CAPÍTULO
11
Ah, así que él era el rey.
En el momento en que Sanshi vio la frente de Taiki en
el pie del señor Gyousou, toda la confusión que la había molestado los últimos
días se cristalizó repentinamente en una clara verdad.
Había visto señales antes, por ejemplo, la cercanía
del joven kirin a Gyousou, pero el niño tenía facilidad para hacer
amigos, así que la nyokai no lo encontró particularmente inusual. Pero
si Gyousou era el Rey de Tai, eso explicaba por qué Taiki se negaba tanto a
dejar que el general del Ejército Imperial se fuera, a pesar de que el kirin
era más apegado a Risai.
Sanshi había seguido el aura de Taiki, que para sus
ojos siempre brillaba de un color dorado, galopando hasta llegar al Koukai, su
corazón se nublaba por la preocupación.
¿Por qué había sido incapaz de atrapar al niño? ¿Cómo
había podido transformarse tan repentinamente?
La única explicación posible que se le ocurría era
que él lo había querido así y su poder latente había cumplido su voluntad, ¿pero
por qué? ¿Y por qué su poder de repente se hizo tan fuerte? Suficientemente
fuerte para que ni ella ni Gouran pudieran detenerlo. En el espacio de un
segundo, su voluntad había congelado las manos de Sanshi en el aire y había
abierto la puerta a la transformación a su forma de kirin. Y todo esto
se manifestó solo cuando Gyousou estuvo implicado.
Taiki siempre había tenido muy poca voluntad para ser
un kirin, hasta el punto de parecer débil. No se sabía las razones de
esto, pero Taiki tenía el hábito de degradarse a sí mismo. A veces, era tan
grave que parecía más un acto de complacencia que de humildad. Sin embargo,
cuando el bienestar de Gyousou estuvo en peligro, el joven parecía capaz de
utilizar una tremenda fuerza de voluntad, suficiente para detener a Sanshi y al
toutetsu, seres para los que el bienestar de Taiki era más importante
que sus propias vidas; y suficiente para cambiar su forma por primera vez.
La nyokai se preguntaba si esta no era más que
una manifestación del poder que Taiki escondía o si había otra razón para los
extraños fenómenos que había presenciado. Así que había bajado a toda velocidad
la montaña con Gouran, apretando los dientes con disgusto. Si tan solo hubiese
sido más inteligente se hubiese escondido en la sombra del kirin y lo
habría podido seguir, en su lugar, había intentado aparecer frente a él y
atraparlo, perdiendo la única oportunidad de tenerlo cerca.
Pero entonces, llegó al lugar, vio y entendió.
Por supuesto que Taiki estaba desesperado.
Aunque él mismo lo supiera o no, la desesperación de
Taiki había sido tan grande que había hecho uso de un poder más grande del que
supuestamente poseía.
Porque Gyousou sí era el rey.
Sanshi bajó saltando de unas rocas hacia el
campamento y Taiki se volvió para verla. Parecía asustado y confundido.
Sanshi le sonrió al verlo y entonces se escondió,
derritiéndose en la sombra del niño. Aunque realmente no entendía por qué Taiki
había estado tan asustado de Gyousou si él era el rey o por qué le había tomado
tanto tiempo tener una revelación; ahora que estaba con él, nada de eso
importaba. ¿Por qué debería? Ella había encontrado a su kirin y nada en
el mundo era más importante que eso.
El grupo de Gyousou volvió por los peldaños de Houzan alegremente. En
el Palacio Exterior Hoto encontraron a un grupo de nyosen esperando, sus
rostros estaban pálidos de la preocupación.
—¡Taiki! —Youka llegó
corriendo de una multitud cuando vio al general levantar al kirin de la
silla de montar—. ¿Qué es lo que ha pasado? ¡Y señor Gyousou!
Gyousou solo se quedó allí, sonriendo. Uno de sus
seguidores avanzó.
—¡El Señor de Houzan solo seguía a su amo!
Una gran conmoción se extendió por la multitud que se
reunía en el palacio exterior y eventualmente se convirtió en una gran ovación.
Youka movía sus ojos entre el sonriente perfil de
Gyousou y la expresión tímida, casi asustada del pequeño kirin que el
primero llevaba fuertemente a su lado.
—¿Su amo? Entonces… —Youka se arrodilló—. ¡La
revelación!
Taiki permaneció callado pero un rugido se oyó de los
seguidores de Gyousou y una fuerte voz se escuchó en el aire, diciendo:
—Las palabras han sido dichas. El pacto está hecho.
Era Sanshi. Youka permanecía boquiabierta y sus ojos
miraron a Teiei. La nyokai mayor asintió seriamente, entonces cayó de
rodillas y se postró sobre la hierba del claro. Todas las demás nyosen
la siguieron.
—Es un honor, señor Gyousou.
De pie, con su mano sobre el hombro de Taiki, el
general asintió sonriendo.
—Le deseo mil años de vida —dijo Teiei desde donde se
encontraba. Hubo un ligero temblor en su voz—. Mil años al Rey Pacífico de Tai
y al Taiho de Tai.
Y de esa forma, el pecado de Taiki fue confirmado.
Al grupo del señor Gyousou se le mostró rápidamente sus aposentos en el
Palacio Houro. A Gyousou se le dio el edificio más cercano al borde del
laberinto, la Pagoda de las Hojas Perfumadas. Esta era la pagoda más grande y
era aquí donde los nuevos reyes siempre esperaban al día en que se les indicara
que podían ascender a la parte superior de la montaña y recibir el Mandato del
Cielo.
Desde ese día en adelante, la actitud de las nyosen
hacia Gyousou cambió completamente. Él era, después de todo, el amo de su
señor. El casual antagonismo que habían mostrado hacia él estaría completamente
fuera de lugar en estos momentos, la etiqueta apropiada era requerida siempre.
La mayoría de las nyosen estaban ahora asignadas a la Pagoda de las
Hojas Perfumadas para servir a Gyousou y sus acompañantes, las nyosen
trabajaban con gran diligencia para atender a todas las necesidades del rey
escogido, desde que se despertaba en la mañana hasta que se acostaba a
descansar por las noches.
Era un cambio dramático para las moradoras de Houzan,
que hasta hace poco demandaban respeto del general de Tai y ahora le mostraban
su cortesía y amabilidad. Por su parte, Gyousou ya no tenía que hacer
reverencias a las nyosen por ninguna razón, ni tampoco al Señor de
Houzan. Y una vez saliera del Palacio Houro, los hombres que habían sido sus
iguales hasta el día anterior ahora tenían que hacerle reverencias y dirigirse
a él con el mayor respeto. Gyousou había alcanzado el pináculo del éxito. En su
reino, no había nadie de mayor rango que él.
—Felicidades, mi señor.
El día de la ascensión estaba cerca cuando Risai
salió de su tienda y se acercó al palacio a felicitar al nuevo rey.
—Veo que ya puedes caminar.
—Me honra su preocupación —dijo Risai, haciendo una
reverencia y miró a Taiki—. Y felicitaciones para usted también, Taiho.
—Gracias.
Risai levantó una ceja al escuchar el tono
inexpresivo en la voz del niño.
—Perdone mi curiosidad, ¿pero está el Taiho bien?
—Oh… sí, estoy bien —dijo Taiki con una delgada
sonrisa infantil sobre sus labios—. Solo que no me acostumbro a la gente
llamándome así.
Risai rio.
—Pronto se acostumbrará.
Taiki sonrió inseguro y Risai miró a Gyousou.
—De hecho, vine a ofrecer mis felicitaciones, pero
también a despedirme.
Gyousou frunció el ceño.
—¿Estás lo suficientemente bien para descender?
—Sí, bastante. Y, además, no me serviría seguir por
aquí más tiempo. Me uniré a los otros mañana.
Gyousou asintió.
—Eso está bien. Ve con cuidado. Nos veremos de nuevo
en Tai.
—Sí, mi señor. Gracias.
Su audiencia había terminado, así que Risai estaba a
punto de dejar el palacio. Taiki miró a Gyousou.
—¿Puedo acompañar a Lady Risai?
Gyousou sonrió.
—Ve —Entonces levantó una mano—. Ah, Risai.
—¿Sí, mi señor?
—Mi ascensión al trono deja una vacante entre los
generales de la Guardia de Palacio. ¿Qué piensas?
—No está bien que quede así —respondió Risai riendo—.
Estoy segura de que usted tendrá en cuenta los logros y virtudes de todos sus
generales y hará su elección sin ninguna inclinación personal.
—Bien dicho —dijo Gyousou con una ligera risa.
Entonces, con sus ojos le hizo una señal a Risai para que saliera.
La general hizo una reverencia y dejó la pagoda.
Taiki la seguía.
—¿No quieres ser una general de la Guardia de Palacio, Lady Risai?
—preguntó Taiki mientras los dos caminaban por unos enredados pasajes del
laberinto.
—No es que no quiera, pero si hay alguien más digno
de tener el rango que yo, entonces prefiero que esa persona lo obtenga.
—Eso… es muy bueno de tu parte, Lady Risai —murmuró
Taiki.
Risai se inclinó para verlo a los ojos.
—¿Está seguro de que está bien? Se le ve cabizbajo.
—No es nada —dijo Taiki, sabiendo lo obvio que era su
estado de ánimo.
—¿Quizá algo lo esté molestando?
Taiki la miró.
—Lady Risai… ¿estás feliz de que Gyousou sea el rey?
Risai parpadeó u entonces su mirada de comprensión se
reflejó en sus ojos.
—Claro que sí. El señor Gyousou será un gran rey…
como creo haberle dicho antes.
—Lo hiciste.
—Si hubiese sido yo la escogida y no el señor
Gyousou, no podría aceptarlo. Me gustaría que el rey de mi propia tierra fuera
un hombre al que pudiera respetar sin reservas, y él es ese hombre. Ha escogido
bien, mi señor. Todo Tai le agradece.
Taiki intentó sonreír, pero no pudo.
—No hay por qué preocuparse, mi señor, después de
todo, los Cielos son quienes escogen al rey. Usted solo tiene un pequeño papel.
Un pequeño papel…
Las palabras de Risai era como sal en las heridas de
su consciencia culpable.
—Debo admitir, Taiho, que no estás nada feliz —dijo Gyousou a Taiki
cuando el kirin regresaba de despedirse de Risai.
—Pero sí estoy feliz.
—¿Sí? Pero hasta Risai notó algo. Y cuando te veo, no
puedo evitar sentir como si hubiese secuestrado a un kirin. Pareces
miserable.
—¿Secuestro? —Youka, que estaba sentada cerca, se rio
ligeramente—. No es un secuestro, mi señor, es una despedida natural. El Taiho
se siente solo al pensar que tendrá que dejar Houzan. Ha pasado poco tiempo
desde que dejó su hogar en Hourai y todavía es pequeño, ¿sabe? Ahora, justo
cuando se había acostumbrado a su vida aquí, debe irse nuevamente.
Gyousou asintió pensativamente, pero las palabras de
Youka atravesaron el corazón de Taiki.
No había pensado ni una sola vez sobre irse de
Houzan, ni sobre dejar a las nyosen.
¿Tan poco me importan?
Gyousou llamó a Taiki con la mano.
—Si fuiste criado en Hourai, entonces debías tener un
nombre diferente en aquel mundo. ¿Cómo te llamaban? —Taiki se acercaba mientras
el rey hablaba—. Debe ser molesto que todos te llamen “Taiho”, como si
estuviéramos obligándote a tomar una gran responsabilidad. Ven, dime cómo era
tu nombre.
—Kaname… Kaname Takasato.
Gyousou estiró su mano y Taiki trazó los caracteres
para su nombre japonés en la ancha palma del hombre.
—Ah, tu nombre significa “el esencial”. Ese es un buen nombre para ti —Rio Gyousou—. Ciertamente eres esencial para el Reino de Tai.
Taiki bajó la mirada.
—Y tu apellido también es fascinante. ¿Sabías que en
Houzan hay un pico llamado Kouri? Se escribe con los mismos caracteres.
—No lo sabía.
—Es en Kouri donde se dice que las almas de los
muertos regresan. Y hay otra montaña, donde se dice que los muertos continúan
viviendo y también se llama Kouri, pero el primer carácter en ese nombre es
algo diferente porque lleva el símbolo de hierba.
»Este será tu nombre: Kouri. Es totalmente prometedor y un buen augurio.
—¿Dónde viven los muertos…? —murmuró Taiki y Gyousou
asintió.
—El shiki se transforma en seiki. Los
muertos eventualmente vuelven a la vida. Kouri, eres la promesa de la
revitalización, promesa de la nueva vida de Tai.
Taiki tenía su cabeza baja. Desde ya podía sentir
como interminable el martirio por su pecado, pero no había forma de retirar lo
hecho.
El día escogido había llegado.
Taiki se había bañado y le habían puesto su túnica
ceremonial. Youka había ido a saludarlo vestida de color negro oscuro.
A Taiki le habían dicho que los colores aquí tenían
un significado diferente que en Aquel Lugar: en este mundo, el negro se
usaba en ocasiones especiales y el blanco en momentos de duelo. Pero con todo
eso, no podía evitar sentir que las túnicas negras de las nyosen eran
una mala señal.
Han venido a lamentarse por mí, Kouri, la montaña
de la muerte.
Las cosas no podían ser peores.
Youka se postró en el suelo, dando el saludo ritual.
—Taiho de Tai, es el momento.
—Ya lo sé…
Ahora empieza el funeral.
Youka levantó sus ojos, una mirada de preocupación se
veía en su rostro.
—¿Pasa algo? ¿No descansaste bien anoche?
Taiki permanecía callado. ¿Cómo podía haber dormido?
En poco tiempo subiría a la cima del Houzan con Gyousou. Allí, el Mandato del Cielo
sería recibido y el derecho de Gyousou a ser el rey sería conocido por los
Cielos.
Y mi mentira será revelada.
Taiki no tenía ni idea de qué tipo de ceremonia le
esperaba en la cima, pero sabía que los Cielos nunca dejarían impune su crimen.
Gyousou sería denunciado como un falso rey y Taiki sería culpado de hacer un
falso pacto con un hombre que no era su señor. Tampoco podía imaginarse cómo lo
castigarían, solo estaba seguro de su pecado. Gyousou no debía tener
responsabilidad por lo que Taiki había hecho. Si tan solo hubiera alguna forma
de asegurarse de que las repercusiones no cayeran sobre el que había escogido,
al menos tendría algo de alivio sabiendo que pronto todo acabaría, pero no
podía pensar en una forma de proteger al general. Así que pasó la noche
revolviéndose en la cama, sus pensamientos no lo dejaban dormir.
Youka miró al chico por un tiempo, entonces, todavía
arrodillándose, estiró los brazos. Taiki se acercó sin decir palabra.
Youka acariciaba su pelo amablemente.
—Todavía está algo corto, ¿no?
—¿Mmm?
—Tu pelo todavía está corto. No sueñes con cortártelo
solo porque no estaremos allí para detenerte. Eres un kirin hermoso y
mereces una melena que te haga juego.
Ah, se refiere a que parece corto cuando me
transformo.
Taiki levantó la mirada.
—¿Me viste?
En la noche que se transformó, no había tenido un
momento para considerar el hecho de que las nyosen lo estaban viendo,
incluso después de que había esperado tanto tan pacientemente para poder verlo.
—Sí, todas estábamos felices —respondió Youka,
arreglando con cuidado los mechones del color del acero que caían sobre sus
hombros—. Pero no tan felices como cuando regresaste. El señor Gyousou será un
buen rey.
—¿Estás… feliz?
Youka parpadeó.
—Sí, aunque también me siento algo sola, para ser honesta.
De todas las nyosen, Youka era la más cercana
a él y la más amable.
—Youka. —Taiki la abrazó.
Esta es la despedida.
—Te deseo lo mejor, Taiki.
Lo siento, Taiki susurró en su cabeza por
centésima vez.
Todo lo que había hecho desde que había llegado a
Houzan era disculparse con las nyosen. Cuando no podía transformarse,
cuando no podía apaciguar a los shirei y ahora cuando las había
traicionado a todas. Qué maravilloso sería si pudiera volver al principio, si
tan solo se hubiese podido despedir de Gyousou en silencio. Entonces no tendría
que sentir cada paso tan pesado por su culpa y no tendría que irse de Houzan.
Se imaginaba cómo sería: en la mañana, lo despertaría
la melódica voz de Youka, como siempre; entonces, comería un delicioso desayuno
rodeado de las sonrientes nyosen y saldría a jugar bajo el sol con
Sanshi. Todavía podría hacer esas cosas.
Youka le dio al joven kirin una palmadita en
la espalda y entonces, con fingida vivacidad, se apartó.
—Bien, ahora es momento de irnos.
Taiki fue llevado al norte del Palacio Houro, a la Pagoda de las Suaves
Nubes, que quedaba a los pies de un gran acantilado.
Grandes puertas pintadas de color escarlata se
encontraban al fondo de la pagoda. Una vez, cuando pasaba el tiempo en el
laberinto, Taiki había entrado a la pagoda y había mirado dentro de las
puertas. Lo que vio fue una gran pared de roca verde, nada más. Ahora, sin
embargo, podía ver una escalera que los guiaba hacia arriba.
Las escaleras parecían hechas de cristal, pues eran
translúcidas y la luz que brillaba a través de ellas hacía que todo a su
alrededor brillaran. Sobre uno de estos peldaños había un ave solitaria, era
parecida a un cuervo, excepto que su plumaje era del más puro tono de blanco.
Todas las nyosen que estaban presentes se
arrodillaron en el suelo de la pagoda. Gyousou y Taiki subieron lentamente los
peldaños en la entrada de la pagoda e hicieron una pausa frente a las puertas,
donde Gyokuyou hizo una gran reverencia ante ellos.
—Salud eterna para el rey y el Taiho.
Gyousou y Taiki hicieron una reverencia como
respuesta.
El ave erizó sus plumas y saltó un peldaño de la
escalera y Gyousou caminó hacia ella, poniendo un pie sobre la clara escalera.
De repente, se tensó.
El color se fue del rostro de Taiki. Sabía que venía
un castigo, pero no esperaba que fuera tan pronto. Conteniendo su respiración,
vio con terrible anticipación, preguntándose de qué forma vendría la justicia
de los Cielos, pero entonces, Gyousou subió otro peldaño como si nada hubiera
pasado y entonces otro.
Dudoso, Taiki lo siguió. Cuando puso un pie sobre la
escalera, el kirin entendió por qué Gyousou se había puesto en tensión.
Sintió que una corriente eléctrica lo atravesaba. Iba
de las suelas de sus zapatos a su cabeza, y para su asombro, sentía como si
algo se moviera en su cabeza y grabara pensamientos en la profundidad de su
mente:
Al principio, había
nueve provincias y cuatro tribus.
Las
personas plebeyas no conocían la luz de la razón y aunque sabían de la Providencia
de los Cielo, se burlaban de ella y no obedecían a los dioses. Desdeñaron las
Leyes Celestiales y Terrenales, desterraron la virtud y despreciaron las leyes
y la disciplina. El humo iba con el viento en lugar de nubes y los incendios de
la guerra redujeron vastos territorios a cenizas. Los caballos y los hombres
morían y su sangre formó un canal en la tierra que se convirtió en un gran río.
Tentei,
el Emperador de los Cielos estaba triste por esto e intentó mostrarles a las
personas el Camino y darles razón, sin embargo, los hombres sucumbieron a la
voz del vicio, buscando nada más que placer durante sus cortas vidas. Y
entonces, el Emperador, dolido, hizo una proclamación:
“Destruiré
las nueve provincias y las cuatro tribus, regresando al mundo a su estado
anterior y con la razón como mi arado, volveré a crear el Cielo y la Tierra a
la imagen de las columnas y los registros que son las leyes”.
Taiki subió otro peldaño, sintiendo cómo era atraído
hacia arriba.
Entonces,
el mundo fue renovado y Tentei dividió el suelo en trece partes. En la parte
central de éstos, creó el Mar Amarillo y las Cinco Montañas, y nombró a
Seioubo, la Gran Madre del Oeste para que las protegiera como una tierra
sagrada.
Para
cada uno de los doce reinos restantes, nombró a un rey y a cada rey le dio una
majestuosa rama alrededor de la cual se creará el Orden de la Ley.
Alrededor
de cada rama estaba enroscada una serpiente. Los reyes las desenredaron y las
enderezaron para que sostuvieran los cielos.
De
cada rama crecieron tres frutas: una fruta cayó y se convirtió en el trono
enjoyado, otra cayó y se convirtió en la tierra fértil y la tercera cayó y se
convirtió en el pueblo del reino.
Entonces,
cada rama cambió para convertirse en un pincel enjoyado. Con estos pinceles se
escribió el comienzo del mundo.
Taiki apenas tenía tiempo de procesar la información
antes de que la siguiente ola lo inundara.
En
la primera Gran Columna está escrito: la tierra debe ser regida con virtud.
Que
la mano de su amo no sea tan dura que traiga miedo y privaciones. Que no trate
a su gente con crueldad ni le guste el sabor de la guerra. Que no sobrecargue
al pueblo con impuestos y decretos. Que no sacrifique a las personas o las
venda como objetos, ni se apropie del terreno público, ni permita que ningún
otro cometa estos actos dentro de las fronteras de sus reinos. Que sigan el
Camino y respeten las virtudes. El reino solo conoce la felicidad a través de
la seguridad y el bienestar de su pueblo…
Mientras Taiki seguía caminado detrás de Gyousou, las
lecciones continuaron. Con cada paso que daba, nuevas palabras aparecían en la
mente del kirin: los deberes de los hijos de los Cielos, sus deberes
como ministro, la creación del Cielo y la Tierra, los deberes de los reinos, la
creación de las leyes, el significado de la virtud, el significado de la
ciudadanía, lo que se debe hacer, lo que no se debe hacer, lo que se debe
decidir y lo que no se debe decidir.
Taiki subió la escalera sin ningún esfuerzo
consciente, poseído por un poder que lentamente lo atraía. Sus pensamientos se
enfocaban completamente en las palabras que recibía. Cuando al fin volvió en
sí, se dio cuenta de que estaba de pie bajo la luz del sol. Se dio la vuelta y
vio que las puertas rojas de abajo se cerraban. A un paso delante, el ave
blanca se encontraba sobre el peldaño más alto, sus ojos brillaban con la luz
del sol.
Todo parecía silencioso y distante hasta que el tenue
sonido de las puertas cerrándose trajo de vuelta los sonidos a los oídos de
Taiki. Lo primero que escuchó fue el sonido de olas. Miró alrededor y vio que
había un mar azul extendiéndose a lo lejos en todas las direcciones.
—El Mar de Nubes… —murmuró. Ya sabía su nombre. En
los Cielos hay un Mar de Nubes que separa lo que está arriba de lo que está
abajo.
Taiki estaba de pie sobre una pequeña isla con un
pequeño santuario detrás de él, en el santuario, las puertas rojas se cerraban.
Gyousou estaba a unos pasos de distancia. Delante de él había una roca y en su
cima había otro hermoso santuario. A la distancia, en todas las direcciones,
vio otras islas y flores como lotos flotando sobre las gruesas olas que las
mecían.
Taiki sabía qué debía hacer ahora.
Entraría al santuario y ofrecería incienso a las
estatuas de Seioubo y Tentei, entonces Gyousou haría un juramento de mantener
el Camino y ser virtuoso. Luego el genbu aparecería y los llevaría a
través del Mar de Nubes al Palacio Hakkei o Palacio de las Joyas Blancas, a la
ciudad capital de Tai.
Taiki estaba aterrorizado. Sabía sin mirarse al
espejo que su rostro estaría del color de la nieve.
Todo ha acabado.
Estaba seguro de que habría algún tipo de decisión,
un pronunciamiento de su crimen, una revelación de su mentira. No importaba la
forma que tomara, estaba seguro de que tendría que pagar por lo que había hecho.
Pero no pasó nada.
Nada.
Subir esas escaleras y conocer los pensamientos y
actos del Emperador de los Cielos era la forma de aceptar el Mandato del Cielo.
El peso de sus pecados se hacía cada vez más pesado.
No hubo corrección, ningún momento donde su farsa fuera revelada. Y, pero aún,
Taiki entendía completamente lo que significaba ser un rey.
La responsabilidad era más grande que cualquier cosa
que hubiese imaginado. El rey no solo regía a su reino, sino que la misma
existencia del rey servía de ancla para su tierra. El rey balanceaba la luz y
la oscuridad y administraba los ocho símbolos de adivinación. El rey movía el
destino mismo del reino y todo lo que estaba en él, asegurándose de mantener el
camino adecuado.
Taiki miró a su amo escogido, que se encontraba de
pie en silencio mientras veía el Mar de Nubes con su rostro lleno de emoción.
Solo por existir, el rey mantiene al reino en
orden y a las personas en paz.
Taiki se sentía mareado. ¿Qué pasaría con Tai, un
reino gobernado por un falso rey?
Su corazón se llenó de arrepentimiento y de desesperación. Taiki
observó mientras Gyousou hacía su juramento real.
Y exactamente en ese momento, al noroeste en el Reino
de Tai, un grito fue escuchado en la Pagoda de las Dos Voces, un pequeño edificio
en una esquina del Palacio de las Joyas Blancas sobre el pico del Monte Kouki.
La pagoda solo tenía un señor y a diez oficiales
menores que velaban por las necesidades de su señor. Cuando el grito se escuchó
a través de los pasillos, los oficiales salieron corriendo a la cámara
interior. El grito había salido del señor mismo, el Señor de la Pagoda de las
Dos Voces, que era un faisán blanco.
—¡El faisán grita! —gritó uno de los oficiales, en su
rostro se veía el regocijo, y corrió por la pagoda, gritando locamente—. ¡La
primera voz! ¡La primera voz ha sido escuchada!
Una gran emoción seguía al oficial por donde quiera
que fuera. No había pasado mucho tiempo antes de que cada voz en el palacio
estuviera gritando de la emoción.
El faisán blanco del Palacio de las Joyas Blancas
solo hacía dos sonidos en toda su vida, cantando dos canciones, por eso era
conocido como el “pájaro de las dos voces”. Después de salir de su huevo,
podían pasar años antes de poder escuchar su primera voz. Cuando se oía la
segunda, el faisán moría, por lo que a la segunda voz se le llamaba también la
“última voz”.
La primera voz señalaba la ascensión de un rey al
trono y la segunda señalaba el fin de su reinado. El faisán blanco de Tai había
vivido diez largos años sin hacer ni un solo sonido.
—¡El faisán grita! ¡La primera voz, la primera voz!
Los gritos pasaron del palacio interno al externo,
donde los burócratas se ocupaban de los asuntos diarios del reino, y de allí,
la noticia se expandió con sonidos de júbilo.
—¡El Rey Pacífico ha llegado!
Mientras tanto, al lejano sur, otra voz se escuchó en el Palacio de las
Olas Doradas en Gyouten, la capital de Kei.
—¡El Sagrario del Árbol del Fénix se ha abierto!
Keiki apartó la mirada del pergamino que tenía entre
manos. A su lado, la Emperatriz de Kei salía del trance somnoliento en el que
entraba cada vez que el kirin le leía los informes diarios de sus seis
ministros del palacio. Una cortesana corrió a la ventana y la abrió de par en
par. Un momento después, un ave voló por la ventana y se sentó en la percha
dorada que estaba en la habitación con ese propósito.
—El faisán blanco ha gritado —anunció el ave con una
voz resonante.
El ave era un fénix macho o feng, y era el
Señor del Sagrario del Árbol del Fénix. En el sagrario vivían dos aves, un
macho o feng y una hembra o huang. Era el don de la huang
el saber lo que las demás aves sagradas de los otros reinos sabían, y el deber
del feng era cantar estas noticias en la corte.
—La primera voz se ha escuchado en Tai. El Rey
Pacífico ha ascendido a su trono.
Keiki miró al feng por un momento y entonces,
las esquinas de su boca se curvaron hacia arriba.
A su lado, el Rey Glorioso, Jokaku, miraba fijamente
a su kirin, atónita. Era la primera vez que lo veía sonreír.
De vuelta en Houzan, la nyosen Youka se encontraba en uno de los
estrechos pasajes del Palacio Houro, mirando fijamente al cielo.
El cielo era de un perfecto azul, solo interrumpido
por un largo camino de nubes que se extendían hasta el noreste desde la cima de
la montaña, desapareciendo a la lejanía. Aunque no lo sabía, Youka estaba
viendo un rastro dejado en el Mar de las Nubes por el paso de la gran bestia
divina, el genbu, que llevaba a Taiki y al Rey Pacífico de Tai en su
espalda. Vio fijamente a la extraña línea de nubes por algún tiempo y las otras
nyosen se le unieron, mirando con nostalgia al cielo.
—Taiki…
Su niño las dejaba. La época festiva había sido corta
y la temporada de soledad había llegado nuevamente a Houzan.
Pasarían muchos años hasta que el siguiente kirin
estuviera listo para nacer.


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