—¿Lady Risai? ¿Te sientes
mejor?
Taiki asomó
su cabeza por la entrada de la tienda y Risai se sentó sobre el colchón para
saludarlo.
—Mi señor.
La tienda de
la general era simple y funcional, había sido echa para hacer largos viajes con
pocos compañeros. Los muebles eran escasos, apenas suficientes para las
necesidades básicas de la general y sus hombres. Gracias al suave clima de
Houzan la tienda tenía pocas funciones aparte de brindar algo de privacidad,
así que la tela del techo y las paredes era delgada y ligera, y el interior de
la estructura era muy espacioso.
Risai estaba
sobre una simple cama cerca a la parte posterior de una gran habitación,
esforzándose por ponerse una túnica.
Taiki la
detuvo.
—No, por
favor, descansa —Le dio un cubo lleno de agua aromatizada a uno de los
seguidores de la general que estaba de pie junto a la entrada—. Una de las nyosen
te lo manda.
Risai terminó
de arreglarse la ropa y le sonrió al joven kirin.
—Gracias, mi
señor.
Uno de los
sirvientes le hizo una señal para que entrara y tomara asiento junto a la
general. Taiki miró con lástima su rostro.
—¿Cómo están
tus heridas?
—Gracias al
agua de Ancianos que me ha traído, el dolor se ha ido.
—Me alegro
—dijo Taiki—. Espero que no deje cicatrices muy feas.
Risai rio.
—Por favor,
no se preocupe por mí. Me han tratado con mucho cuidado y, de hecho, soy una
Anciana Consejera, así que mis heridas pueden parecer serias, pero no es nada
de qué preocuparse.
Taiki
parpadeó sorprendido.
—¿A qué te
refieres? ¿Una Anciana Concejera? ¿Eres una anciana, Lady Risai?
—Sí, aunque
sea un general provincial, de todas formas, soy una general y por lo tanto
tengo un rango entre los sennin o Ancianos Concejeros, en el Registro
Inmortal. Sería imposible servir al gobernador si no fuera así.
—¿Y por qué?
—¿No lo sabe?
—Risai estaba muy sorprendida—. El gobernador de una provincia no es un hombre
ordinario, solo un Anciano Consejero puede tener ese rango. Y solo los Ancianos
Consejeros pueden entrar al palacio del gobernador, ya que está destinado a
vivir tanto tiempo que tener sirvientes mortales no sería suficiente.
Taiki estaba
atónito, considerando lo que acababa de escuchar.
Al ver la
expresión de su rostro, Risai hizo una pausa. Había escuchado que el kirin
había vivido en Hourai hasta hace poco, pero asumía que sabría los aspectos
básicos de la vida. ¿Quizá no había Ancianos en Hourai?
—Pero sí sabe
que los Ancianos Consejeros y dioses nunca mueren de vejez, ¿no es así?
—¿De verdad?
Risai
suspiró.
—Mi señor
también está en el Registro Divino. ¿Entiende?
—¿Quiere
decir que no moriré?
—No de vejez,
no. El rey es considerado un Dios y una vez se vuelve rey, esa persona no
envejecerá ni morirá sino en las más extremas circunstancias. Ciertamente, no
hay enfermedad que pueda llevarse la vida de un rey.
—No tenía
idea.
—Los kirin
también son considerados dioses. Como el rey, no enfermará ni envejecerá. Será
resistente a las heridas y muy difícil de matar, aunque hay ciertas
enfermedades sobrenaturales a las que solo el kirin es susceptible.
Los ojos del kirin
se abrieron como platos y se sentó un rato perdido en sus pensamientos.
—¿Así que… no
envejeceré?
—Sí, así es,
he escuchado que una vez crezca completamente, su apariencia física permanecerá
sin cambios.
—Qué
interesante…
—Quizá las nyosen
olvidaron decírselo porque tampoco envejecen o mueren, así que para ellas debe
ser lo más natural. En cualquier caso, es verdad.
Taiki
asintió, su mente divagaba.
—Los Ancianos
Consejeros son nombrados por el rey —dijo Risai, mientras continuaba su
explicación—. Normalmente, aquellos que sirven directamente al rey, incluyendo
los gobernadores provinciales y sus sirvientes, son Ancianos Consejeros.
—Supongo que
no sería recomendable para el rey vivir más que sus consejeros.
Risai rio.
—No
especularé por las razones, pero, en cualquier caso, aunque el Anciano
Consejero no debe temer a la muerte o a la enfermedad, eso solo aplica para el
tiempo en que se es Anciano Consejero; la diferencia entre el Registro Inmortal
y el Registro Divino es que, si se es un Dios, es para siempre, mientras que un
Anciano Consejero nombrado puede dejar de serlo, perdiendo los privilegios que
vienen con el estatus. Hay muchos que abandonan el puesto y luego regresan
nuevamente.
—¿Y cuando
dejas de ser un Anciano Consejero entonces empiezas a envejecer nuevamente?
—Aparentemente
sí. Por supuesto, no muchos abdican por decisión propia. Por ejemplo, en mi
caso como general, soy una Anciana Consejera, pero solo hasta que renuncie o me
obliguen a marcharme. Los que son como yo y son nombrados por el rey y trabajan
para servirlo, se conocen como chisen o Ancianos Terrenales.
—Ya veo.
—También hay
otros tipos de Ancianos Consejeros: aquellos que obtienen su estatus al hacer
votos, o aquellos quienes, a pesar de ser nombrados por el rey, no lo sirven a
él directamente. Estos son llamados hisen o Ancianos Flotantes. Las nyosen
de Houzan son de este tipo.
—Eso explica
algo —dijo Taiki pensativo—: una vez, recuerdo haberle preguntado su edad a
Teiei y me dijo que no recordaba. Pensé que bromeaba, pero puede que haya
vivido tanto que ya no recuerde cuándo nació.
—Es muy
posible —Observó Risai con una risa—. En cualquier caso, no necesita
preocuparse tanto por mi bienestar. Soy más fuerte que cualquier soldado
normal.
—Me alegro.
—Pero basta
de hablar de mí, ¿cómo está usted, mi señor? ¿Ya se siente mejor?
—Sí, gracias.
Solo estaba cansado y un poco sorprendido de… ver sangre. Quería visitarte
antes, pero las nyosen no me dejaron salir.
—Estaba un
poco sorprendido de verme, ¿no? —dijo Risai y bajó su cabeza avergonzada.
Taiki se
inclinó para mirar sus ojos.
—No es tu
culpa, Lady Risai, es porque soy un kirin.
—No. —Risai
negó con la cabeza, pero no dijo nada más.
Había
menospreciado al Koukai y había olvidado que entre los escondites había
demonios que nunca podía esperar confrontar o vencer. Tenía fe en su espada y
confianza en su habilidad de vencer a cualquier enemigo, pero en realidad no
estaba preparada. Y silenciosamente se admitió a sí misma que había estado
demasiado consciente de la presencia de su colega, el general Gyousou. Así que
a pesar de saber bien que se aventuraban en un territorio peligroso, estaba
demasiado preocupada en demostrarle su valentía.
—Lo siento.
—No… de
verdad no es tu culpa, Lady Risai. Nadie sabía que un toutetsu vivía
allí y cuando te diste cuenta, te sacrificaste para que yo pudiera escapar.
Además, gracias a tu valentía, pude capturar a mi primer shirei.
Risai miró la
determinación que ardía en los ojos del niño.
—Es usted muy
amable, mi señor.
—Es la verdad
—dijo con mucha seriedad.
Risai sonrió.
—El agua de
Ancianos ha hecho maravillas. Gracias a usted y a las nyosen, creo que
podré descender de la montaña en el equinoccio.
Taiki dijo:
—¿Descender…?
Por
supuesto, pensó. No es una nyosen, no vive en Houzan.
El siguiente
Día de Paso Seguro era el equinoccio de otoño cuando el Portón de los Vientos
se abriría en el sudeste del Koukai.
Hizo algunos
cálculos y se dio cuenta de que a Risai le quedaban menos de dos semanas para
dejar las montañas.
Y
entonces…
Salió de la
tienda de Risai, asintiendo silenciosamente a todo aquel que lo llamaba.
Solemnemente se dirigió a la puerta del palacio, pero apenas había empezado a
cruzar el claro cuando se detuvo repentinamente.
Y
entonces…
—¿Qué le trae hoy aquí, mi señor?
Taiki sintió
una mano en su hombro y despertó de sus ensoñaciones para ver a Gyousou
mirándolo. Había estado caminando por el claro del Palacio Externo Hoto y
siguió automáticamente su ruta usual sin darse cuenta.
—Oh… Señor
Gyousou.
Él también
dejará las montañas pronto.
La idea de
que Gyousou y Risai se fueran le molestaba más de lo que creía posible.
Avergonzado
por su distracción, Taiki sonrió forzosamente. Entonces, su ceño se frunció.
Gyousou usaba su armadura negra, la misma que llevaba solo cuando acababa de
llegar de Houzan y cuando fue a cazar sugu.
—¿Ya se ha
recuperado?
—Sí.
—¿Pasa algo?
¿Por qué tanta formalidad?
Taiki empezó
a farfullar una excusa, pero entonces se detuvo y respiró profundamente.
—Solo pensaba
que faltaba menos de un mes para el equinoccio de otoño.
—Ah —asintió
Gyousou—. La temporada para el descenso ya ha llegado. Escuché que aquellos que
no tiene cómo defenderse ya están ocupados planeando su viaje de regreso, irán
juntos pues es más seguro si hay muchos.
—Ya veo —Taiki
miró al general nuevamente—. ¿Por qué llevas esa armadura, señor Gyousou?
—Oh, esto…
—Repentinamente, Gyousou se arrodilló ante el kirin—. Me alegra que haya
venido esta mañana. Yo descenderé hoy.
—¿Qué? ¿Tan
pronto? —Taiki miró atónito al general. Podía sentir cómo la sangre se le iba
del rostro por la sorpresa de las palabras de Gyousou.
—Sí, estaba a
punto de despedirme de Lady Risai.
—Y entonces…
Gyousou rio
casualmente.
—Sí, claro,
me iré a cazar sugu por el camino. Hay muchas personas en la montaña que
me pidieron que los acompañara. Temía que tendría que irme sin poder despedirme
de usted, mi señor.
Taiki miró
alrededor. La tienda de Gyousou ya estaba recogida, los postes ya habían sido
arrancados y las telas de campaña dobladas, dejando el suelo plano y desnudo.
—¡Pero si es
muy pronto!
—Viajaré a
caballo esta vez. Si no me voy ahora, nunca llegaré al Koukai para el
anochecer.
—Pero… ¿no es
el Koukai más peligroso de noche?
Gyousou reía.
—Y si no
vamos de noche, los sugu estarán durmiendo. Se debe viajar cuando no hay
sol si se va a cazarlos.
Taiki recordó
que Gyousou era un experimentado cazador de sugu, él conocía los
peligros y cómo afrontarlos. Había cruzado el Koukai muchas veces, por eso pudo
atrapar a Keito.
—¿Así que no
te has dado por vencido?
—Nunca.
—¿Y podrás
volver el próximo Día del Paso Seguro?
—Quizá, si no
atrapo a ningún sugu de camino a casa.
Taiki dudó y
entonces impulsivamente dijo:
—¿Así que
vendrás a Houzan?
Gyousou miró
al niño por un momento antes de responder.
—Siento decir
que no. A un hombre solo se le permite ascender a las montañas una vez en su
vida —Entonces sonrió—. Además, si viniera a visitar a Houzan, no podría entrar
y salir del Koukai en el mismo Día del Paso Seguro.
Esto era
verdad. Aunque lo llevaran las rápidas patas de Keito, no sería fácil cruzar
hasta las profundidades de Koukai y regresar el mismo día. Tendría que correr
rápidamente una vez abrieran el portón en la mañana, cazar toda la noche y
luego galopar de vuelta para lograr pasar.
—Pero tú eres
un general del Ejército Imperial, estoy seguro de que te veré nuevamente.
—Taiki miró a Gyousou con una sonrisa forzada, pero el general solo fruncía el
ceño.
—Desafortunadamente
eso no sucederá.
—¿Eh?
—No regresaré
a la Guardia de Palacio. Mi intención es dejar mi puesto e irme de Tai.
Inconscientemente,
Taiki apretó sus puños.
—¿Pero por
qué? ¿Por qué lo vas a hacer?
—Estoy poco
acostumbrado a la… vergüenza.
Los ojos de
Taiki se abrieron sorprendidos, entonces, el entendimiento llegó.
—No lo estoy
culpando, mi señor. Si no soy digno de ser un rey, no hay nada más que hablar
al respecto.
—Pero…
—No se
preocupe por mí. Hay otros reinos que le darán la bienvenida a un hombre con
mis talentos. Aunque no creo que seguiré como soldado, es muy tarde para
considerar una vida detrás de un mostrador contando monedas.
Taiki miraba
fijamente al hombre en la armadura negra.
—Así que… no
te veré nuevamente.
—Lo más
probable es que no —dijo Gyousou sonriendo.
No está
triste por dejarme, pensó Taiki. Si hubiese dormido hasta tarde, se
habría ido sin siquiera despedirse.
—Sé… que te
irás a cazar a la noche, pero todavía queda mucho tiempo antes del anochecer.
Mucho tiempo —murmuró Taiki.
Gyousou rio
sonoramente.
—No pretendo
quedarme más tiempo en la montaña. No fui escogido y quedarme me haría parecer
como que no quiero irme y seré el hazmerreír de todos —Gyousou puso una mano
sobre el hombro de Taiki—. No se ponga así. No es nada de lo que deba
preocuparse. De hecho, el tiempo que pasé aquí fue un buen remedio para alguien
arrogante como yo. Tal vez me enseñe algo de humildad.
Gyousou rio y
Taiki intentó reír con él, pero no pudo.
Un sirviente
llegó llamando a Gyousou. El guerrero levantó una mano como respuesta antes de
darse la vuelta y hacer una reverencia a Taiki.
—Ahora iré a
despedirme de Lady Risai.
—Sí…
Gyousou se
alejó y desapareció dentro de la tienda de Risai, saliendo unos minutos
después. Durante todo el tiempo que el general estuvo fuera de la vista, Taiki
permaneció allí, tan inmóvil como una piedra.
—Cuídese
—dijo Gyousou. Había regresado para buscar las riendas y la silla de Keito—.
Que su reinado dure mil años.
Está
despidiéndose.
Si Taiki
asentía ahora, Gyousou tomaría sus riendas, montaría a su sugu y se
alejaría.
Entonces,
nunca más lo veré.
La idea era
más dolorosa de lo que podía soportar. Sin embargo, no había forma de evitar
que el hombre se fuera.
—Adiós.
—Gyousou hizo una reverencia y se volvió. Taiki quedó de pie, mirándolo
alejarse, deseando en vano que el general se diera la vuelta, así fuera para
verlo solo un instante y al mismo tiempo, sabiendo que eso nunca pasaría.
Si fuera
Risai, ella no sería capaz de alejarse del pequeño kirin del que se
había hecho amiga. Se quedaría uno o dos días más, permaneciendo en Houzan por
el mayor tiempo que pudiera antes del Día del Paso Seguro.
Pero
Gyousou no.
Con una
expresión de seriedad, el general montó a Keito. Hizo una reverencia a las
personas que había cerca y entonces sacudió las riendas y se dirigió fuera de
la montaña. Keito trotó lentamente, yendo al ritmo de los muchos caballos que
los acompañaban.
Gyousou no
miró atrás ni una sola vez.
La luna estaba alta en el
cielo, su luz brillaba a través del delgado velo que rodeaba la cama de Taiki.
El grupo de
Gyousou estaría en la base de Houzan para este momento. Se preguntaba sobre el
campamento que harían allí, si sería seguro o no. O quizá se pasarían la noche
cazando sugu y solo acamparían después del amanecer.
—¿No puedes
dormir?
Taiki detuvo
su mano. Había estado acariciando el pelaje de Sanshi distraídamente.
—Lady Risai
se quedará con nosotros por un tiempo más —dijo la nyokai.
—Ya sé.
Las palabras
de Sanshi o hicieron nada para calmar la ansiedad de Taiki. Se lanzó a la cama
hasta que finalmente no pudo soportarlo más y se levantó nuevamente.
—¿Puedo…
salir a caminar?
—No de noche,
no en el Koukai —dijo, viendo claramente sus intenciones.
Taiki bajó la
cabeza.
—Lo dices
porque es muy peligroso, es decir que ellos están en peligro allá abajo.
—No es nada
para lo que no estén preparados.
¿Qué pasaría
si se encuentran con otro demonio como el toutetsu? Él sabía que mucha
gente perdía sus vidas en el camino a través del Koukai y Gyousou viajaba con
un grupo pequeño.
—Gouran.
—¿Sí? —Un
rugido grave reverberó bajo la cama. La voz de Gouran era gruesa y profunda.
Había empezado como un cachorro, pero últimamente, asumiendo que a Taiki le
daba igual, tomaba la apariencia de un gran perro rojo.
—¿Puedes
acompañar al señor Gyousou al Portón de los Vientos para asegurarte de que
llegue a salvo?
—No puedo
—Fue la fría respuesta del shirei—. No puedo irme de tu lado.
—¿Aunque te
lo pida?
—Tu bienestar
supera cualquier otra preocupación. Además, Gyousou no es el rey.
Nuevamente
no tengo esperanza. Taiki se mordió el labio. No había forma de detener a
Gyousou, no había forma de hacerlo volver si él no quería, no había forma de
ver que llegara con seguridad al portón y saliera del Mar Amarillo.
A menos de
que fuera el rey.
A menos de
que fuera el rey.
¿Por qué no
había llegado la revelación? Aunque Taiki y todos querían que pasara.
Solo yo lo
sabría.
Justo cuando
iba a empezar a llorar, la idea se le metió en la cabeza, en su corazón.
Solo yo,
el kirin, sabría la verdad.
Los ojos de
Taiki se abrieron y se cerraron rápidamente. Su pulso se aceleró.
¿Por qué?,
pensó, ¿Por qué estoy pensando esto?
¿Era tan
doloroso alejarse de Gyousou que podía pensar lo impensable?
A Taiki le
caía bien Risai. Hasta pensó que sería una buena emperatriz, pero poco le
molestaba pensar que ella bajaría de la montaña, no de esta forma.
Taiki se
quitó las mantas y salió con dificultad de la cama. Sintió que algo lo
presionaba, empujándolo, obligándolo a moverse y la idea de quedarse allí
acostado era insoportable.
—¿Taiki?
—Solo voy a
salir.
Todavía en su
túnica para dormir, Taiki se sentó en la escalinata en la entrada del palacio.
Aunque solo
había un camino que daba a la base del Houzan, una vez el viajero llegara al
Koukai, tendría muchas opciones para tomar. Ya que estaban cazando a caballo,
el grupo de Gyousou seguramente viajaría por alguno de ellos. Una vez en el
Koukai le sería difícil, sino imposible encontrarlos.
El general
pasaría por los peligros del Mar Amarillo, llegaría al portón sudeste y en el
Día del Paso Seguro, pasaría a través de las Montañas Diamante y más allá del
alcance de Taiki, para siempre.
Cuando
regresara a Tai, Gyousou renunciaría como general del Ejército Imperial y
dejaría el reino.
¿Sabré a
dónde se irá? ¿Alguna vez podré encontrarlo? ¿Y qué le diré si lo encuentro?
Taiki no
había escogido a Gyousou. Gyousou se iba de Tai. Una vez lo hiciera, recordaría
a Taiki como un niño con poco más de diez años, un niño sin valor alguno. Un
hombre como Gyousou, que podía abrirse camino a su propio destino, seguramente
no tenía necesidad de recordar cosas sin valor.
Taiki podía
estar muerto en lo que a él respecta.
Con cada paso
lejos de Houzan, el kirin podía sentir a Gyousou olvidándolo. El hilo
que los conectaba se haría cada día más delgado y sería cortado definitivamente
cuando el portón se cerrara entre ellos.
Taiki se
levantó.
—Taiki.
AL ver al
chico ponerse de pie repentinamente, Sanshi se apresuró para alcanzarlo. Taiki
empezó a correr y ella lo agarró y lo mantuvo en sus brazos.
—No, no de
noche… —En la profundidad de la noche, las cosas eran diferentes en el Koukai
que de día o incluso que en la madrugada. Justo después de la media noche, el shiki
empezaría a expandirse y los demonios estarían más activos—. ¡Taiki, detente!
El kirin
se escurrió de los brazos de Sanshi. Taiki no podía soportarlo. Cualquier otra
cosa podía resistir, pero esto no. No lo separarían de Gyousou.
—¿Qué pasa,
Sanshi? —gritó Youka, asomándose desde la Pagoda del Rocío Crepuscular. Otras nyosen
aparecieron con ella, en sus rostros se veía la preocupación.
Las nyosen,
Sanshi o Gouran, no importaba lo rápido que corriera, alguno de ellos lo
atraparía. Pero Taiki tenía que seguir corriendo.
Saltando con
una agilidad excepcional, Sanshi aterrizó en el camino por el que el niño
corría. No le permitiría salir al Koukai de noche, se lo impediría a la fuerza
si era necesario. Las heridas de Risai y el hedor de sangre de Gouran no le
habían permitido salir de su cama en días, solo ahora estaba volviendo a
hacerlo. Con su cuerpo debilitado, su espíritu también lo estaba. Si se
encontrara con un demonio ahora, el apaciguamiento no era una opción. Y cuando
el amo está débil, también los poderes de los shirei se debilitan.
Sanshi y Gouran ya estaban atados al destino de Taiki. La nyokai podía
sentirlo en sus miembros: si se encontraran con un demonio de cualquier rango,
no podría asegurar el escape del kirin. Así que era una sensación de
desesperación la que la impulsaba a atrapar al niño.
—¡Taiki!
Y sus brazos
se cerraron alrededor de nada.
¿Me
esquivó?
Sanshi miró
sus manos. Estaba segura de haberlo tenido entre sus brazos. Por un momento, la
nyokai se quedó de pie, confundida, y entonces se dio la vuelta y se
acercó nuevamente. Con mucha destreza, logró agarrar a Taiki del brazo, pero su
mano no agarró nada.
¿Cómo
puede ser posible? El niño solo corre, sí, lo hace rápido pero no tiene ninguna
habilidad especial o conocimiento de las artes de la evasión.
Era como esa
vez cuando se había enfrentado a Gouran. Había intentado atraparlo entonces,
pero no pudo, como si cayera en alguna trampa invisible.
¿Por qué?
¿Cómo podía
un pequeño e indefenso kirin, que solo recientemente se había hecho
consciente de su fuerza, hacer algo así?
—¡Gouran! —gritó
Sanshi y una gran bestia saltó de entre las rocas, atravesándose en el camino
de Taiki, pero de alguna forma, el kirin pudo pasar junto al shirei,
aunque la gran forma del toutetsu llenaba el angosto corredor ente las
paredes rocosas.
Sanshi saltó
en frente de Taiki nuevamente, intentando agarrarlo, y pasó otra vez, que, de
alguna forma, logró evadirla. Ella iba desesperadamente a por su brazo y logró
agarrar la punta de la túnica con sus dedos.
—Taiki, por
favor, de noche no…
Las palabras
de la nyokai no terminaron. Había sentido la tela en su mano
aflojándose, perdiendo la resistencia que ocasionaba el cuerpo, hasta que la
vio colgando en sus dedos. Las nyosen tras ella se detuvieron
inmediatamente boquiabiertas.
—Ah… —dijo
Sanshi sorprendida, levantando su cabeza para seguir la mirada de las nyosen.
Todas miraban al cielo.
Las paredes
rocosas permanecían oscuras, pues la luna estaba más baja, la oscuridad era
profunda, solo las partes superiores de las paredes del laberinto brillaban con
un tenue plateado.
Y algo más
brillaba: una bestia luminosa que corría a toda velocidad por el cielo
nocturno.
—Taiki…
Vio su melena
corta del color del acero. EL flexible cuerpo con pintas negras y plateadas que
parecían hechas de mica. Sus rápidas y oscuras patas y su cabeza color negro
azabache. De su frente salía un corto y perlado cuerno.
Sanshi apretó
la túnica abandonada.
Debo
atraparlo.
Pero ella
sabía que nada en el mundo podía atrapar a un kirin que galopaba sobre
los vientos.
Escapar era en todo lo que pensaba
Taiki.
Evadió a
Gouran, salió del alcance de Sanshi y corrió hasta que su cuerpo se hacía más
ligero. Sin pensar en el cambio, corrió más rápido todavía hasta que notó que
estaba flotando.
Le tomó otras
tres zancadas darse cuenta de que se había transformado. Miró atrás a la Pagoda
del Rocío Crepuscular a los lejos.
No se sentía
extraño o herido en lo más mínimo. Se obligó a sí mismo a ir hacia adelante y
sus cuatro patas obedecieron. Estaba galopando. Tres zancadas más y ya estaba
en el Palacio Externo Hoto, su velocidad hacía ver borrosas las antorchas de
quienes todavía acampaban allí.
Keito fue el primero en
notarlo.
Gyousou miró
su montura. Estaba asegurando la silla, preparándose para comenzar a cazar
mientras la luna estaba todavía sobre el horizonte, pero ahora, su mano se
había detenido.
—¿Qué te
pasa?
Los ojos del sugu
se concentraban en una esquina del firmamento. Un suave rugido sonaba en su
garganta.
Al principio,
Gyousou pensó que había demonios preparándose para emboscarlos, pero eso no
explicaba la inusual calma de Keito.
Sus ojos se
entrecerraban, así que el general siguió la mirada del sugu y lo pudo
ver: una criatura de imposible belleza corría a través del disco lunar.
El kirin
negro.
El júbilo lo
llenó, pero fue rápidamente reemplazado por disgusto. Había dejado la montaña
temprano para distanciarse de su fracaso. Ahora, su fracaso lo seguía.
El área que
Gyousou había escogido para acampar era una pequeña depresión junto a unas
colinas, rodeadas de arbustos y peñascos. En la mitad del anillo de luz formado
por cinco antorchas, sus hombres se encontraban boquiabiertos viendo al cielo
junto a las tiendas y sus monturas. Dejando un camino de luz como una
luciérnaga, el kirin paró en una roca sobre la que podía ver el
campamento.
—Qué… hermoso
kirin —Fue Gyousou quien habló primero. Entonces dejó salir una risita y
puso la silla de montar sobre el suelo—. ¿Y a qué le debo el honor, mi señor?
¿Ha venido hasta aquí solo para despedirse?
Taiki dudó y
entonces caminó lentamente justo hasta fuera del anillo de antorchas. La culpa
de lo que estaba a punto de hacer ya hacía más pesados sus pasos.
—Veo que se
transformó. Tiene mis felicitaciones. Sin embargo, a pesar de estar feliz de
verlo, pues poder ver a un kirin negro es una experiencia de una vez en
la vida, temo que haya sido muy impulsivo al venir, mi señor.
Taiki no
respondía.
—Aunque tenga
a un shirei tan poderoso, es muy peligroso estar aquí. Todavía está
debilitado. Le ruego que regrese inmediatamente al palacio.
Gyousou
esperó, pero el kirin no se movía. Suspirando, quitó la túnica de la
silla.
—¿O tal vez
vino con algún encargo? —preguntó, estirando la tela en el suelo.
Taiki volvió
a su forma humana. Tenía una idea general de cómo debía hacerlo, pero cuando lo
intentó, descubrió que era tan natural como respirar, a pesar de la extraña
sensación de que su cuerpo se hacía más pesado.
Poniendo la
túnica sobre sus hombros, miró a Gyousou. Los ojos del general tenían ferocidad
en ellos, pero no le daban miedo como antes.
Yo soy
quien da miedo. ¿Sé realmente qué voy a hacer?
—Señor
Gyousou.
No hubo
revelación.
Pero no había
otra forma. Taiki se arrodilló.
Los ojos de
Gyousou se abrieron como platos.
—Mi señor…
Taiki bajó su
cabeza. Más baja, más baja, como un hombre que rogaba perdón.
—Nunca te
abandonaré… siempre te obedeceré… prometo mi lealtad…
Esto era una
traición, una traición al Orden de los Cielos, a las nyosen, al rey, a
todos en el mundo.
No debería
hacerlo.
—…con este
juramento.
Por un
momento, Gyousou no dijo nada. Taiki sintió los ojos del hombre viéndolo,
quemándolo con su mirada. Por un momento, el kirin tuvo la esperanza de
que no fuera tarde, de que todavía pudiera retirar lo hecho.
—Acepto.
Y con eso,
terminó. Taiki había bajado aún más su cabeza, su dolor era tan grande que
deseó morir en ese mismo momento.
¿Cómo
puedo traicionarlos, a la gente que no me dio más que amor, a mi rey y a mi
reino, a mi gente, a Gyousou mismo? Su mentira los hacía quedar como
tontos.
La frente de
Taiki tocó el pie de Gyousou. El reconocimiento de su pecado lo atravesó como
una espada y su visión se oscureció.
No puedo
retirarlo.
Quería gritar
que todo era una mentira.
El grito ya
empezaba a salir de su garganta cuando de repente, sintió que lo levantaban y
de alguna forma se lo tragó.
Gyousou
levantó a Taiki y lo abrazó. El kirin abrió los ojos sorprendido al ver
la orgullosa sonrisa del guerrero.
—¡Te lo
agradezco, Taiki!
Antes de que
el chico pudiera pensar en cómo responder, un gran rugido se escuchó de los
hombres. Todavía con Taiki en sus brazos, Gyousou miró a sus seguidores con su
rostro lleno de orgullo. Entonces, miró de nuevo al kirin y sonrió
ampliamente.
—Puede que
seas pequeño, pero tienen muy buen ojo.
Taiki no
podía soportar mirarlo, así que apartó la vista justo en el momento en que
Sanshi entraba corriendo al claro.


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