Después de un viaje que les tomó casi todo el día y la noche, el genbu
que llevaba a Gyousou y a Taiki llegó a la capital al noroeste de Tai, donde el
Monte Kouki atravesaba el cielo.
El genbu era, para los ojos de Taiki, una
enorme tortuga del tamaño de una isla pequeña. Había estado esperando en el Mar
de Nubes que el rey y su Taiho salieran del santuario en el pico de Houzan,
habían cruzado el puente rocoso de su cuello y habían subido a la orilla de su
caparazón. Su gran caparazón estaba marcado con muchos bultos y protuberancias
rocosas, como las piedras de Houzan. El genbu flotaba en el mar, pero ni
su cuello ni su caparazón mostraban señales de humedad, haciendo que Taiki se
preguntara de dónde había venido y cómo nadaba. En el medio del gran caparazón
de la tortuga había una pequeña pagoda, amueblada pero desocupada y con
suficiente comida para mantener satisfechos a sus ocupantes durante su viaje.
Mientras que Gyousou y Taiki viajaban sobre la
tortuga gigante o quizá era mejor llamarlo barco viviente, otras preparaciones
se estaban llevando a cabo en el Palacio de las Joyas Blancas para la llegada
del nuevo rey.
Taiki, que estaba de pie en la parte frontal del
caparazón, lo vio primero: una pequeña y escarpada isla. Mientras se acercaban,
vio que la isla tenía forma de herradura, con una amplia ensenada rodeada de
incontables edificios que daban hacia el agua. Vio paredes lisas, rejas
intrincadas, brillantes columnas blancas y techos pintados de color azul
oscuro, más oscuro de los del Palacio Houro. El agua perfectamente quieta de la
bahía reflejaba los edificios como un espejo. Era una de las cosas más hermosas
que había visto.
—El Palacio de las Joyas Blancas es hermoso, ¿a que
sí?
Taiki asintió, encantado por la vista.
—La isla es de hecho el pico del Monte Kouki. Esos
edificios son parte del palacio externo, donde residen los administradores
—Gyousou levantó la mano y señaló mientras hablaba—. Y esos de allá, son parte
del palacio interno. Por allí está el Salón de la Gran Benevolencia, donde tú
vivirás, Kouri. —El rey indicó el edificio al borde del agua.
—¿Viviré en el palacio, aunque sea solo tu consejero?
—No eres un mero consejero, Kouri. Si el reino fuese
un barco, el rey sería la vela y el kirin el ancla. Sin alguno de los
dos, el reino fracasaría.
Flotando majestuosamente sobre las quietas aguas, el genbu
entró a la bahía y Taiki pudo ver incontables banderas izadas sobre el palacio.
Una gran multitud estaba reunida frente al gran edificio en la orilla,
directamente frente a ellos. Todos estaban haciendo reverencias. El genbu
llegó a la orilla y una vez más, extendió su cuello como un puente.
Juntos, el rey y su joven ministro pasaron a través
de la multitud arrodillada, y subieron hacia el gran edificio que estaba
delante, el cual Gyousou le había informado que era el palacio principal.
Rodeado del vitoreo de la multitud, el kirin se sintió completamente
confundido. Había pensado que ya estaba acostumbrado a que la gente se
arrodillara frente a él y a que le sirvieran; después de todo, se había
acostumbrado a una vida de lujos en el Palacio Houro, pero lo que le esperaba
en su nuevo hogar era a una escala mucho mayor que nada que hubiese
experimentado antes.
Quería llamar a Sanshi, llamarla por su nombre y
sostener su mano, pero Youka le había advertido que no debía hacerlo. Ahora que
había escogido a su rey y ascendido a su reino, Taiki era considerado un kirin
adulto y debía actuar con dignidad. Sanshi ya no era su nodriza, era su shirei
y no es apropiado convocar a los shirei de forma casual en frente de los
demás.
Es por eso por lo que esperó hasta que las ceremonias
del día hubiesen acabado, esperó a retirarse a su propia habitación y solo
cuando bajó la pantalla alrededor de su cama, pudo relajarse finalmente.
—Sanshi… —susurró para que no escuchara el grupo de
ocho sirvientes que esperaba en la otra habitación para satisfacer sus
necesidades.
—¿Sí?
Normalmente, Sanshi habría aparecido inmediatamente
después de llamarla, pero hoy solo podía escuchar su voz.
—¿Sanshi?
—Ya eres un adulto. No puedo dormir contigo.
—¿No puedes?
Taiki se sentó en el medio de la gran cama, que era
mucho más grande que la de la Pagoda del Rocío Crepuscular.
—Aunque no puedas verme, siempre estoy a tu lado.
—Pero…
—Buenas noches, Taiki.
Taiki suspiró y se dio la vuelta, pero no se sentía
somnoliento en lo más mínimo.
Entonces, pensó que había sentido a alguien reír,
pues no lo había escuchado realmente y unos dedos tocaron su mano donde yacía
sobre la manta.
Sanshi…
Sintió los dedos agarrar fuertemente su mano.
—Buenas noches, Taiki.
—Sí… buenas noches.
Respirando con más facilidad, Taiki cerró sus ojos,
aunque sabía que su descanso sería ligero e irregular y sus sueños serían
oscuros y amenazadores.
En su reino natal, el kirin servía como un consejero, asistiendo
al rey en su reinado. Era una responsabilidad que todos los kirin llevaban,
sin importar la edad. Taiki, apenas acostumbrado a su vida de kirin,
ahora se encontraba teniendo que aprender cómo vivir como un ministro. Se
levantaba a una hora determinada, se vestía de una forma apropiada según el
protocolo, se iba al palacio externo a una hora indicada y participaba del
consejo matutino. Tras eso, se sentaba a la derecha del rey hasta el mediodía,
aconsejándolo en sus decisiones. Como kirin, tenia que estar allí,
aunque todo lo que podía hacer realmente era sentarse y observar.
La primera tarea para el amo de Taiki, el rey, era
arreglar las preparaciones para la celebración de su coronación. Era imperativo
que un nuevo gobierno se formara rápidamente. Gyousou debía escoger entre lo
que su predecesor había dejado, qué cosas mantener y qué cosas descartar. El
nombramiento de ministros y la designación de leyes era una de las más
importantes tareas que el rey llevaba a cabo.
—¿Y qué pasa con la queja del Gran Ministro?
Gyousou estaba sobre una banca en su habitación,
mirando una montaña de documentos. Taiki esperaba en el piso cerca de él.
—No le prestes atención.
El anterior rey había desperdiciado años en sus
excentricidades y eventualmente perdió el Camino. Gyousou sabía esto, así que
una de sus primeras acciones al asumir el trono enjoyado había sido reducir el
número de residente en el palacio al mínimo absoluto, dejando poco que hacer a
los sirvientes y cortesanas. Aquellas secciones del palacio para las que no
tenían un uso inmediato fueron cerradas y los sirvientes despedidos.
El Gran Ministro era el jefe de los músicos de la
corte y su queja era que muchos músicos habían sido despedidos a la llegada del
nuevo rey.
—Le diré que soy un soldado y no le veo sentido a la
música.
—Sí, pero ¿qué pasará con todos esos hombres y mujeres
que ahora están desempleados?
—¿Sabes con cuántos músicos nos dejó mi predecesor?
Taiki sacudió la cabeza.
—Yo tampoco, pero lo cierto es que la cantidad era
muy grande. Escuché que cada habitación del palacio interno estaba llena de
música, había una canción diferente para cada una y esto se mantenía todo el
día. Tocaban, estuviera el rey presente o no. Uno podía escucharlo desde el
consejo matutino.
Taiki se quedó boquiabierto.
—Siento lástima por quienes despedí, pero a donde sea
que vayan, se sabrá que sirvieron en el Palacio de las Joyas Blancas y
encontrarán trabajo. Todo lo que necesitamos es una cantidad suficiente para
recibir adecuadamente a nuestros invitados, no más.
—Creo que el Gran Ministro estaba preocupado de que
no habría suficientes para la ceremonia de coronación…
—Tenemos suficientes. Tai es un reino pobre, así que
no veo sentido en vaciar los cofres de mi reinado, el cual ni siquiera ha
empezado oficialmente.
—Pero el Ministro de Observancia también dice que con
la cantidad actual solo se llevará a cabo una ceremonia austera.
El Ministro de Observancia era uno de los seis
ministros jefes del palacio, era su deber particular el de coordinar los
deberes ceremoniales y los festivales.
—Aquellos que desean reírse de nuestra austeridad,
pueden hacerlo. Mejor eso a que se rían de una pompa sin sentido. Los excesos
de mi predecesor han puesto los cofres del reino de cabeza, los graneros reales
están solo llenos de deudas.
—Sí, mi señor.
Taiki era joven, apenas sabía cómo funcionaba el gobierno,
menos iba a saber sobre cómo funcionaba la sociedad adulta. Sabía poco sobre
los asuntos de Tai. Gyousou, por otra parte, había sido un consejero confiable
del antiguo Rey Pacífico con acceso al palacio interno. Tenía poca necesidad
del consejo de Taiki y él lo sabía.
—Quizá deba considerar nombrar a un nuevo Ministro de
Observancia —farfulló Gyousou a sus papeles antes de volver a levantar la
mirada—. Mi predecesor amaba las ceremonias cargadas y temo que sus ministros
también hayan tomado un poco aconsejable gusto por el esplendor.
—Pero tal vez haya más matices que considerar. No
debemos apresurarnos…
Gyousou sonrió al kirin.
—Tienes razón, es verdad. Dejaré bajo observación al
Ministro de Observancia, tal vez pueda ser salvado.
La mirada de Taiki cayó al suelo. Se daba cuenta por
la sonrisa de Gyousou de que solo decía esas cosas para favorecer al kirin.
—Lo siento, he dicho algo que no debía y…
—No, Kouri. Este es tu lugar. ¿Cómo puedo mantener mi
cabeza clara sin hablar contigo?
Nuevamente, lo hace para alegrarme.
—Me disculpo…
Gyousou miró a Taiki. La cabeza del kirin
colgaba. El rey se levantó.
—Kouri, ¿qué es lo que pasa para que estés tan
triste?
Taiki negó con la cabeza rápidamente.
—Nada, mi señor. No es nada.
Gyousou dejó los papeles que tenía en la mano.
—¿Echas de menos a tus amigos de Houzan?
—No —insistió Taiki, negando con la cabeza
nuevamente.
—Si echas de menos a las nyosen, puedes
decirlo, no hay por qué avergonzarse. Temo que te guardas muchas cosas.
—No te oculto nada, mi señor.
—¡Entonces dime la razón de tu malestar! —La voz de
Gyousou tenía un tono de exasperación—. Dices que no pasa nada, pero claramente
algo va mal. Todavía eres joven y no hay necesidad de que te enfrentes solo a
tus problemas.
Taiki permaneció en silencio.
—Una vez terminemos con los asuntos ceremoniales, te
mandaré a Kei. Un poco de camaradería con el Taiho de Kei te hará bien.
—No me siento solo, mi señor.
—¿Crees que soy tan poco digno de confianza? ¿Te
causa tanta desconfianza compartir conmigo tus problemas?
Taiki negó con la cabeza una tercera vez. Ciertamente
no creía que Gyousou fuera poco digno de confianza.
Pero tengo que vigilarlo.
No era que tuviera poca fe en Gyousou, el hombre;
pero si había una probabilidad de que Gyousou, el rey, se saliera del Camino,
Taiki debía estar allí. Era su trabajo y solo suyo mantener a Gyousou en el
Camino, pues los Cielos estaban observando.
Después de todo, no hubo revelación.
Gyousou frunció el ceño al ver la terca expresión del
niño. ¿Qué estará causándole tanta pena a Taiki? No pensaba que
solamente echase de menos a sus amigos. Tal vez eran demasiadas las
responsabilidades de su nuevo papel, o tal vez…
Tal vez, pensó Gyousou, era solo su imaginación, pero
el niño cada día se veía más desconsolado desde que se habían conocido en
Houzan. Gyousou le hizo una señal para que se dirigiera a la puerta.
—Ve a descansar. No hay razón para que te quedes
conmigo hasta estas horas de la noche.
—No pasa nada, no estoy cansado.
—No estás bien, ¿tienes idea de cómo estás? ¿De lo
pálida que está tu piel?
—No, yo…
Gyousou puso una mano sobre la cabeza del niño,
interrumpiéndolo.
—Te lo ordeno. Te irás a tu habitación. Por un tiempo
te pido que no te quedes conmigo después de mediodía.
—Pero, mi señor…
—Te lo prometo: no tomaré ninguna decisión sin
consultarte antes. Ahora lo importante es que descanses. ¿De acuerdo? ¿Qué
dices?
Taiki bajó sus ojos.
—Sí, mi señor.
Taiki tenía otro deber además de ser el consejero del rey y era el de
ser el Gobernador de la Provincia Zui, la provincia donde se encontraba la
ciudad capital. La administración de la Provincia Zui se realizaba desde el
Salón de la Gran Benevolencia donde Taiki vivía y por las tardes se había
reservado un corto espacio de tiempo para que lo dedicara a los asuntos de la
provincia.
Pero en realidad, el kirin solo ejecutaba las
órdenes del rey y, de hecho, era el rey quien gobernaba la Provincia de Zui. En
este caso era especialmente verdadero, pues más allá de lo que había de lo que
había aprendido cuando recibió el Mandato del Cielo, era justo decir que no
sabía nada sobre cómo dirigir una provincia. Así que, por ahora, sus deberes de
gobernador consistían en escuchar silenciosamente los informes de los ministros
y hacer preguntas cuando no entendiera algo. En efecto, era momento de
estudiar. Gyousou visitaba el salón durante estas sesiones y cuidaba al joven kirin,
ocasionalmente ofrecía palabras de consejo o su opinión sobre un asunto u otro.
Cuando eso terminaba, Gyousou regresaba al palacio interno a continuar con su
reinado diario. Siempre se negaba categóricamente a dejar que Taiki lo
acompañara.
Así que sin tener más nada que hacer, Taiki pasaba la
mayor parte de sus tardes en ese salón sin hacer nada.
Aunque el kirin había empezado con ocho sirvientes,
el número se había reducido drásticamente como parte de la reducción de los
excesos de palacio y ahora solo tenía dos. Gyousou le había dejado dos señoras,
obviamente considerando el hecho de que Taiki estaba acostumbrado a estar
rodeado de nyosen. Gyousou siempre lo invitaba a cenar, siguiendo la
costumbre de Taiki en el Palacio Houro. Por supuesto, con el rey tan preocupado
por su bienestar, era imposible relajarse para Taiki. Cuanto más se preocupaba
Gyousou, más se sentía arrinconado Taiki.
Una tarde, mientras Taiki rumiaba desconsoladamente en su habitación,
Gyousou lo mandó a llamar al palacio interno. Rápidamente, el kirin
recobró la compostura y llegó a la cámara del consejo. Solo faltaban unos días
para que llegara el momento en que se había considerado apropiado llevar a cabo
la ceremonia de coronación y el palacio bullía de actividad mientras los
sirvientes y cortesanos se preparaban para el gran evento.
—Taiho, tenemos una visita.
Lo habían llevado al salón de recepción, donde se les
daba la bienvenida a los visitantes de otros reinos y se los entretenía.
Gyousou estaba de pie junto a las puertas abiertas del salón y habló mientras
Taiki estaba todavía a lo lejos.
El kirin raramente era llamado por su título
formal y creyó haber detectado una expresión juguetona en la sonrisa del rey.
—¿Una… visita?
No se imaginaba quién podía ser. Taiki ladeó la
cabeza mientras se acercaba, sintiendo algo en el aire. Era visible: una tenue
luz como una espuma dorada siendo llevada por la brisa. Temblaba y se ondulaba
en un delgado lazo que pasaba a través de la puerta y entraba al salón de
recepción.
No puede ser.
Taiki sintió su pulso acelerado.
Corrió por el salón y sus ojos se abrieron por la
sorpresa cuando vio quién estaba allí.
—El Taiho de Kei…
Keiki sonrió delicadamente e hizo una reverencia
educada.
—Te felicito por la exitosa toma de tus deberes en tu
reino natal.
Taiki estaba a punto de correr hacia él, pero se
detuvo. Se dio cuenta de que no podía mirar a Keiki directamente a los ojos.
—Gracias —dijo suavemente con su cabeza gacha.
Keiki levantó una ceja, dándose cuenta por primera
vez de por qué Gyousou se había tomado el trabajo de mandar un mensajero por
él.
Hasta que el rey no estuviera oficialmente sobre su
trono, era un acto de cortesía de los miembros de otras cortes el de abstenerse
de visitarlo, incluso en tiempo normales, un rey y un kirin no se
asociaban demasiado con sus colegas de otros reinos. En el caso de Keiki, el
único regente fuera de su reino que pudiera considerar cercano era el Rey
Eterno y el kirin de En, que lo habían ayudado a encontrar a su propio
rey.
Gyousou había sido un consejero confiable de su
predecesor, así que ciertamente estaba consciente de la etiqueta que requería
la situación, y aún así, había ido contra la costumbre y había llamado a Keiki,
y ahora él sabía por qué.
—¿No dije que vendría a visitarte cuando encontraras
a tu rey? —dijo cordialmente al joven kirin—. Me alegra verte de nuevo.
¿Cómo has estado?
—Bien —murmulló Taiki, mirando las baldosas del piso,
su rostro se mostraba tenso.
Keiki buscó un rastro de felicidad en el rostro del
niño y no encontró nada.
—No pareces estar bien. Cuéntame qué te preocupa.
—Nada.
Gyousou, que hasta ese momento había estado mirando
con su ceño fruncido, interrumpió:
—Estoy seguro de que tienen mucho de qué hablar. Me
iré ahora.
Keiki hizo una reverencia y Taiki lo imitó. Quería
que Gyousou se fuera y ahora estaban claros cuáles eran sus deberes del día:
había un visitante que debía ser atendido.
—¿Quizá me podrías mostrar los jardines?
—Claro… aunque apenas los conozco.
—¿Demasiado ocupado para caminar en un lugar sereno?
Taiki se detuvo, la puerta que daba a los jardines
estaba medio abierta en su mano.
Pero no hubo nada que pudiera decir.
—El viento es frío en Tai, como siempre —dijo Keiki, mirando a través
del gran lago que se encontraba en el centro del jardín del palacio interno—.
¿Te sentarías conmigo?
Se volvió y encontró a Taiki temblando tras él.
Habían hecho una pausa en la orilla del lago para
observar un cenador[1] exorbitantemente decorado. El cenador había sido
erigido por el antiguo rey y tanto el suelo como los pilares que sostenían su
techo estaban hechos de cristal. Había planes de erigir otros alrededor del
lago: uno de cristal gris, otro de amarillo, rojo y morado, pero la
construcción apenas había empezado, las bases se habían dejado a la inclemencia
del tiempo.
Ignorando la reticencia de su compañero, Keiki pasó
sus dedos por una columna de cristales.
—Tai es rico en gemas y cristales, pero esto es… Ya
veo por qué la guerra civil era interminable.
El clima en Tai no era bueno y las cosechas nunca
crecían bien allí, pero el reino había sido bendecido con manantiales de joyas
y debería ser un reino rico. Los manantiales de joyas eran, como su nombre lo decía,
manantiales que estimulaban el crecimiento de gemas y otras rocas preciosas. Si
la gema apropiada se plantaba allí, crecería para convertirse en un gigantesco
cristal. Tai también tenía manantiales de oro y manantiales de plata.
—A este le tomó treinta años crecer así, juzgando por
su tamaño.
Los excesos de este tipo eran obviamente la razón por
la que cada granero en el reino estaba vacío. Lo único que había permitido que
el reinado anterior durara más de cien años, fue que el rey se negó a mezclar política
con placer. Aunque se rodeaba de sus predilectos como sirvientes y cortesanas,
nunca les dio rango o les confió los deberes del gobierno.
—¿No te vas a sentar? —Los ojos de Keiki miraron al
silencioso niño.
—No, gracias.
—Algo te molesta, Taiho de Tai.
—No es nada —susurró Taiki con sus rasgos faciales
endurecidos. Sabía que Keiki no le creería.
—Escuché que domaste un shirei.
—Sí.
—Y que aprendiste a transformarte.
—Sí.
—Entonces es lamentable.
Los ojos de Taiki salieron disparados hasta Keiki. El
kirin adulto estaba de pie con una sonrisa irónica en su rostro.
—Vine a visitarte como lo había prometido, Taiki.
Esperaba que estuvieras más feliz de verme —Los hombros de Taiki colgaron—. Sí
que es… lamentable.
La delicada voz del kirin mayor se enterraba
en el pecho de Taiki. Una feroz ola de lástima lo barrió. Allí estaba, en
compañía de alguien que había esperado tanto para verlo y no sentía ni un poco
de alegría. Solo sentía lástima, lástima por todos, hasta por las cortesanas
que lo esperaban; no podía siquiera mirar a los ojos a la gente. ¿Cuándo fue la
última vez que había dormido de noche? No podía recordarlo. ¿Cuándo fue la
última vez que se había encontrado con alguien en quien confiaba? ¿Cuándo fue
la última vez que confió en sí mismo?
Este es mi castigo y continuará por una eternidad
hasta que mi crimen sea expuesto.
Sabía que no tenía derecho a llorar, sin embargo, las
lágrimas cayeron de sus ojos.
—Taiki…
Keiki dobló una rodilla y le estiró la mano, y el
niño la tomó, arrodillado junto a él. El kirin adulto le dio una
palmadita en el hombro y Taiki apoyó su cabeza sobre la rodilla de Keiki.
—¿Qué pasa? —A la voz de Keiki le faltaba cualquier
tipo de inflexión, pero lo compensaba con la suavidad con la que la emitía.
—¿Alguna vez…? ¿Taiho… alguna vez te arrepentiste de
haber nacido como kirin?
—Nunca.
—¿Alguna vez sentiste arrepentimiento del rey que
escogiste?
—Ni una vez.
Taiki levantó la mirada.
—Pero he escuchado que el Taiho de Kei no se lleva
bien con la emperatriz.
—¿Quién te lo dijo?
—Las nyosen me dijeron y yo…
Keiki suspiró. Las nyosen habían menospreciado
su problema. El Rey Glorioso de Kei había abandonado sus deberes como regente
completamente. Sin su rey como ancla, el reino había empezado a perder el
rumbo, era un barco arrastrado por la tormenta. Los ministros reales ignoraban
a la emperatriz y la corrupción corría impune entre los oficiales.
—Hice un pacto de nunca dejar su lado y de seguir sus
órdenes. No importa a dónde vaya el rey, mientras se me pida que vaya, yo la
seguiré.
Sin importar cuánto dolor te produzca.
Los ojos oscuros de Taiki miraban fijamente a Keiki,
entonces, los bajó.
—Yo desearía… desearía poder decirlo.
—¿Te arrepientes, Taiki? —Keiki preguntó
directamente.
Taiki dudó por un momento antes de decirlo.
—Sí.
Keiki ladeó ligeramente la cabeza, su expresión no
había cambiado.
—Hice algo que no puedo deshacer… —Ahora que había
emprendido el camino de la confesión, Taiki no podía evitar que las palabras
salieran—. He traicionado a todos.
El pequeño kirin levantó la mirada, una
dolorosa desesperación se veía en sus ojos.
—Con el rey… no hubo revelación… ninguna.
Keiki estaba atónito. La idea excedía completamente su
capacidad de imaginación.
—¿No hubo… revelación?
Taiki asintió.
—Ninguna. No vi ningún ouki. Ya hasta me había
despedido…
—¿Entonces por qué…?
—Yo… no quería que Gyousou se fuera —El niño miró a
Keiki con ojos tristes—. ¿Qué… qué debo hacer? —Su mano temblaba sobre la
rodilla de Keiki—. ¿Cómo puedo arreglarlo? ¿C-cómo lo soluciono?
—Taiki…
—Todo es una mentira, todo. ¿Qué me pasará? ¿Tai
caerá en la ruina? ¿El rey será castigado? ¿Qué le hará Tentei a nuestro pueblo
cuando se entere?
Las lágrimas caían de sus ojos.
Keiki abrió su boca, decidido a hablar, pero entonces
la cerró nuevamente. Le dio unas palmaditas ligeras a la mano que estaba sobre
su rodilla y se levantó. Le hizo una reverencia a Taiki, que se encontraba
sobre el piso del cenador, mirándolo fijamente.
—No diré nada de esto… y siento que será mejor que me
vaya. Hasta pronto, por ahora.
Taiki permaneció quieto en una esquina del cenador, apretando sus
rodillas, mirando la imagen dorada del Taiho alejarse a la distancia. Seguro
que Keiki lo tenía en menos estima ahora. Taiki se preguntó si esta sería la
última vez que lo vería.
Pronto llegarían los rumores. Entonces, el engaño de
Taiki sería revelado.
¿Y qué haría Gyousou cuando supiera de la traición de
Taiki?

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