CAPÍTULO
32
Rokuta se adentró debajo del palacio, en lugares reducidos aun para
gatear. Respondiendo a sus reiteradas citaciones, Rikaku finalmente apareció.
Todavía no estaba en condición para llevar a Rokuta en su lomo. En su lugar,
Rokuta se agarró a su pelo gris oscuro y lo utilizó como un hombro donde
apoyarse, ya que se encaminaban a través de túneles con poca luz.
Los túneles iban y venían dentro de la montaña,
ramificándose varias veces en el proceso. Podrían desviarse en un abrir y cerrar
de ojos. Rokuta perdió la cuenta de cuántos niveles habían descendido, y luego
no pudo encontrar el camino que conducía más abajo. Desconcertado,
apresuradamente intentó dar marcha atrás.
—¿Dónde estamos? —se preguntó en voz alta, en busca
de sus propias huellas.
Pero había muchos lugares donde el agua que caía y
se convertía en barro -lugares en los que sobresalían los cantos rodados que
elevaban la tierra- lugares donde la luz era tan tenue que apenas podía ver una
cosa: que era imposible continuar por ese camino.
—Youhi. ¿Puedes encontrar el camino hacia abajo?
Sombras parpadearon en el aire sombrío, seguidos
por una respuesta de dolor.
—No está por ninguna parte… por aquí. De alguna
manera… hemos entrado… en una cámara subterránea completamente diferente.
—Estamos en algún lugar debajo del palacio. ¿Puedes
decir dónde?
—Perdóneme. No puedo pasar a través de las paredes
o del piso.
Los shirei normalmente tenían los poderes
del tonkou a su disposición. Utilizando el tonkou podían pasar
ocultos a través de las venas de la tierra, las corrientes en el agua, y todo
lo que estuviera impregnado por una veta de materia espiritual. Usando la
presencia del kirin como una especie de faro, podían ir y venir a
voluntad, incluso cuando estaban separados por miles de kilómetros.
Excepto que era casi imposible en su condición
actual. Algunos kirin nacidos en el monte Hou podían hacer lo mismo. Por
desgracia, Rokuta no era uno de ellos.
El agua subterránea se derramaba en los pasillos
tallados en la roca. La única luz provenía de parches dispersos de mismo
luminoso.
Rikaku sugirió en un hilo de voz:
—Tal vez si descansamos un rato.
Se apoyó contra la pared y cayó al suelo. El
vértigo era insoportable. Simplemente caminaba con una mano en la pared, sentía
como si se aferrara a la borda de un barco en un mar agitado. Su conciencia se
desvanecía y volvía. Tuvo que usar lo que le quedaba de coraje para mantenerse
en pie. El chal sobre su cabeza estaba empapado de sudor. Hacía tiempo se había
desecho de todo lo demás que llevaba.
Echando otro vistazo a su alrededor no reveló nada
que pudiera resultar útil en lo más mínimo. Agua goteando por el pasadizo
convertía el polvo acumulado en barro y no conservaba una sola huella.
Rokuta se dejó caer sobre la espalda de Rikaku y
respiró profundo. Un sonido cercano lo hizo mirar a su alrededor con un
sobresalto. Aguzó el oído hasta que pudo percibir el sonido de su propia
respiración.
—¿Hay alguien ahí?
La pregunta golpeó el aire vacío como un tambor. El
silencio fluyó hacia atrás. Y entonces una pregunta similar vino de no muy
lejos.
—¿Quién eres tú?
Rokuta examinó la pared de enfrente. La voz
provenía de una estrecha grieta.
—Um, un niño perdido.
Mirando en la grieta reveló solo más oscuridad. A
pesar de la grieta en sí no parecía ser muy profunda.
—¿Un niño perdido? ¿Qué estás haciendo, dando
vueltas en un lugar como este?
—Yo, um, fui a dar un paseo… ¿Dónde está este
lugar?
El hombre rio entre dientes. Había un toque de
locura en su risa.
—Bienvenido al infierno.
—¿Quién eres tú?
—No seas grosero. ¿No conoces el nombre de tu
señor?
Rokuta se estremeció.
El número de personas que podrían llamarse señor
de ese palacio era muy pequeño. La imagen del anciano encadenado apareció en
sus pensamientos.
—No creo que… ¿tú eres Genkai?
—Es, mi señor para ti. Todavía estoy lo
suficientemente vivo para merecer un poco de respeto—. Una risa burlona se
derramó a través de la grieta.
—He oído que Genkai… lo siento, mi señor, se
encontraba en mal estado de salud.
Así que el otro viejo no era Genkai. ¿Quién le hizo
esto?
—Mal de salud. No lo dudo. No he tenido nada de
comer o beber en años.
—¿Nadie te trae la cena? ¿Eres un prisionero aquí?
—¿Prisionero? ¿Llamas a esto una prisión? Sería más
exacto decir que me arrojaron aquí. Arrojado al infierno y olvidado. Nadie ha
venido una sola vez para ver cómo estoy.
Rokuta tragó. Los señores provinciales eran
inmortales. Hasta que sus nombres fueran eliminados del Registro de Inmortales,
la muerte solo podía provenir de una decapitación o desmembramiento. Cualquier
lesión más leve se curaría con el tiempo. La mera negligencia no era
suficiente. El kirin y los emperadores no eran diferentes.
—No he escuchado el sonido de una voz humana en
mucho tiempo.
—Increíble —Rokuta murmuró para sí mismo.
Genkai dejó de reír.
—¿Cuántos años llevo aquí? ¿Qué va a hacerme
exactamente? Codiciaba la posición del Señor Provincial para sí mismo. Pero no
soy el emperador. Los señores provinciales son nombrados por el emperador. No
es una posición que pueda otorgar por la bondad de mi corazón. Seguramente tú
lo entiendes.
Aferrándose a la pared de piedra, los dedos de
Rokuta se estrecharon.
—No querrás decir que… ¿quieres decir Atsuyu?
No parecía posible. El ministro fue tan ampliamente
elogiado por su humanidad, su compasión por el hombre común. Kouya había dicho
lo mismo. Consideraba a Atsuyu como su benefactor, Atsuyu lo había rescatado
cuando Rokuta no había podido. Ese mismo Atsuyu, que afirmaba estar actuando
por el bien común y de acuerdo con el rumbo no podría haber encarcelado
cruelmente a Genkai allí.
—Por supuesto que me refiero a ese pequeño bastardo
—Genkai respondió sin vacilar, sin hacer ningún esfuerzo para ocultar el odio
en su voz—. No es como que decidí un día dejar de ser el Señor Provincial. Tan
pronto como lo rechacé, él insistió en que me convirtiera en el emperador.
Bueno, no es que ese pensamiento nunca se me hubiera cruzado por la mente, pero
eso depende de la Voluntad Divina. Eso no iba a pasar. Dijo que yo era un
cobarde y un tonto que no tenía aspiraciones imperiales. Yo estaba contento de
congraciarme con el emperador, halagar y engatusar a mis superiores para
mantener mi trabajo y mi vida durante unos años más.
Él debía estar refiriéndose al emperador Kyou.
Rokuta había oído que Genkai no había aparecido en público desde la época del
emperador Kyou.
—¡Por supuesto me gané el favor todo lo que pude!
Me ordenaron arrestar a vasallos corruptos y cortar las insurrecciones de raíz
y lo hice tal como me dijeron. Si yo no mataba suficientes plebeyos, sería mi
cabeza la que cortaran.
»Cuando no alcancé mi cuota de ejecuciones, fui
acusado de ser perezoso. Incluso fui acusado de albergar traición en mi
corazón. La única manera de demostrar mi fidelidad al trono era matar a más
inocentes. Por cierto, ¿ya se murió?
—¿El emperador Kyou? Por supuesto. Se dice que
recibió su recompensa en proporción directa al número de los llamados traidores
que mató.
—Te lo juro, no era más que eso. Créeme. —Las
protestas de Genkai se desbordaron con amargura—. Atsuyu dijo que no estaba calificado
para ser el Señor Provincial y me arrojó aquí. ¿Cómo crees que se convirtió en
Ministro en Jefe del Rikkan? Debido a que yo elegí al primer ministro. Soy el
Señor Provincial, después de todo. Atesoro a la provincia de Gen más que el
emperador.
—Bajo el dominio despótico del emperador Kyou,
vendiste a tus propios súbditos y dices apreciar a tu estado por encima de
todo.
—¿Qué otra cosa podía hacer?
—Es por eso por lo que Atsuyu te desprecia,
¿verdad? No importa cuántas veces te lo advirtió, solo te lavaste las manos y
dijiste que no tenías otra opción. No querías oprimir al pueblo. Solo cumplías
órdenes.
—Sí, exactamente.
—Nunca tomaste una postura y le reprochaste al
emperador. Cuando Atsuyu te pidió entregar las riendas del gobierno, te
quejaste de que el emperador te lo había ordenado. Y por eso terminaste siendo
arrojado a un lugar como este.
Eso es a lo que se redujo todo, pensó Rokuta
para sí mismo.
Atsuyu concluyó que Genkai no era competente para
gobernar, en el fondo, no tenía los mejores intereses hacia su pueblo, y por
eso lo encerró en esa prisión.
Cuando el emperador Kyou se apartó del rumbo, el
único camino viable a seguir para los hombres de conciencia era el de
contraatacar. Excepto que Genkai seguía al emperador Kyou y persiguió a su pueblo
para salvar su propio pellejo. Tuvo que ser encerrado por el bien de sus
súbditos. En ese momento, durante el reinado del emperador Kyou, Atsuyu inventó
la historia de que el Señor Provincial había caído enfermo y tuvo que tomar el
control provisional del gobierno. Rokuta entendía todo eso.
Pero ¿y por qué el otro prisionero?
Cuando Genkai finalmente terminó su soliloquio,
Rokuta dijo:
—Si tengo suerte, voy a volver y te ayudaré.
Es decir, si la insurrección era sofocada y el
emperador reinante ganaba.
Rokuta respiró, regañó a sus piernas que no
cooperaban y se puso de pie. Mientras se alejaba, la voz áspera de Genkai lo
persiguió.
—Lo sé. Todo lo que Atsuyu realmente quería era ser
el Señor Provincial.
Rokuta se detuvo, pero no se dio la vuelta.
—Necesitaba una excusa, esto es todo. Cualquier
cosa para justificar mandarme lejos y encerrarme aquí abajo —Rokuta podía oírlo
rechinar los dientes—. ¿Atsuyu te dijo alguna vez acerca de su habilidad con el
arco?
—No.
—Nunca perdió, incluso en el festival Tsuina[1].
Pues bien, una vez perdió.
Genkai se rio entre dientes, una especie de risa
retorcida. Sin idea de a dónde iba esta historia, Rokuta se quedó allí y
escuchó.
—Perdió una vez, Atsuyu se lo atribuyó al criado
que había preparado la diana. Tras haber invocado a los dioses y expulsado a
los malos espíritus, la diana se atrevió a inclinarse hacia un lado. Insistió
en que la brujería era la causa de su propio error y el pobre hombre fue
ejecutado.
Rokuta frunció el ceño.
—Atsuyu fue un niño precoz, capaz de cualquier cosa
que se propusiera. Era exigente, empático, e inteligente. Él tenía un defecto
en su carácter. Nunca podía admitir que se había equivocado, admitir que él
podía cometer un error.
Genkai rio de nuevo.
—Después de la muerte del emperador Kyou, ¿por qué
no fue al Shouzan y Enki sondeó su alma de acuerdo con la Voluntad Divina?
Nunca podría hacer eso. ¿Y si él no pasaba la prueba? Incluso la posibilidad
de fracaso era una vergüenza que no podía imaginar sufrir.
—Pero…
—Pero qué, ¿su coraje? ¿Sus grandes habilidades y
logros? Pues bien, eso es algo fácil de lograr cuando tus pecados siempre
perteneces a otra persona, cuando la culpa siempre cae sobre la cabeza de
alguien más. Nunca ha admitido equivocarse sobre cualquier cosa. No hay fin para
ese tipo de coraje.
Rokuta bajó la mirada a sus pies, con lágrimas en
los ojos. Al escuchar a Genkai, sintió las dudas que brotaban en su corazón.
Ese prisionero.
—Se cree que es perfecto, como ves. Quiere creer
que es así, por lo que ignora a alguien injustamente herido. Para ocultar las
cicatrices que ha infligido, las hace desaparecer. Ese es el tipo de hombre que
es.
Las piernas de Rokuta temblaban mientras se
alejaba. Esta vez no se detuvo.
Atsuyu afirmaba que se había sublevado por el bien
de las personas. Había sabiduría en sus palabras, y por eso Rokuta no se había
resistido a convertirse en su rehén. Pero ¿había olvidado que aquellos que
predican la justicia, los más ruidosos, son los menos propensos a ser justos?
La defensa de la justicia es lo que la gente hacía
como una cuestión de rutina. Los emperadores, gobernantes y reyes nunca
enviaron soldados a la guerra sin reivindicar que la justicia estaba de su
lado. Pero era una virtud hueca. Y las personas sufrían en nombre de la
justicia.
Una guerra civil solo hará que se sufra más,
le dijo Rokuta a Atsuyu una y otra vez.
¿Por qué seguía diciendo que todo era por el pueblo
e insistía en aumentar los ejércitos, sin importar qué? Si él realmente estaba
poniendo primero a las personas, ¿por qué los militares siempre tenían
prioridad?
Tal vez el vacío de esa virtud explicaba la extraña
sensación de impotencia que sentía Rokuta cada vez que intentaba señalarle esto
a Atsuyu.
—Atsuyu… —dijo Rokuta en voz alta.
Ese prisionero.
—¿Se suponía que iba a ser el doble de cuerpo de
Genkai?
Mandando a Genkai lejos y dejando a un doble en su
lugar, escondido justo por debajo del Palacio Interior.
“Detente”, el anciano había llorado una y
otra vez.
O eso era lo que Rokuta pensaba que estaba
diciendo. Atsuyu contrató al anciano para sentarse en esa celda sin luz y
pretender ser Genkai. Pero el actor se cansó de interpretar ese papel.
“Quiero parar”. Eso es lo que quería decir. “Déjame
salir de aquí”.
En su lugar había estado encadenado y detenido, le
cortaron la lengua para evitar que dijera demasiado.
—Maldita sea, Atsuyu.
Rokuta sentía como si el sonido de la voz de Genkai
fuera a seguirlo a todas partes.

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