—¿Puedo salir, Youka? —preguntó
Taiki. Acababan de llegar de otra mañana caminando alrededor del Palacio
Externo Hoto.
Youka sonrió
amablemente.
—Claro. ¿De
vuelta con Lady Risai, supongo?
—¿No debo ir?
—No, claro
que puedes. Parece ser amable y dado que es una general, ciertamente podemos
confiar en ella.
Taiki salió
alegremente del palacio externo seguido de Youka y las otras nyosen que
habían sido seleccionadas como ayudantes por el día de hoy.
A medida que
los días festivos pasaban, las nyosen se hicieron amigas de muchos de
los aspirantes. Por esa razón, mientras Taiki caminaba, gradualmente iba
perdiendo miembros de su grupo que se quedaban a visitar en un campamento u
otro. Incluso Youka se detuvo brevemente justo antes de llegar a la tienda de
Risai para hablar con otro general que había conocido. Taiki corrió la
distancia que faltaba.
Aunque la
cantidad de saludos formales había disminuido desde el primer día, siempre
había alguien queriendo hablar con él, así que había descubierto que la mejor
manera de moverse sin tener que detenerse y escucharlos era correr.
—¡Lady Risai!
Risai salió
de la tienda incluso antes de que terminara de llamarla.
—Bienvenido,
mi señor.
—¿Sabías que
vendría?
—Siento
decirle que Hien lo sabía —El tenba estaba encadenado junto a la
entrada—. Siempre hace un ruido de felicidad cuando usted está cerca.
—¿Sí?
—Es verdad,
no me sorprendería que ahora lo considere a usted y no a mí su amo.
—¡Lo dudo!
—¿Quién sabe?
Los youju no pueden hablar, así que nunca nos dirá lo que piensa —Risai
rio y le dio palmaditas en el cuello a Hien—. ¿Y bien, Hien?
El tenba
apartó la mirada de ella y colocó su hocico en el pecho de Taiki. Risai rio
amargamente.
—¿Ve? Se lo
dije.
Después de pasar un rato
peinando el pelaje de Hien, Taiki y Risai caminaron juntos hasta el mediodía.
El joven kirin
descubrió que le gustaba mucho caminar con la general. Usualmente estaba lleno
de preguntas y ella las respondía todas claras y concisamente, explicándole las
muchas cosas inusuales y raras que él señalaba en los campamentos. Les presentó
a sus amigos, muchos de los cuales había conocido después de ascender a la
montaña, pero sin excepción eran personas amables que estaba encantado de
conocer.
—¿Todos son
de Tai? ¿No hay gente de otros reinos? —preguntó mientras pasaban junto a una
fuente que salía de una de las ondulantes bases de una pared rocosa.
—¡Por
supuesto! El Rey de Tai tiene que ser de Tai, mi señor.
—¿De verdad?
—¡Veo que no
lo sabía! —exclamó ligeramente sorprendida.
—Viví en Hourai
hasta hace poco, así que hay muchas cosas que no sé.
Risai
asintió.
—Ah, es
verdad. Le pido que me perdone. Sí, es la ley que el rey sea escogido del
pueblo de su futuro reino.
—Así que
todos viven en Tai.
—Bueno, no
necesariamente solo es exigido que hayan nacido allí.
—Ya veo…
Continuaron
caminando con Risai llevando a Taiki de la mano, cuando repentinamente el kirin
se detuvo en seco, mirando a una criatura que nunca había visto.
—Lady Risai,
¿qué es esta extraña bestia?
Risai se dio
la vuelta para seguir la mirada de Taiki y asintió en tono de admiración.
—Ah, es un sugu,
son los mejores kiju, son rápidos y hermosos cazadores.
El animal era
parecido a un tigre, excepto en que su pelaje brillaba con extraños colores
hasta la punta de su cola. Mientras el tenba era una criatura suave y
amable, este mostraba ferocidad y fuerza.
—El sugu
es la mejor de las monturas. Puede cruzar un reino entero en un día.
—¡Increíble!
Taiki había
escuchado de las nyosen que la mayoría de los reinos eran tan grandes
que a un caballo ordinario le tomaba una luna entera cruzarlo.
—Sí, son muy
fieles a sus amos y bastantes inteligentes. Su ferocidad los hace ideales para
la batalla —Risai se dirigió al sugu admirándolo—. Espero poder tener la
suerte de encontrarme uno algún día.
—¿Quieres un sugu?
¿Y qué pasa con Hien?
—Sí lo
quiero. Hien es fiel y rápido y me he encariñado, pero su naturaleza amable lo
hace poco eficiente en el campo de batalla y siendo un general, esa es mi
prioridad.
—Supongo que
sí.
—Quizá me
encuentre con uno cuando vuelva de Houzan.
—Si te lo
encuentras, ¿podrás atraparlo y llevártelo?
Risai rio.
—Esa es mi
intención. Estaba buscando conocerlo, mi señor, esté seguro, pero para ser
sincera, también quería tener la oportunidad de cazar un sugu.
Taiki asintió,
maravillándose por la bestia.
—Si pudiese
juntar toda mi fortuna, se podría comprar, pero un kiju comprado es poco
fiel a su amo. No, lo debo atrapar por mis propios méritos.
—Eso tiene
sentido.
Risai sonrió
y asintió, entonces, llamó a la tienda donde el sugu estaba encadenado.
—¡Disculpen!
¿Quién es el amo de este sugu que veo junto a la tienda?
—Si te
refieres a Keito, es mío —dijo una voz tras ellos. Visiblemente sorprendida,
Risai se dio la vuelta. Parecía en tensión, lista para la acción.
—¡Señor
Gyousou!
Era él. El
cabello como hielo y esos ojos escarlatas habían quedado grabados eternamente
en la memoria de Taiki. El general no llevaba su armadura negra el día de hoy,
pero no había olvidado el cinturón donde llevaba su espada.
Risai llevó
su mirada de Taiki a Gyousou por un momento y entonces se enderezó y habló
formalmente.
—Estoy
encantada de conocerlo, yo soy…
—Lady Risai
de la Guardia Provincial de Jou, supongo —dijo Gyousou con una ligera sonrisa.
Los ojos de
Risai se abrieron como platos.
—¿Cómo lo
sabía?
—¡Tal como
pensaba! —dijo Taiki. Los dos generales lo miraron, sorprendidos—. Lo siento.
—¿Tal como
pensaba? —dijo Gyousou con una sonrisa.
—No, es solo
que… ya sabía que Lady Risai no era una general cualquiera. Eso es todo, así
que pensaba que…
El rostro de
Risai se sonrojó mientras miraba a Gyousou.
—Mi señor
piensa demasiado bien de mí para su propio bien.
—Oh, por el
contrario —respondió Gyousou riendo—. Mi señor tiene ojos agudos. Ella es una
gran comandante. Hay pocos que no hayan escuchado de Lady Risai de la Guardia
Provincial de Jou.
—No crea sus
palabras, mi señor —Insistió Risai, claramente avergonzada.
Gyousou la
miró intensamente y volvió a reír.
Um,
pensó Taiki, cuando ríe, no da tanto miedo.
—Bueno, ¿Cuál de los dos
preguntaba por Keito? —La mirada de Gyousou observaba a ambos—. ¿Mi señor o
Lady Risai?
—Mi señor quisiera
verlo de cerca.
—Entonces
estoy seguro de que Keito no tendrá objeciones —dijo Gyousou haciendo una señal
con la mano para que se acercaran al sugu.
Al verlo de
cerca, los ojos de la criatura eran más sorprendentes que su forma. Eran como
dos lagos de inimaginables profundidades, pero estaban llenos de un color
complejo y hermoso, brillaban como dos ópalos radiantes.
—¿Tú… tú
atrapaste a este sugu, señor Gyousou?
—Así es. No
es mi costumbre comprar monturas.
—Pero ¿no es
peligroso atrapar un youju como este?
Las esquinas
de la boca de Gyousou subieron. Taiki se encogió. Esta era una expresión
diferente de la amigable sonrisa de antes y algo le hacía sentirse cauteloso.
Pensó que le recordaba la forma en que un depredador muestra los dientes cuando
huele a su presa.
—Atrapar una
montura es encadenar algo libre y salvaje. Me parecería injusto si por lo menos
no pusiéramos en riesgo nuestras vidas.
—Oh… ya veo.
Gyousou le
dio un palmadita a Keito. Su sonrisa feroz desapareció.
—Lo atrapé y
lo entrené. Él y mi espada son mis únicos tesoros en el mundo.
Risai parecía
sorprendida.
—¿Lo entrenó
usted mismo?
—Lo logré,
aunque temo que mis habilidades no son suficientes —dijo riendo—. Pues no le va
tan bien con otros jinetes —Gyousou miró a Taiki—. No lo toque repentinamente.
Le he advertido muchas veces, pero siempre puede que…
Taiki tragó
saliva.
—Entiendo.
—Eso me
recuerda —Risai miró a Gyousou—. He escuchado que su espada fue un regalo del
antiguo Rey Pacífico de Tai.
—Así es.
—Escuché que
es famosa.
—Todo lo que
sé es que puede cortar.
Para Taiki
estaba claro que la espada al lado del hombre no era solo decoración, sino un
arma, una muy bien cuidada y usada a menudo. Gyousou era un soldado, le habían
dado la espada para que cortara cosas y la llevaba con él por si algo
necesitaba ser cortado.
Taiki
inconscientemente retrocedió.
—¿Fue una…
recompensa por alguna misión? —preguntó el niño, pero Gyousou negó con la
cabeza.
—No fue
ningún logro militar. Una vez, tuve la oportunidad de combatir con el Rey Eterno
ante el Rey de Tai.
—¿Y ganaste?
—Perdí
—Admitió alegremente Gyousou—. De tres rondas, solo pude ganar una. Sin
embargo, el anterior rey estaba tan impresionado de que pudiera hacer eso que
me dio esta espada. Es muy valiosa para mí porque no la gané gracias a una
muerte.
—¿Así que el
Rey Eterno es un fuerte espadachín?
—Si se me
permite una insolencia —dijo Gyousou con la temible sonrisa apareciendo en su
rostro nuevamente como una violenta tormenta—. Deme otros quinientos años para
entrenar y el Rey Eterno no podrá derrotarme entonces.
Nuevamente,
Taiki sintió una confianza casi salvaje en las palabras del general. Aunque no
había nada que temer en una conversación normal, la expresión del hombre a
veces tenía una extraña capacidad de causarle escalofríos.
—Yo también
quisiera tener un sugu algún día —dijo Risai mirando a Keito.
—Conozco un
buen lugar de caza. Te llevaré —dijo Gyousou causalmente.
—¿Me haría
ese gran favor?
—He terminado
lo que me ocupaba en este lugar. De hecho, quería ir a cazar sugu hasta
el próximo Día del Paso Seguro.
—¡Pero si ya
tiene uno!
—Si tuviese
otro, Keito podría descansar la mitad del tiempo. No necesito tres, pero dos
serían perfectos.
—Puedo
entenderlo, ¿pero no quiere mantener su lugar de caza como un secreto?
—No veo por
qué. Cualquiera es libre de ir a cazar.
—¿Y si
capturan a todas las bestias?
Gyousou
sonrió peligrosamente.
—Dudo que eso
pase pronto. No todos son capaces de montar un sugu, después de todo.
Mientras se alejaban del señor
Gyousou, Taiki dejó salir un pesado suspiro. Por primera vez, se dio cuenta de
que había estado terriblemente nervioso durante la conversación.
—¿Pasa algo?
—No…
Risai miró a
Taiki a los ojos.
—¿El señor
Gyousou lo asusta?
—¿No te
asusta a ti?
—Lo haría si
fuese mi enemigo. Y admito que a veces inspira cierta tensión.
—¿Hasta a ti?
—Tiene una
temible presencia, ¿no es así? A veces se puede llegar a pensar que es un perro
amigable, pero algo le pasa y entonces uno recuerda que es en realidad un lobo.
—Creo que
entiendo exactamente a lo que te refieres.
—Es todo lo
que la gente dice que es —murmuró Risai—. Su voluntad es feroz, eso está claro.
Es realmente lamentable que no sea el rey.
—¿De verdad
lo crees?
Taiki podía
darse cuenta de que el hombre era poderoso, pero le daba demasiado miedo para
quererlo como líder.
Risai
asintió.
—Un rey debe
ser más que una buena persona. Un rey que es demasiado amable solo llevará su
reino a la perdición y un rey muy cruel lo llevará al caos. El señor Gyousou no
es ninguna de las dos cosas. Si tan solo… pero no puede ser.
—¿Y tú, Lady
Risai? —Taiki miró a la general.
Risai sonrió
forzadamente.
—Cuando
conocí al señor Gyousou me arrepentí de haber subido a la montaña tan
impulsivamente. Él y yo estamos en diferentes niveles, y el suyo es el nivel de
los reyes.
—Eso pienso.
La luna
estaba alta en el cielo nocturno y no muy lejos, se podía escuchar el zumbido
de los insectos.
—¿Eso quiere
decir que no tengo que ir al Palacio Externo Hoto mañana?
Youka asintió
mientras doblaba las mantas en su habitación. Sanshi asistía en silencio a
Taiki con sus ropas.
—Sí.
Cerraremos las puertas del Palacio Externo Hoto, eso será la señal para que los
aspirantes pierdan sus esperanzas.
—¿Y qué pasa
después?
—Pues nada.
Si quieres salir a jugar, puedes hacerlo.
—¿De verdad?
—Claro que
sí. Todavía habrá personas allí para cuidarte. ¿Asumo que querrás ir a hablar
con el señor Gyousou y Lady Risai? Si estás con ellos no tengo nada que temer.
Y Sanshi estará allí como siempre.
Desde aquella
vez que Risai lo había llevado a ver el sugu del general, Taiki había
llamado a Gyousou varias veces, rara vez pasaba un día sin verlo. Cuando iba de
visita donde Risai y jugaba con Hien, siempre iba después a la tienda de
Gyousou. A medida que pasaban los días, esto se había convertido en un hábito.
Como siempre, había veces que la actitud del hombre le causaba escalofríos, pero
ya se había acostumbrado a la sensación. Y una vez que se acostumbró a él,
empezó a sentir que tenía que verlo, de cierta forma, el formidable general
había tomado el papel del padre que Taiki había dejado en Hourai y el chico se
la pasaba pensando cuánto tiempo se quedaría Gyousou.
—De hecho…
—Taiki miró a Youka—. Mañana Lady Risai y el señor Gyousou planean ir al Koukai
y cazar un sugu.
Youka levantó
una delicada ceja.
—¿Y?
—No… puedo
ir… ¿verdad?
Risai lo
había invitado, pero él le había dicho que no había forma que las nyosen
lo dejaran ir. Youka intercambió miradas con Teiei, que estaba sentada en una
esquina de la habitación y entonces suspiró.
—Puedes ir si
lo deseas. Es raro que me pidas hacer algo, pero no permitiremos que te hagas
daño y nos des un susto de muerte.
Taiki sonrió.
—¡Gracias!
A la mañana siguiente, tan
temprano que podía haber sido la mitad de la noche, Taiki corrió como una
sombra ansiosa hasta la tienda de Risai en el Palacio Externo Hoto.
Todavía era
de noche y pocas personas estaban cerca, pero aquí y allí había antorchas,
alumbrado con su tenue luz a través del claro.
—¡Lady Risai!
—Mi señor.
Pudo ver a
Gyousou junto a la tienda, con su armadura puesta y con Keito tras él. Risai se
giró para colocar la silla de montar sobre Hien. Era la primera vez que Taiki
la veía en armadura. Al levantar la mirada, Risai pudo ver un grupo
inusualmente grande de nyosen tras Taiki y asintió en su dirección.
—¡Dijeron que
podía ir!
Risai sonrió.
—Entonces nos
alegra tenerlo con nosotros.
—¿Puedo
montar a Hien?
—Claro.
Teiei alcanzó
a Taiki e hizo una reverencia educada a los generales.
—Lady Risai,
señor Gyousou. Nuestro señor está en sus manos y su cuidado.
Risai y
Gyousou hicieron una reverencia solemne.
—Lo dejamos
ir bajo su cuidado, asegúrense de que regrese ileso. Y aunque sea poco tiempo,
que regrese para el mediodía.
—Como desees.
Teiei asintió
y entonces notó que solo el tenba y un sugu habían sido
preparados para ir.
—¿No se
llevarán a sus acompañantes?
—Si otros nos
acompañan a caballo, no podremos llegar para el mediodía —explicó Risai.
Teiei frunció
el ceño. El Mar Amarillo era un lugar famoso por sus peligros. Aunque las Cinco
Montañas tenían protecciones místicas, la tierra salvaje del Koukai no tenía
protecciones de este tipo y su vasta expansión no era más que el hogar de
incontables demonios que no eran nada amistosos con los humanos. Y había otros
peligros en el Koukai además de demonios: las arenas movedizas, lagos de gases
venenosos y montañas con derrumbes frecuentes eran comunes para quienes se
adentraran en él.
—¿Puedo
confiar en su promesa de traer al señor sano y salvo?
Risai hizo
otra reverencia.
—Nada le hará
daño.
—Iríamos si
pudiéramos, pero ninguna nyosen puede salir de Gozan sin permiso de la
Genkun. Así que debo pedirles que eviten los lugares peligrosos. Aunque estén cazando,
deben considerar la seguridad del señor sobre todas las cosas. Tampoco debe ser
expuesto a la inmundicia de la sangre. ¿Entendido?
—Sí… Entiendo
bien —dijo Risai nuevamente con una expresión de perplejidad.
Teiei
continuó sin hacer caso:
—Si llega a
pasar que deben herir a un demonio, deben llevar al señor a otra parte, aunque
eso signifique abandonar a la otra persona.
—Teiei —dijo
Taiki apretando ligeramente la túnica de la nyosen. Nunca la había visto
tan sobreprotectora.
—No vamos en
una caminata de paseo —Fue Gyousou quien habló, tenía una mirada feroz—.
Tampoco podemos permanecer en las orillas del Koukai si lo que queremos es
atrapar demonios fuertes. No puedo prometer que no habrá peligro, pero no
habría invitado a mi señor si no tuviera confianza en nuestra habilidad de
protegerlo. Tu insistencia de que le otorguemos lo que por derecho debemos
ofrecer como ciudadanos leales de Tai podría ser tomada como una falta de
respeto, nyosen.
Teiei miró
agresivamente a Gyousou.
—Tu confianza
es impresionante, por tu bien, espero que no sea mera arrogancia.
Gyousou le
devolvió la misma mirada con una mayor intensidad.
—Esto apenas
merece tu preocupación, nyosen. Nuestro señor es el kirin de Tai,
el reino al cual hemos jurado lealtad, ¿tal vez crees que piensas más en su
bienestar que cualquier otra persona de Tai? ¿No es arrogante de tu parte?
Los dos
intercambiaron miradas por un momento y entonces Teiei apartó sus ojos.
—Está en tus
manos.
—Así es.
Gyousou vio
cómo Teiei se daba la vuelta y se iba antes de tomar las riendas del sugu.
—Vamos, Lady
Risai, antes de que amanezca.
El tenba viajaba a una
gran velocidad, pero el viaje era suave fluido.
Brincaban
sobre las rocas, galopaban por las planicies y saltaban sobre los árboles
caídos. Hien se movía con tanta gracia que, para sorpresa de Taiki, no sentía
ni un solo golpe. Aquí y allí, cuando volaban, las zancadas de Hien era igual
de suaves y estables, era difícil para Taiki creer que estaba sobre una
criatura viva.
Aparentemente
Hien también podía ver en la oscuridad, así que su velocidad nunca disminuía
aún en lugares donde las grandes rocas o los altos árboles bloqueaban la luz de
la luna.
—¿Qué tal?
—preguntó Risai desde su lugar tras él, con un brazo alrededor del pecho de
Taiki y el otro tomando las riendas.
—Es como
montar un kirin.
Los ojos de
la general se ampliaron.
—¿Ha montado
un kirin?
—Sí, ¿eso es
inusual?
La risa de
Risai se perdió por el rugir del viento.
—Bastante
inusual. Temo que Hien se deba sentir menos si lo compara con una criatura de
ese calibre.
—Yo no diría
eso.
—Oh, pero así
es. Tal vez usted, al ser un kirin, no se sienta tan sorprendido en la
presencia de uno, pero para mí, el solo pensar en montar uno me produce
escalofríos.
Taiki no
estaba consciente de que los kirin eran considerados de esa forma.
Aunque la idea de montar en la espalda de Keiki, el hombre, no el kirin;
le hacía hacer una pausa, pero no era algo realmente especial.
—Es bastante
intimidatorio solo compartir la silla con usted, mi señor.
Taiki miró a
la sonriente general.
¿Lo dice
en serio?
Gyousou se
había acercado a ellos para comentarle algo a Risai, pero no parecía estar
escuchando su conversación. Taiki pudo observar momentáneamente el perfil del
hombre bajo los rayos de la luna. Esa aura temible lo rodeaba.
Teiei
debió hacerlo enojar.
Y todo es
mi culpa.
La excitación
del chico por montar al tenba se encogió y se convirtió en nada.
Hien y Keito llevaron a sus
jinetes a un lugar profundo del Mar Amarillo, dirigiéndose rápidamente al norte
y al este de las Cinco Montañas hasta que cruzaron un campo de colinas bajas
que se curvaban hasta la base de Kouzan.
En los
lugares bajos tras las estériles colinas, Gyousou, quien los lideraba, detuvo a
Keito y desmontó. La luna seguía en el cielo sobre ellos.
—¿Es este
lugar, señor Gyousou? —preguntó Risai, haciendo parar a Hien. El general
asintió silenciosamente. Risai levantó a Taiki y el chico quedó de pie
observando a Gyousou, maravillándose por su ferocidad que parecía no haber
disminuido desde que salieron de Houzan.
—¿Señor
Gyousou?
—¿Pasa algo?
—La voz de Gyousou sonaba como una espada cortando la tela de la noche. Estaba
ocupado desempacando sus bolsas y no se volvió.
Taiki bajó la
cabeza.
—Pido
disculpas por la grosería de la nyosen.
Las manos de Gyousou
se detuvieron e inhaló profundamente. Por un momento, su ferocidad pareció
flaquear.
—No es algo
por lo que deba disculparse.
—No, de
verdad, me disculpo ante ti y Lady Risai.
Risai rio
desde la sombra de una roca, donde se encontraba preparando una fogata.
—No se
preocupe. Es natural que las nyosen se interesen en su bienestar.
—Eso es,
verán —dijo Taiki mirando a los generales—. No me encuentro bien, estoy
enfermo. —Ambos compañeros lo miraron inmediatamente y sintió sus mejillas
sonrojarse—. Es una forma de decirlo… —Taiki buscaba las palabras correctas—.
No creo que Teiei quisiera menospreciarlos. Es solo que ella sabe que yo…
bueno… soy indefenso… y se preocupa.
Risai rio
suavemente.
—Usted es
irreemplazable, mi señor, pero ciertamente no indefenso. No debería pensar tan
poco de sí mismo. Usted es un kirin.
Taiki sacudió
la cabeza.
—No, las nyosen
se preocupan porque no puedo hacer lo que los kirin deberían hacer. Eso
es lo que yo creo. No tengo… shirei.
Los ojos de
los generales se abrieron de sorpresa y rápidamente intercambiaron miradas.
La aversión
de los kirin por la sangre significaba que nunca podían tomar las armas
o pelear por sí solos. Esto aplicaba a demonios, hombres o bestias. Por esta
razón, confiaban en sus shirei para protegerlos y era de conocimiento
común que los kirin tenían muchos, a veces cientos de shirei a su
servicio. Un kirin sin shirei no tenía forma de defenderse.
—Y eso no es
todo —continuó Taiki—. Tampoco puedo transformarme —Ahora los dos generales
estaban boquiabiertos—. Ya sé que debería tener muchos shirei y que
ellos deberían protegerme, pero no puedo hacerlo, no puedo apaciguarlos. Y sé
que debería transformarme a mi forma de kirin para huir del peligro,
pero tampoco puedo —Era vergonzoso admitir sus defectos y mientras hablaba,
Taiki se encogía lentamente, sus hombros caían y su cabeza colgaba—. Es por eso
por lo que las nyosen se preocupan. Intentaron ayudarme, hasta llamaron
al Taiho de Kei para que me ayudara. El Taiho me enseñó muchas cosas, pero al
final no dio resultado, no pasó nada. Así que…
Taiki sabía
que había causado muchos problemas a todos a su alrededor, qué carga debía ser
para sus corazones. Y, aún así, no le mostraban más que amor. Solo pensar en
eso le irritaba el estómago.
Con una gran
amabilidad, Gyousou estiró una de sus grandes manos y le dio palmaditas a Taiki
en la cabeza. Cuando el niño alzó la mirada, vio al hombre mirándolo, una
expresión de benevolencia se apreciaba en sus ojos. Este no era el temible
general, sino el amable hombre.
—Nunca
pretendí confiar en sus shirei para protegerlo. No se preocupe.
—Yo… tengo
una nyokai.
Gyousou
sonrió.
—Entonces
tienes una aliada poderosa.
Su mano era
mucho más fuerte que la de Taiki, pero rozaba suavemente su pelo.
El joven kirin
asintió y permaneció callado.
—¿Qué usas de carnada?
—preguntó Taiki. Estaba viendo a Lady Risai preparar la trampa que los dos
generales habían hecho.
—Joyas. Los sugu
prefieren ágatas —dijo y entonces sacó una gema del tamaño de un huevo de su
bolsa.
—¿S-se las comen?
Risai rio.
—No, creo que
es similar a lo que pasa con los gatos y la menta gatuna. ¿Podrías sostenerla
un momento? —Risai puso la gema en la mano de Taiki y entonces miró a Gyousou—.
Dejaré algunos rastros para ampliar la red —dijo, brincando sobre su tenba.
—¿Rastros?
—Cristales de
ágata. Señor Gyousou, el señor está en sus manos.
—Muy bien.
Hien saltó
muy alto en el cielo y aceleró con unos rápidos batidos de sus alas. El cielo
en el este ya mostraba un ligero tono de blanco.
De noche,
explicó Gyousou, era el mejor momento para cazar. Cuando el sol estaba alto,
los youju rara vez caminaban por allí. Normalmente, los dos generales
habrían cazado más temprano para evitar una decepción al amanecer, y Taiki se
dio cuenta de que atrasaron la hora de salida por su seguridad.
Con gran
cuidado, Gyousou aseguró la cuerda final de la trampa a una gruesa estaca entre
dos rocas. Entonces se levantó, aplaudió y caminó hacia Keito, que permanecía
tirado sobre una roca plana junto a la fogata.
—¿Quiere
descansar, mi señor?
—Sí.
Gyousou se
recostó contra su montura dormilona e hizo un movimiento que señalaba el suelo
junto a él. Dócilmente, Taiki se le unió.
—¿Crees que
lograrás atrapar uno?
—Quién sabe.
Es un asunto de suerte.
—¿Así
atrapaste a Keito?
Gyousou
asintió.
—Sí, creo que
era mi sexto viaje en uno de los Días de Paso Seguro.
—¿Fue
difícil?
—Sí,
atraparlo fue la parte fácil, lo que sigue no es tan simple.
Taiki miraba
la trampa, preguntándose exactamente cómo el complejo tejido de cadenas y
cuerdas se moverían para capturar a la bestia.
—¿Me teme, mi
señor?
Taiki lo
miró, sorprendido por la repentina pregunta.
—No… yo…
—En
ocasiones, puedo verlo alejarse de mí como si lo hiciera. Pensé que tal vez el
hedor de la muerte está demasiado presente en mí.
—No, no es
verdad.
—Entonces
debe haber algo en mí que asuste incluso a un kirin —Gyousou rio
amargamente—. Los kirin son criaturas de virtud, lo que quiere decir que
debo tener algo en mí que la virtud encuentra… indeseable.
—No lo creo…
—Por
supuesto, soy un guerrero y no puedo hacer nada al respecto. Y el deber de un
soldado está lejos de ser virtuoso, mi señor. Si sabe qué es lo que me hace
falta, ¿podría decirme? Me gustaría saber por qué soy poco digno.
Taiki tragó
saliva.
—Yo… creo que
así no es como funciona —El hombre lo miró con duda en sus ojos—. Quizás sea el
color de tus ojos. Me recuerdan a la sangre.
—Aprecio que
no quiera herir mis sentimientos, pero es un mal mayor no decirme la verdad
—dijo Gyousou con sus suaves palabras rebosantes de determinación.
—Bueno… no
tiene nada que ver con la razón por la que no fuiste escogido. No es mi
elección, es solo que… pasa. Pero sí tienes algo… —Taiki lo miró—. Lo siento.
No puedo explicarlo.
—No necesito
explicación, con que me diga lo que siente o piensa es suficiente.
Por un largo
momento el niño pensó.
—S-siempre he
sido tímido. Creo que eso debe ser. Las nyosen dicen que me falta
presencia o que debo tener más confianza, pero no estoy seguro de que sean
cosas que puedo aprender —Gyousou lo miraba en silencio—. Tú tienes mucha
confianza, señor Gyousou. La gente habla de tu presencia y no estoy realmente
seguro de qué significa, pero cuando te veo, creo que la tienes. Es como… un
aura a tu alrededor. ¿Tiene sentido?
Gyousou
asintió.
—Y tu
presencia… creo que me hace sentir pequeño. Es como la envidia, pero no es
igual —Taiki miró la fogata arder más allá de las patas estiradas del sugu—.
Es como el fuego o algo así. Es cálido y brillante, pero da miedo cuando es muy
fuerte. Es así como me siento, como asustado ante el fuego. Al menos… creo que
eso es —Taiki encontraba difícil poder describir sus propios miedos a otra
persona—. No siento lástima por mí mismo, no es eso, y no tengo miedo de ser
herido. También es diferente al miedo que siento cuando veo la sangre… —Sus
palabras seguían saliendo, pero ninguna parecía dar en el clavo. Era difícil
decidir cómo decir lo que sentía. Taiki quería llorar—. Tampoco es un
sentimiento malo. Un gran incendio da miedo, pero también es hermoso e
impresionante, ¿no? Es así. Me siento sobrecogido, supongo, y también humilde.
Gyousou puso
su mano sobre la cabeza de Taiki.
—No llore.
—Lo siento…
—No, fue una
imprudencia haber preguntado. Perdóneme.
Gyousou rio
suavemente y acarició el pelo de Taiki.
—Es usted un
buen niño, mi señor.
Taiki sacudió
la cabeza nuevamente, frunciendo el ceño.
—Es honesto y
amable. Me da una gran esperanza por el futuro de Tai.
—Esperanza
—Taiki dejó la palabra asentarse en su lengua, probándola—. Espero que tengas
razón.
Gyousou
asintió y colocando su brazo alrededor del kirin dirigió su mirada a la
fogata.
No dijo nada
más y Taiki se recostó sobre el gran y temible general, y se quedó callado.

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