CAPÍTULO
33
Kouya llevó a la viceministra hasta lo más recóndito del palacio. En lo
profundo de la roca, debajo de la montaña Ryou’un, en un lugar al que no
llegaban los rayos del sol, había una larga fila de bloques de celdas. La
cárcel de Rokuta era una mansión en comparación con esta fila sombría de cajas
de piedra y hierro.
Solo una búsqueda exhaustiva de los registros
históricos revelaría sus propósitos originales. Aunque las razones por las que
habían sido construidas no podían ser reconocidas públicamente, también era
poco probable que cualquier señor provincial recién nombrado encontrara mención
de ellas en las historias de la corte presentadas para su lectura.
Kouya llevó a la viceministra fácilmente a través
de los pasillos que él conocía. Los delincuentes eran llevados allí a la espera
de su juicio final. La mayoría eran acusados de traición y encerrados bajo
llave.
Atsuyu no podía hacer nada para evitar que sus
subordinados albergaran la traición en sus corazones. Si un gobernante era un
genio o un loco, algunos siempre se rebelarían contra él.
En el otro extremo del pasillo había una celda
mucho más grande. Kouya abrió la puerta.
—Entra —dijo, dándole un empujón.
Le quitó los grilletes y le sujetó las manos detrás
de la espalda. Tocó la antorcha de pino que sujetaba con otra que estaba fija
en una esquina de la habitación.
Los dos puntos de luz revelaron un espacio marcado
más o menos excavado en la roca circundante, el mobiliario era sobrio, y la
mujer estaba allí de pie como una piedra.
—Siéntate.
Kouya hizo un gesto hacia la cama. Con un malestar
obvio, la mujer miró hacia atrás y adelante, desde la cama hacia el resto de la
habitación.
Kouya preguntó en tono impasible:
—¿Por qué desobedeciste al ministro? Debes estar al
tanto de las dificultades en la que se encuentra la provincia de Gen ahora
mismo.
—Lo sé muy bien. Ha ido por el mal camino y
pisoteado la Voluntad Divina.
—Deberías haberlo sabido desde el principio.
—Bueno, nadie me informó —escupió ella—. Me dijeron
que el ministro se sublevó para defender la justicia, no para rebelarse contra
el legítimo emperador. ¿Puedes apreciar la gravedad de sus acciones? ¿Sabes lo
que significa derrocar a un emperador elegido de acuerdo con la Voluntad
Divina?
—El bienestar de la gente nunca está lejos de los
pensamientos del ministro.
La mujer sonrió.
—¿El bienestar de las personas? Entonces, ¿por qué
rompe los diques? Puedes dimensionar el tamaño del Ejército Imperial. La
provincia de Gen perderá. El ministro interpretó mal toda la situación. El
resultado ya no está en duda. ¿Por qué es tan necesario que por la guerra
rompan los diques y sometan aún más al pueblo?
»¿Son estas las acciones de un hombre
verdaderamente preocupado por su bienestar?
Kouya no respondió. Después de haber levantado un
ejército, la derrota ahora simplemente no era una opción que valiera la pena
considerar.
—Una amiga mía trabajaba en el Ministerio de Obras
Públicas —dijo, echando un vistazo a la antorcha—. La conozco de toda la vida.
Eso es lo que ha estado diciendo todo el tiempo. ¿La provincia realmente está
mejor con el ministro moviendo los hilos tras bambalinas?
—Pero el Señor Provincial…
—Está enfermo e incapaz de gobernar, ¿verdad? Los
agentes en el Palacio Interior dicen que pueden oírlo gemir y llorar. En estos
últimos quince años debe haber perdido la capacidad de hablar. Lo que significa
que el ministro debía coger las riendas del asunto y guiar a la provincia de
Gen a través de estas aguas turbulentas.
Kouya en silencio se volvió a mirarla.
—Si sabías todo eso, entonces ¿por qué?
—Eso es lo que le dije a mi amiga. Solo la
enfureció. El ministro predica la sabiduría y el Camino. Tenía la cara de un
santo. Pero si en realidad era una persona tan abnegada, ¿por qué no informar
de la condición del Señor Provincial y pedir un reemplazo? Una provincia es
conferida al Señor Provincial. Solo el emperador tiene la autoridad para
nombrar a uno. Si la posición está vacante, ¿no debe ser notificada al Rikkan y
tener en cuenta sus instrucciones al respecto? Eso era lo que había que hacer y
fue lo único que el ministro no hizo. Él tomó el poder y no renunció a él,
incluso cuando estaban coronando a un nuevo emperador.
Kouya miró la cara de la enojada mujer.
—¿Dices que es desinterés? ¿Llamas a esto justicia?
Yo no entendía. Ella sí. Atsuyu es un impostor, un déspota, un lobo con piel de
cordero. Excepto que no codiciaba poder o riquezas. No tenía sentido para mí
hasta hoy. Todo lo que quiere para sí mismo es la gloria.
—Estás siendo irracional. No puedes llegar a tales
extremos.
—No lo hago. Mi amiga tenía razón. Atsuyu quiere
que lo elogien, alaben y adulen. De eso se trata realmente su apego al poder.
Las demandas de justicia y bienestar de las personas no tienen nada que ver con
eso. Solo quiere ser adorado como el Ministro en Jefe del Rikkan.
Ella hizo una mueca.
—Me culpo por no ver esto antes. Yo fui una tonta
por discutir con ella. ¿Crees saberlo todo? ¿Puedes leer la mente del ministro,
adivinas sus verdaderos sentimientos acerca de sus súbditos? A duras penas, los
únicos que quedan en este lugar son los tontos útiles que cayeron por sus
mentiras y se las tragaron. No puedes dar la vuelta sin toparte con ellos. Los
que vieron a través de sus patrañas, ¿dónde están? ¿Dónde está mi amiga?
Kouya bajó la mirada.
—Un día, se enfrentó directamente a Atsuyu. Tú la
agarraste y la obligaste a renunciar. Después de eso, ella simplemente
desapareció. EL Daiboku me dijo que había tantas personas que adoraban a Atsuyu
que ella terminaría siendo perseguida. Entonces le dijeron que huyera de la
provincia de Gen. ¿Es eso cierto?
—Creo que han ocurrido tales cosas. El ministro no
disfruta de castigar a criminales como esos. Es una persona generosa cuando se
trata de la crítica.
—Si es así, ¿por qué no he oído una sola palabra de
ella desde entonces? Todo lo que ella más quería en su vida se quedó atrás.
¿Por qué?
—Bueno…
—Desgraciado.
Kouya levantó sus ojos para encontrarse con los de
ella.
—Se la diste de comer a ese youma tuyo,
¿verdad? Y vas a hacer lo mismo conmigo.
Kouya le devolvió la mirada. Una leve sonrisa se
puso en sus labios.
—No parece probable que pronto cambies de opinión.
Pero supongo que eso era inevitable desde el principio.
La mujer se puso de pie.
—Justo como lo pensé.
—Es mi trabajo, ¿es que no lo ves? Por desgracia,
yo soy uno de esos tontos útiles de los que hablaste. Creo en el ministro. En
vista de que no dejarás de calumniarlo, tu existencia no le hace ningún bien.
—Atsuyu te dijo que hicieras esto, ¿verdad?
Kouya negó con la cabeza.
—No, el ministro no me perdonaría lo que hago. Pero
al final todo es para su beneficio. —Acarició el pelaje del youma. —El
ministro es demasiado indulgente. Yo no dejo vagar libremente a una serpiente
sin antes cortarle la cabeza —lo dijo sin ningún tipo de emoción—. Llegó la
hora de la cena, Rokuta.
La mujer se dio la vuelta y saltó hacia atrás. Con
un grito alegre, el youma se le abalanzó. Era su naturaleza el disfrutar
el apagar la vida de su presa.
Atsuyu nunca me lo ordenó, pensó Kouya,
mientras los gritos de la mujer hacían eco en sus oídos.
Ni una sola vez Atsuyu había emitido una orden de
este tipo. Solo su repetido e incomprensible sufrimiento -de la malicia de sus
sirvientes traidores- de las profundas ansiedades que surgieron cuando estaban
bajo custodia.
“¿Qué pasaría si se las arreglaban para escapar?
¿Van a venir en pos de mí? Y si lo hicieran, ¿qué pasaría si no estuvieras
aquí, Kouya?”.
Una y otra vez. No parecía temer por su vida, solo
expresaba estas realidades silenciosas con sus ojos. Una y otra vez. Por lo que
Kouya se ofreció para matarlos. Atsuyu lo había reprendido. Sin embargo, nunca
dejó de inculcarle a Kouya el peligro latente de los traidores que habitaban en
estas celdas.
Incapaz de soportar por más tiempo, Kouya se
aventuró a la mazmorra solo. Hace muchos años, le había pedido a Atsuyu que le
diera la responsabilidad de los prisioneros en los bloques de celdas. Atsuyu
estuvo de acuerdo.
Kouya trajo a su youma con él durante su
visita a un prisionero. Cuando Rokuta terminaba -no quedaba nada, incluso lamía
hasta la última gota de sangre- Kouya le decía a Atsuyu que el prisionero se
había rendido y Kouya lo había expulsado del palacio.
Alguien más podría haber vendido de forma tan
convincente una mentira tan descabellada. Pero ¿y si ese informe procedía de un
mensaje cuya cara estaba pálida, le castañeaban los dientes y sus rodillas
temblaban tanto que apenas podía mantenerse en pie?
“Ya veo”, decía Atsuyu con una sonrisa.
Acariciando a Kouya en la cabeza. “Realmente eres el mejor de mis
sirvientes”.
Kouya bajaba la mirada hacia sus manos, los sonidos
del youma masticando todavía estaban frescos en sus oídos.
Atsuyu decía, sonriendo, a pesar del malestar
evidente en sus ojos:
“Es como si pudieras leer mi mente. Ya sabes lo
que quiero sin tener que decirlo. Estoy muy agradecido de tener un Shashi tan
empático”. Le daba unas palmaditas en la espalda a Kouya.
Kouya interpretó por el peso de su mano lo que
Atsuyu había deseado desde el principio y quería que Kouya lo siguiera
haciendo.
Atsuyu informó del incidente a los ministros
reunidos e hizo que alabaran a Kouya. Dio a conocer que, a partir de ese
momento, Kouya sería el responsable de la disposición de todos los criminales.
En resumen, Kouya se convirtió en el verdugo de la
corte. Él y su youma eliminaban no solo a los que pudieran dañar
físicamente a Atsuyu, sino a cualquiera que pusiera en peligro su reputación y
posición.
Así que obviamente, desde el momento en que ella se
volvió contra Atsuyu, había sellado su destino. Kouya la llevó allí para
convertirse en una comida para el youma. Como siempre, se aseguraría de
que el youma se hubiese deshecho de todo. Cuando le reportara a Atsuyu
que ella había elegido regresar al campo, no quedaría una mota de sangre o
carne para demostrar lo contrario.
Este era el secreto tácito que los dos compartían.
Atsuyu nunca le dijo que matara a nadie. Kouya actuó por consideración a
Atsuyu, por devoción. Esa era la forma en que debía ser. Y según le dijo a
Atsuyu, él había dejado ir a la mujer.
Eso significaba que se ganara los elogios de Atsuyu
como un Shashi bueno y fiel, como un sirviente consumado y capaz.
Ya me he acostumbrado.
Kouya observaba impasible como el youma
terminaba su cena. Aquí las acusaciones formuladas contra Atsuyu, los gritos de
sus víctimas, con las manos empapadas de sangre, no tocarían su corazón en lo
más mínimo.

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