CAPÍTULO
31
Rokuta se apoyaba en la pared para evitar que sus piernas colapsaran.
—Rikaku… Rikaku…
Llamó a su shirei y no obtuvo respuesta.
—Rikaku. Youhi.
Los percibió débilmente, pero solo oyó su angustia.
El kirin estaba estrechamente unido a sus shirei. Cuando un kirin
sufría, también lo hacían ellos.
—Rikaku.
Había rango y estatus entre los shirei.
Rikaku y su nyokai Youhi eran los principales y por ellos, estaban
sufriendo tanto. Rokuta ni siquiera podía sentir las reacciones de los demás.
Deseaba más que nada acostarse y dormir. Pero él
estaba a contrarreloj. Ya se había escapado y no había más rehenes vinculados a
él. Otros podrían haber sido forzados a tomar el lugar de Ribi y el bebé,
excepto que el hechizo que una vez lo ató ya no poseía sus poderes malignos.
Dirígete hacia el Ejército Imperial y diles que
se queden hasta que puedas volver a Kankyuu y tener una conferencia con
Shouryuu.
Había lógica en lo que Atsuyu le había dicho.
Privados de su soberanía, las nueve provincias eran demasiado grandes para que
una sola persona las administrara. No tenía ningún sentido.
El descontento era comprensible, por no mencionar
el malestar perpetuo de los que viven en las llanuras de inundación del
Rokusui. No importaba. La guerra debía ser evitada a toda costa. Ekishin, Ribi
y el niño fueron suficientes. Nadie más tenía que morir.
Rokuta instó a sus débiles piernas, logró pasar por
el túnel y llegó al corazón del Palacio Interior. El palacio en cada reino y
provincia seguía el mismo diseño general. Hizo un camino hacia la parte de
atrás y se dirigió a la Mansión Choumei. Cada palacio tenía una Mansión
Choumei, donde la familia del emperador o señor provincial residían.
Ayudándose de la decorada pared para mantenerse en
pie, se dirigió por el pasillo.
Un hilo de voz lo llamó:
Taiho.
—¿Eres tú, Rikaku? ¿Qué?
Personas.
Rokuta se detuvo. Allí, en las profundidades de la
Mansión Choumei, el Palacio Interior estaba en calma. No había señales de vida.
Pero eso no quería decir que debía estar desprovisto de actividad humana.
—¿Criados? ¿Sirvientes?
No, respondió Rikaku, igualmente
desconcertado.
Aguzando el oído, Rokuta escuchó un leve ruido. Un
hombre gritando. Tal vez una bestia bramando. Frente a él, o detrás de él. No
podía decidir.
Dio un paso vacilante hacia adelante. Al doblar la
esquina, un claro grito como el cristal golpeó sus oídos.
Se echó hacia atrás por reflejo. Rokuta miró en la
dirección de las voces. Unos momentos más tarde, se movió hacia ella de nuevo.
No podía entender lo que estaba diciendo. Solo oyó una voz gritando.
Y se mezclaba con el sonido de las cadenas, el
sonido metálico, siendo arrastrado y tirado con gran vigor. Los sonidos
emitidos por una persona que luchaba contra sus ataduras. ¿Qué clase de
prisionero estaría confinado en las entrañas de la Residencia Imperial?
Al final de un pasillo estrecho, Rokuta encontró
una escalera de piedra que descendía a través de la penumbra. Esas debían ser
las escaleras de las que la viceministra había hablado. Más abajo se encontraba
la fuente del sonido, la fuente de un olor amargo, flotando en una corriente
lánguida de aire.
Agarrándose a la barandilla, Rokuta bajó
rápidamente. El corredor se estrechó aún más y continuó en las profundidades
del palacio. Las paredes eran de color negro con polvo y moho, lo que sugería
que se utilizaba muy poco.
—Este debe ser el camino. Pero ¿quién en el mundo
está haciendo esos sonidos tan extraños?
Con cada paso que daba, la voz se hacía más clara.
Divisó un conjunto de puertas al final de un pasillo lateral. El ruido venía de
detrás de esas puertas. Un gemido, un aullido que no formaba ninguna palabra.
Sin embargo, un kirin poseía la capacidad de
percibir el significado detrás de ellos:
“Déjenme salir”.
Rokuta se salió del camino por un momento y se
aventuró por el callejón. No podía ignorar tal grito desesperado de ayuda.
Cuando llegó a la puerta, los sonidos cesaron de
repente. Buscando a esa alma, sus sentidos registraron ahora a un hombre
llorando en voz baja.
Rokuta puso las manos en la puerta y empujó. La
puerta se abrió lentamente sin ninguna resistencia. ¿Por qué?, se hizo obvio
inmediatamente. Frente a la puerta había una celda como en la que él había sido
confinado, con un entramado de barras de hierro bloqueando la salida.
Aunque era bastante grande, la única fuente de luz
en la habitación sin ventanas provenía de la puerta abierta. Al principio,
Rokuta solo pudo distinguir una sombra en cuclillas al pie de la puerta de
hierro con barrotes.
Un anciano delgado y ojeroso. Estaba allí sentado
agarrando las barras con las manos sucias.
Al ver a Rokuta levantó su cara llena de lágrimas,
sacudió las barras y levantó la voz. Una cadena enrollada como una serpiente
por el suelo de piedra sucio se adhería a la pierna del hombre. La cadena se
sacudió y rechinó con cada movimiento.
Rokuta miró con asombro al desgraciado y
atormentado anciano.
—¿Quién… quién eres?
No hubo respuesta. El anciano abrió la boca para
gritar, pero solo logró un gemido.
Déjame salir, quería decir. Déjame salir.
Detente. Te equivocas, te equivocas…
—¿Quién haría algo así?
La razón de esos gritos sin palabras era cruelmente
evidente. No había ninguna lengua en la boca del anciano.
—Rikaku. ¿Puedes abrir estas barras?
No. El seguro está encantado.
De hecho, los caracteres grabados en la superficie
rugosa, oxidada tenían un hexágono vinculante.
—¿Por qué? —murmuró Rokuta—. No puede ser… ¿eres
Genkai?
Genkai. El padre de Atsuyu. El señor provincial de
Gen. Atsuyu había dicho que estaba enfermo. Los rumores decían que estaba loco,
que se ocultaba en el Palacio Interior y no le daba la cara a nadie. Tal vez se
había encerrado lejos -y ahora estaba encadenado a una pared y encerrado dentro
de esta celda-.
El anciano no ofreció ni una afirmación o negación,
solo repetía para sí mismo:
Te equivocas, te equivocas. Detente. Porque,
puedes ver, porque…
—Cálmate. Si no te calmas, no puedo entenderte.
¿Eres Genkai?
El anciano negó con la cabeza. Rokuta suspiró. No
sabía quién podría ser esta persona o por qué estaba cautivo, solo que él no
era Genkai. No pudo evitar una sensación de alivio, sin embargo, al mismo
tiempo, no podía ignorar la realidad dolorosa de que un preso era mantenido
allí en condiciones miserables.
—Lo sé, lo sé. No llores. No puedo ayudarte en este
momento. Pero voy a hacer algo. Lo prometo. Solo espera un poco más. ¿Bueno?
Llorando copiosamente, el anciano asintió con la
cabeza una y otra vez. Incluso aunque hubiera cometido un crimen atroz, ningún ser
humano debía se encadenado así. ¿Cómo pudo pasar por alto Atsuyu una condición
tan bárbara? Rokuta no podía creer que él no sabía lo que estaba pasando en el
palacio provincial.
No me dejes aquí, balbuceó el anciano.
Rokuta lo tranquilizó lo mejor que pudo y siguió su
camino.
—Atsuyu, ¿cómo has podido permitir que algo como
esto suceda justo debajo de tu nariz?
¿No dijiste que estabas haciendo todo esto por
el bien de las personas?

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