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El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

jueves, 2 de febrero de 2023

Mar del Viento, Orilla del Laberinto - Capítulo 8

 

CAPÍTULO 8

 

 

 

—¿Puedo salir, Youka? —preguntó Taiki. Acababan de llegar de otra mañana caminando alrededor del Palacio Externo Hoto.

Youka sonrió amablemente.

—Claro. ¿De vuelta con Lady Risai, supongo?

—¿No debo ir?

—No, claro que puedes. Parece ser amable y dado que es una general, ciertamente podemos confiar en ella.

Taiki salió alegremente del palacio externo seguido de Youka y las otras nyosen que habían sido seleccionadas como ayudantes por el día de hoy.

A medida que los días festivos pasaban, las nyosen se hicieron amigas de muchos de los aspirantes. Por esa razón, mientras Taiki caminaba, gradualmente iba perdiendo miembros de su grupo que se quedaban a visitar en un campamento u otro. Incluso Youka se detuvo brevemente justo antes de llegar a la tienda de Risai para hablar con otro general que había conocido. Taiki corrió la distancia que faltaba.

Aunque la cantidad de saludos formales había disminuido desde el primer día, siempre había alguien queriendo hablar con él, así que había descubierto que la mejor manera de moverse sin tener que detenerse y escucharlos era correr.

—¡Lady Risai!

Risai salió de la tienda incluso antes de que terminara de llamarla.

—Bienvenido, mi señor.

—¿Sabías que vendría?

—Siento decirle que Hien lo sabía —El tenba estaba encadenado junto a la entrada—. Siempre hace un ruido de felicidad cuando usted está cerca.

—¿Sí?

—Es verdad, no me sorprendería que ahora lo considere a usted y no a mí su amo.

—¡Lo dudo!

—¿Quién sabe? Los youju no pueden hablar, así que nunca nos dirá lo que piensa —Risai rio y le dio palmaditas en el cuello a Hien—. ¿Y bien, Hien?

El tenba apartó la mirada de ella y colocó su hocico en el pecho de Taiki. Risai rio amargamente.

—¿Ve? Se lo dije.

  

 

Después de pasar un rato peinando el pelaje de Hien, Taiki y Risai caminaron juntos hasta el mediodía.

El joven kirin descubrió que le gustaba mucho caminar con la general. Usualmente estaba lleno de preguntas y ella las respondía todas claras y concisamente, explicándole las muchas cosas inusuales y raras que él señalaba en los campamentos. Les presentó a sus amigos, muchos de los cuales había conocido después de ascender a la montaña, pero sin excepción eran personas amables que estaba encantado de conocer.

—¿Todos son de Tai? ¿No hay gente de otros reinos? —preguntó mientras pasaban junto a una fuente que salía de una de las ondulantes bases de una pared rocosa.

—¡Por supuesto! El Rey de Tai tiene que ser de Tai, mi señor.

—¿De verdad?

—¡Veo que no lo sabía! —exclamó ligeramente sorprendida.

—Viví en Hourai hasta hace poco, así que hay muchas cosas que no sé.

Risai asintió.

—Ah, es verdad. Le pido que me perdone. Sí, es la ley que el rey sea escogido del pueblo de su futuro reino.

—Así que todos viven en Tai.

—Bueno, no necesariamente solo es exigido que hayan nacido allí.

—Ya veo…

Continuaron caminando con Risai llevando a Taiki de la mano, cuando repentinamente el kirin se detuvo en seco, mirando a una criatura que nunca había visto.

—Lady Risai, ¿qué es esta extraña bestia?

Risai se dio la vuelta para seguir la mirada de Taiki y asintió en tono de admiración.

—Ah, es un sugu, son los mejores kiju, son rápidos y hermosos cazadores.

El animal era parecido a un tigre, excepto en que su pelaje brillaba con extraños colores hasta la punta de su cola. Mientras el tenba era una criatura suave y amable, este mostraba ferocidad y fuerza.

—El sugu es la mejor de las monturas. Puede cruzar un reino entero en un día.

—¡Increíble!

Taiki había escuchado de las nyosen que la mayoría de los reinos eran tan grandes que a un caballo ordinario le tomaba una luna entera cruzarlo.

—Sí, son muy fieles a sus amos y bastantes inteligentes. Su ferocidad los hace ideales para la batalla —Risai se dirigió al sugu admirándolo—. Espero poder tener la suerte de encontrarme uno algún día.

—¿Quieres un sugu? ¿Y qué pasa con Hien?

—Sí lo quiero. Hien es fiel y rápido y me he encariñado, pero su naturaleza amable lo hace poco eficiente en el campo de batalla y siendo un general, esa es mi prioridad.

—Supongo que sí.

—Quizá me encuentre con uno cuando vuelva de Houzan.

—Si te lo encuentras, ¿podrás atraparlo y llevártelo?

Risai rio.

—Esa es mi intención. Estaba buscando conocerlo, mi señor, esté seguro, pero para ser sincera, también quería tener la oportunidad de cazar un sugu.

Taiki asintió, maravillándose por la bestia.

—Si pudiese juntar toda mi fortuna, se podría comprar, pero un kiju comprado es poco fiel a su amo. No, lo debo atrapar por mis propios méritos.

—Eso tiene sentido.

Risai sonrió y asintió, entonces, llamó a la tienda donde el sugu estaba encadenado.

—¡Disculpen! ¿Quién es el amo de este sugu que veo junto a la tienda?

—Si te refieres a Keito, es mío —dijo una voz tras ellos. Visiblemente sorprendida, Risai se dio la vuelta. Parecía en tensión, lista para la acción.

—¡Señor Gyousou!

Era él. El cabello como hielo y esos ojos escarlatas habían quedado grabados eternamente en la memoria de Taiki. El general no llevaba su armadura negra el día de hoy, pero no había olvidado el cinturón donde llevaba su espada.

Risai llevó su mirada de Taiki a Gyousou por un momento y entonces se enderezó y habló formalmente.

—Estoy encantada de conocerlo, yo soy…

—Lady Risai de la Guardia Provincial de Jou, supongo —dijo Gyousou con una ligera sonrisa.

Los ojos de Risai se abrieron como platos.

—¿Cómo lo sabía?

—¡Tal como pensaba! —dijo Taiki. Los dos generales lo miraron, sorprendidos—. Lo siento.

—¿Tal como pensaba? —dijo Gyousou con una sonrisa.

—No, es solo que… ya sabía que Lady Risai no era una general cualquiera. Eso es todo, así que pensaba que…

El rostro de Risai se sonrojó mientras miraba a Gyousou.

—Mi señor piensa demasiado bien de mí para su propio bien.

—Oh, por el contrario —respondió Gyousou riendo—. Mi señor tiene ojos agudos. Ella es una gran comandante. Hay pocos que no hayan escuchado de Lady Risai de la Guardia Provincial de Jou.

—No crea sus palabras, mi señor —Insistió Risai, claramente avergonzada.

Gyousou la miró intensamente y volvió a reír.

Um, pensó Taiki, cuando ríe, no da tanto miedo.

  

 

—Bueno, ¿Cuál de los dos preguntaba por Keito? —La mirada de Gyousou observaba a ambos—. ¿Mi señor o Lady Risai?

—Mi señor quisiera verlo de cerca.

—Entonces estoy seguro de que Keito no tendrá objeciones —dijo Gyousou haciendo una señal con la mano para que se acercaran al sugu.

Al verlo de cerca, los ojos de la criatura eran más sorprendentes que su forma. Eran como dos lagos de inimaginables profundidades, pero estaban llenos de un color complejo y hermoso, brillaban como dos ópalos radiantes.

—¿Tú… tú atrapaste a este sugu, señor Gyousou?

—Así es. No es mi costumbre comprar monturas.

—Pero ¿no es peligroso atrapar un youju como este?

Las esquinas de la boca de Gyousou subieron. Taiki se encogió. Esta era una expresión diferente de la amigable sonrisa de antes y algo le hacía sentirse cauteloso. Pensó que le recordaba la forma en que un depredador muestra los dientes cuando huele a su presa.

—Atrapar una montura es encadenar algo libre y salvaje. Me parecería injusto si por lo menos no pusiéramos en riesgo nuestras vidas.

—Oh… ya veo.

Gyousou le dio un palmadita a Keito. Su sonrisa feroz desapareció.

—Lo atrapé y lo entrené. Él y mi espada son mis únicos tesoros en el mundo.

Risai parecía sorprendida.

—¿Lo entrenó usted mismo?

—Lo logré, aunque temo que mis habilidades no son suficientes —dijo riendo—. Pues no le va tan bien con otros jinetes —Gyousou miró a Taiki—. No lo toque repentinamente. Le he advertido muchas veces, pero siempre puede que…

Taiki tragó saliva.

—Entiendo.

—Eso me recuerda —Risai miró a Gyousou—. He escuchado que su espada fue un regalo del antiguo Rey Pacífico de Tai.

—Así es.

—Escuché que es famosa.

—Todo lo que sé es que puede cortar.

Para Taiki estaba claro que la espada al lado del hombre no era solo decoración, sino un arma, una muy bien cuidada y usada a menudo. Gyousou era un soldado, le habían dado la espada para que cortara cosas y la llevaba con él por si algo necesitaba ser cortado.

Taiki inconscientemente retrocedió.

—¿Fue una… recompensa por alguna misión? —preguntó el niño, pero Gyousou negó con la cabeza.

—No fue ningún logro militar. Una vez, tuve la oportunidad de combatir con el Rey Eterno ante el Rey de Tai.

—¿Y ganaste?

—Perdí —Admitió alegremente Gyousou—. De tres rondas, solo pude ganar una. Sin embargo, el anterior rey estaba tan impresionado de que pudiera hacer eso que me dio esta espada. Es muy valiosa para mí porque no la gané gracias a una muerte.

—¿Así que el Rey Eterno es un fuerte espadachín?

—Si se me permite una insolencia —dijo Gyousou con la temible sonrisa apareciendo en su rostro nuevamente como una violenta tormenta—. Deme otros quinientos años para entrenar y el Rey Eterno no podrá derrotarme entonces.

Nuevamente, Taiki sintió una confianza casi salvaje en las palabras del general. Aunque no había nada que temer en una conversación normal, la expresión del hombre a veces tenía una extraña capacidad de causarle escalofríos.

—Yo también quisiera tener un sugu algún día —dijo Risai mirando a Keito.

—Conozco un buen lugar de caza. Te llevaré —dijo Gyousou causalmente.

—¿Me haría ese gran favor?

—He terminado lo que me ocupaba en este lugar. De hecho, quería ir a cazar sugu hasta el próximo Día del Paso Seguro.

—¡Pero si ya tiene uno!

—Si tuviese otro, Keito podría descansar la mitad del tiempo. No necesito tres, pero dos serían perfectos.

—Puedo entenderlo, ¿pero no quiere mantener su lugar de caza como un secreto?

—No veo por qué. Cualquiera es libre de ir a cazar.

—¿Y si capturan a todas las bestias?

Gyousou sonrió peligrosamente.

—Dudo que eso pase pronto. No todos son capaces de montar un sugu, después de todo.

  

 

Mientras se alejaban del señor Gyousou, Taiki dejó salir un pesado suspiro. Por primera vez, se dio cuenta de que había estado terriblemente nervioso durante la conversación.

—¿Pasa algo?

—No…

Risai miró a Taiki a los ojos.

—¿El señor Gyousou lo asusta?

—¿No te asusta a ti?

—Lo haría si fuese mi enemigo. Y admito que a veces inspira cierta tensión.

—¿Hasta a ti?

—Tiene una temible presencia, ¿no es así? A veces se puede llegar a pensar que es un perro amigable, pero algo le pasa y entonces uno recuerda que es en realidad un lobo.

—Creo que entiendo exactamente a lo que te refieres.

—Es todo lo que la gente dice que es —murmuró Risai—. Su voluntad es feroz, eso está claro. Es realmente lamentable que no sea el rey.

—¿De verdad lo crees?

Taiki podía darse cuenta de que el hombre era poderoso, pero le daba demasiado miedo para quererlo como líder.

Risai asintió.

—Un rey debe ser más que una buena persona. Un rey que es demasiado amable solo llevará su reino a la perdición y un rey muy cruel lo llevará al caos. El señor Gyousou no es ninguna de las dos cosas. Si tan solo… pero no puede ser.

—¿Y tú, Lady Risai? —Taiki miró a la general.

Risai sonrió forzadamente.

—Cuando conocí al señor Gyousou me arrepentí de haber subido a la montaña tan impulsivamente. Él y yo estamos en diferentes niveles, y el suyo es el nivel de los reyes.

  


 —Supongo que el rey no estaba entre quienes subieron a la montaña esta vez —dijo Taiki a Youka una noche. Dos semanas habían pasado desde el solsticio.

—Eso pienso.

La luna estaba alta en el cielo nocturno y no muy lejos, se podía escuchar el zumbido de los insectos.

—¿Eso quiere decir que no tengo que ir al Palacio Externo Hoto mañana?

Youka asintió mientras doblaba las mantas en su habitación. Sanshi asistía en silencio a Taiki con sus ropas.

—Sí. Cerraremos las puertas del Palacio Externo Hoto, eso será la señal para que los aspirantes pierdan sus esperanzas.

—¿Y qué pasa después?

—Pues nada. Si quieres salir a jugar, puedes hacerlo.

—¿De verdad?

—Claro que sí. Todavía habrá personas allí para cuidarte. ¿Asumo que querrás ir a hablar con el señor Gyousou y Lady Risai? Si estás con ellos no tengo nada que temer. Y Sanshi estará allí como siempre.

Desde aquella vez que Risai lo había llevado a ver el sugu del general, Taiki había llamado a Gyousou varias veces, rara vez pasaba un día sin verlo. Cuando iba de visita donde Risai y jugaba con Hien, siempre iba después a la tienda de Gyousou. A medida que pasaban los días, esto se había convertido en un hábito. Como siempre, había veces que la actitud del hombre le causaba escalofríos, pero ya se había acostumbrado a la sensación. Y una vez que se acostumbró a él, empezó a sentir que tenía que verlo, de cierta forma, el formidable general había tomado el papel del padre que Taiki había dejado en Hourai y el chico se la pasaba pensando cuánto tiempo se quedaría Gyousou.

—De hecho… —Taiki miró a Youka—. Mañana Lady Risai y el señor Gyousou planean ir al Koukai y cazar un sugu.

Youka levantó una delicada ceja.

—¿Y?

—No… puedo ir… ¿verdad?

Risai lo había invitado, pero él le había dicho que no había forma que las nyosen lo dejaran ir. Youka intercambió miradas con Teiei, que estaba sentada en una esquina de la habitación y entonces suspiró.

—Puedes ir si lo deseas. Es raro que me pidas hacer algo, pero no permitiremos que te hagas daño y nos des un susto de muerte.

Taiki sonrió.

—¡Gracias!

  

 

A la mañana siguiente, tan temprano que podía haber sido la mitad de la noche, Taiki corrió como una sombra ansiosa hasta la tienda de Risai en el Palacio Externo Hoto.

Todavía era de noche y pocas personas estaban cerca, pero aquí y allí había antorchas, alumbrado con su tenue luz a través del claro.

—¡Lady Risai!

—Mi señor.

Pudo ver a Gyousou junto a la tienda, con su armadura puesta y con Keito tras él. Risai se giró para colocar la silla de montar sobre Hien. Era la primera vez que Taiki la veía en armadura. Al levantar la mirada, Risai pudo ver un grupo inusualmente grande de nyosen tras Taiki y asintió en su dirección.

—¡Dijeron que podía ir!

Risai sonrió.

—Entonces nos alegra tenerlo con nosotros.

—¿Puedo montar a Hien?

—Claro.

Teiei alcanzó a Taiki e hizo una reverencia educada a los generales.

—Lady Risai, señor Gyousou. Nuestro señor está en sus manos y su cuidado.

Risai y Gyousou hicieron una reverencia solemne.

—Lo dejamos ir bajo su cuidado, asegúrense de que regrese ileso. Y aunque sea poco tiempo, que regrese para el mediodía.

—Como desees.

Teiei asintió y entonces notó que solo el tenba y un sugu habían sido preparados para ir.

—¿No se llevarán a sus acompañantes?

—Si otros nos acompañan a caballo, no podremos llegar para el mediodía —explicó Risai.

Teiei frunció el ceño. El Mar Amarillo era un lugar famoso por sus peligros. Aunque las Cinco Montañas tenían protecciones místicas, la tierra salvaje del Koukai no tenía protecciones de este tipo y su vasta expansión no era más que el hogar de incontables demonios que no eran nada amistosos con los humanos. Y había otros peligros en el Koukai además de demonios: las arenas movedizas, lagos de gases venenosos y montañas con derrumbes frecuentes eran comunes para quienes se adentraran en él.

—¿Puedo confiar en su promesa de traer al señor sano y salvo?

Risai hizo otra reverencia.

—Nada le hará daño.

—Iríamos si pudiéramos, pero ninguna nyosen puede salir de Gozan sin permiso de la Genkun. Así que debo pedirles que eviten los lugares peligrosos. Aunque estén cazando, deben considerar la seguridad del señor sobre todas las cosas. Tampoco debe ser expuesto a la inmundicia de la sangre. ¿Entendido?

—Sí… Entiendo bien —dijo Risai nuevamente con una expresión de perplejidad.

Teiei continuó sin hacer caso:

—Si llega a pasar que deben herir a un demonio, deben llevar al señor a otra parte, aunque eso signifique abandonar a la otra persona.

—Teiei —dijo Taiki apretando ligeramente la túnica de la nyosen. Nunca la había visto tan sobreprotectora.

—No vamos en una caminata de paseo —Fue Gyousou quien habló, tenía una mirada feroz—. Tampoco podemos permanecer en las orillas del Koukai si lo que queremos es atrapar demonios fuertes. No puedo prometer que no habrá peligro, pero no habría invitado a mi señor si no tuviera confianza en nuestra habilidad de protegerlo. Tu insistencia de que le otorguemos lo que por derecho debemos ofrecer como ciudadanos leales de Tai podría ser tomada como una falta de respeto, nyosen.

Teiei miró agresivamente a Gyousou.

—Tu confianza es impresionante, por tu bien, espero que no sea mera arrogancia.

Gyousou le devolvió la misma mirada con una mayor intensidad.

—Esto apenas merece tu preocupación, nyosen. Nuestro señor es el kirin de Tai, el reino al cual hemos jurado lealtad, ¿tal vez crees que piensas más en su bienestar que cualquier otra persona de Tai? ¿No es arrogante de tu parte?

Los dos intercambiaron miradas por un momento y entonces Teiei apartó sus ojos.

—Está en tus manos.

—Así es.

Gyousou vio cómo Teiei se daba la vuelta y se iba antes de tomar las riendas del sugu.

—Vamos, Lady Risai, antes de que amanezca.

  

 

El tenba viajaba a una gran velocidad, pero el viaje era suave fluido.

Brincaban sobre las rocas, galopaban por las planicies y saltaban sobre los árboles caídos. Hien se movía con tanta gracia que, para sorpresa de Taiki, no sentía ni un solo golpe. Aquí y allí, cuando volaban, las zancadas de Hien era igual de suaves y estables, era difícil para Taiki creer que estaba sobre una criatura viva.

Aparentemente Hien también podía ver en la oscuridad, así que su velocidad nunca disminuía aún en lugares donde las grandes rocas o los altos árboles bloqueaban la luz de la luna.

—¿Qué tal? —preguntó Risai desde su lugar tras él, con un brazo alrededor del pecho de Taiki y el otro tomando las riendas.

—Es como montar un kirin.

Los ojos de la general se ampliaron.

—¿Ha montado un kirin?

—Sí, ¿eso es inusual?

La risa de Risai se perdió por el rugir del viento.

—Bastante inusual. Temo que Hien se deba sentir menos si lo compara con una criatura de ese calibre.

—Yo no diría eso.

—Oh, pero así es. Tal vez usted, al ser un kirin, no se sienta tan sorprendido en la presencia de uno, pero para mí, el solo pensar en montar uno me produce escalofríos.

Taiki no estaba consciente de que los kirin eran considerados de esa forma. Aunque la idea de montar en la espalda de Keiki, el hombre, no el kirin; le hacía hacer una pausa, pero no era algo realmente especial.

—Es bastante intimidatorio solo compartir la silla con usted, mi señor.

Taiki miró a la sonriente general.

¿Lo dice en serio?

Gyousou se había acercado a ellos para comentarle algo a Risai, pero no parecía estar escuchando su conversación. Taiki pudo observar momentáneamente el perfil del hombre bajo los rayos de la luna. Esa aura temible lo rodeaba.

Teiei debió hacerlo enojar.

Y todo es mi culpa.

La excitación del chico por montar al tenba se encogió y se convirtió en nada.

  

 

Hien y Keito llevaron a sus jinetes a un lugar profundo del Mar Amarillo, dirigiéndose rápidamente al norte y al este de las Cinco Montañas hasta que cruzaron un campo de colinas bajas que se curvaban hasta la base de Kouzan.

En los lugares bajos tras las estériles colinas, Gyousou, quien los lideraba, detuvo a Keito y desmontó. La luna seguía en el cielo sobre ellos.

—¿Es este lugar, señor Gyousou? —preguntó Risai, haciendo parar a Hien. El general asintió silenciosamente. Risai levantó a Taiki y el chico quedó de pie observando a Gyousou, maravillándose por su ferocidad que parecía no haber disminuido desde que salieron de Houzan.

—¿Señor Gyousou?

—¿Pasa algo? —La voz de Gyousou sonaba como una espada cortando la tela de la noche. Estaba ocupado desempacando sus bolsas y no se volvió.

Taiki bajó la cabeza.

—Pido disculpas por la grosería de la nyosen.

Las manos de Gyousou se detuvieron e inhaló profundamente. Por un momento, su ferocidad pareció flaquear.

—No es algo por lo que deba disculparse.

—No, de verdad, me disculpo ante ti y Lady Risai.

Risai rio desde la sombra de una roca, donde se encontraba preparando una fogata.

—No se preocupe. Es natural que las nyosen se interesen en su bienestar.

—Eso es, verán —dijo Taiki mirando a los generales—. No me encuentro bien, estoy enfermo. —Ambos compañeros lo miraron inmediatamente y sintió sus mejillas sonrojarse—. Es una forma de decirlo… —Taiki buscaba las palabras correctas—. No creo que Teiei quisiera menospreciarlos. Es solo que ella sabe que yo… bueno… soy indefenso… y se preocupa.

Risai rio suavemente.

—Usted es irreemplazable, mi señor, pero ciertamente no indefenso. No debería pensar tan poco de sí mismo. Usted es un kirin.

Taiki sacudió la cabeza.

—No, las nyosen se preocupan porque no puedo hacer lo que los kirin deberían hacer. Eso es lo que yo creo. No tengo… shirei.

Los ojos de los generales se abrieron de sorpresa y rápidamente intercambiaron miradas.

La aversión de los kirin por la sangre significaba que nunca podían tomar las armas o pelear por sí solos. Esto aplicaba a demonios, hombres o bestias. Por esta razón, confiaban en sus shirei para protegerlos y era de conocimiento común que los kirin tenían muchos, a veces cientos de shirei a su servicio. Un kirin sin shirei no tenía forma de defenderse.

—Y eso no es todo —continuó Taiki—. Tampoco puedo transformarme —Ahora los dos generales estaban boquiabiertos—. Ya sé que debería tener muchos shirei y que ellos deberían protegerme, pero no puedo hacerlo, no puedo apaciguarlos. Y sé que debería transformarme a mi forma de kirin para huir del peligro, pero tampoco puedo —Era vergonzoso admitir sus defectos y mientras hablaba, Taiki se encogía lentamente, sus hombros caían y su cabeza colgaba—. Es por eso por lo que las nyosen se preocupan. Intentaron ayudarme, hasta llamaron al Taiho de Kei para que me ayudara. El Taiho me enseñó muchas cosas, pero al final no dio resultado, no pasó nada. Así que…

Taiki sabía que había causado muchos problemas a todos a su alrededor, qué carga debía ser para sus corazones. Y, aún así, no le mostraban más que amor. Solo pensar en eso le irritaba el estómago.

Con una gran amabilidad, Gyousou estiró una de sus grandes manos y le dio palmaditas a Taiki en la cabeza. Cuando el niño alzó la mirada, vio al hombre mirándolo, una expresión de benevolencia se apreciaba en sus ojos. Este no era el temible general, sino el amable hombre.

—Nunca pretendí confiar en sus shirei para protegerlo. No se preocupe.

—Yo… tengo una nyokai.

Gyousou sonrió.

—Entonces tienes una aliada poderosa.

Su mano era mucho más fuerte que la de Taiki, pero rozaba suavemente su pelo.

El joven kirin asintió y permaneció callado.

  

 

—¿Qué usas de carnada? —preguntó Taiki. Estaba viendo a Lady Risai preparar la trampa que los dos generales habían hecho.

—Joyas. Los sugu prefieren ágatas —dijo y entonces sacó una gema del tamaño de un huevo de su bolsa.

—¿S-se las comen?

Risai rio.

—No, creo que es similar a lo que pasa con los gatos y la menta gatuna. ¿Podrías sostenerla un momento? —Risai puso la gema en la mano de Taiki y entonces miró a Gyousou—. Dejaré algunos rastros para ampliar la red —dijo, brincando sobre su tenba.

—¿Rastros?

—Cristales de ágata. Señor Gyousou, el señor está en sus manos.

—Muy bien.

Hien saltó muy alto en el cielo y aceleró con unos rápidos batidos de sus alas. El cielo en el este ya mostraba un ligero tono de blanco.

De noche, explicó Gyousou, era el mejor momento para cazar. Cuando el sol estaba alto, los youju rara vez caminaban por allí. Normalmente, los dos generales habrían cazado más temprano para evitar una decepción al amanecer, y Taiki se dio cuenta de que atrasaron la hora de salida por su seguridad.

Con gran cuidado, Gyousou aseguró la cuerda final de la trampa a una gruesa estaca entre dos rocas. Entonces se levantó, aplaudió y caminó hacia Keito, que permanecía tirado sobre una roca plana junto a la fogata.

—¿Quiere descansar, mi señor?

—Sí.

Gyousou se recostó contra su montura dormilona e hizo un movimiento que señalaba el suelo junto a él. Dócilmente, Taiki se le unió.

—¿Crees que lograrás atrapar uno?

—Quién sabe. Es un asunto de suerte.

—¿Así atrapaste a Keito?

Gyousou asintió.

—Sí, creo que era mi sexto viaje en uno de los Días de Paso Seguro.

—¿Fue difícil?

—Sí, atraparlo fue la parte fácil, lo que sigue no es tan simple.

Taiki miraba la trampa, preguntándose exactamente cómo el complejo tejido de cadenas y cuerdas se moverían para capturar a la bestia.

—¿Me teme, mi señor?

Taiki lo miró, sorprendido por la repentina pregunta.

—No… yo…

—En ocasiones, puedo verlo alejarse de mí como si lo hiciera. Pensé que tal vez el hedor de la muerte está demasiado presente en mí.

—No, no es verdad.

—Entonces debe haber algo en mí que asuste incluso a un kirin —Gyousou rio amargamente—. Los kirin son criaturas de virtud, lo que quiere decir que debo tener algo en mí que la virtud encuentra… indeseable.

—No lo creo…

—Por supuesto, soy un guerrero y no puedo hacer nada al respecto. Y el deber de un soldado está lejos de ser virtuoso, mi señor. Si sabe qué es lo que me hace falta, ¿podría decirme? Me gustaría saber por qué soy poco digno.

Taiki tragó saliva.

—Yo… creo que así no es como funciona —El hombre lo miró con duda en sus ojos—. Quizás sea el color de tus ojos. Me recuerdan a la sangre.

—Aprecio que no quiera herir mis sentimientos, pero es un mal mayor no decirme la verdad —dijo Gyousou con sus suaves palabras rebosantes de determinación.

—Bueno… no tiene nada que ver con la razón por la que no fuiste escogido. No es mi elección, es solo que… pasa. Pero sí tienes algo… —Taiki lo miró—. Lo siento. No puedo explicarlo.

—No necesito explicación, con que me diga lo que siente o piensa es suficiente.

Por un largo momento el niño pensó.

—S-siempre he sido tímido. Creo que eso debe ser. Las nyosen dicen que me falta presencia o que debo tener más confianza, pero no estoy seguro de que sean cosas que puedo aprender —Gyousou lo miraba en silencio—. Tú tienes mucha confianza, señor Gyousou. La gente habla de tu presencia y no estoy realmente seguro de qué significa, pero cuando te veo, creo que la tienes. Es como… un aura a tu alrededor. ¿Tiene sentido?

Gyousou asintió.

—Y tu presencia… creo que me hace sentir pequeño. Es como la envidia, pero no es igual —Taiki miró la fogata arder más allá de las patas estiradas del sugu—. Es como el fuego o algo así. Es cálido y brillante, pero da miedo cuando es muy fuerte. Es así como me siento, como asustado ante el fuego. Al menos… creo que eso es —Taiki encontraba difícil poder describir sus propios miedos a otra persona—. No siento lástima por mí mismo, no es eso, y no tengo miedo de ser herido. También es diferente al miedo que siento cuando veo la sangre… —Sus palabras seguían saliendo, pero ninguna parecía dar en el clavo. Era difícil decidir cómo decir lo que sentía. Taiki quería llorar—. Tampoco es un sentimiento malo. Un gran incendio da miedo, pero también es hermoso e impresionante, ¿no? Es así. Me siento sobrecogido, supongo, y también humilde.

Gyousou puso su mano sobre la cabeza de Taiki.

—No llore.

—Lo siento…

—No, fue una imprudencia haber preguntado. Perdóneme.

Gyousou rio suavemente y acarició el pelo de Taiki.

—Es usted un buen niño, mi señor.

Taiki sacudió la cabeza nuevamente, frunciendo el ceño.

—Es honesto y amable. Me da una gran esperanza por el futuro de Tai.

—Esperanza —Taiki dejó la palabra asentarse en su lengua, probándola—. Espero que tengas razón.

Gyousou asintió y colocando su brazo alrededor del kirin dirigió su mirada a la fogata.

No dijo nada más y Taiki se recostó sobre el gran y temible general, y se quedó callado.

 

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