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El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

viernes, 3 de febrero de 2023

Dios del Mar en el Mar del Este, Extenso en el del Oeste - Capítulo 35

 

CAPÍTULO 35

 

 

 

Kouya llegó a una celda recién preparada y acompañó a Fuukan adentro.

—Él puede descansar allí.

El guardia tomó al muchacho de su espalda y lo puso sobre la cama.

—Parece muerto para el mundo.

—Él realmente está en mal estado.

Kouya colocó el dorso de sus dedos contra la mejilla de Rokuta. La piel estaba caliente al tacto. Nunca hubiera imaginado que la sangre pudiera ser tan debilitante. Miró a la cara de Rokuta, confusión y preocupación confundiendo sus pensamientos.

Fuukan dijo:

—Esa mujer de la que estaban hablando, realmente se la diste de comer al youma, ¿verdad?

—Por favor. Yo nunca haría una cosa así. El ministro es una persona muy gentil. Nunca me lo perdonaría.

—¿Estás seguro? Este lugar da miedo.

Kouya le sonrió a Fuukan.

—Dije que no lo hice. En cualquier caso, es mejor que mantengas ese tipo de pensamientos para ti mismo. —Lo dijo en un tono de completa indiferencia en su voz—. Haz cualquier cosa que le signifique una carga al ministro, y de ninguna manera encontrarás piedad alguna de mi parte.

—Como he dicho, miedo —el guardia murmuró para sí mismo.

—Te lo voy a dejar bajo tu cuidado por ahora. Mantenlo bajo una estrecha vigilancia —Kouya giró sobre sus talones.

—Kouya —dijo Rokuta detrás de él.

Kouya dio la vuelta y corrió hacia la cama.

—¿Estás bien? ¿Estás herido en alguna parte?

—Estoy bien —Rokuta miraba hacia él.

Tomó lentas bocanadas de aire y luego respiró rápido. Después de un largo rato examinando la cara de Kouya. Dejó escapar un largo suspiro y cerró los ojos como para evitar un doloroso espectáculo.

—Kouya, hueles a sangre.

Kouya se estremeció y dio un paso atrás.

—Mataste… a alguien… —Rokuta se cubrió la boca con las manos—. Tú no olías a sangre antes.

—Estos son tiempos peligrosos. Por supuesto que he matado. Ese es mi deber. Si tú amenazaras la vida del ministro, tendría que matarte a ti también.

—¡Oh! —murmuró Rokuta. En voz más alta dijo—: Kouya, tengo que pedirte un favor.

—¿Qué?

—Llévame con el Ejército Imperial.

—¡No puedo hacer eso! —dijo Kouya, claramente desconcertado.

—Entonces, pregúntale a Atsuyu.

—No puedo, Rokuta.

Rokuta no había desafiado a Atsuyu. Es por eso por lo que aún estaba vivo. Aunque Atsuyu lo había arrinconado, él no parecía dispuesto a matar a su rehén. No había forma de saber cómo podría reaccionar si Rokuta se volvía contra él.

Rokuta abrió los ojos.

—Ahora que sé lo que está pasando, no voy a cooperar con Atsuyu.

—Rokuta…

—Un hombre que te convirtió en su asesino personal no es un hombre que pueda respetar. ¿No me dijiste una vez que detestabas la masacre humana?

—¿Eh? —Kouya parpadeó sorprendido.

—La primera vez que nos encontramos, ¿no me dijiste que Grande no escuchaba cuando le decías que no atacara a la gente? Eso te entristecía.

Atónito, Kouya le devolvió la mirada.

—Y, sin embargo, te manda a matar. Y debes obedecer. Yo nunca podría respetar a un hombre que hace tales cosas.

—Rokuta… —dijo Kouya.

Aunque había protestado, nadie le creyó. Sin embargo, insistió en que el youma no atacaría, y nadie se atrevía a poner esa promesa a prueba. Ni siquiera Atsuyu era capaz de acariciar a Rokuta.

—Eso no es algo que me quite el sueño. Soy el sirviente de Atsuyu. Voy a matar a cualquiera que lo lastime. —Le devolvió una mirada triste a Rokuta. —Los kirin no son diferentes. He oído que no pueden desafiar al emperador.

—Shouryuu nunca me mandaría a matar a nadie.

—¿Puedes decirlo con certeza? Nadie sabe de lo que es capaz hasta que lo hace. Tu amo y mi señor no son diferentes.

Incluso Kouya quería creer que el Ministro en Jefe del Rikkan era puro como la nieve recién caída. Pero ningún gobierno podría funcionar eficazmente sin tener que ensuciarse las manos. ¿Podría hacerlo el emperador? A duras penas.

—Bueno, yo puedo decirlo con certeza.

Kouya le lanzó una mirada nerviosa a Fuukan. Estaba sentado en la cama como si estuviera listo para relajarse y tomar una siesta. Miró a Kouya y sonrió con complicidad.

—Nunca le pediría a Rokuta que matara a nadie. Sería mucho más rápido si lo hago yo mismo, ya lo verás.

Kouya se le quedó mirando.

—Tú…

Rokuta se incorporó.

—¡Shouryuu, idiota!

Shouryuu le dio un golpecito en la frente.

—¿Quién es el idiota aquí? Necesitas descansar.

—El emperador de En —murmuró Kouya.

—Y tú debes ser Kouya. Si realmente lo consideras tu amigo, entonces ¿por qué no dejas que se vaya? Para ser honesto, no causa más que problemas. Pero las cosas van a irse al garete cuando él no esté.

Kouya puso su mano sobre la cabeza del youma.

—¿Así que cuando el kirin no exista, perderás tu humanidad?

—Nah —sonrió Shouryuu—. Cuando él no esté, todos los ministros vendrán a mi quejándose en su lugar. Es un verdadero dolor en el trasero.

Kouya tensó la mano apoyada sobre la cabeza del youma.

—¿Para qué viniste a Gen?

—No pude encontrar a nadie tan capaz como yo para hacer el trabajo.

—¿Te refieres al ministro?

Tan pronto como Kouya deslizó la mano del youma, Rokuta dijo:

—¡Basta, Kouya! ¡Si algo le pasa a Shouryuu, nunca te lo perdonaré!

Kouya ladeó la cabeza hacia un lado.

—¿Todavía insistes en protegerlo?

Rokuta asintió. Una sola palabra había bastado para saber que era Shouryuu. Abajo, en las catacumbas, había un resplandor a su alrededor, un rayo de sol que no debería existir. Shouryuu era el emperador. Eso por sí solo no podía negarse.

—Te lo dije, ¿no? Soy el sirviente de Shouryuu.

—Y yo lo soy del ministro Atsuyu. —Kouya enfrentó a Rokuta y dijo con un trono tajante en voz—: voy a hacer lo que él mande. Estoy aquí para protegerlo, incluso si eso significa matar a cualquiera que se interponga en su contra.

—¿Y si Atsuyu te lo ordena, te convertirás en cómplice de la insurrección? ¿Incluso si eso significa que Atsuyu se convierta en traidor? ¿Incluso si eso se traduce en que cada flecha disparada con ira lo golpeará?

—Si él desea el rango de emperador, entonces que así sea, incluso si es considerado un traidor. Él espera plenamente ser señalado como un rebelde y está muy bien con eso. Con el reino encaminándose hacia la destrucción, si él desea convertirse en el Señor Dios Creador, eso estará bien para mí también. Me gustaría estar allí para darle a Atsuyu toda la ayuda posible.

—Entonces, ¿qué hay de mí? —Rokuta miraba a Kouya, ese otro niño que se despertó en la misma noche para encontrarse siendo abandonado—. Me agradas. Pero no puedo soportar el olor de la sangre proveniente de ti.

—Lo que sea necesario. De la misma manera que defenderás a Shouryuu, yo defenderé a Atsuyu.

—¿Y para eso vas a matar a cualquiera que se interponga en su camino? ¿Eso no te molesta de alguna manera?

Es imposible que no, pensó Rokuta.

El Kouya que Rokuta conocía no era esa clase de persona.

—¿Matarás si Atsuyu lo aprueba? ¿Te apartarás del rumbo y levantarás ejércitos? ¿Enviarás el reino a la destrucción y a la ruina? ¿Quieres crear más niños como tú?

Kouya respondió en voz baja.

—Todos son desconocidos para mi —su pálido rostro estaba desprovisto de emoción—. Y qué si el reino se va a la ruina.

Rokuta se le quedó mirando.

—Kouya…

—¿Por qué muere la gente? Debido a que las personas nacen para morir. Reinos se levantan y reinos caen. Sin embargo, el dolor es algo tangible, no podemos detener nuestra propia destrucción inevitable.

Kouya era el hijo de un youma. Cuando un youma aparecía en las fronteras de un reino, llegaba a sembrar la destrucción. Era, sin duda, el hijo de la destrucción.

—Mientras viva Atsuyu, los demás pueden morir.

Rokuta le devolvió la mirada, sorprendido. ¿Por qué no se había dado cuenta antes? La dureza de su corazón no lo habría sorprendido en lo más mínimo.

—Aunque podría hacer una pequeña excepción solamente para Rokuta, Atsuyu no tiene ningún interés en particular en tu destino, así que no tengo ningún motivo para preocuparme. Encontraría varias formas de atormentarte. Cuánto sufre todo el mundo, cuánto decae el reino, nada de eso importa al final. Si todo está bien para Atsuyu, está bien para mí.

—¡Kouya!

—¿Es la caída del reino lo que te asusta? ¿Es la destrucción? ¿Su muerte? ¿Quieres que te enseñe el camino para encontrar la paz? —él esbozó una sonrisa brillante—. Deja que todos se vayan al infierno.

—¿Y si Atsuyu también muere? —preguntó Rokuta.

Kouya respondió con apenas un encogimiento de hombros.

—Si eso es lo que quiere Atsuyu, entonces que así sea.

—¡Este es tu reino también! —La voz de Shouryuu repentinamente sonó.

Rokuta y Kouya lo miraron sorprendidos.

—Atsuyu no es la única cosa que puedes llamar tuya. Lo mismo ocurre con este reino.

Rokuta desvió la mirada.

—Shouryuu, no tiene sentido.

—¡No hasta que yo diga que no lo tiene! —rugió Shouryuu. Y dirigiéndose a Kouya le dijo—: ¿”Deja que todos se vayan al infierno”, dices? ¿Vive y deja morir, dices? ¡Son mis súbditos de los que estás hablando!

»Con ese tipo de actitud, ¿qué estoy haciendo aquí?

Kouya parpadeó.

—¿De qué sirve un emperador sin ningún súbdito? Pide un reino para gobernar y es la gente quien te lo confía. ¡Esa es la única razón por la que soy emperador! ¿Y estás bien con todo yéndose al infierno? ¿Qué crees que estoy haciendo aquí?

Las personas -sus personas- huyeron solo para chocarse con una pared de flechas. El castillo y el campo y todos los que vivían allí desaparecieron en las llamas.

—¿Por qué se me permitió vivir en desgracia? ¿Por qué se me permitió escapar? Me dieron un reino para gobernar y murió. Habría dado de buen grado mi vida por ellos. Pero me dijeron que se me había confiado otro reino. Esa es la única razón por la que aguanté.

“¿Quieres un reino?”, le había preguntado Rokuta.

—La única razón por la que existo es para entregarte un reino rico y abundante, Kouya.

Durante un minuto, Kouya solamente contempló estupefacto a Shouryuu. Luego dijo lenta y deliberadamente.

—No soy tan ingenuo como para creer esas promesas endulzadas con azúcar.

Él se puso de pie. Como había anhelado un lugar donde pudiera llevar una vida tan tranquila. Pero había llegado a darse cuenta de que todo era una fantasía. Al igual que Hourai, que se mantuvo siempre fuera de su alcance. Tal reino habitado por un pueblo así era la cima de una montaña que nunca alcanzaría, sin importar cuánto tiempo subiera.

—No he oído nada. No sé nada —Kouya hizo una mueca y les dio la espalda—. Te dejaré a cargo por ahora, Fuukan. Los ministros encargados de la custodia del Taiho estarán aquí pronto. El Taiho tendrá que permanecer aquí por el momento.

—Kouya.

Kouya miró por encima de su hombro.

—Como te dije. Cualquiera que amenace a Atsuyu tendrá que responder ante mi youma. Eso es una cosa que nunca se debe olvidar.

 

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