven kirin tenía poco conocimiento sobre el diseño del laberinto más allá de la Pagoda del Rocío Crepuscular.

Su mente vagaba distraídamente mientras escalaban una pequeña elevación y así llegaron repentinamente a una puerta que se interponía en el camino. La puerta estaba firmemente cerrada, bloqueando el pasaje.

Habían llegado al borde del Palacio Houro. Habían recorrido una gran distancia desde la Pagoda del Rocío Crepuscular, donde empezó su caminata, pero había estado tan distraído con sus pensamientos que no lo había notado.

Taiki suspiró. La puerta estaba cerrada con una barra que la atravesaba, él podría haberla abierto fácilmente si así hubiese querido, pero las nyosen le habían dicho que nunca se alejara del palacio.

Aun así, no se sentía de ánimos para volver, así que miró alrededor y se acercó a Sanshi, quien lo seguía silenciosamente, como era usual.

—Sanshi, levántame. 

La nyokai asintió, levantándolo por los brazos. Taiki era suficientemente grande para que hacer esto hubiese sido difícil si fuese un chico normal, pero se había dado cuenta de que se sentía más ligero desde que había regresado a Houzan y las nyosen le habían explicado que ahora tenía un cuerpo inmortal, aunque creciera más, siempre se sentiría ligero. Así que era muy fácil para Sanshi levantarlo con tan solo una ligera flexión de sus piernas y subirlo a la parte superior de una de las paredes de piedra.

Desde ese punto, el Palacio Houro realmente se veía como el laberinto que era. Aquí y allí podía ver los techos de las otras pagodas menores que brillaban de color azul verdoso sobre las rocas y en el medio del laberinto se podía ver el árbol blanco con sus ramas brillando bajo el sol.

Cómodo entre los brazos de Sanshi, Taiki miró fijamente al árbol por un rato.

Desde arriba, el Palacio Houro parecía un enorme abanico abierto. En su borde, en la elevación que quedaba más al este, se podía ver el shashinboku y después de eso, no había nada: un escarpado acantilado que caía hacia las nubes de más abajo. En algún lugar debajo de la increíble altura del acantilado, se podía ver un paisaje de piedras escarpadas, casi impenetrables, que se expandían hasta la brumosa distancia.

Debajo de la terraza donde crecía el árbol, el laberinto principal se extendía sobre una ligera pendiente. Sus muchos caminos circulaban alrededor de ellos mismos, eventualmente formando un solo camino, que estaba siendo interrumpido por la puerta.

Aquel era el final del laberinto.

Al norte se levantaba el pico de Houzan: era casi perfectamente vertical y ascender sus alturas era una tarea difícil, aún para criaturas como Sanshi.

Con el acantilado al este y la montaña al norte, todos los que querían visitar el Palacio Houro se veían forzados a pasar a través de la puerta y luego encontrar su camino por los increíblemente tortuosos caminos del laberinto.

Taiki se bajó de los brazos de Sanshi y se quedó de pie sobre una de las paredes de roca. Se dio la vuelta y miró en otra dirección.

Fuera del laberinto, al sur y al oeste, otro laberinto de caminos se extendía hasta donde podía ver. Este laberinto externo estaba tan interrelacionado con el laberinto interno, que incluso desde arriba, era difícil discriminar dónde empezaba uno y terminaba el otro. Sin embargo, los caminos del laberinto externo eran más fáciles que los del interno, pues eran más anchos y los lugares donde terminaban en claros eran mucho más abiertos que los que se encontraban en el territorio del palacio. Los viajeros podían caminar por los pasajes externos sin mapa o guía, y así, mientras mantuvieran su vista en el sol, podrían llegar a encontrar la puerta.

Taiki observó los anchos pasajes del laberinto externo hasta que, en la base de una de las paredes rocosas, pudo ver un techo de color jade.

—Sanshi, ¿qué es eso? —preguntó señalando y los redondos ojos de Sanshi siguieron su dedo.

—El Palacio Externo Hoto.

—¿Está fuera de la puerta?

Sanshi asintió.

—Es por eso por lo que se lo llama palacio externo.

—Oh. —Taiki se agachó desde su posición sobre la roca.

Después de un rato, sus ojos se pasearon sobre las paredes verdes y grises del laberinto. Un viento soplaba a lo largo de la parte superior de las rocas. No había océano a la vista, pero podía oler un aroma a mar en el aire.

—¿Pasa… pasa algo? —preguntó Sanshi suavemente. Se quedó de pie en una posición que la hacía parecer una escultura, el viento agitaba su cabello sobre sus hombros.

Era inusual que la nyokai empezara una conversación.

Taiki dejó de seguir con la mirada los caminos del laberinto externo y la miró.

—¿Tú cambiaste de forma para ser como eres, Sanshi? ¿O siempre has sido así?

Sanshi acarició suavemente la mejilla de Taiki.

—Las nyokai no cambiamos. Requiere una increíble fuerza hacerlo y yo no la poseo.

—¿De verdad?

—Sí, es muy difícil cambiar de forma. Hay algunos demonios que pueden hacerlo, pero son muy poderosos, tan poderosos que incluso los reyes no pueden contra ellos.

—¿Demonios?

—Son criaturas con poderes sobrenaturales que no siguen las leyes del Cielo.

—¿Y las nyokai son demonios?

Sanshi negó con la cabeza.

—Las nyokai son criaturas que se encuentran entre los humanos y los demonios, llamadas youjin o nin’you, no obstante, los youjin nacidos en Houzan son especiales y son conocidos como nyokai.

—¿Y los kirin son considerados demonios?

Sanshi sonrió en una forma que sólo Taiki podía reconocer. 

—Es verdad que los kirin tienen poderes sobrenaturales, pero son conocidos como shinju o bestias divinas.

—¿Y eso por qué?

—Porque las únicas personas en el mundo más nobles que un kirin son los dioses y los reyes. En tu caso, los únicos que tienen un rango más alto son el Rey Pacífico de Tai, Seioubo, la Gran Madre del Oeste y Tentei, el Emperador del Cielo.

—Um, esto… ¿quién?

Sanshi pasó sus dedos por el pelo de Taiki intentando desenredarlo.

—Quizá sería más fácil entenderlo de la siguiente manera: Ni la Gran Madre del Oeste ni Tentei comparten su tiempo con los seres del reino inferior, de hecho, nunca los conocerás. Así que sólo debes recordar que el único más noble que tú es el Rey de Tai.

—¿Nadie más? ¿En serio? Seguramente Lady Gyokuyou es más importante que yo.

—Es precisamente por tu rango que puedes llamarla por su nombre, pero también puedes llamarla utilizando “Lady”, no porque sea más noble que tú, sino por educación.

—Pues a mí me parece bastante confuso.

—¿Estás confundido?

—Algo.

Taiki se encogió de hombros y miró el paisaje bajo sus pies. Antes de volver a hablar se quedó allí en silencio, inhalando el viento con olor a mar.

—¿Crees que aprenderé a transformarme?

Los ojos de Sanshi se dirigieron al rostro de Taiki, notando la melancolía en su expresión. 

—Eres un kirin. Es un poder con el que has nacido y entenderás cómo hacerlo cuando llegue el momento.

—No lo sé… —murmuró Taiki, bajando la mirada.

Todas las nyosen de la montaña querían ver al kirin negro, a veces le pedían que se las mostrara. Taiki entendía el amor que sentían por él, así que, de haber podido, se habría transformado solo para complacerlas, pero realmente no tenía idea de qué hacer.

—Pero no te preocupes demasiado. Tu mayor preocupación ahora mismo debe ser acostumbrarte a tu vida aquí.

—Supongo…

Estaba a punto de apoyar su cabeza en los brazos de Sanshi cuando un movimiento en el pasaje de abajo le llamó la atención. Mirando con cuidado, vio a dos personas en la sección del laberinto cerca del Palacio Externo Hoto.

—Sanshi, hay alguien allí.

Los ojos de Sanshi se dispararon en la dirección que señalaba y asintió.

—Probablemente son algunas nyosen que llevan flores e incienso al altar en el palacio externo.

—Quizá debamos unirnos a ellas y regresar a casa.

Por sí sólo, Taiki era incapaz de bajar de la pared rocosa al camino debajo. Sanshi se ofreció a ayudarlo y él estaba a punto de tomar su brazo cuando de repente, la nyokai hizo un brusco movimiento con su cabeza.

—¿Qué pasa? —preguntó y un instante después, Sanshi desapareció desvaneciéndose como si una grieta se hubiese abierto repentinamente en el aire tras ella. 

—¿Sanshi?

—No te muevas, Taiki. Quédate aquí.

Solo su voz, llena de tensión, podía ser escuchada tras él, pero no la veía.

El cuerpo de Taiki se tensionó mientras se ponía de cuclillas en la roca. Nunca había pasado esto, nunca había visto a Sanshi tan preocupada, nunca le había hablado tan seriamente, nunca le había mostrado poderes tan raros. Entendió que por primera vez desde su llegada a Houzan, algo importante estaba sucediendo.

Mirando alrededor, el joven kirin calmó su respiración inconscientemente. Bajó su cuerpo y se agarró fuertemente a la faz de la roca, estirando su cuello mientras buscaba a Sanshi.

Algo pasó de largo por el costado de su cara y al momento siguiente, sintió que se enredaba alrededor de sus muñecas. Intentó resistir mientras algo lo arrastraba de sus brazos, algo muy fuerte. Sentía que su cuerpo se inclinaba, apartándose de la pared rocosa.

Por un segundo, los ojos de Taiki observaron la delgada cadena alrededor de sus muñecas: los eslabones eran negros y muy oscuros y un pequeño peso colgaba de un extremo.

Entonces, su cuerpo empezó a caer.

Alguien lo arrastraba.

  

 

—¡Lo tengo!

Taiki escuchó decir a una voz grave y abrió de una vez sus ojos.

Le tomó un momento recordar que había caído desde la roca, había caído fuera del laberinto, más allá del palacio, el lugar donde le habían dicho que nunca fuera. Intentaba recordar exactamente por qué había caído cuando escuchó un grito. Todavía de costado, giró la cabeza y vio un rocío de algo rojo regarse sobre el gris del cielo sobre su cabeza.

Eso parece sangre.

En el mismo momento que ese pensamiento se formó, la temperatura corporal de Taiki bajó abruptamente. Y en ese momento, se congeló.

Fue entonces que recordó su condición, no había pensado en eso desde que estaba en Houzan.

No puedo… no puedo…

Aunque no le molestaba cuando estaba herido, ver la sangre de otra persona lo hacía sentirse tan asustado que apenas si podía respirar. Quería cerrar los ojos, pero sus párpados se habían congelado también. La única cosa que podía sentir era su pulso acelerado. El rocío rojo se repetía una y otra vez en sus ojos desorientados.

Estaba sobre una piedra.

Algo le había agarrado de los brazos, arrastrándolo hasta abajo.

Podía sentirlo en sus manos: era una cadena delgada y fuerte. Lo presionaba como un brazalete de agujas.

Vale, así que caí. ¿Y ahora qué?

Estaba de costado en un piso duro, doblado contra una roca en una posición muy incómoda. Seguro había caído desde una de las rocas que estaban más arriba. La pared del laberinto parecía muy diferente desde abajo. Las paredes eran muy altas y sentía que debía estar herido, pero así de confundido era imposible saber si tenía una herida o si de alguna forma había escapado ileso.

Solo percibía el sonido de su corazón latiendo rápido en sus oídos y la insensibilidad fría en sus manos y pies. Su cabeza estaba caliente, como si estuviera encendida, y el brillante color de la sangre manchaba su visión y no desaparecía. Era tan brillante que no sabía qué es lo que estaba viendo ahora, aunque sabía que algo estaba pasando pues veía las formas moviéndose.

Si tan solo pudiera sacudir su cabeza y librarse de esa horrible visión, todo estaría bien, pero no podía ni siquiera parpadear. ¿Estaba paralizado por la herida? ¿O había sido esa sangre con su enfermizo color escarlata que lo había dejado tan quieto como la piedra bajo sus pies?

¿Qué está pasando?

—¡Graaaah! ¡Maldita mujer!

La voz grave gritó nuevamente y al fin Taiki fue capaz de enfocar sus ojos: era un hombre, un hombre grande que tenía una gruesa espada en una mano. La estaba apuntando a Sanshi.

—¡Ningún nin’you me detendrá! ¡Vuelve al Koukai, monstruo!

La espada se levantó en el aire, descendiendo con una terrible velocidad.

¡Sanshi!

Quería gritar, pero ningún sonido salió de sus rígidos labios.

La punta de la reluciente espada trazó un arco a través del aire, rozando a Sanshi mientras caía. Entonces el brazo de la nyokai salió disparado, clavando las uñas en la tráquea del hombre. Algo rojo humedeció sus dedos de color blanco puro. Un momento después, más rojo chorreó del brazo de Sanshi, en el lugar donde la espada había golpeado.

¡No, detente!

Por reflejo, Taiki cerró firmemente los ojos y en los momentos siguientes a esa terrible vista, los apretó con toda su fuerza, tan juntos que esperaba que nunca más se abrieran. Su cabeza flotaba, no sabía nada, ni siquiera sabía si seguía respirando o si su corazón seguía latiendo. Quería permanecer así, en la oscuridad para siempre, pero algo lo asió de un tirón por las manos y sus ojos parpadearon por la sorpresa. Antes de poder entender qué sucedía, se había deslizado de la pequeña roca sobre la que había estado hasta ese momento.

Su espalda golpeó contra el suelo, pero antes de poder siquiera gemir, fue tirado nuevamente por sus brazos, esta vez, cuando abrió los ojos, vio sus propias manos suspendidas en frente de él, todavía envueltas en la afilada y delgada cadena. El desconocido espadachín estaba a unos pasos de él, sosteniendo el otro extremo de la cadena en su mano izquierda. Cada vez que el hombre se movía, Taiki sentía como si sus hombros y codos se retorcieran y se rompieran, y su parte inferior se estrellaba contra las rocas que estaban a su alrededor, amoratando y cortando la piel.

—¿Qué es esto? —Su espada seguía apuntando a la nyokai y el hombre miraba a Taiki. La ira en su rostro se hacía más profunda—. ¡Ese cabello! ¡¿Qué es ese color?! — gruñó acusadoramente, pero Taiki no respondió.

Sanshi avanzó y el hombre la apartó fácilmente del camino con el lado romo de la espada, pateándola rápidamente con su pie. Más gotas rojas rodaban por el torso blanco de la nyokai.

El hombre miró nuevamente a Taiki. Su fuerte rostro se retorcía y gruñía.

—¡Mocoso! ¡No me digas que no eres el kirin!

¿El kirin? Claro que lo soy. Todos lo dicen.

Espera, ¿debo decírselo?

¿Qué pasará con Sanshi?

¿Qué pasará con la sangre…?

La sangre…

Cada vez que el hombre se movía, Taiki era arrastrado, su cuerpo entero se sacudía dolorosamente. El kirin se encontraba mal del estómago, sintió como si algo dentro de él estuviera a punto de romperse.

—¡Estaba seguro de que eras el kirin! ¡Estaba seguro! ¡¿Y ahora qué tengo como pago por mi molestia?! ¡Un mocoso cualquiera y un nin’you pernicioso! ¡Hmph!

La brillante espada golpeó el brazo estirado de Sanshi y la sangre se derramó una vez más. Sanshi retrocedió de un salto y el hombre avanzó hacia ella, arrastrando a Taiki contra una punta rocosa que se enterró en su pecho.

—¿Cómo es que un nin’you como tú llegó a Houzan? ¿Acaso los guardianes de la montaña son así de descuidados con sus deberes? —El hombre gritaba y escupía—. No importa, ¡me encargaré de ti yo mismo!

La espada bajó. Sanshi la esquivó nuevamente, casi lo había logrado, pero el arma alcanzó a abrir otra herida en su piel antes de golpear contra la roca tras ella.


Sanshi…

Su blanco cuerpo estaba manchado de rojo.

¡Corre, Sanshi!

Si tan sólo pudiera gritarle…

  

 

—¡Detén esto inmediatamente!

Taiki escuchó una voz aguda gritar y abrió sus ojos.

—¿Cuál es el significado de esto?

—¡Taiki!

Escuchó pasos acercándose rápidamente. El rostro de una nyosen, pálido por la preocupación apareció ante sus ojos.

—¡Taiki! ¿Estás bien?

La nyosen corrió hacia él estirando sus brazos. Él sintió una lágrima rodar por su mejilla. Manos cálidas lo abrazaban, levantándolo de donde había permanecido entre las rocas. En la seguridad de ese fragante abrazo, sucumbió completamente a sus emociones: de un lugar muy oscuro dentro de él, pudo sentir un incontenible deseo de morir.

—¿Qué locura ha sucedido aquí? ¡Sanshi, detente ya!

Era la voz de Teiei llena de rabia.

—¿Es ella tu mascota? ¡Entonces ordénale que se aparte!

—¡Eres tú quien debe apartarse, intruso insolente!

Taiki nunca había escuchado a una nyosen mayor hablar con tanta violencia en su voz. El desconocido guerrero la observaba con la boca abierta. Sanshi, que temblaba mientras continuaba interponiéndose entre el espadachín y el joven kirin, miraba agresivamente al hombre con muerte en sus ojos.

—No, Sanshi —decía Teiei—. Si te ensucias con sangre, no podrás estar cerca de Taiki. Debes controlar tu ira —Entonces, Teiei miró al hombre imperiosamente—. Y tú, de verdad eres un tonto al cometer tal crueldad contra el señor Taiki, aquí en Houzan.

—¿Taiki? —El hombre miró al chico que escondía su rostro mientras se apretujaba contra una nyosen—. ¿Así que este mocoso, es decir, este niño es realmente Taiki?

—Por supuesto que sí. Desde tiempos antiguos, los únicos niños permitidos en Houzan han sido solamente los Señores de Houzan. Ahora escucharé tus razones para haber cometido esos actos infernales contra el Señor de Houzan.

Repentinamente, el hombre se puso muy feliz.

—¡Taiki, eres ! ¡Te atrapé!

El desconocido avanzó y Teiei levantó una mano.

—¡Tu respuesta! No te permitiré acercarte más hasta escuchar una razón.

—¡Lo atrapé! ¡Yo lo hice!

—¡Quiero escuchar tu respuesta! ¡Ya! O te mostraré por qué las nyosen de Houzan somos consideradas la más peligrosas entre los oráculos.

El hombre sonrió ampliamente.

—Yo soy Goson, el oficial auxiliar del Gobernador de la Provincia de Ba en Tai — su gruesa voz tenía ahora un tonto tono de cortesía—. Vine al escuchar el rumor de que Taiki había aparecido en Houzan.

—No se ha autorizado ninguna ascendencia en el Palacio Externo Hoto a nadie de nombre Goson.

—Ah… lo siento por eso. Es que estaba tan emocionado por ver el Palacio Houro que no avisé previamente en el Palacio Externo Hoto. ¡Pero mira, lo cacé!

—¿Y? ¿Qué pasa?

El hombre abrió sus ojos como platos.

—¡Pero si he atrapado al kirin! Me disculpo por haber olvidado mis modales y venir ignorando las formas sagradas de Houzan, ¡pero me llevaré mi premio conmigo! —El rostro del hombre se volvió una gran sonrisa—. Verás, soy el nuevo Rey Pacífico.

Taiki sintió cómo la nyosen que lo sostenía temblaba. Junto a ellos, los hombros de Teiei también se sacudieron como señal de repugnancia.

—Tú… ¡Tú, estúpido!

Tan grande era el poder de intimidación en su voz que el hombre retrocedió medio paso.

—¡Dudo mucho de la sabiduría de la Provincia de Ba si han nombrado oficial auxiliar a un hombre así!

El hombre retrocedió otro medio paso.

—¿Quién exactamente crees que es Taiki? El Señor de Houzan no es un mero demonio que un inculto cazador pueda atrapar en el Mar Amarillo. ¡No vuelvas a decir tremenda idiotez en mi presencia! ¿Dices que eres el Rey Pacífico? ¡Deja este lugar! ¡Vete ahora antes de que los Cielos te envíen un rayo!

—Pero…

—¡Silencio! No escucharé ni una palabra más de esa sucia boca. ¿A menos de que quieras que ejecutemos la justicia celestial aquí mismo y te arranquemos los labios para que no vuelvas a hablar?

El hombre estaba boquiabierto y entonces, sin decir ninguna palabra, cerró la boca.

La nyosen que sostenía a Taiki le permitió ponerse de pie. Con gran cuidado, desenredó la cadena que le apretaba las muñecas. Entonces, acarició las marcas donde la cadena había cortado la piel, acarició su mejilla, tocó su pelo y miró su rostro. Parecía estar al borde de las lágrimas.

—Qué cosas horribles has visto. Debiste estar muy asustado, Taiki. Ven, debes volver conmigo a la Pagoda del Rocío Crepuscular.

—Pero, Sanshi… 

Taiki, confundido, miraba a la nyokai que se encontraba de pie, desolada, a una corta distancia.

La nyosen sacudió la cabeza.

—Ahora no. Debemos dejar a Sanshi aquí. Ven… 

Aunque no estaba completamente seguro de qué sucedía, una cosa era cierta: Sanshi había sido gravemente herida por protegerlo. Quería preguntarle si estaba herida, quería agradecerle, quería cuidar sus heridas, sin embargo, sólo ver su cuerpo ensangrentado le hacía sentir una presión en su pecho. El empalagoso hedor de la sangre flotaba en el aire hasta él y hacía que arrugara su nariz. No podía acercarse a ella sin importar cuánto quisiera hacerlo. 

Delicadamente, la nyosen se acercó a él y lo levantó en sus brazos. De una sola vez, pudo notar cuánto le dolía el cuerpo. Ahora tenía dolor por todas partes y con cada balanceo que la nyosen hacía al caminar, tenía que esforzarse para no llorar.

  

 

Habían entrado por la puerta de vuelta al Palacio Houro y habían caminado una corta distancia antes de encontrarse con Youka y otras nyosen que se daban prisa en llegar a ellos.

Las mujeres gritaron con horror al ver las raspaduras que cubrían a Taiki. La nyosen que lo había traído les explicó lo que había pasado y la mitad de ellas salieron por la puerta para lidiar con el desconocido.

—¿Qué tipo de persona haría algo así? —murmuró Youka, mirando agresivamente en la dirección que daba hacia el laberinto externo. Entonces, su rostro se llenó de lástima y se acercó a Taiki—. Pobre joven señor. Debes estar asustado. ¿Estás bien?

—Sanshi…

Youka asintió, entendiendo su preocupación sin necesidad de que dijera más.

—Sanshi estará bien. Aunque las heridas de una nyokai puedan parecer profundas, podrá curarse rápidamente. Estoy más preocupada por tus heridas, señor Taiki.

—C-creo que estoy bien.

—Puede ser, pero debemos regresar a la pagoda inmediatamente. Sanshi irá una vez se haya limpiado. No temas.

Taiki lo pensó un momento y asintió.

—Veo tu expresión, no te preocupes por lo que ha pasado —dijo Youka—. Es la naturaleza del kirin aborrecer la sangre. Hay kirin que con sólo olerlo caen enfermos.

—¿D-de verdad? ¿Así que los otros son como yo?

—Pues sí. Es por eso por lo que no debes atormentar tu corazón. Cuando Sanshi regrese, curaremos tus heridas.

Taiki asintió y entonces, alzando los brazos, dejó que Youka lo llevara en su cómodo abrazo.

Las nyosen se turnaron para cargarlo mientras regresaban lentamente a la Pagoda del Rocío Crepuscular.

  

 

En la habitación en la parte trasera de la Pagoda del Rocío Crepuscular, Youka acomodó al pequeño kirin en un gran cuenco lleno de agua y vapor medicinal.

Lo examinó cuidadosamente, le lavó la tierra de la piel y escuchó la historia del ataque del desconocido guerrero. Mientras le decía lo que recordaba, ella internamente maldijo al aspirante a rey que se atrevió a entrar a la montaña.

—Todavía no entiendo qué pasó —admitió Taiki.

Youka sonrió.

—Fui descuidada, eso es lo que pasó. Pensé que estarías a salvo porque el equinoccio de primavera ya había pasado. Por favor, perdóname.

—No creo que sea tu culpa, Youka.

—No, sí que lo es. Y debí haberte advertido del peligro. Me alegro de que no hayas sufrido ninguna herida seria. Estoy segura de que fue Sanshi quien te sostuvo cuando caíste inicialmente de la pared. Cuando vuelva debes mostrarle apropiadamente tu agradecimiento.

—Sí.

—Y debes prometerme que nunca saldrás, solo o incluso solo con Sanshi, a ningún lugar fuera del palacio si no hay nyosen presentes. No, por favor, prométeme que ni siquiera te acercarás a los límites.

—Me mantendré alejado de la puerta —dijo Taiki con la voz baja.

Youka asintió. Desdobló una toalla limpia y la envolvió alrededor del joven mientras él salía de la bañera, entonces, lo levantó y lo llevó hasta la plataforma elevada al fondo de la habitación que hacía las veces de cama. Sentándolo sobre las mantas que allí se encontraban, secó cuidadosamente su pequeño cuerpo.

—Todos los kirin deben escoger un rey —dijo después de un tiempo.

—¿Mm? ¿Por qué? ¿No es el hijo del rey el que se vuelve el nuevo rey?

—No. El rey solo es rey después de que el kirin lo haya escogido.

—No… lo entiendo.

—No estoy segura de cómo funciona exactamente, pues no soy un kirin, pero te diré lo que me han explicado a mí: dicen que Tentei es quien decide quién será el rey. Él, el más poderoso ser en los Cielos, sopesa las cualidades de muchos hombres, escogiendo el mejor preparado para traer orden a un reino.

—¿Pero no era el kirin quien escogía?

—Sí…pero es Tentei, el Emperador de los Cielos, quien informa al kirin de la decisión. No es como si Tentei te susurrara en el oído, sino que cuando conozcas al rey, simplemente lo sabrás. Tendrás una revelación.

—¿Qué es una revelación? —dijo, frunciendo el ceño.

—Es cuando te das cuenta de algo que llega repentinamente. Exactamente cómo sucede, solo los kirin lo saben. Lo reconocerás cuando suceda, estoy segura. Recuerda:

incluso el kirin más pequeño escogerá al rey.

—Está bien —dijo Taiki, un poco inseguro.

—Cuando llegue el momento, muchas personas que quieren ser el próximo rey de Tai subirán a Houzan. Te conocerán y escogerás.

—¿Quieres decir que vendrán como el hombre de hoy?

Youka asintió seriamente. Apartando la toalla que había utilizado para secar el pelo de Taiki, lo ayudó a colocarse la ropa interior. 

—Así es, como él, pero muchos, muchos más. Vendrán después del solsticio de verano.

—¿Y por qué en ese momento?

—Houzan se encuentra en la mitad del Koukai o Mar Amarillo. No es un lugar en que los hombres puedan entrar fácilmente, sin embargo, hay cuatro portones en la periferia del Mar Amarillo y cuando se abren, las personas tienen permitido el paso de forma segura. Esos portones sólo se abren uno a la vez en el equinoccio de otoño y primavera, y en el solsticio de verano e invierno. Los días en que uno de los cuatro portones se abre, es conocido como Día del Paso Seguro. En cualquier otro momento, los portones están muy bien custodiados.

—¿Solo se abren por un día?

—Sí, solo uno: desde la mañana de un día a la mañana del siguiente. Cuando volviste a nosotros, Taiki, fue justo antes del equinoccio de primavera y pensé que nadie que quisiera ascender podría llegar en tiempo a la montaña para pasar por el portón. Fue descuidado de mi parte. Te ruego que me perdones.

—V-vale, Youka.

—Creo que ese insolente pudo pasar en el último segundo. Los otros no aparecerán hasta el solsticio de verano. También debes saber que una vez se pasa por los portones, toma alrededor de media luna llegar a la montaña y una vez se está dentro del Mar Amarillo no podrán irse hasta la próxima vez que se abran los portones. Es por eso por lo que muchos aspirantes que llegan a Houzan traen tiendas y arman casetas alrededor del Palacio Externo Hoto, pues es el lugar destinado para que se queden hasta que puedan volver. Aunque los demonios y las bestias vagan en el Koukai, dichas criaturas no pueden poner un pie en los peldaños de Houzan, así que es seguro. Muchas personas se reúnen, algunas veces tantas que podrían formar un pueblo pequeño.

—¿Tantas? ¿Cómo sabré quién es el rey?

—No debes preocuparte. Tendrás una revelación y sabrás. Si no hay revelación, no importa lo buenos que sean los hombres reunidos, ninguno debe ser rey.

—Oh.

—Aun así, debes tener cuidado, pues hay tontos como el hombre de hoy, demasiados, temo decir. Vienen creyendo en los rumores que dicen que el que atrape al kirin será rey o que solo se necesita que el kirin se arrodille ante ellos. Tonterías, pero las creen y sus medios algunas veces son violentos.

—¿Es por eso por lo que el Palacio Houro está en medio de un laberinto?

—Esa es una de las razones. Después de todo, cuando la noticia del nacimiento de un kirin se disemina, siempre estarán esos que intentan entrar a hurtadillas y robarlo.

Taiki tembló.

—Cuando llegue el momento, te llevaremos fuera del laberinto. Hasta ese momento, no debes aventurarte tú solo. E incluso cuando estés dentro de las paredes, debes permanecer atento.

—Ya veo —dijo Taiki poco convencido.

Youka rio y acarició el pelo del chico.

—Confía en ti mismo, Taiki. Tú sabrás qué hacer. Cuando llega la revelación, el kirin se arrodilla ante el rey. Está en la naturaleza del kirin no arrodillarse ante ningún otro que no sea él. Incluso en los templos de Tentei y Seioubo, el kirin es el único que tiene permitido no arrodillarse.

—Oh...

—Entonces, harás tu juramento de nunca dejar al rey y de seguir sus órdenes: “Nunca dejaré su lado, seguiré su decreto, le serviré siempre con la mayor lealtad, este es mi juramento” o algo por el estilo.

Taiki asintió silenciosamente.

—Si el rey acepta, entonces tocarás su pie con tu frente, tocarás con tu cuerno su pie. Una vez eso pase, quien sea que ha sido escogido se convierte en rey. Como fue escogido por ti y tú eres el kirin de Tai, será el Rey de Tai, el que es conocido como Rey Pacífico. Y desde ese día, tú serás conocido como el Taiho de Tai.

—Eso suena muy complicado —dijo Taiki, incómodo con esta nueva responsabilidad, pero Youka simplemente sonrió.

—¿Eso crees? Hay mucho más, ¿sabes? Una vez escojas al rey, ascenderás más aún en Houzan. Allí, encontrarás el templo de Seioubo y llevarás al rey a ese lugar.

—Pero ¿cómo? Ni Sanshi puede subir ese pico.

Youka rio nuevamente.

—El camino se abrirá cuando llegue el momento. Ascenderás al templo y allí recibirás el Mandato del Cielo e irás al Reino de Tai. Pero no me vayas a preguntar qué es el Mandato del Cielo, porque solo el kirin y el rey saben la respuesta.

—Vale, no lo haré.

—Lo que sí sé es que hermosas nubes se formarán en el cielo desde Houzan hasta Tai. Caminarás por las nubes y descenderás a tu reino.

—¿En serio? ¿Y entonces?

—¿Y entonces qué? —Youka miró a Taiki. Su expresión de niño preocupado persistía.

—Quiero decir, ¿y entonces qué pasa? ¿Me voy a vivir a Tai?

—Claro.

—Espera, ¿así que no podré verte de nuevo? —Taiki sintió una ola de soledad a través de él—. ¿O a Sanshi? ¿O a Teiei? ¿O a las otras nyosen?

Youka suspiró y le dio a Taiki un abrazo, mientras él seguía sentado sobre un cojín.

—Así es. Las nyosen puede que no podamos volver a verte después de ese día, pero Sanshi permanecerá contigo. Estará contigo siempre, Taiki.

—¿Y si no quiero escoger al rey?

—Escoger al rey es tu deber más importante como kirin.

Taiki abrazó a Youka con sus delgados brazos y ella le dio palmaditas en la cabeza.

—Crecerás para ser un magnífico kirin y escogerás a un magnífico rey. Nunca temas, siempre estaremos cuidándote desde las alturas de Houzan.

Houzan era un lugar para criar kirin, pero los sabios que supervisaban el entrenamiento decidieron que era mejor que un kirin que se iba nunca volviera. Las manos de las nyosen estaban siempre ocupadas preparándose para el próximo kirin que nacería.

Youka pudo haberle explicado esto al joven, pero pensó que sería mejor no hacerlo.

—Es nuestro deseo más profundo que cumplas tu deber como Taiki. Es por eso por lo que estamos aquí.

Taiki asintió como si hubiera entendido, pero dentro, realmente no lo hizo… no entendía.

  

 

Días y semanas pasaron y aunque el clima nunca había cambiado, el gran calendario en el Palacio Houro mostraba que se acercaba el verano. El cambio de estaciones significaba que se acercaba el solsticio de verano, el día en el que el Portón Reikon o Portón de las Virtudes en la esquina sudoeste del Mar Amarillo se abriría.

—Taiki —llamó Teiei al joven kirin una mañana—. ¿Te peino el pelo?

Lo había estado viendo intentar recoger rocas del fondo del río y gritar enojado cuando sus mechones de pelo entraban al agua.

—Sí —dijo Taiki, sentándose en una roca en la ribera. La nyosen desenredó uno de los cordones decorativos de su cinturón, usándolo para amarrar su cabello color del acero. El cabello del kirin, que se cortaba ocasionalmente, ya le recorría la espalda. Solo atarlo ya no parecía satisfacerlo.

—¿Al menos puedo cortarme los mechones de la cara?

—Si insistes, lo cortaré como desees. Sin embargo, debes prometerme no arrepentirte después de tu decisión.

—No veo por qué necesito tener el pelo así —dijo el chico desalentado.

Teiei rio.

—Debes saber que tu pelo no se quedará de este largo cuando tomes tu forma de kirin. Cambiará para acomodarse a tu nueva forma, pero necesita tener cierto largo para poder hacerlo o sino estarás… peculiar. Así que, si tu cabello quiere crecer más, entonces debo decirte que todavía está muy corto.

—Supongo que lo podría saber si me pudiera convertir en un kirin aunque fuera una vez.

—Aun así, estoy muy segura sobre el pelo, joven señor. Ya, listo.

Ella observó mientras Taiki saltaba de vuelta al agua y salpicaba.

—¿Has escuchado la historia de Sairin? —lo llamó.

—¿Sairin? ¿Quién es?

—Hace mucho tiempo, hubo una kirin llamada Sairin, que estaba muy preocupada por su apariencia.

—El “rin” en su nombre muestra que es una mujer, ¿verdad? ¿La kirin de Sai?

—Correcto. Sairin envidiaba el pelo de las nyosen y ordenó que se le sujetara como

a ellas.

—¿Como el de una nyosen? ¿Con horquillas?

Teiei asintió. Mientras hablaba, sus manos seguían trabajando, añadiendo puntadas a la tela bordada en la que estaba trabajando.

—Sí, se echó aceite en el pelo, lo amarró firmemente y lo aseguró con muchas horquillas de diferentes colores. Todo estuvo bien hasta que un día, cuando una nube de tormenta apareció un día, se transformó sin pensarlo y volvió al palacio sin haber soltado su pelo. Cuando se transformó, su melena seguía amarrada y su cuello se había echado para atrás, torciéndolo. Nunca más pudo enderezarlo, o eso dicen.

Taiki rio fuertemente.

—Suena doloroso.

—Oh, lo es. Tú también debes tener cuidado, Taiki. Debes tener cuidado de no transformarte con tu pelo atado, no vaya a ser que sufras el mismo destino.

—Tendré cuidado —dijo Taiki entre risas.

Teiei sonrió y volvió a mirar sus manos.

Desde que ese tal Goson de la Provincia de Ba hubiera aparecido en los límites del palacio, dos o tres nyosen se quedaban siempre con Taiki. No se podía confiar solo en la nyokai para protegerlo, pues pelearía sin dudarlo contra cualquier amenaza y no sabía controlarse, pudiendo herir inintencionadamente al sensible kirin.

De hecho, el día del ataque de Goson, un simple baño no había sido suficiente para quitarle el hedor a sangre de Sanshi. Sin decirle nada a las nyosen, Taiki la dejó entrar a su cama como siempre hacía. Al día siguiente, el joven kirin había despertado con una terrible fiebre.

Era en estos momentos que Teiei se arrepentía más de la larga ausencia de Taiki. Si tan solo tuviera un shirei o dos, pensaba la nyosen.

El Mar Amarillo alrededor de las Cinco Montañas estaba infestado con todo tipo de demonios. Normalmente, un bebé kirin se aventuraría fuera, encontrando demonios y apaciguándolos, convirtiéndolos en sus shirei. Empezaría en la base de la montaña, jugando mientras apaciguaba a los pequeños que se reunían en las sombras. Estos primeros shirei serían inservibles, pero también inofensivos.

Si tan sólo Taiki tuviese más tiempo…

Pero, aunque se aventurara al Koukai, ¿sabría cómo apaciguar a un demonio? Teiei no estaba segura y tampoco podía enseñarle algo que no sabía. Normalmente era algo que un kirin entendía desde que nacía.

Si tan solo su ausencia hubiese durado cinco años y no diez.

Los kirin nacían en su forma bestial. Por cinco años permanecían así, antes de que sus cuernos crecieran. No podían hablar durante este tiempo, ni entendían las órdenes de las nyosen. Eran como unos polluelos, todavía aprendiendo todo.

Sin embargo, aunque el polluelo no sabe volar, el kirin ya posee el talento de correr a través de los vientos desde su nacimiento. Por lo tanto, el bebé kirin cruza las Cinco Montañas con la nyokai a su lado, reuniendo demonios y jugando con ellos. El kirin se alimenta solo de los pezones de la nyokai y durante esos primeros años, son resistentes ante las heridas y el olor de la sangre.

Después de esos cinco años, aunque el tiempo varía de kirin a kirin, un día toman la forma humana y empiezan a hablar el idioma de los hombres. Un poco después de eso, son capaces de cambiar de forma humana a bestial cuando les apetece. Por ese tiempo, las puntas de sus cuernos empiezan a aparecer y entonces se destetan y se consideran completos. Nadie tiene que enseñarles. Aunque nadie los llamara adultos hasta que su cuerno crezca completamente, estos kirin jóvenes ya poseen todas las habilidades de uno de su especie.

De esa forma, cuando un kirin es destetado, se difunde la noticia al reino natal, que es llamado así a pesar de no haber nacido allí, y se izan banderas de kirin en todos los templos a lo largo de la tierra. El izado de las banderas significa que un kirin adulto está en la montaña y que la elección del nuevo rey empieza. Aquellos que ven las banderas y sienten que ellos, sobre los demás, merecen el trono, empiezan su ascenso a Houzan.

Teiei suspiró.

Taiki ya no era un bebé kirin. El día en que regresó a la montaña, las banderas habían sido izadas en el reino de Tai. Decir ahora que no estaba listo era inútil: tendría que escoger un rey. Todos asumirían que sabe transformarse y que tendría varios shirei.

—¿Qué será de él?

Tal vez Taiki escuchó el susurro preocupado de Teiei, pues cuando se dio la vuelta para mirarla, lo hacía con ojos de duda. Pero Teiei negó con la cabeza.

Era mejor no decirle. Al igual que el asunto de su transformación, solo serviría para preocuparlo. No había ninguna nyosen que pudiera enseñarle.

Además, Taiki había recuperado su ánimo solo recientemente y no quería verlo frunciendo el ceño ahora.

Después de que Youka le hubiese dicho que nunca más regresaría a Houzan cuando escogiera al rey, Taiki se había molestado mucho. Parecía odiar la cercanía del solsticio de verano y las nyosen que lo cuidaban estaban muy preocupadas.

Pero solo se calmó cuando le dijeron que no era seguro que el próximo rey estuviese entre los que ascendieran la montaña en ese solsticio y que incluso algunos kirin esperaban estación tras estación por muchos años. La verdad era que algunos kirin se cansaban de esperar por un rey que nunca llegaba y se iban de Houzan a buscarlo ellos mismos. ¿Pero qué pasaría si el nuevo rey estaba entre los que llegarían?

Si hay algo que se pueda hacer, este es el momento.

Menos mal que todavía no había ningún aspirante al trono esperando en los campos rocosos del Palacio Externo Hoto. Aparentemente, el único que pudo pasar en el Día de Paso Seguro del equinoccio de primavera había sido Goson.

En cuanto a ese hombre… después de haber sido reprendido fuertemente por todas las nyosen, lo habían enviado de vuelta a la montaña sin comida ni agua, a que sufriera la suerte que el destino le tuviera deparado. Tendría que esperar en el Portón de las Virtudes hasta que fuese abierto en el próximo Día de Paso Seguro, sin embargo, esperar afuera del laberinto del palacio por tanto tiempo sin tener cómo defenderse de demonios y bestias no era nada fácil. Aunque lograra sobrevivir, se convertiría en el hazmerreír de aquellos que pasaran el portón en el solsticio. De igual forma Teiei sentía poca simpatía por él.

La nyosen mayor sabía que la actual ausencia de visitantes no deseados solo duraría hasta el solsticio de verano. Después de eso, habrá personas en el Palacio Externo Hoto a todas horas. Si Taiki fuera al Koukai a enfrentarse a demonios, quizá recordaría cómo apaciguarlos, pero comparado con un cachorro nacido en Houzan, Taiki tenía poca tenacidad y sería necesaria para sobrevivir a las peleas. Y cuando pensaba qué sería de él si algo iba mal, Teiei sabía que no podían arriesgarse a hacerlo.

—¿Te preocupa algo, Teiei?

La nyosen levantó la mirada y encontró al joven kirin mirándola fijamente.

—No —respondió después de una corta pausa.

—Estás preocupada por mí, ¿verdad?

Teiei rio. Ya Taiki sabía instintivamente que la única cosa que podía preocupar a una nyosen era el kirin. Ella se sentía feliz con su agudeza y su amabilidad al notar su humor la alegró más.

—Para nada —mintió.

—Pero…

—Solo estaba molesta con mi bordado. No debo decirlo en público, pero nunca he sido buena.

—¿Puedo ayudarte?

—Eres muy amable, pero si cosieras mejor que yo, tendría que retirarme en exilio de la montaña, avergonzada de las otras nyosen. Ahora, ve a jugar y no te preocupes.

Teiei sonrió y le dio palmaditas en la cabeza a Taiki.

Si solo pudiera conocer a otro kirin.

Un kirin quizá podría enseñarle las cosas que Sanshi y las nyokai no podían.

 

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