CAPÍTULO 2
Youka
estaba saliendo del túnel lleno de espíreas[1] cuando vio a Sanshi que
se aproximaba.
El pequeño claro del otro
lado del túnel estaba alfombrado con suave césped verde y las espíreas crecían
alrededor, tapando las raras formas de las rocas que delimitaban este lugar
cerrado. El grupo de espíreas que se encontraban sobre la salida del túnel
colgaban como una cortina de flores blancas.
Cuando Youka apartó la
cortina de flores con una mano, pudo ver a la nyokai bajando por la
cuesta de la montaña. La nyosen bajó el balde lleno de agua que había
estado llevando desde el Manantial Kaidou.
Sanshi bajó galopando
sobre la retorcida faz de las rocas, cosa que habría sido imposible hacer para
un jinete normal. No era exactamente raro que una nyokai se encontrara
en la cuesta de la montaña, lo que llamaba su atención era que ya había pasado
mucho tiempo desde la última vez que había sido vista en Houzan. Últimamente,
Youka había estado pensando en ella.
—Bienvenida a casa,
Sanshi.
La nyokai frecuentemente
dejaba las montañas, partiendo hacia el este. Algunas veces, sus viajes la
alejaban de casa por más de un mes. Todas las nyosen en el Palacio Houro
sabían por qué se iba. Cuando regresaba parecía extremadamente exhausta, pues
caminaba hasta que su fuerza casi la abandonaba.
—Has llegado en buen
momento, acabo de ir por agua. Descansa —Youka hizo un gesto que señalaba un
suave pedazo de pasto y Sanshi dobló dócilmente sus patas de leopardo,
descansando su cuerpo de alabastro bajo las espíreas colgantes—. Esta vez
estuviste fuera más tiempo. ¿Viajaste hasta el borde del Mar Amarillo?
Youka sabía que, de
poder, la nyokai cruzaría las Montañas Diamante que rodeaban el mar y
llevaría su búsqueda más al este, pero ninguna criatura podía pasar de ese
lugar. Youka no sabía por qué era imposible, pero lo era.
—Ten, bebe —Youka levantó
su balde y lo sostuvo cuidadosamente y Sanshi puso sus labios en el borde.
Cuando la nyokai levantó su rostro nuevamente, Youka tomó la tela de su
manga, metiéndola en agua fría y tras empaparla la usó para tocar las patas de
Sanshi. Podía sentir el calor de sus músculos a través de la tela mojada—. Por
Dios, qué hinchada estás.
Youka envolvió la tela
alrededor de las patas de Sanshi. La nyokai cerró sus ojos perfectamente
redondos y descansó su cabeza sobre unas ramas de espíreas. El peso hizo que
los pétalos se esparcieran en el suelo.
No parecía que hubiese
pasado mucho tiempo en este lugar desde esa vez que los arbustos habían sido
arrancados de raíz y que ni un solo tronco había permanecido intacto después
del fuerte viento, pero eso pasó hace diez años.
—¿Te sienta bien la tela?
No deberías viajar tan lejos sin descansar.
—Sanshi no respondió, como era usual.
El shoku había
sido el más terrible que las personas pudiera recordar. Toda la tierra
alrededor de las Cinco Montañas había sido sumida en el caos y aunque la
tormenta no había dejado prácticamente ningún cambio en las montañas había una
trágica excepción: la fruta del árbol blanco había sido arrancada. En la
víspera de su pérdida, la nyokai había gritado y llorado y desde ese
día, nadie la había vuelto a escuchar hablar.
Youka acarició
cuidadosamente las cuatro patas de Sanshi, limpiándolas con otra tela.
—Tus pies te deben doler
mucho. Debes ir al río y relajarlos allí.
Mientras Youka vaciaba el
balde en el suelo, la nyokai se levantó y empezó a alejarse, sin
embargo, sus inestables patas tomaban un camino que no llevaba al río. Se
dirigía al shashinboku. Youka comprendió, así que no intentó detenerla.
Sabía bien cómo se sentía Sanshi.
Cuando el pequeño ranka
que llevaría al próximo kirin había aparecido en el shashinboku,
a Youka le habían dicho que ella también cuidaría de la maravillosa criatura
que crecía allí. En el mundo de abajo, era muy poca la probabilidad de que una
persona ordinaria llegara a conocer a un kirin. Cuidar de éste iba a ser
la primera tarea importante de Youka desde que fue llamada a Houzan después de
su ascendencia, también iba a ser la primera vez que vería a un kirin de cerca.
Pero la fruta se había
perdido y las diestras manos de Youka, que ya estaban devotas a cuidar de su
amo no nato, habían sido dejadas sin ningún propósito, volviéndolas recipientes
vacíos que colgaban inútilmente en su lugar. La pérdida de Sanshi provocó que
los pechos en su parte humana se redujeran al tamaño de los de una niña,
dejando solo pequeños bultos. Sin embargo, las dos filas de pezones en su parte
de leopardo estaban rojas e hinchadas. De forma similar, Youka también tenía
algo acumulándose dentro de ella, afligiéndola y pidiéndole un propósito.
Diez años han pasado
desde que el ranka se perdió y las nyosen de la montaña se han
convencido de que Taiki se ha ido para siempre. En poco tiempo, dicen, un nuevo
ranka crecerá en el shashinboku. Esto significará que el kirin
perdido ha muerto en el otro mundo y que será tiempo de empezar nuevamente.
Sin embargo, aunque ahora
parecía imposible que Taiki fuera a aparecer nuevamente, Sanshi no perdía la
esperanza y todavía vagaba buscando en el este. Youka también pasaba sus días
preparándose para el regreso del desaparecido: rezaba por su bienestar,
arreglaba los adornos de su habitación y aprendía todo lo que podía sobre el
adecuado cuidado de los kirin. Se sentía obligada a hacer estas cosas.
No podía abandonar el compromiso que su corazón había adquirido y por esta
razón entendía a Sanshi y la profundidad de su dolor. Sanshi no se relacionaba
con ninguna otra nyosen, solo con Youka compartía una amistad silenciosa.
Con un rastro de
tristeza, Youka observó a su amiga mientras esta partía. Sanshi arrastraba
ligeramente las patas a través de las losas mientras su espalda blanca
desaparecía en una curva en el laberinto rocoso. La mujer acababa de levantar
su balde y se daba vuelta para buscar más, cuando la cortina de flores blancas
se abrió y otra nyosen salió del túnel.
—¿Has visto a Sanshi?
Youka se dio la vuelta y
miró hacia el camino por el que la nyokai se había ido, pero ya no se
veía.
—Estaba aquí hace un
momento, se fue por allí, en dirección al árbol.
—Entonces debes ir tras
ella inmediatamente.
—Pero iba a buscar agua.
—Es una orden de la
Genkun.
Los ojos de Youka se
abrieron con sorpresa.
—El ranka de Tai
ha sido encontrado.
Youka
alcanzó rápidamente a Sanshi y se apresuró a llegar a la Pagoda de la Tortuga
Blanca con ella, donde Gyokuyou la esperaba.
Los muchos edificios en
el Palacio Houro eran pequeñas pagodas y salones de té sin puertas, pequeños y
delicados. No necesitaban paredes pues las rocas proveían resguardo del viento
y el clima en Houzan era moderado, ni muy caliente ni excesivamente frío.
Youka corrió por el
angosto camino, subió cinco escaleras de piedra blanca y entró al palacio
corriendo sobre el suelo de piedra blanca. Teiei llegó corriendo a través de
otra puerta al mismo tiempo.
—He traído a Sanshi. —Youka
se postró en el medio de una gran habitación octogonal.
Gyokuyou asintió como
señal de bienvenida desde la silla en la que estaba sentada. Tomando su lugar
en el suelo junto a Youka, Teiei levantó su cabeza.
—¿Es verdad? ¿Se ha
encontrado el ranka de Tai?
—Sí, el kirin de
En lo encontró por nosotros.
—¿De verdad Taiki ha sido
encontrado?
Era un milagro. Aunque
nadie realmente lo haya dicho, cada una de las nyosen de Houzan se había
rendido en su corazón. En otras ocasiones un kirin había llegado a Hourai,
pero aún esos que permanecieron por mucho tiempo en esa extraña isla habían
regresado en la mitad del tiempo de la ausencia de Taiki. Encontrar a un kirin
tras una búsqueda de diez años era increíble.
Gyokuyou sonrió con
calidez.
—Así es. Ya que fue a Aquel
Lugar y se convirtió en un taika, su forma seguramente cambió, pero
el aura de un kirin puede ser identificado por otros de su mismo tipo.
Por esa razón, le pedí a los kirin de todos los reinos que cruzaran el
Mar del Vacío y buscaran a Taiki. Hoy, al fin uno me ha dado una respuesta.
El ranka que se
llevaba el shoku se alojaba en los estómagos de las mujeres de Aquel
Lugar. Dicha fruta era conocida a partir de ese momento como taika o frutos del vientre.
—¿Y el Taiho de En ha
traído noticias?
Gyokuyou llevó un abanico
grabado con jade hasta sus labios y sonrió nuevamente.
—El Taiho de En ha
viajado muchas veces a través del Mar del Vacío. Pensé que él sería el más
indicado para encontrar al kirin y así fue —No era considerado algo
bueno que un kirin dejara su reino tan frecuentemente pero el Alto
Oráculo nunca se tomaría el atrevimiento de censurar a su benefactor—. Un kirin
fue encontrado en Hourai. Como el único kirin actualmente perdido es
Taiki, entonces debe ser él.
—Sí…
Así que el kirin
realmente volvería.
—Debemos reunir a las nyosen
—empezó a decir Teiei, pero Gyokuyou hizo una señal de silencio.
—No hay necesidad.
—Pero…
Gyokuyou negó con la
cabeza y entonces se dirigió a Sanshi quien se encontraba boquiabierta tras
Teiei y Youka. La Genkun dejó su abanico en una pequeña mesa y extendió los
brazos.
—Sanshi, acércate.
Sanshi empezó a caminar
hacia el Alto Oráculo como si estuviera en un sueño.
—Te dije que lo
encontraríamos y ya puedes ver que no era mentira —Gyokuyou tomó la mano de la nyokai—.
Tomó más tiempo del que me hubiera gustado, pero me perdonarás —Apretó
fuertemente las manos de Sanshi entre las suyas—. Ve al shashinboku, en
su base habrá una puerta. Podrás tomar al kirin con tus propias manos.
Lágrimas humedecieron los
ojos de Sanshi, pero no lloró. Rápidamente se dio la vuelta y corrió fuera del
palacio.
Gyokuyou siguió con la
mirada a la nyokai mientras partía. Sanshi bajó por las escaleras,
desapareciendo rápidamente a través de los caminos del laberinto.
El Alto Oráculo miró a
Teiei y sonrió.
—¡Las festividades llegan
a Houzan al fin!
Sanshi
corrió tan rápido como el viento, su esperanza la impulsaba. Corrió hasta el shashinboku,
el lugar sagrado donde había yacido todas las noches que había pasado en esta
montaña desde el día en que había nacido. Allí, cerca del grueso tronco, había
una joven de pie. La mujer, que tenía la apariencia de una dama importante, señaló
el suelo a sus pies. Allí había un aro de luz blanca brillando.
Las nyosen ya se
habían reunido, pero Sanshi no hizo más que verlas de reojo.
El shashinboku
crecía en la parte superior de un acantilado, sobre una gran capa de roca
cubierta de musgo. La extraña mujer se encontraba de pie debajo de las blancas
ramas del árbol. Mientras Sanshi se acercaba, pudo ver que el aro plateado en
el suelo no era un aro sino una gran serpiente, una con escamas de platino y
dos colas. La criatura estaba enroscada en forma de bucle, con su propia boca
apretando el final de una de sus colas.
El círculo que la
serpiente formaba estaba lleno de un pálido brillo. A Sanshi le parecía como si
una luz de alguna fuente desconocida alumbrara desde arriba y al mismo tiempo,
un brillo alumbraba desde el musgo debajo.
Sanshi se detuvo y la
dama sonrió, estirando elegantemente su brazo. Con su otra mano, agarró
firmemente la cola libre de la serpiente.
—Tú eres Sanshi.
Sanshi miró primero a la
mujer y luego al aro de luz que formaba la serpiente. Era tan ancho como un
círculo formado con sus brazos y ahora podía ver niebla blanca, pero tras mirar
más de cerca, se dio cuenta de que lo que veía era un túnel de luz borrosa que
se convertía en una apertura vagamente visible al otro lado. Había un panorama
en la salida, uno nada familiar. Había edificios en un estilo que no reconocía,
un área cerrada parecida a un jardín y algo como una luz redonda y dorada. Para
Sanshi eso era suficiente.
Taiki.
—Toma mi mano y cruza. No
te sueltes —advirtió la dama. Sanshi estaba segura de que nunca había visto a
esta persona, pero la nyokai no se preocupaba por esas cosas en este
momento. Agarró la mano de la mujer y entró al círculo de luz.
Sopló un vigoroso aire
frío a su alrededor. Algo blanco y frío como pétalos de espírea caía al otro
lado del túnel.
Cuando entró
completamente al túnel de luz, sintió como si la levantaran lentamente, de
repente, no pudo distinguir arriba de abajo. Flotaba a través del espacio y
descubrió que ahora podía llegar al otro extremo. La dama la seguía.
—Ve, ve tan lejos como
puedas.
Lentamente, como si su cuerpo
estuviera hecho de nubes, Sanshi avanzó. A medida que continuaba, el movimiento
se hacía más difícil, pero pudo llegar hasta el final, extendiendo un brazo a
través de la apertura.
Ahora el extraño paisaje
llenaba su visión: pétalos blancos y fríos bailando a través de un cielo
oscuro, y allí, rodeado de la fría danza, se encontraba la luz dorada.
La luz tenía la forma de
un pequeño niño, pero para la nyokai no era más que un canistel, el
canistel que debió haber arrancado del shashinboku hace diez años. Era
él, era Taiki. Era tan grande como para sostenerlo entre sus brazos y brillaba
con un lustroso color dorado.
Sanshi intentó acercarse,
estirando sus dedos lo más que pudo, pero no alcanzaba la forma dorada. Seguía
firmemente agarrada a la mano de la mujer e intentaba estirar su cuerpo,
moviendo los dedos a través del aire frío. Llamó al canistel y él se acercó,
cerca, más cerca, hasta que finalmente estuvo a su alcance.
¿Cuánto tiempo he soñado con esto?
Los dedos de Sanshi tocaban la
fruta y la agarró fuertemente. Con delicadeza lo llevó hasta ella y él fue sin
oponer resistencia, arrancado de su mundo y llevado hasta los cálidos brazos de Sanshi.
Caminó
hasta la mano blanca que lo llamaba, inseguro de qué debía hacer. Mientras se
acercaba, la mano parecía sentir su presencia. Dudó y los copos de nieve caían
a su alrededor, la mano se estiró y lo agarró de la muñeca. La mano estaba
increíblemente cálida contra su piel congelada.
Tenía la intención de
descubrir cómo alguien podía caber en el pequeño espacio detrás del granero,
pero ahora que había llegado allí, tenía dificultades para discernir el
paisaje: todo estaba borroso como si agua hubiese caído sobre sus ojos,
haciendo indistinguibles los contornos de las cosas y edificios.
Cuando la mano tomó su
muñeca, sintió una sensación peculiar, como si estuviera flotando y se dio
cuenta de que lo estaban llevando a alguna parte, a un lugar desconocido.
Pronto se vio a sí mismo en un lugar blanco lleno de niebla incolora y aunque
no podía decirlo con seguridad, tenía la sensación de estar dentro de una suave
esfera. Era muy cálido y un suave viento soplaba desde algún lado.
No había ninguna
superficie dura bajo sus pies, nada sólido a su alrededor y aunque descubrió
que podía avanzar, la suave niebla bajo la planta de sus pies no parecía como
algo que conociera. A su mente llegó la idea de que tal vez así sería caminar
sobre una nube.
Sabía que había alguien
cerca que lo agarraba firmemente de su brazo, pero no pudo ver quién. Algo se
movía en la niebla, una forma del color de la leche fresca o al menos eso creía.
La mano en su muñeca lo
sujetaba hacia otra dirección y él permitió ser arrastrado. Extrañamente no
sentía miedo. Después de sólo un momento, que duró el tiempo que se tarda en
caminar por un pasillo corto, su cabeza salió de la niebla de la forma que la
cabeza de un nadador sale de la superficie del agua.
Volver a ver
repentinamente la cálida luz del sol lo sorprendió y cuando dio un paso
adelante y sintió suelo bajo sus pies, se quedó confundido.
Ante sus ojos se
levantaba un árbol poco familiar y mientras sus ojos se acostumbraban a la luz,
vio que su tronco era de un color blanco puro. Parecía no estar hecho de madera
sino de un metal pálido. El tronco era muy grueso, pero no muy alto y sus brillantes
ramas se extendían en todas direcciones, cayendo un poco en las puntas.
Más allá de las ramas,
vio un paisaje extraño. Intrincadas rocas se retorcían y se unían para formar
formas raras y verdosas. Muchas mujeres se encontraban de pie a la distancia,
vestidas con una moda que nunca había visto.
Y la más rara de todas
era quien sostenía su mano, si es que de hecho era una mujer. Parecía ser mitad
humana, desde la cintura para abajo su forma era de un leopardo o tigre. Su
rostro era plano y sus ojos redondos eran de un color indescriptible. Ahora sabía que debía estar asustado, pero por
alguna razón, el miedo no llegaba. Más bien, pensó que los ojos de la rara
mujer eran los más amables que jamás había visto.
—Taiki —dijo la mujer
bestia. Pero él no sabía qué significaba esta palabra ni tampoco que era la
primera palabra que Sanshi decía en diez años—. Taiki.
Sus suaves dedos
acariciaban su pelo y lágrimas caían de sus ojos redondos. Sin pensarlo, tomó
su mano como si fuera la de su madre y la miró a los ojos.
—¿Pasa algo? ¿Estás
triste?
La mujer bestia negó con
la cabeza. No negaba su tristeza, sino que le hacía saber, como una madre
haría, que no necesitaba preocuparse.
—¿Taiki? ¿Es él?
Escuchó una voz y se dio
cuenta de que ahora había mucha gente reunida alrededor del árbol blanco. Sus
suaves voces lo rodearon como una lluvia de verano y mientras intentaba
entender qué pasaba, una mujer se acercó.
—Qué raro.
—¿Quién eres?
La mujer se arrodilló
ante él.
—Mi nombre es Gyokuyou y
no he visto un pelo como el tuyo en muchos siglos
—Se acercó y acarició el
pelo con sus dedos—. Eres un kokki,
un kirin negro. Realmente muy poco común.
—¿Y eso es malo?
—preguntó el chico, sin mirar a la mujer delante de él sino a la mujer bestia
que se encontraba a su lado. De alguna forma, muy dentro de él, entendía que
era en ella con quien debía contar, era en quien debía confiar.
Una vez más, la mujer
bestia negó silenciosamente con la cabeza.
—No es malo, sino todo lo
contrario, ¡una señal de buena suerte! —dijo la mujer enfrente de él—. Naciste
en Aquel Lugar así que seguro ya tienes un nombre, pero aquí serás
conocido como “Taiki”.
—¿Taiki? ¿Por qué?
—Porque así debe ser.
—Pero ¿dónde estoy?
Pensé… que estaba en el jardín.
El chico no era tan
pequeño como para no darse cuenta de que algo realmente inusual estaba pasando
y al ser enfrentado con tantas cosas nuevas, se sintió inseguro, como si lo que
conocía como verdad se volviera algo inestable. Quería aferrarse a algo
familiar.
—Este es Houzan, la
Montaña del Ajenjo. Es aquí donde perteneces, Taiki.
—No es verdad… no
entiendo, señora.
—Ya lo harás, con el
tiempo. La nyokai que te ha traído hasta aquí se llama Sanshi, Sanshi
Haku. Ella cuidará de ti.
Levantó la mirada hacia
la mujer bestia a su lado.
—¿Sanshi?
Gyokuyou ya había girado.
—Y ella es la Taiho de
Ren.
Se refería a la mujer de
cabello dorado que se encontraba de pie junto al tronco del árbol blanco.
Cuando se dio la vuelta
para mirar a la mujer, vio cómo una serpiente blanca se enredaba en su brazo y
se transformaba en un brazalete blanco. La serpiente tenía dos colas que se
unían para convertirse en las cadenas del brazalete, o eso pensaba él, pues
estaba demasiado sorprendido para saberlo.
—Debes darle las gracias
—dijo Gyokuyou—, pues fue ella quien nos prestó un gran tesoro y permitió que
Sanshi fuera a por ti.
Miró a la sonriente mujer
y luego miró nuevamente a Sanshi, ella asintió aprobando, así que él hizo una
reverencia con la cabeza.
—Muchas gracias.
La mujer casi rio.
Entonces, Gyokuyou se levantó, como si ya hubiera visto todo lo que necesitaba
ver. Se dio la vuelta y empezó a alejare.
—Um, ¿Gyokuyou?
—Taiki —Taiki miró hacia
Sanshi, un poco sorprendido de oírla hablar nuevamente—. Debes llamarla Lady
Gyokuyou.
El chico asintió. Era
raro, pero lo que Sanshi decía le parecía algo natural, como si le dijera cosas
que ya sabía y sólo había olvidado momentáneamente. Lo mismo sucedía con el
nombre “Taiki”, aunque nunca lo había escuchado antes, sentía que siempre había
sido llamado con este nombre porque Sanshi lo
utilizaba.
—Lady Gyokuyou… —empezó
nuevamente, inseguro de cómo expresar su confusión—. Hay muchas cosas que me
parecen raras.
El Alto Oráculo sonrió.
—Pronto te acostumbrarás
si escuchas a Sanshi. Hazle a ella todas tus preguntas.
Se dio la vuelta
y miró a Sanshi nuevamente. Ella también sonreía,
o al menos él sentía que sonreía, pues su rostro
mostraba pocas emociones, así que era difícil de distinguir.
—Está bien.
Apretó la mano de Sanshi
y ella apretó la suya en respuesta.
—¡Sanshi,
Sanshi, cuidemos del chico!
—Ven por aquí, Taiki, te
vestiremos.
—Primero hay que darle
agua, ¿o quizá prefieras un durazno?
—Sí, o una ciruela o una
pera…
Una vez Gyokuyou y la
mujer con el brazalete partieron, las nyosen rodearon a Taiki y
empezaron a armar un gran alboroto.
Por las sonrisas en sus
rostros, pudo sentir que era bienvenido, pero se sintió sobrecogido por la
rareza de las circunstancias. Se agarró fuertemente de la mano de Sanshi y se
inclinó hacia ella, lo que hizo reír a todas las mujeres.
—¡Mira cómo se le pega!
—Sanshi, no lo acapares
todo para ti sola.
—¡Ven aquí, Taiki!
De pie, a unos pasos de
allí, Teiei aclaró su garganta y habló a las nyosen:
—¿Qué va a pensar Taiki
si lo rodean así? Denle espacio, chicas. Déjenlo con Sanshi por ahora —Miró
hacia Youka, que esperaba en un costado—. Llévalo a la Pagoda del Rocío
Crepuscular, allí estará bien.
Teiei sabía que la nyosen
más joven había preparado este templo para Taiki hacía mucho tiempo. El pecho
de Youka se llenó de emoción, era consciente del honor que había recibido. Hizo
una reverencia a Teiei y entonces se dio la vuelta, se arrodilló ante el niño y
lo miró a los ojos.
—Bienvenido a casa, señor
Taiki. Su llegada nos trae mucha alegría.
Taiki sintió cómo el brazo
protector de Sanshi se relajaba. Amablemente lo empujó hasta que estuvo frente
a frente ante la mujer arrodillada.
—¿Quién eres?
—Mi nombre es Youka, señor
Taiki.
—¿Lady Youka?
Las otras mujeres
estallaron en risas. La mujer llamada Youka sonrió.
—Youka a secas. Solo
debes referirte así a la Genkun.
—¿La Genkun?
—Sí, a Lady Gyokuyou.
Taiki miró a Sanshi y
ella asintió. Esa era suficiente afirmación para él.
—Bien, Youka —Hizo todo
lo que pudo para sonar formal y educado. Sentía que este era un momento
importante y quería dar una buena impresión a todas estas señoras amistosas,
pero su curiosidad podía más que él—. ¿Qué tipo de persona eres? ¿Está bien si
te pregunto? ¿Y por qué me das la bienvenida? Nunca te he visto en mi vida.
La sonrisa de Youka se
hizo más grande.
—Soy una nyosen en
Houzan y usted es el señor de Houzan. Usted nació aquí, señor Taiki.
Los ojos de Taiki se
abrieron como platos y miró fijamente a Youka.
—Nací… ¿aquí?
—Sí —Asintió la nyosen—.
Este es su hogar, por decirlo así.
—Pero…
Youka negó con la cabeza.
—Ha estado perdido por
mucho tiempo, señor Taiki. Una gran calamidad cambió los Cielos y la Tierra, y
usted fue llevado a otra tierra. Lo buscamos… buscamos por mucho tiempo —Mientras hablaba, su rostro
tenía una expresión de alegría, pero había algo de tristeza en sus ojos—. Nos
preocupamos por muchos años, no sabíamos dónde estaba. Ahora que ha regresado a
nosotros, no podríamos estar más felices.
Taiki simplemente miró a
la nyosen.
Así que nunca pertenecí a casa… a ese lugar.
Al momento que el
pensamiento se formó, la verdad se hizo evidente.
Esas palabras tan simples
“Bienvenido a casa”, explicaban todo: por qué su abuela lo odiaba tanto, por
qué siempre se había sentido diferente. No se había llevado bien con su
familia. Y no era que él no quisiera llevarse bien con ellos, en realidad lo
quería mucho y había hecho todo lo posible para actuar como creía que debía
hacerlo, pero siempre había existido una brecha entre él y el resto, una brecha
incruzable e irrellenable.
Como muchos chicos de su
edad, en sus ensoñaciones a veces pensaba que había sido adoptado. Lo había
pensado muchas veces y ahora resultaba ser cierto.
—¿Eso quiere decir…? —Sus
ojos se movieron de Sanshi a Youka—. ¿Que Sanshi es mi madre real?
Ambas negaron con la
cabeza.
—Sanshi es su sirviente, señor
Taiki. Está aquí para cuidar de usted. Y yo no soy más que una nyosen.
Es mi deber llevar a cabo todas las tareas que le permitirán vivir en paz y
comodidad.
—¿Y entonces dónde está
mi madre real?
Youka miró las ramas
sobre sus cabezas.
—Creció en este árbol
como una fruta, señor Taiki. Es una bendición de Tentei.
Taiki miró el árbol. Al
ser tan joven, nunca le habían dicho de dónde venían los bebés, así que la
explicación de Youka no le pareció particularmente rara, aunque sentía que era
algo diferente a lo que conocía.
Las ramas plateadas del árbol no
tenían frutas, ni flores ni hojas. Cuando
llega la temporada, pensó, este árbol
debe llenarse de frutas rojas. Supuso que la fruta que lo concibió había
sido grande y redonda, y hasta quizá un poco abultada. Podía imaginarse la
fruta cayendo en el suelo y a él saliendo, dando tumbos.
Parecía una forma rara de
nacer, pero siempre se había sentido una persona diferente a los demás, así que
un nacimiento inusual tenía perfecto sentido.
Así que es por eso.
Había crecido en un
árbol. Es por eso por lo que su abuela lo odiaba, por qué le daba tantos
problemas a su madre.
No tengo padres.
No sabía cómo eso era
posible, pero sabía que era verdad. El pensamiento se deslizó dentro de él,
acomodándose en un lugar de profunda convicción. Estaba seguro de que no era
mentira y tampoco parecía una equivocación, pero aun así lo hacía sentirse muy
triste.
—¿Qué pasa? —preguntó
Youka. Y el chico se mordió el labio y negó con la cabeza. Sanshi puso un brazo
a su alrededor y él se aferró a ella con toda su fuerza.
Ahora lo sé.
Fragmentos de recuerdos
aparecían en su mente.
Su abuela siempre
molesta, su padre regañándolo… nunca podía cumplir sus expectativas, no
importaba cuánto se esforzara. Su madre discutiendo constantemente con su padre
y su abuela por él, y al final, siempre se iba a llorar sola. Su hermano menor
siempre culpándolo de todo.
“Tenemos un problema.”
Otra escena dolorosa
apareció en su mente. Había escuchado el tono de decepción en la voz de su
joven profesora.
“No se está ajustando
bien a la clase”. Lo miró con una expresión de desesperación. “No puedo evitar
sentir que es un problema que un niño de su edad no tenga amigos.”
En la boca arrugada de su
abuela apareció una expresión de molestia.
“¿Qué te pasa? ¿Por qué
no puedes hacer amigos?”
“Madre, no es así. Los
otros niños lo rechazan”. Su madre defendiéndolo nuevamente.
“Si lo hacen es porque es
muy terco. ¿Por qué no puedes hacer amigos como los otros niños?”
“No juegan con él porque
es un debilucho”. Hasta a su hermano nunca pareció caerle bien.
“Haz silencio. Te estás
convirtiendo en un bravucón. Si tu madre no reacciona y los endereza, quién
sabe cómo terminarán”. Su abuela miró a su madre. “¿Y a ti quién te enseñó a
criar hijos de esta forma?”
“Madre, por favor”.
Las regañinas de su
abuela siempre terminaban con la conclusión de que todo era culpa de su madre.
Entonces su madre lloraría sola.
“¿Por qué no puedes ser
normal como los otros niños?” preguntó su padre con un suspiro. Por supuesto,
él no respondió nada. “Al menos haz un esfuerzo por no molestar tanto a tu
abuela”.
“Lo siento”, dijo por
enésima vez. No había más nada que pudiera decir.
“¿Ves? Otra vez se enfadaron
conmigo por tu culpa. ¡Deja de molestar a la abuela! Luego me regaña a mí”.
“Lo siento”, dijo a su
hermano menor.
Había intentado -estaba intentando- con todas sus ganas,
pero nunca obtenía resultados y no entendía el porqué. Había empezado a sentir
que su existencia era una cosa vergonzosa, una terrible carga para su familia.
Él era la piedra en el zapato que, si solo desapareciera, haría que todo funcionara
mejor.
Todo era verdad.
Realmente había sido adoptado. Nunca
pertenecí a esa casa. Y aun así, cuando intentaba recordar, su casa parecía
un lugar cálido y predecible. Echaba de menos a su madre y a su padre, hasta a
su hermanito y a su abuela.
Si se hubiera esforzado
más quizá las cosas habrían ido mejor, tal vez no habrían regañado a nadie,
nadie se hubiera enfadado con él y nadie hubiera llorado.
Pero nunca volveré a casa.
Una lágrima cayó por su
ojo. No eran lágrimas de nostalgia, eran lágrimas de despedida.
La separación estaba completa.


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