—¡Señor Gyousou! —gritó Risai
sobre Hien, su antorcha echaba chispas que caían sobre las rocas mientras el tenba
galopaba hacia el claro. La luz del amanecer empezaba a salir del horizonte.
—Señor
Gyousou, encontré una cueva que creo que debe ver.
—¿Oh? —dijo y
se levantó.
—Está cerca
de un pantano no muy lejos de aquí. Había huellas de entrada y salida y
sospecho que pueden ser de un sugu.
—¿Crees que
es su guarida?
—Quizá.
—Vamos.
Risai levantó
a Taiki y lo puso sobre la espalda de Hien mientras Gyousou montaba a Keito. En
unos momentos ya estaban en camino.
La entrada de la cueva se había
formado entre dos grandes peñascos en el borde de una gran extensión de
pantano. Hierbas escasas se veían allí y aquí en el espacio abierto dividido
por la oscuridad, también había arremolinados parches de lo que podía ser agua
o barro muy mojado. Más cerca a la entrada de la cueva, donde el suelo se
levantaba un poco, el terreno era más firme y seco, y con una escasa capa de
hierba.
Por las luces
de sus antorchas, los tres aventureros pudieron ver claramente las huellas que
llevaban a la entrada de la cueva.
Gyousou hizo
detenerse a Keito y comparó las huellas de él con las que habían encontrado.
Cualquiera que fuera la criatura, tenía patas más grandes.
—Puede que no
sea un sugu después de todo, ¿pero entonces qué es?
Risai
desmontó y miró a la entrada de la cueva. Las paredes de la cueva estaban
conformadas por rocas naturalmente apiladas, donde una piedra más ancha se
curvaba sobre ellas, por lo que creaban una entrada tan alta como la general.
Era menos parecida a una cueva y más como un agujero entre dos peñascos que
formaban algún tipo de túnel. El túnel recorría una corta distancia entre las
piedras y luego había una curva, por lo que no se podía ver más allá.
—Entré cuando
estuve aquí antes y sé que es bastante profundo. ¿Lo exploramos?
—¿Y si
encontramos un dragón?
—Dicen que
hay un dragón durmiente en el fondo del Mar Amarillo.
Gyousou miró
el túnel.
—Eso dicen,
pero dicen muchas cosas.
—Aunque sí es
un poco pequeño para ser un camino hasta el fondo del Koukai.
—Estoy de
acuerdo. Pero ¿qué es?
Risai levantó
una ceja.
—¿No quiere
averiguarlo?
Sin
responder, Gyousou se giró hacia Taiki.
—¿Mi señor?
—No… no lo
sé.
—Entonces tal
vez debamos echar un vistazo.
Risai ya
había entrado a la cueva.
—Yo iré
primero, señor Gyousou, el joven señor está en sus manos.
—Entendido.
Fue entonces
que Taiki sintió un escalofrío de inseguridad. Miró a Gyousou.
—Um…
—¿Pasa algo?
Risai ya
había doblado por la esquina.
Gyousou iba
tras ella.
—Sigámosla.
Quédese cerca de mí, mi señor.
—Bien.
Parecía que el túnel estaba
dirigiéndose a la base de la colina rocosa sobre ellos. Estaba inclinado hacia
abajo, doblándose y curvándose a medida que avanzaban. No había viento, pero la
llama de la antorcha se movía, Gyousou lo consideró prueba de que había alguna
corriente de aire pasando a través de la cueva. Aquí y allí, pasaron junto a
grietas en las paredes rocosas, pero nada lo suficientemente grande para ser
considerado una entrada.
—Es bastante
largo. —La voz de Gyousou hacía eco.
Delante de
ellos, Risai se detuvo.
—¡Es un túnel
sin salida!
Delante de
ella, el túnel se abría hacia una cámara más ancha sin ninguna salida aparente.
Había una bajada de más o menos la altura de Taiki para pasar del túnel al
suelo de la cámara.
Risai saltó
para inspeccionar el espacio cavernoso. El suelo estaba lleno de rocas y
peñascos de diferentes tamaños.
—Qué raro, no
hay nada aquí.
—No, hay
algo, se puede oler.
Taiki frunció
el ceño. Sí que podía oler algo, como Gyousou había dicho. Era un olor que no
le gustaba nada, pues causaba algo en su pecho que parecía miedo.
En esta área
rocosa, Risai seguía adentrándose más y más. Taiki la vio agachándose junto a
una piedra plana. Después de que su figura seguía alejándose cada vez más,
Taiki empezó a sentir una fuerte ansiedad.
—¿Qué tenemos
aquí? Hay otro agujero en el suelo.
—¿Dónde?
Gyousou
levantó a Taiki en sus brazos y saltó hacia la cámara. Subieron por uno de los
peñascos inclinados sobre el suelo hasta que pudieron ver el agujero por el que
Risai estaba viendo.
Era muy
oscuro, demasiado.
—Hay algo… aquí
—susurró Taiki.
—¿Eh?
Gyousou y
Risai se voltearon para ver al kirin. Taiki sintió un escalofrío en sus
piernas. Su pulso se aceleró. El corazón le daba vueltas en su pecho.
—Volvamos… No
es bueno. El agujero no es bueno.
—¿Qué pasa?
Taiki apretó
la mano de Gyousou y estiró su otra mano para alcanzar a Risai.
—No me gusta.
Risai
intercambió miradas con Gyousou y entonces sonrió, poniendo su mano en el borde
del agujero.
—Solo quiero
ver cómo es por dentro.
—No. ¡No lo
hagas!
Taiki corrió
hacia Risai para detenerla, pero en el momento en que puso un pie dentro, algo
emergió de la oscuridad de las rocas y se puso en medio.
—¡No vayas
más lejos!
—¡Sanshi!
La mano de
Gyousou fue rápidamente a la empuñadura de la espada, pero cuando vio a Taiki
correr hacia la nin’you, se relajó. Sus ojos pudieron verla: medio
humana, medio bestia con una cola de lagarto. Esta era la nyokai de la
que Taiki hablaba.
Risai también
se sorprendió al ver a la nyokai blanca aparecer repentinamente en el
medio de la cueva. Una mano todavía descansaba en el borde del agujero, miró a
Taiki con intención de hablar, pero algo salió rápidamente de la oscura entrada
y se envolvió en su brazo.
Risai no hizo
ningún sonido. Fueron Gyousou y el joven kirin quienes gritaron.
—¡Risai!
Con la boca
todavía abierta por la sorpresa, la general desapareció de cabeza en el agujero
en el suelo de la caverna. Por un segundo, sus piernas patalearon en el aire,
pero para el momento en que Taiki se había dado cuenta de lo que pasaba, Risai
había desaparecido.
—¡Risai!
La única
respuesta para el grito de Taiki fue un grito dentro del agujero.
Para ser un hombre grande,
Gyousou podía moverse como el viento. En cuestión de segundos, ya había cruzado
el resto de la caverna y había llegado al agujero que se había tragado a Risai.
Solo la oscuridad era visible en la apertura.
—¡Señor
Gyousou!
—Sanshi, si
así te llamas, toma al joven señor y corre. Ponlo sobre Keito y vuelvan a
Houzan.
Sanshi
asintió, pero Taiki ya se había alejado de ella, dirigiéndose al general.
—¡No, Taiki!
—Sanshi corrió tras él, atrapando al niño entre sus brazos.
—Pero Lady
Risai… —dijo mientras señalaba el agujero, pero Gyousou lo detuvo con una
mirada.
—Déjeme a
Lady Risai a mí. Mi señor debe salir.
—¡No puedo!
Gyousou saltó
al agujero sin responder. Taiki se escurrió de los brazos de Sanshi.
—¡Taiki!
El niño
corrió por el agujero tan rápido como pudo, tan rápido que se tropezaba
salvajemente mientras avanzaba. Sanshi se estiró para atraparlo, pero él apartó
sus manos y acelerando, saltó al orificio oscuro detrás del general.
No puedo
dejarlo ir, a Gyousou no.
Fue una caída profunda, pero de
alguna forma, Sanshi logró ponerse en frente de Taiki para bloquearle el paso.
—Taiki.
—¡No! ¡No voy
a huir de esto!
Sanshi iba a
atrapar al joven kirin, pero sus brazos se apartaron.
¿Qué está
pasando? ¿Por qué no puedo desobedecerlo?
Por un
instante, Sanshi olvidó lo que pasaba a su alrededor y miró sus manos. Taiki
era su amo, pero ahora mismo su seguridad es primordial. Tenía que llevárselo
de este lugar, de este peligro, aunque no estaba segura de cuál era el peligro
exactamente, a pesar de que eso significara ignorar sus deseos y utilizar la
fuerza.
Con nueva
determinación, se movió para agarrarlo, pero Taiki fácilmente se alejó de ella.
Nuevamente apartó las manos, estaba impresionada.
¿Por qué?
Taiki siguió
corriendo sin mirar atrás. El espacio en el que habían caído era grande, una
caverna real. La única luz llegaba de la antorcha que Gyousou había llevado. La
había lanzado al suelo donde su brillo inestable solo profundizaba las sombras
en la parte lejana de la gran cámara, haciéndole imposible juzgar cuál era el
verdadero tamaño de la cueva.
Gyousou
estaba de pie delante del niño, su espalda daba hacia el agujero del que habían
llegado y sostenía la espada en su mano. Risai yacía sobre el suelo a una corta
distancia de él. Algo la cubría, una oscuridad inmensa y sin forma.
Taiki lo miró
con mucho esfuerzo. Parecía como una sombra y nada más, una gran masa de
sombra. Entonces, parte de la oscuridad se levantó como un gran cuello y se
dirigió a Risai.
—¡Toutetsu!
Fue Sanshi
quien gritó.
¿Cómo
puede ser?
La nyokai
estaba de pie con sus patas en tensión mirando al demonio. Este no era
cualquier demonio, la fuerza de un toutetsu iba más allá de la
comprensión. Era tan raro que se los viera, que se creía comúnmente que no eran
más que mitos. Sanshi no podía proteger a su kirin de esto, no creía que
nadie pudiera protegerlo.
Risai logró
levantar la cabeza.
—¡Mi señor,
debe irse!
—¡No puedo!
—¡El Reino de
Tai lo necesita, mi señor! —gritó Gyousou—. ¡No debe morir aquí!
—¡No puedo
huir! ¡No puedo abandonarte!
Un grito
resonó por toda la cueva.
El oscuro
cuello de la criatura golpeó a Risai en el suelo y entonces se dirigió a
Gyousou.
Gyousou saltó
para evitar el ataque del demonio y el cuello de sombras pasó justo por encima
de su cabeza y entonces se levantó alto hasta el techo de la caverna.
La mente de
Taiki se aceleraba.
Debo
detenerlo. Esa cosa terrible… debo detenerlo. ¿Pero cómo lo haré?
Antes de que
la idea llegara a su mente, su cuerpo ya empezaba a moverse.
La señal
de la espada.
¡Rin, Byou, Tou, Sha, Kai, Jin,
Retsu, Zen, Kyou!
Debo
detenerlo.
La sombra
detuvo sus movimientos instantáneamente.
Bien…
¿ahora qué venía?
Habría dado
toquecitos a sus dientes, pero temblaban tanto que tenía miedo de morderse la
lengua.
Un núcleo
oscuro dentro de la misma oscuridad apareció para encararlo. Entonces, flotando
cerca del suelo, vio dos brillantes ojos reflejando la luz de la antorcha.
Y esos fríos
ojos se quedaron viendo los de él.
Uh.
—Corran.
Todos. Ahora —No sabía por cuánto tiempo podría soportar esa terrible mirada,
por cuánto tiempo podría aguantar al monstruo—. Sanshi, toma a Lady Risai.
—Taiki.
—¡He dicho
que te la lleves!
Sanshi apretó
los dientes. Nuevamente, no tuvo otra opción que obedecer. No podía ir en
contra de las palabras de su amo. La nyokai corrió rápidamente hasta
Risai, levantó su sangriento cuerpo en sus brazos y corrió mirando una última
vez a Taiki, entonces salió por el agujero.
—Señor
Gyousou, debe escapar ahora.
Sabía que
Gyousou estaba en el suelo detrás de él en alguna parte, pero no pudo verlo. No
podía correr el riesgo para resguardarse de que el general no estuviera herido.
Todo lo que podía hacer era mirar a esos dos ojos rojos oscuros, del color de
la sangre coagulada.
—¡Por favor!
—No puedo
—dijo Gyousou con voz baja.
Taiki no
podía malgastar nuevamente su energía para volverle a preguntar.
Por primera
vez, se dio cuenta de que una simple mirada podía tener fuerza: la fuerza de su
mirada empujando, la fuerza de su mirada siendo repelida.
El poder de
sus miradas, del kirin y el toutetsu, llenó la caverna entera y
el tiempo se detuvo.
Estoy sudando.
Taiki no
tenía idea de cuánto tiempo había pasado mirando fijamente a esos dos ojos.
Podía sentir su sudor goteando desde su frente, corriendo por sus mejillas y
amontonándose en el cuello de su camisa.
Inhaló
profundamente por su nariz.
Exhalo por
la boca y lo hago de nuevo.
Mi frente…
Un dolor
pulsante se había apoderado del lugar entre sus cejas. Podía sentir algo duro y
caliente allí, enterrado bajo su cráneo. Mientras pasaba el tiempo, el dolor
aumentaba, era como ser tocado por metal caliente. Esperaba que fuera sudor lo
que sentía caer de su frente y no…
Mis ojos…
Hacía tiempo
había dejado de ver. Solo estaba mirando en la dirección de esa terrible
fuerza, donde asumía que los ojos de su adversario estarían. Pero ahora estaba
perdiendo incluso eso.
Tiempo…
¿Cuánto
tiempo se había quedado allí? La pregunta aparecía dentro de él, pero no
recordaba por qué debía importarle.
¿Cuánto…
más?
¿Qué
importaba cuánto tiempo llevaba allí? ¿Qué importaba cuánto tiempo más estaría
allí?
Entonces,
repentinamente, sintió una nueva forma de resistencia. Algo se interponía entre
él y la fuerza del demonio que lo empujaba, algo como un velo o quizá era el
mismo aire siendo atraído a la frontera de fuerza que conectaba sus ojos.
Tiempo…
¿Qué me
importa qué hora es?
La
resistencia se incrementaba y la mente torturada de Taiki se aceleraba. De las
bóvedas de su memoria, recordó las palabras de Taiki.
¡Es por
eso!
En el momento
en que se dio cuenta, sintió como si su frente se abriera en dos. La caverna
parecía llenarse de bruma, el aire que respiraba ardía en su garganta. La
mirada del toutetsu arremetía contra él como un gran puño. No podía
empujar más a la fuerza de esa terrible mirada, era como si una temible hora
hubiese llegado.
El seiki
se vuelve shiki.
—Señor
Gyousou… —No sabía si Gyousou todavía estaba allí, si lo estaba, Taiki no sabía
dónde—. Por favor, corre.
No puedo
aguantarlo por más tiempo.
—Siento decir
que no puedo —dijo la voz del general detrás de él—. No puedo mover mis
piernas.
Los ojos del kirin
se abrieron sorprendidos.
Su atención
fallaba.
¡Está
pasando! Se convierte en shiki.
—He sido
herido. No puedo moverme. ¡Por favor, ayúdeme!
Y de repente,
la concentración de Taiki estaba de vuelta, su voluntad se volvía a encender
como una gran llama.
Los poderes que contendían en
la caverna estaban balanceados una vez más, aunque más precariamente que antes.
¿Es sudor?
Algo caliente
chorreaba por su frente.
Podía sentir
a Gyousou quieto tras él.
No hay…
otra forma.
Su oscuro
enemigo no se movía, pero su mirada lo atravesaba, llenando su mente.
Me
llevará.
Gyousou no se
movía y Taiki tampoco.
Entonces, un
nuevo pensamiento apareció en su mente.
Arrodíllate…
Arrodíllate
ante mí…
De repente,
la oscuridad se movió. No lo vio realmente, más bien lo sintió.
El poder que presionaba
contra él se redujo. Pudo respirar profundamente por primera vez desde que la
lucha había empezado.
Arrodíllate
ante mí.
Podía sentir
la fuerza del demonio debilitándose. Repentinamente, descubrió que podía
parpadear, quitándose el sudor y aclarando su visión borrosa. Vio la forma
entera de su oponente con un miembro sobre su cabeza como un arma. Mientras
miraba, la oscura forma tembló y se encogió, hasta que lo que parecía como una
infinita masa adoptó una forma concreta de oscuridad, aunque era lo
suficientemente grande para llenar la caverna.
Taiki no
sentía miedo. La rigidez desapareció de su cuerpo y podía sentir sus miembros
como si fuera la primera vez.
—Arrodíllate.
La oscuridad
se encogió aún más, cambiando en la forma de un gran buey.
Después un
tigre.
Luego una
gran águila.
Siguiendo con
una serpiente gigante.
La criatura
cambió de una forma a la otra, mostrando su increíble poder.
Al final,
tomó la forma de un perro pequeño.
—Arrodíllate
como mi shirei.
Taiki levantó
una mano hacia el techo para recibir la Voluntad Divina. Y entonces, así como
así, la fuerza que lo empujaba con su mirada se detuvo. La resistencia en el
aire desapareció y algo lo recorría. El gran poder salía invisible de sus
manos, tirando de la cosa hacia él, atándola.
—Los demonios
se someten y hay armonía entre la luz y la oscuridad.
De su palma
salió el sonido del agua desbordándose, recorriéndolo hasta su nuca.
El sonido se revolvía dentro de él, formando figuras en su mente.
Una
persona. Jugando. Emergiendo. En el viento. Una bandera ondeando. Un látigo
golpeando, agua arremetiendo. Desbordándose.
—¡Rápidamente
de acuerdo con las leyes!
Entonces,
todas las sensaciones se unieron en un pensamiento, una palabra: la orgullosa
inundación.
—¡Ven a mí, Gouran!
El perro se
acercó a él, sus bordes se difuminaban y cambiaban mientras se movía. Mientras
se acercaba, Taiki pensó que el perro le recordaba a un shiba inu[1] y la
oscuridad alrededor del perro se empequeñeció, cambiando su pelaje a uno fino y
marrón.
Me
gustaría que fuese un cachorro, un cachorro de patas blancas.
Y la criatura
cambió para convertirse exactamente en eso.
Para cuando
se sentó a los pies de Taiki, el perro era prácticamente igual a los que
conocía de su hogar en Hourai.
—Gouran.
Se dobló para
tocarlo y el cachorro se levantó para saludarlo moviendo la cola. Cuando estiró
la mano, su cálida lengua lamió la punta de sus dedos. Entonces, Taiki lo
levantó y le dio un abrazo. La fuerza se fue de sus rígidas piernas y Taiki se
sentó exhausto sobre el suelo.
—No soy… no soy…
No soy
humano.
No era ni
persona ni bestia, hacía parte de algo más grande, algo de mayor poder, algo
que se extendía hasta las fronteras de este mundo. Podía sentirlo en todo su
cuerpo.
No soy
humano.
Por primera
vez, supo que era el kirin.
Realmente
no soy… yo.
Finalmente
entendió lo que significaba ser un kirin y ser parte de los mismos
Cielos. ¿Cómo podía seguir entendiendo la Voluntad del Cielo? ¿Cómo podía
seguir ejerciéndola? Se dio cuenta de que hasta ahora una parte de él no quería
creer. No quería aceptar que era algo más que el chico ordinario que siempre
pensó que era.
Pero ahora
lo sé.
La criatura
que era superaba las fronteras de su yo como lo había entendido. Estaba
directamente conectado con los Cielos y a través de esa conexión, un gran poder
fluía al pequeño caparazón que era su cuerpo.
—No lo puedo
creer… —dijo una voz rasposa de algún lugar tras él, trayendo a Taiki de vuelta
al presente. No estaba solo en la caverna.
El kirin
se dio la vuelta para ver al señor Gyousou sentado sobre un gran peñasco,
atónito.
—No creí que
fuera posible incluso para un kirin apaciguar a un toutetsu.
Taiki se
levantó de forma inestable. Sus piernas todavía temblaban y le era difícil
caminar.
—¿Estás bien?
Estás herido…
—No, estoy
bien.
Con Gouran
entre sus brazos, Taiki se sentó frente a Gyousou. La antorcha se había
extinguido hace tiempo, pero una tenue luz entraba a la caverna por un agujero
en las rocas del techo, liberando a la cueva de su completa oscuridad.
Taiki examinó
al general intentando determinar la gravedad de sus heridas, pero no parecía
haber problemas.
—¿No estás
herido? ¿Te rompiste algo?
Gyousou negó
con la cabeza.
—No, no estoy
herido —Su mirada roja todavía estaba calmada y pensativa—. Le pido disculpas
por mi mentira.
Taiki quedó
boquiabierto cuando se dio cuenta de lo que Gyousou había hecho.
Cuando Taiki le gritó que
corriera, Gyousou había evaluado la situación en un segundo.
No debo
moverme de este lugar.
De haberse
movido, se habría arriesgado a desconcentrar a Taiki y en el momento en que eso
pasara, todo estaría perdido. No podía permitir que el kirin sintiera la
más mínima distracción o el más mínimo alivio cuando su cuerpo y mente luchaban
contra un toutetsu.
Así que
Gyousou permaneció allí, petrificado mientras observaba.
Y mientras se
sentaba allí viendo al niño y preguntándose cómo exactamente Taiki empujaba al
demonio en la oscuridad, Gyousou entendió lo que niño quería decir antes cuando
habló de “presencia”. No podía haber otro nombre para ese poder que llenaba la
caverna mientras el kirin y el demonio luchaban.
Para su
sorpresa, Gyousou se quedó inmóvil por la admiración. Si ese pequeño niño no se
hubiera interpuesto entre él y el toutetsu, la sola fuerza de la
presencia de Gouran habría tragado vivo al general. Y si Taiki hubiese dudado,
seguramente Gyousou habría muerto hace mucho junto a él. Mientras la
consciencia de esto se asentaba, se sentía tan abrumado que no podía correr o
moverse, así que solo se había sentado a admirar la muestra de poder que se
llevaba a cabo ante él.
—Gracias por
salvarme.
Taiki negó
con la cabeza.
—No, gracias
a ti, señor Gyousou. Eres increíble.
—Guarde sus
cumplidos para usted mismo, se lo merece —respondió Gyousou con una sonrisa.
Con un gesto paternal apartó el pelo de Taiki y limpió su sudor—. Eso fue
impresionante. El Reino de Tai está bendecido al tener a un kirin de su
rango.
Taiki miró al
hombre que lo miraba de vuelta.
Un kirin.
Soy un kirin.
La mano del general
en su cabeza era amable y se sentía muy cómodo al saber que este hombre era su
amigo.
Si tan
solo el señor Gyousou fuera el rey…
—Por Tentei, ¿qué ha pasado?
Teiei iba y
venía consternada, se mordía ansiosamente las uñas. Youka estaba junto a ella
con su cara tan pálida como la nieve.
—¿Lady Risai
no ha despertado todavía?
El sirviente
negó con la cabeza y siguió de pie en silencio. No había nada más que pudiera
hacer.
Sanshi había
regresado al amanecer, llevando a la general inconsciente entre sus brazos con
su cuerpo lleno de horribles heridas. La nyokai dejó a Risai y
desapareció sin dar ni una palabra de explicación. Solamente eso era suficiente
para darle pesadillas al sirviente de Risai, pero además las nyosen lo
habían regañado desde el mediodía y ya se acercaba la noche y su señora todavía
no despertaba.
—¡Se le
confió nuestro señor a Lady Risai y aún así ella ha regresado sin Taiki! ¡Pensé
que era una mujer de palabra! —El sirviente se postró ante la enfurecida nyosen,
pero la ira de Teiei no disminuía—. Si llegara a pasar lo peor… ni tú ni tu
general vivirán un día más.
Las otras nyosen
acababan de entrar y le rogaban a Teiei que cesara su diatriba cuando una
conmoción se desató en la parte más lejana del campamento.
—¿Qué sucede?
Teiei se giró
y una de las otras mujeres señaló a la distancia.
—¡Es un sugu!
¡Y miren!
—¡Señor
Gyousou!
El sugu
galopaba a través del claro con su pelaje brillando bajo la luz del sol y su
larga cola levantada como un látigo. Un tenba los seguía cerca. Uno de
los seguidores de Risai gritó:
—¡Hien!
Las dos
bestias saltaron sobre una tienda cercana de un solo brinco, aterrizando
silenciosamente sobre la hierba ante la pequeña multitud. Un grito se escuchó
cuando vieron a Gyousou sobre Keito y al chico que llevaba en sus brazos.
—¡Gyousou!
—Teiei se abrió paso a empujones a través de la barrera de curiosos y corrió
hasta el sugu—. ¿Qué ha pasado? ¿Qué significa…?
Gyousou le
hizo un gesto de silencio, pero cuando se detuvo, empezó a gritar nuevamente.
—Taiki,
¿está…?
—Durmiendo,
sí. No deseo despertarlo —dijo Gyousou calmadamente.
Algo más
aplacada, Teiei se acercó más. Ninguna de las heridas que temía o las
cicatrices que había imaginado eran visibles, el niño dormía pacíficamente en
brazos de Gyousou. Finalmente, toda la tensión escapó de sus hombros.
—Entonces…
está bien.
Gyousou
desmontó con el kirin en sus brazos.
—Lo llevaré
al palacio.
—Antes de
eso, explícame qué ha sucedido. Debemos escuchar una explicación antes de
decidir si serás bienvenido a estas montañas nuevamente.
Gyousou rio.
—No temas, el
joven señor solo está cansado. Se durmió tan pronto como lo subí en la espalda
de Keito.
—¡Pero han
tardado tanto! Te pedí que lo trajeras para el mediodía. No puedes esperar que
esté complacida.
—Lo siento —Gyousou
miró alrededor—. Pero quizá sería mejor que lo llevara ahora pues no deseo
despertarlo. Puedo darte explicaciones mientras caminamos.
Al escuchar
el tono conspirativo en la voz de Gyousou, Teiei miró alrededor. Había varios
curiosos de otros campamentos que fueron a ver qué traían los cazadores y ahora
estaban reunidos cerca, mirando fijamente al general y a la nyosen.
Teiei asintió.
—Sí… quizá
sea lo mejor.
Teiei le hizo
un gesto a las otras nyosen y entonces se dio la vuelta y se dirigió a
las puertas del palacio. En un momento, la puerta se abrió y Gyousou entró al
Palacio Houro.
—Ahora darás
tus explicaciones —dijo Teiei mientras caminaban por los retorcidos pasajes del
laberinto.
—Apaciguar
lleva su tiempo.
Teiei se
sorprendió. Se escuchó un murmullo entre las nyosen que caminaban tras
ellos.
—¿Apaciguar?
¿Taiki?
—El joven
señor me dijo que no tenía shirei.
—Sí, es
verdad, pero no es…
—Por supuesto
que no se lo diré a nadie. No querría que alguien pudiera pensar menos de Tai
por culpa mía. Sin embargo, parece que no debo temer pues nuestro señor ha
tomado un shirei.
La mirada de
Teiei pasó del hombre sonriente al kirin durmiente.
—¿Cómo pasó?
—Retó a un
demonio y ganó, aunque la lucha duró desde el amanecer hasta hace una hora.
Teiei suspiró
profundamente. Esta noticia era un alivio en varios niveles.
—Ya veo. No
lo sabía… perdóname si hablé demasiado.
—No hay
problema.
Teiei miró al
chico en los brazos del guerrero. Debe estar muy cansado y su rostro mientras
dormía estaba pálido, pero esto no era de gran preocupación. Una buena noche de
descanso lo curaría.
Si puede
apaciguar, seguramente podrá transformarse.
Finalmente,
el Señor de Houzan estaba completo. Taiki sería liberado de todas sus
preocupaciones y las nyosen serían liberadas de tener que consolarlo
cada vez que fallara.
—Son
realmente buenas noticias.
—No has
escuchado toda la historia. Parece ser que no se debe menospreciar a un kirin
negro ya que pudo apaciguar a un toutetsu…
Teiei se
detuvo inmediatamente como si hubiera chocado con una pared.
—¿Qué has
dicho?
—Dije que
tomó a un toutetsu.
—¡Es
imposible! —Un chillido se escuchó de las nyosen tras ellos.
Era realmente
imposible. Los toutetsu no eran shirei. No estaban en el mismo
nivel que los demonios ordinarios que los kirin típicamente apaciguaban.
—Yo también
me sorprendí —dijo Gyousou bajando la mirada hacia el niño que dormía
profundamente con su rostro inexpresivo—. Aunque todos los astros estuvieran
alineados, es una proeza que pocos kirin pueden realizar. Temo por su
futuro.
—¿Disculpa?
—Te pido
disculpas si sueno descortés, pero te aseguro que no le deseo ningún mal, es
solo que posee un poder tan grande pero no sabe utilizarlo… es una combinación
peligrosa —Teiei frunció el ceño ligeramente—. Tal vez este éxito le dé la
confianza que necesita —Continuó Gyousou—. Creo que su fuerza apareció de un
deseo muy fuerte de protegerme, sin embargo, si no puede utilizar su fuerza sin
alguien a quien proteger, temo que le haga más daño que bien.
—Sí, eres
sabio —dijo Teiei suavemente.
—Posee un
poder tremendo pero su voluntad es débil. Quizá sea su falta de confianza o tal
vez haya otra razón… En cualquier caso, ansío ver su progreso con alegría e
inquietud.
—Espero que
tus miedos sean infundados.
—Comparto tu
esperanza. Y al mismo tiempo, aunque sea impropio decirlo como habitante de
Tai, creo que sería mejor para mi señor quedarse en Houzan todo el tiempo que
pueda.
Teiei miró
fijamente a Gyousou. Este era un hombre que entendía cómo funcionaban las
cosas. Era lamentable que la revelación no se diera para él.
Gyousou posó
sus ojos sobre el niño.
—Es una
criatura fabulosa. Siento no poder estar aquí para cuando libere su poder.


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