CAPÍTULO
8
A
Youko le fue dada una hermosa suite de techo alto. La decoración, desde los
muebles hasta el jarrón de agua, e incluso los delicados vasos sobre la mesa,
era de gran elegancia. La habitación principal era inmensa y tenía grandes
ventanales. Había arreglos florales aquí y allí e incienso, Youko podía
imaginar la sorpresa que un granjero a las afueras de Kou sentiría si viera un
lugar así.
Ya que se había acostumbrado mientras viajaba a los
lugares baratos, Youko también se sentía sorprendida. No podía acomodarse,
había querido retirarse a su habitación para darse un tiempo y pensar las
cosas, pero la decoración y las mullidas sillas eran incómodas. La mesa lacada
tenía acabados de madreperla e incluso se verían sus huellas digitales de
haberla tocado. Hasta dudó cuando quiso sentarse allí con la barbilla sobre las
manos.
Caminando por la habitación, notó que había una puerta
que daba a una habitación anexa más pequeña. Se dirigió allí, pensando que
quizá era un lugar donde se podría relajar. La puerta a la habitación más
pequeña era una delgada puerta corrediza de tres paneles con intricados diseños
florales por todas partes, la puerta se corrió hacia un lado. Había una
plataforma en la entrada y el resto de la habitación estaba fuera de su vista
por una gran cortina de seda. Youko apartó la cortina y encontró un edredón
brocado que se extendía desde el umbral hasta la pared más lejana. Si esto
quería decir que toda la habitación era su cama, entonces era una broma muy
mala. Le era imposible imaginarse acostada para reflexionar sobre sus
pensamientos en una cama tan vasta y mucho menos podía imaginarse durmiendo
allí.
Sintiéndose fuera de lugar, Youko fue hasta los grandes
ventanales que iban del piso hasta el techo en una esquina de la habitación
principal. Los marcos de las ventanas eran intrincadamente detallados y el
mismo vidrio tenía colores brillantes. Tras los paneles brillantes, pudo ver un
gran balcón.
Como el Rey Eterno había prometido, le habían dado una
habitación con una terraza que daba al Mar de Nubes.
Youko abrió la ventana y una fresca brisa salada sopló
contra su piel, removiendo el aroma del incienso que la rodeaba. Abrió un poco
más la ventana y pasó a través de ella para llegar a la gran terraza hecha de
piedras blancas que rodeaba la circunferencia del edificio. Caminó un poco y se
recostó contra la barandilla para ver el mar de nubes bajo ella. La luna estaba
baja, amenazando con hundirse bajo este mar sobre el cielo.
Mientras
Youko se encontraba allí viendo las olas chochar contra las rocas de más abajo,
escuchó el sonido de pequeñas pisadas tras ella y se volvió para ver a una
figura familiar de pelaje gris acercándose.
—¿Saliste a caminar?
Rakushun sonrió.
—Algo así. ¿No podías dormir?
—No. ¿Tú tampoco, Rakushun?
—¡¿Quién podría dormir en una habitación así?! Hasta
llegué a desear estar en una ruinosa habitación de alguna posada.
—Lo mismo pensé —dijo Youko de acuerdo.
La rata se rio fuertemente.
—Eso no es lo que esperaría de ti. Tienes tu propio
palacio allí afuera, ¿sabes?
La sonrisa desapareció del rostro de Youko.
—Tengo uno, ¿verdad?
Rakushun se acercó hasta su lado.
—El palacio real de Kei está en Gyouten, en la
provincia de Yei. Se llama Palacio Kinpa o el Palacio de las Olas Doradas.
Youko asintió. Sabía que había existido un tiempo en
que había soñado en vivir en un palacio así, pero ahora realmente la idea no le
interesaba. Rakushun permaneció en silencio por un momento antes de volver a
hablar.
—Dime, Youko.
—¿Sí?
—Esta falsa emperatriz, Joei… ¿Tiene a Keiki, no es
así?
—Eso parece.
—Bueno, verás, estaba pensando, si el Rey de la Colina
de Kou realmente no te quiere tener en el trono, hay algo que podría hacer.
—¿Dices matar a Keiki?
—Sí. Si Keiki muere, tú también morirías. No has subido
al Houzan para recibir tu mandato ni nada así, por lo que no estoy seguro de
qué pasaría, pero parece posible que puedas morir.
Youko se estremeció.
—Yo también lo creo. Ahora que hice un pacto con Keiki,
ya no soy humana. Es por eso por lo que me cuesta tanto hacerme daño, es por
eso por lo que entiendo el idioma, es por eso que puedo usar esa espada y es
por eso por lo que me trajeron aquí desde el Mar del Vacío.
—Así es, Youko, y ahora el enemigo tiene a Keiki. Debes
tomar el trono, es la única forma de protegerte…
—No quiero escuchar más —dijo Youko, interrumpiéndolo.
—Youko…
—No, no estoy siendo terca. Ahora sé lo que es un rey y
lo que es un kirin. Sé qué pasará si no acepto ser la emperatriz. Pero
no quiero tomar la decisión sólo para salvarme, ¿entiendes?
—Sí, pero…
—No quiero que nadie piense que tomé mi decisión por
desesperación —Youko sonrió—. En los meses después de venir a Este Lugar
pensaba que podía morir en cualquier momento. Pero sin embargo pude salir
adelante. Tuve suerte. Así que verás, estaba lista para morir antes de esto.
Ahora no dejaré que el miedo a la muerte se meta en el camino para tomar mi
decisión —Rakushun tragó saliva—. Sé que todos esperan que decida, pero si
decido la forma en que quiero vivir basada en lo que ellos quieren, lo que le
seguirá no será mi responsabilidad. Es por eso por lo que quiero pensarlo bien.
¿Entiendes?
Rakushun levantó sus ojos confundido y miró los de
Youko.
—No entiendo por qué es una decisión tan difícil para
ti.
—Es difícil porque no puedo hacer lo que me piden.
—¿Por qué no?
—Sé qué tipo de persona soy: incompleta, despreciable.
No soy ninguna emperatriz. No soy nadie especial.
—Youko. No creo que…
—Dices que eres medio humano, Rakushun. Bueno, yo
también lo soy. Puedo parecer una persona, pero dentro soy sólo una bestia.
—Youko…
Youko apretó la barandilla. La delicada piedra tallada
se sentía exquisitamente suave en sus manos. Bajó la mirada y vio el agua
transparente y a través de ella vio las luces de Kankyu, brillando como
luciérnagas en el campo de la noche. El golpeteo constante de las olas era un
suave sonido rítmico. Era una hermosa vista, sin embargo, ella se sentía
indigna de presenciarla. Sin duda el Palacio Kinpa en Gyouten era hermoso.
Cuando se imaginó a ella misma allí se sentía más asqueada que esperanzada.
A su lado, Rakushun suspiró.
—Cada rey es una persona normal
antes de que el kirin los escoja.
—No, seguía siendo la misma persona después de que me
escogieran. Intenté robar, amenacé a otras personas para poder vivir, desconfié
de los demás, te abandoné para salvar mi propio pellejo… hasta podría haberte
matado.
—Pero el Rey Eterno dijo que puedes lograrlo.
—El Rey Eterno no sabe lo bajo que llegué.
—Yo también sé qué puedes, Youko. Y yo soy a quien
quisiste matar. Si hasta yo puedo saberlo, debe ser lo correcto.
Youko miró a Rakushun. La rata, con su cabeza que
apenas llegaba a su ombligo, había metido su nariz entre la barandilla para
mirar el mar del cielo.
—Yo… simplemente no puedo —murmuró Youko, mirando al
Mar de Nubes. No hubo respuesta. Una pequeña pata tocó su brazo, pero para el
momento en que ella se volvió, la espalda peluda de Rakushun estaba en su
dirección.
—Rakushun.
—No puedo culparte. Yo tampoco sabría qué hacer en tu
posición. Sólo… pensarlo.
La rata empezó a alejarse con su espalda todavía hacia
Youko, sus manos levantadas como diciendo que ya había hecho todo lo posible y
que no haría más. Youko lo observó alejarse.
—No lo sabes todo, Rakushun —murmuró suavemente.
Yo sé, dijo
una voz en la cabeza de Youko que no era la suya.
Los ojos de Youko se abrieron de par en par y buscó
alrededor, pero no había nadie.
Nunca estuviste completamente sola. Yo lo sé. Lo sé
todo.
—¿Jouyu?
Ve a por el trono. Puedes hacerlo.
Youko no pudo responderle a la voz en su cabeza, en
parte porque estaba sorprendida y en parte por lo que decía la voz.
Estoy desobedeciendo órdenes. Discúlpame.
Youko recordaba a Keiki diciéndole a Jouyu que actuara
como si no estuviera allí.
¿Por qué nunca respondió antes?
Me llamaste monstruo, lloraste para que me arrancaran
de ti. Mi silencio fue tu castigo.
—Qué tonta he sido —farfulló Youko. La única respuesta
fue el silbido del viento nocturno y el golpe de las olas a lo lejos.
A
la mañana siguiente, la despertó una joven sirvienta y Youko la siguió de mala
gana hasta la mesa real. Respondió a las miradas expectantes de los demás con
una sacudida de su cabeza. Rakushun, en forma de rata, se sentó con su cabeza
baja y tocando sus bigotes. El Rey Eterno y Enki también parecían un poco
desanimados. No estoy lista para decirles.
—Kei es tu reino. Su gente es tu gente. Haz lo que
desees —dijo el Rey Eterno con una sonrisa—. Sin embargo, debo pedirte que nos
dejes intentar rescatar a Keiki. Especialmente si el Rey Glorioso quiere
abandonar su trono, quisiera que al menos salvaras al ministro, por el bien del
reino. ¿Qué dices?
Youko asintió.
—Todavía tengo que tomar mi decisión, pero no tengo
objeciones en cuanto a salvar a Keiki. ¿Cómo planeas hacerlo?
—No veo otra forma aparte de quitárselos a la fuerza.
Nuestra información indica que Keiki está en la Provincia Sei, rodeado por el
cuerpo principal del ejército del falso rey.
—Tengo una pregunta. Si podemos rescatar a Keiki,
¿podré volver a casa?
El Rey Eterno asintió nuevamente.
—Los kirin pueden crear el shoku. En tu
forma actual, eres capaz de cruzar el Mar del Vacío así que no veo por qué
tendrías algún problema. Si deseas volver, Keiki puede enviarte y si no
quisiera, puedo hacer que Enki lo haga.
Qué generoso,
pensó Youko. Podría haberla amenazado fácilmente con nunca enviarla a casa si
no aceptaba ser el próximo Rey Glorioso.
Pero Enki habló inmediatamente.
—No importa lo que pase, yo no pienso crear un shoku
para ti. Convence a Keiki si quieres irte con tantas ganas.
Las palabras hicieron que se ganara una mirada
consternada del Rey Eterno.
—¡Rokuta!
—Parece que no lo sabes, así que te lo diré —continuó
el joven kirin—. Cuando un shoku viene, lo que le sigue es
desastre. Si sólo envías a un kirin a Aquel Lugar, lo peor que
podría pasar sería un fuerte viento, pero si se envía a un rey, causarás gran
daño a este mundo y el otro.
—¿A Wa también?
—Así es. Después de todo se mezclan ambos mundos.
Escuché que le pasaron cosas terribles a Kou con el shoku que te trajo,
pero sería muy poco comparado con lo que pasaría si un rey atraviesa el Mar del
Vacío. Dudo que tengamos tanta suerte la próxima vez, no tengo intención de
ayudarte.
—Bueno, si voy a casa, procuraré hacerlo de forma que
no te moleste, Enki.
—Yo procuraré que no lo hagas —dijo el chico.
—Pero Youko —añadió calmadamente el Rey Eterno—,
¿entiendes que no estarás a salvo, aunque vuelvas a casa?
—Ya lo sé.
Mientras el Rey de la Colina me quiera muerta, nunca
escaparé de los demonios. Probablemente los envíe a Aquel Lugar nuevamente. Devastaría esta tierra al
irme y al llegar llevaría todo tipo de monstruosidades demoníacas. Descendería
sobre mi tierra como una diosa de la muerte. El ir a casa sería malo para ambos
mundos y para todos a quienes conozco, y eso es asumiendo que la falsa
emperatriz no mate a Keiki y por lo tanto a mí. ¿Cómo es que todavía no puedo
decidirme?
—¿Y si hacemos algo con el Rey de
la Colina antes de irme a casa?
—Eso no podemos hacerlo, o al
menos yo no te ayudaré. —El Rey Eterno negó con la cabeza—. Te diré esto: Hay
tres transgresiones que no están permitidas a ningún rey. La primera es violar
las leyes celestiales y negar el camino de la verdad. La segunda es rechazar el
propio mandato y escoger la muerte sobre la responsabilidad real. Y la tercera
es invadir otro reino, aun con la intención de prevenir la guerra.
Youko asintió.
—Pero ¿cuáles son los planes de los que hablaste? ¿Cómo
sacaremos a Keiki a la fuerza?
—Si el nuevo Rey Glorioso está con nosotros,
legitimaría al ejército como el verdadero ejército de Kei. Simplemente
estaríamos ayudando por petición del Rey Glorioso.
—Ya veo.
El Rey Eterno sonrió ampliamente.
—Te prestaré los ejércitos de En para asegurar el
regreso de Keiki. ¿Lo harías?
Youko sonrió amargamente y bajó la cabeza.
—No tengo más opción. —Respiró profundo—. Ahora
estoy lista. Pido que me ayuden. Y… siento haberos decepcionado con mi
indecisión hasta ahora.
Enki sonrió.
—Shoryu sólo quiere más reyes taika, ¿sabes? No
dejes que te obligue. Ha estado muy solo siendo el único de su tipo.
—¿El único?
—Sí, entre los reyes de este
mundo yo soy el único taika, traído de Aquel Lugar. He escuchado
de más en el pasado, pero han sido pocos.
—Pero Enki —dijo Youko, dirigiéndose al kirin—.
Tú eres un taika, ¿no es así?
—Así es. Sólo yo, Shoryu y Taiki. Tú serías la cuarta.
—Taiki… ¿el kirin de Tai?
—Sí. El chiquillo del reino externo de Tai.
—¿Chiquillo?
—Sí, un kirin que todavía no ha crecido
completamente.
—¿Y tú ya creciste completamente, Enki? —preguntó Youko
con una sonrisa.
—¿Qué? Claro que sí. Cuando un kirin madura, su
apariencia externa se congela en el tiempo.
—Así que
maduraste antes que Keiki… ¿y por eso te ves más joven?
—Así es —dijo el kirin con orgullo evidente.
El Rey Eterno se rio.
—¿Así que Taiki no había madurado?
—No.
—¿Por qué lo dices en pasado? —dijo Youko.
Enki frunció el ceño y miró al Rey Eterno.
—Taiki ya no existe. Al menos es lo que nos han dicho.
El reino de Tai está en medio de una guerra. Taiki y el Rey Pacífico han
desaparecido, están perdidos o algo peor.
Youko suspiró.
—Parece que mi reino no es el único con problemas.
—Así es. Los mortales son excelentes para causar
problemas. El nombre mortal del kirin de Tai en Aquel Lugar era
Takasato.
—¿Era un chico?
—Sí. El ki después del nombre del reino
significa que el kirin es hombre. Para una kirin se utiliza el rin,
así que una kirin de Tai sería Tairin, ¿ves? Taiki era un apuesto kirin
negro.
—¿Un kirin negro?
—Sí. ¿Alguna vez has visto a un kirin en su
forma real?
—No, sólo en forma humana —dijo Youko.
—Sus pieles son amarillas, sus espaldas de varios
colores y sus melenas doradas, al menos la mayoría son así.
—¿Dorado como tu cabello?
—Sí. Claro, este no es mi cabello, es mi melena.
Ah, claro,
pensó Youko.
—Pero Taiki era negro, como el color del acero bien
encerado. Su piel era color ébano, su espalda plateada, bueno, no sólo
plateada, también tenía otros colores.
—¿Y eso es fuera de lo común?
—Bastante. Ha habido pocos kirin negros en la
historia. Aparentemente también ha habido kirin rojos y hasta blancos,
pero nunca he visto uno de esos.
Youko asintió, intentando imaginar cómo sería un kirin
negro de espalda plateada.
—Si Taiki estuviera realmente muerto, entonces el Rey
Pacífico no podría vivir. Y en Houzan, la Montaña del Ajenjo, habría crecido un
canistel (el Tai-ka) con el nuevo Taiki. Pero no hay señales de esto.
—¿Tai-ka?
—El árbol en el que crecen las frutas de los kirin
está en Houzan. Cuando un kirin muere, el ranka del nuevo kirin
debe empezar a crecer. Si Taiki hubiese muerto, habría nacido el nuevo kirin
de Tai. El ranka es nombrado de acuerdo con el reino, en este caso,
Taika. Sin embargo, no hay ningún Tai-ka en Houzan. Así que debe
estar vivo.
—¿Los kirin tienen padres?
—No, a excepción de los que somos taika. Los
kirin normales no tienen nombres. Sólo sus títulos.
—¿Cómo Keiki?
Enki asintió. De repente, a Youko le parecía que la
vida de un kirin debía ser muy triste. Y como si pudiese leer sus
pensamientos, Enki puso una expresión de amargura.
—Los kirin son criaturas
lamentables. Nacen para el rey, sin padres ni hermanos. Ni siquiera tienen un
nombre propio y cuando encuentran a su rey se vuelven meros sirvientes. Y al
final, cuando mueren, es por culpa del rey. Ni siquiera tienen una tumba —dijo,
mirando al Rey Eterno. Su amo esquivó la mirada. Enki frunció el ceño y
suspiró.
—¿No tienen tumbas? —preguntó Youko. Enki se estremeció
al escucharla—. ¿No les hacen una tumba?
—No, sí tienen —respondió el Rey Eterno con una sonrisa
irónica—. Los entierran junto a su rey. Sólo que es su espíritu, no hay
cadáver.
—¿Por qué no?
¿Se evaporan y ya?,
se preguntaba Youko.
—Es suficiente —dijo Enki.
—No hay nada que esconder —el rey continuó—. Ya sabes
que el kirin usa demonios como sus sirvientes. Hacen un pacto con estos
demonios, así como lo hacen con el rey. El pacto dice que los demonios seguirán
las órdenes del kirin y en cambio, cuando el kirin muera, podrán
comerlo.
Los ojos de Youko se abrieron como platos mientras
miraba al Rey Eterno y luego a Enki.
El Taiho se encogió de hombros.
—Ahora lo sabes. Parece que los kirin somos
bastante apetitosos, o eso he oído. ¿Y a quién le importa de todas formas? Ni a
mí me importará cuando sea mi turno: Estaré muerto. Si nos tienes lástima,
Youko, guárdala para Keiki. No lo decepciones.
Youko no sabía qué decir, así que prosiguió:
—Para el Rey de la Colina no
pareció ser muy difícil haber decepcionado a Kourin.
El Rey Eterno levantó una ceja.
—Quién sabe qué estará pensando el Rey de la Colina —A
su lado, el rostro de Enki se oscureció—. Interferir en los asuntos de otro
reino es lo mismo que perder el Mandato del Cielo. Si incluso ese hecho no fue
suficiente para evitar la estupidez del Rey de la Colina, entonces debe tener
una motivación muy fuerte.
—Sí, eso creo…
—Debía saber que sus actos estúpidos sólo llevarían a
una pérdida personal. Sin embargo, a veces todos cometemos estos errores,
aunque sepamos que están mal. La gente es estúpida y cuando las cosas están
difíciles, son aún más estúpidos.
Sus palabras fueron para Youko como un golpe en el
estómago. Sólo pudo asentir.
—Tengo miedo…
—¿Miedo?
—Sí. No sé si yo lo haría mejor que él.
El Rey Eterno rio.
—El kirin siempre obedece al rey, sin embargo,
no creas que hará todo sin quejarse.
Nunca olvides que eres una tonta humana y así, tu otra
mitad te salvará.
—¿Mi otra mitad? —preguntó Youko confundida.
—Sí, tu kirin.
Youko asintió y entonces miró la silla a su lado.
Allí había una espada -su espada-
el tesoro antiguo del reino de Kei.
El Rey Eterno dijo que la Espada del Mono de Agua puede
mostrar el pasado, el futuro y lugares lejanos. Si pudiera dominarla, quizá
podría saber qué estaba pensando el Rey de la Colina.
La
conversación en la mesa se convirtió en un consejo de guerra, donde Youko
aprendió que el reino tenía dos ejércitos. La Guardia Provincial que respondía
a los gobernadores provinciales y funcionaba sólo dentro de sus territorios y
el Ejército Imperial que era controlado directamente por el rey.
La caballería normal iría hacia Iryuu, la capital de la
provincia de Sei en reino de Kei. Sin embargo, esta campaña tomaría un mes y
para salvar a Keiki un mes era demasiado. Así que se decidió que un escuadrón
combinado de ciento veinte caballeros élite, diestros en montar bestias
voladoras serían reunidos para llevar a cabo un asalto aéreo a Iryuu.
El Rey Eterno y Enki se marcharon de inmediato para
hacer las preparaciones. No volvieron para el almuerzo y tampoco para la cena.
Dejando solo a Rakushun, Youko regresó a su habitación. Puso la espada sobre la
mesa y se sentó frente a ella.
Soy la dueña de esta espada.
Sabía que en teoría era posible usar la espada como una
especie de oráculo, como el Rey Eterno le había dicho, pero todavía dudaba de
su habilidad de lograrlo. No obstante, nunca había tenido una necesidad tan
grande de obtener información como ahora. A pesar de las dudas que la
atormentaban, decidió intentarlo.
No tenía idea de cómo forzar a la espada para que le
mostrara algo, pero se dijo a sí misma que no podía ser tan difícil.
Antes de cruzar el Mar del Vacío, Youko había soñado
por muchas noches sobre oscuridad y el sonido de agua goteando. Seguramente eso
había estado relacionado de alguna forma con las visiones que la espada le
había mostrado, que siempre estaban acompañadas por el sonido de goteo. Youko
asumió que el arma había estado intentando advertirle de los enemigos que se
acercaban, le había enviado estas visiones en sueños como una vía para proteger
a su dueña.
Pero espera… en ese momento todavía no había conocido a
Keiki. Todavía no había hecho ningún pacto. ¿Cómo sabía la espada que me
pertenecía? ¿Qué es primero? ¿La selección del kirin
o el Mandato del Cielo?
Al explicarle esto al Rey Eterno, él le dijo que quizá
había nacido con el Mandato del Cielo, o que quizá el trono había sido suyo
desde que Keiki había tomado la decisión.
—¿Quién sabe? —dijo Enki—. No te puedo decir por qué lo
escogí a él. No había razones obvias, sólo sabía que él era el elegido.
Enki dijo que el kirin escoge al rey por
instinto. En cualquier caso, Youko no pensaba que comunicarle sus intenciones a
la espada sería difícil.
Desenvainó la espada en la habitación a oscuras. Miró
fijamente el acero pulido.
El Rey de la Colina. Muéstramelo.
Hasta ahora, la espada sólo le había mostrado visiones
de su hogar, del mundo que había dejado atrás, pero asumió que esto se debía a
que siempre estaba pensando en regresar.
¿Qué pretende el Rey de la Colina?
Youko no estaba segura de qué se necesitaba para
convertirse en un buen rey, pero al menos podría aprender al ver a uno malo.
Un brillo pálido cubrió la espada. Figuras vagas
empezaron a formarse en la luz. Youko escuchó el agudo y lejano tip tip del
agua goteando. Miró fijamente la visión y esperó a que se enfocara.
Vio una pared blanca. En la pared había una ventana y a
través de esta, un jardín.
Conocía este jardín, era el que estaba en su casa en
Japón.
No, no es esto lo que quiero ver.
Youko perdió su concentración y la visión desapareció.
La espada perdió su brillo y yacía fría en la oscuridad. Había fallado.
—Sólo necesito volver a intentarlo
—se dijo a sí misma, mirando fijamente a la espada. Nunca había visto más de
una visión por noche, pero antes podía pensar que había algún tipo de límite en
cuanto a lo que la espada podía mostrarle. La espada empezó a brillar una vez
más.
Nuevamente vio el jardín en frente de su casa.
Youko frunció el ceño. Esta vez se mantuvo concentrada
en la visión mientras pensaba al mismo tiempo en lo que quería ver. La visión
se volvió borrosa, ondulándose como el agua en un charco. Las ondas se
aclararon y Youko vio su habitación.
¡No!
Luego vio su escuela.
¡No!
Intentó varias veces más, pero todo lo que veía eran
imágenes de Aquel Lugar. Vio su casa, su escuela y hasta las casas de
sus amigos. La espada no le mostraba nada de este mundo.
No es mejor
que la vaina, pensó Youko. Un mono azul, atrevido, impertinente e
imposible de controlar.
Al mismo tiempo, se dio cuenta de que el fallo era en
parte su culpa por no poder renunciar completamente a su hogar. Al darse cuenta
de esto, intentó hacerlo con más fuerza.
Decidida, Youko siguió mirando la
espada, luchando por lo que han debido ser horas para ganar control sobre lo
que veía. Finalmente, una nueva escena apareció: una visión de una ciudad con
una muralla familiar.
¡Lo hice!,
pensó mientras la visión se hacía más clara. Lentamente se convirtió en la
imagen de las puertas de una ciudad y el camino enfrente de ellas.
El camino estaba manchado de sangre. Había cadáveres
por todo el suelo. Algunas personas gemían del dolor mientras otros se
desangraban en silencio. En la mitad de todo había una chica con una expresión
oscura.
¡No! ¡Soy yo!
—¡Detente!
Youko apartó la visión de su mente. Era Goryou, donde
había abandonado a Rakushun.
Estaba atónita. ¿Realmente me
veía así? ¿Cómo pude ser tan cruel?
La espada cayó al suelo con un sonido metálico.
Entonces empezó a reírse de sí misma por haberse asustado.
Es sólo la verdad, ¿mmm?
Eso es lo que el mono azul habría dicho de haber estado
vivo.
Era la verdad. No tenía el derecho de apartar sus ojos.
En vez de eso, debía mirar fijamente. Si apartaba la vista de sus propios
errores, no habría fin para su estupidez.
Tomó la empuñadura y levantó la espada una vez más.
Controlando su respiración, miró la espada. Nuevamente vio las puertas de
Goryou. Youko se vio a sí misma, de pie en el camino. La expresión en sus ojos
era oscura y malévola. Estaba mirando a
Rakushun.
Me estoy preguntando si debo volver para matarlo.
Entonces vio gente salir de la ciudad y a ella misma
huyendo. Mientas huía, la visión se volvió borrosa; ahora se veía en un camino
en medio de la montaña. Se vio a sí misma mientras rechazaba a las amables
vendedoras de dulces que ofrecieron ayudarla.
Un momento después vio a Takki y al anciano kaikyaku
Seizo. Vio las familias de los hombres que habían muerto gracias a los
demonios cuando habían intentado llevar a Youko ante el magistrado. Estaban
llorando. Los escuchó llorar y a través de sus gemidos pudo escuchar cómo la
maldecían, a ella, la kaikyaku, por haber traído desgracias.
Vio la destrucción en Kasai después del ataque del
demonio. Vio las pilas de cadáveres alineados en la plaza central en Goryou y
los refugiados de Kei apiñados a las afueras de otra ciudad.
Youko se sentó, observaba todas las visiones. Mientras
miraba, pudo entender que intentar detener estas imágenes dolorosas sólo las
hacía más fuertes, más impredecibles; debía observar y mientras lo hacía, las
escenas se acercaban gradualmente a lo que quería ver.
Vio un palacio y allí a una mujer delgada y débil.
La mujer habló:
—No necesitamos más mujeres en Gyouten.
—Pero… —Era Keiki quién protestaba. Youko se dio cuenta
que la frágil mujer era el anterior Rey de Kei, la Difunta Emperatriz Yo.
—La orden ha sido dada, todas las que permanezcan
estarán desafiando las leyes — dijo débilmente la Difunta Emperatriz Yo—. Son
criminales. ¿Por qué dudas en juzgarlas y sentenciarlas?
Sólo los ojos de la mujer
mostraban señales de vida, pues su piel era como la de un cadáver y la marca de
la enfermedad se veía en sus mejillas hundidas y los tensos músculos de su
cuello. De repente, Youko vio demonios destruyendo aldeas, ciudades completamente
quemadas por una revuelta de civiles, campos desnudos por el ataque de las
cigarras y las ratas, ríos desbordándose sobre los campos, donde flotaban los
cadáveres entre los fragmentos de cosechas destruidas.
¿Todo esto porque el reino está sin su rey?
Cuán a menudo había escuchado a la gente de este mundo
preocupándose por la destrucción del reino y cuán poco había entendido. Esas
palabras no significaban nada cuando vivía en Japón, pero ahora entendía por
qué las escuchaba con tanta frecuencia aquí.
Lo próximo que vio fue un camino en una montaña.
Había
dos personas de pie en el camino. Uno llevaba su rostro cubierto como La
Muerte, la otra tenía un cabello dorado. Youko pudo ver incontables bestias a
su alrededor.
—Perdón —dijo la mujer de cabello dorado y escondió su
rostro en sus manos, pero Youko estaba segura de que era la mujer que había
conocido en las montañas.
La que apuñaló mi mano con la espada. Esa debe ser
Kourin…
—Por supuesto, supongo que es a mí a quien pides
perdón.
El que llevaba el rostro cubierto,
echó para atrás su capucha, revelando el rostro de un anciano. Las arrugas
estaban profundamente marcadas en su piel, sin embargo, era alto y parecía
fuerte. Un loro de colores brillantes descansaba en su hombro.
—Parecía una chica débil. Siento que no la hayas
matado, pero no sobrevivirá mucho perdida en esas montañas. Qué triste que ya
hubiese hecho ese pacto —dijo el hombre, aunque no parecía realmente
preocupado. Su voz era como la piedra, fría y sin emociones—. Así que o morirá de
cansancio en esa montaña o entrará a alguna aldea donde la atraparán. Sea como
sea… ¿Taiho?
—¿Sí?
—No me desafiarás nunca más. Matarás a la chica la
próxima vez, no importa si está bien o mal.
Youko se dio cuenta de que el hombre se refería a ella
cuando hablaba de “la chica”.
Eso quería decir que él era…
¡El Rey de la Colina!
El Rey de la Colina sacudió la cabeza.
—¡Es débil y tímida! ¡No es la indicada para ser
emperatriz! —Dirigió su frío rostro a una de las bestias cerca de él—. ¿Fuiste
todo el camino hasta Hourai para encontrarla? Has fallado.
La bestia era como un ciervo, pero tenía un único
cuerno poco desarrollado en su frente, parecía un unicornio. Su melena era de
un hermoso dorado, su piel de un amarillo manchado de dorado y su espalda tenía
manchas como las de un ciervo que brillaban en una maravillosa multitud de
colores.
—Tienes mala suerte con tus amos, ¿no es así, Taiho de
Kei?
¿Taiho de Kei? ¿Ese es Keiki…? Así que así se ve un kirin.
Youko se dio cuenta de que estaba viendo una escena del
pasado, de las montañas cerca de Hairou, donde había escapado del carro después
del ataque de los perros demonio. La figura que había visto por el rabillo del
ojo, el que había pensado que era Keiki, era de hecho Kourin; pero Keiki, un
prisionero en su forma de bestia también estaba allí. Era a él y no a la figura
de Kourin, a quien Jouyu había llamado Taiho.
—Si es tan joven
y débil, ¿por qué no la dejamos a su suerte mejor? —preguntó Kourin calmadamente—.
Dos personas de Kou, de tu pueblo, han muerto hoy. Por favor, detengámonos
aquí.
Sus ojos llorosos miraban al Rey
de la Colina, era la misma expresión que llevaba cuando encontró a Youko.
—La gente muere. Así funciona el mundo —respondió
indiferentemente su amo.
—El Cielo no permitirá esto. Temo que Kou sea
castigado. Ha pasado antes.
—Ya he hecho suficiente para ganarme ese castigo. Tus
palabras hacen poco por mí ahora. Mi camino ha sido escogido, Kou se hundirá y
haré que Kei lo acompañe en el fondo. Me llevaré al Rey Glorioso conmigo.
—¿Tanto odias a los taika?
El Rey de la Colina rio.
—No los odio, los detesto. ¿Sabes que en Aquel Lugar
los niños nacen de los vientres de sus madres? ¿Lo sabes?
—Lo sé, pero ¿qué tiene que ver eso con la forma en que
actúas?
—¿No crees que es sucio?
—No.
—Yo sí. En el momento en que nacen del vientre de su
madre, los taika están marcados como gente de aquel mundo. No deben
estar aquí, no pertenecen a este lugar.
—El Cielo no está de acuerdo contigo. ¿No hay acaso un
rey taika? El desafiar la Voluntad Divina es lo sucio.
El Rey de la Colina sonrió impacientemente.
—Entonces estamos en desacuerdo.
—Eso parece, amo —respondió la kirin, su voz tan
suave como la de una brisa primaveral a través de los árboles.
—“Amo”. Sí, soy tu amo. Y debes seguir las órdenes de
tu amo. Seguirás a la chica y la matarás. No le permitas escapar de las
fronteras de mi tierra. Colocaremos caballeros en la frontera con Kei. Dudo que
quiera ir allí.
—Dejemos en paz a la chica sucia, amo. Dices que es
joven, dices que es indigna, ¿entonces por qué llegar al extremo de matarla
para evitar que tome su trono? ¿No está acaso destinada a fallar?
—Ningún vecino de Kou será gobernado por un taika
—dijo el Rey de la Colina y suspiró.
—¿Y entonces qué harás con el Taiho de Kei?
—Joei tendrá a Keiki. La presencia de un kirin a
su lado silenciará a los gobernadores que se le oponen.
—Aunque los engañen por ahora, pronto descubrirán
alguna razón para sospechar. Has sellado su cuerno para evitar que Keiki tome
forma humana. No puede ni hablar, está atrapado en esta forma. ¿Qué tipo de
Taiho es? Por favor, detente. El Cielo no permitirá estas transgresiones.
—No pido permiso a nadie.
—Aplaudo lo decidido que eres, amo, pero ¿qué hay de tu
gente?
—La gente de Kou no tiene suerte. Si muero, quizá un
mejor gobernante tomará mi lugar. A largo plazo, es mejor para ellos.
—Hablas de locuras… —La voz de Kourin se detuvo y se
cubrió el rostro con las manos nuevamente.
—Quizá yo también era indigno para ser rey —dijo el Rey
de la Colina suavemente.
Quizá, pensó Youko, su voz es tan
fría porque ya no tiene esperanza.
—Tú y el Cielo habéis fallado en vuestra elección.
—No lo creo.
—Pero es verdad. Mi reino terminará después de
cincuenta cortos años. En ha tenido quinientos y Sou casi seiscientos. Mi
tiempo ha sido un corto momento comparado con ellos, pero está claro que es
todo lo que podía hacer.
—Si cambias ahora, podrás seguir gobernando.
—No, es muy tarde, Taiho.
Kourin bajó su cabeza.
—He recibido una responsabilidad y he fallado. Estaba
destinado a ser un guardia a las afueras y terminar así mis días, sin embargo,
fui favorecido con una suerte que no conocía ley o razón. Pero no tuve la
capacidad de recibirla completamente, sólo pude sujetarla, soñando con la
grandeza por unos pocos cincuenta años.
—Por favor, no digas “pocos”. Hay reyes que tuvieron
reinados más cortos.
—Es cierto, como el de la Difunta Emperatriz Yo. Kei
siempre ha sido una tierra tumultuosa y mucho más pobre que Kou. Algunos pueden
pensar que mi gente es menos comparada con la de En y Sou, pero somos mucho
mejores que el desdichado pueblo de Kei.
—Pero los reinos de En y Sou no siempre fueron ricos.
—Lo sé, e hice lo que pude para mejorar las condiciones
de Kou. ¡Lo hice! Pero por cada progreso, el Rey Eterno y el Rey Sacerdote
hacían mucho más; y mi pueblo me ridiculizaba, diciendo que éramos más pobres
que nuestros vecinos. Prácticamente me decían que no era tan digno de ser rey
como ellos.
—Estoy segura de que no es así.
—No tengo deseo de competir con el Rey Eterno o el Rey
Sacerdote por más tiempo. Pero Kei es diferente: Kei es más pobre que Kou. ¿Qué
sería de mí si la nueva emperatriz asciende y Kei se vuelve más rico que Kou?
Nos quedaríamos a sufrir en nuestra miseria y sería conocido como el Rey Tonto.
—La única tontería que puedo ver es tu deseo de perder
el Mandato del Cielo. —El desafío era obvio en la voz de Kourin.
El Rey de la Colina no respondió nada.
—Wa es un país rico. Si escuchas cualquier historia de
un kaikyaku, te darás cuenta. Y el Rey Eterno que regresó de Wa, es
bendecido con una tierra rica en este mundo también. Los taika son
diferentes a los que hemos nacido aquí. ¿Cómo no puedo temer al Rey Glorioso
cuando veo lo rico que se ha vuelto el taika de En? Quizá la gente de Wa
tiene algún secreto para la prosperidad. ¡Qué tonto pareceré cuando todos los
que me rodean sean tan exitosos!
—¿Qué estás diciendo? Eso sí es una tontería.
El Rey de la Colina sonrió amargamente:
—Así que eso sí lo es. Es una terrible tontería. Pero
ya he llegado muy lejos para volver y volver ahora tampoco cambiaría el destino
de Kou. Mi reino desaparecerá y yo moriré. Pero lo repito: No moriré solo. La taika
de Kei caerá conmigo.
¡No!
—¡Ridículo! —gritó Youko y la visión terminó.
Débilmente, Youko bajó la espada—. ¿Qué está pensando?
Youko pensó que comprendía. Simplemente no quería ser
dejado atrás y era más fácil arrastrar a los demás con él que intentar ponerse
a la par.
Es algo muy común.
—Él es señor de su reino —dijo en voz alta—, y, sin
embargo, no puede ver el sufrimiento de su pueblo. Transgrede las leyes de este
mundo, ¿y para qué? ¿Orgullo?
¿Cuántas
personas han muerto por sus acciones? Y si el reino de Kou resultara destruido
por el destino que ha elegido, el número de muertos será aún más grande.
“La gente es estúpida y cuando las cosas están
difíciles, son aún más estúpidos”.
La voz de Enki hacía eco en sus oídos.
Cincuenta años atrapado entre En y Sou, observando al
Rey Eterno y al Rey Sacerdote superar todos sus esfuerzos. Cincuenta años, pero
para el Rey de la Colina ha debido parecer una eternidad.
Era un camino en el que Youko misma podía caer. Kei
estaba también entre En y Sou. ¿Podía decir honestamente que no compartía los
miedos del Rey de la Colina? ¿O al menos sus dudas?
—Tengo miedo —murmuró Youko—. Tengo mucho miedo.
Youko
salió a la terraza para respirar un poco de aire nocturno y descubrió que no
había sido la única con esa idea.
—¡Rakushun! —gritó cuando vio a la rata de pie a una
corta distancia, observando bajo la barandilla al Mar de Nubes. Su cola se
movió ligeramente—. ¿No podías dormir?
—Hay muchas cosas en mi mente.
—¿Te importa decírmelo?
Rakushun asintió.
—Me preguntaba cómo podía hacerte cambiar de idea.
Youko sonrió tristemente. Estaba junto a su amigo como
la noche anterior y estaba sobre la barandilla viendo las olas de nubes
estrellarse contra el acantilado de más abajo.
—¿Puedo preguntarte algo?
—¿Qué?
—¿Por qué quieres que sea emperatriz?
—No quiero que lo seas, ya lo eres, Youko. El kirin
te escogió y aun así hablas de abandonarlo todo. ¿No puedes ver que es un error
terrible? Cuando un rey abandona a su gente, todos sufren: tanto el rey como su
gente.
—¡Pero las personas de Kei podrían terminar peor si
acepto el mandato!
—No lo creo.
—¿Por qué no?
—Creo que puedes lograrlo, Youko.
—Y-yo no puedo.
—Pero sí
puedes —dijo Rakushun y luego suspiró—. Youko… ¿Por qué todavía te comportas de
esa forma y piensas tan poco de ti misma?
—No sólo sería responsable de mí
—respondió, mirando las olas—. Si sólo fuera mi vida la que estuviera en
peligro, lo intentaría. Puedo ser responsable por mí al menos. Pero no es así,
¿no?
—La gente de Kei está esperando el día en que regreses
a casa.
—Sí. A un país rico y pacífico. ¿Puedo darles eso? No
lo creo.
—El Rey Eterno dijo que quien fuera escogido por el
kirin siempre tendría lo necesario para ser un buen gobernante. ¡Estás
cualificada!
—Si eso es verdad, ¿por qué Kei está en ruinas? ¿Por
qué Kou es tan pobre? Creo que es una cosa tener lo necesario y otra hacer lo
necesario.
—¡Pero puedes hacerlo, Youko!
—¿Sabes qué es la confianza sin ninguna base objetiva,
Rakushun? Se llama arrogancia.
La pequeña figura de Rakushun se encorvó.
—No estoy siendo cobarde. Quizá si no tuviera razones
para estar insegura, quizá entonces podrías llamarme cobarde. Pero tengo muchas
razones para dudar de mi habilidad, he aprendido mucho durante el tiempo que he
estado en este mundo, mucho más de lo que aprendí en casa. Y sobre todas las
cosas, aprendí que soy una tonta.
—Youko…
—No creas que estoy solo considerándome menos que los
demás como una forma de evitar la responsabilidad. ¡Realmente fui (y sigo
siendo) una idiota! Ahora sé eso y estoy intentando cambiar. Tengo eso delante
de mí, Rakushun, intentaré ser una mejor persona, pero tomará tiempo. Si ser
escogida por el kirin para ser rey es prueba de que tengo lo que se
necesita, entonces quizá es algo que pueda considerar mi meta, pero eso no es
lo que soy ahora.
Rakushun farfulló algo y soltó la barandilla. Arrastró
los pies por la amplia terraza, caminando de arriba abajo muchas veces antes de
detenerse y levantarle una tupida ceja a Youko.
—Tienes miedo, ¿no es así? —dijo.
—Claro que tengo miedo.
—Una gran responsabilidad ha sido puesta sobre tus
hombros y tienes miedo de aceptarla.
—Así es.
—Entonces debes recuperar a Keiki rápido, Youko.
Cuando Youko se volvió, Rakushun estaba tras ella, de
pie sobre su sombra.
—Ser un rey no es algo que debas hacer sola —dijo el hanjuu—.
Para eso está el kirin. Piénsalo: Si las personas cometen errores, ¿por
qué no hace el Cielo que los kirin sean reyes? Piensas que no eres
digna, piensas que eres superficial, ¿y sabes qué? Probablemente tengas razón.
¡Pero el kirin te escogió! ¿Quizá los kirin necesitan a alguien
imperfecto?
—¿A qué te refieres?
—Uno tiene mucho, el otro tiene muy poco, si los unes,
serán perfectos. Tú sola no serías suficiente para gobernar un reino y Keiki
tampoco. Es por eso por lo que el rey y el kirin trabajan juntos. ¿Dices
que eres media persona? Lo mismo es el kirin. Dos mitades que forman un
todo, ¿ves? Sospecho que así son las cosas también entre el Rey Eterno y Enki.
—Youko estaba de pie con la mirada baja, observando las piedras blancas del
balcón.
»Hay personas que estarían extasiadas de escuchar que
fueron escogidos para ser reyes, lo aceptarían al instante, ¿y sabes qué?
¡Ellos no serían los indicados! Creo que es solo porque tienes miedo
cuando piensas en ser responsable por tantas personas que estás cualificada
para estar sobre el trono enjoyado.
—No lo veo así.
—Confía en la elección de Keiki.
—Yo… —empezó Youko.
—Y no sería malo que confiaras en ti un poco más,
Youko. Si crees que tienes lo necesario para ser un rey dentro de cinco años, ¿por
qué no empezar ahora? No veo qué ganas esperando.
—P-pero… —tartamudeó.
Rakushun la interrumpió.
—Keiki te escogió para ser emperatriz. Eso significa
que ahora mismo nadie en este mundo o el otro es más indicado para ser el nuevo
Rey Glorioso. La Voluntad Divina es la voluntad del pueblo. No hay otro
candidato que les podría traer la misma felicidad a las personas de Kei que tú,
Youko, ¿por qué no puedes aceptar ese hecho? Las personas de Kei te pertenecen,
como tú perteneces al reino de Kei. —Youko negó con su cabeza—. Si quieres ser
una persona mejor, ve a tu trono y conviértete en una buena emperatriz ¡No
puedo pensar en una forma mejor! Claro, el rey tiene muchas responsabilidades,
¿y qué? Algunas veces es bueno encontrar un desafío.
—Pero ¿qué pasa si no logro superarlo?
—Tu corazón está en el lugar adecuado, ¡tienes que
superarlo! Quizá no enseguida, pero lo lograrás. Y tendrás al kirin y a
tu gente para mostrarte el camino, con tantos profesores, seguro aprenderás
algo en muy poco tiempo.
Youko permaneció en silencio por mucho tiempo viendo el
mar oscuro.
—Si me vuelvo emperatriz… No podré ir a casa, ¿no?
—¿Sigues queriendo volver a Wa?
—No estoy segura.
—¿No estás segura?
Youko asintió.
—Honestamente, no pienso que mi
vida en Aquel Lugar fuese especial y ahora aquí mi vida no es ni la
mitad de mala de lo que solía ser.
—¡Es verdad!
—Pero, aun así… desde esa noche que pasé a través del
Mar del Vacío, parece que sólo puedo pensar en volver a casa.
—Bueno, eso es algo que entiendo.
—Tengo padres allí, Rakushun. Y amigos. No puedo
decirte que fueron los mejores padres o amigos, pero eso no es su culpa: yo era
una persona incompleta, ¿cómo podía esperar tener relaciones completas con las
personas que me rodeaban? Pero si regresara ahora, sé que lo haría mejor.
Empezaría desde cero, encontraría un lugar para mí en el mundo en el que nací,
un lugar al que realmente perteneciera. Me arrepiento de lo tonta que fui en el
pasado… y quisiera otra oportunidad. Sé que puedo hacerlo mejor esta vez. —Sus
manos apretaron fuertemente la barandilla, una lágrima solitaria cayó sobre su
puño—. Aunque no tenga la oportunidad de
hacerlo otra vez, aunque no pertenezca más a ese mundo, lo echo tanto de menos,
Rakushun. Ni siquiera pude despedirme, quizá no me sentiría así de haber tenido
tiempo para prepararme, para despedirme.
—Nunca pensé que había sido fácil.
—Yo… yo sólo no me imagino dejando atrás mi hogar. No
después de haber llegado tan lejos y haber hecho tanto.
—Sí.
—Pero aun así sé que si volviera ahora, me arrepentiría
de esa decisión también. En cualquier caso, echaría de menos cualquier mundo
que dejara atrás. Los amo a ambos, pero sé que debo escoger.
Algo cálido y suave rozó suavemente su mejilla,
limpiando otra lágrima. Era una mano: Una mano humana.
—Rakushun…
—Oye, no te des la vuelta. No estoy exactamente vestido
para la ocasión —Youko rio y con eso salieron más lágrimas—. Y no te rías, ¿qué
más podía hacer? No alcanzaba tu mejilla con esas patas —Youko se mordió el
labio y asintió—. Escucha, Youko. Cuando tienes dos opciones y no sabes cuál
escoger, debes escoger lo que debes hacer. Te arrepentirás con cualquiera
que escojas, pero si vas a arrepentirte de algo, al menos que sea de lo menos
grave.
—Ya sé…
—Haz lo que debes hacer. Pesará menos en tu
consciencia.
—Sí… —La palma de la mano se sentía cálida en su
mejilla.
—Y… quiero ver qué tipo de reino puedes hacer.
Los ojos de Youko se abrieron y empezó a volverse,
entonces se detuvo en el último momento. Un poco mareada, fijó su vista en el
cielo y en las olas de abajo.
—Gracias, Rakushun —dijo—. Gracias.
El
día del asalto a Iryuu, a Youko le dieron una especie de caballo volador
llamado kitsuryou. El kitsuryou tenía una melena roja y su piel
tenía rayas blancas, además, tenía unos hermosos ojos dorados. Youko no tuvo
problemas para controlarlo, al parecer Jouyu sabía cómo montar este tipo de
bestias.
El rey sugirió que a lo mejor ella se debía quedar en
Kankyu, pero Youko estaba determinada en tomar parte en el asalto. Había unas
seis mil tropas defendiendo Iryuu, cada guerrero disponible sería necesario.
Además, esta era la batalla por Keiki y por Kei: el reino de Youko. No tenía
nada que hacer escondiéndose.
Había necesitado gran valentía para estar frente al Rey
Eterno y a Enki, señores de su reino por más de quinientos años y anunciar que
sí tomaría el mando como el Rey Glorioso. Sabía muy poco sobre este mundo y
casi nada de política o historia de los reinos, y sentía que no tenía los
méritos para ser llamada emperatriz. Pero había decidido que aceptaría ese rol
y haría lo indicado con sus habilidades. Eso debía ser suficiente. Si ahora era
necesario que peleara, pelearía. Si alguna vez se iba a convertir en quien
quería ser, tenía que empezar en alguna parte y esconderse en el Palacio Gen’ei
no la llevaría a ninguna parte.
Youko no era la única que se negaba a permanecer
escondida, Rakushun insistió también en tomar parte en la campaña. Youko le
había rogado quedarse en Kankyu pero él se mantuvo firme.
—Entonces ayúdame —le dijo Enki, y así, mientras la
fuerza de ataque se reunía en el palacio, el hanjuu se marchó con el kirin
en otra misión. Los kirin aborrecían el derramamiento de sangre así
que ninguno de los dos estaría en la batalla, en vez de eso, sus planes eran
visitar a los gobernadores de las diferentes provincias de Kei que habían sido
engañados, esperando persuadirlos para abandonar a la impostora.
En la mañana del intento de rescate, ciento veinte
bestias y sus caballeros salieron del Palacio Gen’ei, volando hábilmente sobre
el Mar de Nubes. El ejército de su enemiga Joei tenía al menos veinte mil. De
esos, casi seis mil tropas estaban reunidas en la Provincia Sei. El Rey Eterno
le aseguró a Youko que su tropa élite no tenía ninguna oportunidad en una
batalla de campo abierto contra ellos.
—Hoy sólo volamos por el kirin —dijo—. Si
podemos rescatar a Keiki, eso nos dará tiempo de prepararnos para la próxima
fase de la lucha. Y si le damos razón al ejército del falso rey para sospechar
que la persona por la que arriesgan sus vidas es una impostora, será mejor. Si
podemos abrir los ojos de al menos tres gobernadores, la balanza del poder se
moverá a nuestro favor.
Recuperar a Keiki era sólo el primer paso.
—¿Y tenemos alguna oportunidad de lograr eso con tan
sólo ciento veinte guerreros? —preguntó ella.
El Rey Eterno sonrió.
—He hecho lo que he podido, quizá no estemos a la par
en números, pero cada uno de mis caballeros vale por diez de ellos y además
vamos sobre las nubes. Eso limitará el número de enemigos que pueden
alcanzarnos. Además, es dudoso que sepan que el Rey Glorioso está con nosotros.
Fui a buscarte personalmente para asegurarme de que no se supiera nada.
Así que por eso fue hasta Yosho a buscarnos.
—Aunque debo admitirlo —añadió el rey, como si leyera
sus pensamientos—, también tenía mucha curiosidad de saber quién sería el nuevo
Rey Glorioso. Aparte de esto, Joei no esperará que En haga un movimiento en su
contra y mucho menos usando la fuerza. Así que, aunque seamos pocos, tendremos
el elemento de sorpresa en nuestro favor al atacar sobre las nubes. El resto
depende de ti, Youko.
—¿De mí?
—Si tienes éxito impresionando el ejército de la falsa
emperatriz, no tendremos que tomar tantas acciones militares. Ninguna persona
pelearía por un rey falso, si se les muestra sin rastro de duda que eres la
nueva emperatriz, entonces los soldados de Joei entregarán a Keiki
voluntariamente.
Si tan sólo tuviera éxito, Youko suspiró.
—No tengas dudas: tú eres la emperatriz. No lo olvides,
un rey es en verdad sólo un poco más que un sirviente elegante, pero pocos se
dan cuenta de lo humanos que somos en realidad. Siempre ten la actitud de ser
la persona más importante de tu reino y lo serás.
—No creo que esa actitud me salga naturalmente —dijo
Youko con un profundo suspiro—. Lo haría si tuviera confianza, ¿pero de dónde
va a salir eso?
—¿Confianza? —el Rey Eterno respondió, riéndose
fuertemente—. El kirin te escogió. Así que, si te falta algo, desquítate
con él.
Youko lo miró un poco sorprendida.
—¿Es así como uno se vuelve un gran líder?
—Así es. Al menos a mí me ha funcionado. Cuando algo me
preocupa, Enki lo escucha y si no puede ayudarme a resolver mis preocupaciones,
haré lo que sea necesario para resolverlo yo sólo.
—Intentaré recordar eso.
El Kei que Youko veía con sus propios ojos era mucho peor
de lo que las visiones le habían mostrado. Aunque lo observara a través de la
transparente extensión del Mar de Nubes, la ruina de la tierra era evidente. En
esta temporada, retoños de nuevas cosechas debían estar apareciendo en los
campos, sin embargo, la mayoría de los campos que había visto estaban casi
vacíos y llenos de malas hierbas como si desde hace mucho hubiesen sido
abandonados. Las aldeas y las ciudades sobre las que los caballeros pasaron
también parecían muertas, nadie caminaba en las calles. En algunos lugares
quedaban los restos de edificios quemados, que seguían erguidos como tumbas
vacías, mientras que en otros lugares sólo quedaban las marcas de dónde las
casas habían estado, pues habían sido completamente quemadas.
Youko había pensado que Kou era una tierra pobre, pero
no había comparación con Kei. Recordó a los refugiados que había visto
acurrucados junto a las murallas de las ciudades y sintió una punzada en su
corazón. Sintió lo desesperados que estaban de volver a casa. Ella mejor que
nadie sabía lo difícil que era no tener un lugar cálido donde dormir, un lugar
que fuera tuyo.
La fuerza de rescate del Rey Eterno había estado
volando medio día sobre el Mar de Nubes, observando la tierra bajo ellos, cuando
finalmente llegaron a Iryuu, la capital de la provincia de Sei. Resultaba que
Iryuu era otra montaña increíblemente alta que llegaba hasta atravesar el Mar
de Nubes, con la fortaleza del gobernador provincial en su pico. En algún lugar
de esa fortaleza, Keiki esperaba.
Cuando Youko vio la fortaleza del
gobernador en la distancia, se dio cuenta del número de manchas negras que se
levantaban como aves de las murallas del castillo. La defensa de Iryuu iba a su
encuentro.
Pelear significaba matar. Youko
había matado muchas cosas desde que había llegado a este mundo, pero jamás una
persona. Nunca había tenido la valentía de llevar el peso de una muerte humana
en su corazón, pero cuando eligió acompañar a la fuerza de rescate a Iryuu, se
decidió: mataría si debía pero no permitiría que el compromiso con su misión
disminuyera el peso de cualquier vida que tomara. Sabía que recordaría cada
una. No los olvidaré. Es lo mínimo que puedo hacer.
—¿Estás lista? —gritó el Rey Eterno.
Youko asintió.
—No dudes, no titubees. No permitiré que hayas
aparecido ante nosotros y te vayas tan rápido.
—No moriré tan fácilmente —respondió Youko—. Soy una
mala perdedora.
El Rey Eterno levantó una ceja y sonrió.
Youko desenvainó su espada, apuntándola en dirección de
las tropas que se acercaban. Su kitsuryou galopaba por el aire, nunca
deteniéndose, llevándola directamente al enjambre de caballeros que salían del
castillo.
En
el castillo, tras pasar varias almenas y pasillo tras pasillo lleno de fuertes
defensores, Youko encontró lo que buscaba: una bestia dorada que se encontraba
sola en una habitación silenciosa.
—Un kirin…
¿Keiki?
La criatura miraba a Youko con una profundidad y un
misterio que le recordaba al Mar del Vacío. Rápidamente se acercó y él rozó la
punta de su hocico con su brazo. Una de sus delgadas patas, tan elegantes como
las de un ciervo, estaba atada a una cadena de hierro.
—¿Keiki?
El kirin miró directamente a los ojos de Youko,
quien acarició su melena dorada.
Mi otra mitad…
Esta bestia -que en el mundo donde había nacido no era
más que un producto de la imaginación de algún escritor- era quien la había
traído y había decidido su destino.
—Te he estado buscando —dijo Youko. Se arrodilló junto
a la bestia y él descansó sobre su regazo, bajando la cabeza varias veces como
haciendo reverencias. Youko volvió a acariciar su melena y en ese momento
escuchó un fuerte sonido metálico.
—Espera, te liberaré. —Youko se arrodilló, sacó su
espada, miró la pesada cadena y entonces, dio un golpe en el eslabón más
central con toda la fuerza que tenía. Con un sonido metálico, la cadena se
rompió. El grillete se abrió y el kirin se levantó, moviéndose como si
no pasara nada, entonces bajó nuevamente su cabeza tocando a Youko con su cuerno.
—¿Qué pasa? —preguntó Youko, mirando el delicado
cuerno. Se dio cuenta de que había una sección tan grande como la palma de su
mano que tenía un diseño diferente. Era el color de la sangre seca con palabras
de color rojo oscuro—. ¿Qué es esto?
El kirin continuó rozando su cuerno contra su
brazo como si estuviera impaciente y Youko se dio cuenta de que faltaba algo.
Rakushun era un hanjuu y podía hablar. En este mundo donde las criaturas
mágicas podían hablar, ¿no debería el kirin, como una bestia sagrada,
poder hablar también?
Entonces recordó una de las visiones de la espada.
Con su cuerno sellado, el kirin no puede estar en forma humana ni hablar.
Puso su mano suavemente sobre el cuerno de la bestia y
él bajo su cabeza permisivamente. Restregó fuertemente con la manga de su
camisa, pero las letras no desaparecían. Cuando entrecerró los ojos y vio más
de cerca, pudo notar que los delicados caracteres estaban gravados en el mismo
cuerno.
Si es una herida, esto puede ayudar, pensó Youko, sacando la joya de su vaina de su ropa. La
puso suavemente sobre la superficie del cuerno y los caracteres desaparecieron
en gran parte. Pasó la joya varias veces más, cada vez, los caracteres se veían
más borrosos hasta que al final fueron invisibles. Repentinamente, una voz bajó
su brazo dijo:
—Muchas gracias.
Esa voz era familiar, sin embargo, sentía que había
pasado un siglo desde la última vez que la había escuchado.
—¿Keiki? —Contuvo la respiración.
El kirin entrecerró sus ojos y la miró.
—¿Quién más puede ser? Parece que te he hecho pasar por
muchos problemas y por eso debo pedirte perdón. —No sonaba nada preocupado.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Youko. Sí, era
el Keiki que conocía, cínico e impertinente.
—¿Has venido sola? —preguntó.
—El Rey Eterno me ayudó —dijo ella—. Sus caballeros
están afuera ahora, peleando con los ejércitos de la impostora que te
encarceló.
—Ya veo —dijo el kirin asintiendo y entonces
levantó su voz—. ¡Hyouki! ¡Juusaku!
Las dos bestias aparecieron, deslizándose fuera de las
paredes.
—Aquí —dijo Juusaku.
—Vayan a ayudar al Rey Eterno —ordenó Keiki.
Las dos criaturas hicieron una reverencia y
desaparecieron de la forma en que llegaron.
—¿Estás bien? —preguntó Youko luego de un momento.
—Claro que sí —respondió el kirin, en un tono de
voz que señalaba que era la pregunta más inútil que podía haber hecho.
—¿Cuándo tu cuerno está sellado, no puedes dirigir a
tus shirei?
—Parece que has aprendido bastante. Sí, es como has
dicho —el kirin dejó salir un gruñido—. Siento no haber podido ayudarte.
—Al menos Jouyu siguió a mi lado —dijo Youko—. Sin su
ayuda no estaría aquí ahora. ¿Qué pasó con las otras dos bestias?
—Están conmigo. ¿Las invoco?
—No, mientras estén bien no pasa nada.
El kirin asintió lentamente.
—Oh, es cierto —Youko recordó repentinamente algo—,
tengo un favor que pedirte.
—Habla.
—Quiero que retires la orden que le diste a Jouyu, para
que pueda hablar conmigo. Pero déjalo, eeh… dentro de mí —pidió.
El kirin miró a Youko y parpadeó varias veces.
—Has cambiado.
—Sí, bueno —respondió—, debo agradecerte por el hinman.
Jouyu me ha salvado muchas veces. Te estoy agradecida, y… además quería saber
otra cosa.
—¿Qué deseas?
—Quiero saber cómo escribes Jouyu. ¿Qué caracteres
utilizas?
Los ojos de la bestia se abrieron.
—Una petición muy rara.
—¿Eso crees? Es solo que parece que todo en este mundo
parece tener caracteres propios, siento que si no sé cuáles son, no sabré que
significan verdaderamente sus nombres.
Cuando Youko dijo esto, una sensación de cosquilleo se
sintió por su mano.
Involuntariamente, su dedo índice se levantó y empezó a escribir:
¿Ayudante innecesario…?
Youko sonrió.
—A ti también te agradezco, mi ayudante innecesario,
Jouyu —dijo al vacío—, aunque a duras penas te consideraría innecesario.
Los shirei siguen al kirin
y por lo tanto al rey, dijo una voz en su cabeza, no hay necesidad de
agradecerme nada.
Youko sonrió. El kirin la miraba fijamente
entrecerrando los ojos.
—Realmente has cambiado.
—Sí —respondió Youko—. Tenía mucho que aprender.
—Para ser francos —dijo Keiki—, no esperaba volverte a
ver.
Youko asintió suavemente.
—Ni yo a ti. ¿No… tomarás forma humana?
—¿Y que Su Majestad me vea desnudo? —respondió
sorprendido.
Youko sonrió.
—Por supuesto que no —Sacudió la cabeza—. Vamos a casa
a darte algo para vestir. Aunque pienso que tendremos que estar un rato en el
Palacio Gen’ei antes de volver al Palancio Kinpa.
Youko rio y el kirin parpadeó nuevamente y
entonces se arrodilló para estar a sus pies. Mientras se movía un maravilloso
brillo se veía en su espalda.
—Por el Mandato del Cielo, te sirvo, mi ama —dijo la
criatura solemnemente, bajando su cabeza hasta que su cuerno tocaba los pies de
Youko—. Nunca te abandonaré, siempre te obedeceré, prometo mi lealtad con este
juramento.
La emperatriz sonrió.
—Acepto.
Y
así empieza la historia de Youko.
«Se
cuenta que en la primavera del sexto año de Yosei, en el reino de la Emperatriz
Jokaku, el taiho Keiki cayó gravemente enfermo por el shitsudou y las calamidades empezaron en el reino.
La capital, Gyouten, fue arrasada por el fuego y la
pestilencia. El gobierno estaba sin orden y la corrupción y el soborno estaban
presentes. Entonces la gente estaba desesperada y se lamentaban, diciendo que
los Dioses de la Muerte habían venido a destruir a Kei.
Fue durante la quinta luna de ese año que el Rey
Glorioso conocida como la Emperatriz Jokaku, se postró en Houzan y abdicó de su
trono. De esa forma, falleció y fue enterrada en Senryou. Su reino duró seis
años. Después de su muerte, se le conoció con el nombre de Yo por toda la
eternidad.
Una vez fallecida la Difunta Emperatriz Yo, la
impostora Joei ocupó su lugar. Reclamando el título de Rey Glorioso, entró a
Gyouten y el caos se esparció a través del reino, las miserias del pueblo se
hicieron mayores.
Y entonces, durante la séptima noche del séptimo año,
la Emperatriz Youko, el nuevo Rey Glorioso, recibió el trono. Al ser el
apellido de la emperatriz Nakajima, su insignia imperial sería Sekishi, o la
Niña Imperial o Niña Roja, que había nacido como taika
del otro lado del Mar del Vacío. En la tercera luna del séptimo año, regresó de
la tierra de Hourai y llevó a cabo su rebelión contra la impostora Joei en el
séptimo mes con el auxilio de Shoryu, el Rey Eterno de En que accedió a su
petición de ayuda.
En la octava luna de ese año, en la Montaña del Ajenjo,
recibió el Mandato del Cielo y se convirtió verdaderamente en el Rey Glorioso y
fue reverenciada por su gente y entre los dioses. En Gyouten, la nueva
emperatriz volvió a enterrar a la Difunta Emperatriz Yo y nombró a seis nuevos
oficiales y muchos gobernadores para traer orden a la tierra. La era de su
reino fue conocida como Sekiraku o la Era de la Alegría Roja, por el primer
carácter de su insignia imperial y el nombre de su amigo y confidente,
Rakushun. Y de esa forma, el reinado del Rey Rojo empezó»
—El Libro Rojo de Kei.
AGRADECIMIENTOS
La traducción, a diferencia de la lectura, realmente enfoca la mente en
lo que el autor realmente quiere decir, en lugar de simplemente impulsarlo por
la vía narrativa. Así que el verdadero mérito es de Fuyumi Ono por escribir algunas
de las novelas más fascinantes y creativas del género de alta fantasía, en
cualquier idioma, y eso solo se vuelve más interesante y moralmente complejo a
medida que avanza.
Convertir lo que comenzó como un ejercicio de estudio
del japonés en prosa legible requirió mucha ayuda. Me apoyé mucho en los
glosarios Juuni Kokki de Yoshie Omura. Yuko respondió generosamente a
mis preguntas sobre la sintaxis y la semántica japonesa. Estoy en deuda con
Wiebe por señalar errores tipográficos e incoherencias en la traducción a lo
largo del camino, y con immi y Anna por esforzarse en el arduo e ingrato
trabajo de editar la novela completa.
Escribo borradores iniciales usando JWPce. Mis
diccionarios en línea principales son Eijirou y Weblio. El sistema operativo es
XP Pro SP3 con el módulo de idiomas de Asia Oriental cargado (ahora Windows
10). Vuelvo el texto en Word 2003 (ahora 2019) y hago la edición final en
Homesite 1.0 (ahora Notepad ++) después de convertirlo a HTML.
—Eugene Woodbury.





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