CAPÍTULO
26
Sobre el Mar de las Nubes, Atsuyu miraba hacia el mundo de abajo.
—Ellos llegaron aquí más rápido de lo que esperaba.
De pie detrás de él, Kouya se inclinó hacia delante
para ver por sí mismo. Al otro lado del sinuoso Rokusui que rodeaba Ganboku,
más allá del terreno pantanoso que bordeaba las orillas opuestas, las banderas
del Ejército Imperial salpicaban los pasos de la montaña.
—Y así comienza.
Dos meses habían pasado desde el secuestro del
Taiho, es decir, el Ejército Imperial se había reunido y marchado hacia Ganboku
en poco tiempo. Cuando sus tropas vadearan el río, las hostilidades comenzarían
en serio.
—Con el debido respeto, ministro.
El hombre que levantó la voz era Hakutaku, el
primer ministro. Se arrodilló detrás de ellos, con cara de aflicción.
—¿Qué?
—Muchos en la ciudad y sus alrededores están en un
alto estado de agitación. Dicen que es un rebelde que ha tramado una
insurrección.
Atsuyu sonrió.
—Si un hombre que pretende abolir las prerrogativas
del emperador y elevarse a un cargo superior no es insurrecto, entonces ¿quién
lo sería?
—Los soldados están nerviosos. Los signos de la
deserción están apareciendo en las filas. ¿De verdad cree que explicaciones
como estas serán suficientes para elevar la moral?
Atsuyu se acercó a Hakutaku y le dijo con una
mirada helada:
—Tú sabías a donde conducía este camino, Hakutaku.
De iniciar una revuelta. ¿Te estás echando para atrás?
—Los soldados no lo hicieron. No sabían nada de
nada de esto. Ellos no sabían nada de nada de esto. El Ejército Imperial
apareciendo en nuestra puerta hará que los reclutas se pregunten qué están
haciendo aquí.
—Eso no puede ser un gran misterio.
—Ministro, ¿este es realmente el mejor camino para
seguir?
Atsuyu hizo una mueca.
—Es un poco tarde en el juego para hacer esa
pregunta, Hakutaku.
Hakutaku únicamente inclinó la cabeza. Kouya miraba
con un sentido de desapego emocional. Casi no podía culpar al hombre por
albergar dudas. Nadie se atrevió a ser brutalmente honesto delante de los
soldados o incluso delante de la función pública, pero por cómo estaban las
cosas ahora, claramente no era el mejor camino para seguir.
El Ejército Imperial había llegado con un número de
soldados mayor de lo previsto. Cuando dejaron Kankyuu, la Guardia del Palacio
apenas tenía unos 7.500 efectivos. Los ministros provinciales de Gen predijeron
una victoria fácil, sabiendo que ningún asalto ordinario podría romper las
defensas casi impenetrables del palacio provincial.
Por otra parte, estaban en su propio territorio y
conocían la configuración del terreno.
La derrota está fuera de cuestión, se
aseguraron a sí mismos.
Atsuyu miró hacia Hakutaku y preguntó con un tono
frío en su voz:
—¿Cuál es el actual número de efectivos del
Ejército Imperial?
—Al menos veinte mil.
—¿Qué? —Los ojos de Atsuyu se abrieron completamente—.
Es decir, tres mil más que en el último informe.
—Sí —dijo Hakutaku haciendo una reverencia.
Tres mil, Kouya se repitió para sí mismo.
El Ejército Imperial añadió más reclutas a sus
filas con cada paso que daba.
La mayoría de los nuevos reclutas -los ministros
rieron al principio- eran agricultores que habían estado labrando sus campos,
incluso llevaban aun sus azadas en la mano. Pero dejaron de reír cuando los
totales superaron los diez mil.
Los rumores decían que el ministro en jefe del Gen
Rikkan conspiraba para usurpar el trono, lo que sumiría una vez más al reino en
el caos. El descontento de la población crecía día a día. Los que habían
apoyado a Atsuyu, ahora expresaban abiertamente su descontento. Las críticas a
Atsuyu comenzaban a ser escuchadas entre la función pública de Gen.
El Ejército Imperial incluso encontró reclutas en
las ciudades alrededor de Ganboku.
Se decía incluso que en las calles estaban
alineados los voluntarios que se dirigían a Ganboku, dispuestos a luchar junto
al emperador.
—Hay mensajes de Kankyuu informando que las
defensas de la ciudad por parte de la Guardia Provincial de Sei han llegado a
treinta mil.
—Absurdo —Atsuyu ladró con intrepidez no
disminuida, mostrando la usual resolución en su rostro, como la de una dura
roca—. ¿Qué está pensando la provincia de Kou? ¡Deberían estar atacando al
Ejército Imperial desde la retaguardia!
Hakutaku solo se inclinó aún más. Sobre el papel,
la Guardia Provincial de Gen tenía 12.500 efectivos. Pero en realidad, estaban
más cerca de los 8.000. Tres mil de ellos fueron en calidad de préstamo a la
provincia de Kou, con tres mil civiles adicionales reclutados para llenar las
filas.
—El señor provincial de Kou se trasladó a Kankyuu y
se convirtió en primer ministro.
Atsuyu dio un gran paso hacia Hakutaku. Estaba
prácticamente de pie encima de él.
—¿Por qué no se me había informado sobre esto? ¿Qué
están haciendo nuestros espías allí?
—Lo siento. Esta nueva información los tomó por
sorpresa.
—Idiotas.
Tú eres el idiota, quería gritarle Hakutaku.
Sospechando por la falta de inteligencia procedente
de Kankyuu, había enviado a sus propios espías para hacer el respectivo
seguimiento, solo para descubrir que estaban omitiendo deliberadamente los
informes.
¿Qué pensabas que iba a pasar cuando rechazaste
al emperador elegido de acuerdo con la Voluntad Divina?
Sublevarse y exigir la independencia por el bien de
la gente de Gen era una cosa. Secuestrar al Taiho e intentar extorsionar al
emperador era otra muy distinta. Con eso, junto con el personal del consulado
de Gen, los espías salieron a la vista y se unieron al Ejército Imperial.
—Me temo que hemos tomado el peso del trono
imperial y la majestuosidad de los Decretos Divinos demasiado a la ligera.
—¿Sería el mismo peso y majestad concedida al
emperador Kyou?
—La gente sin duda lo cree. Todos ellos creen
fervientemente que el reinado del nuevo emperador dará a luz un futuro
próspero. Hemos declarado nuestra intención de traicionar ese futuro. Es
perfectamente lógico que las personas elijan distanciarse de nosotros.
—¡Hakutaku!
Cuando Atsuyu se irguió en toda su estatura, Kouya
escuchó un ruido extraño. De su bolsillo llegó un sonido como la cuerda de un
arco al romperse. Eso lo hizo quedar helado.
Atsuyu y Hakutaku se volvieron a él.
—¿Qué?
La sangre abandonó el rostro de Kouya.
—La línea roja se rompió.
—¿Qué?
—Tengo que ir a ver lo que pasó.
Kouya se dio la vuelta y saltó sobre la espalda de
su youma.

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