CAPÍTULO
7
Youko
y Rakushun se apresuraron en la carretera, prácticamente corrieron todo el
camino hacia la siguiente ciudad, donde se escabulleron a través de los portales
justo antes de que los cerraran al caer la noche. Al día siguiente, ambos se
fueron tan pronto como la ciudad volvió a abrir sus puertas.
Youko no había entendido todavía
el tamaño de lo que tenían intención de hacer, pero podía adivinar por las expresiones
de Heki y Rakushun y había dejado que la ansiedad de ambos se le contagiara
también.
—¿De verdad crees que podremos ver al Rey Eterno?
—preguntó al hanjuu mientras caminaban.
Rakushun se tocó los bigotes con expresión pensativa.
—Bueno, no puedo asegurarlo. Nunca
he intentado ver a un rey antes, dudo que podamos simplemente llegar al palacio
y tocar su puerta.
—¿Y entonces qué hacemos?
—Bueno, en Kankyu de seguro habrá oficiales regionales
y provinciales y otro tipo de canales burocráticos que tendremos que pasar,
pero creo que primero debemos pedir una reunión con el Taiho.
—¿Taiho?
Rakushun asintió y dibujó dos caracteres en el aire con
la punta de su dedo:
—Taiho. El
ministro del rey. Es… eeh, una especie de título honorífico. Kankyu es la
capital de Sei (que es una provincia) y el gobernador es el Taiho.
Youko se había detenido repentinamente con los ojos
fijos en el lugar donde Rakushun había dibujado los caracteres para Taiho.
—He… escuchado esa palabra antes.
¿Pero dónde?
Sonaba tan familiar. Taiho.
—Bueno, no es una sorpresa.
—No, me refiero a que la escuché en Aquel Lugar
—Estaba segura de haberla escuchado, aunque ya parecía una eternidad—. Espera…
¡Ya sé! —Y recordó la voz—. Así llamaban a Keiki. Lo llamaban Taiho.
Los ojos de
Rakushun se abrían y cerraban revelando ópalos negros.
—¿Eh? ¿Keiki? ¿Taiho?
—Sí —respondió Youko—. Keiki, el que me trajo a Este
Lugar. El que me dio la espada —rio—. Aparentemente es mi sirviente.
Después de todo me llamó “Su Ama”, pero no actuó muy servil que digamos.
—E-espera un minuto —tartamudeó Rakushun, agitando las
manos con su cola levantada—. ¿Alguien llamó “Taiho” a ese tal Keiki? ¿Estás
segura?
—Sí, segurísima —dijo Youko. Notaba la sorpresa en sus
ojos—. Espera, ¿no lo conoces o sí?
Rakushun negó fuertemente con la cabeza. Y entonces sus
bigotes se movieron de arriba abajo varias veces. Parecía perdido en sus
pensamientos.
—Keiki es un Taiho y tú eres su ama —farfulló.
Youko permaneció en silencio. Todo parecía haber pasado
hace tanto. Los recuerdos volvían como si estuviera observando algún álbum de
fotos en su mente. Cuando salió de su ensueño se dio cuenta de que Rakushun la
miraba fijamente. Parecía confundido.
—¿Qué pasa?
—Em…
Youko levantó una ceja.
—¿Sí?
—Bueno, si este Keiki es realmente un Taiho, eso quiere
decir que es el ministro de Kei.
—¿Oh? —Youko miraba con curiosidad la expresión atónita
de Rakushun—. ¿Y qué pasa si Keiki es un Taiho?
Rakushun se sentó junto al camino y le hizo señas a
Youko para que se le uniera. Youko se sentó a su lado. Por un rato todo lo que
hizo fue mirarla fijamente antes de que ella rompiera el silencio.
—¿Qué sucede? ¿Quién es Keiki?
—Esto… esto es importante, Youko.
—No entiendo.
—Mira, te lo explicaré. Sólo siéntate y escucha.
Una sensación de incomodidad aumentaba en Youko.
Asintió y escuchó mientras Rakushun hablaba, peinándose los bigotes y hablando
emocionado con su voz infantil.
—Si tan sólo me hubieses dicho antes que era un Taiho,
eso hubiera explicado muchas cosas raras que han sucedido. Me atrevo a decir
que no habrías tenido que pasar por la mitad de las dificultades por las que
has pasado.
—Rakushun, yo…
—Mira, al que llaman Taiho es al ministro de un reino,
¿vale? Bien, si me dices que el nombre del Taiho es Keiki eso quiere decir que
es el ministro de Kei. Así debe ser.
—Bien, ¿y?
Rakushun peinó sus bigotes. Estiró una pequeña pata
como si fuera a tocar la mano de Youko, pero se arrepintió.
—Eso quiere decir que no es humano. Ni siquiera es un
demonio. Es un kirin.
—¿Un kirin?
—Así es, la más grande y noble de las criaturas
espirituales, aunque normalmente usan una forma humana. Los Taiho nunca son
humanos, siempre son kirin. Sobre tu amigo Keiki, eso no es un nombre,
es un título. Ahora me doy cuenta. Es el kirin del reino de Kei,
¿entiendes?
—Supongo…
—Bien, Kei está en la orilla oriental del Mar Azul, justo
entre En y Kou. Solía ser un buen lugar, con buen clima y buenas
personas.
—Y ahora es un desastre, ¿no?
Rakushun asintió.
—El antiguo rey murió el año pasado y todavía falta que
un nuevo rey tome el poder. El rey mantiene a raya a los demonios, desaparece a
las monstruosidades y protege la tierra de los desastres. Es por eso que, sin
un rey, el lugar se desmorona.
—Vale, entiendo.
—¿No comprendes? ¡Si Keiki te considera su ama, eso
quiere decir que tú eres el Rey Glorioso!
Youko parpadeó.
—¿Eh?
—¡El Rey Glorioso! ¡La Emperatriz de Kei!
Youko se sentó un rato sin moverse. Lo que Rakushun le
decía era tan inesperado que no sabía cómo responder.
—¡Eres la nueva Emperatriz de Kei! ¡Eres tú, Youko!
—Espera, pero yo no soy de la nobleza… ¡Soy una estudiante
de instituto! ¡P-puede que sea uno de esos taika pero ciertamente no soy
de la realeza!
—Ajá —dijo Rakushun moviendo un
dedo—. Antes de sentarse en el trono, el rey es un mero mortal. Los reyes no se
determinan por linaje. Para ser honesto, ni siquiera los seleccionan por su
carácter, apariencia o algo por el estilo. Todo lo que importa es a quién
escoge el kirin.
—¡Pero!
Rakushun sacudió la cabeza.
—El kirin escoge al rey. Si Keiki te escogió,
eso te hace la Emperatriz de Kei. Los kirin no siguen a nadie… la única
persona a quien considerarían sus amos es al rey.
—Eso es ridículo.
—Tentei le dio a cada uno de los reyes originales una
rama, ¿recuerdas? Una rama con tres frutos: la tierra, el reino y el trono. La
tierra se refiere a las tierras de la gente, el reino se refiere a las leyes y
regulaciones y el trono se refiere a la virtud del rey, su consejero… en otras
palabras, el kirin —Rakushun continuó hablando—. Youko. No eres una
persona normal, ni siquiera un taika normal. Hiciste un pacto con Keiki,
¿no?
—¿Un qué?
—Un pacto, un acuerdo. Nunca he
hecho uno así que no estoy seguro de qué trata. Todo lo que sé es que el rey es
humano hasta el momento en que hace ese pacto con el kirin. Después de
eso… son dioses.
La mente de Youko estaba acelerada, estudiaba todos sus
recuerdos de Aquel Lugar, del tiempo en que conoció a Keiki. Pudo
recordar claramente una palabra: Acepto.
—Recuerdo… Keiki estaba diciendo algo, no recuerdo bien
el qué y yo dije “Acepto”. ¿Podrá haber sido eso? Recuerdo que hizo algo muy
raro y sentí algo…
Youko recordaba la sensación: Era casi como si la
hubiera atravesado rápidamente. Momentos después, todas las ventanas del
salón de profesores se habían roto y mientras que todos los profesores estaban
malheridos, ella no tenía ni un rasguño.
—¿Algo raro?
—Sí, se arrodilló ante mí y bajó
la cabeza. ¡Y puso su frente en mi pie!
—Ese debe ser el pacto —dijo Rakushun—. El kirin
es una bestia noble. No se arrodilla ante nadie… excepto el rey.
—Pero…
—¿Quieres saber por qué? ¿Por qué fuiste escogida? ¡No
me preguntes a mí! ¿Cómo sabría? ¡No soy más que un hanjuu común! No
tengo nada que ver con los dioses. ¿Sabes a quién deberías preguntar?
¡Al Rey Eterno! —La voz de Rakushun era demasiado brusca. Miraba fijamente a
Youko y seguía tocándose los bigotes con su pata—. Ni siquiera debería estar
hablándote.
—¿A mí?
—Si las cosas fueran como deben ser, no tendría nada
que hacer hablando con gente como tú, Youko. ¡Ni siquiera debería llamarte por
tu nombre! Eh… Su Majestad —Rakushun se levantó—. Debo llevarla lo antes
posible ante el Rey Eterno. Nos detendremos en la primera oficina del gobierno
que veamos, aunque no esté en Kankyu y avisaremos. Esto es algo grande… tanto
para este reino como para el suyo —hablaba de espaldas a Youko. Y entonces se
volvió para mirarla—. Sé que su viaje ha sido largo, eh, Su Majestad, pero creo
que es mejor pedir ayuda ahora y no esperar hasta llegar a Kankyu. Podemos
esperar, eh, en nuestros aposentos hasta que el Rey Eterno nos responda, Su
Alteza. —Rakushun concluyó su pequeño discurso con una reverencia tan grande
que sus bigotes tocaron el suelo.
Youko se entristeció.
—Espera, Rakushun. ¡No tienes que tratarme tan
diferente de repente! Sigo siendo yo.
—No… no, no lo es.
—Yo… —la voz de Youko temblaba—. Soy sólo yo. Siempre
he sido yo. No importa que sea emperatriz o kaikyaku o taika, eso
no tiene que ver. Sigo siendo la persona que ha llegado hasta aquí contigo,
Rakushun.
Rakushun se levantó en silencio, mirando al suelo.
—Dime, ¿acaso soy diferente? ¿Qué ha cambiado? Pensé
que eras mi amigo, Rakushun. Si ser emperatriz quiere decir que no puedo tener
amigos, entonces no quiero serlo.
Rakushun no respondía nada.
—Rakushun, eso… eso es discriminación. No me
discriminabas por ser kaikyaku, ¿no? ¿Entonces por qué ahora sí?
—Youko…
—No he cambiado. No soy alguien lejano. Aunque intentes
alejarte de mí, ¡mira! Sólo estás a dos pasos de distancia. —Youko señaló el
pequeño espacio entre sus pies y los de Rakushun.
El hanjuu levantó la mirada. Jugaba con sus
patas, tocándose el pecho o peinando sus sedosos bigotes.
—¿Estoy en lo correcto?
Rakushun miró el suelo y luego sus cortas patas.
—Youko… puede que sean dos pasos
para ti, pero son tres para mí.
Youko rio.
—¡Lo siento!
Acercándose, Rakushun estiró una pata y apretó
firmemente una mano de Youko.
—Lo siento, Youko.
—No te preocupes. Soy yo quien se debe disculpar por
meterte en este problema. —Youko se estremeció sin querer al considerar todo lo
que Rakushun había dicho. Había sido perseguida, cazada implacablemente; hasta
donde sabía, sus perseguidores podían seguir tras ella en este mismo instante.
Quizá su amigo tenía razón. Quizá de verdad era una emperatriz. Eso podría
explicar el anormal interés que los demonios le demostraban.
Los ojos oscuros de la rata brillaban mientras reía.
—Sabes que vine a En por mí. No te preocupes por mí.
—No, temo que he sido una terrible carga para ti.
—No una carga. Si lo pienso, no habría llegado hasta
aquí. El momento en que me hubiera cansado, me habría dado la vuelta y hubiera
regresado a casa.
—Te hirieron por mi culpa.
—Oye, sabía que no sería un viaje fácil. Siempre hay
peligros cuando se viaja, quizá no siempre demonios voladores con cuernos, pero
aun así… valió la pena hacer el viaje.
—Eres un buen amigo, Rakushun.
—Tal vez, tal vez. He llegado a la conclusión que
prefiero estar en peligro contigo que a salvo sin ti.
—No me digas que esperabas que esto fuera peligroso.
—Bueno, quizá era un poco optimista. Pero ese es mi
problema, no el tuyo.
Repentinamente, al no saber qué más decir, Youko
simplemente asintió.
La pequeña pata seguía apretando su mano y Youko se
encogió por dentro llena de culpabilidad por haber puesto en peligro a su
amigo. ¿Todavía podían castigarlo por esconder a un kaikyaku? ¿Podrían
los demonios atacar su hogar mientras él no se encontraba? Cuando Rakushun
había dicho que su madre sabría cuidarse sola, ¿estaba consciente del peligro
que podría enfrentar gracias a los monstruos que seguían a Youko?
Impulsivamente, Youko estiró los brazos y acercó a
Rakushun a ella, abrazándolo. El hanjuu hizo un sonido de sorpresa y
ella siguió apretando su rostro contra el pelaje gris de su pecho. Su pelaje
era tan suave como ella había imaginado.
—Siento haberte metido en todo esto. De verdad lo
siento.
—Youko… —Su voz sonaba como si estuviera ahogándose.
Ella lo soltó.
Rakushun estaba claramente alterado
—Lo siento, er… me puse algo emotiva.
—No importa —El hanjuu frunció el ceño y peinó
su pelaje con ambas patas—. Debes aprender cómo controlarte un poco, ¿sabes?
—¿Mmm?
Los bigotes de Rakushun descendieron.
—Tienes mucho que aprender de este mundo, señorita
—dijo Rakushun con un tono de voz que mostraba preocupación. Sin tener una idea
clara de a qué se refería, Youko sólo pudo asentir.
Rakushun
hizo los arreglos para hospedarse en una posada cómoda tan pronto como llegaron
a la siguiente ciudad. Allí estuvieron un rato mientras él escribía una carta
corta al Taiho y entonces se encontraron con las oficinas del gobierno local,
donde le dieron la carta a un oficial menor a cargo de aceptar la
correspondencia importante.
Mientras salían de la oficina, Rakushun explicó que una
vez la carta llegara a su destino, probablemente recibirían respuesta en la
posada. Youko todavía estaba atónita, incapaz de entender el significado
completo de lo que sucedía. No había aceptado la realidad de que era un rey.
Ciertamente no se sentía como uno. Pero aun así, no pensaba evitar que
Rakushun escribiera sus cartas y estaba dispuesta a esperar pacientemente a ver
qué sucedía.
—¿Cuánto tardará?
—Bien, pues, escribí todo lo que sé y pedí una
audiencia con el ministro, pero quién sabe cuánto tardará en llegar la carta a
él. Siento decir que no tengo mucha experiencia en estos asuntos.
—¿No puedes decirle a un oficial que vaya a preguntar
directamente? ¿No es algo urgente? —preguntó Youko.
Rakushun rio.
—No, si hiciera eso sólo me sacarían a patadas de la
oficina y me arrojarían a la calle.
—¿Pero y qué si ignoran la carta?
—Escribiremos más hasta que vengan por nosotros.
—¿Crees que se molestarán? ¿Cómo sabrán que estamos
diciendo la verdad? No saben quiénes somos.
—Bueno, es que no veo otra forma.
—No me gusta quedarme esperando.
—Mira, las personas que queremos conocer son muy
poderosas. Debemos jugar según las reglas.
Youko no podía creer que estaba envuelta en algo tan
grande.
Salieron de las oficinas -oficinas
territoriales, en este caso- y Rakushun señaló no hacia la posada sino hacia la
plaza central de la ciudad.
—¿Qué?
—Quiero que veas algo. Algo que nunca has visto.
Youko lo siguió curiosa a medida que atravesaban la
plaza. Pronto estaban ante un gran edificio blanco rodeado por una pared blanca
de piedra que estaba adornada con dorado y colores primarios; Youko pensó que
el brillo azul en las tejas alineadas en la parte superior de las paredes era
increíblemente hermoso. El nombre de esta ciudad era Yosho y vio un anunció
frente a la puerta anunciando el lugar como el Templo Yosho. Había visto un
edificio similar en cada ciudad a la que había ido, pero nunca pensó en
preguntar qué era.
—¿Aquí?
—Sí, aquí.
—El anuncio dice “templo”. ¿No quiere decir que aquí
adoran a un dios, como Tentei? ¿No habías dicho que casi nadie adora dioses?
—Entra y mira por tú misma.
Rakushun sonrió y la guio hasta la puerta frontal. Allí
había dos guardias, pidieron sus identificaciones y luego los dejaron pasar.
Pasaron la puerta y entraron a un
pequeño patio con un jardín, más allá se encontraba el gran edificio que Youko
había visto desde la plaza. Después de dudar un segundo, abrió las puertas, su
mano rozaba los detallados grabados que cubrían los paneles de madera. El aire
dentro de la estructura era inmóvil y silencioso. Una gran ventana cuadrada se
encontraba en la fachada de un pasillo que se adentraba aún más en el edificio.
A través de la ventana un patio era visible.
La ventana estaba rodeada de lo que parecía ser algún
tipo de altares, estaban cubiertos de flores, velas y otras ofrendas. Frente a
la ventana, cuatro o cinco hombres y mujeres rezaban fervorosamente.
Youko esperó ver algo en medio de la ventana, pero no
había más nada. ¿Quizá le rezaban a algo afuera? Todo lo que podía ver era el
patio central y en la mitad un árbol.
—¿Es eso…?
Rakushun miró
reverentemente a los altares y puso sus manos juntas por un segundo. Luego tomó
a Youko de la mano. A cada lado de la pared con la ventana, dos corredores se
adentraban en la estructura.
Youko y el hanjuu entraron a uno de ellos,
descubriendo que se abría paso hasta el patio central, un gran espacio abierto
cubierto de piedras blancas. Youko se detuvo allí, mientras lo que vio en medio
del patio la dejaba sin aliento.
El árbol blanco.
Era, sin ninguna duda, uno de los árboles extraños bajo
los que Youko había a menudo encontrado refugio mientras vagaba por las
montañas. En cuanto a altura era casi igual pero este árbol tenía casi veinte
metros de diámetro. En su punto más alto tendría unos dos metros y por debajo,
sus ramas rozaban el suelo. Las ramas blancas no tenían ni flores ni hojas,
aquí y allí había lazos atados a las ramas y algunas frutas doradas colgaban.
Los árboles en las montañas tenían unas frutas más bien pequeñas en
comparación. Estas frutas eran tan grandes que se tenían que coger con dos manos.
—Rakushun, ¿qué es esto?
—Es un riboku.
—¿Este es un riboku? ¿Del que crece el ranka?
—Así es, dentro de cada uno de esos canisteles hay un
bebé.
Youko miraba el árbol sorprendida. Ciertamente nunca
había visto algo así en Japón.
—Estabas en uno de esos cuando un shoku te
arrastró hasta Wa.
—Es tan difícil de creer —susurró, mirando fijamente el
árbol. Las ramas y las frutas brillaban como el oro.
—Cuando una pareja desea un hijo, vienen al templo. Dan
ofrendas y rezan para que se les dé un niño; entonces atan un lazo a una rama.
Si Tentei cumple tu petición, crecerá una fruta donde se encontraba el lazo. La
fruta toma diez meses[1] en madurar. Cuando los padres vienen a coger la
fruta, se cae. Después de reposar por una noche, la cáscara de la fruta se
rompe y el niño nace.
—Así que el árbol no da frutas por sí solo. Los padres
deben rezar por una.
—Así es, aunque nunca hay certeza. Algunos padres
vienen a rezar y jamás crece una fruta y algunos ven su fruta crecer de un día
para otro. Los Cielos deben decidir quién está calificado o no para ser padre.
—Espera, ¿así que yo fui igual? ¿Alguien ató un lazo
alrededor de mi rama?
—Seguramente. Qué tristes habrán estado cuando su
preciosa cesta se fue en el shoku.
—¿Crees que pueda encontrarlos?
—No sé. Podríamos mirar el registro, con un calendario
podríamos… averiguar cuándo te enviaron a Aquel Lugar y encontrar un
lugar donde el shoku estaba en ese preciso momento y entonces averiguar
cuántos canisteles fueron arrastrados. No será fácil.
—Tienes razón.
Pero si había una forma de averiguarlo, Youko pensaba
que le gustaría conocer a estas personas. Mis verdaderos padres. De
alguna forma saber que había personas en Este Lugar que habían rezado
por su nacimiento le ayudó a Youko a aceptar finalmente la verdad de su origen.
Ella había nacido aquí, en este mundo, algún lugar rodeado por el Mar del
Vacío.
—¿Aquí los niños… se parecen a sus padres? —preguntó.
—¿Por qué los niños se parecerían a sus padres?
Youko no pudo sino sonreír ante la evidente confusión
de Rakushun. Si una madre humana podía tener un hijo que parecía una rata,
Youko supuso que sería un argumento sólido contra cualquier clase de relación
genética entre madre e hijo.
—En Aquel Lugar, los padres y los hijos se
parecen.
—¿Eh? ¿No es un poco raro?
—No creo —dijo Youko. Y entonces se le ocurrió que
jamás había pensado realmente en eso.
—Me parecería extraño que todas las personas viviendo
en una casa se parecieran a ti.
—¿Sabes? Tienes parte de razón.
Mientras Youko observaba, una joven pareja entró al
patio central. La mujer señaló una rama vacía y susurró algo al oído del hombre
y después de un momento de indecisión, se acercaron a la rama y ataron un lindo
lazo alrededor.
—Los padres siempre diseñan sus propios lazos. Piensan
en el niño que nacerá, entonces escogen un diseño apropiado y lo bordan en el
lazo.
Youko asintió. Le parecía una idea grandiosa.
—Vi árboles como este en las montañas.
Rakushun se volvió hacia Youko.
—Yaboku.
—¿Se llaman yaboku? También tenía frutas.
—Hay dos tipos de yaboku. Uno del cual nacen las
plantas y los árboles y otro del cual nacen los animales.
Los ojos de Youko se abrieron mucho más por la
sorpresa.
—¿Así que también los animales y
plantas nacen de estos árboles?
Rakushun asintió.
—Por supuesto, ¿de dónde más vendrían?
—Así que los animales crecen de los árboles —dijo
Youko, agitando la cabeza de asombro.
—Pero el ganado domesticado es algo diferente, nace de
un riboku —añadió Rakushun—. El granjero hace una petición al riboku
en días especiales y siguiendo ciertas reglas. En las montañas, los árboles,
plantas y animales nacen por sí mismos del yaboku. Sus frutas se maduran
por sí mismas. En el caso de árboles y plantas, el yaboku produce
semillas; en el caso de aves, el yaboku produce polluelos y en el caso
de otros animales, sus respectivos cachorros.
—No estoy segura sobre las semillas, ¿pero no es
peligroso que los cachorros lleguen al mundo por sí mismos? ¿No vendrían otras
criaturas a comerlos?
—Bueno, a algunos animales sus padres los buscan. Otros
se quedan bajo el árbol hasta que son suficientemente fuertes para sobrevivir.
Es por eso que los animales no se acercan a los árboles y los animales que se
comen los unos a los otros no nacen al mismo tiempo y, además, no importa lo
feroz que sea el animal, nunca se pelea bajo el árbol. Por eso las personas que
no alcanzan a entrar a una ciudad antes del anochecer van a las montañas y
buscan un yaboku. Es seguro.
—Eso tiene sentido.
—Por supuesto, también funciona, al contrario. Aunque
te encuentres con el más salvaje de los animales, si estás cerca de un árbol,
no debes matarlo.
—Ya veo, así que supongo que no puedes subir a un
árbol, coger un huevo y comerlo.
Rakushun hizo un gesto de asco.
—¿Quién querría un huevo con un bebé dentro?
Youko rio.
—Sí, supongo que nadie.
—¿Sabes? —dijo Rakushun—. Al oírte hablar se me ocurre
que pasan muchas cosas raras en Aquel Lugar.
—Puede que tengas razón, Rakushun. ¿Y los demonios?
¿También hay árboles para ellos?
—Eso creo, pero nunca nadie ha visto un árbol de
demonios. He escuchado de lugares que son guaridas de demonios, supongo que
allí encontrarías un árbol.
Youko asintió. Repentinamente, se le ocurrieron otras
preguntas, pero eran de un tono más vulgar así que se las reservó por el
momento. Por ejemplo, qué tipo de cosas pasaban entonces en los burdeles.
—¿Pasa algo?
—Nada. Gracias por enseñarme esto. Fue… divertido —dijo
Youko sonriendo.
Rakushun sonrió también, la expresión seria que había
tenido durante su discurso se suavizaba.
—Bien, me alegro.
En el patio central, la joven pareja seguía observando
la rama, sus manos se juntaban mientras rezaban.
Rakushun
había insistido en obtener una habitación en un lugar más apropiado pero Youko
se había resistido diciendo que era una pérdida de dinero.
—¿Cómo puede el Rey Glorioso siquiera pensar en
quedarse en un lugar así?
—La única persona que dice que soy de la realeza eres
tú. Como eres mi amigo, te creeré por ahora, pero todavía no lo sabemos.
—¿Y si fuese verdad?
—En cualquier caso, no marca ninguna diferencia.
—Sabes, Youko…
—Mira, puede que este lugar no sea el lugar “más
apropiado” para el Rey Glorioso, pero ciertamente es más que apropiado para
nuestro presupuesto. No sabemos cuántos días pasarán antes de que sepamos algo
del rey de En. Si nos vamos a un lugar más caro y terminamos teniendo que
quedarnos mucho tiempo, nos quedaremos sin dinero.
—¡Pero eres el Rey Glorioso! No tienes por qué
pagar. Además, ¿qué tipo de posadero le pediría dinero a un rey?
—Entonces es más razón para quedarnos aquí. No voy a
vivir en la habitación de alguien sin pagarle, eso no es justo. Y no me gusta
la idea de ir de lugar en lugar con esa intención.
Tras esa discusión, finalmente decidieron quedarse en
la posada que habían escogido originalmente, una que podía considerarse lo
mejor de lo peor. Era pequeña, pero tenía dos camas, había una ventana con
vista a un patio interno y hasta tenían una pequeña mesa bajo la ventana. Era
lo mejor que podían pagar con su presupuesto.
Para cuando habían llegado a casa desde el templo, ya
era de tarde, así que Youko se bañó, se cambió de ropa y lavó la que había
usado durante el día. El sólo hecho de tener agua caliente y ser capaz de
ponerse ropa nueva se había convertido en un lujo inimaginable.
Cuando estuvo lista, Youko bajó al comedor donde
Rakushun la esperaba y cenaron. Cenar mientras estaba en un lugar cómodo, sin
estar de pie en alguna tienda del camino también parecía un lujo. Youko sorbió
lentamente su té, saboreando la tranquilidad.
Justo estaba a punto de volver a su habitación cuando
escuchó un grito de algún lugar tras la posada.
Eso no fue un grito normal.
Youko alcanzó inmediatamente la
espada. No importa lo segura que se sintiera, nunca se quitó el hábito de
llevar la espada a su lado y ahora se alegraba de eso. Con su mano en la
empuñadura corrió hacia afuera, donde inmediatamente notó una conmoción en el
camino. Las personas corrían frenéticamente, huían de algo desconocido.
—¡Youko!
No… no aquí.
Había creído que los demonios no la perseguirían hasta
En. Y ahora que lo pensaba, nunca tuvo buenas razones para haber creído algo
así.
Sí que había menos demonios en En o eso le habían
dicho y como ella y Rakushun se estaban hospedando en lugares decentes y sólo
viajaban durante el día, tenía sentido que no hubiesen encontrado ningún
demonio. Pero los enemigos de Youko ciertamente no estaban confinados a esos
demonios que vagaban en las montañas de noche. De hecho, podía haber sido sólo
su suerte el que hubieran pasado tanto tiempo sin ser atacados.
—Rakushun, entra a la posada.
—Pero Youko…
Youko escuchó algo familiar en los gritos de las
personas que escapaban: el miedo a la muerte. Estos eran el tipo de gritos que
la gente emitía cuando sus vidas realmente estaban en peligro. ¿Qué se
acerca? Ah… es eso. Entrelazados con los gritos de las personas, escuchó
otro sonido, el llanto de un bebé.
Los escucho.
Youko blandió su espada, pasándole la vaina a Rakushun.
—¡Por favor, Rakushun, entra!
No hubo respuesta, pero pudo sentir que su amigo ya no
estaba a su lado. El flujo de personas se acercaba y Youko vio más allá una
figura negra, como un tigre, pero mucho más grande, creando la ilusión
momentánea de que una pequeña montaña arremetía por la calle. Escuchó un grito
familiar:
—¡Bafuku!
Youko alistó su espada, bajando la punta y
posicionándose sobre las plantas de sus pies, adoptando una posición de
defensa. El acero brillaba bajo la luz de las tiendas a lo largo de la calle.
La multitud se partió en dos para evitar a Youko. El
gigantesco monstruo parecido a un gato se acercó rápidamente, atrapando a
algunas personas bajo sus pies y golpeando a otras. Tras él, Youko vio otro
monstruo, algo como un gran buey.
Son dos…
El cuerpo de Youko se tensionó.
Aunque había pasado mucho tiempo desde su última pelea, no sentía miedo sino
una extraña euforia.
La multitud iba de un lado a otro, había personas
entrando a las tiendas, hasta que finalmente no quedó nadie entre Youko y las
bestias. Empezó a correr hacia ellos, ganando velocidad, su espada estaba
lista.
Primero el tigre. La gigantesca bestia saltó,
desgarrando con sus grandes zarpas el espacio vacío donde Youko había estado un
momento antes. Mientras la bestia aterrizaba, Youko lo había evadido, clavando
la punta de la espada en su nuca. Un segundo después había liberado la espada y
se dirigía al buey, la piel de la criatura brillaba de un negro azulado bajo la
penumbra.
El tamaño de sus enemigos hacía
que el vencerlos no fuera una tarea fácil, pero sólo había dos y Youko estaba
confiada en que vencería. Moviéndose rápidamente, evadió a la criatura parecida
a un buey, cortándola. Y justo en ese momento, escuchó la voz de Rakushun.
—¡Youko! ¡Kingen!
Youko levantó la mirada y vio a una bandada de aves del
tamaño de pollos descendiendo hacia ella. Podía haber una o dos docenas, era
difícil de determinar.
—¡Cuidado con las colas! ¡Son venenosas!
Youko apretó los dientes. Estos monstruos eran
pequeños, rápidos y numerosos. Esto no sería fácil.
Las colas de las aves tenían forma de dagas. Derribó a
dos y entonces, moviéndose con una eficiencia calculada, le dio el golpe de
gracia al tigre moribundo.
Sabía instintivamente que tenía que evitar que las aves
atacaran sus piernas, pues eso la dejaría vulnerable a cualquier ataque desde
arriba, así que para evitar caer o resbalarse corrió tras el cadáver del tigre
y quedó de pie con su espalda hacia la posada, encontrando una sección de suelo
seco sobre el que podría mantenerse. En la calle, el buey herido bramaba y
arremetía ciegamente contra los adoquines empapados con la sangre demoníaca.
El camino era angosto y estaba poco iluminado y la
bandada se acercaba rápidamente. La única luz que Youko tenía provenía de las
tiendas alineadas en el camino, una luz tenue que sólo parecía hacer más
oscuras las sombras. Levantó la mirada. Las aves, atacando en una formación
cerrada, cayeron sobre ella, casi como derramándose desde la oscuridad.
Y entonces el buey arremetió contra ella con la cabeza
gacha. Youko saltó para evadirlo, cortando simultáneamente a otra de las aves y
en ese momento escuchó otro sonido demoníaco, voces que parecían las de un
metal oxidado se escuchaban como un coro sobrenatural.
¡¿Hay más?!
Youko sintió un escalofrío bajar por su espalda. Las
aves la habían distraído de acabar con el buey y estaba dando problemas… y
ahora esto.
Mirando tras el demonio buey, vio una horda de
criaturas parecidas a monos saliendo de todas partes del camino.
Su atención se desvió de los recién llegados por un
segundo para ver una de las colas afiladas de las aves flotando justo ante sus
ojos. Apenas pudo tambalearse para evadirla y había perdido el equilibrio y
otra ave descendía con su cola apuntada a su rostro.
No podría esquivar esta.
Veneno… Me
pregunto si será muy malo. ¿O será que simplemente me saca los ojos? Si no
puedo ver, no puedo pelear. Podría quitarlo con la mano, pero ya no hay tiempo. Todos estos pensamientos atravesaban la mente de
Youko. Apenas si tuvo tiempo de parpadear antes de que el ave la atacara.
¡Me tiene! ¡No!
Empezó a cerrar sus ojos y de repente, el ave se
desvaneció. Alguien la había apartado, pero no tuvo tiempo de ver quién.
Cortó a dos aves más y evadió al buey azul una vez
más. Un resplandor llamó su atención: el movimiento de una espada siendo
clavada en la espalda del monstruo. Youko estaba tan distraída que no pudo ver
que otra ave se le acercó, pero esa también fue cortada por…
Un hombre estaba junto a ella en la calle. Estaba de
pie y tenía el porte de un guerrero, era un cabeza más alto que Youko.
—Concéntrate.
Y tras sólo decir esa palabra, el hombre se volvió y
cortó a la última de las aves.
Youko asintió, cortando al mismo tiempo uno de los
monos como si de una mosca se tratara. Atravesó a uno que había saltado tras
ellos y rápidamente se vio nuevamente en medio de una batalla.
El hombre era muy diestro, tenía más habilidad que ella
y su fuerza la superaba por mucho. Los monos en la horda parecían demasiados
para contarlos, sin embargo, fue cosa de minutos antes de que todos cayeran a
la ahora silenciosa calle llena de cadáveres.
—Lo
has hecho bien —dijo el desconocido tras haber limpiado la sangre de su espada
y haberla envainado.
Youko lo miró fijamente boquiabierta. Ni siquiera
estaba respirando con dificultad. Era un hombre alto, aunque no tan grande para
ser un gigante. Era lo que Youko imaginaba cuando pensaba en un héroe o un rey.
Recuperó su aliento mientras lo miraba.
Él sonrió.
—No te ofendas, ¿pero estás herida?
Youko negó silenciosamente.
El hombre levantó una ceja.
—¿Te faltan fuerzas para hablar?
—Yo… no… Gracias.
—No he hecho nada que requiera tu agradecimiento, pero
lo acepto.
—Me has salvado la vida.
—¿Oh? Simplemente quería deshacerme de esas criaturas
molestas. Salvarte no fue más que un efecto secundario.
Youko permaneció en silencio, insegura de cómo
responder. Entonces sintió una pequeña mano tirando de su camisa.
—Youko, ¿estás bien?
Era Rakushun, que miraba ansiosamente a los cadáveres
de la calle.
Youko tomó de
vuelta su vaina y entonces limpió y envainó la espada.
—Sí, estoy bien. ¿Tú estás bien, Rakushun?
—¿Yo? Nunca he estado mejor. ¿Y quién es él?
Youko se encogió de hombros. El desconocido sonrió y
miró el edificio tras ellos.
—¿Os albergáis en esta posada?
—Sí.
El hombre murmuró algo y luego los miró.
—La gente se está acercando. ¿Bebes?
—No…
—¿Y tú? —preguntó el hombre, mirando a Rakushun, quien
estaba perplejo y jugaba con sus bigotes. El hanjuu se encogió de
hombros—. Entonces únete a mí. No tengo intención de hablar con ningún molesto
oficial.
Y tras decir eso, el desconocido se volvió y empezó a
alejarse lentamente. Rakushun y Youko se miraron, asintieron al mismo tiempo y
lo siguieron.
El hombre caminó por una calle, moviéndose fácilmente a
través de la multitud que se agolpaba. Tras una corta distancia, una de las
posadas llamó su atención y entró abruptamente. Era una gran posada con adornos
brillantes. Sin hacer más que mirar rápidamente a Youko y a Rakushun, atravesó
la entrada.
Youko miró a Rakushun.
—¿Y bien…?
—¿A qué te refieres? ¿No vamos a entrar?
—Bueno, ciertamente quiero hablar con este hombre, es
sólo que… no quiero obligarte a venir conmigo. Puedes volver a la posada, puede
que esto no sea seguro.
—¿Y allí afuera sí es seguro? —preguntó Rakushun,
sacudiendo la cabeza—. Vamos, Youko.
Subieron los pequeños escalones de piedra, Youko entró
primera. Una vez pasaron la puerta, encontraron al hombre de pie con el
posadero al final de una escalera. Tan pronto como vio a Youko entrar, sonrió y
subió.
Dándose prisa, el posadero los guio a una habitación en
el tercer piso. Era una gran habitación conformada por dos habitaciones más
pequeñas que estaban conectadas, con un balcón que daba al patio central. Todo
era lujoso y estaba bien decorado, hasta los muebles parecían caros. Era un
establecimiento de una clase muy alta, del tipo en los que ella jamás había
puesto un pie.
El desconocido pidió comida y bebida al posadero antes
de sentarse en una gran silla parecida a un sofá. Parecía estar acostumbrado a
este tipo de lugar. Quizá era el efecto de tantas velas en la habitación, pero
Youko notó de repente que la ropa del hombre era muy fina y cara.
—Um… —dijo ella, todavía de pie en la puerta.
El hombre rio.
—Podéis pasar y sentaros.
—Por supuesto —murmuró Youko y entonces, mirando de
reojo a Rakushun, se sentó en la silla más cercana. No pudo evitar jugar con
sus manos y al ver esto, el hombre sonrió, pero simplemente permanecía sentado
observándola sin decir nada. Insegura de qué hacer, Youko inspeccionó la
habitación con la mirada hasta que el posadero llegó con una bandeja de comida
y un jarrón.
—¿El caballero desea algo más?
El hombre negó con la cabeza y le hizo un gesto al
posadero para despedirlo, diciéndole que cerrara la puerta al salir.
—¿Beberás?
Youko negó con la cabeza. A su lado, Rakushun negó con
la suya.
—Um… —dijo Youko, todavía insegura de qué decir, pero
con la necesidad de empezar algún tipo de conversación.
El desconocido la interrumpió.
—Esa espada es hermosa —dijo con sus ojos centrados en
la mano derecha de Youko. El hombre estiró su brazo y antes de pensarlo dos
veces, Youko se vio pasándole la espada. El hombre tomó suavemente la
empuñadura y la espada salió fácilmente de la vaina.
Ignorando la exclamación de sorpresa de Youko,
inspeccionó tanto la espada como la vaina.
—La vaina está muerta.
—¿La vaina está qué?
—¿No viste algo? ¿Quizá un extraño espectro?
Youko frunció el ceño.
—¿Disculpa?
El hombre sonrió al ver la expresión de consternación
de Youko y envainó nuevamente la espada. Con un movimiento lleno de gracia, le
ofreció la espada con ambas manos.
Youko la tomó y apretó fuertemente la empuñadura.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a lo que dije. No
sabes qué es lo que tienes, ¿no es así?
—¿Lo que tengo? ¿Qué quieres decir?
El hombre tomó el jarrón de la bandeja y llenó un vaso,
completamente relajado.
—Lo que tienes allí es la Suiguu-tou, la Espada
del Mono de Agua. Es una espada forjada de agua y su vaina está hecha de
piel de mono, de ahí el nombre. Como arma es muy elegante, pero también tiene
otros poderes. A veces la espada se vuelve luminiscente, mostrando a su dueño
visiones. Si se aprende a utilizar, se puede mirar el pasado y el futuro y
cruzar distancias muy grandes. Pero si no la cuidas bien, te mostrará espectros
muy molestos. Sólo la vaina puede sellarlos —El hombre inclinó su vaso y bebió,
y entonces miró nuevamente a Youko—. La vaina en sí puede cambiar, asumiendo la
forma de un mono. El mono tiene el poder de leer los corazones de la gente,
pero si fallas en tenerlo a raya, leerá las partes más oscuras de tu corazón y
te molestará. Cuando esto pasa, sólo la espada puede sellarlo. Esta arma es uno
de los tesoros secretos y sagrados del reino de Kei.
Youko se levantó inmediatamente.
—Pero es obvio ahora —continuó el
hombre—, la vaina ha muerto. Sin la vaina para controlarla, los espectros han
debido descontrolarse.
—¿Q-quién eres…? —tartamudeó Youko.
—Una carta. La enviasteis a las oficinas territoriales
en esta ciudad, ¿no? ¿Qué es lo que queríais decir?
Pero si sólo la enviamos hoy, pensó Youko. Nadie podría haber contestado tan
pronto.
—Tú… —dudó—. No eres el ministro de En, ¿no es así?
El hombre sonrió.
—El ministro
está ocupado. Si tienes algo que decir, yo te escucharé.
Youko sintió una profunda decepción.
Así que no es el Taiho.
—En la carta decía lo que tenía que decir.
—Ah, sí. Sobre el Rey Glorioso, ¿no?
¡Leyó la carta!
—Soy una kaikyaku. No sé mucho sobre este mundo…
—Eso parece.
—¿Me crees? ¿Crees que soy la Emperatriz de Kei?
—Mi opinión no tiene nada que ver
con esto. La Espada del Mono de Agua es un tesoro sagrado de Kei, fue creada
sofocando al más grande de los demonios sin matarlo, atrapando su esencia y
manipulándola hasta que formara espada y vaina. El mero acto de blandirla es
una hazaña al que pocos aspiran y aún menos alcanzan. En otras palabras, debes
ser el Rey Glorioso. Fue, después de todo, el mismo rey el que en épocas
pasadas atrapó al demonio con que se hizo la espada.
—Pero…
—El demonio es atrapado y el amo queda vinculado a su
vez… esto quiere decir que normalmente, sólo el verdadero dueño puede
blandirla. Por supuesto, la vaina está muerta, por lo que hasta yo pude
desenvainarla. Pero aun así, aunque quisiera blandirla, en mis manos no
cortaría ni la brizna de paja más delgada, mucho menos podría convocar
espectros.
Youko miraba al hombre.
—¿Quién eres? Dime.
—¿No te presentarás primero?
—Mi nombre es Youko. Youko Nakajima.
El hombre se dirigió a Rakushun.
—¿Y tú eres Chou Sei? ¿El que escribió la carta?
Rakushun asintió un poco alterado.
—¿Y tu azana[2]? —preguntó el hombre.
—Rakushun.
—Ya te hemos dicho quiénes somos —dijo Youko, con su
mirada cada vez más concentrada, pero el hombre parecía desinteresado.
—Mi nombre es Naotaka Komatsu —dijo simplemente.
¡¿Es Japonés?!
Ahora Youko estaba sorprendida.
—¿Eres un kaikyaku?
—De hecho, soy un taika. La mayoría aquí me
llama Shouryuu… la pronunciación china de los caracteres de mi primer nombre.
—¿Y…? —presionó Youko.
—¿Sí?
—¿Quién eres tú? ¿El mensajero del Taiho de En?
El hombre rio fuertemente.
—Soy el Rey de En. El Rey Eterno, a tu servicio.
Youko
se petrificó instantáneamente. Tras ella, los bigotes de Rakushun se quedaron
rígidos, con las puntas hacia arriba.
El hombre que se llamaba a sí mismo el Rey Eterno
estaba muerto de risa. Era obvio que estaba disfrutando del momento.
—¿El Rey Eterno?
—Así es. Me disculpo por la ausencia de mi Taiho, pero
pensé que yo serviría de algo. ¿O era obligatorio que hablaran con él?
Youko negó con la cabeza y tragó saliva.
¿Cómo llegó tan rápido?
El hombre sonrió e introdujo su dedo en el vaso.
—Quizá una pequeña historia sería útil. Comencemos
desde el principio, ¿vale? Hace un año, el Rey Glorioso de Kei, una emperatriz
igual que tú, falleció. Ahora es conocida como la Difunta Emperatriz Yo,
¿sabías esto?
—No —respondió Youko.
El hombre asintió.
—Su verdadero nombre era Jokaku y tenía una hermana,
Joei. Esta hermana, no sé con qué intenciones, se ha autoproclamado como Rey
Glorioso.
—¿Autoproclamado?
—Por cada rey hay un kirin. Es el kirin
quien escoge al rey. ¿Sabías esto?
—Sí.
—Cuando la Difunta Emperatriz Yo murió, dejó a su Kirin:
Keiki. ¿Lo conoces?
—Sí. Fue quien me trajo a Este Lugar.
El Rey Eterno asintió una vez más.
—Cuando la Difunta Emperatriz Yo murió, el trono quedó
vació. Keiki se marchó inmediatamente a buscar al nuevo rey y desapareció de la
corte real. Dos meses después, se supo que se había escogido un nuevo Rey
Glorioso. Sin embargo, estoy obligado a concluir que ese nuevo rey es falso.
—¿Falso?
El Rey Eterno suspiró.
—Solo el kirin puede escoger al nuevo rey. Si un
rey asciende al trono sin la bendición del kirin, ese rey es falso. Hay
muchos signos que señalan la ascensión de un verdadero rey y a la ascensión de
Joei le faltan todos. Por el contrario, el reino se ha convertido en una
guarida de demonios, abandonado y arruinado por las calamidades. No… ella no
puede ser el verdadero rey de Kei.
—Yo no… —Youko quería decir que no estaba segura de
entender lo que le decía, pero el Rey Eterno movió la mano pidiendo silencio.
—Ahora estoy seguro de que su
afirmación es falsa. Cuando investigué un poco más descubrí que era la hermana
de la Difunta Emperatriz Yo la que se autoproclamaba Rey Glorioso, pero no es
más que una simple humana. No puede entrar al palacio ni puede gobernar. Sabía
que esto era algo grave, sin embargo…
Youko no entendía bien lo que le decía, pero se
concentró y escuchó atentamente.
Después de un momento, el rey continuó.
—Sin embargo, Joei se fue a vivir a una de las fortalezas
del gobernador local y desde allí anunció su ascendencia como el nuevo Rey
Glorioso. Los ciudadanos comunes no tenían forma de saber la verdad y tampoco
tenían razones para cuestionar su autenticidad, de hecho, estaban listos para
creer. Joei declaró que los gobernadores habían conspirado para evitar que
ella, la verdadera emperatriz, entrara a su palacio. Las personas le creyeron y
los culparon. Hasta se atrevió a declarar guerra contra sus “súbditos
traicioneros y desleales” y solicitó nuevos oficiales y soldados. El número de
enlistados aumentó inmediatamente.
Mientras hablaba, la expresión del Rey Eterno se
oscurecía.
—Hubo un largo periodo de confusión antes de que la
Difunta Emperatriz Yo tomara el poder y su reino fue corto. El reino permaneció
en caos por años y el resentimiento de los plebeyos hacia los gobernadores era
muy grande. Por estas razones, había poco para detenerla. De nueve provincias,
tres se unieron inmediatamente al ejército de la falsa emperatriz.
—¿Nadie intentó enfrentarse a ella?
—Algunos. Pero el kirin seguía desaparecido, no
había forma de estar seguros. Podía ser como ella afirmaba, que los
gobernadores habían escondido al kirin temiendo que se supiera la verdad
de su traición. Entonces, cuando el falso rey presentó al kirin, había
poco de qué dudar.
»Sí… —continuó, respondiendo a la expresión de sorpresa
de Youko—. Joei reveló al kirin en su forma bestial, diciendo que había
sido rescatado de manos de sus enemigos. Y en ese momento, la mitad de las seis
provincias restantes se unieron a ella.
—¿Presentó un kirin? ¿Cómo? ¿Keiki?
—Sí… me temo que fue capturado.
Es por eso por lo que nunca vino por mí.
Sus peores miedos no se habían hecho realidad, pero
esto era suficientemente malo.
—¿Así que esta Joei es la que está enviando a los
asesinos? ¿Los demonios? — preguntó Rakushun.
—No necesariamente. Los demonios atacan a los humanos,
eso no es raro. Pero que los demonios cacen a alguien en especial, eso sí es
raro, a menos, claro que fuesen shirei.
—¿Shirei?
—Mensajeros, sirvientes. El kirin puede utilizar
el poder de los tesoros sagrados del reino para controlar a los shirei.
Si es verdad que alguien está controlando demonios y haciendo que te ataquen,
entonces esta persona debe ser un kirin.
Así que los demonios que seguían
a Keiki eran shirei,
pensó Youko.
La reacción de Rakushun fue de gran agitación.
—¡Imposible!
El Rey Eterno asintió.
—Así es, imposible, sin embargo, todo apunta a eso. Los
demonios que atacaron al verdadero Rey Glorioso eran los shirei de un kirin
y los demonios se unieron para ayudarlos.
—Espera… eso quiere decir que…
—Cuando consideras los hechos, la impostora Joei no
tiene ni las conexiones ni el dinero para sostener a un ejército entero. Debe
haber alguien tras ella, en las sombras. Alguien muy rico. Si también manda
sobre los shirei, entonces debe ser un rey.
Youko miraba al Rey Eterno y a Rakushun.
—¿Qué quiere decir?
—¿Sabes qué tipo de bestia es un kirin?
—Sí, una bestia espiritual, el que escoge al rey.
—Precisamente. Los kirin
son bestias, pero no demoníacas. Más bien se acercan más a los dioses. En su
forma natural, son bestias, pero usualmente asumen la apariencia de un humano.
Por naturaleza, son criaturas benevolentes y piadosas. Pueden ser orgullosas y
extremadamente independientes, pero odian las guerras y los conflictos. En
particular odian la sangre, el mero hecho de tocarla los enferma. Nunca empuñan
una espada en la batalla. Su única protección son los shirei, los
demonios que han hecho un pacto con ellos. Nunca atacarían a un ser humano,
pues están atados a la naturaleza del kirin.
—¿Y cómo me atacaron?
—Exactamente. Sólo puede haber una explicación: el rey
es el amo del kirin. El kirin debe obedecer al rey en todo.
Aunque no está en su naturaleza el sentir odio, si el rey le ordena algo, el kirin
tendría poco que objetar. Que los shirei te hayan atacado debe
significar que el rey le ordenó al kirin que lo hiciera.
—Pero… ¿y si Joei tiene un kirin propio?
—No. Sólo hay un kirin por reino. O sirve a su
amo, el rey o está en busca de otro rey. Nada más.
Así que alguien más era quien atacaba a Youko.
Repentinamente, Youko recordó.
La mujer en las montañas, le dolió la muerte del
demonio. ¡Ha debido ser un kirin
llorando por su shirei! Y cuando ese loro o lo que fuese le ordenó que
me atacara, lo hizo renuentemente, con lágrimas en sus ojos. ¿Podrá ser que ese
loro era de alguna forma el rey y esa mujer su kirin?
Todo empezaba a tener sentido.
—Pero ¿quién? —preguntó pensando qué rey la querría
muerta.
Nuevamente el Rey Eterno se concentró.
—Todo se descubrirá pronto.
—Pero…
—Mientras estés bajo nuestra
protección en En, no te herirán. Y creo que pronto se hará aparente quién ha
planeado la muerte de la verdadera Emperatriz de Kei. Los Cielos no ignorarán
esto por mucho tiempo.
—No estoy segura de entender —dijo Youko.
—Solo debemos esperar. Pronto veremos los movimientos
del reino de Kei y veremos quién ha ordenado matarte. Sin embargo —añadió—, el
asunto de tu kirin es más urgente. Está prisionero en Kei y debemos
rescatarlo. Por esto y por tu protección, te pediré que vengas a un lugar más
seguro conmigo. ¿Puedes ir ya?
—¿Ahora mismo?
—Si es posible sí. Por supuesto, tienes tiempo de
buscar tus pertenencias. Quiero que me acompañes a mi domicilio.
Youko miró a Rakushun y él asintió.
—Debes ir. Estarás segura allí.
—Pero…
—No te preocupes por mí. Ve.
El Rey Eterno se rio de Rakushun.
—Un invitado más no hará diferencia. Mi residencia está
un poco ruinosa, pero tiene suficiente espacio.
—P-pero…
—Tened en mente que no sé nada de atender invitados,
pero sois bienvenidos. Creo que así lo preferirá el Rey Glorioso —añadió,
mirando a Youko.
Por “residencia” el Rey Eterno se refería al Palacio
Gen’ei en Kankyu, pero hablaba del lugar como si fuera una choza arruinada.
Youko sacudió la cabeza y miró a Rakushun.
—¡Por favor, ven conmigo! No me sentiría bien si te
dejo atrás.
Rakushun asintió.
Cuando
el Rey Eterno llegó a las afueras de la ciudad, puso sus dedos en su boca y
silbó.
Youko sabía que Kankyu estaba al menos a un mes a pie
y, además, de noche no había forma de entrar o salir de la ciudad. Estaba
intentando pensar en cómo los pensaba llevar a Kankyu, cuando en respuesta al
silbido, una sombra apareció sobre la pared. Pudo identificar las figuras
brillantes de dos tigres. El juego de luz en sus pelajes convertía sus rayas
negras en un blanco iridiscente, no tan pálido como el color de una perla ni
tan impenetrable como el aceite. Sus increíbles ojos eran como ópalos negros y
sus colas eran muy largas.
Y justo como la primera noche en
que cruzó el Mar del Vacío, Youko se encontró sobre una bestia fantástica, los
tres viajeros volaron hacia la noche, la media luna los iluminaba, galopaban
hacia Kankyu.
Ahora parecía que había pasado tanto tiempo desde que
Youko había cruzado desde Aquel Lugar. Entendía tan poco en aquel
entonces, sobre Keiki y sobre sí misma. Recordando, estaba asombrada de cuánto
tiempo había pasado desde que había llegado a este mundo. Todavía hacía frío
cuando subió al shirei llamado Hyouki en dirección al mar y ahora era
verano. El calor del día se atenuó en el aire nocturno y deseaba poder sentir
la brisa, aunque algo en el aura de la criatura la había mantenido a salvo del
viento.
La bestia galopó aún más alto y Youko bajó la mirada
para observar el mundo oscuro que se extendía bajo ella. Aquí y allí la noche
de En era iluminada donde las aldeas y ciudades formaban grupos de luces,
recordándole los brillos que había visto en las profundidades del Mar del
Vacío.
—Youko, mira, ¡Kankyu! —exclamó Rakushun desde su
posición tras ella, señalando con su pequeña pata sobre su hombro. Habían
pasado unas dos horas desde que el viaje había empezado.
Youko miró en la dirección en que Rakushun señalaba,
pero no pudo ver nada. No había luces, no había más que una oscuridad lúgubre.
Estaba a punto de preguntar qué estaba mirando cuando se dio cuenta que estaba
observando mal. Rakushun no estaba apuntando a algo en la oscuridad, estaba
apuntando a la oscuridad misma.
—No puede ser…
Bajo la luz de la media luna, el mundo bajo ellos era
del color del mar profundo, su oscuridad se expandía aquí y allí por los
pálidos contornos de los árboles, sus siluetas se elevaban como olas. En el
medio de todo, vio innumerables puntos de luz y más adelante vio un profundo
abismo que cortaba la oscuridad del bosque.
No,
pensó Youko, no es un abismo. Era una sombra negra, la sombra de la luna
proyectada por lo que parecía ser un agujero en la noche. Pero no era un
agujero, era todo lo contrario.
—Una montaña…
¡Y qué montaña! Era tan alta que, aunque las ciudades
localizadas en su falda se veían tan pequeñas como puntos desde la altura de
las bestias voladoras, su pico se elevaba aún más. Una montaña que llega a
los cielos, como Rakushun había dicho.
No podía creer que algo así existiera. Por un momento
había tenido la aterrorizante sensación de que era una criatura diminuta y poco
importante en el rostro de algo tan vasto que apenas podía empezar a
comprenderlo.
La montaña se erigía como un
pilar a través del cielo y la tierra. La forma de la montaña, que se elevaba
desde las colinas de abajo, parecía ser un inmenso grupo de brochas atadas
firmemente, todas de diferentes alturas. La empinada cima estaba escondida en
las nubes.
El rostro de piedra ante ellos era como una pared
gigantesca.
—¿Esa es Kankyu? ¿La montaña? —Youko miró hacia el
bosque que dejaban bajo ellos y miró nuevamente a la montaña. Todavía estaba
lejos.
Pero se ve tan grande.
—Así es. Es la Montaña Kankyu —murmuró Rakushun tras
ella—. Los palacios de cada reino son iguales, el Palacio Gen’ei se encuentra
en la cima.
La luz de la luna brillaba
débilmente en los contornos de los precipicios. Las paredes de piedra eran
empinadas, casi verticales. Youko buscó el pico del palacio, pero no podía ver
nada a través de las nubes. En la falda de la montaña, sus ojos veían pequeños
grupos de luces.
—Esas son las luces de Kankyu.
Era la capital del reino, entonces seguramente sería
más grande que Ugou, pero su brillo se veía tan lejano que la ciudad completa
no parecía más que una mota.
Youko se quedó atónita por un rato, aferrándose con más
fuerza al gran tigre.
Aunque el pico no parecía tan distante, aun con la
velocidad de las patas de las bestias no parecían acercarse. Era casi como si
se movieran en reversa. Lentamente, la ciudad se acercó, tanto que no podía ver
la montaña entera sin mover la cabeza ni podía ver claramente la cima. Bajo
ellos se hacían visibles los contornos de la ciudad de Kankyu.
Kankyu se extendió en un
semicírculo a través de las colinas alrededor de la falda de la increíblemente
alta montaña. En la sombra de esa montaña gigantesca, pensó Youko, las
noches deben ser muy largas.
—Una vez fui a Gosou en Kou y era igual —dijo
Rakushun—. Si recuerdo bien Gosou se encuentra en la parte occidental de su
montaña y el crepúsculo duraba una eternidad.
Vista desde una distancia menor, Kankyu era claramente
enorme: un mar de luces. Frente a los viajeros, había acantilados hasta donde
alcanzaba la vista. Las desnudas capas de piedra que componían la montaña se
veían pálidas en la oscuridad.
Delante de ellos, el Rey Eterno guiaba a su bestia a un
lugar muy encima de la ladera, aterrizando en un peñasco que salía de la
inhóspita faz del acantilado.
Youko pudo observar que el peñasco era plano en la
parte superior, como una repisa saliendo de la ladera, tenía suficiente espacio
como para construir un pequeño gimnasio encima. Parecía como si hubiesen unido
un gran peñasco a la ladera y luego lo hubiesen cortado por la mitad,
extrayendo la parte superior y apartándola.
Siguiendo al Rey Eterno, el tigre que llevaba a Youko y
a Rakushun aterrizó también en la repisa de piedra. El Rey Eterno ya había
desmontado. Se volvió hacia ellos y sonrió.
—Felicitaciones, llegasteis sin caeros.
Youko se preguntaba cómo alguien se podría caer de la
espalda de una bestia que se movía tan suavemente por el aire, sin siquiera permitir
que se sienta el viento. Como si pudiera leer su mente, el rey rio y dijo:
—Las alturas marean a algunos y otros se acostumbran a
la sensación del aura, por lo que se duermen y se caen.
Ah, por supuesto,
pensó Youko sarcásticamente.
La piedra blanca del gran saliente estaba cortada
perfectamente y un intricado patrón había sido tallado profundamente en su
superficie. Quizá es para evitar que nos resbalemos, pensó Youko. No
había paredes ni barandillas a lo largo de la saliente y Youko no tenía ninguna
intención de asomarse por la orilla para confirmarlo. No podía imaginar lo alto
que debían estar.
En el acantilado había una gran puerta hacia la que el
Rey Eterno se dirigía con grandes zancadas. Antes de llegar a ella, la puerta
se abrió silenciosamente hacia dentro.
Dos soldados habían abierto las puertas, o al menos eso
asumió Youko que eran por las pecheras de cuero que llevaban. Llevaron a cabo
su tarea con facilidad, aun cuando las puertas eran al menos el doble de altas
que ellos y parecían estar hechas de pedazos de la piedra blanca.
El rey asintió a los guardias y entonces se volvió
hacia Youko y Rakushun que seguían de pie junto a sus bestias. El rey hizo un
movimiento con su cabeza y atravesó las puertas. Youko y Rakushun se dieron
prisa en seguirlo; los dos soldados les hicieron una leve reverencia y entonces
corrieron hacia las dos bestias que descansaban en la repisa de piedra. Youko
los miró con curiosidad. Se imaginaba que los guardias les darían agua y comida
a las criaturas, quizá también las cepillarían, igual que cuidarían de un
caballo.
—Es por aquí —dijo el Rey Eterno, mirando a Youko.
Youko se apresuró para alcanzarlo y llegó hasta un
ancho corredor fuertemente iluminado por un candelabro que colgaba del techo.
Youko supuso que debía ser algo inusual en este mundo juzgando por la rapidez
con la que Rakushun se tocaba los bigotes.
Al final del corto corredor,
llegaron a una pequeña habitación y entonces pasaron a través de unos arcos que
daban la impresión de ser un túnel hasta llegar al final de unas escaleras
hechas de la misma piedra que la saliente del acantilado. Rakushun miró las
escaleras y sus bigotes bajaron. Con un pie en el primer peldaño, el Rey Eterno
se volvió hacia ellos.
—¿Pasa algo?
—No —dijo Rakushun con una expresión de seriedad que
Youko comprendió inmediatamente—. Um, ¿Youko? —susurró—. ¿Tenemos que… subir
todo eso?
—Eso creo —respondió, Youko. La idea también la había
dejado muy poco entusiasmada. El lugar en el que aterrizaron estaba muy alto,
pero la distancia que había entre ellos y la cima era la de un rascacielos.
Caminar hasta allí sería una tortura.
Sin embargo, no se atrevía a quejarse así que subió el
primer peldaño mientras apretaba la mano de Rakushun. Cada peldaño era pequeño
pero la escalera parecía seguir infinitamente. Siguieron y siguieron subiendo,
siempre tras el Rey Eterno y cuando finalmente llegaron al final, seguía un
gran pasillo. Allí, doblaron noventa grados y subieron otras escaleras hasta
que llegaron a una habitación pequeña. En la parte trasera de la habitación
había una puerta de madera con grabados ornamentales.
Mientras pasaban por la puerta, una suave brisa con un
fuerte olor a mar rozó sus rostros.
—Oh… —exclamó Youko inconscientemente. Ante ellos había
una gran terraza. Se encontraban sobre las nubes. No entendía qué tipo de
milagro era este, pero sólo subir esas pocas escaleras los había llevado a la
cima de la montaña.
El piso de la terraza era de la piedra blanca y esta sí
tenía una barandilla, también hecha de piedra blanca, bajo ellos, olas de
blancas nubes rompían contra la montaña.
¡Espera, realmente son olas!
Los ojos de Youko se abrieron como platos.
—¡Rakushun, es el mar! —gritó fuertemente, corriendo
hasta la barandilla de piedra. Estaban en la orilla del mar, podía oler la sal.
—Claro que sí. Estamos sobre el cielo —dijo Rakushun.
Youko se volteó para mirarlo.
—¿Hay un mar sobre el cielo?
—Pues claro, si no fuera un mar, no se llamaría el Mar
de Nubes. ¿No lo llaman así de dónde vienes?
El viento que soplaba sobre las olas hacía que el olor
a sal marina fuese más fuerte. Era de noche y el mar estaba oscuro, pero las
crestas de las olas brillaban bajo la luz de la luna. Youko se inclinó sobre la
baranda y miró hacia las profundidades, allí, en el fondo del mar, vio luces.
Era como mirar en el Mar del Vacío, excepto que estas luces eran las luces de
Kankyu.
—¡Increíble! ¿Y por qué no cae
esta agua?
—Pues… —dijo el Rey Eterno
sonriendo—. Si toda el agua del Mar de Nubes cayera de una vez, pobres las
almas bajo él. Si así lo quieres, haré que le preparen al Rey Glorioso una
habitación con una terraza.
—Um… —dijo Youko, insegura de cómo dirigirse a su
anfitrión—. ¿Podrías no llamarme así?
El Rey Eterno levantó la ceja con curiosidad.
—¿Por qué no?
—Es sólo que… suena como si hablaras de otra persona.
El Rey Eterno sonrió al escuchar eso. Parecía que iba a
decir algo, pero repentinamente miró hacia el cielo. Youko siguió su mirada y
pudo ver una luz blanca flotando a través del cielo sobre ellos.
—Mi Taiho ha regresado. Debo ir a verlo, Youko.
—Y así, el Rey Eterno se dio la vuelta. Una corta escalera subía desde la parte
izquierda de la pared de la terraza. Youko lo siguió. Rodeando una esquina en
la parte superior, se detuvo, atónita ante lo que veía.
Desde su nueva posición podía ver la escarpada montaña
levantándose como una isla sobre el Mar de Nubes y allí en la ladera de
alabastro bañada por la luz de la luna, había innumerables edificios. Como una
escena salida de una pintura sumi-e[3], veía piedras con formas
curiosas, ramas de árboles y arbustos saliendo de la piedra desnuda y muchas
cascadas.
Algunos de los edificios en el acantilado eran torres,
otras, agujas, pero todos se interconectaban por muchos corredores, formando un
gigantesco edificio.
Era como un enorme castillo enredado en la cima de la
montaña. Este era el corazón de En, el hogar del Rey Eterno: El Palacio Gen’ei.
Youko
y Rakushun siguieron al Rey Eterno a uno de los edificios del palacio donde
fueron rodeados por sirvientes -hombres y mujeres- que los alejaban de su
anfitrión y los guiaban a lo que Youko asumió eran las habitaciones de
invitados. Las protestas de ambos amigos fueron respondidas con miradas de
absoluto desinterés.
—Cambiaos aquí. Os traeremos agua caliente.
Parecía que, aunque los invitados eran bienvenidos al
palacio, su ropa mugrienta no lo era. Confundida, Youko simplemente asintió y
se bañó con agua caliente de la jarra que una sirvienta le había llevado. Ella
y Rakushun tomaron turnos para bañarse tras el biombo en la habitación, cuando
Youko terminó, fue a la habitación contigua y encontró ropa sobre una gran
mesa.
—¿Se supone que debes usar eso? —Rakushun preguntó,
haciendo una mala cara mientras tomaba el kimono brillante y lo empezaba a
inspeccionar—. Esto es ropa de hombre. O creen que eres un hombre o el Rey
Eterno se está divirtiendo.
—Aquí también hay uno para ti, Rakushun.
Los hombros de Rakushun se encogieron.
—Bueno, será un poco tarde para primeras impresiones,
pero supongo que no estaba vestido para la ocasión.
De hecho, estabas desnudo, pensó Youko mientras le pasaba la
ropa. Recordó a los hanjuu que había visto en el puerto al llegar a En.
Había varios vestidos. Sin embargo, se había acostumbrado a ver a sólo el
pelaje de Rakushun, así que imaginárselo con ropa le causaba gracia.
Con la cabeza baja y arrastrando la cola, Rakushun fue
tras el biombo y ambos empezaron a cambiarse. Youko inspeccionó los pantalones
que le habían dado: tenía las botas anchas y estaban hechos de una tela suave y
finamente cosida. Su blusa y abrigo estaban hechos del mismo material delgado.
El abrigo era largo y elegantemente bordado.
Por la sensación de la tela, Youko supuso que sería
seda. Estaba acostumbrada a usar cosas más corrientes y la suave tela le hacía
cosquillas. Cuando terminó de amarrarse el cinturón bordado, un anciano
apareció en la puerta.
—¿Ya están cambiados?
—Sí —respondió Youko—. Pero mi amigo…
Y en ese instante, el biombo se movió.
—Ya. Estoy listo —dijo una vocecilla. Una figura salió
y Youko estaba atónita, incapaz de hablar. —¿Qué?
—Tú… Yo no… Rakushun, ¿eres tú?
—Por supuesto.
La figura dio un paso adelante, usando la ropa de seda
que le habían dado a Rakushun, habló seriamente y luego sonrió.
—Oh, es verdad. Primera vez que me ves así, ¿no? No te
preocupes, soy Rakushun, lo juro.
Youko se sintió mareada y tuvo que sostenerse la cabeza
con ambas manos. Ahora entendía a qué se refería Rakushun cuando lo había
abrazado y él le había dicho que debía aprender a controlarse.
—Olvidé que hay cosas en este mundo que están fuera de
mi sentido común.
—Eso parece.
El joven que sonreía frente a ella y que se hacía
llamar Rakushun, tenía quizá más de veinte años, y era muy muy humano. Parecía
estar en perfecta salud, aunque tal vez un poco delgado.
—¿Qué? No habrás pensado que era una rata parlante,
¿no? Te dije que era un hanjuu, soy mitad bestia, mitad humano. Bueno,
ya has visto a la bestia. Esta es mi otra mitad.
—No me digas —dijo Youko con el rostro sonrojado. No
sólo lo había abrazado, sino que había compartido habitaciones y hace mucho tiempo,
el día que la encontró, recordaba vagamente que él le había cambiado la ropa.
—Pensé que ya habías entendido todo, Youko.
—¿Por qué no usas siempre esta forma? —quiso saber, sin
la intención de parecer tan disgustada como sonó.
Rakushun dejó salir un fuerte suspiro.
—Me gusta más aquella forma. Es más fácil —Sus hombros
se encogieron bajo la tela roja de su kimono—. Cuando estoy así siento que
estoy muy elegante, me tensiono. Y por supuesto, en este momento sí que estoy
elegante… —murmuró, sonando molesto y Youko no pudo evitar reírse.
El anciano los guio por un largo
corredor, hacia una gran habitación donde muchas altas ventanas a lo largo de
una pared dejaban entrar el olor del mar. Su anfitrión estaba de pie en la
terraza, mirando las olas. Se volvió según entraron. Él también llevaba un
nuevo atuendo, no muy diferente de lo que llevaban Youko y Rakushun. Youko
pensó que, para la realeza, esta ropa parecía muy simple, evidentemente el Rey
Eterno no estaba elegantemente vestido. No había nada pomposo ni pretencioso en
él.
El rey se dirigió a ellos.
—¿Terminaron de cambiarse? Temo decir que mis
sirvientes son muy respetuosos con la ceremonia y la etiqueta. Sois nuestros
huéspedes de honor, pero todo es más fácil si hacen lo que dicen. Espero que no
haya sido una molestia —dijo riendo con los ojos llenos de júbilo. Youko
sonrió. —Siéntete libre de quitarte eso, si así lo deseas, Rakushun —añadió el
rey.
El joven -Youko tenía que recordarse a sí misma que
realmente era Rakushun- sonrió nerviosamente y dijo:
—Estoy bien. ¿Y el Taiho?
—Debería estar aquí en cualquier momento.
Y en ese
momento, la gran puerta de la habitación se abrió nuevamente y un viento salado
entró.
—Ah —dijo el rey—. Estábamos hablando de ti.
Como en casi todas las habitaciones que Youko había
visto en este mundo, esta tenía un biombo en frente de la puerta, de forma que
la persona que entraba no era visible hasta que no avanzara más. Y entonces
Youko vio que era un niño, quizá de doce o trece años con el cabello de un
color dorado.
—¿Y bien? ¿Qué noticias traes? —preguntó el Rey Eterno
cuando el niño se acercó.
—No ha entrado al palacio, por supuesto —Los ojos del
niño se dirigieron a Youko y Rakushun—. ¿Qué? ¿Tienes invitados?
—No son mis invitados. Son tuyos.
—¿Míos? Nunca los he visto —El niño entrecerró los
ojos, mirando el rostro de Youko—. ¿Y bien? ¿Quién eres?
—Deberías escoger tus palabras con más cuidado —dijo el
Rey Eterno con un suspiro.
—Oye, son mis invitados, así que no te metas.
El Rey Eterno chasqueó la lengua.
—Te vas a arrepentir…
—¿Qué? ¿Acaso es tu futura esposa o algo así?
—Suficiente.
—¿No? ¿Es tu madre?
—¿Tendría que ser mi esposa o mi madre para que te
comportaras? —preguntó el Rey Eterno, suspirando nuevamente. Se volvió hacia
Youko—. Me disculpo por la falta de respeto. Este es Enki—. Se volvió
nuevamente hacia el niño—. Rokuta, esta mujer con quien hablas es la Emperatriz
de Kei. El nuevo Rey Glorioso.
El niño hizo un sonido entre una tos y un grito de
sorpresa y retrocedió de un salto. Miró a Youko. Incapaz de resistirse, Youko
se echó a reír. Era la primera vez desde que había cruzado el Mar del Vacío que
su risa era muy fuerte y completamente honesta.
—¿Por qué no lo dijiste antes? ¿No tienes modales? —dijo
el niño.
—No eres quien para hablar. Acompañando al Rey Glorioso
está el señor Rakushun —El rey siguió sonriendo y entonces su rostro tomó un
tono de seriedad—. ¿Qué ha pasado con Kei?
La sonrisa de respuesta desapareció del rostro del
niño.
—La provincia de Ki ha caído.
Acercándose a Youko, Rakushun dibujó el carácter ki con su dedo en la palma de su mano:
Aunque su traductor automático estaba funcionando,
todavía necesitaba prestar atención a cómo se escribían las cosas. Si nunca
aprendía cómo escribir los lugares y nombres de este mundo, permanecería
analfabeta para siempre.
—La provincia Baku es lo último que queda —continuó
Enki—. Joei permanece en la provincia Sei, como esperábamos. Su ejército ha
crecido hasta el punto de que el Ejército Imperial no se atreve a enfrentarse a
ellos.
Al escuchar la palabra “Ejército Imperial”, Rakushun escribió dos caracteres más:
Rakushun escribió: “Los Maestros Reales de la Guerra”.
Este debe ser el término para ejército del rey en este
lugar, pensó Youko. Su ejército.
—La falsa emperatriz se está preparando para entrar a
Baku. El gobernador de Baku lidera un ejército de tres mil. Tendrán suerte si
al menos pueden retrasarlos un poco. Su victoria es cuestión de tiempo —Al
decir esto, el chico saltó para sentarse sobre una mesa cercana, donde empezó a
comerse unas frutas que estaban allí—. ¿Así que dónde encontraste al Rey
Glorioso?
El Rey Eterno prosiguió a contarle todo lo que Rakushun
y Youko le habían contado sobre su llegada a este mundo y todo lo que habían
pasado desde que llegaron. Enki se sentó en silencio, escuchando cada detalle,
su expresión pensativa lo hacía parecer más adulto.
—¿Y entonces quién es el insolente que hace que un kirin
ataque a un humano?
—Dejemos eso para después —dijo el rey—. Su identidad
será revelada con el tiempo. Hay un problema más importante: Debemos liberar a
Keiki.
Enki asintió gravemente.
—Entonces debemos darnos prisa. Una vez sepan que ha
aparecido el Rey Glorioso, se darán prisa para matarlo.
—Um… —dijo Youko de repente—. Lo siento, pero no estoy
segura de qué tiene que ver eso conmigo.
El Rey Eterno levantó una ceja.
—Vine a este mundo sin saber nada sobre eso. Vine a
este palacio sin saber prácticamente nada. Dicen que soy la Emperatriz de Kei,
así que quizá es así, dicen que otro rey me quiere muerta y probablemente
también sea verdad. Pero nunca quise ser el Rey Glorioso, ni mandé la carta
porque quería algún reconocimiento. Estaba harta de que me persiguieran los
demonios y los soldados de Kou. Vine para que me ayudarais a encontrar una
forma de volver a Wa. Eso es todo.
Enki y su amo intercambiaron miradas. Por un largo
rato, la habitación se llenó de un silencio incómodo. Fue el Rey Eterno quien
habló primero:
—Youko, siéntate.
—No, miren… —empezó a hablar.
—Siéntate —repitió él, esta vez con más firmeza—. Tengo
una historia que contarte y no será rápido.
El
Rey Eterno se sentó en silencio por un momento, perdido en sus pensamientos
como si debatiera por dónde empezar. Después de un rato, empezó:
—Hay personas y hay una tierra. Para que haya
prosperidad, debe estar gobernada, ¿no?
—Sí —respondió Youko.
—En Aquel Lugar tienen presidentes y primeros
ministros. En Este Lugar tenemos reyes. El rey administra su tierra de
acuerdo con los deseos de su gente. Él gobierna, pero no siempre de la forma
que la gente quiere. De hecho, en general es cierto que la autoridad suprema
lleva a la corrupción. Esto no siempre es culpa del rey, ya que desde el
momento en que al rey se le ha dado su autoridad, ya no es un mortal ordinario.
Ya no entiende los deseos de la gente común.
—Pero yo escuché que el Rey Eterno era un gran
gobernante.
El rey sonrió.
—No hablo para ilustrarte sobre mis virtudes. Ahora,
algunos reyes oprimen a sus pueblos. ¿Y entonces qué puede hacer la gente?
¿Cómo pueden ser salvados?
—Una forma es la “democracia” de la que has hablado
—dijo Enki, sorprendiendo a Youko—. Las personas escogen a su rey y si no les
gusta, hacen que renuncie.
—Así es —dijo el Rey Eterno. Y entonces, dirigiéndose a
Youko, añadió—: Mi ministro tiene un gran interés en las cosas de Aquel
Lugar. Sin embargo, en Este Lugar, las cosas se hacen de forma
diferente. Si un rey oprime a su pueblo, entonces debemos escoger a un nuevo
rey que no lo haga. Esta tarea es del kirin.
—¿Así que el kirin es quien
escoge al nuevo rey en lugar del pueblo?
—Eso es correcto. En Este Lugar,
tenemos algo llamado Voluntad Divina. Se dice que Tentei hizo la tierra y creó
las leyes por las que la tierra debía ser gobernada. El kirin sigue su
Voluntad Divina cuando escoge al nuevo rey. Con el Mandato del Cielo, el nuevo
rey es escogido.
—¿El Mandato del Cielo?
—Un buen rey gobierna sabiamente
desde su trono enjoyado, protegiendo su reino, dando consuelo a su gente y
manteniendo la paz cuando la confusión amenaza. El kirin debe escoger un
rey que sea capaz de hacer esto, sin embargo, el kirin sólo está
haciendo lo que el Mandato del Cielo dice. Algunos pueden decir que soy un gran
gobernante y decir que un rey como yo es algo inusual, pero eso no es verdad.
Todos los reyes tienen el potencial para ser grandes gobernantes.
Youko se sentó sin decir una palabra, insegura de cómo
responder o de siquiera descifrar si le estaban pidiendo alguna respuesta.
—Por supuesto, ha habido grandes gobernantes, tanto en Este
Lugar como en Aquel Lugar, en Wa y en Kan —continuó—. Sin embargo,
en ambos mundos, todas las tierras han conocido el sufrimiento en uno u otro
momento. ¿Y por qué?
Youko frunció el ceño mientras pensaba.
—Supongo que es porque hasta un
gran gobernante comete errores. Y aunque sean grandes hombres, eventualmente
morirán. No hay garantía de que el que le siga aprenderá a ser un buen
gobernante.
—Precisamente. Pero existe una solución: Para evitar
que el gran gobernante muera, sólo se necesita hacerlo un dios. Esto quita la
mitad del problema. Aunque claro que los dioses pueden morir, pero es algo
raro, pero cuando eso pasa en Este Lugar, el trono no pasa al heredero
del rey muerto. En su lugar, es el kirin quien escoge el próximo rey y
lo supervisa para asegurar de que no se desvíe del camino. ¿Crees que eso
funcionaría?
—Supongo… —dijo Youko.
El Rey Eterno asintió, parecía poco perturbado por la
falta de entusiasmo de Youko.
—Me han dado el reino de En para que lo gobierne. Fue
Enki quien me escogió. Otros pudieron haber deseado el trono, otros pudieron
haber mostrado gran diligencia intentando ganarlo, pero mientras el kirin
no los escoja nunca serán reyes. Y está en la naturaleza del kirin el
escoger bien. Es como cuando un hombre escoge a una mujer o una mujer a un
hombre. Bien, yo soy un taika. No nací aquí, como tú, no tuve nada que
ver con la realeza en mi antigua vida, sin embargo, el kirin me escogió,
desde ese momento en adelante fui el Rey de En. La Voluntad Divina había sido
cumplida y de esa forma mi camino fue escogido.
—¿Así que dices que eso fue lo que me pasó? ¿No puedo
simplemente olvidarlo e irme a casa?
—Puedes ir a casa, si así lo deseas, pero seguirás
siendo la Emperatriz de Kei. Nada cambiará ese hecho.
Youko bajó la cabeza.
—El kirin realiza un pacto con el rey que ha
escogido. Nunca dejará el reino de su amo por su propia voluntad, nunca lo
abandonará. Una vez el rey ha tomado el trono, el kirin se queda a su
lado como su ministro y su consejero.
—Espera… ¿Enki es tu ministro?
—dijo Youko mirando con desconfianza al chico que se encontraba de piernas
cruzadas sobre la mesa.
El Rey Eterno soltó una carcajada.
—Sí, dejando las apariencias de
lado, todos los kirin son criaturas increíblemente benevolentes. El kirin
reboza de justicia y misericordia.
Enki frunció el ceño. Su amo rio nuevamente.
—El consejo del Taiho es la palabra
de justicia y misericordia. Sin embargo, un reino no puede ser dirigido sólo
con esas dos cosas. En algunas ocasiones, debo ignorar los consejos de Enki y
hacer cosas que no son exactamente… misericordiosas. Lo hago por el bien del
reino. Si hiciera todo lo que me dice Enki, el reino empezaría a derrumbarse.
»Digamos, por ejemplo, que hay un criminal. Ha matado a
otros por dinero. Es un hombre despreciable. Pero, mirando más de cerca, en
casa tiene una esposa y un hijo hambrientos. Enki podría aconsejarme que lo
salve y así los salve a ellos. Eso sería el acto misericordioso. Y aun así, si
permitimos que los criminales anden libremente, el reino se arruinaría. Tan
triste como parezca, el criminal debe ir a juicio y ser castigado.
—Sí, entiendo —dijo Youko.
—Ahora digamos que le he ordenado a Enki que ejecute al
criminal. Va contra la naturaleza del kirin hacer esto. Sin embargo, al
final, matará al criminal, aunque se queje todo el tiempo. ¿Por qué? Porque el
kirin debe obedecer las órdenes de su rey. Es algo absoluto. Un kirin
nunca podrá rebelarse ante la palabra de su amo. Aunque le pidiera que se
quitara su propia vida, no podría resistirse a esa orden.
—Así que una vez que te escoge, eres libre de hacer lo
que quieras, ¿no es así?
—Esa es la parte difícil de la situación. La Voluntad
del Cielo está hecha de justicia y misericordia; y es el deseo del Cielo que
todos los reinos sean gobernados con estas dos virtudes. Para lograrlo, actúa a
través del kirin. Sin embargo, como dije anteriormente, justicia y
misericordia no son suficientes. Algunas cosas injustas e inmisericordes deben
realizarse. Sin embargo, si un rey las lleva a cabo en exceso o sin ninguna
razón, perderá el Mandato del Cielo.
Youko seguía sentada, mirando fijamente al Rey Eterno.
—El Rey puede hacer obras crueles por el bien del rey,
pero con cada acción injusta, deja de ser calificado para ser rey. Si el rey
erra en su camino y pierde su mandato, el kirin enferma. Esta enfermedad
es llamada shitsudou, o la Pérdida del Camino.
Mientras hablaba, el Rey Eterno dibujó dos caracteres en el aire:
—Es un mal que aflige al kirin sólo cuando su
rey se ha desviado del camino. Si el rey cambia su comportamiento, todo se
arregla, pero de no hacerlo, la enfermedad del kirin progresa. Y no es
fácil volver al camino correcto cuando uno se ha desviado de él. Pocas veces un
kirin enfermo se recupera.
—¿Y qué pasa si no se recupera?
—Eventualmente el shitsudou lo mata. Cuando el kirin
muere, también lo hace su rey.
—¿Muere? ¿Así como así?
—La vida de un hombre es corta. El rey no muere ni
envejece porque está entre los dioses y por esa razón es inmortal. Sin embargo,
es sólo un dios porque el kirin lo hizo así, sin el kirin, el rey
es mortal una vez más.
Youko asintió.
—No obstante, hay otra forma de salvar al kirin.
—¿Y cuál es?
—Si el kirin es liberado de su pacto con el rey,
puede sobrevivir. La forma más fácil de liberarlo es que el rey muera, pues la
muerte del rey no significa la muerte del kirin.
—¿Y entonces el kirin se recupera?
—Sí, por supuesto, te estoy hablando de lo que le pasó
a Keiki —El Rey Eterno suspiró levemente—. La Difunta Emperatriz Yo era una
mujer, humana en naturaleza y los seres humanos no son perfectos. Se enamoró de
Keiki, no permitía que ninguna mujer se le acercara. Se anunciaba como su
esposa y se volvió cada vez más celosa. Al final, llegó tan lejos como para
expulsar a todas las mujeres de su palacio e intentó expulsarlas del reino. Con
Keiki intentando protegerla y cubriéndola, la Difunta Emperatriz Yo empeoró
cada vez más e intentó matar a las que quedaban. En ese momento, Keiki enfermó.
—¿Y entonces qué pasó…? —preguntó Youko.
—La Difunta Emperatriz Yo perdió
su camino debido a su amor ciego por Keiki. Claro que nunca fue su intención
que muriera y tampoco le habría traído alegría, no se había salido tanto
de su camino. Finalmente se dio cuenta de su error e intentó repararlo. La
Emperatriz Jokaku escaló el Houzan o Montaña del Ajenjo, cerca del centro del
mundo y allí renunció a su título. El Cielo aceptó y Keiki fue liberado. De esa
forma, Keiki se salvó del shitsudou.
—¿Y qué le pasó a ella?
—Ser un rey es morir y renacer como dios. Cuando se
deja de serlo, entonces ya no hay más vida.
Así que la emperatriz anterior de Kei murió, se suicidó,
para salvar a Keiki.
—Keiki ya te había escogido como la nueva emperatriz.
Para reclamar su trono, tú también debes escalar el Houzan y recibir allí el
Mandato del Cielo; pero este título es más que una mera formalidad. Una vez el
pacto se ha hecho, el trono es todo tuyo. La Voluntad del Cielo se ha hecho
clara. Eres el Rey Glorioso y nada podrá cambiar esto, ¿lo entiendes?
Youko asintió lentamente.
—Es el deber del rey el gobernar
a su reino. Puedes abandonar a Kei y regresar a Wa si eso deseas, pero un reino
sin rey está destinado a arruinarse y si tu reino cae, los Cielos seguramente
te abandonarán.
—¿Quieres decir que… Keiki sufrirá el shitsudou?
¿Y yo moriré?
—Es lo más probable. Sin embargo, eso sería poco
comparado con el destino de la gente de Kei. Los reyes no sólo gobiernan,
evitan desastres naturales y someten a los demonios que de otra forma andarían
en libertad. Sí, los demonios aparecerán, las tormentas llegarán, al igual que
las sequías y las inundaciones. El hambre y la pestilencia marcarán la tierra y
los corazones de las personas sangrarán. La misma tierra se derrumbará y la
gente, tu gente, sabrá lo que es el verdadero sufrimiento.
Youko tragó saliva.
—Había otro tiempo —continuó el
Rey Eterno—, antes de esto, cuando el reino de Kei no tenía rey. Keiki tomó
mucho tiempo en encontrar a la Difunta Emperatriz Yo después de que el rey
anterior muriera. Durante ese tiempo, la tierra estaba llena de problemas y la
gente estaba exhausta. Finalmente, Keiki encontró al rey e hizo el pacto con
ella, pero su mandato no duro más de seis años. Peor aún, al final de esos
años, Keiki estaba enfermo y había poca paz en la tierra. Y ahora lo que sucede
actualmente. Muchas personas de Kei que vivían cerca de En o Kou abandonaron
sus casas y huyeron hacia las fronteras. Pero muchas permanecen en Kei e
incluso ahora experimentan muchas dificultades bajo las garras de los demonios
y las calamidades naturales a cada momento. Sólo hay una forma de salvarlos.
—¿Te refieres a que el verdadero rey vuelva a su trono
lo más pronto posible?
—Precisamente.
Youko negó con la cabeza.
—No hay forma de que haga eso.
—¿Por qué lo dices? Creo que posees todos los atributos
reales necesarios.
—¿Estás bromeando?
—Eres la dueña de tu propia alma. Sabes qué
responsabilidades cargas, cuando un gobernante le hace falta ese conocimiento,
intentar persuadirlo de que cumpla su labor es inútil. ¿Cómo si no puede
gobernarse a sí mismo puede gobernar a otros?
—P-pero no puedo…
—No, tú-
—Shouryuu —interrumpió Enki—. No la obligues. El Rey
Glorioso debe decidir por sí misma qué será de Kei. Si está lista para tomar
responsabilidades por sus acciones, entonces podrá realizar esas mismas
acciones.
El Rey Eterno suspiró.
—Claro que sí. No te obligaré, pero debes permitirme
que te pida un… favor. He hecho todo lo que está en mi poder para ayudar a la
gente de Kei, pero el dinero de En no es infinito. Te pido que salves tu reino.
Por favor.
—Déjame pensarlo —dijo Youko tras una larga pausa mientras
miraba el suelo. No tenía la fuerza de mirar al Rey Eterno a la cara.
—¿Um, perdón? —Fue Rakushun quien rompió el silencio—.
¿Por casualidad saben quién es el rey que tiene algo contra Youko?
El Rey Eterno miró a Enki, pero Enki desvió la mirada.
—¿Quién crees
que será? —preguntó el rey, dirigiéndose a Rakushun.
—Bueno, estoy adivinando, pero qué tal… ¿el Rey de la
Colina de Kou?
Youko miró fijamente a Rakushun. Le tomó un momento el
relacionar al hombre con expresión de preocupación delante de ella con la rata
de buen corazón que conocía.
—¿Y qué te hace pensarlo?
—Bueno, no estoy del todo seguro, pero cuando encontré
a Youko en las montañas, estaba envuelta en andrajos. No puedo creer que todos
los demonios que la atacaron fueran los shirei de un kirin y
definitivamente espero que no existan tantos demonios viviendo naturalmente en
las montañas. Aunque pensara que la mitad de ellos son shirei, siguen
siendo demasiados para pensar en coincidencias. Creo que el reino entero tenía
algo contra ella, eso es lo que pienso.
El Rey Eterno tocó su barbilla pensativamente y
asintió.
—Puede que sea así, sí, hace poco recibí del Rey de la
Colina un comunicado bastante agresivo en el que pedía que le llevara cualquier
kaikyaku que llegara de su tierra a la mía. Siendo Kou ese tipo de
lugar, muchos kaikyaku han venido aquí en el pasado buscando amparo, sin
embargo, es la primera vez que había recibido un pedido tan directo. Como me
pareció raro, hice que Enki lo investigara y entonces tuve la sorpresa de
descubrir que de hecho alguien en Kou estaba llevando fondos a la impostora
Joei. Y añadiendo el reciente deterioro de las condiciones en Kou, determiné
que el Rey de la Colina era probablemente el que estaba detrás de los problemas
con el Rey Glorioso. Y justo ayer, me enteré de que el kirin de Kou
estaba sufriendo de shitsudou.
—¿Shitsudou? ¿El kirin de Kou? —murmuró
Rakushun, sacudiendo la cabeza. Una mueca se asomó en sus rasgos juveniles—.
Así que es el fin de Kou.
—¿No puede hacerse nada? —preguntó Youko, mirando las
expresiones de seriedad de las tres personas que la rodeaban.
—Sería algo fácil intentar aconsejar al Rey de la
Colina como un amigo, pero en estos días no está concediendo audiencias. Aunque
me reuniera con él, si es que ya no está consciente del error de sus actos, hay
poco más que puedo hacer por él para convencerlo. Si hay alguna forma de
detenerlo, sería que el verdadero Rey Glorioso reciba su mandato y reclame su
trono. No sé por qué el Rey de la Colina empezó a inmiscuirse en los asuntos de
Kei, pero si era el deseo de tener una marioneta en el trono y de esa forma
controlar al reino vecino, entonces el ascenso del verdadero Rey Glorioso
pondrá final a esas ambiciones.
El Rey Eterno miró fijamente a
Youko. Había dejado claro su punto.
Youko bajó la mirada.
—Necesito tiempo.



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