No había pasado mucho después
del solsticio de verano cuando Teiei mandó a llamar a Taiki al Palacio Externo
de Hoto.
Entonces
hoy será el día, pensó Taiki mientras dejaba sus palillos sobre la mesa.
Lo habían
despertado más temprano de lo usual y las ropas que Sanshi le preparó eran más
elegantes que su atuendo normal, así que cuando lo llamaron no fue realmente
una sorpresa.
Youka le dio
una palmadita en el hombro.
—No hay por
qué estar nervioso.
—¿Vendrás
conmigo, Youka?
La nyosen
sonrió.
—Lo haré.
Estaré a tu lado todo el tiempo.
—¿Y Sanshi?
—preguntó Taiki, esperando que lo decepcionaran, pero para su sorpresa, Teiei
asintió.
—Si, Sanshi
irá, pero tendrá que ir escondida. Puede que no la veas, pero estará a tu lado
todo el tiempo.
Taiki suspiró
profundamente. Eso quería decir que estaría invisible y que entonces no podría
sostener su mano o acariciar su espalda cuando él lo necesitara.
—Está bien
—dijo al fin—. Estoy listo.
Taiki empezó su camino por los
angostos pasajes, su forma de caminar era tan lenta y formal como su ansiedad
le permitía. Iba acompañado de Teiei, Youka y otras diez nyosen, todas
llevando cajas de incienso. Llegaron a la puerta que marcaba el límite externo
del Palacio Houro.
Mientras
observaba, las nyosen quitaron la barra de la puerta.
Taiki
esperaba ver un panorama de vacía desolación que le recordaran los inhóspitos y
serpenteantes pasajes del laberinto que había visto desde el cielo con Keiki;
pero cuando la puerta se abrió, la escena que recibió a sus ojos no podía ser
más diferente.
Aquí, las
altas paredes rocosas se abrían para contener un ancho campo lleno de hierbas,
que era el telón de fondo para una explosión de color. Grandes tiendas se
habían armado una frente a otra con tiendas más pequeñas a lo largo del terreno
y numerosas banderas revoloteaban en el viento. Se construyeron cercas para
amarrar a los caballos y a otras extrañas criaturas que Taiki nunca había visto
antes, además, se colgaban ropas y mantas. Pero lo más colorido y variado de
todo eran las personas. Era un pueblo que repentinamente apareció como una
multitud de hongos multicolores naciendo tras un aguacero.
Taiki se
detuvo en el acto y Teiei tomó su mano.
—No hay por
qué asustarse. Respira despacio y endereza tu postura.
Taiki asintió.
Enderezó la espalda y respiró profundamente por la nariz como Keiki le había
enseñado.
Cuando el
joven kirin empezó a avanzar nuevamente con Teiei guiándolo de la mano,
un hombre los notó desde una tienda cercana e inmediatamente cayó de rodillas.
Una ola de murmullos se extendió por el campo cubierto de hierba y de todos los
lados las personas caían al suelo una tras otra.
Taiki apretó
más fuerte la mano de Teiei y se concentró en el vaivén de las horquillas de la
nyosen que iba delante de él, intentando ignorar los incontables ojos
que se clavaban en él como espadas.
—¿Estás bien?
—susurró Youka tras él.
—Estoy bien…
¿tenemos permitido hablar?
—Claro. No te
preocupes.
—Lo
intentaré.
Esto no era
la ceremonia formal que había esperado. Se sentía con suerte y con un ligero
suspiro de alivio dijo:
—¿Estos son
todos?
—No
—respondió Teiei—. No, solo ha llegado la mitad.
—Ya veo…
Taiki observó
la multitud. La mayoría de las personas que veía usaban armaduras, para su
sorpresa muchos eran jóvenes, pero también vio rostros más viejos entre la
gente. La gran mayoría eran hombres, pero también había mujeres.
—Me sorprende
que haya tantas mujeres.
Teiei rio,
pero a su sonrisa le faltaba el brillo usual. Se le ocurrió a Taiki que quizá
ella también estuviera nerviosa en su propia forma.
—Es muy
normal, te lo aseguro. ¿A quién preferirías servir, Taiki, a un rey o a una
emperatriz?
—No lo sé.
Anchas
señales de piedra marcaban el camino desde la puerta hasta el Palacio Externo
Hoto. Un gran número de hombres adultos se habían reunido a ambos lados del
camino, arrodillándose en la hierba con sus cabezas bajas. Era una de las cosas
más raras que Taiki había visto.
—¿Por qué
están todos en el suelo?
—Esa es la
costumbre —explicó Teiei, sabiendo de antemano que el chico tenía problemas
comprendiendo los conceptos de estatus y rango.
—¿Debo
decirles algo?
—No es
necesario que lo hagas. Cuando les hables, si la reverencia te molesta, puedes
pedirles que se levanten.
—¿Así que
puedo hablarles?
—Después de
que hayamos ofrecido el incienso, sí. Estoy segura de que escucharás muchas
historias divertidas y curiosas.
—¿Y qué son
todas esas criaturas gigantes?
—Son youju,
los aspirantes los trajeron aquí.
Taiki los
miraba estupefacto. Eran bestias de todo tipo, algunas parecían tigres, leones,
caballos o bueyes; algunos otros eran muy raros para ser comparados con algo.
—¿Tienen que
apaciguar a esas criaturas?
—No, los youju
son capturados muy jóvenes y son criados y entrenados para ser kiju o
monturas. Ahora, cuida tus pasos. Una vez entremos, haz una reverencia en el
altar.
Taiki dirigió
su mirada hacia delante. Habían llegado al Palacio Externo Hoto.
A diferencia
de la mayoría de las estructuras que el Palacio Houro poseía, el Palacio
Externo Hoto tenía cuatro sólidas paredes. Cuando el kirin entró, las
paredes bloquearon los miles de ojos que lo habían seguido a cada paso. Taiki
suspiró aliviado.
Dentro del
palacio había una gran habitación con un techo alto y un altar en el centro. Le
recordaba a Taiki los altares de los templos más grandes que había visitado en
Hourai.
Hizo una
reverencia como Teiei le había dicho y entonces caminó hacia el altar y colocó
incienso allí. Las nyosen lo llevaron a una plataforma elevada que
estaba entre las paredes del lado derecho. La plataforma formaba una habitación
pequeña con una pared a su espalda y pantallas colgantes en los otros tres
lados. En ese momento, la pantalla frontal estaba levantada, de modo que al
sentarse en la silla que estaba en el centro, podía ver el altar y la entrada
al Palacio Externo Hoto.
Se había
sentado y estaba mirando a las nyosen ofrecer incienso en el altar,
admirando la forma en que el humo se enroscaba en el aire, cuando sintió unos
ojos que lo observaban nuevamente. Miró hacia la entrada y vio a un gran número
de personas reunidas allí, acercándose para poder verlo por un momento. Suspiró
aliviado cuando la ofrenda de incienso terminó y la mayoría de las nyosen
subieron a la plataforma, bajando la pantalla.
—Puedes estar
tranquilo —dijo Teiei con una sonrisa.
—Es difícil
relajarse con toda esa gente viéndome.
—Pronto te
acostumbrarás.
—¿Puedo
llamar a Sanshi?
—Mientras la
pantalla esté abajo, sí.
Taiki la
llamó y Sanshi apareció del suelo a sus pies, como si se levantara de una
siesta. Taiki abrazó su cuerpo felino y sintió cómo sus preocupaciones iban
menguando.
Los brazos de
Sanshi sobre su cabeza eran cálidos y reconfortantes.
—Veo que
estás muy nervioso. No hay necesidad de estar tenso —dijo Teiei.
—Sé que no
debo, pero es difícil. ¿Y ahora qué?
—Los que
ascendieron vendrán a ofrecer incienso. Si gustas, puedes quedarte aquí y mirar
hasta que pase la mañana, o si te aburres, puedes visitar y hablar con quién
desees.
Mientras
Teiei le explicaba el proceso, un hombre entró al palacio externo y empezó a ofrecer
incienso en el altar. Las pantallas alrededor de la plataforma estaban
arregladas de forma de que los que estaban dentro podían ver a cualquiera que
entrara a la gran habitación. Esta persona caminaba con una extraña rigidez,
haciendo una reverencia tensa antes de hacer su ofrenda.
—Taiki,
¿tiene ouki? —susurró Teiei en su oído, pero Taiki sacudió la cabeza. Lo
que quería decir es que no sabía, pero eso parecía suficiente para ella.
—Necesitas
quedarte dentro o cerca del palacio externo hoy.
—¿Así que
debo observarlos a todos para saber si alguno es el rey?
—Correcto,
Taiki. Si alguno es el rey, por favor, dímelo al oído.
—Está bien.
El hombre
terminó su ofrenda y entonces apareció frente a la plataforma. Hizo una
reverencia y entonces se arrodilló.
Es tan
viejo como mi padre y tan gordo como un luchador de sumo.
Taiki escuchó
la conversación entre el hombre y una nyosen bajo la plataforma,
intentando concentras todo su pensamiento en él. Esperó a ver si sentía la
revelación, aunque todavía no estaba seguro de qué era.
Después de un
rato, Teiei lo miró con curiosidad. Él sacudió la cabeza en respuesta.
No sentía nada.
Le tomó dos días cansarse de
ver a los aspirantes llegar y ofrecer incienso, y otros dos antes de finalmente
animarse a salir.
La ofrenda de
incienso solo se daba por un pequeño momento por la mañana. Taiki se sentaba en
la plataforma viendo a la gente entrar y salir. Al principio, era maravilloso
ver a otras personas aparte de las nyosen, con sus caras raras y ropas
extranjeras, pero después de un rato, sentarse en las sombras detrás de la
pantalla perdió su gracia. Para el cuarto día, la idea de sentarse toda la
mañana antes de poder irse al palacio parecía imposible de soportar.
—¿Puedo
salir?
Cada nyosen
en la plataforma miró eufórica mientras él preguntaba. Taiki pensó que ellas
también debían de estar aburridas.
—Claro —dijo
Youka con una gran sonrisa en su cara.
—Estabas
esperando que preguntara, ¿cierto?
—Para nada,
señor Taiki —rio Youka—. Aunque debo admitir que estábamos un poco cansadas del
protocolo. ¡Hoy tuvimos que ver al señor Calabaza seis veces!
Las nyosen
aguantaron la risa.
Entre los que
vinieron a ofrecer incienso en el altar, había algunos que iban varias veces al
día. El hombre que había sido el primero en entrar el primer día pertenecía a
ese grupo, y podía aparecerse hasta diez veces en la misma mañana mientras
Taiki estuviera presente. Aparentemente era administrador de alguna provincia,
pero su ancha y robusta cara le había ganado el apodo de “señor Calabaza”.
—¿Crees que
está bien si salgo?
—Por supuesto
—dijo Teiei mientras reía—. Estaremos contigo y hay muchas otras personas aquí.
Aunque haya algunas desagradables, las otras competirán para ser los primeros
en ayudarte. Después de todo, quieren mostrarte sus cualidades, señor Taiki.
Ya habían
aparecido no menos de diez tontos que intentaron entrar a hurtadillas al
Palacio Houro de noche, solo para ser capturados y echados de la montaña; sin
embargo, Teiei no le informaba al joven kirin de estos asuntos.
—Ya veo.
—Habrá una
multitud alrededor, cada uno queriendo saludarte, pero creo que lo encontrarás
menos aburrido que sentase aquí. Debes intentar hablar con cada uno rápidamente
y entonces continuar, o sino podrías terminar escuchando una larga historia de
cada aspirante demasiado tiempo para poder regresar antes del anochecer.
—¿Hablarles?
¿Qué debo decirles?
—Bueno, si
con quien hablas es el rey, entonces debes saludarlo como es la costumbre.
—¿Es decir,
con el juramento?
Teiei
asintió.
—Sí.
—¿Y si la
persona no es el rey?
—Bueno, como
pasó el solsticio, puedes decirles que les deseas lo mejor hasta que llegue el
equinoccio. Si el equinoccio acabara de pasar, les dirías que les deseas lo
mejor hasta que llegue el solsticio.
—¿Hasta el
próximo Día de Paso Seguro?
—Correcto.
—Pero ¿qué
pasa si no sé si es el rey o no?
Teiei rio
fuertemente.
—Entonces esa
persona no es el rey.
—¿Puede
Sanshi venir conmigo?
—Si está
escondida, pero debes prometer no llamarla afuera porque asustaría a los
caballos y a los youju.
Si el momento
de la ascensión era un gran evento para todos los aspirantes al trono, también
era un momento de celebración para las nyosen. Aunque pocas mujeres que
habían tomado los votos de nyosen se arrepentían de su elección, era
fácil aburrirse de la rutina de palacio si se ha vivido mucho tiempo. Por lo
tanto, habían pasado los días siguientes al solsticio de verano preparando sus
ropas más finas y arreglando su pelo con cuidado; aunque el protocolo no
requería esas atenciones, ellas solo querían asegurarse de verse lo mejor
posible cuando saludaran a los hombres, pues no conocían mayor alegría que
divertirse con ellos enseñándoles sus afectos. Era posible que, al jugar estos
juegos sociables, una nyosen pudiera desarrollar verdaderos sentimientos
por los aspirantes a reyes y podría terminar descendiendo de la montaña con él.
Cuando Taiki
y sus ayudantes salieron del palacio, el primero en salir corriendo hacia él no
fue otro que el señor Calabaza, que había estado esperando cerca a la puerta y
llegó apresuradamente apenas vio al kirin.
El hombre
cayó al suelo sobre sus rodillas haciendo un ruido resonante y se postró con
tanto sentimiento que su frente golpeó contra el suelo donde incontables pies
habían marchitado las hierbas. Se escuchó algo de risa entre las nyosen
y los observadores.
—¿C-cómo
amanece hoy el Señor de Houzan? —chilló el hombre grande. Más risas se
escaparon de la multitud—. Mi nombre es Rohaku, administrador de la provincia
de Sui en el reino de Tai. A-aunque empecé en la región Nanyou de la provincia
de Ba…
El hombre
siguió y siguió con su cabeza pegada al suelo, tartamudeando tanto que Taiki
apenas si le entendía algo de su aparentemente interminable discurso.
—Es un gran
honor y una gran alegría poder mirar su noble rostro —Rohaku concluyó
finalmente—. ¡Que viva eternamente!
Inseguro de
qué hacer, Taiki miró a Youka y ella levantó una ceja como respuesta. Leyendo
en sus ojos lo que quería decir, Taiki miró al hombre postrado.
—Te deseo lo
mejor hasta que llegue el equinoccio.
—¿Ah? —dijo
el hombre mientras levantaba la mirada y entonces sus pesados hombros cayeron.
Su rostro regresó al suelo—. Sí… sí, ya veo. Por supuesto —tartamudeó.
Youka apretó
los dientes para contener la risa y empujó ligeramente a Taiki desde atrás.
—Tal vez
debamos caminar algo más.
Taiki dejó
que lo apartaran, aunque miró al hombre varias veces más. Cuando se habían
alejado una corta distancia, una de las nyosen le susurró algo.
—Lo
escuchaste demasiado tiempo, empezabas a preocuparme, señor Taiki.
—Es que no
podía interrumpirlo.
—Fuiste
demasiado amable. No puedo imaginar que sería muy gratificante servir a un
señor como ese —susurró la nyosen, sonando muy aliviada.
Taiki la miró
con curiosidad.
—¿No sería
buen rey?
—Si hubieses
tenido una revelación, entonces malo o bueno, sería el rey. Pero con una
calabaza como rey, siento que el reino de Tai sentiría vergüenza. Un rey no
debe ser el epítome de la belleza, pero una buena apariencia no le hará daño al
trono… Al menos podemos esperar que sea alguien culto.
—Ya veo…
supongo que sí
Youka rio.
—No te lo
tomes en serio. Todo lo que importa es la revelación.
—¿Es verdad
eso, Youka? —Señaló una de las nyosen—. Quizá no necesite ser apuesto,
pero en el pasado o presente, aquí o allí, ¿alguna vez ha habido un rey que
puedas considerar feo?
—Tiene un
punto —Otra nyosen comentó—. Hay cierta dignidad en los reyes que se les
nota en la cara. No veo por qué una buena presencia no pueda ser considerada
una de las cualidades necesarias de la realeza.
—Recuerden
que ahora no estamos solas —susurró Youka ligeramente y las demás callaron.
Youka les sonrió y acercó su boca a la oreja del chico—. No les hagas caso a
sus tonterías. Todo lo que necesitas hacer, Taiki, es esperar la revelación.
A donde caminara, lo seguía una
multitud. Muchos se acercaban y se presentaban, pero Taiki no sentía nada
mientras miraba sus esperanzadas caras.
Más de
trescientos habían ascendido a la montaña, incluyendo a los seguidores que
acompañaban a sus señores a probar su valía para el trono, pero a quienes se
les permitía también aparecer ante el kirin.
Al mirar a
Taiki, algunos corrían hacia él y se postraban, pero otros simplemente miraban
en su dirección sin acercarse o llamarlo. Las nyosen le habían dicho que,
aunque el hombre no hablara, Taiki sabría si él sería el rey, pero ese
conocimiento nunca llegó. Se dio cuenta que decepcionar a esas miradas ansiosas
era igual de doloroso sin importar si le hablaban o no.
Cuando hubo
un descanso momentáneo entre la avalancha de gente, Taiki se alejó de la
multitud, suspirando profundamente. Youka miró a sus ojos.
—¿Estás
cansado?
—No. Es solo
que… no estoy acostumbrado a ver tantas personas juntas.
—Ya ha pasado
el mediodía. ¿Regresamos al Palacio Externo Hoto? Debes querer descansar. ¿O
quizás quieres volver al Palacio Houro?
—Sí, vamos al
Palacio Houro —asintió Taiki, con los ojos empañados miró alrededor y sus ojos
se posaron en algo que no había visto antes. Tomó la mano de Youka—. ¡Mira,
Youka! ¡Es un perro con alas!
Justo afuera
de una tienda cercana, un gran perro estaba amarrado junto a varios caballos.
Un puñado de hombres y mujeres atendían a los animales.
—Ese es un tenba.
¿Te gustaría mirarlo de cerca?
—¿Crees que
esté bien?
—Claro que sí
—dijo Youka, tomando a Taiki de la mano y llevándolo hacia el lugar donde
estaba atado el perro alado.
Era una
criatura grande y hermosa, con un cuerpo blanco, cabeza negra y cortas alas que
se plegaban espléndidamente en su espalda.
—¡Pero si es
el Señor de Houzan! Es bueno verlo entre nosotros.
Quien hablaba
era una mujer alta que había estado cuidando de las monturas. Fue la primera
que notó que Taiki se acercaba y se apresuró a arrodillarse ante él.
—¿Este tenba
te pertenece?
—Así es, mi
señor.
—¿Puedo… acercarme?
—Por
supuesto.
La mujer
sonrió haciendo una señal para que el grupo se acercara a su tenba.
Taiki se acercó con cautela, mientras Youka lo empujaba hacia adelante. De
cerca, la montura era mucho más grande de lo que pensaba.
—Qué grande
es —susurró Taiki.
—Pero para un
tenba, todavía es pequeño —respondió la mujer mientras se arrodillaba
junto a la bestia. Parecía ser la líder de quienes cuidaban de los animales.
—Por favor,
levántate. ¿Puedo tocarlo?
—Gracias, mi
señor. Sí, le gusta que lo acaricien. No se preocupe, es muy amable.
Taiki acercó
su mano, dubitativo. El brillante pelaje de la criatura era mucho más tieso de
lo que creía. Rascó al tenba bajo la mandíbula y él cerró los ojos con
una expresión de satisfacción en su rostro.
—Es bastante
manso. ¿Cómo se llama?
—Su nombre es
Hien.
Taiki
susurró:
—Hien —Y la
criatura que seguía con sus ojos cerrados, ladeó la cabeza para que la mano
rascara bajo su oreja—. ¿No muerde?
—No muerde
nada que no deba, mi señor. Los tenba son youju bastante dóciles
por naturaleza. Hien, en particular, tiene una actitud muy cálida y sabe a
quién no debe morder.
—Debe ser muy
sabio.
Por un rato,
Taiki habló con la mujer sobre el tenba, preguntándole todo sobre cómo
lo había capturado, qué comía y cómo se sentía montarlo. La mujer respondió a
sus preguntas clara y simplemente con su suave voz y su amable forma de hablar,
sin embargo, algo en la claridad de sus palabras sugería una gran fuerza
interior.
Taiki era
demasiado pequeño para poder determinar la edad de los adultos. No estaba
seguro de qué edad tendría, pero por su apariencia era mucho más vieja que
Youka o Teiei. Quizá no era tanto su cara sino la forma en la que se
desenvolvía, la que causaba esa impresión. Todo acerca de ella era diferente de
las nyosen que ella hacía parecer como niñas en comparación.
Las nyosen
en su mayoría tenían rasgos delicados y delgados. Ahora, en particular, se
veían especialmente femeninas con todas esas ropas coloridas y horquillas
decoradas que acentuaban su belleza.
Por el
contrario, la mujer usaba una sencilla vestimenta masculina y su rojizo cabello
suelto fluía libremente sobre sus hombros; además, tampoco llevaba una sola
joya encima. Era alta y no había nada delicado en la forma en que se movía. El kirin
no pensaba que era poco atractiva pero su belleza era completamente diferente a
la de Gyokuyou y las nyosen.
—Gracias
—dijo finalmente Taiki, quitando a regañadientes la mano del lujoso pelaje de
Hien.
—De nada.
Creo que Hien también está feliz de haberlo conocido.
—Dime, ¿de
dónde vienes?
—De la
provincia Jou, mi señor. Soy Risai, General de los Regimientos Provinciales de
Jou. Mi nombre es Ryusi.
Los ojos de
Taiki se abrieron ampliamente.
Había
aprendido que cada reino tenía nueve provincias dirigidas por gobernadores.
Cada gobernador controla varios ejércitos independientes que son conocidos como
Regimientos Provinciales o Guardia Provincial. El tamaño de estos ejércitos
variaba de acuerdo con el tamaño de la provincia, pero nunca había menos de dos
y nunca más de cuatro, lo que significaba que había entre dos y cuatro
generales por provincia.
—¿Eres una
general?
Eso explicaba
por qué tenía una presencia diferente a la de las nyosen.
—Eso dicen,
sí.
Era una
persona tan buen, era difícil para Taiki hacer lo que sabía que debía hacer.
Nada parecido a una revelación había llegado a él durante todo el tiempo que
habían hablado.
—General
Risai… Te deseo lo mejor hasta el equinoccio.
Risai sonrió
forzadamente una vez, pero eso fue todo. Sus sonrisas regresaron a su rostro.
—Gracias, mi
señor. Que siempre goce de salud.
—Gracias.
Era difícil
tener que elegir y también era cruel que las revelaciones no tuvieran nada que
ver con sus propios pensamientos y sentimientos.
—¿Puedo
volver a ver a Hien?
Risai rio
fuertemente.
—¡Mi señor
siempre será bienvenido!
Taiki y las nyosen
habían dejado a la General Risai y al tenba atrás y habían recorrido el
circuito del Palacio Externo Hoto cuando llegaron a una pelea.
La primera
señal de problema fue un grupo de personas reunidas formando un círculo. Cuando
las nyosen empezaron a susurrarse entre ellas, preguntándose qué estaba
pasando, alguien gritó:
—¡Pelea!
Taiki se
aferró rápidamente a la manga de Youka.
Sin importar
cuál era la causa o las circunstancias, la violencia era terriblemente
terrorífica para Taiki. Le provocaba el mismo miedo que sentía al ver la
sangre. No tenía miedo de ser golpeado, era el acto de golpear en sí y las
personas que lo llevaban a cabo lo que lo asustaban más.
—¿Cuál es el
significado de esto? —gritó una de las nyosen detrás de la multitud
reunida. Al oír su voz, uno de los hombres miró sobre su hombro. Su rostro
mostró claramente su asombro cuando reconoció el grupo del kirin y
rápidamente se postró sobre sus rodillas.
—M-mi señor…
Todos sabían
que el Señor de Houzan era por naturaleza una criatura que aborrecía la
violencia y odiaba la sangre, así que derramar sangre estaba estrictamente
prohibido en la montaña. Casi sin excepción, todos los que faltaban a esta
regla, eran rápidamente expulsados de Houzan.
—Agh, es por
esto por lo que me preocupaba el festival de este año —dijo una de las nyosen—.
A los hombres de Tai les gusta demasiado la matanza.
Cada uno de
los Doce Reinos poseía una personalidad diferente y se asumía comúnmente que
los habitantes de cada uno compartían ciertas cualidades. Las personas de Tai
eran ampliamente famosas por sus temperamentos feroces por lo que parecería
natural que el kirin del reino exhibiría tal temperamento también, pero
como Taiki había probado tener una naturaleza gentil, se podía decir que
siempre hay excepciones.
—¡Deténganse
inmediatamente! ¡¿Se dan cuenta de dónde están?! —La voz de la nyosen
resonó entre los espectadores y ellos abrieron un camino que reveló a dos
hombres de pie en el centro del círculo.
Uno era un
gigante, duro como una piedra que sostenía una larga espada en una mano. El
otro era más bajo, pero claramente era un guerrero, sus puños estaban
levantados. El hombre más bajo también llevaba una espada a su lado y, sin
embargo, no la había desenvainado, pero a pesar de esto, era claro que él tenía
la ventaja.
Todos los
ojos estaban clavados en él. Su largo pelo blanco contrastaba con su armadura
negra y su piel estaba bronceada de color marrón por largos años bajo el sol.
Sus hombros eran anchos y musculosos, y cada movimiento que hacía era rápido y
fluido, haciéndole menos humano y más como una bestia feroz.
No había
pasado nada de tiempo desde que las nyosen entraron al círculo cuando ya
la pelea había acabado. Un poderoso puño traspasó la espada del gigante,
dejando sin aliento al alto hombre que con un gruñido cayó al suelo. Por un
momento, el hombre grande se revolvió en la tierra, pero no pudo levantarse.
—Está
prohibido desenvainar tu espada en el territorio del Señor de Houzan. Podrías
disculparte con él —dijo calmadamente el otro hombre, girándose casualmente
hacia donde su adversario yacía en el suelo.
Los
movimientos del hombre no tenían ni un poco de arrogancia y lo que dijo tenía
un tono de modestia.
Sus ojos se
encontraron con los de Taiki.
Ojos color
escarlata, rojos como la sangre.
Taiki apretó
más fuerte la manga de Youka. Era él. Este hombre era la fuente de su
premonición, la fuerza que se acercaba y que él tanto temía.
Pero antes de
poder apartar a Youka, el hombre caminó hacia ellos y se arrodilló.
—No sabía que
estuviese aquí, mi señor.
Los ojos del
hombre se ablandaron y sus rasgos mostraron calidez repentina. De alguna forma,
Taiki logró estar frente a él sin temblar, pero apretaba fuertemente la manga
de Youka.
—Siento mucho
este desliz en la etiqueta. Po favor, discúlpeme.
Taiki no
podía responder, así que Youka habló en su lugar.
—No habrá más
peleas en los peldaños de Houzan.
—Lo siento.
La mano de la
nyosen acarició la espalda de Taiki y entonces lo empujó hacia delante.
—Está bien,
la pelea ha terminado y nadie ha salido herido.
Taiki tragó
saliva y asintió. Quería decirle de su miedo por este hombre, pero no podía
hacer nada con él allí.
El guerrero
arrodillado parecía mayor que Risai. Ahora que estaba más cerca, Taiki pudo ver
que el pelo del hombre, que estaba amarrado en una trenza suelta en su cuello,
no era blanco, sino plateado con un ligero brillo azul. Tal vez por eso
parece mayor, pensó Taiki. Sus rasgos eran agudos y sus ojos estaban llenos
de ingenio, o tal vez era sabiduría. Era tan poderoso el sentimiento que le
dolía solo mirarlo a los ojos.
El hombre
rio.
—Siento
haberlo asustado. Me disculpo, mi señor.
—No… —dijo
Taiki finalmente con un chillido—. Yo… yo simplemente estaba asustado. ¿De
dónde vienes?
—De Kouki, mi
señor. Soy el General Saku, de la Guardia de Palacio de Tai.
Un murmullo
se escuchó en la multitud.
Debe ser
alguien famoso.
La Guardia de
Palacio era el término utilizado para los ejércitos del reino que servían
directamente bajo el rey. Eran tres en total y cuando se sumaban con los tres
ejércitos del gobernador de la capital, un rol que siempre era reservado para
el kirin, formaban los Seis del Rey. Este nombre era un reconocimiento
del hecho de que los kirin aborrecían la violencia y realmente no podían
liderar un ejército. Por tal razón, los Seis del Rey eran llamados también el
Ejército Imperial.
—Mi nombre es
Sou, pero me llaman Gyousou.
Taiki se
encontró con la firme mirada del hombre y sintió que su miedo se ahondaba. Una
extraña sensación de urgencia le sobrevino, una sensación de que debía decir
algo más, así que dijo lo primero que se le ocurrió.
—Eres un…
general.
La diferencia
entre la presencia ruda de este hombre y la personalidad amable de Risai era
profunda. Taiki estaba inseguro de si era una diferencia individual entre
Gyousou y Risai o si había alguna diferencia grande entre un general de la
guardia de palacio y la guardia provincial.
—Sí, poco
puedo hacer además de utilizar mi espada, así que es algo que me viene naturalmente.
La sólida
autoconfianza del hombre en todas las cosas brillaba en contraste con sus
humildes palabras. Su sola presencia era tan imponente que Taiki era incapaz de
moverse, pues tenía deseos de darse la vuelta y correr, pero no podía. Decidió
irse tan pronto como pudiera.
Primero, sin
embargo, debía realizar su deber. Luchando para calmar sus nervios, buscó
dentro de sí mismo muchas veces. Sin encontrar nada inusual, Taiki hizo una
reverencia con su cabeza y se agarró de la túnica de Youka.
—Te deseo lo
mejor hasta el equinoccio. —Logró decir finalmente. Entonces, apartándose
rápidamente de la mirada del hombre, hizo otra reverencia. Ni siquiera quería
esperar a ver la expresión en el rostro del general.
Un ligero
murmullo atravesó a la multitud que los rodeaba.
Taiki escuchó
a alguien susurrar.
—¡No fue
Saku!
Fue solo
entonces cuando se dio cuenta que ese temible guerrero era el hombre que todos
asumían que sería el próximo Rey de Tai.
—¿Gyousou? Ah, ¿se refiere al
General Saku del Ejército Imperial?
Al día
siguiente, Taiki había salido a hablar nuevamente con Risai, la general que
había conocido la mañana anterior.
No parecía
desconsolada en lo más mínimo, de hecho, saludó a Taiki con una cálida sonrisa
y lo dejó acariciar a Hien. Taiki se sentó junto a la afable mujer y su montura
voladora mientras las nyosen charlaban con los miembros de su grupo.
—¿Lo conoces
personalmente, Lady Risai?
Risai sacudió
la cabeza.
—Aunque soy
una general, yo dirijo un simple regimiento provincial. El Señor Gyousou es un
general al servicio directo del rey, es un rango completamente diferente.
Con su suave
voz, Risai le explicó que había una gran diferencia en autoridad y status entre
un general provincial y un general de la guardia de palacio. Los generales de
la guardia de palacio tenían el permiso de entrar al palacio y hablar cara a
cara con el rey, e incluso participar de sus consejos matutinos, donde muchas
de las decisiones del reino eran tomadas. Comparado con un general provincial,
que era en esencia un mero soldado, un general de la guardia de palacio era
tanto un guerrero como un invaluable consejero del rey.
—¿Es así de
famoso?
—Bastante. Es
muy bueno con la espada y sus hombres lo aman. Aunque se sabe que es severo y
directo en sus órdenes, también conoce la sutileza de la corte y es buen
entendido de los asuntos reales —Risai hizo una pausa y miró inquisitivamente a
Taiki—. Señor… ¿tiene algún interés especial por el señor Gyousou?
—Es que ayer
hubo una pelea…
Risai
asintió.
—Ah… algo escuché de algún tonto que claramente no
apreciaba su vida y había enfadado al señor Gyousou. Estoy casi segura de que
fue culpa del otro hombre, pues lo ofendió descaradamente. Debió de ser así si
provocó esa respuesta, pues el general no es el tipo de persona que se pelea fácilmente.
—Ya veo…
Risai miró a
Taiki directamente a los ojos.
—¿El señor
Gyousou es el rey?
Taiki sacudió
la cabeza.
—No, no es
eso. Es solo que me asusta… sorprendentemente.
Risai se veía
decepcionada.
—Ah, así que
no es él.
—Ayer escuché
a alguien suspirar así también.
Risai rio.
—Puede que no
sea el más amable de los hombres, pero no es realmente temible, o eso he
escuchado. Creo que es un hombre magnífico pues no todos los días un general es
genuinamente querido por un ejército de doce mil soldados. Y aunque no le
faltan enemigos, sus aliados son muy fieles. Es infortunado que no sea él.
—¿Así que
eres uno de sus aliados?
Risai pasó la
mano por el pelaje de Hien.
—Sí. Aunque
realmente no lo he conocido, se podría decir que lo respeto desde la distancia.
Yo también lidero un ejército, después de todo. Sería feliz si él fuese el rey.
—¿Entonces es
un hombre fuerte?
Risai
asintió.
—En todos los
Doce Reinos, se dice que solo lo supera el Rey Eterno de En.
—Oh…
—Aunque puede
que haya otros con sus cualidades, pero pocos son queridos por todos. Es raro
que un hombre sea un genio de la batalla y tenga tantas virtudes al mismo
tiempo.
Taiki
asintió.
Pero no
hubo ninguna revelación. Ninguna.
—Es
lamentable.
Taiki se dio
cuenta que la general estaba hablando desde su corazón. Si él se relacionara
con personas externas a Houzan, sabría que nadie que esté familiarizado con los
ejércitos de Tai era ignorante de las cualidades excepcionales del General Saku
de la Guardia de Palacio. Aunque ya era un hombre adulto cuando se unió a la
guardia, el señor Gyousou todavía era muy joven cuando fue nombrado general y
cuando pudo dirigir su ejército para suprimir una rebelión, las mismas personas
que había vencido lo terminaron respetando días después. Si bien había
generales fuertes y generales virtuosos por todos los reinos, la cantidad de
hombres que poseían ambas cualidades y cuyas obras eran respetadas incluso más
allá de las fronteras de sus propios reinos, eran pocos.
De hecho,
Risai le admitió al joven kirin que cuando pasó el Portón de las
Virtudes y escuchó que Gyousou estaba entre los aspirantes, dejó todas las
esperanzas de adueñarse del trono. Aunque la gente a su alrededor la llamaba
“la general amable” y respetaban todos sus logros, y además la habían llevado a
la montaña como a una heroína, sintió que si todo lo que había escuchado era
verdad, no podía esperar estar a la altura de un hombre como Gyousou.
—Es muy
lamentable que él no sea el rey —repitió Risai.
—Y-yo…
—tartamudeó Taiki—. Estaba pensando que tú serías una buena emperatriz, Lady
Risai.
La general
sonrió ampliamente.
—Me concede
un honor con sus palabras. Gracias, señor Taiki.
—Lo digo en
serio.
—Me honra
escucharlo, pero si pudiera aconsejarle algo, mi señor, me parece que no debe
ser tan descuidado con sus afectos. Después de todo, quizá solo estoy aquí para
conseguir favores, con la esperanza de ganarme al rey una vez sea escogido.
—Risai rio juguetonamente y Taiki hizo un sonido de sorpresa.
—¡No puede
ser!
—Oh, no esté
tan seguro. Hay muchos así por aquí, sabe. Algunos suben a la montaña sin
aspirar al trono enjoyado, solamente vienen buscando la oportunidad de
agraciarse con mi señor y el futuro rey.
—¿De verdad?
—Desafortunadamente
así es, por eso debe sospechar de todos nosotros, incluyéndome a mí, de querer
ser invitados al Ejército Imperial cuando mi señor descienda a su reino.
Taiki levantó
una ceja.
—No eres ese
tipo de persona, Lady Risai… o al menos yo no lo creo.
Risai agrandó
más su sonrisa.
—Mi señor
realmente sabe cómo hablar, sus palabras me hacen feliz.
—¿De verdad?
—De verdad
—Riéndose, Risai se puso de pie. Con sus grandes manos, apartó suavemente la
paja sobre sus túnicas—. Parece que a las nyosen se les acabaron las
cosas que decirles a mis acompañantes. ¿Le gustaría venir conmigo a caminar por
el territorio, mi señor?


No hay comentarios:
Publicar un comentario