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El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

jueves, 2 de febrero de 2023

Mar del Viento, Orilla del Laberinto - Capítulo 7

 

CAPÍTULO 7

 

 

No había pasado mucho después del solsticio de verano cuando Teiei mandó a llamar a Taiki al Palacio Externo de Hoto.

Entonces hoy será el día, pensó Taiki mientras dejaba sus palillos sobre la mesa.

Lo habían despertado más temprano de lo usual y las ropas que Sanshi le preparó eran más elegantes que su atuendo normal, así que cuando lo llamaron no fue realmente una sorpresa.

Youka le dio una palmadita en el hombro.

—No hay por qué estar nervioso.

—¿Vendrás conmigo, Youka?

La nyosen sonrió.

—Lo haré. Estaré a tu lado todo el tiempo.

—¿Y Sanshi? —preguntó Taiki, esperando que lo decepcionaran, pero para su sorpresa, Teiei asintió.

—Si, Sanshi irá, pero tendrá que ir escondida. Puede que no la veas, pero estará a tu lado todo el tiempo.

Taiki suspiró profundamente. Eso quería decir que estaría invisible y que entonces no podría sostener su mano o acariciar su espalda cuando él lo necesitara.

—Está bien —dijo al fin—. Estoy listo.

  

 

Taiki empezó su camino por los angostos pasajes, su forma de caminar era tan lenta y formal como su ansiedad le permitía. Iba acompañado de Teiei, Youka y otras diez nyosen, todas llevando cajas de incienso. Llegaron a la puerta que marcaba el límite externo del Palacio Houro.

Mientras observaba, las nyosen quitaron la barra de la puerta.

Taiki esperaba ver un panorama de vacía desolación que le recordaran los inhóspitos y serpenteantes pasajes del laberinto que había visto desde el cielo con Keiki; pero cuando la puerta se abrió, la escena que recibió a sus ojos no podía ser más diferente.

Aquí, las altas paredes rocosas se abrían para contener un ancho campo lleno de hierbas, que era el telón de fondo para una explosión de color. Grandes tiendas se habían armado una frente a otra con tiendas más pequeñas a lo largo del terreno y numerosas banderas revoloteaban en el viento. Se construyeron cercas para amarrar a los caballos y a otras extrañas criaturas que Taiki nunca había visto antes, además, se colgaban ropas y mantas. Pero lo más colorido y variado de todo eran las personas. Era un pueblo que repentinamente apareció como una multitud de hongos multicolores naciendo tras un aguacero.

Taiki se detuvo en el acto y Teiei tomó su mano.

—No hay por qué asustarse. Respira despacio y endereza tu postura.

Taiki asintió. Enderezó la espalda y respiró profundamente por la nariz como Keiki le había enseñado.

Cuando el joven kirin empezó a avanzar nuevamente con Teiei guiándolo de la mano, un hombre los notó desde una tienda cercana e inmediatamente cayó de rodillas. Una ola de murmullos se extendió por el campo cubierto de hierba y de todos los lados las personas caían al suelo una tras otra.

Taiki apretó más fuerte la mano de Teiei y se concentró en el vaivén de las horquillas de la nyosen que iba delante de él, intentando ignorar los incontables ojos que se clavaban en él como espadas.

—¿Estás bien? —susurró Youka tras él.

—Estoy bien… ¿tenemos permitido hablar?

—Claro. No te preocupes.

—Lo intentaré.

Esto no era la ceremonia formal que había esperado. Se sentía con suerte y con un ligero suspiro de alivio dijo:

—¿Estos son todos?

—No —respondió Teiei—. No, solo ha llegado la mitad.

—Ya veo…

Taiki observó la multitud. La mayoría de las personas que veía usaban armaduras, para su sorpresa muchos eran jóvenes, pero también vio rostros más viejos entre la gente. La gran mayoría eran hombres, pero también había mujeres.

—Me sorprende que haya tantas mujeres.

Teiei rio, pero a su sonrisa le faltaba el brillo usual. Se le ocurrió a Taiki que quizá ella también estuviera nerviosa en su propia forma.

—Es muy normal, te lo aseguro. ¿A quién preferirías servir, Taiki, a un rey o a una emperatriz?

—No lo sé.

Anchas señales de piedra marcaban el camino desde la puerta hasta el Palacio Externo Hoto. Un gran número de hombres adultos se habían reunido a ambos lados del camino, arrodillándose en la hierba con sus cabezas bajas. Era una de las cosas más raras que Taiki había visto.

—¿Por qué están todos en el suelo?

—Esa es la costumbre —explicó Teiei, sabiendo de antemano que el chico tenía problemas comprendiendo los conceptos de estatus y rango.

—¿Debo decirles algo?

—No es necesario que lo hagas. Cuando les hables, si la reverencia te molesta, puedes pedirles que se levanten.

—¿Así que puedo hablarles?

—Después de que hayamos ofrecido el incienso, sí. Estoy segura de que escucharás muchas historias divertidas y curiosas.

—¿Y qué son todas esas criaturas gigantes?

—Son youju, los aspirantes los trajeron aquí.

Taiki los miraba estupefacto. Eran bestias de todo tipo, algunas parecían tigres, leones, caballos o bueyes; algunos otros eran muy raros para ser comparados con algo.

—¿Tienen que apaciguar a esas criaturas?

—No, los youju son capturados muy jóvenes y son criados y entrenados para ser kiju o monturas. Ahora, cuida tus pasos. Una vez entremos, haz una reverencia en el altar.

Taiki dirigió su mirada hacia delante. Habían llegado al Palacio Externo Hoto.

A diferencia de la mayoría de las estructuras que el Palacio Houro poseía, el Palacio Externo Hoto tenía cuatro sólidas paredes. Cuando el kirin entró, las paredes bloquearon los miles de ojos que lo habían seguido a cada paso. Taiki suspiró aliviado.

Dentro del palacio había una gran habitación con un techo alto y un altar en el centro. Le recordaba a Taiki los altares de los templos más grandes que había visitado en Hourai.

Hizo una reverencia como Teiei le había dicho y entonces caminó hacia el altar y colocó incienso allí. Las nyosen lo llevaron a una plataforma elevada que estaba entre las paredes del lado derecho. La plataforma formaba una habitación pequeña con una pared a su espalda y pantallas colgantes en los otros tres lados. En ese momento, la pantalla frontal estaba levantada, de modo que al sentarse en la silla que estaba en el centro, podía ver el altar y la entrada al Palacio Externo Hoto.

Se había sentado y estaba mirando a las nyosen ofrecer incienso en el altar, admirando la forma en que el humo se enroscaba en el aire, cuando sintió unos ojos que lo observaban nuevamente. Miró hacia la entrada y vio a un gran número de personas reunidas allí, acercándose para poder verlo por un momento. Suspiró aliviado cuando la ofrenda de incienso terminó y la mayoría de las nyosen subieron a la plataforma, bajando la pantalla.

—Puedes estar tranquilo —dijo Teiei con una sonrisa.

—Es difícil relajarse con toda esa gente viéndome.

—Pronto te acostumbrarás.

—¿Puedo llamar a Sanshi?

—Mientras la pantalla esté abajo, sí.

Taiki la llamó y Sanshi apareció del suelo a sus pies, como si se levantara de una siesta. Taiki abrazó su cuerpo felino y sintió cómo sus preocupaciones iban menguando.

Los brazos de Sanshi sobre su cabeza eran cálidos y reconfortantes.

—Veo que estás muy nervioso. No hay necesidad de estar tenso —dijo Teiei.

—Sé que no debo, pero es difícil. ¿Y ahora qué?

—Los que ascendieron vendrán a ofrecer incienso. Si gustas, puedes quedarte aquí y mirar hasta que pase la mañana, o si te aburres, puedes visitar y hablar con quién desees.

Mientras Teiei le explicaba el proceso, un hombre entró al palacio externo y empezó a ofrecer incienso en el altar. Las pantallas alrededor de la plataforma estaban arregladas de forma de que los que estaban dentro podían ver a cualquiera que entrara a la gran habitación. Esta persona caminaba con una extraña rigidez, haciendo una reverencia tensa antes de hacer su ofrenda.

—Taiki, ¿tiene ouki? —susurró Teiei en su oído, pero Taiki sacudió la cabeza. Lo que quería decir es que no sabía, pero eso parecía suficiente para ella.

—Necesitas quedarte dentro o cerca del palacio externo hoy.

—¿Así que debo observarlos a todos para saber si alguno es el rey?

—Correcto, Taiki. Si alguno es el rey, por favor, dímelo al oído.

—Está bien.

El hombre terminó su ofrenda y entonces apareció frente a la plataforma. Hizo una reverencia y entonces se arrodilló.

Es tan viejo como mi padre y tan gordo como un luchador de sumo.

Taiki escuchó la conversación entre el hombre y una nyosen bajo la plataforma, intentando concentras todo su pensamiento en él. Esperó a ver si sentía la revelación, aunque todavía no estaba seguro de qué era.

Después de un rato, Teiei lo miró con curiosidad. Él sacudió la cabeza en respuesta.

No sentía nada.

  

 

Le tomó dos días cansarse de ver a los aspirantes llegar y ofrecer incienso, y otros dos antes de finalmente animarse a salir.

La ofrenda de incienso solo se daba por un pequeño momento por la mañana. Taiki se sentaba en la plataforma viendo a la gente entrar y salir. Al principio, era maravilloso ver a otras personas aparte de las nyosen, con sus caras raras y ropas extranjeras, pero después de un rato, sentarse en las sombras detrás de la pantalla perdió su gracia. Para el cuarto día, la idea de sentarse toda la mañana antes de poder irse al palacio parecía imposible de soportar.

—¿Puedo salir?

Cada nyosen en la plataforma miró eufórica mientras él preguntaba. Taiki pensó que ellas también debían de estar aburridas.

—Claro —dijo Youka con una gran sonrisa en su cara.

—Estabas esperando que preguntara, ¿cierto?

—Para nada, señor Taiki —rio Youka—. Aunque debo admitir que estábamos un poco cansadas del protocolo. ¡Hoy tuvimos que ver al señor Calabaza seis veces!

Las nyosen aguantaron la risa.

Entre los que vinieron a ofrecer incienso en el altar, había algunos que iban varias veces al día. El hombre que había sido el primero en entrar el primer día pertenecía a ese grupo, y podía aparecerse hasta diez veces en la misma mañana mientras Taiki estuviera presente. Aparentemente era administrador de alguna provincia, pero su ancha y robusta cara le había ganado el apodo de “señor Calabaza”.

—¿Crees que está bien si salgo?

—Por supuesto —dijo Teiei mientras reía—. Estaremos contigo y hay muchas otras personas aquí. Aunque haya algunas desagradables, las otras competirán para ser los primeros en ayudarte. Después de todo, quieren mostrarte sus cualidades, señor Taiki.

Ya habían aparecido no menos de diez tontos que intentaron entrar a hurtadillas al Palacio Houro de noche, solo para ser capturados y echados de la montaña; sin embargo, Teiei no le informaba al joven kirin de estos asuntos.

—Ya veo.

—Habrá una multitud alrededor, cada uno queriendo saludarte, pero creo que lo encontrarás menos aburrido que sentase aquí. Debes intentar hablar con cada uno rápidamente y entonces continuar, o sino podrías terminar escuchando una larga historia de cada aspirante demasiado tiempo para poder regresar antes del anochecer.

—¿Hablarles? ¿Qué debo decirles?

—Bueno, si con quien hablas es el rey, entonces debes saludarlo como es la costumbre.

—¿Es decir, con el juramento?

Teiei asintió.

—Sí.

—¿Y si la persona no es el rey?

—Bueno, como pasó el solsticio, puedes decirles que les deseas lo mejor hasta que llegue el equinoccio. Si el equinoccio acabara de pasar, les dirías que les deseas lo mejor hasta que llegue el solsticio.

—¿Hasta el próximo Día de Paso Seguro?

—Correcto.

—Pero ¿qué pasa si no sé si es el rey o no?

Teiei rio fuertemente.

—Entonces esa persona no es el rey.

—¿Puede Sanshi venir conmigo?

—Si está escondida, pero debes prometer no llamarla afuera porque asustaría a los caballos y a los youju.

 



Cuando Taiki se levantó de la silla, las nyosen que estaban cerca de él lo rodearon y salieron del palacio externo juntos, seguidos por la mirada perpleja de las nyosen que quedaron atrás. Las que se quedaron sabían que les habían dejado la nada envidiable tarea de observar las ofrendas de incienso el resto del día y responder a las preguntas de los aspirantes que subían a la montaña a conocer al kirin.

Si el momento de la ascensión era un gran evento para todos los aspirantes al trono, también era un momento de celebración para las nyosen. Aunque pocas mujeres que habían tomado los votos de nyosen se arrepentían de su elección, era fácil aburrirse de la rutina de palacio si se ha vivido mucho tiempo. Por lo tanto, habían pasado los días siguientes al solsticio de verano preparando sus ropas más finas y arreglando su pelo con cuidado; aunque el protocolo no requería esas atenciones, ellas solo querían asegurarse de verse lo mejor posible cuando saludaran a los hombres, pues no conocían mayor alegría que divertirse con ellos enseñándoles sus afectos. Era posible que, al jugar estos juegos sociables, una nyosen pudiera desarrollar verdaderos sentimientos por los aspirantes a reyes y podría terminar descendiendo de la montaña con él.

Cuando Taiki y sus ayudantes salieron del palacio, el primero en salir corriendo hacia él no fue otro que el señor Calabaza, que había estado esperando cerca a la puerta y llegó apresuradamente apenas vio al kirin.

El hombre cayó al suelo sobre sus rodillas haciendo un ruido resonante y se postró con tanto sentimiento que su frente golpeó contra el suelo donde incontables pies habían marchitado las hierbas. Se escuchó algo de risa entre las nyosen y los observadores.

—¿C-cómo amanece hoy el Señor de Houzan? —chilló el hombre grande. Más risas se escaparon de la multitud—. Mi nombre es Rohaku, administrador de la provincia de Sui en el reino de Tai. A-aunque empecé en la región Nanyou de la provincia de Ba…

El hombre siguió y siguió con su cabeza pegada al suelo, tartamudeando tanto que Taiki apenas si le entendía algo de su aparentemente interminable discurso.

—Es un gran honor y una gran alegría poder mirar su noble rostro —Rohaku concluyó finalmente—. ¡Que viva eternamente!

Inseguro de qué hacer, Taiki miró a Youka y ella levantó una ceja como respuesta. Leyendo en sus ojos lo que quería decir, Taiki miró al hombre postrado.

—Te deseo lo mejor hasta que llegue el equinoccio.

—¿Ah? —dijo el hombre mientras levantaba la mirada y entonces sus pesados hombros cayeron. Su rostro regresó al suelo—. Sí… sí, ya veo. Por supuesto —tartamudeó.

Youka apretó los dientes para contener la risa y empujó ligeramente a Taiki desde atrás.

—Tal vez debamos caminar algo más.

Taiki dejó que lo apartaran, aunque miró al hombre varias veces más. Cuando se habían alejado una corta distancia, una de las nyosen le susurró algo.

—Lo escuchaste demasiado tiempo, empezabas a preocuparme, señor Taiki.

—Es que no podía interrumpirlo.

—Fuiste demasiado amable. No puedo imaginar que sería muy gratificante servir a un señor como ese —susurró la nyosen, sonando muy aliviada.

Taiki la miró con curiosidad.

—¿No sería buen rey?

—Si hubieses tenido una revelación, entonces malo o bueno, sería el rey. Pero con una calabaza como rey, siento que el reino de Tai sentiría vergüenza. Un rey no debe ser el epítome de la belleza, pero una buena apariencia no le hará daño al trono… Al menos podemos esperar que sea alguien culto.

—Ya veo… supongo que sí

Youka rio.

—No te lo tomes en serio. Todo lo que importa es la revelación.

—¿Es verdad eso, Youka? —Señaló una de las nyosen—. Quizá no necesite ser apuesto, pero en el pasado o presente, aquí o allí, ¿alguna vez ha habido un rey que puedas considerar feo?

—Tiene un punto —Otra nyosen comentó—. Hay cierta dignidad en los reyes que se les nota en la cara. No veo por qué una buena presencia no pueda ser considerada una de las cualidades necesarias de la realeza.

—Recuerden que ahora no estamos solas —susurró Youka ligeramente y las demás callaron. Youka les sonrió y acercó su boca a la oreja del chico—. No les hagas caso a sus tonterías. Todo lo que necesitas hacer, Taiki, es esperar la revelación.

  

 

A donde caminara, lo seguía una multitud. Muchos se acercaban y se presentaban, pero Taiki no sentía nada mientras miraba sus esperanzadas caras.

Más de trescientos habían ascendido a la montaña, incluyendo a los seguidores que acompañaban a sus señores a probar su valía para el trono, pero a quienes se les permitía también aparecer ante el kirin.

Al mirar a Taiki, algunos corrían hacia él y se postraban, pero otros simplemente miraban en su dirección sin acercarse o llamarlo. Las nyosen le habían dicho que, aunque el hombre no hablara, Taiki sabría si él sería el rey, pero ese conocimiento nunca llegó. Se dio cuenta que decepcionar a esas miradas ansiosas era igual de doloroso sin importar si le hablaban o no.

Cuando hubo un descanso momentáneo entre la avalancha de gente, Taiki se alejó de la multitud, suspirando profundamente. Youka miró a sus ojos.

—¿Estás cansado?

—No. Es solo que… no estoy acostumbrado a ver tantas personas juntas.

—Ya ha pasado el mediodía. ¿Regresamos al Palacio Externo Hoto? Debes querer descansar. ¿O quizás quieres volver al Palacio Houro?

—Sí, vamos al Palacio Houro —asintió Taiki, con los ojos empañados miró alrededor y sus ojos se posaron en algo que no había visto antes. Tomó la mano de Youka—. ¡Mira, Youka! ¡Es un perro con alas!

Justo afuera de una tienda cercana, un gran perro estaba amarrado junto a varios caballos. Un puñado de hombres y mujeres atendían a los animales.

—Ese es un tenba. ¿Te gustaría mirarlo de cerca?

—¿Crees que esté bien?

—Claro que sí —dijo Youka, tomando a Taiki de la mano y llevándolo hacia el lugar donde estaba atado el perro alado.

Era una criatura grande y hermosa, con un cuerpo blanco, cabeza negra y cortas alas que se plegaban espléndidamente en su espalda.

—¡Pero si es el Señor de Houzan! Es bueno verlo entre nosotros.

Quien hablaba era una mujer alta que había estado cuidando de las monturas. Fue la primera que notó que Taiki se acercaba y se apresuró a arrodillarse ante él.

—¿Este tenba te pertenece?

—Así es, mi señor.

—¿Puedo… acercarme?

—Por supuesto.

La mujer sonrió haciendo una señal para que el grupo se acercara a su tenba. Taiki se acercó con cautela, mientras Youka lo empujaba hacia adelante. De cerca, la montura era mucho más grande de lo que pensaba.

—Qué grande es —susurró Taiki.

—Pero para un tenba, todavía es pequeño —respondió la mujer mientras se arrodillaba junto a la bestia. Parecía ser la líder de quienes cuidaban de los animales.


—Por favor, levántate. ¿Puedo tocarlo?

—Gracias, mi señor. Sí, le gusta que lo acaricien. No se preocupe, es muy amable.

Taiki acercó su mano, dubitativo. El brillante pelaje de la criatura era mucho más tieso de lo que creía. Rascó al tenba bajo la mandíbula y él cerró los ojos con una expresión de satisfacción en su rostro.

—Es bastante manso. ¿Cómo se llama?

—Su nombre es Hien.

Taiki susurró:

—Hien —Y la criatura que seguía con sus ojos cerrados, ladeó la cabeza para que la mano rascara bajo su oreja—. ¿No muerde?

—No muerde nada que no deba, mi señor. Los tenba son youju bastante dóciles por naturaleza. Hien, en particular, tiene una actitud muy cálida y sabe a quién no debe morder.

—Debe ser muy sabio.

Por un rato, Taiki habló con la mujer sobre el tenba, preguntándole todo sobre cómo lo había capturado, qué comía y cómo se sentía montarlo. La mujer respondió a sus preguntas clara y simplemente con su suave voz y su amable forma de hablar, sin embargo, algo en la claridad de sus palabras sugería una gran fuerza interior.

Taiki era demasiado pequeño para poder determinar la edad de los adultos. No estaba seguro de qué edad tendría, pero por su apariencia era mucho más vieja que Youka o Teiei. Quizá no era tanto su cara sino la forma en la que se desenvolvía, la que causaba esa impresión. Todo acerca de ella era diferente de las nyosen que ella hacía parecer como niñas en comparación.

Las nyosen en su mayoría tenían rasgos delicados y delgados. Ahora, en particular, se veían especialmente femeninas con todas esas ropas coloridas y horquillas decoradas que acentuaban su belleza.

Por el contrario, la mujer usaba una sencilla vestimenta masculina y su rojizo cabello suelto fluía libremente sobre sus hombros; además, tampoco llevaba una sola joya encima. Era alta y no había nada delicado en la forma en que se movía. El kirin no pensaba que era poco atractiva pero su belleza era completamente diferente a la de Gyokuyou y las nyosen.

—Gracias —dijo finalmente Taiki, quitando a regañadientes la mano del lujoso pelaje de Hien.

—De nada. Creo que Hien también está feliz de haberlo conocido.

—Dime, ¿de dónde vienes?

—De la provincia Jou, mi señor. Soy Risai, General de los Regimientos Provinciales de Jou. Mi nombre es Ryusi.

Los ojos de Taiki se abrieron ampliamente.

Había aprendido que cada reino tenía nueve provincias dirigidas por gobernadores. Cada gobernador controla varios ejércitos independientes que son conocidos como Regimientos Provinciales o Guardia Provincial. El tamaño de estos ejércitos variaba de acuerdo con el tamaño de la provincia, pero nunca había menos de dos y nunca más de cuatro, lo que significaba que había entre dos y cuatro generales por provincia.

—¿Eres una general?

Eso explicaba por qué tenía una presencia diferente a la de las nyosen.

—Eso dicen, sí.

Era una persona tan buen, era difícil para Taiki hacer lo que sabía que debía hacer. Nada parecido a una revelación había llegado a él durante todo el tiempo que habían hablado.

—General Risai… Te deseo lo mejor hasta el equinoccio.

Risai sonrió forzadamente una vez, pero eso fue todo. Sus sonrisas regresaron a su rostro.

—Gracias, mi señor. Que siempre goce de salud.

—Gracias.

Era difícil tener que elegir y también era cruel que las revelaciones no tuvieran nada que ver con sus propios pensamientos y sentimientos.

—¿Puedo volver a ver a Hien?

Risai rio fuertemente.

—¡Mi señor siempre será bienvenido!

  

 

Taiki y las nyosen habían dejado a la General Risai y al tenba atrás y habían recorrido el circuito del Palacio Externo Hoto cuando llegaron a una pelea.

La primera señal de problema fue un grupo de personas reunidas formando un círculo. Cuando las nyosen empezaron a susurrarse entre ellas, preguntándose qué estaba pasando, alguien gritó:

—¡Pelea!

Taiki se aferró rápidamente a la manga de Youka.

Sin importar cuál era la causa o las circunstancias, la violencia era terriblemente terrorífica para Taiki. Le provocaba el mismo miedo que sentía al ver la sangre. No tenía miedo de ser golpeado, era el acto de golpear en sí y las personas que lo llevaban a cabo lo que lo asustaban más.

—¿Cuál es el significado de esto? —gritó una de las nyosen detrás de la multitud reunida. Al oír su voz, uno de los hombres miró sobre su hombro. Su rostro mostró claramente su asombro cuando reconoció el grupo del kirin y rápidamente se postró sobre sus rodillas.

—M-mi señor…

Todos sabían que el Señor de Houzan era por naturaleza una criatura que aborrecía la violencia y odiaba la sangre, así que derramar sangre estaba estrictamente prohibido en la montaña. Casi sin excepción, todos los que faltaban a esta regla, eran rápidamente expulsados de Houzan.

—Agh, es por esto por lo que me preocupaba el festival de este año —dijo una de las nyosen—. A los hombres de Tai les gusta demasiado la matanza.

Cada uno de los Doce Reinos poseía una personalidad diferente y se asumía comúnmente que los habitantes de cada uno compartían ciertas cualidades. Las personas de Tai eran ampliamente famosas por sus temperamentos feroces por lo que parecería natural que el kirin del reino exhibiría tal temperamento también, pero como Taiki había probado tener una naturaleza gentil, se podía decir que siempre hay excepciones.

—¡Deténganse inmediatamente! ¡¿Se dan cuenta de dónde están?! —La voz de la nyosen resonó entre los espectadores y ellos abrieron un camino que reveló a dos hombres de pie en el centro del círculo.

Uno era un gigante, duro como una piedra que sostenía una larga espada en una mano. El otro era más bajo, pero claramente era un guerrero, sus puños estaban levantados. El hombre más bajo también llevaba una espada a su lado y, sin embargo, no la había desenvainado, pero a pesar de esto, era claro que él tenía la ventaja.

Todos los ojos estaban clavados en él. Su largo pelo blanco contrastaba con su armadura negra y su piel estaba bronceada de color marrón por largos años bajo el sol. Sus hombros eran anchos y musculosos, y cada movimiento que hacía era rápido y fluido, haciéndole menos humano y más como una bestia feroz.

No había pasado nada de tiempo desde que las nyosen entraron al círculo cuando ya la pelea había acabado. Un poderoso puño traspasó la espada del gigante, dejando sin aliento al alto hombre que con un gruñido cayó al suelo. Por un momento, el hombre grande se revolvió en la tierra, pero no pudo levantarse.

—Está prohibido desenvainar tu espada en el territorio del Señor de Houzan. Podrías disculparte con él —dijo calmadamente el otro hombre, girándose casualmente hacia donde su adversario yacía en el suelo.

Los movimientos del hombre no tenían ni un poco de arrogancia y lo que dijo tenía un tono de modestia.

Sus ojos se encontraron con los de Taiki.

Ojos color escarlata, rojos como la sangre.

Taiki apretó más fuerte la manga de Youka. Era él. Este hombre era la fuente de su premonición, la fuerza que se acercaba y que él tanto temía.

Pero antes de poder apartar a Youka, el hombre caminó hacia ellos y se arrodilló.

—No sabía que estuviese aquí, mi señor.

Los ojos del hombre se ablandaron y sus rasgos mostraron calidez repentina. De alguna forma, Taiki logró estar frente a él sin temblar, pero apretaba fuertemente la manga de Youka.

—Siento mucho este desliz en la etiqueta. Po favor, discúlpeme.

Taiki no podía responder, así que Youka habló en su lugar.

—No habrá más peleas en los peldaños de Houzan.

—Lo siento.

La mano de la nyosen acarició la espalda de Taiki y entonces lo empujó hacia delante.

—Está bien, la pelea ha terminado y nadie ha salido herido.

Taiki tragó saliva y asintió. Quería decirle de su miedo por este hombre, pero no podía hacer nada con él allí.

El guerrero arrodillado parecía mayor que Risai. Ahora que estaba más cerca, Taiki pudo ver que el pelo del hombre, que estaba amarrado en una trenza suelta en su cuello, no era blanco, sino plateado con un ligero brillo azul. Tal vez por eso parece mayor, pensó Taiki. Sus rasgos eran agudos y sus ojos estaban llenos de ingenio, o tal vez era sabiduría. Era tan poderoso el sentimiento que le dolía solo mirarlo a los ojos.

El hombre rio.

—Siento haberlo asustado. Me disculpo, mi señor.

—No… —dijo Taiki finalmente con un chillido—. Yo… yo simplemente estaba asustado. ¿De dónde vienes?

—De Kouki, mi señor. Soy el General Saku, de la Guardia de Palacio de Tai.

Un murmullo se escuchó en la multitud.

Debe ser alguien famoso.

La Guardia de Palacio era el término utilizado para los ejércitos del reino que servían directamente bajo el rey. Eran tres en total y cuando se sumaban con los tres ejércitos del gobernador de la capital, un rol que siempre era reservado para el kirin, formaban los Seis del Rey. Este nombre era un reconocimiento del hecho de que los kirin aborrecían la violencia y realmente no podían liderar un ejército. Por tal razón, los Seis del Rey eran llamados también el Ejército Imperial.

—Mi nombre es Sou, pero me llaman Gyousou.

Taiki se encontró con la firme mirada del hombre y sintió que su miedo se ahondaba. Una extraña sensación de urgencia le sobrevino, una sensación de que debía decir algo más, así que dijo lo primero que se le ocurrió.

—Eres un… general.

La diferencia entre la presencia ruda de este hombre y la personalidad amable de Risai era profunda. Taiki estaba inseguro de si era una diferencia individual entre Gyousou y Risai o si había alguna diferencia grande entre un general de la guardia de palacio y la guardia provincial.

—Sí, poco puedo hacer además de utilizar mi espada, así que es algo que me viene naturalmente.

La sólida autoconfianza del hombre en todas las cosas brillaba en contraste con sus humildes palabras. Su sola presencia era tan imponente que Taiki era incapaz de moverse, pues tenía deseos de darse la vuelta y correr, pero no podía. Decidió irse tan pronto como pudiera.

Primero, sin embargo, debía realizar su deber. Luchando para calmar sus nervios, buscó dentro de sí mismo muchas veces. Sin encontrar nada inusual, Taiki hizo una reverencia con su cabeza y se agarró de la túnica de Youka.

—Te deseo lo mejor hasta el equinoccio. —Logró decir finalmente. Entonces, apartándose rápidamente de la mirada del hombre, hizo otra reverencia. Ni siquiera quería esperar a ver la expresión en el rostro del general.

Un ligero murmullo atravesó a la multitud que los rodeaba.

Taiki escuchó a alguien susurrar.

—¡No fue Saku!

Fue solo entonces cuando se dio cuenta que ese temible guerrero era el hombre que todos asumían que sería el próximo Rey de Tai.

  

 

—¿Gyousou? Ah, ¿se refiere al General Saku del Ejército Imperial?

Al día siguiente, Taiki había salido a hablar nuevamente con Risai, la general que había conocido la mañana anterior.

No parecía desconsolada en lo más mínimo, de hecho, saludó a Taiki con una cálida sonrisa y lo dejó acariciar a Hien. Taiki se sentó junto a la afable mujer y su montura voladora mientras las nyosen charlaban con los miembros de su grupo.

—¿Lo conoces personalmente, Lady Risai?

Risai sacudió la cabeza.

—Aunque soy una general, yo dirijo un simple regimiento provincial. El Señor Gyousou es un general al servicio directo del rey, es un rango completamente diferente.

Con su suave voz, Risai le explicó que había una gran diferencia en autoridad y status entre un general provincial y un general de la guardia de palacio. Los generales de la guardia de palacio tenían el permiso de entrar al palacio y hablar cara a cara con el rey, e incluso participar de sus consejos matutinos, donde muchas de las decisiones del reino eran tomadas. Comparado con un general provincial, que era en esencia un mero soldado, un general de la guardia de palacio era tanto un guerrero como un invaluable consejero del rey.

—¿Es así de famoso?

—Bastante. Es muy bueno con la espada y sus hombres lo aman. Aunque se sabe que es severo y directo en sus órdenes, también conoce la sutileza de la corte y es buen entendido de los asuntos reales —Risai hizo una pausa y miró inquisitivamente a Taiki—. Señor… ¿tiene algún interés especial por el señor Gyousou?

—Es que ayer hubo una pelea…

Risai asintió.

—Ah…  algo escuché de algún tonto que claramente no apreciaba su vida y había enfadado al señor Gyousou. Estoy casi segura de que fue culpa del otro hombre, pues lo ofendió descaradamente. Debió de ser así si provocó esa respuesta, pues el general no es el tipo de persona que se pelea fácilmente.

—Ya veo…

Risai miró a Taiki directamente a los ojos.

—¿El señor Gyousou es el rey?

Taiki sacudió la cabeza.

—No, no es eso. Es solo que me asusta… sorprendentemente.

Risai se veía decepcionada.

—Ah, así que no es él.

—Ayer escuché a alguien suspirar así también.

Risai rio.

—Puede que no sea el más amable de los hombres, pero no es realmente temible, o eso he escuchado. Creo que es un hombre magnífico pues no todos los días un general es genuinamente querido por un ejército de doce mil soldados. Y aunque no le faltan enemigos, sus aliados son muy fieles. Es infortunado que no sea él.

—¿Así que eres uno de sus aliados?

Risai pasó la mano por el pelaje de Hien.

—Sí. Aunque realmente no lo he conocido, se podría decir que lo respeto desde la distancia. Yo también lidero un ejército, después de todo. Sería feliz si él fuese el rey.

—¿Entonces es un hombre fuerte?

Risai asintió.

—En todos los Doce Reinos, se dice que solo lo supera el Rey Eterno de En.

—Oh…

—Aunque puede que haya otros con sus cualidades, pero pocos son queridos por todos. Es raro que un hombre sea un genio de la batalla y tenga tantas virtudes al mismo tiempo.

Taiki asintió.

Pero no hubo ninguna revelación. Ninguna.

—Es lamentable.

Taiki se dio cuenta que la general estaba hablando desde su corazón. Si él se relacionara con personas externas a Houzan, sabría que nadie que esté familiarizado con los ejércitos de Tai era ignorante de las cualidades excepcionales del General Saku de la Guardia de Palacio. Aunque ya era un hombre adulto cuando se unió a la guardia, el señor Gyousou todavía era muy joven cuando fue nombrado general y cuando pudo dirigir su ejército para suprimir una rebelión, las mismas personas que había vencido lo terminaron respetando días después. Si bien había generales fuertes y generales virtuosos por todos los reinos, la cantidad de hombres que poseían ambas cualidades y cuyas obras eran respetadas incluso más allá de las fronteras de sus propios reinos, eran pocos.

De hecho, Risai le admitió al joven kirin que cuando pasó el Portón de las Virtudes y escuchó que Gyousou estaba entre los aspirantes, dejó todas las esperanzas de adueñarse del trono. Aunque la gente a su alrededor la llamaba “la general amable” y respetaban todos sus logros, y además la habían llevado a la montaña como a una heroína, sintió que si todo lo que había escuchado era verdad, no podía esperar estar a la altura de un hombre como Gyousou.

—Es muy lamentable que él no sea el rey —repitió Risai.

—Y-yo… —tartamudeó Taiki—. Estaba pensando que tú serías una buena emperatriz, Lady Risai.

La general sonrió ampliamente.

—Me concede un honor con sus palabras. Gracias, señor Taiki.

—Lo digo en serio.

—Me honra escucharlo, pero si pudiera aconsejarle algo, mi señor, me parece que no debe ser tan descuidado con sus afectos. Después de todo, quizá solo estoy aquí para conseguir favores, con la esperanza de ganarme al rey una vez sea escogido. —Risai rio juguetonamente y Taiki hizo un sonido de sorpresa.

—¡No puede ser!

—Oh, no esté tan seguro. Hay muchos así por aquí, sabe. Algunos suben a la montaña sin aspirar al trono enjoyado, solamente vienen buscando la oportunidad de agraciarse con mi señor y el futuro rey.

—¿De verdad?

—Desafortunadamente así es, por eso debe sospechar de todos nosotros, incluyéndome a mí, de querer ser invitados al Ejército Imperial cuando mi señor descienda a su reino.

Taiki levantó una ceja.

—No eres ese tipo de persona, Lady Risai… o al menos yo no lo creo.

Risai agrandó más su sonrisa.

—Mi señor realmente sabe cómo hablar, sus palabras me hacen feliz.

—¿De verdad?

—De verdad —Riéndose, Risai se puso de pie. Con sus grandes manos, apartó suavemente la paja sobre sus túnicas—. Parece que a las nyosen se les acabaron las cosas que decirles a mis acompañantes. ¿Le gustaría venir conmigo a caminar por el territorio, mi señor?

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