CAPÍTULO
4
El emperador de En y sus considerables pero bizarras habilidades,
estaba sentado en una de las habitaciones privadas del Palacio Interior.
—Si, entiendo a dónde quieren llegar —dijo Shouryuu,
mirando alrededor de los cuatro hombres que lo rodeaban acosándolo.
Itan también lo miró.
—¿Lo entiende? ¿Eso es todo?
—Rectificaré mi camino.
—Nunca he estado en una situación tan mortificante.
La humillación que he experimentado se quedará conmigo por el resto de mi vida.
—Es así, es así —un hilo de voz a sus espaldas le dio
la razón, pero Itan no la escuchó.
—Ya lo creo —dijo Shukou con un suspiro.
—Exactamente ¿qué posición cree su Alteza que está
ocupando? Como el capitán de un estado, ¿cómo cree que va a mantener al resto
de los ministros en línea? Se supone que debe presentarse como un faro y un
ejemplo para el reino. Yo no podría mirar a mis súbditos a la cara después de
esto.
—Por supuesto. —El hombre con rostro impasible que
casi nunca dice nada ahora tenía más que unas pocas palabras para decir—. Mi
mandíbula se caer del asombro.
»Esto es más de lo que puedo soportar a pesar de
estar asociado a un idiota imperial.
—Suikyou, ¿incluso tú estás quejándote de mí en voz
alta?
Suikyou -El Loco- era su apodo. Su verdadero
nombre era Seishou, un joven delgado, con piel morena y una frente pequeña. Sin
embargo, como ministro de asuntos militares, es el encargado de dirigir los
detalles personales del emperador como el Daiboku.
Seishou fue promovido de la Guardia del Palacio
durante el mandato del emperador Kyou. Un luchador ingenioso y hábil, que se
decía que no tenía igual en las artes militares. Fue arrestado por criticar al
emperador, pero incluso el corrupto emperador Kyou no pudo soportar la idea de
ejecutarlo, por lo que en su lugar lo mandó a prisión.
Después de la muerte del emperador, fue ordenada su
libertad. Pero Seishou dijo que, después de haber sido encarcelado por orden
del emperador, solo podía ser perdonado por alguien con la misma autoridad. El
hombre, terco, mantuvo sus principios y se sentó en su celda cerca de cincuenta
años hasta que un nuevo rey ascendió al trono.
—Preferiría respetuosamente que no se refiera hacia
mí de manera tan condescendiente.
—¿No te gusta?
—Por supuesto que no.
Itan le dio a Seishou una molesta y envidiosa mirada.
—Es mejor que el mío. Soy Chototsu, El Imprudente.
No podía haber mayor honor para un súbdito que el de
ser renombrado por el emperador, aunque esa satisfacción no era mucha si tu
nuevo nombre era Chototsu -El Imprudente- o Mubou -El Descortés-
o Suikyou -El Loco-. Tan lejos como eso, era el apodo del Taiho, Rokuta,
era simplemente Baka[1] -Tonto-, porque el kirin era una mezcla
entre un caballo y un ciervo.
El emperador estaba bastante satisfecho con su juego
de palabras, aunque era una broma nadie más se reía de ello.
—El pesar de la vida —dijo Chotatsu con una expresión
de dolor—. Nos hemos convertido en nadas y nada menos que en el hazmerreír.
—Tiene razón.
Esta vez los tres voltearon al mismo tiempo para ver
de frente al propietario de esas interjecciones impulsivas.
—¡El Taiho es tan culpable como él!
Las frías miradas cayeron sobre él. Rokuta se encogió
de hombros.
—Hey, yo no soy el que tiene el hábito del juego.
—Puedo preguntar entonces, ¿qué estaba haciendo
durante sus ausencias en la corte?
Presionado por Shukou, Rokuta forzó una sonrisa en su
rostro.
—¡Oh! Yo estaba afuera observando el… hum, la
recuperación de los campos.
—¿Y podría resumir los resultados de esas
observaciones? Ahora.
—Bueno… ah…
—Enano embaucador.
Rokuta miró a su señor.
—Para empezar, eres el único que vive un libre
albedrío. ¡Y ahora me afecta a mí! Sabes, no es gracioso.
—Dice el niño que se hace el idiota.
—Una cosa es ser idiota y otra es la deserción, huir
de la ciudad.
—Seis de uno, media docena de la otra.
—La gravedad de una cosa u otra importa más que la
cantidad de veces que se hace.
Shukou dio un puñetazo en la mesa.
—¿Podrían tomarse esto en serio, por favor?
Shouryuu levantó la mano.
—Lo lamento. Luego de esto, voy a atender los asuntos
del gobierno. ¿Felices?
—¿Podemos tomar su palabra de que lo hará?
—Sería buena idea de cualquier forma, mantener un
perfil bajo y calentar el trono por un tiempo. Hay algo sospechoso en el oeste.
Los cuatro miraron a Shouryuu.
—El oeste…
Shouryuu sonrió.
—Provincia de Gen. Mejor nos preparamos porque algo
está ocurriendo.
Itan no pudo evitar mirar detrás de él. Se había
asegurado de revisar el lugar antes de concretar esta reunión y había
confirmado que no había nadie más allí.
—Eso es… —Al decir eso, el emperador se refería a la
provincia de Gen.
—Lo he escuchado en la calle. Los soldados de Gen se
han estado presentando en la ciudad varias veces al mes, los marineros
borrachos derrochan su dinero en los burdeles. Llegan con las manos vacías y se
van con un gran cargamento.
—¿Están comprando algo en Kankyuu?
—No sería un problema si se tratase de alimentos.
Pero armas…
Shukou ladeó la cabeza a un costado.
—No puedo imaginármelos juntando la cantidad de armas
necesarias para armar una rebelión. Si están recorriendo la ciudad en búsqueda
de armas, los rumores nos llegarían tarde o temprano.
Shouryuu sonrió y se volteó hacia Seishou.
—La Armería Imperial está en Kankyuu.
Seishou estrechó la mirada.
¿Estaba el administrador de la armería abasteciendo
el mercado negro? El emperador Kyou había acumulado una cantidad excesiva de
material militar. Una buena cantidad ya había sido vendida para reponer el
Tesoro Imperial, saturando el mercado y bajando los precios en el proceso. Como
resultado, algunas armas seguían apiladas.
—¿El señor de la provincia de Gen? —dijo Shukou.
Itan asintió.
—Se atrincheró en lo profundo de su palacio y se ha
negado a salir, primero por temor a la desaprobación del emperador Kyou, luego
por temor a las represalias cuando murió, y ahora por temor a ser despedido.
Dicen que es un manojo de nervios.
—Una rata acorralada puede morder al gato. Está entre
la espada y la pared, su preocupación tiene fundamentos. Para empeorar las
cosas, el jefe de gabinete tiene una mente aguda y un gran ingenio de su lado.
Su nombre es Atsuyu, hijo del señor provincial, creo.
Itan parpadeó.
—Su Alteza está muy bien informado.
—Solo son algunos de los rumores que corren por la
ciudad. Ignorar el conocimiento común del pueblo puede ser un riesgo.
—Sí, por supuesto —dijo Itan, que parecía
sinceramente impresionado.
Shukou lo miró y se aclaró la garganta.
—Con el debido respeto, su Alteza…
—¿Qué ocurre?
—¡No hay necesidad de que usted se mezcle con los
plebeyos y escuche sus conversaciones, asechando alrededor, pretendiendo ser un
espía!
Shouryuu rodó los ojos al techo. Rokuta le sonrió y
se puso de pie.
—¿Qué pasa, Rokuta?
Al salir de la habitación, Rokuta lo miró por encima
del hombro.
—Tal parece que el sentido que está tomando esta
conversación no me involucra en nada, me voy.



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