CAPÍTULO
38
Shouryuu escaneó la fila de ministros aturdidos mientras guardaba su
espada.
—Kouya —lo llamó Shouryuu. Se acercó a él. Teniendo
una expresión vacía en su rostro, dijo—: Kouya, siento haber tenido que hacer
eso.
—Pero… —la voz de Kouya estaba entrecortada y
vacilante—. Yo…
—Estoy agradecido.
Rokuta llegó a su lado.
—Kouya.
Kouya se arrodilló y se postró en una profunda
reverencia.
—Acepto el juicio que merezco.
—¡Kouya!
Shouryuu solamente lo miraba.
—No voy a matarte, Kouya.
—“Decapítenlo”, es la frase habitual por alta
traición.
—No.
Kouya levantó la cabeza, sus rasgos estaban
retorcidos por la desesperación.
—¡No traté de salvarte!
El youma gorgoteó y le dio unos golpecitos
en el hombro con su pico.
—Yo no quería salvarte. Quería salvar a Atsuyu.
Pero Rokuta se detuvo en el último momento. No fui yo. Fue él. Su voluntad, no
la mía. Nunca quise que muriera.
—Kouya…
—¡Yo habría hecho cualquier cosa por él! ¡Matar
personas sin pensarlo dos veces! ¡Yo te habría matado también! El reino podría
irse al infierno. ¡No me importó cuántas personas sufrieron, no me importó
cuántos niños terminaron huérfanos, no me importó un bledo!
—Kouya, te dije antes. La única razón por la que
estoy aquí es para darte un mundo mejor. Si no queda nadie para aceptar ese
mundo, entonces mi existencia no tiene sentido.
—Dáselo a otro que no sea yo. Hay un sinfín de
personas que tienen la esperanza de un mañana mejor.
—Soy un hombre codicioso, supongo. Dame una
elección entre un millón y un millón y uno, y yo siempre voy a elegir ese
último.
Kouya inclinó la cabeza. El youma continuó
dándole golpecitos en el hombro con su pico. Kouya envolvió sus brazos
alrededor del cuello del youma.
—Pero Grande y yo no tenemos un lugar que llamar
nuestro.
—Kouya…
—No importa cuán abundante se vuelva este reino,
nunca voy a ser capaz de llamarlo hogar. Soy el hijo de un youma, como
puedes ver. —Miró a Shouryuu. —Cuanto más rico y pacífico sea este reino, más
miserable y resentido me volveré. Una vez soñé con Hourai, pero es un lugar que
siempre estará fuera de mi alcance. Si tienes alguna piedad por mí en absoluto,
por favor, no intentes incitar ninguna esperanza para el futuro.
—¿Estás pidiendo una ejecución rápida, entonces? No
va a suceder —Shouryuu se arrodilló frente a Kouya—. Los youma atacan a
las personas. Esas personas no sufren menos de lo que tú lo haces cuando son
atacadas. Este youma te eligió a ti. No puede vivir con alguien que no
eligiera.
—¡Grande no ataca a la gente! —Kouya abrazó al youma—.
Él me escucha. Él no ataca a nadie en contra de mis deseos. Tal vez sean los
instintos de un youma el atacar a las personas, pero Grande se comporta
por mí.
—Bueno, entonces —Shouryuu asintió—. Te voy a dar
un lugar donde tú y tu youma puedan vivir.
Kouya rio, su cara se torció con una mueca de
desprecio.
—¿Qué clase de lujosa prisión sería esa? ¿Una
cárcel con barras de plata en las ventanas y las puertas?
—Un reino donde nadie sea atacado por los youma.
Shouryuu extendió la mano y la posó sobre la cabeza
del youma, el cual se hundió en el hombro de Kouya. Cuando Kouya se
sobresaltó, el youma se tensó, pero se dejó acariciar.
—La gente mantiene su distancia de los youma,
porque los youma proliferan cuando un reino entra en declive. Cuando un
reino revive y el orden natural se reafirma, los youma ya no frecuentan
los campos. El temor a los ataques de los youma disminuye. Cuando eso
suceda, la gente no tendrá más razones para temerte a ti o a tu madre adoptiva.
No va a ser nada más que un youju de aspecto curioso.
—Shouryuu —murmuró Kouya, claramente desconcertado.
Shouryuu sonrió.
—No te voy a castigar. O a los ministros de la
provincia de Gen. O cualquier otra persona. La población de En es demasiado
pequeña en la actualidad. Hay que aferrarnos a cada hombre y mujer sin
discapacidad que tenemos.
—Pero…
—Tu nombre permanecerá en el Registro de
Inmortales. Este no es un problema que pueda ser resuelto en diez años o
veinte. Todos necesitamos tiempo. Tú y tu madre adoptiva obtendrán un terreno
propio, del que nunca serás echado. Mientras tanto, hay un jardín en el Palacio
Imperial con el que tendrás que conformarte.
Kouya fijó los ojos en el hombre que hacía tales
promesas.
—¿De verdad piensas que este mundo que imaginas
llegará algún día?
—Es por eso por lo que estoy aquí, Kouya.
Kouya parpadeó. Durante un largo minuto, reflexionó
esas palabras en su corazón.
—Entonces, voy a esperar ese día en las montañas
Kongou.
—Kouya, ven a Kankyuu.
—Esto es por el bien de Rokuta. Vamos a vivir en el
Mar Amarillo y esperaremos a que la tierra prometida se convierta en una
realidad. —Abrazó al youma con fuerza—. Vamos a esperar para siempre, si
ese es el tiempo necesario.

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