CAPÍTULO
13
Ribi dijo:
—Taiho, ¿está bien?
Rokuta esbozó una sonrisa.
—Estoy bien, estoy bien. En cuanto a las prisiones,
este lugar no es tan mal. Mejor amueblada de lo que hubiera imaginado.
Echando un vistazo alrededor de la habitación, se preguntó
para qué había sido destinada originalmente. Aunque no era muy amplia, la
habitación apenas se parecía a la celda de una cárcel tradicional. Parecía
haber sido tallada en la roca. En la parte de atrás había un rincón para dormir
con una cama. Un diván ocupaba una sección de la sala dividida por unas
pantallas.
Había un pozo y un depósito de agua en la esquina,
junto con un conjunto de utensilios de cocina. Al mirar hacia arriba, el techo
era alto, casi podría inducir una sensación de vértigo, una claraboya fue
cortada en la roca, la cual permitía ingresar la luz del sol una vez que
amaneciera.
Rokuta dijo con una sonrisa:
—Así que, Ribi, ¿puedes cuidar del bebé?
Ribi enrojeció un poco.
—Tengo que admitirlo. No es exactamente mi fuerte.
—¿No tienes hijos?
—Hace mucho tiempo tuve un marido y un hijo. Fuimos
por caminos separados cuando fui nombrada ministro. Eso fue durante el reinado
del emperador anterior, así que ha sido bastante tiempo.
—¿Por qué no los incluiste en el Registro Inmortal?
—Mi esposo se opuso a ello.
—Ya veo.
Los funcionarios imperiales y provinciales que se
convertían en inmortales tenían separaciones inevitables. La familia inmediata
podría ser registrada, pero la familia política y familiares más lejanos eran
excluidos. Y aunque podrían esperar un tratamiento preferencial en el futuro,
el simple paso del tiempo significaba que un inmortal podía esperar a perder
muchos amigos y parientes a lo largo del camino.
—¿Qué hay de tu séquito?
Los virreyes imperiales normalmente viajaban con varios
asistentes personales y servidores.
—Asumo que están siendo detenidos. No he oído de
nadie que haya sido ejecutado, así que tengo la esperanza de que están bajo
arresto domiciliario en algún lugar seguro. El resto de los emisarios imperiales
están probablemente en la misma situación.
—Bueno, eso es bueno saberlo.
Seis funcionarios imperiales fueron enviados como
virreyes a “asesorar” a cada señor provincial y al primer ministro. Su trabajo
consistía en regresar al señor provincial de vuelta al camino correcto, darle
instrucciones de cómo funcionaba el nuevo régimen, y corregir cualquier error
cometido en el camino. Pero en su mayoría era un grupo de ancianos cobardes,
algo bueno -o para el caso, poco daño- vino de estos esfuerzos.
Así era como En estaba fuera de control.
—¿Cómo lo estás llevando, Ribi? ¿Nada desfavorable
te ha ocurrido?
Una expresión de preocupación se vio en su rostro.
—Supongo que debería decir que he sido bendecida en
ese sentido. Atsuyu aún no se ha alejado tanto del Camino.
—¿Qué pasa con Atsuyu? ¿Qué pasó con el señor
provincial?
—He oído que el señor provincial se encuentra en
mal estado de salud. Se recluyó en lo más profundo del palacio y permanece
completamente fuera de la vista, dejándole todo el control a Atsuyu.
Ribi meció al bebé en sus brazos. Desde que fue
retirado del pico del youma, había estado durmiendo profundamente.
—Según los rumores que han estado circulando entre
el personal ministerial, su mente no está del todo bien y no puede ejecutar sus
deberes. Antes, vivía en constante temor del emperador Kyou. Incluso ahora, a
pesar de lo que digan los demás, se niega a poner un pie fuera de la Residencia
Imperial. Y, sin embargo, algunas veces parece que tuvo momentos de cordura,
durante los cuales convocó a sus ministros y dio instrucciones. Pero su
condición ha empeorado desde entonces.
»Está convencido de que sus sirvientes son asesinos
enviados por el emperador Kyou. Así que a Atsuyu no le quedó más remedio que
intervenir para evitar que el gobierno se cayera a pedazos.
—¡Ah!
—Está bien. Nunca esperé que Atsuyu recurriera a
medidas tan extremas y extravagantes. Él no se ha deshecho de sus sentidos
morales, por lo que debe hacerlo en nombre de sus súbditos.
—Ganboku es ciertamente próspero. Me sorprendió lo
espléndida que es la ciudad.
—Atsuyu es un administrador capaz. Él lo ha hecho
extraordinariamente bien dentro de las limitaciones impuestas sobre él, aun sin
tener ninguna autoridad de gobierno real.
—No hay forma que Shouryuu se interese. Ya se ha ido
de pinta demasiadas veces.
—No se refiere a… —dijo Ribi con una expresión de
preocupación—. Él ve el mundo a través de los ojos de un emperador, no es uno
de nosotros. Es incapaz de comprender lo que el emperador estaba pensando,
Atsuyu se impacientó y actuó precipitadamente. Sus sirvientes y asesores lo
adoran y lo respetan, pero me temo que toda esa adoración se le haya subido a
la cabeza.
—Eso creo.
—Aparte de eso —dijo Ribi, mirando al niño—, ¿cómo
se siente realmente, Taiho? Se ve pálido.
—Sí. —Rokuta asintió y se sentó en el diván.
—Si está cansado, debe recostarse y descansar un
poco.
—Buen consejo —se estiró en el diván, no valía la
pena levantarse y atravesar la habitación para ir a la cama.
—¿Taiho?
—La sangre me está afectando. Lo siento, pero creo
que no voy a quejarme por el momento.
—¿Sangre?
—Cuando Ekishin murió.
Ribi se quedó sin aliento.
—Ekishin. ¿No era uno de los oficiales de Seishou?
—Sí. Que hizo las cosas mal por la razón correcta.
Momentáneamente, sin saber qué hacer con el bebé,
Ribi lo colocó sobre la mesa y se acercó al diván.
—Disculpe —dijo y colocó la palma de su mano contra
la frente de Rokuta. La piedra blanca estaba caliente al tacto—. Tiene fiebre.
—La sangre me está haciendo enfermar.
—¿Siente dolor?
—Puedo soportarlo.
—Perdóneme la pregunta, pero ¿el Shashi es conocido
suyo?
Shashi, Rokuta repitió el nombre para sí
mismo, y entonces recordó que el Shashi era el ministro encargado de la
seguridad personal del señor provincial.
El Shajin era responsable de la seguridad del
emperador. Por debajo del rango de emperador, la posición se conoce como la de
Shashi, aunque era el Daiboku quien realmente manejaba las responsabilidades
del día a día.
—Así que Kouya es el Shashi. Realmente se ha hecho
camino en este mundo.
—Él posee la capacidad más inusual de domesticar a
los youma.
—Él no domesticó al youma, ese youma
lo crio.
—¿Eh?
—Lo siento, pero te lo explicaré más tarde. Estoy
realmente cansado.
—Entiendo.
Ribi asintió. Rokuta cerró los ojos. El olor
intoxicante de la sangre pesaba sobre él como una manta húmeda y maloliente.

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