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El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

jueves, 2 de febrero de 2023

Dios del Mar en el Mar del Este, Extenso en el del Oeste - Capítulo 6

 

CAPÍTULO 6

 

 

 

Rokuta se sentó a horcajadas sobre la espalda de Rikaku. Rikaku era un youma y el sirviente de Rokuta. Solo un kirin podía tener a un youma como sirviente. O eso es lo que siempre había supuesto.

Montando a Rikaku sobre el cielo, Rokuta estaba vagando por la costa de la provincia de Gen cuando pasó a otra persona. Más específicamente, un niño montando en un youma.

Apenas si tuvo tiempo para sorprenderse. El youma era un gran lobo con alas y pico de un ave de rapiña, probablemente era un tenken, también llamado “perro del cielo”. Un niño estaba montando en su lomo. Debido a la velocidad a la que ambos iban, solo se cruzaron por una fracción de segundo. Realmente fue un encuentro casual.

Rokuta le ordenó a su youma:

—¡Regresa! ¡Vamos tras ellos!

—Taiho —advirtió Rikaku—. Era un youma.

Rokuta asintió.

—Sí, lo sé. Con más razón. Que un kirin tenga un shirei es una cosa. ¿Pero por qué un youma le permitiría al niño montarlo? Lo que acabamos de ver no tiene ningún sentido.

Buscando en el cielo sobre el mar, se encontraron nuevamente con el niño montado sobre el youma rojo.

Él vio a Rokuta detrás de ellos y se encogió de miedo.

El youma pegó un grito que le heló la sangre. El niño envolvió su brazo alrededor del cuello de la bestia.

—No, no. No hagas eso —instó a la bestia, calmándolo.

Parecía más joven que Rokuta. Tenía un rostro pálido y ligeramente marcado, y su cabello negro tenía reflejos azules. Si él fuere un kirin su cabello sería del color del oro,

—Hey —Rokuta lo llamó. Al ver al niño estremecerse, forzó una sonrisa amble en su rostro—. ¿Quién eres?

El chico negó con la cabeza. Una fresca brisa provenía del océano. Su ropa no era más que un montón de harapos.

—Me llamo Rokuta. No esperaba encontrarme a nadie como tú por aquí. Esta es sin duda la primera vez que encuentro a alguien, en especial en el aire.

El niño respondió con una pequeña inclinación de cabeza. Rokuta tomó eso como que era la primera vez para él también.

—¿Hacia dónde ibas? ¿Tienes prisa por ir a alguna parte?

La única respuesta fue otro movimiento de cabeza.

Rokuta dijo casualmente con una sonrisa.

—Yo me siento de humor para tomar el almuerzo. ¿Qué tal si vamos a comer algo?

Los ojos del chico se abrieron.

—¿Juntos?

Rokuta rio y asintió con la cabeza. Señaló hacia abajo a la orilla del mar. Su impulso inicial era tomar al niño, pero un movimiento como ese podría asustarlo y terminar con él huyendo lejos.

—¿Qué dices?

El niño estiró la cabeza y se asomó para ver la cara del youma.

—Está bien —dijo.

Se asentaron en las dunas. Luego de comer fruta y pasteles de arroz, Rokuta preguntó:

—Eso es un youma, ¿verdad?

Él nunca había escuchado hablar de un youma siendo domesticado como un perro. Todo el mundo decía que era imposible. El niño solo inclinó la cabeza.

—¿Lo es?

Rokuta estaba asombrado.

—Pero ¿cómo haces para que un youma o youju vuelve por los aires a tu antojo? ¿Cómo lo domesticaste?

—No lo sé.

—No lo sabes dices… —Rokuta murmuró para sí mismo—. Increíble.

—¿Lo es realmente?

—Claro que sí.

Se sentaron en la duna y hablaron. Ante ellos estaba el Mar Negro. Al otro lado del mar, los picos de las montañas de Kongou, que rodeaban el centro del mundo, se levantaban como un enorme muro.

Un niño que despierta en medio de la noche. Al día siguiente, es abandonado en las montañas. De eso fue de lo que hablaron.

—Ya veo —dijo Rokuta, aún más sorprendido por este encuentro casual.

Dos niños, dos mundos diferentes, habían sido abandonados por sus padres empobrecidos por los estragos de la guerra. Y aquí, contra todo pronóstico, se acaban de conocer.

—Así que la gente del pueblo se confabuló para deshacerte de ti. Eso es duro.

—Supongo que sí.

—¿Cómo te llamas?

—No lo sé —dijo el niño—. Debo haber tenido un nombre alguna vez, pero no me acuerdo.

—Entonces fuiste arrojado al nido de un youma.

—Yo no fui arrojado. Grande me llevó allí.

—¿Grande?

El niño miró al youma detrás de él. El youma estaba cuidando al niño de forma protectora.

—Grande estaba llevando comida al nido. Probablemente la perdió por el camino.

—O tú eras la comida. ¿Pero él te crio?

—Sí.

Una historia increíble, un niño siendo criado por un youma, nunca había escuchado nada igual.

—¿Qué hay de ti? ¿Este tipo de cosas suceden a menudo?

Rokuta miró a Rikaku, que observaba con recelo al youma. No le llegó ninguna respuesta. Aun si le diera una orden directa, el shirei jamás divulgaría información sobre sí mismo o los de su especie. Ellos eran realmente una especia diferente.

Rokuta no presionó sobre el asunto. Se volvió hacia el chico.

—Lo bueno es que no terminaste muerto. ¿Así que has estado viviendo en el nido del youma desde entonces?

—Salgo de vez en cuando para conseguir comida.

—¿Grande no come seres humanos? —preguntó Rokuta, aunque ya sabía la respuesta.

Él no estaba sentado tan cerca del youma, pero podía sentir el fuerte olor a sangre que desprendía. Sangre humana.

—Por supuesto que sí. Sino moriría de hambre.

Rokuta se aclaró la garganta y preguntó:

—¿Tú también?

El chico negó con la cabeza.

—Yo no. Ni personas ni animales. Grande me dice que lo haga, pero yo no lo escucho. —Miró a Rokuta con ojos suplicantes—. Cuando ataca a las personas o a los animales todos entran en pánico. Grande hace lo posible por mantenerse fuera de su camino. Pero todos conspiran juntos y nos atacan, o se dan la vuelta y corren en dirección opuesta.

—Eso es la gente para ti —dijo Rokuta con una sonrisa forzada y le dio una palmadita tranquilizadora en el hombro del niño—. Estoy impresionado. Por cierto, no puedes ir por ahí comiendo personas. Lo mejor sería que evitaras atacarlos o evitar que ellos te ataquen.

—Claro. ¿De dónde eres, Rokuta? ¿Eres de este lado del Mar?

—Así es —dijo Rokuta con un movimiento de cabeza.

El chico se inclinó hacia adelante.

—¿Sabes algo acerca de Hourai?

—¿Eh?

Rokuta lo miró a los ojos.

—Y por Hourai tú te refieres a…

—El reino que se encuentra a través del mar oriental. Las personas ahí nunca pelean o se hacen cosas malas unos a otros. Ahí es donde está mi padre. Y quizá también mi madre. Los he buscado desde siempre.

Las lágrimas brotaron de sus ojos. Rokuta sintió una punzada en el corazón. El padre del niño estaba probablemente muerto. En lugar de darle tan malas noticias, su madre le debió haber dicho que él naufragó por el mar oriental hacia Hourai. Un cuento raro. Su madre lo había abandonado y, sin embargo, continuó creyéndole y siguió buscando este reino de fantasía.

—Um, Hourai no bordea con este mar.

Los ojos del chico se abrieron con sorpresa.

—¿No lo hace? ¿No son estas las costas orientales del mar?

—Este es el Mar Negro. Hourai limita con el océano que está al este, el Kyokai. Aun así, Hourai está muy lejos, no importa que tan lejos navegues nunca podrás llegar allí.

No había forma de cruzar de esa manera. Se decía que solo los magos de la montaña y los youma podían cruzar. La gente común no podía, a excepción de los ranka.

—¡Oh! Ya veo… —sus hombros cayeron.

Buscaba a sus padres y por eso también buscaba Hourai. Al escuchar que Hourai estaba al este, el vino aquí a las orillas del Mar Negro.

Pero al tener un youma a cuestas se convirtió en una amenaza a dondequiera que iba. Rokuta podía imaginar perfectamente la reacción de la gente de los pueblos al verlo en compañía de una bestia come hombres. El niño creyó que si convencía a las personas que ese youma lo había criado y que no iba a atacarlos, ellos le darían la bienvenida con los brazos abiertos.

—Lo siento.

No era culpa de Rokuta, pero el niño estaba tan abatido que no pudo evitar disculparse.

El chico suspiró varias veces.

—Vamos —dijo.

El youma saltó de la roca donde se había sentado y se acercó a él. Apretó la cara contra las plumas suaves, manchadas de sangre humana.

—¡Ah!

Rokuta finalmente entendió lo que realmente estaba pasando. El niño no había hablado mucho. Ahora que lo pensaba, casi la mitad de las cosas que dijo no fueron más largas que el pitido de un ave. El kirin y los sirvientes de las montañas podían entender el significado de los gruñidos de los animales, lo que hace que suene en sus oídos como si fuese una conversación entre humanos.

El youma acarició el cuello del niño con su pico y gruñó suavemente. Rokuta no escuchó el gruñido como palabras, pero entendió el significado:

“Encontraremos nuestro propio camino”.

El chico levantó la vista abatido y se puso de pie.

—Tenemos que irnos.

—¿Te quedarás por estos lados?

—No lo sé. Si Hourai no está aquí, no veo el punto para ello.

Rokuta abrió la boca para responder, pero se contuvo.

—Si me dirijo hacia una ciudad, la gente atacará a Grande.

—Probablemente.

Y ellos no atacarían solo al youma. Las piernas del niño, que sobresalían de los harapos, estaban cubiertas con cicatrices dejadas por flechas.

—¿No quieres vivir en una ciudad?

Él lo miró con duda y dijo por sobre su hombro.

—¿Junto con Grande?

—Bueno, no creo que Grande pueda ir también.

—Entonces, gracias, pero no.

Rokuta asintió.

—Si cambias de opinión, y tú y Grande llegan a tomar caminos diferentes, puedes venir a Kankyuu.

—Kankyuu —repitió el niño para sí mismo.

—Búscame. Pero… tú no tienes un nombre.

—No.

—¿Por qué no elijes uno?

—No conozco ninguno.

—¿Te gustaría que yo te dé uno?

El rostro del niño brillaba.

—Por favor.

Rokuta lo pensó, sacudiendo la cabeza varias veces seguidas.

Luego dio una palmada y escribió dos palabras en la arena:

“Kou” y “Ya”

—¿Qué tal Kouya?

—¿Qué significa eso?

—Significa: en el corazón de la noche.

—Sí —dijo Kouya con una mirada complacida, y felizmente repitió su nombre varias veces más.

Probablemente, jamás nos volvamos a ver, pensó Rokuta mientras se despidió de Kouya, pero sin embargo dijo:

—Si en algún momento te encuentras en un aprieto, ven a Kankyuu. Yo trabajo en el Palacio Genei. Solo pregunta por Rokuta.

A horcajadas sobre el youma, el chico asintió con la cabeza mientras se elevaba en la distancia.

—¡Nos veremos algún día, Kouya! ¡Cuenta con eso!

 

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