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El Niño Demoníaco

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viernes, 3 de febrero de 2023

Dios del Mar en el Mar del Este, Extenso en el del Oeste - Capítulo 31

 

CAPÍTULO 31

 

 

 

Rokuta se apoyaba en la pared para evitar que sus piernas colapsaran.

—Rikaku… Rikaku…

Llamó a su shirei y no obtuvo respuesta.

—Rikaku. Youhi.

Los percibió débilmente, pero solo oyó su angustia. El kirin estaba estrechamente unido a sus shirei. Cuando un kirin sufría, también lo hacían ellos.

—Rikaku.

Había rango y estatus entre los shirei. Rikaku y su nyokai Youhi eran los principales y por ellos, estaban sufriendo tanto. Rokuta ni siquiera podía sentir las reacciones de los demás.

Deseaba más que nada acostarse y dormir. Pero él estaba a contrarreloj. Ya se había escapado y no había más rehenes vinculados a él. Otros podrían haber sido forzados a tomar el lugar de Ribi y el bebé, excepto que el hechizo que una vez lo ató ya no poseía sus poderes malignos.

Dirígete hacia el Ejército Imperial y diles que se queden hasta que puedas volver a Kankyuu y tener una conferencia con Shouryuu.

Había lógica en lo que Atsuyu le había dicho. Privados de su soberanía, las nueve provincias eran demasiado grandes para que una sola persona las administrara. No tenía ningún sentido.

El descontento era comprensible, por no mencionar el malestar perpetuo de los que viven en las llanuras de inundación del Rokusui. No importaba. La guerra debía ser evitada a toda costa. Ekishin, Ribi y el niño fueron suficientes. Nadie más tenía que morir.

Rokuta instó a sus débiles piernas, logró pasar por el túnel y llegó al corazón del Palacio Interior. El palacio en cada reino y provincia seguía el mismo diseño general. Hizo un camino hacia la parte de atrás y se dirigió a la Mansión Choumei. Cada palacio tenía una Mansión Choumei, donde la familia del emperador o señor provincial residían.

Ayudándose de la decorada pared para mantenerse en pie, se dirigió por el pasillo.

Un hilo de voz lo llamó:

Taiho.

—¿Eres tú, Rikaku? ¿Qué?

Personas.

Rokuta se detuvo. Allí, en las profundidades de la Mansión Choumei, el Palacio Interior estaba en calma. No había señales de vida. Pero eso no quería decir que debía estar desprovisto de actividad humana.

—¿Criados? ¿Sirvientes?

No, respondió Rikaku, igualmente desconcertado.

Aguzando el oído, Rokuta escuchó un leve ruido. Un hombre gritando. Tal vez una bestia bramando. Frente a él, o detrás de él. No podía decidir.

Dio un paso vacilante hacia adelante. Al doblar la esquina, un claro grito como el cristal golpeó sus oídos.

Se echó hacia atrás por reflejo. Rokuta miró en la dirección de las voces. Unos momentos más tarde, se movió hacia ella de nuevo. No podía entender lo que estaba diciendo. Solo oyó una voz gritando.

Y se mezclaba con el sonido de las cadenas, el sonido metálico, siendo arrastrado y tirado con gran vigor. Los sonidos emitidos por una persona que luchaba contra sus ataduras. ¿Qué clase de prisionero estaría confinado en las entrañas de la Residencia Imperial?

Al final de un pasillo estrecho, Rokuta encontró una escalera de piedra que descendía a través de la penumbra. Esas debían ser las escaleras de las que la viceministra había hablado. Más abajo se encontraba la fuente del sonido, la fuente de un olor amargo, flotando en una corriente lánguida de aire.

Agarrándose a la barandilla, Rokuta bajó rápidamente. El corredor se estrechó aún más y continuó en las profundidades del palacio. Las paredes eran de color negro con polvo y moho, lo que sugería que se utilizaba muy poco.

—Este debe ser el camino. Pero ¿quién en el mundo está haciendo esos sonidos tan extraños?

Con cada paso que daba, la voz se hacía más clara. Divisó un conjunto de puertas al final de un pasillo lateral. El ruido venía de detrás de esas puertas. Un gemido, un aullido que no formaba ninguna palabra.

Sin embargo, un kirin poseía la capacidad de percibir el significado detrás de ellos:

“Déjenme salir”.

Rokuta se salió del camino por un momento y se aventuró por el callejón. No podía ignorar tal grito desesperado de ayuda.

Cuando llegó a la puerta, los sonidos cesaron de repente. Buscando a esa alma, sus sentidos registraron ahora a un hombre llorando en voz baja.

Rokuta puso las manos en la puerta y empujó. La puerta se abrió lentamente sin ninguna resistencia. ¿Por qué?, se hizo obvio inmediatamente. Frente a la puerta había una celda como en la que él había sido confinado, con un entramado de barras de hierro bloqueando la salida.

Aunque era bastante grande, la única fuente de luz en la habitación sin ventanas provenía de la puerta abierta. Al principio, Rokuta solo pudo distinguir una sombra en cuclillas al pie de la puerta de hierro con barrotes.

Un anciano delgado y ojeroso. Estaba allí sentado agarrando las barras con las manos sucias.

Al ver a Rokuta levantó su cara llena de lágrimas, sacudió las barras y levantó la voz. Una cadena enrollada como una serpiente por el suelo de piedra sucio se adhería a la pierna del hombre. La cadena se sacudió y rechinó con cada movimiento.

Rokuta miró con asombro al desgraciado y atormentado anciano.

—¿Quién… quién eres?

No hubo respuesta. El anciano abrió la boca para gritar, pero solo logró un gemido.

Déjame salir, quería decir. Déjame salir. Detente. Te equivocas, te equivocas…

—¿Quién haría algo así?

La razón de esos gritos sin palabras era cruelmente evidente. No había ninguna lengua en la boca del anciano.

—Rikaku. ¿Puedes abrir estas barras?

No. El seguro está encantado.

De hecho, los caracteres grabados en la superficie rugosa, oxidada tenían un hexágono vinculante.

—¿Por qué? —murmuró Rokuta—. No puede ser… ¿eres Genkai?

Genkai. El padre de Atsuyu. El señor provincial de Gen. Atsuyu había dicho que estaba enfermo. Los rumores decían que estaba loco, que se ocultaba en el Palacio Interior y no le daba la cara a nadie. Tal vez se había encerrado lejos -y ahora estaba encadenado a una pared y encerrado dentro de esta celda-.

El anciano no ofreció ni una afirmación o negación, solo repetía para sí mismo:

Te equivocas, te equivocas. Detente. Porque, puedes ver, porque…

—Cálmate. Si no te calmas, no puedo entenderte. ¿Eres Genkai?

El anciano negó con la cabeza. Rokuta suspiró. No sabía quién podría ser esta persona o por qué estaba cautivo, solo que él no era Genkai. No pudo evitar una sensación de alivio, sin embargo, al mismo tiempo, no podía ignorar la realidad dolorosa de que un preso era mantenido allí en condiciones miserables.

—Lo sé, lo sé. No llores. No puedo ayudarte en este momento. Pero voy a hacer algo. Lo prometo. Solo espera un poco más. ¿Bueno?

Llorando copiosamente, el anciano asintió con la cabeza una y otra vez. Incluso aunque hubiera cometido un crimen atroz, ningún ser humano debía se encadenado así. ¿Cómo pudo pasar por alto Atsuyu una condición tan bárbara? Rokuta no podía creer que él no sabía lo que estaba pasando en el palacio provincial.

No me dejes aquí, balbuceó el anciano.

Rokuta lo tranquilizó lo mejor que pudo y siguió su camino.

—Atsuyu, ¿cómo has podido permitir que algo como esto suceda justo debajo de tu nariz?

¿No dijiste que estabas haciendo todo esto por el bien de las personas?


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