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El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

jueves, 2 de febrero de 2023

Mar del Viento, Orilla del Laberinto - Capítulo 10

 

CAPÍTULO 10

 

 

 

—¿Lady Risai? ¿Te sientes mejor?

Taiki asomó su cabeza por la entrada de la tienda y Risai se sentó sobre el colchón para saludarlo.

—Mi señor.

La tienda de la general era simple y funcional, había sido echa para hacer largos viajes con pocos compañeros. Los muebles eran escasos, apenas suficientes para las necesidades básicas de la general y sus hombres. Gracias al suave clima de Houzan la tienda tenía pocas funciones aparte de brindar algo de privacidad, así que la tela del techo y las paredes era delgada y ligera, y el interior de la estructura era muy espacioso.

Risai estaba sobre una simple cama cerca a la parte posterior de una gran habitación, esforzándose por ponerse una túnica.

Taiki la detuvo.

—No, por favor, descansa —Le dio un cubo lleno de agua aromatizada a uno de los seguidores de la general que estaba de pie junto a la entrada—. Una de las nyosen te lo manda.

Risai terminó de arreglarse la ropa y le sonrió al joven kirin.

—Gracias, mi señor.

Uno de los sirvientes le hizo una señal para que entrara y tomara asiento junto a la general. Taiki miró con lástima su rostro.

—¿Cómo están tus heridas?

—Gracias al agua de Ancianos que me ha traído, el dolor se ha ido.

—Me alegro —dijo Taiki—. Espero que no deje cicatrices muy feas.

Risai rio.

—Por favor, no se preocupe por mí. Me han tratado con mucho cuidado y, de hecho, soy una Anciana Consejera, así que mis heridas pueden parecer serias, pero no es nada de qué preocuparse.

Taiki parpadeó sorprendido.

—¿A qué te refieres? ¿Una Anciana Concejera? ¿Eres una anciana, Lady Risai?

—Sí, aunque sea un general provincial, de todas formas, soy una general y por lo tanto tengo un rango entre los sennin o Ancianos Concejeros, en el Registro Inmortal. Sería imposible servir al gobernador si no fuera así.

—¿Y por qué?

—¿No lo sabe? —Risai estaba muy sorprendida—. El gobernador de una provincia no es un hombre ordinario, solo un Anciano Consejero puede tener ese rango. Y solo los Ancianos Consejeros pueden entrar al palacio del gobernador, ya que está destinado a vivir tanto tiempo que tener sirvientes mortales no sería suficiente.

Taiki estaba atónito, considerando lo que acababa de escuchar.

Al ver la expresión de su rostro, Risai hizo una pausa. Había escuchado que el kirin había vivido en Hourai hasta hace poco, pero asumía que sabría los aspectos básicos de la vida. ¿Quizá no había Ancianos en Hourai?

—Pero sí sabe que los Ancianos Consejeros y dioses nunca mueren de vejez, ¿no es así?

—¿De verdad?

Risai suspiró.

—Mi señor también está en el Registro Divino. ¿Entiende?

—¿Quiere decir que no moriré?

—No de vejez, no. El rey es considerado un Dios y una vez se vuelve rey, esa persona no envejecerá ni morirá sino en las más extremas circunstancias. Ciertamente, no hay enfermedad que pueda llevarse la vida de un rey.

—No tenía idea.

—Los kirin también son considerados dioses. Como el rey, no enfermará ni envejecerá. Será resistente a las heridas y muy difícil de matar, aunque hay ciertas enfermedades sobrenaturales a las que solo el kirin es susceptible.

Los ojos del kirin se abrieron como platos y se sentó un rato perdido en sus pensamientos.

—¿Así que… no envejeceré?

—Sí, así es, he escuchado que una vez crezca completamente, su apariencia física permanecerá sin cambios.

—Qué interesante…

—Quizá las nyosen olvidaron decírselo porque tampoco envejecen o mueren, así que para ellas debe ser lo más natural. En cualquier caso, es verdad.

Taiki asintió, su mente divagaba.

—Los Ancianos Consejeros son nombrados por el rey —dijo Risai, mientras continuaba su explicación—. Normalmente, aquellos que sirven directamente al rey, incluyendo los gobernadores provinciales y sus sirvientes, son Ancianos Consejeros.

—Supongo que no sería recomendable para el rey vivir más que sus consejeros.

Risai rio.

—No especularé por las razones, pero, en cualquier caso, aunque el Anciano Consejero no debe temer a la muerte o a la enfermedad, eso solo aplica para el tiempo en que se es Anciano Consejero; la diferencia entre el Registro Inmortal y el Registro Divino es que, si se es un Dios, es para siempre, mientras que un Anciano Consejero nombrado puede dejar de serlo, perdiendo los privilegios que vienen con el estatus. Hay muchos que abandonan el puesto y luego regresan nuevamente.

—¿Y cuando dejas de ser un Anciano Consejero entonces empiezas a envejecer nuevamente?

—Aparentemente sí. Por supuesto, no muchos abdican por decisión propia. Por ejemplo, en mi caso como general, soy una Anciana Consejera, pero solo hasta que renuncie o me obliguen a marcharme. Los que son como yo y son nombrados por el rey y trabajan para servirlo, se conocen como chisen o Ancianos Terrenales.

—Ya veo.

—También hay otros tipos de Ancianos Consejeros: aquellos que obtienen su estatus al hacer votos, o aquellos quienes, a pesar de ser nombrados por el rey, no lo sirven a él directamente. Estos son llamados hisen o Ancianos Flotantes. Las nyosen de Houzan son de este tipo.

—Eso explica algo —dijo Taiki pensativo—: una vez, recuerdo haberle preguntado su edad a Teiei y me dijo que no recordaba. Pensé que bromeaba, pero puede que haya vivido tanto que ya no recuerde cuándo nació.

—Es muy posible —Observó Risai con una risa—. En cualquier caso, no necesita preocuparse tanto por mi bienestar. Soy más fuerte que cualquier soldado normal.

—Me alegro.

—Pero basta de hablar de mí, ¿cómo está usted, mi señor? ¿Ya se siente mejor?

—Sí, gracias. Solo estaba cansado y un poco sorprendido de… ver sangre. Quería visitarte antes, pero las nyosen no me dejaron salir.

—Estaba un poco sorprendido de verme, ¿no? —dijo Risai y bajó su cabeza avergonzada.

Taiki se inclinó para mirar sus ojos.

—No es tu culpa, Lady Risai, es porque soy un kirin.

—No. —Risai negó con la cabeza, pero no dijo nada más.

Había menospreciado al Koukai y había olvidado que entre los escondites había demonios que nunca podía esperar confrontar o vencer. Tenía fe en su espada y confianza en su habilidad de vencer a cualquier enemigo, pero en realidad no estaba preparada. Y silenciosamente se admitió a sí misma que había estado demasiado consciente de la presencia de su colega, el general Gyousou. Así que a pesar de saber bien que se aventuraban en un territorio peligroso, estaba demasiado preocupada en demostrarle su valentía.

—Lo siento.

—No… de verdad no es tu culpa, Lady Risai. Nadie sabía que un toutetsu vivía allí y cuando te diste cuenta, te sacrificaste para que yo pudiera escapar. Además, gracias a tu valentía, pude capturar a mi primer shirei.

Risai miró la determinación que ardía en los ojos del niño.

—Es usted muy amable, mi señor.

—Es la verdad —dijo con mucha seriedad.

Risai sonrió.

—El agua de Ancianos ha hecho maravillas. Gracias a usted y a las nyosen, creo que podré descender de la montaña en el equinoccio.

Taiki dijo:

—¿Descender…?

Por supuesto, pensó. No es una nyosen, no vive en Houzan.

El siguiente Día de Paso Seguro era el equinoccio de otoño cuando el Portón de los Vientos se abriría en el sudeste del Koukai.

Hizo algunos cálculos y se dio cuenta de que a Risai le quedaban menos de dos semanas para dejar las montañas.

Y entonces…

Salió de la tienda de Risai, asintiendo silenciosamente a todo aquel que lo llamaba. Solemnemente se dirigió a la puerta del palacio, pero apenas había empezado a cruzar el claro cuando se detuvo repentinamente.

Y entonces…

  

 

—¿Qué le trae hoy aquí, mi señor?

Taiki sintió una mano en su hombro y despertó de sus ensoñaciones para ver a Gyousou mirándolo. Había estado caminando por el claro del Palacio Externo Hoto y siguió automáticamente su ruta usual sin darse cuenta.

—Oh… Señor Gyousou.

Él también dejará las montañas pronto.

La idea de que Gyousou y Risai se fueran le molestaba más de lo que creía posible.

Avergonzado por su distracción, Taiki sonrió forzosamente. Entonces, su ceño se frunció. Gyousou usaba su armadura negra, la misma que llevaba solo cuando acababa de llegar de Houzan y cuando fue a cazar sugu.

—¿Ya se ha recuperado?

—Sí.

—¿Pasa algo? ¿Por qué tanta formalidad?

Taiki empezó a farfullar una excusa, pero entonces se detuvo y respiró profundamente.

—Solo pensaba que faltaba menos de un mes para el equinoccio de otoño.

—Ah —asintió Gyousou—. La temporada para el descenso ya ha llegado. Escuché que aquellos que no tiene cómo defenderse ya están ocupados planeando su viaje de regreso, irán juntos pues es más seguro si hay muchos.

—Ya veo —Taiki miró al general nuevamente—. ¿Por qué llevas esa armadura, señor Gyousou?

—Oh, esto… —Repentinamente, Gyousou se arrodilló ante el kirin—. Me alegra que haya venido esta mañana. Yo descenderé hoy.

—¿Qué? ¿Tan pronto? —Taiki miró atónito al general. Podía sentir cómo la sangre se le iba del rostro por la sorpresa de las palabras de Gyousou.

—Sí, estaba a punto de despedirme de Lady Risai.

—Y entonces…

Gyousou rio casualmente.

—Sí, claro, me iré a cazar sugu por el camino. Hay muchas personas en la montaña que me pidieron que los acompañara. Temía que tendría que irme sin poder despedirme de usted, mi señor.

Taiki miró alrededor. La tienda de Gyousou ya estaba recogida, los postes ya habían sido arrancados y las telas de campaña dobladas, dejando el suelo plano y desnudo.

—¡Pero si es muy pronto!

—Viajaré a caballo esta vez. Si no me voy ahora, nunca llegaré al Koukai para el anochecer.

—Pero… ¿no es el Koukai más peligroso de noche?

Gyousou reía.

—Y si no vamos de noche, los sugu estarán durmiendo. Se debe viajar cuando no hay sol si se va a cazarlos.

Taiki recordó que Gyousou era un experimentado cazador de sugu, él conocía los peligros y cómo afrontarlos. Había cruzado el Koukai muchas veces, por eso pudo atrapar a Keito.

—¿Así que no te has dado por vencido?

—Nunca.

—¿Y podrás volver el próximo Día del Paso Seguro?

—Quizá, si no atrapo a ningún sugu de camino a casa.

Taiki dudó y entonces impulsivamente dijo:

—¿Así que vendrás a Houzan?

Gyousou miró al niño por un momento antes de responder.

—Siento decir que no. A un hombre solo se le permite ascender a las montañas una vez en su vida —Entonces sonrió—. Además, si viniera a visitar a Houzan, no podría entrar y salir del Koukai en el mismo Día del Paso Seguro.

Esto era verdad. Aunque lo llevaran las rápidas patas de Keito, no sería fácil cruzar hasta las profundidades de Koukai y regresar el mismo día. Tendría que correr rápidamente una vez abrieran el portón en la mañana, cazar toda la noche y luego galopar de vuelta para lograr pasar.

—Pero tú eres un general del Ejército Imperial, estoy seguro de que te veré nuevamente. —Taiki miró a Gyousou con una sonrisa forzada, pero el general solo fruncía el ceño.

—Desafortunadamente eso no sucederá.

—¿Eh?

—No regresaré a la Guardia de Palacio. Mi intención es dejar mi puesto e irme de Tai.

Inconscientemente, Taiki apretó sus puños.

—¿Pero por qué? ¿Por qué lo vas a hacer?

—Estoy poco acostumbrado a la… vergüenza.

Los ojos de Taiki se abrieron sorprendidos, entonces, el entendimiento llegó.

—No lo estoy culpando, mi señor. Si no soy digno de ser un rey, no hay nada más que hablar al respecto.

—Pero…

—No se preocupe por mí. Hay otros reinos que le darán la bienvenida a un hombre con mis talentos. Aunque no creo que seguiré como soldado, es muy tarde para considerar una vida detrás de un mostrador contando monedas.

Taiki miraba fijamente al hombre en la armadura negra.

—Así que… no te veré nuevamente.

—Lo más probable es que no —dijo Gyousou sonriendo.

No está triste por dejarme, pensó Taiki. Si hubiese dormido hasta tarde, se habría ido sin siquiera despedirse.

—Sé… que te irás a cazar a la noche, pero todavía queda mucho tiempo antes del anochecer. Mucho tiempo —murmuró Taiki.

Gyousou rio sonoramente.

—No pretendo quedarme más tiempo en la montaña. No fui escogido y quedarme me haría parecer como que no quiero irme y seré el hazmerreír de todos —Gyousou puso una mano sobre el hombro de Taiki—. No se ponga así. No es nada de lo que deba preocuparse. De hecho, el tiempo que pasé aquí fue un buen remedio para alguien arrogante como yo. Tal vez me enseñe algo de humildad.

Gyousou rio y Taiki intentó reír con él, pero no pudo.

Un sirviente llegó llamando a Gyousou. El guerrero levantó una mano como respuesta antes de darse la vuelta y hacer una reverencia a Taiki.

—Ahora iré a despedirme de Lady Risai.

—Sí…

Gyousou se alejó y desapareció dentro de la tienda de Risai, saliendo unos minutos después. Durante todo el tiempo que el general estuvo fuera de la vista, Taiki permaneció allí, tan inmóvil como una piedra.

—Cuídese —dijo Gyousou. Había regresado para buscar las riendas y la silla de Keito—. Que su reinado dure mil años.

Está despidiéndose.

Si Taiki asentía ahora, Gyousou tomaría sus riendas, montaría a su sugu y se alejaría.

Entonces, nunca más lo veré.

La idea era más dolorosa de lo que podía soportar. Sin embargo, no había forma de evitar que el hombre se fuera.

—Adiós. —Gyousou hizo una reverencia y se volvió. Taiki quedó de pie, mirándolo alejarse, deseando en vano que el general se diera la vuelta, así fuera para verlo solo un instante y al mismo tiempo, sabiendo que eso nunca pasaría.

Si fuera Risai, ella no sería capaz de alejarse del pequeño kirin del que se había hecho amiga. Se quedaría uno o dos días más, permaneciendo en Houzan por el mayor tiempo que pudiera antes del Día del Paso Seguro.

Pero Gyousou no.

Con una expresión de seriedad, el general montó a Keito. Hizo una reverencia a las personas que había cerca y entonces sacudió las riendas y se dirigió fuera de la montaña. Keito trotó lentamente, yendo al ritmo de los muchos caballos que los acompañaban.

Gyousou no miró atrás ni una sola vez.

  

 

La luna estaba alta en el cielo, su luz brillaba a través del delgado velo que rodeaba la cama de Taiki.

El grupo de Gyousou estaría en la base de Houzan para este momento. Se preguntaba sobre el campamento que harían allí, si sería seguro o no. O quizá se pasarían la noche cazando sugu y solo acamparían después del amanecer.

—¿No puedes dormir?

Taiki detuvo su mano. Había estado acariciando el pelaje de Sanshi distraídamente.

—Lady Risai se quedará con nosotros por un tiempo más —dijo la nyokai.

—Ya sé.

Las palabras de Sanshi o hicieron nada para calmar la ansiedad de Taiki. Se lanzó a la cama hasta que finalmente no pudo soportarlo más y se levantó nuevamente.

—¿Puedo… salir a caminar?

—No de noche, no en el Koukai —dijo, viendo claramente sus intenciones.

Taiki bajó la cabeza.

—Lo dices porque es muy peligroso, es decir que ellos están en peligro allá abajo.

—No es nada para lo que no estén preparados.

¿Qué pasaría si se encuentran con otro demonio como el toutetsu? Él sabía que mucha gente perdía sus vidas en el camino a través del Koukai y Gyousou viajaba con un grupo pequeño.

—Gouran.

—¿Sí? —Un rugido grave reverberó bajo la cama. La voz de Gouran era gruesa y profunda. Había empezado como un cachorro, pero últimamente, asumiendo que a Taiki le daba igual, tomaba la apariencia de un gran perro rojo.

—¿Puedes acompañar al señor Gyousou al Portón de los Vientos para asegurarte de que llegue a salvo?

—No puedo —Fue la fría respuesta del shirei—. No puedo irme de tu lado.

—¿Aunque te lo pida?

—Tu bienestar supera cualquier otra preocupación. Además, Gyousou no es el rey.

Nuevamente no tengo esperanza. Taiki se mordió el labio. No había forma de detener a Gyousou, no había forma de hacerlo volver si él no quería, no había forma de ver que llegara con seguridad al portón y saliera del Mar Amarillo.

A menos de que fuera el rey.

A menos de que fuera el rey.

¿Por qué no había llegado la revelación? Aunque Taiki y todos querían que pasara.

Solo yo lo sabría.

Justo cuando iba a empezar a llorar, la idea se le metió en la cabeza, en su corazón.

Solo yo, el kirin, sabría la verdad.

Los ojos de Taiki se abrieron y se cerraron rápidamente. Su pulso se aceleró.

¿Por qué?, pensó, ¿Por qué estoy pensando esto?

¿Era tan doloroso alejarse de Gyousou que podía pensar lo impensable?

A Taiki le caía bien Risai. Hasta pensó que sería una buena emperatriz, pero poco le molestaba pensar que ella bajaría de la montaña, no de esta forma.

Taiki se quitó las mantas y salió con dificultad de la cama. Sintió que algo lo presionaba, empujándolo, obligándolo a moverse y la idea de quedarse allí acostado era insoportable.

—¿Taiki?

—Solo voy a salir.

Todavía en su túnica para dormir, Taiki se sentó en la escalinata en la entrada del palacio.

Aunque solo había un camino que daba a la base del Houzan, una vez el viajero llegara al Koukai, tendría muchas opciones para tomar. Ya que estaban cazando a caballo, el grupo de Gyousou seguramente viajaría por alguno de ellos. Una vez en el Koukai le sería difícil, sino imposible encontrarlos.

El general pasaría por los peligros del Mar Amarillo, llegaría al portón sudeste y en el Día del Paso Seguro, pasaría a través de las Montañas Diamante y más allá del alcance de Taiki, para siempre.

Cuando regresara a Tai, Gyousou renunciaría como general del Ejército Imperial y dejaría el reino.

¿Sabré a dónde se irá? ¿Alguna vez podré encontrarlo? ¿Y qué le diré si lo encuentro?

Taiki no había escogido a Gyousou. Gyousou se iba de Tai. Una vez lo hiciera, recordaría a Taiki como un niño con poco más de diez años, un niño sin valor alguno. Un hombre como Gyousou, que podía abrirse camino a su propio destino, seguramente no tenía necesidad de recordar cosas sin valor.

Taiki podía estar muerto en lo que a él respecta.

Con cada paso lejos de Houzan, el kirin podía sentir a Gyousou olvidándolo. El hilo que los conectaba se haría cada día más delgado y sería cortado definitivamente cuando el portón se cerrara entre ellos.

Taiki se levantó.

  

 

—Taiki.

AL ver al chico ponerse de pie repentinamente, Sanshi se apresuró para alcanzarlo. Taiki empezó a correr y ella lo agarró y lo mantuvo en sus brazos.

—No, no de noche… —En la profundidad de la noche, las cosas eran diferentes en el Koukai que de día o incluso que en la madrugada. Justo después de la media noche, el shiki empezaría a expandirse y los demonios estarían más activos—. ¡Taiki, detente!

El kirin se escurrió de los brazos de Sanshi. Taiki no podía soportarlo. Cualquier otra cosa podía resistir, pero esto no. No lo separarían de Gyousou.

—¿Qué pasa, Sanshi? —gritó Youka, asomándose desde la Pagoda del Rocío Crepuscular. Otras nyosen aparecieron con ella, en sus rostros se veía la preocupación.

Las nyosen, Sanshi o Gouran, no importaba lo rápido que corriera, alguno de ellos lo atraparía. Pero Taiki tenía que seguir corriendo.

Saltando con una agilidad excepcional, Sanshi aterrizó en el camino por el que el niño corría. No le permitiría salir al Koukai de noche, se lo impediría a la fuerza si era necesario. Las heridas de Risai y el hedor de sangre de Gouran no le habían permitido salir de su cama en días, solo ahora estaba volviendo a hacerlo. Con su cuerpo debilitado, su espíritu también lo estaba. Si se encontrara con un demonio ahora, el apaciguamiento no era una opción. Y cuando el amo está débil, también los poderes de los shirei se debilitan. Sanshi y Gouran ya estaban atados al destino de Taiki. La nyokai podía sentirlo en sus miembros: si se encontraran con un demonio de cualquier rango, no podría asegurar el escape del kirin. Así que era una sensación de desesperación la que la impulsaba a atrapar al niño.

—¡Taiki!

Y sus brazos se cerraron alrededor de nada.

¿Me esquivó?

Sanshi miró sus manos. Estaba segura de haberlo tenido entre sus brazos. Por un momento, la nyokai se quedó de pie, confundida, y entonces se dio la vuelta y se acercó nuevamente. Con mucha destreza, logró agarrar a Taiki del brazo, pero su mano no agarró nada.

¿Cómo puede ser posible? El niño solo corre, sí, lo hace rápido pero no tiene ninguna habilidad especial o conocimiento de las artes de la evasión.

Era como esa vez cuando se había enfrentado a Gouran. Había intentado atraparlo entonces, pero no pudo, como si cayera en alguna trampa invisible.

¿Por qué?

¿Cómo podía un pequeño e indefenso kirin, que solo recientemente se había hecho consciente de su fuerza, hacer algo así?

—¡Gouran! —gritó Sanshi y una gran bestia saltó de entre las rocas, atravesándose en el camino de Taiki, pero de alguna forma, el kirin pudo pasar junto al shirei, aunque la gran forma del toutetsu llenaba el angosto corredor ente las paredes rocosas.

Sanshi saltó en frente de Taiki nuevamente, intentando agarrarlo, y pasó otra vez, que, de alguna forma, logró evadirla. Ella iba desesperadamente a por su brazo y logró agarrar la punta de la túnica con sus dedos.

—Taiki, por favor, de noche no…

Las palabras de la nyokai no terminaron. Había sentido la tela en su mano aflojándose, perdiendo la resistencia que ocasionaba el cuerpo, hasta que la vio colgando en sus dedos. Las nyosen tras ella se detuvieron inmediatamente boquiabiertas.

—Ah… —dijo Sanshi sorprendida, levantando su cabeza para seguir la mirada de las nyosen. Todas miraban al cielo.

Las paredes rocosas permanecían oscuras, pues la luna estaba más baja, la oscuridad era profunda, solo las partes superiores de las paredes del laberinto brillaban con un tenue plateado.

Y algo más brillaba: una bestia luminosa que corría a toda velocidad por el cielo nocturno.

—Taiki…

Vio su melena corta del color del acero. EL flexible cuerpo con pintas negras y plateadas que parecían hechas de mica. Sus rápidas y oscuras patas y su cabeza color negro azabache. De su frente salía un corto y perlado cuerno.

Sanshi apretó la túnica abandonada.

Debo atraparlo.

Pero ella sabía que nada en el mundo podía atrapar a un kirin que galopaba sobre los vientos.

  

 

Escapar era en todo lo que pensaba Taiki.

Evadió a Gouran, salió del alcance de Sanshi y corrió hasta que su cuerpo se hacía más ligero. Sin pensar en el cambio, corrió más rápido todavía hasta que notó que estaba flotando.

Le tomó otras tres zancadas darse cuenta de que se había transformado. Miró atrás a la Pagoda del Rocío Crepuscular a los lejos.

No se sentía extraño o herido en lo más mínimo. Se obligó a sí mismo a ir hacia adelante y sus cuatro patas obedecieron. Estaba galopando. Tres zancadas más y ya estaba en el Palacio Externo Hoto, su velocidad hacía ver borrosas las antorchas de quienes todavía acampaban allí.

  

 

Keito fue el primero en notarlo.

Gyousou miró su montura. Estaba asegurando la silla, preparándose para comenzar a cazar mientras la luna estaba todavía sobre el horizonte, pero ahora, su mano se había detenido.

—¿Qué te pasa?

Los ojos del sugu se concentraban en una esquina del firmamento. Un suave rugido sonaba en su garganta.

Al principio, Gyousou pensó que había demonios preparándose para emboscarlos, pero eso no explicaba la inusual calma de Keito.

Sus ojos se entrecerraban, así que el general siguió la mirada del sugu y lo pudo ver: una criatura de imposible belleza corría a través del disco lunar.

El kirin negro.

El júbilo lo llenó, pero fue rápidamente reemplazado por disgusto. Había dejado la montaña temprano para distanciarse de su fracaso. Ahora, su fracaso lo seguía.

El área que Gyousou había escogido para acampar era una pequeña depresión junto a unas colinas, rodeadas de arbustos y peñascos. En la mitad del anillo de luz formado por cinco antorchas, sus hombres se encontraban boquiabiertos viendo al cielo junto a las tiendas y sus monturas. Dejando un camino de luz como una luciérnaga, el kirin paró en una roca sobre la que podía ver el campamento.

—Qué… hermoso kirin —Fue Gyousou quien habló primero. Entonces dejó salir una risita y puso la silla de montar sobre el suelo—. ¿Y a qué le debo el honor, mi señor? ¿Ha venido hasta aquí solo para despedirse?

Taiki dudó y entonces caminó lentamente justo hasta fuera del anillo de antorchas. La culpa de lo que estaba a punto de hacer ya hacía más pesados sus pasos.

—Veo que se transformó. Tiene mis felicitaciones. Sin embargo, a pesar de estar feliz de verlo, pues poder ver a un kirin negro es una experiencia de una vez en la vida, temo que haya sido muy impulsivo al venir, mi señor.

Taiki no respondía.

—Aunque tenga a un shirei tan poderoso, es muy peligroso estar aquí. Todavía está debilitado. Le ruego que regrese inmediatamente al palacio.

Gyousou esperó, pero el kirin no se movía. Suspirando, quitó la túnica de la silla.

—¿O tal vez vino con algún encargo? —preguntó, estirando la tela en el suelo.

Taiki volvió a su forma humana. Tenía una idea general de cómo debía hacerlo, pero cuando lo intentó, descubrió que era tan natural como respirar, a pesar de la extraña sensación de que su cuerpo se hacía más pesado.

Poniendo la túnica sobre sus hombros, miró a Gyousou. Los ojos del general tenían ferocidad en ellos, pero no le daban miedo como antes.

Yo soy quien da miedo. ¿Sé realmente qué voy a hacer?

—Señor Gyousou.

No hubo revelación.

Pero no había otra forma. Taiki se arrodilló.

Los ojos de Gyousou se abrieron como platos.

—Mi señor…

Taiki bajó su cabeza. Más baja, más baja, como un hombre que rogaba perdón.

—Nunca te abandonaré… siempre te obedeceré… prometo mi lealtad…

Esto era una traición, una traición al Orden de los Cielos, a las nyosen, al rey, a todos en el mundo.

No debería hacerlo.

—…con este juramento.

Por un momento, Gyousou no dijo nada. Taiki sintió los ojos del hombre viéndolo, quemándolo con su mirada. Por un momento, el kirin tuvo la esperanza de que no fuera tarde, de que todavía pudiera retirar lo hecho.

—Acepto.

Y con eso, terminó. Taiki había bajado aún más su cabeza, su dolor era tan grande que deseó morir en ese mismo momento.

¿Cómo puedo traicionarlos, a la gente que no me dio más que amor, a mi rey y a mi reino, a mi gente, a Gyousou mismo? Su mentira los hacía quedar como tontos.

La frente de Taiki tocó el pie de Gyousou. El reconocimiento de su pecado lo atravesó como una espada y su visión se oscureció.

No puedo retirarlo.

Quería gritar que todo era una mentira.

El grito ya empezaba a salir de su garganta cuando de repente, sintió que lo levantaban y de alguna forma se lo tragó.

Gyousou levantó a Taiki y lo abrazó. El kirin abrió los ojos sorprendido al ver la orgullosa sonrisa del guerrero.

—¡Te lo agradezco, Taiki!

Antes de que el chico pudiera pensar en cómo responder, un gran rugido se escuchó de los hombres. Todavía con Taiki en sus brazos, Gyousou miró a sus seguidores con su rostro lleno de orgullo. Entonces, miró de nuevo al kirin y sonrió ampliamente.

—Puede que seas pequeño, pero tienen muy buen ojo.

Taiki no podía soportar mirarlo, así que apartó la vista justo en el momento en que Sanshi entraba corriendo al claro.

 

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