CAPÍTULO
23
Las noticias del secuestro del Taiho dejó a Kankyuu en un alboroto.
Había largas colas para enrolarse en las Oficinas Provinciales Imperiales. Las
personas deseosas de noticias sobre la situación llenaban cada espacio
disponible entre la Puerta del Acantilado y la Puerta del Faisán.
—¿Gen va a invadir a Kankyuu también?
El reino había dado un paso atrás desde el borde de
la destrucción solo veinte años antes. Nadie había olvidado el desgraciado
estado de En en aquel entonces. En todavía era pobre en comparación con los
otros reinos, pero sus súbditos tenían todas las razones para creer que mañana
sería mejor que hoy.
Finalmente habían terminado de eliminar los
desechos. El sonido huevo del metal golpeando madera y huesos carbonizados ya
no se escuchaba cada vez que golpeaban una azada en el suelo. Y ahora todo su
trabajo duro podría quemarse hasta las cenizas de nuevo…
—¿Qué va a hacer el emperador?
—¡No me diga que se ha escondido!
—¿Cómo le está yendo al Taiho? ¿Él está bien?
Acosados por las preguntas de la gente de la ciudad
hasta altas horas de la noche, los burócratas se arrastraban fuera de la cama a
la mañana siguiente y abrían las puertas. Un tumulto de personas se agolpaba en
el Ministerio de Verano y la oficina del comandante, donde el personal estaba
hecho polvo al trabajar de sol a sombra.
Uno de los oficiales del comandante, un hombre con
el nombre de On Kei, fue el primero en bajar a las oficinas provinciales a la
mañana siguiente y abrir las puertas.
La conmoción del día anterior aún estaba fresca en
su mente, On Kei se resignó al tedio de más de lo mismo, la gente de nuevo se
agolpaba en las oficinas provinciales y le salpicaban con preguntas como:
—¿Vamos a ganar?
Quería gritarles:
¡Asegúrense de decirme cuando lo descubran!
—¿Qué pasa si el emperador muere! ¡Nos la
arreglamos para sobrevivir el régimen del emperador Kyou, conseguimos algunos
nuevos ministros que hicieran su trabajo y empezamos a vivir nuestra vida
normal!
Ya somos dos, On Kei se quejó para sí mismo,
el pesimismo colgaba como un jarro de agua fría sobre sus hombros mientras
liberaba los pernos y abría las puertas de la oficina del comandante.
Como era de esperar, una multitud se había reunido
afuera de las grandes puertas. Ellos se lanzaron hacia delante. On Kei levantó
las manos, haciéndolos detenerse. Cuando las protestas estallaron, él hizo un
gesto para que se calmaran.
—La oficina del comandante ya tiene sus manos
totalmente ocupadas. Entendemos sus preocupaciones. Si tienen preguntas acerca
de la situación actual, es necesario ir a otra parte en busca de respuestas.
Nosotros simplemente no tenemos el tiempo y los recursos de sobra en este
momento.
—Pero… —alguien protestó—. ¿En verdad se va a
disparar una guerra? Al menos puede decirnos eso.
—Esa es una pregunta que deben plantearle a la
provincia de Gen. Cuando Gen levantó la bandera de la insurrección, el Ejército
Imperial no tuvo más remedio que responder.
—¿Cómo está el Taiho? ¿Qué pasa con el emperador?
¿Cómo se supone que voy a saber? On Kei se
dijo a sí mismo, en cambio, él asintió.
—El emperador está haciendo lo mejor que puede. Él
está más preocupado que ninguno de ustedes de que el Taiho salga lastimado. No
sabemos el estado actual del Taiho y solo podemos rezar para que se mantenga
incólume.
Un anciano preguntó:
—¿Hay alguna manera de resolver este conflicto sin
guerra?
—Si averigua la respuesta a esa pregunta, por
favor, háganoslo saber.
—¿El campo se convertirá en un campo de batalla de
nuevo? ¡Justo cuando las cosas empezaban a mejorar! Esta vez si nuestros campos
son pisoteados bajo los pies de la caballería, vamos a dar todo por terminado.
¿El comandante no puede entender eso?
On Kei le dio al anciano una mirada exasperada.
—Es por eso por lo que le dije que, si sabe una
manera de evitar la guerra, nos la diga. El emperador no está buscando pelea.
La provincia Gen es la causante de todo esto.
—Pero…
Frente a un coro de voces, On Kei agitó los brazos.
—Por favor, vayan a otro lugar. El Ministerio de
Verano no es el foro para tales discusiones.
Las personas reunidas frente a las puertas se
miraron. Varios volvieron sobre sus talones en busca de burócratas más
complacientes.
Una mujer dio un paso adelante.
—¿El Ejército Imperial va a ganar? —Ella se paró
frente a On Kei, acunando a un bebé contra su pecho.
—Nos esforzaremos para asegurarnos de que lo haga.
—La provincia de Gen ha secuestrado al Taiho. Si lo
matan, el emperador morirá también.
—Eso es cierto.
—Pero ¿en realidad están haciendo suficiente? ¿No
deberían enviar al Ejército Imperial a la provincia de Gen y traer de nuevo al
Taiho al palacio?
On Kei no pudo evitar exasperarse un poco.
—Exactamente. Eso es en lo que el comandante y su
personal están trabajando.
—¡No hay nada aquí por lo que valga la pena luchar
otra vez en primer lugar! —gritó el anciano.
La mujer lo miró.
—¿Lo que se lograría sin luchar? ¿Estás diciendo
que el emperador debe morir? Sin un emperador, un reino va a la ruina. Todo el
mundo sabe lo que es eso.
—La guerra no es más que la ruina.
La boca de la mujer se retorció brevemente en una
sonrisa de desconcierto.
—No me has dicho nada que yo no sepa.
—¿Qué quieres decir? —exigió el anciano, al tiempo
que se subía los pantalones.
Ella lo miró fríamente, después miró a las personas
que todavía estaban allí reunidas, hombres y mujeres, jóvenes y viejos.
—Sé que hay personas entre ustedes aquí -y no son
pocos entre la gente de esta ciudad- que asesinaron a nuestros hijos. —Ella
levantó al niño dormido en sus brazos—. Miren, mi hijo. Le pedí al riboku
y el Cielo respondió. Ustedes han hecho lo mismo. Pero también sé que hay
personas que caminan libremente habiendo asesinado a nuestros parientes. Mi
propia hermana fue asesinada y echada en un pozo.
La sala quedó en silencio.
—Un hombre irrumpió en nuestra casa a altas horas
de la noche, la secuestró, incluso mientras dormía a mi lado y tiró su cuerpo a
un pozo. Sé que él está llevando una vida tranquila y fácil hoy en día. Eso es
lo que sucede cuando un reino va a la ruina. Los criminales limpian sus bocas y
siguen como si nada hubiera pasado.
On Kei cortésmente tocó la espalda de la mujer.
—Es suficiente —dijo.
Ella lo miró con frialdad.
—Todos pueden pretender que no pasa nada, pero el
pecado no desaparece. Nunca olvidaré. Para el resto de mis días voy a recordar
el sonido del cuerpo de mi hermana golpeando el agua en el fondo de ese pozo.
Recuerden mis palabras, lo mismo va a ocurrir de nuevo. Si esto continúa y el
emperador muere, este niño seguramente tendrá el mismo destino. Cuando llegue
la destrucción, vendrá y no habrá nada que podamos hacer para detenerla. ¿Eso
es lo que todos queremos? —Observó a los que la rodeaban y se volvió a On Kei
con una mirada de triunfo—. Muévete a un lado y déjame pasar. No estoy aquí
para halarte de las orejas y quejarme como lo están haciendo estos. —Ella le
sonrió al nervioso On Kei—. ¡Estoy aquí para luchar! Estoy aquí para defender
al emperador que ha bendecido nuestras vidas. Este niño no se va a morir en mi
guardia. No quiero vivir en un mundo donde la muerte sea parte del despertar por
las montañas, donde todo el mundo te dice que no hay nada que puedas hacer, que
se dan por vencidos y lo aceptan. Es por eso por lo que el trono debe estar
ocupado por un emperador elegido por la Voluntad Divina. Si me aseguro de que
él pueda darle a este niño un futuro digno a costa de mi vida, entonces que así
sea.
—Pero…
—Nada dice que un soldado no pueda ser mujer. Se
necesitan soldado y cada uno cuenta. Envíame a Ganboku. Eso es lo que vine a
hacer aquí.
On Kei parpadeó confundido cuando un hombre joven
dio un paso adelante.
—Yo también. Es por eso por lo que estoy aquí. Todo
el mundo dice que no tengo lo que se necesita, que no tengo agallas, pero si
dejamos que el emperador muera, En irá a la ruina.
La mujer se volvió hacia el joven con una sonrisa
brillante.
—Tienes un montón de agallas.
—No, no es cierto. Ni siquiera puedo ganar una
discusión. Aun así, puedo empujar un carro. Mis padres pensaron que íbamos a
morir juntos. Y luego nos enteramos de que un nuevo emperador había sido
elegido, así que quizá el mundo no se iba a ir al garete, después de todo. Eso
nos dio una nueva esperanza. Con un emperador en el trono, entonces tal vez un
poco de esfuerzo y persistencia dará sus frutos. Así que, si hay algo que pueda
hacer para ayudar, tomaré la iniciativa y me pondré a trabajar.
La risa recorrió la multitud. Un hombre casi calvo
echó la cabeza hacia atrás y se rio en voz alta, con la cara enrojecida.
—Hay un montón de promesas aquí en esta multitud.
Lamenté no haber sido el primero en la fila, pero si esto es a lo que se ha
reducido, entonces no te sientas tan mal por ellos. —Miró por encima del hombro
y saludó con la mano a la gente que miraba a la mujer y al joven con gesto de
consternación—. Si vinieron aquí buscando un hombro para llorar, vayan a otro
lado. Este lugar es para aquellos ciudadanos excepcionales que quieren
convertirse en soldados. Por lo que el resto de ustedes debe dirigirse a
Ganboku también, ¿eh?
Una ola de indecisión onduló a través de la
multitud. De uno en uno se despidieron.
Entre ellos se encontraba una joven casada. Ella
salió de la multitud de personas casi como si estuviera huyendo. Al llegar a
casa, encontró a su marido en la parte posterior de su taller de carpintería,
cepillando hacia abajo el panel de un armario. Ella le contó lo sucedido en la
oficina del comandante.
—Yo no podía creer. Con recuerdos del conflicto y
el caos tan fresco en la mente de todos, pedían a gritos ir a pelear.
Su marido le dio un rápido vistazo y volvió a su
trabajo.
—¿No tenemos ya un emperador, por qué tendremos que
empezar a luchar de nuevo? La única razón por la que hay una rebelión es porque
no está haciendo su trabajo —Sus hombros se sacudieron—. ¡Ah, lo odio! El olor
a la sangre en todas partes. Pasar hambre todo el tiempo, no hay nada para
alimentar a los niños. ¿Kankyuu va a convertirse en un campo de batalla
también? Ya he tenido suficiente de toda esta lucha.
Su marido abruptamente dejó el panel y se puso de
pie.
—¿Qué es esto, de repente? —exigió ella.
Ella no estaba esperando una respuesta. Él era del
tipo fuerte y silencioso, un hombre que creía firmemente en no perder el
aliento o sus palabras. Pero hoy en día resultaría una excepción a la regla de
muchas maneras.
—Voy a la Oficina Provincial Imperial.
—¿Qué vas a hacer qué? ¿Para qué?
—Para marchar a Ganboku.
—¡¿Qué?! —exclamó—. ¿Ganboku? No bromees con eso.
Él la miró, con una mirada poco común de afecto en
sus ojos.
—Mis padres y mi hermano murieron de hambre. No
quiero que ocurra lo mismo contigo y los niños.
—Pero…
—Si perdemos este emperador, lo mismo va a suceder
de nuevo. No estoy haciendo esto por extraños que nunca he conocido. Lo estoy
haciendo por ti.
A la mañana siguiente, una larga fila de personas
esperaba de nuevo frente a la oficina del comandante. Esta vez, sin embargo,
todos estaban allí para enlistarse.

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