CAPÍTULO
13
Solo habían pasado dos días cuando Keiki volvió a llamar a Taiki.
Parecía que había mantenido su palabra y no dijo nada, al menos no a Gyousou.
Cada tarde, cuando iba a comer con el rey, Taiki buscaba en la expresión de
Gyousou alguna señal de que conocía la culpa del kirin, pero no veía
nada. Esto alivió a la mitad de él, a la otra mitad la hundió, sabiendo que
tendría que continuar con el engaño.
El kirin pasaba otra sombría y solitaria tarde
cuando el mensajero llegó al palacio interno, instruyéndolo para que se pusiera
la túnica ceremonial y se dirigiera al salón de recepción. Taiki se dio prisa
en llegar y allí encontró a Gyousou y a Keiki y a otras dos personas que nunca
había visto.
Uno de los desconocidos, un hombre de la misma edad
de Gyousou, estaba sentado en la silla central de la mesa de recepción, en el
lugar de honor. Este era el invitado principal. A su lado estaba de pie un niño
que parecía solo un poco mayor que Taiki.
Como Keiki, el chico tenía el pelo dorado y parecía
que su pelo desprendía un brillo que se extendía a su alrededor en un
resplandor dorado. Keiki estaba rodeado de un brillo similar. Debe ser el
aura del kirin, entendió Taiki. Eso significaba que el chico junto a
Keiki era el kirin de otro reino.
Así que ahora puedo ver el aura de los kirin.
Sintió una momentánea sensación de excitación. ¿Pero y entonces…?
Taiki hizo una reverencia en la entrada, entonces
miró más de cerca de Gyousou. No podía ver nada parecido a un ouki.
Al entrar a la habitación, el chico se dirigió al
asiento más bajo de la mesa, pero Gyousou le ordenó que se quedara de pie junto
a Keiki y él obedeció rápidamente.
—He traído al Rey Eterno de En y al Taiho de En
—anunció el kirin de Kei.
Los ojos de Taiki se abrieron como platos.
El Rey Eterno…
Ahora Taiki entendía por qué Gyousou estaba sentado
más bajo que su invitado. Con una solemnidad cuidadosa el chico se arrodilló e
hizo una reverencia con su cabeza a su visita.
Durante una
audiencia de este tipo, se espera que a un rey visitante se le muestre el
máximo nivel de cortesía. Normalmente, esto significaba postrarse con las manos
y la frente tocando el suelo, pero solo a los kirin, que solo se
postraban contra el suelo cuando reconocían a su amo, se les permitía una
simple reverencia.
—Um… es un honor conocerlo. —Aunque conocía la mayor
parte de la etiqueta de la corte, Taiki todavía no se había aprendido
adecuadamente las frases de rigor. Esperando no haberse escuchado raro, se
levantó y retrocedió un paso, solo para escuchar la grave reprimenda de
Gyousou.
—Kouri, has olvidado tocar el suelo con tu frente.
—¿Eh? —Sorprendido, Taiki miró a Gyousou.
—El reinado del Rey Eterno es el segundo en duración
después del Rey Sacerdote de Sou. No se lo debe tratar como a un simple rey,
incluso en nuestra corte.
—Pero… —Taiki se puso nervioso y miró a los otros dos
kirin. No recordaba haber escuchado antes de un requerimiento así, pero
ni Keiki ni Enki negaron las palabras de Gyousou—. Sí —Taiki tragó saliva—. Mis
disculpas. —Y entonces se puso de rodillas con las manos sobre las baldosas y
empezó a bajar la cabeza.
Abruptamente, su cabeza se detuvo muy lejos del
suelo.
—¿Pasa algo? —preguntó el Rey En.
—No… —dijo Taiki, confundido por lo que sucedía.
Inclinándose con más fuerza, intentó hacer otra reverencia. Nuevamente, su
cabeza se detuvo a medio camino.
¡No puedo hacerlo!
—¿Qué significa esto? ¿Acaso el kirin de Tai
tiene algo en contra de En?
—No, nada. —Taiki intentó mirar a Gyousou para
encontrar apoyo, pero su rey lo miraba agresivamente con unos ojos fríos.
—¿Qué haces, Taiki?
Cada vez más nervioso, Taiki se dobló nuevamente
sobre el suelo. Y nuevamente, su cuerpo se negaba a obedecer, dejándolo
observar su pálida cara en el reflejo de las baldosas pulidas. No importaba
cuánto se esforzara, no podía bajar su cabeza más allá de la altura de su coso,
era tan corta la distancia y aun así, parecía como si el aire entre su frente y
el suelo se convirtiera en algo tan duro como el mármol y no podía atravesarlo.
Aunque intentó con todas sus fuerzas, no podía bajar la cabeza ni doblar más
sus brazos.
—Ah… veo que sí tiene algo contra nosotros. —La voz
del Rey Eterno era fría y distante.
Taiki levantó la mirada horrorizado.
—¡No, lo juro!
—Tal vez no sabe cómo ser educado —dijo el pequeño kirin
junto a él—. Pero si el Rey de En ha venido aquí por pedido especial del Taiho
de Kei, un acto de amistad y confianza sincera. Y, aun así, ¿no eres capaz de
mostrarle la más básica cortesía?
Una sonrisa irónica se pudo ver en el rostro del Rey
Eterno.
—No estoy acostumbrado a ser menospreciado por un kirin
tan joven. Sí, este Taiki debe despreciar realmente a En. O tal vez te lo
ordenaron, ¿no? ¿Te dijeron que no reverenciaras a En?
—¡No, claro que no! —Taiki miró los enojados rostros
que lo veían, buscaba alguna señal, incluso una sonrisa tolerante. No había
nada.
—Entonces, te preguntaré la razón. Si no me das una
buena razón para no hacer tu reverencia, deberé asumir que Tai tiene algo en
contra de mi reino.
—¡Taiki! —ladró Gyousou.
Una vez más, Taiki se tiró al piso, pero su cabeza no
se acercaba al suelo. Intentó todo lo que pudo para pasar esa distancia final,
pero parecía que su cuerpo se rebelaba y no lo quería obedecer. Empezó a sudar
mucho, no por su nerviosismo sino por el dolor que le causaba su desesperado
esfuerzo, sintió que quería vomitar y solo la aguda consciencia de que hacerlo
sería una falta de respeto mayor, hizo que contuviera sus náuseas.
Mientras luchaba, escuchó al Rey Eterno levantarse y
empezar a caminar hacia él.
—¿Y bien? ¿No me harás una reverencia entonces? —La
voz se oía directamente sobre él. Un momento después, sintió que alguien lo
agarraba con fuerza del pelo y con un gran esfuerzo empezaba a empujar su
cabeza hacia abajo—. Es muy simple —dijo el rey, haciendo fuerza para empujar—.
Todo lo que… debes hacer es… inclinarte.
Taiki no tenía idea de cómo podía resistir una fuerza
así, pero su cuerpo entero y su espíritu luchaban contra ella.
—Es terco… —gruñó el Rey Eterno, empujando con más
fuerza.
Repentinamente, el peso se levantó.
—¡Suficiente! —El sonido de un golpe se escuchó sobre
la cabeza de Taiki y los dedos que agarraban su pelo, lo soltaron. Levantó la
mirada y vio al kirin pequeño, Enki, apartando las manos de su amo de un
palmetazo—. ¡Todavía es un niño! —Miró a Taiki—, ¿Estás bien?
Los hombros de Taiki se movían mientras respiraba con
dificultad. Sus vidriosos ojos se encontraron con la mirada de preocupación de
Enki.
—Ay, míralo: ¡el pobrecito está de color azul!
¿Puedes levantarte? ¿Quieres tumbarte?
Enki limpió el sudor del rostro de Taiki con su
manga. Entonces, Taiki sintió que lo sentaban y se dio cuenta de que estaba
recostado contra Keiki.
—¿Estás bien? Siéntate un rato…
Durante todo esto, el Rey de En se encontraba de pie
a una corta distancia, mirando a los tres kirin con una mezcla de
exasperación y curiosidad en sus ojos.
—Ah, la camaradería de los kirin es tan
reconfortante.
—¡Idiota! —Lo regañó Enki—. ¡Siempre tienes que
llevarlo todo muy lejos! ¡Esta es la última vez que te dejo ser el malo!
Taiki estaba sentado boquiabierto mientras su mirada
iba de aquí a allí entre los tres.
—Sabía que era temerario —suspiró Keiki, frunciendo
el ceño al Rey Eterno—. Pero no sabía cuánto hasta ahora.
—¿No fue esto tu idea?
—¡No le pedí que fuera cruel con él!
—Sí —dijo Enki—. ¡Hay una cosa llamada “límite”! Debo
contarte de qué se trata un día de estos.
El Rey Eterno recibió la ola de críticas encogiendo
los hombros.
—Um… —interrumpiendo Taiki. Todavía sentía la bilis
en su garganta.
El Rey Eterno se dirigió a él riendo.
—Al menos lo entiendes ahora, ¿no? —Los ojos del
hombre se suavizaron—. No has traicionado a nadie, no es posible. Ningún kirin
puede hacer un pacto falso. No se puede.
Enki golpeó a su rey en la cabeza.
—Como si tuvieras alguna idea de lo que hablas,
tonto.
Taiki fue llevado a la terraza del palacio y lo colocaron sobre una
cómoda silla. Keiki se arrodilló ante él, para poder verlo directamente a los
ojos.
—Siento no haberte dicho más antes, cuando pude
hacerlo —Tomó las manos de Taiki entre las suyas—. Cuando me preguntaste qué
era una revelación, pude haber dicho más. Siento que fracasé y mi fracaso te
causó mucho dolor.
—Taiho… yo… yo esperaba algo diferente.
—Una revelación no tiene forma —continuó Keiki—. Ni
ocurre nada que te pueda llevar a decir “mira, una revelación”.
Taiki miró a los ojos al kirin mayor.
—¿Nada?
Keiki lo miró de vuelta y negó con la cabeza.
—Nada. Solo porque el rey tenga ouki no quiere
decir que es algo que puedas ver con tus ojos.
—¿O sea que no brilla como tú?
Cuando Keiki le dijo que el kirin brillaba de
color dorado, él asumió que el rey también lo haría.
—Puedes ver el ouki como luz u oscuridad, o
puede aparecer como una presencia poderosa o una inexplicable sensación de
seguridad.
—¿No siempre es igual?
—Nada que se pueda describir con certeza. Es
diferente para cado uno de los escogidos.
—Pero dijiste que encontraste al rey por su ouki…
—La busqué, es verdad. Si el rey no está muy lejos,
puedes sentirlo. No es algo que se pueda ver, más bien es una sensación de ser
atraído, un sentido de dirección.
—¿Un sentido de dirección…?
La mente de Taiki volvió a los últimos meses. Recordaba
haber sentido algo antes de que los aspirantes llegaran al Palacio Hoto: una
sensación de que algo lo perseguía, lo presionaba, lo asustaba incluso.
—Y cuando conoces al rey, sabes que él es la fuerza
de esa sensación. Sientes en él lo que sentiste a lo lejos.
—¿Y ese es el ouki?
—Sí, el aura es solamente una sensación, pero una muy
específica. Es diferente de las demás personas, aunque no puedas verla ni
expresarlo en palabras.
»La revelación es igual: nada en particular sucede,
nada cambia. Quizá sería mejor llamarla intuición, una sensación de que él es
el elegido —Keiki hizo una pausa y miró los puños apretados de Taiki antes de
continuar—. Déjame hablarte claramente. Cuando conocí al Rey Glorioso de Kei,
pensé que ella era la elegida. Y, sin embargo, al mismo tiempo sabía que no
tenía lo necesario para reinar, sabía que le faltaban algunas cualidades
necesarias para un reinado exitoso y que si ella iba a reclamar el trono e iba
a lograr servir al reino; entonces mi pueblo debería hacer un gran número de
sacrificio y su voluntad debía ser firme y verdadera.
—¿Viste… todo eso?
—Sabía que era poco probable que fuera una emperatriz
exitosa pero no podía negar la revelación. Es una sensación tan fuerte que no
te puedes resistir, no importa lo mucho que lo intentes. Creo que, aunque el kirin
odie a su elegido, no podrá evitar escogerlo, pues es la voluntad del Cielo. Es
por eso por lo que dice que no es el kirin quien escoge, sino el Cielo.
Taiki sintió una mano sobre su hombro y levantó la
mirada para encontrar a Gyousou sonriéndole.
Él lo sabía. Supo de mi confesión…
—Es el acto de escoger lo que es la revelación,
Taiki.
Por primera vez en mucho tiempo, Taiki sintió que se relajaba. Era un
gran alivio poder explicarle finalmente a Gyousou.
—Cuando te vi por primera vez, mi señor, tenía miedo.
—Ya lo sé.
—Incluso antes de que ascendieras a la montaña, sentí
algo que venía en dirección del Portón de la Virtud, algo terrible, pensaba —De
no haber sido miedo sino algo más como luz, esperanza o algo bueno, quizá no
habría sido tan difícil para Taiki elegir—. Estaba asustado incluso cuando
sabía que no eras un hombre temible. Aunque sabía de tus cualidades y tu
amabilidad, todavía sentía miedo.
—Ya veo…
—Pero, aunque tenía miedo, siempre me alegraba de
verte y me ponía triste cuando no podía. Así que cuando dijiste que te ibas de
Houzan, no pude soportarlo.
Keiki asintió.
—Así debe ser. No hay kirin que odie estar
junto a su rey y que le guste estar lejos de él. Un rey y su kirin están
destinados a estar juntos.
—Sí…
—El kirin no es sino un recipiente para la
Voluntad del Cielo —dijo Keiki—. De alguna forma, esto significa que el kirin
no tiene voluntad propia, simplemente sirves para canalizar un propósito mayor.
Taiki asintió. Keiki le dio una palmadita en la
cabeza como lo había hecho tantas veces. Su mano era cálida y amable. Pero
se está tan bien al saber que ahora podré sentirme así siempre, pensó
Taiki.
—¿Dices que el señor Gyousou te daba miedo? —preguntó
Keiki—. Creo entender por qué.
—¿Mmm?
—A veces te causaba temor, ¿no? Eso no era miedo, era
admiración.
—Quizá… tengas razón.
—Es entendible. Estabas enfrentándote a tu destino,
después de todo.
Taiki miró a Gyousou y pensó al respecto. El aire
real de sus ojos le hizo pensar que quizá Keiki tenía razón. Tal vez solo lo
admiraba.
—Nunca mentiste, Taiki. No habrías podido tocar con
tu frente a nadie más que al rey correcto. Escogiste bien —Taiki asintió y
Keiki miró en los oscuros ojos del pequeño kirin—. Cuando vi lo grande
que era tu angustia, supe que solo las acciones, no las palabras te
convencerían. Solo desearía haber permanecido más tiempo en Houzan cuando
tenías tantas dudas, entonces quizá te habrías ahorrado toda esa miseria. Te
pido perdón.
—No, no debería a ver llegado a esas conclusiones tan
rápidamente. He debido escuchar o preguntarle a alguien.
Keiki sonrió al escucharlo.
—Me alegro de que hayas encontrado la paz.
—Gracias —dijo Taiki, pudiendo sonreír nuevamente.
Los ojos de Keiki pasaron del niño a Gyousou. Cuando
le había dicho al rey la confesión del kirin, Gyousou no había mostrado
confusión ni decepción, tampoco había acusado a nadie. Simplemente había mirado
fijamente al kirin con sus feroces ojos y le había preguntado si
realmente era el rey.
—Te deseo una larga felicidad, Rey Pacífico de Tai.
—Te agradezco, Taiho de Kei —respondió Gyousou con
una amplia sonrisa.
—El Reino de En también te desea felicidad —Añadió el
Rey Eterno, apareciendo desde el salón de recepción.
—Gracias.
—Una vez tuvimos un duelo, ¿no?
—Ah, se acuerda.
—¿Cómo olvidarlo? Había pasado mucho tiempo desde que
había perdido una ronda. Sabía que no eras un soldado común, pero debo admitir
que no esperaba verte sentado en el trono.
Gyousou rio.
—Tal vez debamos enfrentarnos en un duelo nuevamente.
—No veo por qué no, ahora somo como hermanos.
—Rey Pacífico —dijo Enki desde la reja de la terraza,
mirando a la ciudad más abajo—. Me preguntaba qué es exactamente esa cosa cursi
de allí abajo. —Y señaló el brillante cenador que se veía del otro lado de la
reja.
El Rey de En frunció el ceño.
—Me disculpo por la falta de modales de mi kirin.
Gyousou rio y siguió la mirada del kirin
—Desecho dejados por mi predecesor —dijo—. Estaba
pensando en quitarlo y construir un nuevo granero… ¿En no tendrá algunas
sobras, por casualidad?
—El Rey Pacífico de Tai tiene suerte —rio Enki—.
Nuestras cosechas este año fueron muchas, hemos estado vendiendo muy barato.
Taiki estaba viendo a los reyes hablar, sintiendo esa
felicidad que viene después de un largo periodo de tristeza, cuando Keiki lo
miró y le hizo una invitación.
—¿Quizá me puedes enseñar los jardines ahora? No pude
verlos el otro día.
—Sí, aunque de verdad no sé nada sobre ellos.
El kirin que estaba en la reja saltó.
—¡Entonces los exploraremos juntos!
Taiki miró a Gyousou.
—¿Puedo ir?
—Ve, sí, pero vuelve para la noche. Planeo tener un
pequeño festín.
—Gracias, mi señor.
Keiki extendió su mano y Taiki la tomó.
—¿Llamo a Hankyo y a Jakko?
—¿Podrías hacerlo? —El niño lo miró con inquietud en
sus ojos y Keiki rio.
—Todos somos kirin aquí, no veo por qué no. A
mi también me gustaría conocer a tu shirei, Taiki, si me lo permites.
—¡Claro que sí!


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