CAPÍTULO
9
Aunque Kankyuu era la capital del reino, sus calles eran cualquier cosa
menos amplias y espaciosas. Esto era algo propio del reino de En, en general.
Rokuta creía recordar que las calles de Kioto eran mucho más amplias.
Dentro de la Puerta del Faisán, envolvió un chal
alrededor de su cabeza. Apenas podía pasar inadvertido sin ocultar su cabello.
Por alguna razón, la melena del kirin no puede teñirse, por lo que tuvo
que emplear otros medios para ocultarla.
Se vistió con ropa de calle ordinaria y sin
preámbulos acompañó a Kouya por las calles de Kankyuu, con Ekishin siguiendo
cada movimiento.
Ekishin había sido un oficial del ejército bajo el
mando de Seishou. Cuando Seishou fue encarcelado, muchos de sus subordinados
presentaron sus renuncias y se refugiaron en sus cuarteles hasta que Seishou
fue liberado de la cárcel.
El emperador Kyou rechazó la mayoría de las
dimisiones, transfiriendo una buena parte de ellos a las funciones públicas, y
ejecutando a cualquiera que se negara. Sin embargo, al final del día, un buen
número logró sobrevivir. Ellos servían ahora en la Guardia del Palacio bajo el
Daiboku Seishou.
Además de haber sido elegidos personalmente por
Seishou, le eran leales y estaban entrenados en las artes marciales, y nunca
bajaban la guardia. Kouya y Rokuta intentaron perderlo al principio, pero
renunciaron al verlo imposible.
Ekishin mantuvo sus ojos bien abiertos.
El kirin era la única bestia divina de un
reino. No importaba qué, no podía permitir que se lastimara de ninguna forma.
Si su identidad era revelada, los aldeanos podrían aplastarlo hasta la muerte
en medio de un desesperado intento de que sus pedidos fueran escuchados.
Afortunadamente, con su cabello oculto, nadie se
dio cuenta de quién era.
La ciudad de Kankyuu se desplegaba desde la base de
la Montaña Ryouun. Las murallas que rodean la ciudad tienen once puertas que le
dan acceso. A través de una de ellas, amplias praderas verdes aparecen a la
vista. Y no muy lejos, campos y granjas. El paisaje que rodea a Kankyuu era
verde y abundante.
—Aquí vamos —dijo Kouya con una sonrisa.
Cruzaron una pequeña colina. Ekishin insistió en no
salir propiamente de la ciudad, pero Rokuta no le hizo caso y siguió a Kouya.
Se adentraron en un bosque que tenía veinte años creciendo ininterrumpidamente,
Kouya hizo señas junto con un llamado de bestia.
—¿Todavía puedes hacer eso? —preguntó Rokuta, sin
una pizca de asombro.
Más cerca, allí, llegó un grito desde el medio del
bosque.
—Grande ha crecido un poco en estos años.
—Sí. Pero no tanto como una persona normal.
—Así que viven mucho más tiempo.
—Eso espero.
—Eh.
Los shirei no tenían esperanza de vida.
Poseían inteligencia y podían comunicarse mediante el lenguaje humano. Rokuta
había asumido que era a causa de su pacto con el kirin. Tal vez ellos ya
poseían algunas de esas habilidades desde el principio.
Caminando hacia el sonido de la voz, llegaron a un
pequeño claro. La bestia roja estaba esperando allí.
—¡Un tenken! —gritó Ekishin, yendo en
cuclillas y alcanzando su espada.
—Está bien —le aseguró Rokuta rápidamente.
—Pero Taiho, es un…
—Lo sé, es un youma. Pero él no es ningún
monstruo. Hace lo que Kouya le dice.
—Yo no lo creo.
—De verdad es extraño, lo que hace a la verdad aún
más sorprendente.
Aunque Ekishin apenas si fue convencido por Rokuta,
este relajó su postura un poco. Nunca había oído de un youma domesticado
por un humano. Este tenía el cuerpo de un gran lobo rojo, alas azules, una cola
amarilla y un pico negro, claramente lo identificaba como a un tenken.
Los youju pueden convertirse en monturas,
pero Ekishin sabía que eso no era posible con un youma.
—Como te dije, todo está bien. —Rokuta sonrió—.
Oye, mira a toda esa gente alrededor.
Ekishin miró de nuevo. Varias personas estaban de
pie junto al youma. Había estado tan concentrado en el youma que
no se había dado cuenta.
—¡Ah, sí! —dijo Ekishin, sacando finalmente la mano
de la empuñadura de la espada.
Rokuta sonrió con alivio y volvió su atención a
Kouya.
—Grande no ha cambiado en lo absoluto.
—No, él no ha cambiado. —Kouya caminó hasta el youma—.
Hey, es Rokuta. ¿Te acuerdas de él? —Luego se dirigió al hombre de pie junto al
youma—. ¿Tú lo tienes?
El hombre inclinó la cabeza. Ellos debían ser los
sirvientes de Kouya, algo inesperado para un burócrata de bajo rango. Rokuta
miró también. Uno en medio de ellos sostenía a un bebé. Él se lo pasó a Kouya.
Rokuta miró con la boca abierta.
—¿Tienes un hijo?
Kouya sonrió al niño, durmiendo plácidamente en sus
brazos.
—No. No es mi hijo. Lo tuve que encontrar. Porque
te vine a ver —le mostró a Rokuta una sonrisa cómplice y sostuvo al niño cerca
del youma.
El youma abrió el pico, revelando filas de
colmillos afilados. Antes de que un estupefacto Rokuta pudiera gritar, Kouya
colocó al niño en el pico del youma.
—¡Kouya!
—No te preocupes —Kouya sonrió por encima del
hombro—. Esta es la forma en la que él carga seres vivos.
Rokuta contuvo el aliento.
—¡Oh! Muy bien, entonces.
—Sin embargo —continuó Kouya sin dejar de sonreír—,
si tú o tu guardaespaldas hacen un movimiento en falso, se lo tragará por
completo.
—¿Qué?
—Dile a tus shirei que se retiren. Intente
cualquier cosa y Rokuta le romperá la cabeza al niño.
En un instante, Ekishin se posicionó frente a un
aturdido Rokuta.
—Rokuta —Rokuta se repitió a sí mismo.
—Le di ese nombre a Grande. En su momento, no era
consciente de lo impropio del hecho.
—Kouya…
Si valoras la vida de este niño, entonces ven
conmigo. Ustedes lo hacen, ¿no? Los kirin son criaturas misericordiosas,
¿no? El solo olor de la sangre hace que se enfermen.
—Kouya, tú…
Kouya se dirigió a Ekishin.
—Me gustaría que nos acompañe. No se resista. Haz
lo que Rokuta te ordene.
—¡Desgraciado!
Ekishin sacó su espada. Este no era el tipo de
situación en la que un kirin podía salir luchando. Pero él no estaba
dispuesto a dejar que secuestraran a Rokuta en frente de sus ojos. Incluso si
eso significaba que él se mancharía con sangre, aun si eso significaba
sacrificar al niño, su deber era proteger al Taiho por sobre cualquier cosa.
—¡No, Ekishin! —gritó Rokuta—. ¡Detente!
Pero Ekishin lo agarró por el brazo y comenzó a
arrastrarlo hacia un lugar seguro. En cuanto detectó una ruta de escape, paró
en seco. Una sombra gigante bloqueó la salida. No había notado a la criatura
detrás de ellos. Había escuchado pasos humanos. Esto no era humano.
Un torso rojo, alas azules y un pico negro.
—Las aves que tienen el mismo plumaje vuelan juntas
—dijo Kouya con una sonrisa socarrona—. No sabías que los youma pueden
pedir refuerzos, ¿verdad?
Ekishin balanceó la espada. El pico del youma
fue más rápido, dirigiéndose hacia la garganta de Ekishin y cortándola.
—¡Ekishin!
El llamado de Rokuta se convirtió en un grito.
El pico del youma perforó el cuello de
Ekishin, desgarrando músculo y hueso. Sangre y carne volaron por el aire. En
ese momento, un par de brazos se envolvieron alrededor de Rokuta por detrás y
lo alejaron del peligro.
—No, Taiho.
Una voz de mujer. Los brazos que lo abrazaban
estaban cubiertos de escamas blancas. Alas blancas lo envolvieron, cubriendo su
rostro. Un shirei de Rokuta.
—¡Kouya!
Las alas blancas no podían extinguir los gritos sordos
de Ekishin. El hedor de la sangre y los ruidos espantosos le describían
exactamente lo que estaba pasando, el ruido sordo de un cuerpo cayendo al
suelo, Ekishin respirando su último aliento, un animal devorando algo,
amortiguado solo por el llanto repentino de un niño.
—Kouya… ¿Qué…?
—Necesito que vengas conmigo a la provincia de Gen.
—Gen —murmuró Rokuta para sí mismo.
—Si decides venir conmigo le perdonaré la vida a
este niño- Dile a tus shirei que se comporten. Nadie te hará daño.
Simplemente, ven conmigo y concédele a mi señor una audiencia.
—Tu señor… —¿No había mencionado Shouryuu algo
sobre la provincia de Gen?
—El Rikkan, Jefe Ministro de la provincia de Gen.
—Atsuyu, quieres decir.
Rokuta hizo a un lado las alas que cubrían su
rostro. Kouya estaba de pie junto al youma, la sonrisa aún estaba en su
rostro.
—¿Así que conoces al ministro?
—¿Qué está pasando en Gen?
Kouya no contestó a la pregunta, solo señaló a los
hombres que estaban allí para llevárselo.
—Taiho… —dijo una voz detrás de él.
Rokuta negó con la cabeza.
—No, Yokuhi. —Ni siquiera levantó un dedo.
—Pero…
—Déjame ir.
Los brazos blancos lo liberaron suavemente de su
abrazo. Rokuta volvió hacia su preocupada nyokai.
—Yokuhi, puedes irte.
Una mujer cubierta por escamas, luciendo alas
blancas y piernas de águila. Ella le devolvió una mirada de desconcierto. Con
un suspiro y un movimiento de su cola de serpiente desapareció, volviendo a la
sombra de Rokuta.
Después de haber confirmado que ella se había ido,
Rokuta enfrentó a Kouya, el cual solo le devolvió la sonrisa.
—Como esperaba desde el principio, Taiho. Su innato
sentido de la benevolencia siempre está en primer plano.


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