CAPÍTULO
39
Kouya y su youma salieron volando hacia el oeste. Rokuta
observaba desde el balcón hasta que desaparecieron de la vista.
Rokuta.
Kouya había contenido su youma incluso
cuando Rokuta llamó a su shirei.
Rikaku, salvó a Shouryuu.
Al final, Rokuta preservaría la vida de Shouryuu
sobre la de cualquier otra persona. Había sido así desde el principio. Como
cuando sus súbditos habían huido apresurados de ese pequeño feudo de Japón, él
había llamado a Rikaku.
Shouryuu abrió los ojos. Por encima de su cabeza había una amplia
extensión de un cielo azul añil. ¿Se tambaleaba de un lado a otro debido a su
propio vértigo o alguna otra causa?
Parpadeó, oyó el sonido del agua, sintió el aroma
del mar. Las estrellas parpadeantes en el cielo oscuro se balancearon
suavemente hacia atrás y hacia adelante, por el balanceo de un barco, supuso.
Allí tendido, volvió la cabeza hacia un lado. Un
niño estaba sentado en la proa de la embarcación, el niño que Shouryuu había
encontrado en la playa. Pensando que estaba muerto, había recuperado su cuerpo
para enterrarlo, solo para descubrir que el niño todavía estaba vivo.
—¿Cómo he acabado en un lugar como este? —Shouryuu
murmuró para sí mismo, su voz sonó en sus oídos como un rechinido contra la
madera.
Se había quedado atrás para proteger la retaguardia
mientras su pueblo escapaba. Ellos fueron desbordados y rodeados por las
fuerzas Murakami. Por mucho que quiso reunir a su defensa, apenas podía
proteger su propio terreno. Con más flechas, al menos podría frenar a los
soldados Murakami desembarcando de sus barcos. Pero el tiempo se les había
agotado.
Cortó a tres con su espada, tomó una lanza y
atravesó a dos más. Eso era lo último que él recordaba. Su suerte debió haberse
agotado antes de llegar al tercero. Probablemente había tomado una lanza en la
parte posterior. Y entonces…
Shouryuu frunció el ceño y se incorporó. Debía
estar herido. No podía decir dónde. Todo su cuerpo le dolía. Tomaba cada
respiración con dificultad.
—No me digas que tú me rescataste —le dijo Shouryuu
a Rokuta.
Rokuta asintió. Había dudado al último momento,
pero simplemente no podía permitir que Shouryuu muriera sin hacer nada.
Envuelto por el olor de la sangre, le ordenó al atormentado Rikaku que
interviniera y lo llevara a un lugar seguro.
—¿Y los demás?
Rokuta negó con la cabeza. Tal vez si no hubiera
habido tanta sangre… Vagar a través de los dominios de la guerra lo había
debilitado. Las penurias sufridas con los Komatsu lo habían debilitado
profundamente, que no tenía la fuerza para salvar a nadie más.
—¿Por qué me salvaste?
—Tú me salvaste primero, Shouryuu.
—No estabas acostados en la orilla esperando morir,
¿verdad?
Rokuta negó con la cabeza. Shouryuu se apoyó en la
borda. Rokuta le dio una mirada de reconocimiento.
—¿Te querías morir?
Shouryuu mandó la cabeza hacia atrás y dirigió la
vista hacia el cielo.
—Cada vez que alguien me llamaba “joven maestro” lo
tomé como una señal de fe en mí. “Estamos confiándote este feudo, así como
nuestras vidas”. Pero no estaba a la altura de sus expectativas.
—Estás cargando con la culpa por eso.
Ellos no fueron lo suficientemente grandes o
fuertes. Sus soldados fueron fácilmente abrumados. Ellos nunca tuvieron la
oportunidad de ganar y los Murakami no pensaron en negociar.
—Así que no fue mi culpa, ¿verdad? Todo estaba
escrito desde el principio.
—Entonces, no hay necesidad para que te desanimes
por ello. ¿No hiciste lo mejor que pudiste?
—Yo era el heredero. Ellos me adoraban, me criaron
como a uno de los suyos.
—Eso es…
—Había una sensación de que estábamos todos juntos
en esto. Eso es lo que yo oía cuando me llamaban “joven maestro”, una confianza
mutua que se hizo más profunda cada vez que me llamaban de esa manera. Nunca
fui capaz de devolver esa confianza en igual medida. No había manera de que
pudiera hacerlo.
Shouryuu miró hacia el cielo, no veía a Rokuta.
Respiró hondo y contuvo el aliento. Tal vez a causa
de sus heridas aún estaba dolorido.
—Era lo que querían. Una vez que me puse esa carga
al hombro, no pude dejarla. No importa lo feliz y despreocupado que un tipo
pueda parecer, es el tipo de cosa que comienza a desgastarte después de un
tiempo.
El barco flotaba sobre las corrientes del Mar
Interior. Rikaku había cargado a Shouryuu en su lomo hasta que vio ese barco
sin amarras.
Rokuta contempló a Shouryuu. Incluso ahora el
hombre era un misterio para él.
Las heridas de Shouryuu eran graves. Tenía que
estar sintiendo un montón de dolor. O tal vez el dolor físico solo servía para
amortiguar un tormento mucho más insoportable, uno que él mismo no había
aceptado del todo. De cualquier manera, cuanto más titubeaba Rokuta, más rápido
se aproximaba Shouryuu al punto de no retorno.
Rokuta no podía abandonarlo. Salvarlo significaba
otorgarle un cuerpo inmortal. Eso es lo que el destino le había impulsado a
hacer. O lo que la voluntad del pueblo de En le exigía.
Rokuta le preguntó en voz baja.
—¿Quieres un reino?
—Sí —dijo Shouryuu, sin dejar de mirar hacia el
cielo.
—Un reino miserable, extremadamente pobre y raído.
Shouryuu se incorporó.
La sombra de una sonrisa se dibujó en sus propias
facciones irregulares.
—Grande o pequeño, no importa. Me criaron para
heredar un reino y heredé uno de mi padre. Un rey sin reino es un hazmerreír.
—Un reino devastado engendra un pueblo asolado. Sus
corazones confundidos, tal vez no escuchen todo lo que digas.
—Exactamente es el tipo de lugar para el que fui
hecho.
Rokuta le devolvió la mirada.
—¿Quieres que te dé un palacio?
—¿Tienes uno para darme?
—Sería más exacto decir que un reino y sus súbditos
te han sido asignados. Si estás dispuesto a aceptarlos.
—¿Qué reino es ese?
—No me creerías si te lo dijera. Pero si eso es lo
que deseas, entonces debes separarte de todo lo que conoces.
Shouryuu respondió con una risa hueca.
—¿Está tan grave que debo abandonar todo? Entonces
dime lo que me queda para abandonar.
—Nunca podrás volver al Mar Interior y sus islas.
—¿Oh?
—Pero si aceptas, voy a darte ese reino, asumiendo
que quieres el trono que va con él.
Shouryuu respondió tranquilamente a la mirada
inquebrantable de Rokuta con una sola palabra.
—Sí.
Rokuta asintió. Se levantó de la proa, se arrodilló
a los pies de Shouryuu e inclinó la cabeza a los tablones del casco.
—De acuerdo con el Mandato del Cielo, yo te he
ungido como emperador. A partir de este día en adelante, te prometo mi lealtad
y no voy a darle la espalda a este Llamado Divino o a ti.
—¿Rokuta?
Rokuta levantó la cabeza y miró directamente a
Shouryuu.
—Para aceptar este reino debes aceptarme como tu
sirviente. Si puedes soportar las expectativas de un reino, entonces yo llevo
el reino mismo.
Shouryuu se sentó en silencio. Lo que fuera que
pensara Rokuta y todo lo que había dicho, finalmente asintió y sonrió.
—Entonces eres mi sirviente. Pero esto es mucho
mejor que un verdadero reino. No es un castillo mísero ubicado en un campo
despreciable.
Rokuta inclinó la cabeza a los pies de Shouryuu y
le concedió lo que deseaba: un palacio y una tierra devastada, una tierra de
montañas rotas y apenas tres mil almas.
La totalidad del reino de En.
Atsuyu no fue el primero, y no sería el último. Mucho más como él de
seguro aparecerían, y no estaba escrito en las estrellas que Shouryuu siempre
prevalecería. En siempre estaría expuesta a los riesgos de la ruina.
Shouryuu le prometió a Kouya días pacíficos en el
futuro, pero cuándo llegaría realmente era algo que nadie sabía.
La pequeña figura se desvaneció en la brumosa
neblina y desapareció en el gran azul. Rokuta miró a Shouryuu. Al igual que
Rokuta, Shouryuu estaba allí para ver a Kouya irse.
—Gracias.
—¿Por qué? —dijo Shouryuu, todavía mirando hacia el
oeste.
—Por perdonar a Kouya.
—No lo hice por ti —su voz era dura y contundente.
—Estás enfadado conmigo.
Shouryuu finalmente volvió su mirada desde el cielo
a Rokuta.
—Y con buena razón. Te dejaste secuestrar. ¿Qué
creíste que iba a pasar?
—Fue mi culpa.
—No he perdonado a nadie —dijo Shouryuu casi en un
gruñido.
Rokuta lo miró confundido.
—Ekishin, Ribi y ese bebé. Tres personas para
empezar. Tres de mis personas fueron arrancadas de mi alma.
Rokuta lo miraba.
—Estoy aquí para darle a mi gente una vida. Y mi kirin
va y los mata.
—Lo siento.
—¿No tenías forma de salvarlos? Los kirin
pueden ser criaturas compasivas, pero le concediste compasión a la persona
equivocada.
—Shouryuu, lo siento.
Rokuta no podía mirarlo a la cara. Solo bajó la
cabeza y se pegó a él. Shouryuu apoyó la mano en la coronilla de la cabeza del
niño. Una gran mano, debido a que Rokuta no había crecido desde la edad de
trece años.
—“Déjame todo a mí”, te dije.
Rokuta asintió. Y así lo hizo. Si el kirin
era la encarnación de la voluntad del pueblo, entonces solo tenía sentido dejar
que el hombre que eligió actuara como lo considerara oportuno. Se había
decidido por completo a seguir con esa creencia.
Él realmente sentía como que iba a llorar. Era el tipo
de cosas que le hacía pensar que tenía trece años, después de todo, nunca se
había convertido en un adulto.
—No solo Shukou, Itan y el resto de ellos, sino tú
también. Mis sirvientes seguro que son pésimos jueces del carácter.
Esta vez, sin embargo, ese tono bromista en su voz
hizo a Rokuta sonreír.
—Shouryuu.
—¿Qué?
—Al igual que le dijiste a Kouya, ¿vas a crear un
lugar que pueda llamar mío también?
Percibió que Shouryuu estaba al borde de la risa.
—Bueno, por supuesto, cuando se trata de la gente
de En, cuentas como uno de mis súbditos también.
—¿Y? —dijo Rokuta, levantando la cabeza.
—¿Qué clase de lugar quieres?
—Uno con verdes montañas y campos —Rokuta se alejó
un paso de Shouryuu y se volvió hacia él—. Un próspero reino donde nadie pase
hambre y nadie se congele, donde la gente viva en casas que los protejan de la
lluvia y las fuertes temperaturas. Donde todo el mundo viva en paz, sin
necesidad de preocuparse por la próxima comida o guerra. Una tierra armoniosa.
Eso es lo que siempre he querido, un reino lo suficientemente rico para que
ningún padre tenga que abandonar a sus hijos.
Shouryuu sonrió.
—Cumpliste tu palabra: me diste un reino, Y prometo
darte ese tipo de reino a ti.
Rokuta asintió.
—Y voy a mantener los ojos cerrados todo el resto del
tiempo hasta que me digas que está listo.


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