PARTE
III
CAPÍTULO
10
En el momento en que Rokuta le dio a Kouya su nombre, él vivía en las
montañas Kongou.
Las montañas Kongou encierran el Mar Amarillo en el
centro del mundo, las empalizadas formadas por sus picos sobresalen a través
del Mar de las Nubes. Los youma anidan en cuevas estrechas desperdigadas
en los acantilados de las montañas Kongou. Unidas entre sí por una vasta red de
túneles, las cuevas quizá seguían todo el camino hasta el Mar Amarillo.
Kouya se sentó en el nido maloliente y contempló al
youma.
—Soy Kouya. A partir de ahora, así me vas a llamar.
Si no lo haces, voy a olvidar quién soy.
Entendido, el youma gorjeó a cambio.
—Entonces, ¿Grande quiere un nombre también?
El youma solo inclinó la cabeza hacia
adelante.
—Entonces será Rokuta. De esa manera, no olvidaré
al Rokuta humano tampoco.
Rokuta fue la primera persona que había conocido
que no era su enemigo, que no huyó o intentó cazarlo a él o a su youma,
que se sentó junto a él y habló con él y le dio un nombre.
Kouya rodeó con sus brazos el cuello del youma.
—Debes hablar también, como el Rokuta humano.
Ahora él era lo suficientemente grande para
entender lo que significaba la palabra soledad. Había muchas ciudades en
las tierras cerca del mar, y muchas personas en esas ciudades. Personas del
mismo tamaño que Kouya, personas mayores que él, tomados de la mano, llevando a
sus hijos en sus brazos…
Estas escenas le gustaba verlas a Kouya, sin
embargo, al mismo tiempo era doloroso verlas. Observar a los padres y a sus
hijos, a los niños corriendo por todos lados, era tan desgarrador que no podía
soportarlo.
Y, sin embargo, apenas se iba, deseaba con todo su
corazón volver a verlos.
El youma que cuidaba de Kouya nunca se
relacionaba con los de su propia especia. Los youma que encontraron en
sus viajes invariablemente buscaban pelea. Probablemente fuera su naturaleza.
Así que la vida diaria de Kouya consistía solo con ellos dos.
Si él iba en busca de compañía humana en las
ciudades, el youma atacaría a los humanos. La situación no tardaría en
salirse de control, y en poco tiempo estarían atacando también a Kouya con
espadas y lanzas.
Él le rogaba al youma que no lo hiciera,
pero cuando un youma tiene hambre, el apetito es el que manda. Y aun
cuando él no atacara, la gente que veía a Kouya y al youma empezaban a
gritar y a huir para salvar sus vidas, o daban la vuelta y atacaban con todas
las armas que tenían a mano.
Kouya miraba al youma a los ojos y repetía:
—Rokuta —una y otra vez—. Si dejas de atacar a la
gente, entonces podríamos ir a Kankyuu juntos.
Pequeñito, gorjeaba el youma.
—No. Soy Kouya. Kouya.
Pequeñito, dijo el youma de nuevo,
con una voz que indicaba que quería salir y quería que Kouya lo acompañara.
—Si no me llamas por mi nombre, terminaré
olvidándolo de nuevo, de la misma manera que he olvidado mi nombre real.
Su madre, sin duda se habría dirigido a él por su
nombre mientras caminaban de la mano. Pero no podía recordarlo.
—Llámame Kouya.
Los niños jugando en las calles, sus padres
llamándolos, levantándolos en sus brazos, golpeándolos para disciplinarlos
-Kouya los envidiaba a todos-. Las únicas manos que recordaba eran las de su
madre que lo abandonó en las montañas, la callosa mano del hombre que lo llevó
a los acantilados para ver el océano.
¿Por qué no había una mano cálida así en su vida?
¿Por qué la gente era tan amable con otros niños y, sin embargo, a él lo
abandonaron y le hicieron cosas tan terribles?
Había un reino llamado Hourai cruzando el mar. Si
pudiera llegar a él, nadie lo ahuyentaría de nuevo. Una mano cálida seguramente
encontraría la suya. Si miraba el tiempo suficiente, en algún lugar debía haber
una ciudad que lo recibiría con los brazos abiertos.
—Rokuta.
Rokuta había escuchado lo que tenía que decir, le
dio comida, palmaditas en la espalda. Le pidió a Kouya que fuera con él. No
habría ningún final a las cosas que podían hablar. Rokuta siempre lo llamaba
por su nombre. Podrían jugar juntos todo el día al igual que los niños en las
ciudades.
—Sí, yo debería haber ido con Rokuta.
Excepto que el youma fue el primer ser vivo
que no había tratado de matarlo. Kouya echó los brazos alrededor del cuello del
youma y enterró el rostro en las plumas rojas.
—Me gustaría que ambos hubiésemos podido ir —Kouya
volvió a recordarle al youma—: no puedes ir por ahí atacando a la gente.
Cuando tenía hambre, el youma mataría y
comería al primer animal que viera. Así Kouya aprendió a cazar para él. Cuando
estaba lleno, el youma escuchaba lo que Kouya le dijera.
Pero incluso cuando el youma dejó de atacar
a las personas, la gente todavía los despreciaba. Al llegar cerca de cualquier
ciudad, empezarían a llover las flechas. Y aunque no tenía ninguna razón para
seguir visitando la orilla opuesta, Kouya no podía decidirse a dejar de ir
allí.
Ese anhelo de compañía humana aumentaba a medida
que crecía. Pero no había ningún lugar donde Kouya pudiera mezclarse con la
gente común. El youma seguía sin llamar a Kouya por su nombre. Lo único
que podía hacer era hablar en voz alta para sí mismo.
A veces, Kouya no podía evitar preguntarse si solo
había soñado conocer a Rokuta. Rokuta no había tenido miedo de él o del youma.
Había hablado con él como un verdadero amigo. Pensando en ello ahora, el
encuentro parecía tan increíble. Por lo que se aseguró a llamarse a sí mismo
Kouya y al youma, Rokuta.
No importa cuán hambriento estaba Kouya, el youma
era el primero en comer. No importan sus dolores y molestias, siempre se
aseguraba de ir a cazar para él. Siguiendo la advertencia de Rokuta de no comer
personas, de alguna manera mantuvo la conexión entre ellos.
Kouya podría soñar que en algún lugar había un
sitio que pudiera llamar suyo, donde simplemente menos personas les gritaran y
un menos número de flechas les fueran disparadas. Consideró separarse del youma
y buscar a Kankyuu por su cuenta, pero el youma lo llamaba “Pequeñito”
con tanto afecto que el impulso se marchitó dentro de él.
Kouya era el hijo de un youma, después de
todo. No podía relacionarse muy bien con los seres humanos.
Estaba dispuesto a abandonar la idea cuando conoció
a Atsuyu, en las mismas orillas del Mar Negro en la provincia de Gen, donde
previamente se había reunido con Rokuta.
Kouya montó al youma y sobrevolaba la tierra
como era su costumbre. Allí mató a unas pequeñas presas con unas rocas. Un
conejo o dos que no llenarían el estómago del youma. Kouya dejó al youma
terminar esa comida mientras cazaba presas más grandes. Una herida reciente de
una flecha todavía le dolía, estaba tan mal que no podía dormir. Pero tenía que
asegurarse de que el youma fuera alimentado.
Las flechas recorrían el cielo.
Kouya gritó y corrió a esconderse en el bosque. Le
habían disparado demasiadas veces para recordar, y tenía demasiadas cicatrices
de las puntas de las flechas para contar. No valía la pena quejarse por una
herida, olvidando todo lo que había aprendido.
Se escabulló entre los árboles y se enterró en la
maleza.
—Muchacho, ven —la voz sonó alta y clara. Como
Kouya contuvo el aliento, el hombre continuó—: ¿No eras tú el que viajaba con
un youma por el cielo?
A Kouya se le dificultaba comprender el lenguaje
humano. Pero por extraño que pareciera, entendió todo lo que dijo el hombre.
Hablaba sin miedo, ni ira. Eso despertó la curiosidad de Kouya. Sacó la cabeza
de la densa espesura.
Varios soldados estaban en la cresta de la
pendiente que se elevaba desde el bosque. La mayoría estaba de rodillas, con
sus arcos preparados. En el centro de la línea, un paso por delante de los
demás, había un hombre con los brazos cruzados.
—¿Vas a salir? —El hombre escaneó su entorno y les
dijo a los soldados—: Bajen sus arcos.
—Pero… —protestaron.
El hombre hizo un gesto con la mano y bajaron sus
arcos.
Kouya los observó bajar sus armas y se atrevió a
deslizarse unos cuantos pies hacia adelante. Los ojos del hombre sonriente
encontraron los suyos. A excepción de una mancha blanca sobre su ceja derecha,
tenía una cabellera roja como la del youma. La cautela de Kouya
disminuyó. El hombre se arrodilló.
—Ven —el hombre le aseguró—. Estarás bien.
Kouya emergió lentamente de la espesura. Él quería
ver cómo era estar rodeado de gente que tenía la intención de convertirlo en la
presa.
El hombre se inclinó y extendió su mano.
—Nadie va a hacerte daño.
Estaba siendo atraído hacia él, Kouya estaba a
punto de alejarse de la cubierta del bosque cuando un aullido lo detuvo en
seco:
DETENTE.
Con un crujido de plumas, el youma se
desplomó como una piedra y descendió frente a él. Rugiendo amenazadoramente a
los soldados en la colina, se puso en cuclillas y le imploró a Kouya que se
subiera a su espalda.
Los soldados que habían bajado sus arcos a toda
prisa los agarraron de nuevo y apuntaron al youma.
El hombre puso una rodilla en el suelo.
—¡Deténganse! ¡Que nadie dispare! —El hombre miró
al youma y de nuevo a Kouya sin la más mínima señal de miedo. Sino con
una expresión de intensa curiosidad—. Fascinante. El youma te está defendiendo. —Miró de nuevo
hacia Kouya—. Ven conmigo. Tú y el youma estarán a salvo. ¡Ah! Pero por
supuesto.
Se volvió a sus perplejos sirvientes, todavía
algunos levantaban sus arcos, otros no.
—Traigan el ciervo. —Entonces se volvió a Kouya—.
Debes estar cazando también. Pero no se puede matar a un ciervo con una roca.
Kouya se le quedó mirando y luego al cadáver del
ciervo. El hombre sin duda tenía la intención de dárselo a ellos. No entendía
por qué.
El hombre sonrió ante la consternación de Kouya.
—¿Has comida carne de venado también? ¿O es solo
para tu compañero?
De una bolsa en la cintura sacó un artículo
envuelto en hojas verdes. Desprendió las hojas para revelar una bola de masa de
arroz y cebada al vapor. Kouya recordaba los pasteles de arroz que Rokuta le
había dado.
—¿Y bien? —El hombre inclinó la cabeza hacia un
lado—. ¿No te gusta? ¿O prefieres la carne?
Kouya salió del matorral y dejó el bosque detrás.
El youma le pidió que se detuviera. Kouya no escuchó. Se enfrentó al
hombre y señaló al venado, entonces, miraba al youma y al ciervo.
El hombre asintió. Él le esbozó una sonrisa al youma.
—Es para ti. Ven y come. Eso sí, no vengas en pos
de cualquiera de nosotros.
El youma respondió con un gorjeo de
sospecha, pero dio un paso adelante, agarró la pata del ciervo con su boca y
tiró de ella acercándolo. Kouya observó al youma comer y con cautela se
volvió hacia el hombre, lanzando una mirada vacilante a su séquito. No parecía que
le iban a hacer nada malo.
Aliviado, se sentó. El hombre se acercó a él. Kouya
se encogió un poco. Él puso su mano sobre la cabeza de Kouya, una gran mano
cálida.
—Qué niño más extraño. Domesticaste a un youma.
La dulzura de su voz calmó los sentidos de Kouya.
Lo apartó. El contacto de su mano desapareció, sustituida por una intensa
sensación de anhelo.
—¿No te gusta que te toquen?
No es eso. Kouya negó con la cabeza.
—Está bien. No voy a hacer nada que no te guste.
¿De quién eres hijo? He oído historias de un duendecillo por estos lares que
está en compañía de un tenken. ¿Quién iba a creer que era un niño humano
real?
Kouya se limitó a mirar la cara sonriente del
hombre.
—¿Tienes un nombre? ¿Dónde vives?
—Kouya.
Ser capaz de responder a la pregunta tocó la fibra
más sensible de su corazón. Tenía un nombre y aquí era un lugar en el que el
nombre importaba. Había soñado con esta escena durante tanto tiempo.
—Kouya, ¿eh? ¿Son de por aquí, Kouya?
Ser llamado por su nombre era muy agradable.
Saboreó la sensación, volvió a mirar por encima del hombro y señaló a las
montañas distantes que se elevan en el cielo por encima de los árboles.
—¿Las montañas Kongou? No es el Mar Amarillo. Dicen
que ni los humanos, ni los youma pueden entrar y salir de allí a
voluntad.
—Los acantilados.
El hombre sonrió.
—Ya veo. Viven en los acantilados. Entiendes lo que
estoy diciendo, entonces. Chico listo.
Acarició a Kouya en la cabeza de nuevo. Esta vez
Kouya no se apartó.
—¿Cuántos años tienes? ¿Doce más o menos?
—No lo sé.
—¿Qué hay de tus padres?
Kouya negó con la cabeza.
—Otra familia con demasiadas bocas que alimentar.
Una gran cantidad de niños fueron abandonados en el Mar Negro de esa manera.
Has hecho un buen trabajo de sobrevivir por tanto tiempo.
—Debido a Rokuta —Kouya inclinó la cabeza ante el youma
detrás de él.
—Eso no es menos impresionante. Un niño criado por
un youma. Su nombre es Rokuta, ¿eh?
—Sí.
El hombre se rio. Dirigió su atención hacia el
brazo izquierdo de Kouya.
—¿Qué es esto? Esa herida está infectada.
Cuando Kouya asintió, lo tomó del brazo y lo
examinó más de cerca.
—Tienes la punta de una flecha incrustada en la
piel. Es necesario que seas tratado.
El hombre se puso de pie. Kouya sintió el aguijón
de su inevitable separación. Pero él se agachó.
—Ven conmigo. Realmente mereces una vida mejor que
esta.
—¿Ir contigo?
—Mi nombre es Atsuyu. Yo vivo en Ganboku. ¿Sabes en
dónde está?
Kouya negó con la cabeza.
—Puedes vivir conmigo. Necesitas ropas y educación.
Por no hablar de atención médica.
—¿Rokuta también? —Kouya preguntó con gran
aprensión.
—Pero por supuesto.

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