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El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

miércoles, 1 de febrero de 2023

Sombra de Luna, un Mar de Sombras - Capítulo 8

 

CAPÍTULO 8

 

 

 

A Youko le fue dada una hermosa suite de techo alto. La decoración, desde los muebles hasta el jarrón de agua, e incluso los delicados vasos sobre la mesa, era de gran elegancia. La habitación principal era inmensa y tenía grandes ventanales. Había arreglos florales aquí y allí e incienso, Youko podía imaginar la sorpresa que un granjero a las afueras de Kou sentiría si viera un lugar así.

Ya que se había acostumbrado mientras viajaba a los lugares baratos, Youko también se sentía sorprendida. No podía acomodarse, había querido retirarse a su habitación para darse un tiempo y pensar las cosas, pero la decoración y las mullidas sillas eran incómodas. La mesa lacada tenía acabados de madreperla e incluso se verían sus huellas digitales de haberla tocado. Hasta dudó cuando quiso sentarse allí con la barbilla sobre las manos.

Caminando por la habitación, notó que había una puerta que daba a una habitación anexa más pequeña. Se dirigió allí, pensando que quizá era un lugar donde se podría relajar. La puerta a la habitación más pequeña era una delgada puerta corrediza de tres paneles con intricados diseños florales por todas partes, la puerta se corrió hacia un lado. Había una plataforma en la entrada y el resto de la habitación estaba fuera de su vista por una gran cortina de seda. Youko apartó la cortina y encontró un edredón brocado que se extendía desde el umbral hasta la pared más lejana. Si esto quería decir que toda la habitación era su cama, entonces era una broma muy mala. Le era imposible imaginarse acostada para reflexionar sobre sus pensamientos en una cama tan vasta y mucho menos podía imaginarse durmiendo allí.

Sintiéndose fuera de lugar, Youko fue hasta los grandes ventanales que iban del piso hasta el techo en una esquina de la habitación principal. Los marcos de las ventanas eran intrincadamente detallados y el mismo vidrio tenía colores brillantes. Tras los paneles brillantes, pudo ver un gran balcón.

Como el Rey Eterno había prometido, le habían dado una habitación con una terraza que daba al Mar de Nubes.

Youko abrió la ventana y una fresca brisa salada sopló contra su piel, removiendo el aroma del incienso que la rodeaba. Abrió un poco más la ventana y pasó a través de ella para llegar a la gran terraza hecha de piedras blancas que rodeaba la circunferencia del edificio. Caminó un poco y se recostó contra la barandilla para ver el mar de nubes bajo ella. La luna estaba baja, amenazando con hundirse bajo este mar sobre el cielo.

Mientras Youko se encontraba allí viendo las olas chochar contra las rocas de más abajo, escuchó el sonido de pequeñas pisadas tras ella y se volvió para ver a una figura familiar de pelaje gris acercándose.

—¿Saliste a caminar?

Rakushun sonrió.

—Algo así. ¿No podías dormir?

—No. ¿Tú tampoco, Rakushun?

—¡¿Quién podría dormir en una habitación así?! Hasta llegué a desear estar en una ruinosa habitación de alguna posada.

—Lo mismo pensé —dijo Youko de acuerdo.

La rata se rio fuertemente.

—Eso no es lo que esperaría de ti. Tienes tu propio palacio allí afuera, ¿sabes?

La sonrisa desapareció del rostro de Youko.

—Tengo uno, ¿verdad? 

Rakushun se acercó hasta su lado.

—El palacio real de Kei está en Gyouten, en la provincia de Yei. Se llama Palacio Kinpa o el Palacio de las Olas Doradas.

Youko asintió. Sabía que había existido un tiempo en que había soñado en vivir en un palacio así, pero ahora realmente la idea no le interesaba. Rakushun permaneció en silencio por un momento antes de volver a hablar.

—Dime, Youko.

—¿Sí?

—Esta falsa emperatriz, Joei… ¿Tiene a Keiki, no es así?

—Eso parece.

—Bueno, verás, estaba pensando, si el Rey de la Colina de Kou realmente no te quiere tener en el trono, hay algo que podría hacer.

—¿Dices matar a Keiki?

—Sí. Si Keiki muere, tú también morirías. No has subido al Houzan para recibir tu mandato ni nada así, por lo que no estoy seguro de qué pasaría, pero parece posible que puedas morir.

Youko se estremeció.

—Yo también lo creo. Ahora que hice un pacto con Keiki, ya no soy humana. Es por eso por lo que me cuesta tanto hacerme daño, es por eso por lo que entiendo el idioma, es por eso que puedo usar esa espada y es por eso por lo que me trajeron aquí desde el Mar del Vacío.

—Así es, Youko, y ahora el enemigo tiene a Keiki. Debes tomar el trono, es la única forma de protegerte…

—No quiero escuchar más —dijo Youko, interrumpiéndolo.

—Youko…

—No, no estoy siendo terca. Ahora sé lo que es un rey y lo que es un kirin. Sé qué pasará si no acepto ser la emperatriz. Pero no quiero tomar la decisión sólo para salvarme, ¿entiendes?

—Sí, pero…

—No quiero que nadie piense que tomé mi decisión por desesperación —Youko sonrió—. En los meses después de venir a Este Lugar pensaba que podía morir en cualquier momento. Pero sin embargo pude salir adelante. Tuve suerte. Así que verás, estaba lista para morir antes de esto. Ahora no dejaré que el miedo a la muerte se meta en el camino para tomar mi decisión —Rakushun tragó saliva—. Sé que todos esperan que decida, pero si decido la forma en que quiero vivir basada en lo que ellos quieren, lo que le seguirá no será mi responsabilidad. Es por eso por lo que quiero pensarlo bien. ¿Entiendes?

Rakushun levantó sus ojos confundido y miró los de Youko.

—No entiendo por qué es una decisión tan difícil para ti.

—Es difícil porque no puedo hacer lo que me piden.

—¿Por qué no?

—Sé qué tipo de persona soy: incompleta, despreciable. No soy ninguna emperatriz. No soy nadie especial.

—Youko. No creo que…

—Dices que eres medio humano, Rakushun. Bueno, yo también lo soy. Puedo parecer una persona, pero dentro soy sólo una bestia.

—Youko…

Youko apretó la barandilla. La delicada piedra tallada se sentía exquisitamente suave en sus manos. Bajó la mirada y vio el agua transparente y a través de ella vio las luces de Kankyu, brillando como luciérnagas en el campo de la noche. El golpeteo constante de las olas era un suave sonido rítmico. Era una hermosa vista, sin embargo, ella se sentía indigna de presenciarla. Sin duda el Palacio Kinpa en Gyouten era hermoso. Cuando se imaginó a ella misma allí se sentía más asqueada que esperanzada.

A su lado, Rakushun suspiró.

—Cada rey es una persona normal antes de que el kirin los escoja.

—No, seguía siendo la misma persona después de que me escogieran. Intenté robar, amenacé a otras personas para poder vivir, desconfié de los demás, te abandoné para salvar mi propio pellejo… hasta podría haberte matado.

—Pero el Rey Eterno dijo que puedes lograrlo.

—El Rey Eterno no sabe lo bajo que llegué.

—Yo también sé qué puedes, Youko. Y yo soy a quien quisiste matar. Si hasta yo puedo saberlo, debe ser lo correcto.

Youko miró a Rakushun. La rata, con su cabeza que apenas llegaba a su ombligo, había metido su nariz entre la barandilla para mirar el mar del cielo.

—Yo… simplemente no puedo —murmuró Youko, mirando al Mar de Nubes. No hubo respuesta. Una pequeña pata tocó su brazo, pero para el momento en que ella se volvió, la espalda peluda de Rakushun estaba en su dirección.

—Rakushun.

—No puedo culparte. Yo tampoco sabría qué hacer en tu posición. Sólo… pensarlo.

La rata empezó a alejarse con su espalda todavía hacia Youko, sus manos levantadas como diciendo que ya había hecho todo lo posible y que no haría más. Youko lo observó alejarse.

—No lo sabes todo, Rakushun —murmuró suavemente.

Yo sé, dijo una voz en la cabeza de Youko que no era la suya. 

Los ojos de Youko se abrieron de par en par y buscó alrededor, pero no había nadie.

Nunca estuviste completamente sola. Yo lo sé. Lo sé todo.

—¿Jouyu?

Ve a por el trono. Puedes hacerlo.

Youko no pudo responderle a la voz en su cabeza, en parte porque estaba sorprendida y en parte por lo que decía la voz.

Estoy desobedeciendo órdenes. Discúlpame.

Youko recordaba a Keiki diciéndole a Jouyu que actuara como si no estuviera allí.

¿Por qué nunca respondió antes?

Me llamaste monstruo, lloraste para que me arrancaran de ti. Mi silencio fue tu castigo.

—Qué tonta he sido —farfulló Youko. La única respuesta fue el silbido del viento nocturno y el golpe de las olas a lo lejos.

  

 

A la mañana siguiente, la despertó una joven sirvienta y Youko la siguió de mala gana hasta la mesa real. Respondió a las miradas expectantes de los demás con una sacudida de su cabeza. Rakushun, en forma de rata, se sentó con su cabeza baja y tocando sus bigotes. El Rey Eterno y Enki también parecían un poco desanimados. No estoy lista para decirles.

—Kei es tu reino. Su gente es tu gente. Haz lo que desees —dijo el Rey Eterno con una sonrisa—. Sin embargo, debo pedirte que nos dejes intentar rescatar a Keiki. Especialmente si el Rey Glorioso quiere abandonar su trono, quisiera que al menos salvaras al ministro, por el bien del reino. ¿Qué dices?

Youko asintió.

—Todavía tengo que tomar mi decisión, pero no tengo objeciones en cuanto a salvar a Keiki. ¿Cómo planeas hacerlo?

—No veo otra forma aparte de quitárselos a la fuerza. Nuestra información indica que Keiki está en la Provincia Sei, rodeado por el cuerpo principal del ejército del falso rey.

—Tengo una pregunta. Si podemos rescatar a Keiki, ¿podré volver a casa?

El Rey Eterno asintió nuevamente.

—Los kirin pueden crear el shoku. En tu forma actual, eres capaz de cruzar el Mar del Vacío así que no veo por qué tendrías algún problema. Si deseas volver, Keiki puede enviarte y si no quisiera, puedo hacer que Enki lo haga.

Qué generoso, pensó Youko. Podría haberla amenazado fácilmente con nunca enviarla a casa si no aceptaba ser el próximo Rey Glorioso.

Pero Enki habló inmediatamente.

—No importa lo que pase, yo no pienso crear un shoku para ti. Convence a Keiki si quieres irte con tantas ganas.

Las palabras hicieron que se ganara una mirada consternada del Rey Eterno.

—¡Rokuta!

—Parece que no lo sabes, así que te lo diré —continuó el joven kirin—. Cuando un shoku viene, lo que le sigue es desastre. Si sólo envías a un kirin a Aquel Lugar, lo peor que podría pasar sería un fuerte viento, pero si se envía a un rey, causarás gran daño a este mundo y el otro.

—¿A Wa también?

—Así es. Después de todo se mezclan ambos mundos. Escuché que le pasaron cosas terribles a Kou con el shoku que te trajo, pero sería muy poco comparado con lo que pasaría si un rey atraviesa el Mar del Vacío. Dudo que tengamos tanta suerte la próxima vez, no tengo intención de ayudarte.

—Bueno, si voy a casa, procuraré hacerlo de forma que no te moleste, Enki.

—Yo procuraré que no lo hagas —dijo el chico.

—Pero Youko —añadió calmadamente el Rey Eterno—, ¿entiendes que no estarás a salvo, aunque vuelvas a casa?

—Ya lo sé.

Mientras el Rey de la Colina me quiera muerta, nunca escaparé de los demonios. Probablemente los envíe a Aquel Lugar nuevamente. Devastaría esta tierra al irme y al llegar llevaría todo tipo de monstruosidades demoníacas. Descendería sobre mi tierra como una diosa de la muerte. El ir a casa sería malo para ambos mundos y para todos a quienes conozco, y eso es asumiendo que la falsa emperatriz no mate a Keiki y por lo tanto a mí. ¿Cómo es que todavía no puedo decidirme?

—¿Y si hacemos algo con el Rey de la Colina antes de irme a casa?

—Eso no podemos hacerlo, o al menos yo no te ayudaré. —El Rey Eterno negó con la cabeza—. Te diré esto: Hay tres transgresiones que no están permitidas a ningún rey. La primera es violar las leyes celestiales y negar el camino de la verdad. La segunda es rechazar el propio mandato y escoger la muerte sobre la responsabilidad real. Y la tercera es invadir otro reino, aun con la intención de prevenir la guerra.

Youko asintió.

—Pero ¿cuáles son los planes de los que hablaste? ¿Cómo sacaremos a Keiki a la fuerza?

—Si el nuevo Rey Glorioso está con nosotros, legitimaría al ejército como el verdadero ejército de Kei. Simplemente estaríamos ayudando por petición del Rey Glorioso.

—Ya veo.

El Rey Eterno sonrió ampliamente.

—Te prestaré los ejércitos de En para asegurar el regreso de Keiki. ¿Lo harías?

Youko sonrió amargamente y bajó la cabeza.

—No tengo más opción. —Respiró profundo—. Ahora estoy lista. Pido que me ayuden. Y… siento haberos decepcionado con mi indecisión hasta ahora.

Enki sonrió.

—Shoryu sólo quiere más reyes taika, ¿sabes? No dejes que te obligue. Ha estado muy solo siendo el único de su tipo.

—¿El único?

—Sí, entre los reyes de este mundo yo soy el único taika, traído de Aquel Lugar. He escuchado de más en el pasado, pero han sido pocos.

—Pero Enki —dijo Youko, dirigiéndose al kirin—. Tú eres un taika, ¿no es así?

—Así es. Sólo yo, Shoryu y Taiki. Tú serías la cuarta.

—Taiki… ¿el kirin de Tai?

—Sí. El chiquillo del reino externo de Tai.

—¿Chiquillo?

—Sí, un kirin que todavía no ha crecido completamente.

—¿Y tú ya creciste completamente, Enki? —preguntó Youko con una sonrisa.

—¿Qué? Claro que sí. Cuando un kirin madura, su apariencia externa se congela en el tiempo.

—Así que maduraste antes que Keiki… ¿y por eso te ves más joven?

—Así es —dijo el kirin con orgullo evidente.

El Rey Eterno se rio.

—¿Así que Taiki no había madurado?

—No.

—¿Por qué lo dices en pasado? —dijo Youko.

Enki frunció el ceño y miró al Rey Eterno.

—Taiki ya no existe. Al menos es lo que nos han dicho. El reino de Tai está en medio de una guerra. Taiki y el Rey Pacífico han desaparecido, están perdidos o algo peor.

Youko suspiró.

—Parece que mi reino no es el único con problemas.

—Así es. Los mortales son excelentes para causar problemas. El nombre mortal del kirin de Tai en Aquel Lugar era Takasato. 

—¿Era un chico?

—Sí. El ki después del nombre del reino significa que el kirin es hombre. Para una kirin se utiliza el rin, así que una kirin de Tai sería Tairin, ¿ves? Taiki era un apuesto kirin negro.

—¿Un kirin negro?

—Sí. ¿Alguna vez has visto a un kirin en su forma real?

—No, sólo en forma humana —dijo Youko.

—Sus pieles son amarillas, sus espaldas de varios colores y sus melenas doradas, al menos la mayoría son así.

—¿Dorado como tu cabello?

—Sí. Claro, este no es mi cabello, es mi melena.

Ah, claro, pensó Youko.

—Pero Taiki era negro, como el color del acero bien encerado. Su piel era color ébano, su espalda plateada, bueno, no sólo plateada, también tenía otros colores.

—¿Y eso es fuera de lo común?

—Bastante. Ha habido pocos kirin negros en la historia. Aparentemente también ha habido kirin rojos y hasta blancos, pero nunca he visto uno de esos.

Youko asintió, intentando imaginar cómo sería un kirin negro de espalda plateada.

—Si Taiki estuviera realmente muerto, entonces el Rey Pacífico no podría vivir. Y en Houzan, la Montaña del Ajenjo, habría crecido un canistel (el Tai-ka) con el nuevo Taiki. Pero no hay señales de esto.

¿Tai-ka?

—El árbol en el que crecen las frutas de los kirin está en Houzan. Cuando un kirin muere, el ranka del nuevo kirin debe empezar a crecer. Si Taiki hubiese muerto, habría nacido el nuevo kirin de Tai. El ranka es nombrado de acuerdo con el reino, en este caso, Taika. Sin embargo, no hay ningún Tai-ka en Houzan. Así que debe estar vivo.

—¿Los kirin tienen padres?

—No, a excepción de los que somos taika. Los kirin normales no tienen nombres. Sólo sus títulos.

—¿Cómo Keiki?

Enki asintió. De repente, a Youko le parecía que la vida de un kirin debía ser muy triste. Y como si pudiese leer sus pensamientos, Enki puso una expresión de amargura.

—Los kirin son criaturas lamentables. Nacen para el rey, sin padres ni hermanos. Ni siquiera tienen un nombre propio y cuando encuentran a su rey se vuelven meros sirvientes. Y al final, cuando mueren, es por culpa del rey. Ni siquiera tienen una tumba —dijo, mirando al Rey Eterno. Su amo esquivó la mirada. Enki frunció el ceño y suspiró.

—¿No tienen tumbas? —preguntó Youko. Enki se estremeció al escucharla—. ¿No les hacen una tumba?

—No, sí tienen —respondió el Rey Eterno con una sonrisa irónica—. Los entierran junto a su rey. Sólo que es su espíritu, no hay cadáver.

—¿Por qué no? 

¿Se evaporan y ya?, se preguntaba Youko.

—Es suficiente —dijo Enki.

—No hay nada que esconder —el rey continuó—. Ya sabes que el kirin usa demonios como sus sirvientes. Hacen un pacto con estos demonios, así como lo hacen con el rey. El pacto dice que los demonios seguirán las órdenes del kirin y en cambio, cuando el kirin muera, podrán comerlo.

Los ojos de Youko se abrieron como platos mientras miraba al Rey Eterno y luego a Enki.

El Taiho se encogió de hombros.

—Ahora lo sabes. Parece que los kirin somos bastante apetitosos, o eso he oído. ¿Y a quién le importa de todas formas? Ni a mí me importará cuando sea mi turno: Estaré muerto. Si nos tienes lástima, Youko, guárdala para Keiki. No lo decepciones.

Youko no sabía qué decir, así que prosiguió:

—Para el Rey de la Colina no pareció ser muy difícil haber decepcionado a Kourin.

El Rey Eterno levantó una ceja.

—Quién sabe qué estará pensando el Rey de la Colina —A su lado, el rostro de Enki se oscureció—. Interferir en los asuntos de otro reino es lo mismo que perder el Mandato del Cielo. Si incluso ese hecho no fue suficiente para evitar la estupidez del Rey de la Colina, entonces debe tener una motivación muy fuerte.

—Sí, eso creo…

—Debía saber que sus actos estúpidos sólo llevarían a una pérdida personal. Sin embargo, a veces todos cometemos estos errores, aunque sepamos que están mal. La gente es estúpida y cuando las cosas están difíciles, son aún más estúpidos.

Sus palabras fueron para Youko como un golpe en el estómago. Sólo pudo asentir.

—Tengo miedo…

—¿Miedo?

—Sí. No sé si yo lo haría mejor que él.

El Rey Eterno rio. 

—El kirin siempre obedece al rey, sin embargo, no creas que hará todo sin quejarse.

Nunca olvides que eres una tonta humana y así, tu otra mitad te salvará.

—¿Mi otra mitad? —preguntó Youko confundida.

—Sí, tu kirin.

Youko asintió y entonces miró la silla a su lado.

Allí había una espada -su espada- el tesoro antiguo del reino de Kei.

El Rey Eterno dijo que la Espada del Mono de Agua puede mostrar el pasado, el futuro y lugares lejanos. Si pudiera dominarla, quizá podría saber qué estaba pensando el Rey de la Colina.

  

 

La conversación en la mesa se convirtió en un consejo de guerra, donde Youko aprendió que el reino tenía dos ejércitos. La Guardia Provincial que respondía a los gobernadores provinciales y funcionaba sólo dentro de sus territorios y el Ejército Imperial que era controlado directamente por el rey.

La caballería normal iría hacia Iryuu, la capital de la provincia de Sei en reino de Kei. Sin embargo, esta campaña tomaría un mes y para salvar a Keiki un mes era demasiado. Así que se decidió que un escuadrón combinado de ciento veinte caballeros élite, diestros en montar bestias voladoras serían reunidos para llevar a cabo un asalto aéreo a Iryuu.

El Rey Eterno y Enki se marcharon de inmediato para hacer las preparaciones. No volvieron para el almuerzo y tampoco para la cena. Dejando solo a Rakushun, Youko regresó a su habitación. Puso la espada sobre la mesa y se sentó frente a ella.

Soy la dueña de esta espada.

Sabía que en teoría era posible usar la espada como una especie de oráculo, como el Rey Eterno le había dicho, pero todavía dudaba de su habilidad de lograrlo. No obstante, nunca había tenido una necesidad tan grande de obtener información como ahora. A pesar de las dudas que la atormentaban, decidió intentarlo.

No tenía idea de cómo forzar a la espada para que le mostrara algo, pero se dijo a sí misma que no podía ser tan difícil.

Antes de cruzar el Mar del Vacío, Youko había soñado por muchas noches sobre oscuridad y el sonido de agua goteando. Seguramente eso había estado relacionado de alguna forma con las visiones que la espada le había mostrado, que siempre estaban acompañadas por el sonido de goteo. Youko asumió que el arma había estado intentando advertirle de los enemigos que se acercaban, le había enviado estas visiones en sueños como una vía para proteger a su dueña.

Pero espera… en ese momento todavía no había conocido a Keiki. Todavía no había hecho ningún pacto. ¿Cómo sabía la espada que me pertenecía? ¿Qué es primero? ¿La selección del kirin o el Mandato del Cielo?

Al explicarle esto al Rey Eterno, él le dijo que quizá había nacido con el Mandato del Cielo, o que quizá el trono había sido suyo desde que Keiki había tomado la decisión.

—¿Quién sabe? —dijo Enki—. No te puedo decir por qué lo escogí a él. No había razones obvias, sólo sabía que él era el elegido.

Enki dijo que el kirin escoge al rey por instinto. En cualquier caso, Youko no pensaba que comunicarle sus intenciones a la espada sería difícil.

Desenvainó la espada en la habitación a oscuras. Miró fijamente el acero pulido.

El Rey de la Colina. Muéstramelo.

Hasta ahora, la espada sólo le había mostrado visiones de su hogar, del mundo que había dejado atrás, pero asumió que esto se debía a que siempre estaba pensando en regresar.

¿Qué pretende el Rey de la Colina?

Youko no estaba segura de qué se necesitaba para convertirse en un buen rey, pero al menos podría aprender al ver a uno malo.

Un brillo pálido cubrió la espada. Figuras vagas empezaron a formarse en la luz. Youko escuchó el agudo y lejano tip tip del agua goteando. Miró fijamente la visión y esperó a que se enfocara.

Vio una pared blanca. En la pared había una ventana y a través de esta, un jardín.

Conocía este jardín, era el que estaba en su casa en Japón.

No, no es esto lo que quiero ver.

Youko perdió su concentración y la visión desapareció. La espada perdió su brillo y yacía fría en la oscuridad. Había fallado.

—Sólo necesito volver a intentarlo —se dijo a sí misma, mirando fijamente a la espada. Nunca había visto más de una visión por noche, pero antes podía pensar que había algún tipo de límite en cuanto a lo que la espada podía mostrarle. La espada empezó a brillar una vez más.

Nuevamente vio el jardín en frente de su casa.

Youko frunció el ceño. Esta vez se mantuvo concentrada en la visión mientras pensaba al mismo tiempo en lo que quería ver. La visión se volvió borrosa, ondulándose como el agua en un charco. Las ondas se aclararon y Youko vio su habitación.

¡No!

Luego vio su escuela.

¡No!

Intentó varias veces más, pero todo lo que veía eran imágenes de Aquel Lugar. Vio su casa, su escuela y hasta las casas de sus amigos. La espada no le mostraba nada de este mundo.

 No es mejor que la vaina, pensó Youko. Un mono azul, atrevido, impertinente e imposible de controlar.

Al mismo tiempo, se dio cuenta de que el fallo era en parte su culpa por no poder renunciar completamente a su hogar. Al darse cuenta de esto, intentó hacerlo con más fuerza.

Decidida, Youko siguió mirando la espada, luchando por lo que han debido ser horas para ganar control sobre lo que veía. Finalmente, una nueva escena apareció: una visión de una ciudad con una muralla familiar.

¡Lo hice!, pensó mientras la visión se hacía más clara. Lentamente se convirtió en la imagen de las puertas de una ciudad y el camino enfrente de ellas.

El camino estaba manchado de sangre. Había cadáveres por todo el suelo. Algunas personas gemían del dolor mientras otros se desangraban en silencio. En la mitad de todo había una chica con una expresión oscura.

¡No! ¡Soy yo!

—¡Detente! 

Youko apartó la visión de su mente. Era Goryou, donde había abandonado a Rakushun.

Estaba atónita. ¿Realmente me veía así? ¿Cómo pude ser tan cruel?

La espada cayó al suelo con un sonido metálico. Entonces empezó a reírse de sí misma por haberse asustado.

Es sólo la verdad, ¿mmm? 

Eso es lo que el mono azul habría dicho de haber estado vivo.

Era la verdad. No tenía el derecho de apartar sus ojos. En vez de eso, debía mirar fijamente. Si apartaba la vista de sus propios errores, no habría fin para su estupidez.

Tomó la empuñadura y levantó la espada una vez más. Controlando su respiración, miró la espada. Nuevamente vio las puertas de Goryou. Youko se vio a sí misma, de pie en el camino. La expresión en sus ojos era oscura y malévola.  Estaba mirando a Rakushun.

Me estoy preguntando si debo volver para matarlo.

Entonces vio gente salir de la ciudad y a ella misma huyendo. Mientas huía, la visión se volvió borrosa; ahora se veía en un camino en medio de la montaña. Se vio a sí misma mientras rechazaba a las amables vendedoras de dulces que ofrecieron ayudarla.

Un momento después vio a Takki y al anciano kaikyaku Seizo. Vio las familias de los hombres que habían muerto gracias a los demonios cuando habían intentado llevar a Youko ante el magistrado. Estaban llorando. Los escuchó llorar y a través de sus gemidos pudo escuchar cómo la maldecían, a ella, la kaikyaku, por haber traído desgracias.

Vio la destrucción en Kasai después del ataque del demonio. Vio las pilas de cadáveres alineados en la plaza central en Goryou y los refugiados de Kei apiñados a las afueras de otra ciudad.

Youko se sentó, observaba todas las visiones. Mientras miraba, pudo entender que intentar detener estas imágenes dolorosas sólo las hacía más fuertes, más impredecibles; debía observar y mientras lo hacía, las escenas se acercaban gradualmente a lo que quería ver.

Vio un palacio y allí a una mujer delgada y débil.

La mujer habló:

—No necesitamos más mujeres en Gyouten.

—Pero… —Era Keiki quién protestaba. Youko se dio cuenta que la frágil mujer era el anterior Rey de Kei, la Difunta Emperatriz Yo.

—La orden ha sido dada, todas las que permanezcan estarán desafiando las leyes — dijo débilmente la Difunta Emperatriz Yo—. Son criminales. ¿Por qué dudas en juzgarlas y sentenciarlas?

Sólo los ojos de la mujer mostraban señales de vida, pues su piel era como la de un cadáver y la marca de la enfermedad se veía en sus mejillas hundidas y los tensos músculos de su cuello. De repente, Youko vio demonios destruyendo aldeas, ciudades completamente quemadas por una revuelta de civiles, campos desnudos por el ataque de las cigarras y las ratas, ríos desbordándose sobre los campos, donde flotaban los cadáveres entre los fragmentos de cosechas destruidas.

¿Todo esto porque el reino está sin su rey?

Cuán a menudo había escuchado a la gente de este mundo preocupándose por la destrucción del reino y cuán poco había entendido. Esas palabras no significaban nada cuando vivía en Japón, pero ahora entendía por qué las escuchaba con tanta frecuencia aquí.

Lo próximo que vio fue un camino en una montaña.

  

 

Había dos personas de pie en el camino. Uno llevaba su rostro cubierto como La Muerte, la otra tenía un cabello dorado. Youko pudo ver incontables bestias a su alrededor.

—Perdón —dijo la mujer de cabello dorado y escondió su rostro en sus manos, pero Youko estaba segura de que era la mujer que había conocido en las montañas.

La que apuñaló mi mano con la espada. Esa debe ser Kourin…

—Por supuesto, supongo que es a a quien pides perdón.

El que llevaba el rostro cubierto, echó para atrás su capucha, revelando el rostro de un anciano. Las arrugas estaban profundamente marcadas en su piel, sin embargo, era alto y parecía fuerte. Un loro de colores brillantes descansaba en su hombro.

—Parecía una chica débil. Siento que no la hayas matado, pero no sobrevivirá mucho perdida en esas montañas. Qué triste que ya hubiese hecho ese pacto —dijo el hombre, aunque no parecía realmente preocupado. Su voz era como la piedra, fría y sin emociones—. Así que o morirá de cansancio en esa montaña o entrará a alguna aldea donde la atraparán. Sea como sea… ¿Taiho?

—¿Sí?

—No me desafiarás nunca más. Matarás a la chica la próxima vez, no importa si está bien o mal.

Youko se dio cuenta de que el hombre se refería a ella cuando hablaba de “la chica”.

Eso quería decir que él era…

¡El Rey de la Colina!

El Rey de la Colina sacudió la cabeza.

—¡Es débil y tímida! ¡No es la indicada para ser emperatriz! —Dirigió su frío rostro a una de las bestias cerca de él—. ¿Fuiste todo el camino hasta Hourai para encontrarla? Has fallado.

La bestia era como un ciervo, pero tenía un único cuerno poco desarrollado en su frente, parecía un unicornio. Su melena era de un hermoso dorado, su piel de un amarillo manchado de dorado y su espalda tenía manchas como las de un ciervo que brillaban en una maravillosa multitud de colores.

—Tienes mala suerte con tus amos, ¿no es así, Taiho de Kei?

¿Taiho de Kei? ¿Ese es Keiki…? Así que así se ve un kirin.

Youko se dio cuenta de que estaba viendo una escena del pasado, de las montañas cerca de Hairou, donde había escapado del carro después del ataque de los perros demonio. La figura que había visto por el rabillo del ojo, el que había pensado que era Keiki, era de hecho Kourin; pero Keiki, un prisionero en su forma de bestia también estaba allí. Era a él y no a la figura de Kourin, a quien Jouyu había llamado Taiho.

 —Si es tan joven y débil, ¿por qué no la dejamos a su suerte mejor? —preguntó Kourin calmadamente—. Dos personas de Kou, de tu pueblo, han muerto hoy. Por favor, detengámonos aquí.

Sus ojos llorosos miraban al Rey de la Colina, era la misma expresión que llevaba cuando encontró a Youko.

—La gente muere. Así funciona el mundo —respondió indiferentemente su amo.

—El Cielo no permitirá esto. Temo que Kou sea castigado. Ha pasado antes.

—Ya he hecho suficiente para ganarme ese castigo. Tus palabras hacen poco por mí ahora. Mi camino ha sido escogido, Kou se hundirá y haré que Kei lo acompañe en el fondo. Me llevaré al Rey Glorioso conmigo.

—¿Tanto odias a los taika?

El Rey de la Colina rio.

—No los odio, los detesto. ¿Sabes que en Aquel Lugar los niños nacen de los vientres de sus madres? ¿Lo sabes?

—Lo sé, pero ¿qué tiene que ver eso con la forma en que actúas?

—¿No crees que es sucio?

—No.

—Yo sí. En el momento en que nacen del vientre de su madre, los taika están marcados como gente de aquel mundo. No deben estar aquí, no pertenecen a este lugar.

—El Cielo no está de acuerdo contigo. ¿No hay acaso un rey taika? El desafiar la Voluntad Divina es lo sucio.

El Rey de la Colina sonrió impacientemente.

—Entonces estamos en desacuerdo.

—Eso parece, amo —respondió la kirin, su voz tan suave como la de una brisa primaveral a través de los árboles. 

—“Amo”. Sí, soy tu amo. Y debes seguir las órdenes de tu amo. Seguirás a la chica y la matarás. No le permitas escapar de las fronteras de mi tierra. Colocaremos caballeros en la frontera con Kei. Dudo que quiera ir allí.

—Dejemos en paz a la chica sucia, amo. Dices que es joven, dices que es indigna, ¿entonces por qué llegar al extremo de matarla para evitar que tome su trono? ¿No está acaso destinada a fallar?

—Ningún vecino de Kou será gobernado por un taika —dijo el Rey de la Colina y suspiró.

—¿Y entonces qué harás con el Taiho de Kei?

—Joei tendrá a Keiki. La presencia de un kirin a su lado silenciará a los gobernadores que se le oponen.

—Aunque los engañen por ahora, pronto descubrirán alguna razón para sospechar. Has sellado su cuerno para evitar que Keiki tome forma humana. No puede ni hablar, está atrapado en esta forma. ¿Qué tipo de Taiho es? Por favor, detente. El Cielo no permitirá estas transgresiones.

—No pido permiso a nadie.

—Aplaudo lo decidido que eres, amo, pero ¿qué hay de tu gente?

—La gente de Kou no tiene suerte. Si muero, quizá un mejor gobernante tomará mi lugar. A largo plazo, es mejor para ellos.

—Hablas de locuras… —La voz de Kourin se detuvo y se cubrió el rostro con las manos nuevamente.

—Quizá yo también era indigno para ser rey —dijo el Rey de la Colina suavemente.

Quizá, pensó Youko, su voz es tan fría porque ya no tiene esperanza.

—Tú y el Cielo habéis fallado en vuestra elección.

—No lo creo.

—Pero es verdad. Mi reino terminará después de cincuenta cortos años. En ha tenido quinientos y Sou casi seiscientos. Mi tiempo ha sido un corto momento comparado con ellos, pero está claro que es todo lo que podía hacer.

—Si cambias ahora, podrás seguir gobernando.

—No, es muy tarde, Taiho.

Kourin bajó su cabeza.

—He recibido una responsabilidad y he fallado. Estaba destinado a ser un guardia a las afueras y terminar así mis días, sin embargo, fui favorecido con una suerte que no conocía ley o razón. Pero no tuve la capacidad de recibirla completamente, sólo pude sujetarla, soñando con la grandeza por unos pocos cincuenta años.

—Por favor, no digas “pocos”. Hay reyes que tuvieron reinados más cortos.

—Es cierto, como el de la Difunta Emperatriz Yo. Kei siempre ha sido una tierra tumultuosa y mucho más pobre que Kou. Algunos pueden pensar que mi gente es menos comparada con la de En y Sou, pero somos mucho mejores que el desdichado pueblo de Kei.

—Pero los reinos de En y Sou no siempre fueron ricos.

—Lo sé, e hice lo que pude para mejorar las condiciones de Kou. ¡Lo hice! Pero por cada progreso, el Rey Eterno y el Rey Sacerdote hacían mucho más; y mi pueblo me ridiculizaba, diciendo que éramos más pobres que nuestros vecinos. Prácticamente me decían que no era tan digno de ser rey como ellos.

—Estoy segura de que no es así.

—No tengo deseo de competir con el Rey Eterno o el Rey Sacerdote por más tiempo. Pero Kei es diferente: Kei es más pobre que Kou. ¿Qué sería de mí si la nueva emperatriz asciende y Kei se vuelve más rico que Kou? Nos quedaríamos a sufrir en nuestra miseria y sería conocido como el Rey Tonto.

—La única tontería que puedo ver es tu deseo de perder el Mandato del Cielo. —El desafío era obvio en la voz de Kourin.

El Rey de la Colina no respondió nada.

—Wa es un país rico. Si escuchas cualquier historia de un kaikyaku, te darás cuenta. Y el Rey Eterno que regresó de Wa, es bendecido con una tierra rica en este mundo también. Los taika son diferentes a los que hemos nacido aquí. ¿Cómo no puedo temer al Rey Glorioso cuando veo lo rico que se ha vuelto el taika de En? Quizá la gente de Wa tiene algún secreto para la prosperidad. ¡Qué tonto pareceré cuando todos los que me rodean sean tan exitosos!

—¿Qué estás diciendo? Eso sí es una tontería.

El Rey de la Colina sonrió amargamente:

—Así que eso sí lo es. Es una terrible tontería. Pero ya he llegado muy lejos para volver y volver ahora tampoco cambiaría el destino de Kou. Mi reino desaparecerá y yo moriré. Pero lo repito: No moriré solo. La taika de Kei caerá conmigo.

¡No!

—¡Ridículo! —gritó Youko y la visión terminó. Débilmente, Youko bajó la espada—. ¿Qué está pensando?

Youko pensó que comprendía. Simplemente no quería ser dejado atrás y era más fácil arrastrar a los demás con él que intentar ponerse a la par.

Es algo muy común.

—Él es señor de su reino —dijo en voz alta—, y, sin embargo, no puede ver el sufrimiento de su pueblo. Transgrede las leyes de este mundo, ¿y para qué? ¿Orgullo?

 ¿Cuántas personas han muerto por sus acciones? Y si el reino de Kou resultara destruido por el destino que ha elegido, el número de muertos será aún más grande.

“La gente es estúpida y cuando las cosas están difíciles, son aún más estúpidos”.

La voz de Enki hacía eco en sus oídos.

Cincuenta años atrapado entre En y Sou, observando al Rey Eterno y al Rey Sacerdote superar todos sus esfuerzos. Cincuenta años, pero para el Rey de la Colina ha debido parecer una eternidad.

Era un camino en el que Youko misma podía caer. Kei estaba también entre En y Sou. ¿Podía decir honestamente que no compartía los miedos del Rey de la Colina? ¿O al menos sus dudas?

—Tengo miedo —murmuró Youko—. Tengo mucho miedo.

  

 

Youko salió a la terraza para respirar un poco de aire nocturno y descubrió que no había sido la única con esa idea.

—¡Rakushun! —gritó cuando vio a la rata de pie a una corta distancia, observando bajo la barandilla al Mar de Nubes. Su cola se movió ligeramente—. ¿No podías dormir?

—Hay muchas cosas en mi mente.

—¿Te importa decírmelo?

Rakushun asintió.

—Me preguntaba cómo podía hacerte cambiar de idea.

Youko sonrió tristemente. Estaba junto a su amigo como la noche anterior y estaba sobre la barandilla viendo las olas de nubes estrellarse contra el acantilado de más abajo.

—¿Puedo preguntarte algo?

—¿Qué?

—¿Por qué quieres que sea emperatriz?

—No quiero que lo seas, ya lo eres, Youko. El kirin te escogió y aun así hablas de abandonarlo todo. ¿No puedes ver que es un error terrible? Cuando un rey abandona a su gente, todos sufren: tanto el rey como su gente.

—¡Pero las personas de Kei podrían terminar peor si acepto el mandato!

—No lo creo.

—¿Por qué no?

—Creo que puedes lograrlo, Youko.

—Y-yo no puedo.

—Pero sí puedes —dijo Rakushun y luego suspiró—. Youko… ¿Por qué todavía te comportas de esa forma y piensas tan poco de ti misma?

—No sólo sería responsable de mí —respondió, mirando las olas—. Si sólo fuera mi vida la que estuviera en peligro, lo intentaría. Puedo ser responsable por mí al menos. Pero no es así, ¿no?

—La gente de Kei está esperando el día en que regreses a casa.

—Sí. A un país rico y pacífico. ¿Puedo darles eso? No lo creo.

—El Rey Eterno dijo que quien fuera escogido por el kirin siempre tendría lo necesario para ser un buen gobernante. ¡Estás cualificada!

—Si eso es verdad, ¿por qué Kei está en ruinas? ¿Por qué Kou es tan pobre? Creo que es una cosa tener lo necesario y otra hacer lo necesario.

—¡Pero puedes hacerlo, Youko!

—¿Sabes qué es la confianza sin ninguna base objetiva, Rakushun? Se llama arrogancia.

La pequeña figura de Rakushun se encorvó.

—No estoy siendo cobarde. Quizá si no tuviera razones para estar insegura, quizá entonces podrías llamarme cobarde. Pero tengo muchas razones para dudar de mi habilidad, he aprendido mucho durante el tiempo que he estado en este mundo, mucho más de lo que aprendí en casa. Y sobre todas las cosas, aprendí que soy una tonta.

—Youko…

—No creas que estoy solo considerándome menos que los demás como una forma de evitar la responsabilidad. ¡Realmente fui (y sigo siendo) una idiota! Ahora sé eso y estoy intentando cambiar. Tengo eso delante de mí, Rakushun, intentaré ser una mejor persona, pero tomará tiempo. Si ser escogida por el kirin para ser rey es prueba de que tengo lo que se necesita, entonces quizá es algo que pueda considerar mi meta, pero eso no es lo que soy ahora.

Rakushun farfulló algo y soltó la barandilla. Arrastró los pies por la amplia terraza, caminando de arriba abajo muchas veces antes de detenerse y levantarle una tupida ceja a Youko.

—Tienes miedo, ¿no es así? —dijo.

—Claro que tengo miedo.

—Una gran responsabilidad ha sido puesta sobre tus hombros y tienes miedo de aceptarla.

—Así es.

—Entonces debes recuperar a Keiki rápido, Youko.

Cuando Youko se volvió, Rakushun estaba tras ella, de pie sobre su sombra.

—Ser un rey no es algo que debas hacer sola —dijo el hanjuu—. Para eso está el kirin. Piénsalo: Si las personas cometen errores, ¿por qué no hace el Cielo que los kirin sean reyes? Piensas que no eres digna, piensas que eres superficial, ¿y sabes qué? Probablemente tengas razón. ¡Pero el kirin te escogió! ¿Quizá los kirin necesitan a alguien imperfecto?

—¿A qué te refieres?

—Uno tiene mucho, el otro tiene muy poco, si los unes, serán perfectos. Tú sola no serías suficiente para gobernar un reino y Keiki tampoco. Es por eso por lo que el rey y el kirin trabajan juntos. ¿Dices que eres media persona? Lo mismo es el kirin. Dos mitades que forman un todo, ¿ves? Sospecho que así son las cosas también entre el Rey Eterno y Enki. —Youko estaba de pie con la mirada baja, observando las piedras blancas del balcón.

»Hay personas que estarían extasiadas de escuchar que fueron escogidos para ser reyes, lo aceptarían al instante, ¿y sabes qué? ¡Ellos no serían los indicados! Creo que es solo porque tienes miedo cuando piensas en ser responsable por tantas personas que estás cualificada para estar sobre el trono enjoyado.

—No lo veo así.

—Confía en la elección de Keiki.

—Yo… —empezó Youko.

—Y no sería malo que confiaras en ti un poco más, Youko. Si crees que tienes lo necesario para ser un rey dentro de cinco años, ¿por qué no empezar ahora? No veo qué ganas esperando.

—P-pero… —tartamudeó. 

Rakushun la interrumpió.

—Keiki te escogió para ser emperatriz. Eso significa que ahora mismo nadie en este mundo o el otro es más indicado para ser el nuevo Rey Glorioso. La Voluntad Divina es la voluntad del pueblo. No hay otro candidato que les podría traer la misma felicidad a las personas de Kei que tú, Youko, ¿por qué no puedes aceptar ese hecho? Las personas de Kei te pertenecen, como tú perteneces al reino de Kei. —Youko negó con su cabeza—. Si quieres ser una persona mejor, ve a tu trono y conviértete en una buena emperatriz ¡No puedo pensar en una forma mejor! Claro, el rey tiene muchas responsabilidades, ¿y qué? Algunas veces es bueno encontrar un desafío.

—Pero ¿qué pasa si no logro superarlo?

—Tu corazón está en el lugar adecuado, ¡tienes que superarlo! Quizá no enseguida, pero lo lograrás. Y tendrás al kirin y a tu gente para mostrarte el camino, con tantos profesores, seguro aprenderás algo en muy poco tiempo.

Youko permaneció en silencio por mucho tiempo viendo el mar oscuro.

—Si me vuelvo emperatriz… No podré ir a casa, ¿no?

—¿Sigues queriendo volver a Wa?

—No estoy segura.

—¿No estás segura?

Youko asintió.

—Honestamente, no pienso que mi vida en Aquel Lugar fuese especial y ahora aquí mi vida no es ni la mitad de mala de lo que solía ser.

—¡Es verdad!

—Pero, aun así… desde esa noche que pasé a través del Mar del Vacío, parece que sólo puedo pensar en volver a casa.

—Bueno, eso es algo que entiendo.

—Tengo padres allí, Rakushun. Y amigos. No puedo decirte que fueron los mejores padres o amigos, pero eso no es su culpa: yo era una persona incompleta, ¿cómo podía esperar tener relaciones completas con las personas que me rodeaban? Pero si regresara ahora, sé que lo haría mejor. Empezaría desde cero, encontraría un lugar para mí en el mundo en el que nací, un lugar al que realmente perteneciera. Me arrepiento de lo tonta que fui en el pasado… y quisiera otra oportunidad. Sé que puedo hacerlo mejor esta vez. —Sus manos apretaron fuertemente la barandilla, una lágrima solitaria cayó sobre su puño—.  Aunque no tenga la oportunidad de hacerlo otra vez, aunque no pertenezca más a ese mundo, lo echo tanto de menos, Rakushun. Ni siquiera pude despedirme, quizá no me sentiría así de haber tenido tiempo para prepararme, para despedirme.

—Nunca pensé que había sido fácil.

—Yo… yo sólo no me imagino dejando atrás mi hogar. No después de haber llegado tan lejos y haber hecho tanto.

—Sí.

—Pero aun así sé que si volviera ahora, me arrepentiría de esa decisión también. En cualquier caso, echaría de menos cualquier mundo que dejara atrás. Los amo a ambos, pero sé que debo escoger.

Algo cálido y suave rozó suavemente su mejilla, limpiando otra lágrima. Era una mano: Una mano humana.

—Rakushun…

—Oye, no te des la vuelta. No estoy exactamente vestido para la ocasión —Youko rio y con eso salieron más lágrimas—. Y no te rías, ¿qué más podía hacer? No alcanzaba tu mejilla con esas patas —Youko se mordió el labio y asintió—. Escucha, Youko. Cuando tienes dos opciones y no sabes cuál escoger, debes escoger lo que debes hacer. Te arrepentirás con cualquiera que escojas, pero si vas a arrepentirte de algo, al menos que sea de lo menos grave.

—Ya sé…

—Haz lo que debes hacer. Pesará menos en tu consciencia.

—Sí… —La palma de la mano se sentía cálida en su mejilla.

—Y… quiero ver qué tipo de reino puedes hacer.

Los ojos de Youko se abrieron y empezó a volverse, entonces se detuvo en el último momento. Un poco mareada, fijó su vista en el cielo y en las olas de abajo.

—Gracias, Rakushun —dijo—. Gracias.

  

 

El día del asalto a Iryuu, a Youko le dieron una especie de caballo volador llamado kitsuryou. El kitsuryou tenía una melena roja y su piel tenía rayas blancas, además, tenía unos hermosos ojos dorados. Youko no tuvo problemas para controlarlo, al parecer Jouyu sabía cómo montar este tipo de bestias.

El rey sugirió que a lo mejor ella se debía quedar en Kankyu, pero Youko estaba determinada en tomar parte en el asalto. Había unas seis mil tropas defendiendo Iryuu, cada guerrero disponible sería necesario. Además, esta era la batalla por Keiki y por Kei: el reino de Youko. No tenía nada que hacer escondiéndose.

Había necesitado gran valentía para estar frente al Rey Eterno y a Enki, señores de su reino por más de quinientos años y anunciar que sí tomaría el mando como el Rey Glorioso. Sabía muy poco sobre este mundo y casi nada de política o historia de los reinos, y sentía que no tenía los méritos para ser llamada emperatriz. Pero había decidido que aceptaría ese rol y haría lo indicado con sus habilidades. Eso debía ser suficiente. Si ahora era necesario que peleara, pelearía. Si alguna vez se iba a convertir en quien quería ser, tenía que empezar en alguna parte y esconderse en el Palacio Gen’ei no la llevaría a ninguna parte.

Youko no era la única que se negaba a permanecer escondida, Rakushun insistió también en tomar parte en la campaña. Youko le había rogado quedarse en Kankyu pero él se mantuvo firme.

—Entonces ayúdame —le dijo Enki, y así, mientras la fuerza de ataque se reunía en el palacio, el hanjuu se marchó con el kirin en otra misión. Los kirin aborrecían el derramamiento de sangre así que ninguno de los dos estaría en la batalla, en vez de eso, sus planes eran visitar a los gobernadores de las diferentes provincias de Kei que habían sido engañados, esperando persuadirlos para abandonar a la impostora.

En la mañana del intento de rescate, ciento veinte bestias y sus caballeros salieron del Palacio Gen’ei, volando hábilmente sobre el Mar de Nubes. El ejército de su enemiga Joei tenía al menos veinte mil. De esos, casi seis mil tropas estaban reunidas en la Provincia Sei. El Rey Eterno le aseguró a Youko que su tropa élite no tenía ninguna oportunidad en una batalla de campo abierto contra ellos.

—Hoy sólo volamos por el kirin —dijo—. Si podemos rescatar a Keiki, eso nos dará tiempo de prepararnos para la próxima fase de la lucha. Y si le damos razón al ejército del falso rey para sospechar que la persona por la que arriesgan sus vidas es una impostora, será mejor. Si podemos abrir los ojos de al menos tres gobernadores, la balanza del poder se moverá a nuestro favor.

Recuperar a Keiki era sólo el primer paso.

—¿Y tenemos alguna oportunidad de lograr eso con tan sólo ciento veinte guerreros? —preguntó ella.

El Rey Eterno sonrió.

—He hecho lo que he podido, quizá no estemos a la par en números, pero cada uno de mis caballeros vale por diez de ellos y además vamos sobre las nubes. Eso limitará el número de enemigos que pueden alcanzarnos. Además, es dudoso que sepan que el Rey Glorioso está con nosotros. Fui a buscarte personalmente para asegurarme de que no se supiera nada. 

Así que por eso fue hasta Yosho a buscarnos.

—Aunque debo admitirlo —añadió el rey, como si leyera sus pensamientos—, también tenía mucha curiosidad de saber quién sería el nuevo Rey Glorioso. Aparte de esto, Joei no esperará que En haga un movimiento en su contra y mucho menos usando la fuerza. Así que, aunque seamos pocos, tendremos el elemento de sorpresa en nuestro favor al atacar sobre las nubes. El resto depende de ti, Youko.

—¿De mí?

—Si tienes éxito impresionando el ejército de la falsa emperatriz, no tendremos que tomar tantas acciones militares. Ninguna persona pelearía por un rey falso, si se les muestra sin rastro de duda que eres la nueva emperatriz, entonces los soldados de Joei entregarán a Keiki voluntariamente.

Si tan sólo tuviera éxito, Youko suspiró.

—No tengas dudas: tú eres la emperatriz. No lo olvides, un rey es en verdad sólo un poco más que un sirviente elegante, pero pocos se dan cuenta de lo humanos que somos en realidad. Siempre ten la actitud de ser la persona más importante de tu reino y lo serás.

—No creo que esa actitud me salga naturalmente —dijo Youko con un profundo suspiro—. Lo haría si tuviera confianza, ¿pero de dónde va a salir eso?

—¿Confianza? —el Rey Eterno respondió, riéndose fuertemente—. El kirin te escogió. Así que, si te falta algo, desquítate con él.

Youko lo miró un poco sorprendida.

—¿Es así como uno se vuelve un gran líder?

—Así es. Al menos a mí me ha funcionado. Cuando algo me preocupa, Enki lo escucha y si no puede ayudarme a resolver mis preocupaciones, haré lo que sea necesario para resolverlo yo sólo. 

—Intentaré recordar eso.

  

 

El Kei que Youko veía con sus propios ojos era mucho peor de lo que las visiones le habían mostrado. Aunque lo observara a través de la transparente extensión del Mar de Nubes, la ruina de la tierra era evidente. En esta temporada, retoños de nuevas cosechas debían estar apareciendo en los campos, sin embargo, la mayoría de los campos que había visto estaban casi vacíos y llenos de malas hierbas como si desde hace mucho hubiesen sido abandonados. Las aldeas y las ciudades sobre las que los caballeros pasaron también parecían muertas, nadie caminaba en las calles. En algunos lugares quedaban los restos de edificios quemados, que seguían erguidos como tumbas vacías, mientras que en otros lugares sólo quedaban las marcas de dónde las casas habían estado, pues habían sido completamente quemadas.

Youko había pensado que Kou era una tierra pobre, pero no había comparación con Kei. Recordó a los refugiados que había visto acurrucados junto a las murallas de las ciudades y sintió una punzada en su corazón. Sintió lo desesperados que estaban de volver a casa. Ella mejor que nadie sabía lo difícil que era no tener un lugar cálido donde dormir, un lugar que fuera tuyo.

La fuerza de rescate del Rey Eterno había estado volando medio día sobre el Mar de Nubes, observando la tierra bajo ellos, cuando finalmente llegaron a Iryuu, la capital de la provincia de Sei. Resultaba que Iryuu era otra montaña increíblemente alta que llegaba hasta atravesar el Mar de Nubes, con la fortaleza del gobernador provincial en su pico. En algún lugar de esa fortaleza, Keiki esperaba.

Cuando Youko vio la fortaleza del gobernador en la distancia, se dio cuenta del número de manchas negras que se levantaban como aves de las murallas del castillo. La defensa de Iryuu iba a su encuentro.

Pelear significaba matar. Youko había matado muchas cosas desde que había llegado a este mundo, pero jamás una persona. Nunca había tenido la valentía de llevar el peso de una muerte humana en su corazón, pero cuando eligió acompañar a la fuerza de rescate a Iryuu, se decidió: mataría si debía pero no permitiría que el compromiso con su misión disminuyera el peso de cualquier vida que tomara. Sabía que recordaría cada una. No los olvidaré. Es lo mínimo que puedo hacer.

—¿Estás lista? —gritó el Rey Eterno.

Youko asintió.

—No dudes, no titubees. No permitiré que hayas aparecido ante nosotros y te vayas tan rápido.

—No moriré tan fácilmente —respondió Youko—. Soy una mala perdedora.

El Rey Eterno levantó una ceja y sonrió.

Youko desenvainó su espada, apuntándola en dirección de las tropas que se acercaban. Su kitsuryou galopaba por el aire, nunca deteniéndose, llevándola directamente al enjambre de caballeros que salían del castillo.

  

 

En el castillo, tras pasar varias almenas y pasillo tras pasillo lleno de fuertes defensores, Youko encontró lo que buscaba: una bestia dorada que se encontraba sola en una habitación silenciosa.

—Un kirin

¿Keiki? 

La criatura miraba a Youko con una profundidad y un misterio que le recordaba al Mar del Vacío. Rápidamente se acercó y él rozó la punta de su hocico con su brazo. Una de sus delgadas patas, tan elegantes como las de un ciervo, estaba atada a una cadena de hierro.

—¿Keiki?

El kirin miró directamente a los ojos de Youko, quien acarició su melena dorada.

Mi otra mitad…

Esta bestia -que en el mundo donde había nacido no era más que un producto de la imaginación de algún escritor- era quien la había traído y había decidido su destino.

—Te he estado buscando —dijo Youko. Se arrodilló junto a la bestia y él descansó sobre su regazo, bajando la cabeza varias veces como haciendo reverencias. Youko volvió a acariciar su melena y en ese momento escuchó un fuerte sonido metálico.

—Espera, te liberaré. —Youko se arrodilló, sacó su espada, miró la pesada cadena y entonces, dio un golpe en el eslabón más central con toda la fuerza que tenía. Con un sonido metálico, la cadena se rompió. El grillete se abrió y el kirin se levantó, moviéndose como si no pasara nada, entonces bajó nuevamente su cabeza tocando a Youko con su cuerno.

—¿Qué pasa? —preguntó Youko, mirando el delicado cuerno. Se dio cuenta de que había una sección tan grande como la palma de su mano que tenía un diseño diferente. Era el color de la sangre seca con palabras de color rojo oscuro—. ¿Qué es esto?

El kirin continuó rozando su cuerno contra su brazo como si estuviera impaciente y Youko se dio cuenta de que faltaba algo. Rakushun era un hanjuu y podía hablar. En este mundo donde las criaturas mágicas podían hablar, ¿no debería el kirin, como una bestia sagrada, poder hablar también?


Entonces recordó una de las visiones de la espada.

Con su cuerno sellado, el kirin no puede estar en forma humana ni hablar.

Puso su mano suavemente sobre el cuerno de la bestia y él bajo su cabeza permisivamente. Restregó fuertemente con la manga de su camisa, pero las letras no desaparecían. Cuando entrecerró los ojos y vio más de cerca, pudo notar que los delicados caracteres estaban gravados en el mismo cuerno.

Si es una herida, esto puede ayudar, pensó Youko, sacando la joya de su vaina de su ropa. La puso suavemente sobre la superficie del cuerno y los caracteres desaparecieron en gran parte. Pasó la joya varias veces más, cada vez, los caracteres se veían más borrosos hasta que al final fueron invisibles. Repentinamente, una voz bajó su brazo dijo:

—Muchas gracias.

Esa voz era familiar, sin embargo, sentía que había pasado un siglo desde la última vez que la había escuchado.

—¿Keiki? —Contuvo la respiración.

El kirin entrecerró sus ojos y la miró.

—¿Quién más puede ser? Parece que te he hecho pasar por muchos problemas y por eso debo pedirte perdón. —No sonaba nada preocupado.

Una sonrisa se dibujó en los labios de Youko. Sí, era el Keiki que conocía, cínico e impertinente. 

—¿Has venido sola? —preguntó.

—El Rey Eterno me ayudó —dijo ella—. Sus caballeros están afuera ahora, peleando con los ejércitos de la impostora que te encarceló.

—Ya veo —dijo el kirin asintiendo y entonces levantó su voz—. ¡Hyouki! ¡Juusaku!

Las dos bestias aparecieron, deslizándose fuera de las paredes. 

—Aquí —dijo Juusaku.

—Vayan a ayudar al Rey Eterno —ordenó Keiki.

Las dos criaturas hicieron una reverencia y desaparecieron de la forma en que llegaron.

—¿Estás bien? —preguntó Youko luego de un momento.

—Claro que sí —respondió el kirin, en un tono de voz que señalaba que era la pregunta más inútil que podía haber hecho.

—¿Cuándo tu cuerno está sellado, no puedes dirigir a tus shirei?

—Parece que has aprendido bastante. Sí, es como has dicho —el kirin dejó salir un gruñido—. Siento no haber podido ayudarte.

—Al menos Jouyu siguió a mi lado —dijo Youko—. Sin su ayuda no estaría aquí ahora. ¿Qué pasó con las otras dos bestias?

—Están conmigo. ¿Las invoco?

—No, mientras estén bien no pasa nada.

El kirin asintió lentamente.

—Oh, es cierto —Youko recordó repentinamente algo—, tengo un favor que pedirte.

—Habla.

—Quiero que retires la orden que le diste a Jouyu, para que pueda hablar conmigo. Pero déjalo, eeh… dentro de mí —pidió.

El kirin miró a Youko y parpadeó varias veces.

—Has cambiado.

—Sí, bueno —respondió—, debo agradecerte por el hinman. Jouyu me ha salvado muchas veces. Te estoy agradecida, y… además quería saber otra cosa.

—¿Qué deseas?

—Quiero saber cómo escribes Jouyu. ¿Qué caracteres utilizas?

Los ojos de la bestia se abrieron.

—Una petición muy rara.

—¿Eso crees? Es solo que parece que todo en este mundo parece tener caracteres propios, siento que si no sé cuáles son, no sabré que significan verdaderamente sus nombres.

Cuando Youko dijo esto, una sensación de cosquilleo se sintió por su mano.

Involuntariamente, su dedo índice se levantó y empezó a escribir:

¿Ayudante innecesario…?

Youko sonrió.

—A ti también te agradezco, mi ayudante innecesario, Jouyu —dijo al vacío—, aunque a duras penas te consideraría innecesario.

Los shirei siguen al kirin y por lo tanto al rey, dijo una voz en su cabeza, no hay necesidad de agradecerme nada.

Youko sonrió. El kirin la miraba fijamente entrecerrando los ojos.

—Realmente has cambiado.

—Sí —respondió Youko—. Tenía mucho que aprender.

—Para ser francos —dijo Keiki—, no esperaba volverte a ver.

Youko asintió suavemente.

—Ni yo a ti. ¿No… tomarás forma humana?

—¿Y que Su Majestad me vea desnudo? —respondió sorprendido.

Youko sonrió.

—Por supuesto que no —Sacudió la cabeza—. Vamos a casa a darte algo para vestir. Aunque pienso que tendremos que estar un rato en el Palacio Gen’ei antes de volver al Palancio Kinpa.

Youko rio y el kirin parpadeó nuevamente y entonces se arrodilló para estar a sus pies. Mientras se movía un maravilloso brillo se veía en su espalda.

—Por el Mandato del Cielo, te sirvo, mi ama —dijo la criatura solemnemente, bajando su cabeza hasta que su cuerno tocaba los pies de Youko—. Nunca te abandonaré, siempre te obedeceré, prometo mi lealtad con este juramento.

La emperatriz sonrió.

—Acepto.

  

 

Y así empieza la historia de Youko.

  

 

«Se cuenta que en la primavera del sexto año de Yosei, en el reino de la Emperatriz Jokaku, el taiho Keiki cayó gravemente enfermo por el shitsudou y las calamidades empezaron en el reino.

La capital, Gyouten, fue arrasada por el fuego y la pestilencia. El gobierno estaba sin orden y la corrupción y el soborno estaban presentes. Entonces la gente estaba desesperada y se lamentaban, diciendo que los Dioses de la Muerte habían venido a destruir a Kei.

Fue durante la quinta luna de ese año que el Rey Glorioso conocida como la Emperatriz Jokaku, se postró en Houzan y abdicó de su trono. De esa forma, falleció y fue enterrada en Senryou. Su reino duró seis años. Después de su muerte, se le conoció con el nombre de Yo por toda la eternidad.

Una vez fallecida la Difunta Emperatriz Yo, la impostora Joei ocupó su lugar. Reclamando el título de Rey Glorioso, entró a Gyouten y el caos se esparció a través del reino, las miserias del pueblo se hicieron mayores.

Y entonces, durante la séptima noche del séptimo año, la Emperatriz Youko, el nuevo Rey Glorioso, recibió el trono. Al ser el apellido de la emperatriz Nakajima, su insignia imperial sería Sekishi, o la Niña Imperial o Niña Roja, que había nacido como taika del otro lado del Mar del Vacío. En la tercera luna del séptimo año, regresó de la tierra de Hourai y llevó a cabo su rebelión contra la impostora Joei en el séptimo mes con el auxilio de Shoryu, el Rey Eterno de En que accedió a su petición de ayuda.

En la octava luna de ese año, en la Montaña del Ajenjo, recibió el Mandato del Cielo y se convirtió verdaderamente en el Rey Glorioso y fue reverenciada por su gente y entre los dioses. En Gyouten, la nueva emperatriz volvió a enterrar a la Difunta Emperatriz Yo y nombró a seis nuevos oficiales y muchos gobernadores para traer orden a la tierra. La era de su reino fue conocida como Sekiraku o la Era de la Alegría Roja, por el primer carácter de su insignia imperial y el nombre de su amigo y confidente, Rakushun. Y de esa forma, el reinado del Rey Rojo empezó»

 

—El Libro Rojo de Kei.





AGRADECIMIENTOS

 

  

La traducción, a diferencia de la lectura, realmente enfoca la mente en lo que el autor realmente quiere decir, en lugar de simplemente impulsarlo por la vía narrativa. Así que el verdadero mérito es de Fuyumi Ono por escribir algunas de las novelas más fascinantes y creativas del género de alta fantasía, en cualquier idioma, y eso solo se vuelve más interesante y moralmente complejo a medida que avanza.

Convertir lo que comenzó como un ejercicio de estudio del japonés en prosa legible requirió mucha ayuda. Me apoyé mucho en los glosarios Juuni Kokki de Yoshie Omura. Yuko respondió generosamente a mis preguntas sobre la sintaxis y la semántica japonesa. Estoy en deuda con Wiebe por señalar errores tipográficos e incoherencias en la traducción a lo largo del camino, y con immi y Anna por esforzarse en el arduo e ingrato trabajo de editar la novela completa.

Escribo borradores iniciales usando JWPce. Mis diccionarios en línea principales son Eijirou y Weblio. El sistema operativo es XP Pro SP3 con el módulo de idiomas de Asia Oriental cargado (ahora Windows 10). Vuelvo el texto en Word 2003 (ahora 2019) y hago la edición final en Homesite 1.0 (ahora Notepad ++) después de convertirlo a HTML.

 

—Eugene Woodbury.





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