CAPÍTULO
7
Para cuando Rokuta regresó al palacio, Itan y el resto ya se habían
marchado. Shouryuu estaba sentado en su escritorio.
—¿Has terminado con tu sangrienta charla?
—Por el momento —dijo Shouryuu, sus ojos estaban
centrados en el trabajo delante de él.
Miró para ver qué era lo que captaba su atención.
Rokuta vio sobre la mesa una hoja de papel y un volumen de Crónicas Divinas
de la Gran Columnata.
—Así que Shukou también te dio esa tarea. Me pregunto
quién está a cargo aquí.
—Exactamente —Shouryuu se cruzó de brazos sumido en
sus pensamientos.
Rokuta se inclinó más y examinó la escritura:
“El emperador gobernará su reino con el dinero”.
—Hey, ¿qué es esto, viejo?
“El emperador gobernará a su reino con
misericordia”, era la frase correcta.
—No querrás darle a Shukou más razones para
enfadarse. Sabes que él se toma las cosas muy en serio. No es simplemente un
cabeza dura como Itan y Seishou. Es como un elefante en ese sentido. Él va a
recordártelo los próximos dos o tres siglos, con una sonrisa en su rostro todo
el tiempo.
—Me da igual. Si no te importa lo que diga la gente,
todas las ocurrencias del mundo son como el agua sobre la espalda de un pato.
Me patinan.
—Ahora siento lástima por él.
—Yo había decidido transcribirlo de forma correcta. Pero
es un poco engorroso.
—Algunas veces me veo obligado a llegar a la
conclusión de que eres un tonto.
—¿Solo algunas veces?
—Sí. El resto del tiempo yo solo creo que eres un
gran idiota.
—Pequeño bastardo.
Rokuta esquivó el puño que venía volando hacia él.
Saltó ágilmente hacia el gran escritorio en el centro de la habitación y se
sentó con las piernas cruzadas, de espaldas a Shouryuu.
—Entonces, ¿va a comenzar una guerra?
—Eso parece.
—Mucha gente morirá.
—Los reinos se construyen a partir del derramamiento
de sangre de la gente común. El caso es que, todos estarían mejor si los reinos
no existieran —Añadió Shouryuu con una sonrisa—. Pero los que mandamos somos lo
suficientemente inteligentes como para asegurarnos de que los demás nunca se
den cuenta de eso.
—Esto es lo último que yo esperaba escuchar de un
emperador.
—Es la verdad. El pueblo puede continuar con su vida
sin necesidad de un emperador, pero un emperador no puede seguir adelante sin
sus súbditos. El emperador se come la comida que cosechan con el sudor de sus
frentes, no es diferente a un cazador furtivo o a un ladrón. A cambio, él hace
cosas que ellos no pueden hacer por sí solos.
—Probablemente.
—Un emperador existe porque mata y explota a sus
súbditos. Así que debe mantener la matanza y la explotación al mínimo y hacerlo
lo más disimuladamente posible. Si mantiene los números lo suficientemente
bajos puede que nunca llegue a llamarse como un déspota ilustrado. Aunque los
números nunca llegarán a cero.
Rokuta no respondió.
—Hay cinco señores provinciales vivos. Tres de ellos
fueron asesinados por el emperador Kyou. Sus provincias ahora están siendo
gobernadas por los respectivos ministros de cada uno. El señor de la provincia
de Sei es el único que se precia. —Shouryuu bajó la voz—. Oye, Rokuta, dile al
señor de la provincia de Sei que me gustaría pedir prestado su ejército.
—Lo que es mío es tuyo. No es como si yo fuese a
llevarlos a la batalla en algún momento.
El Taiho también rige la provincia capital. En el
caso de En, era la provincia de Sei. Tenía la tierra, un pueblo y un ejército,
pero el emperador ordenó al ejército que la tierra fuera repartida a los
ministros como compensación por los servicios prestados.
Shouryuu dijo:
—¿Te asusta la guerra? —Cuando Rokuta giró para
mirarlo por encima de su hombro, él sonrió y dijo—: sabes, ciertamente no será
tan malo como los combates que se dieron hasta ahora. Si tienes miedo, corre y
escóndete.
—No es por eso. Cuando se trata de personas, la
guerra no es más que un inminente desastre. Eso es lo que no puedo soportar.
Porque yo soy la voz del pueblo, ¿sabes?
Shouryuu rio.
—Porque los kirin son cobardes.
—Porque los kirin somo criaturas benévolas y
misericordiosas.
—Si te esfuerzas tanto en no matar a nadie ahora,
luego en vez de terminar sacrificando a unos cientos acabarás con la vida de
decenas de miles.
Rokuta le dio a Shouryuu otra mirada.
—No vengas a decirme esa clase de cosas a mí —dijo,
señalándolo con el dedo.
—No te lo tomes personal. Si pudiera solucionar esto
con solo un centenar de víctimas, lo haría sin dudarlo.
—¿Centenares o miles?
Shouryuu respondió a la pregunta de Rokuta con una
sonrisa.
—¿Crees que haya cien mil hombres dispuestos a pelear
en En?
Rokuta saltó del escritorio.
—Entonces estarías contento si te recordaran como el Príncipe
de la Destrucción. —Después de eso se dirigió a la puerta.
Detrás de él, Shouryuu gritó:
—¡Como te dije antes, déjamelo todo a mí!
Cuando Rokuta se dispuso a responder, Shouryuu ya
había regresado a su escritorio. Shouryuu habló de espaldas.
—Cierra los ojos y tapa tus oídos. Si este es el
único camino que nos queda, entonces tendremos que seguir por él.
Rokuta se quedó mirando la espalda de Shouryuu por
unos minutos antes de girar sobre sus talones.
—No quiero ser parte de esto. Te lo encargo, todo
depende de ti ahora.

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