CAPÍTULO
4
Youko
caminó por la carretera por dos días. Estaba sola, a excepción de la ocasional
visita no deseada del mono azul. Caminó sin rumbo o conocimiento de su
ubicación, en lo único en que pensaba era en agrandar lo más posible la
distancia entre ella y Hairou, así como del mal recuerdo que Kasai
representaba.
La seguridad era muy estricta en las entradas de cada
ciudad por la que pasaba, hasta los viajeros que encontraba en el camino
parecían estar siempre en guardia. Youko temía que se hubiera corrido la voz de
que el kaikyaku que escapó de Hairou había pasado por Kasai. Tenía la
esperanza de escabullirse en alguna ciudad, mezclándose entre las multitudes
para poder pasar por los portales y encontrar alojamiento, pero se vio forzada
a abandonar ese plan. Había tan pocos viajeros en camino a las ciudades más
pequeñas, que no había ninguna multitud en la cual esconderse.
Así que siguió caminando por la carretera, acampando
bajo el cielo abierto. En el tercer día de viaje, llegó a una ciudad más grande
con unas altas murallas. Era todavía más grande que Kasai. Era el lugar donde
el gobierno territorial se encontraba.
Las ciudades que había visto hasta
ese momento sólo tenían campos fuera de las paredes, pero en Takkyu las tiendas
salían hasta el exterior del gran portal.
A cada lado del portal había una pequeña ciudad formada por las tiendas
de los comerciantes y las mesas de los vendedores que mostraban miles de
mercancías. Era un mercado exterior, lleno del ajetreo de compradores y
vendedores de diferentes productos.
Youko vio toda clase de objetos exhibiéndose dentro de
las tiendas más simples. Caminando a través de la multitud frente a los
portales, se encontró con una tienda con mesas llenas de altas pilas de ropa;
en un impulso, compró un atuendo de hombre. Viajar sola como una mujer era algo
difícil. Gracias a la ayuda de Jouyu podía escapar de la mayoría de los
problemas, pero prefería evitar meterse en problemas en primera instancia.
La ropa que compró consistía en una camisa simplona
parecida a un kimono, lo suficientemente larga para llegarle a las rodillas; y
un par de pantalones cortos que hacían juego. Había visto a los granjeros con
ropas similares, y hasta a algunas mujeres, aunque estas eran casi siempre
pobres o refugiadas de Kei.
Youko se alejó de las cercanías de la ciudad, y
entonces, ocultándose en una arboleda, se cambió de ropa. Al quitarse la
camisa, se sorprendió de su propio cuerpo. En menos de un mes, todos los
vestigios de flacidez se habían desvanecido de su figura. Estaba más delgada
que jamás en su vida, aunque no pudo decidir cómo se sentía sobre eso en ese
momento. Sus brazos y piernas habían soportado un gran estrés, y aunque se
sentía débil, pudo ver líneas de músculos bien definidos en sus brazos. En
casa, siempre había estado aterrorizada de subirse a la báscula del baño. Ahora
la idea de hacer dieta le causaba risa. Se metió en la ropa de hombre sin la
menor incomodidad.
Ropa de hombre…,
la mente de Youko estaba llena de color azul, un matiz particular de azul
marino con una pizca de índigo: el color de los vaqueros. Siempre quiso usar
vaqueros.
Cuando estaba en primaria, debía ir a un viaje escolar
a la campiña donde tenían que hacer carreras de relevo, chicos contra chicas.
Youko siempre llevaba faldas a la escuela, pero como no podía correr bien en
falda, le había rogado a su madre que le comprara un par de vaqueros. Cuando
los llevó a casa, su padre se enfadó.
—Las niñas no deben andar corriendo por ahí vestidas
así. No está bien.
—¡Pero todos los usan, papá!
—Las niñas no se deben vestir como niños, y tampoco
deben hablar como niños.
Es una vergüenza. No permitiré eso bajo mi techo.
—Pero hay una carrera. ¡Perderé si llevo falda!
—¿Y por qué las niñas tendrían que vencer a los niños?
Youko había intentado discutir, pero la reacción de su
madre la había detenido.
Su madre bajó la cabeza como señal de derrota.
—Lo siento. Youko, pídele disculpas a tu padre.
Por petición de su padre, los vaqueros volvieron a la
tienda al día siguiente.
—¡No quiero devolverlos!
—Youko, obedece a tu padre.
—¿Por qué debo pedirle disculpas? No he hecho nada
malo.
—Cuando te cases, lo entenderás. Esto es por tu bien.
Mientras recordaba, Youko sonrió de repente. Podía
imaginarse la cara de su padre si la viera ahora: usando ropa de hombre, con
una espada y durmiendo bajo las estrellas. Se pondría rojo como un tomate y tan
furioso como un enjambre de abejas.
Ese es el tipo de padre que es.
Las chicas deben ser limpias y guapas, serviles y
amables. Y deben ser tímidas. No deben ser inteligentes, astutas o fuertes.
Youko se daba cuenta ahora de que al menos una parte de ella pensaba que su
padre tenía razón.
Ya no lo creo.
¿Debería bajar la cabeza y dejar
que la capturaran? Los granjeros despiadados de Hairou o los matones de Kasai…
¿Quizá tendría que haber dejado que Takki la vendiera a un burdel? Youko
rechazó esa idea. Apretó la empuñadura de la espada a través de la nueva
envoltura que había encontrado. Si hubiera sido más fuerte -un poco menos
sumisa y “femenina”- podría haberse enfrentado a Keiki. Al menos le habría
podido preguntar a dónde la llevaba y por qué; cuál era su destino y cuándo
podría volver a casa. Podría haber sido capaz de preguntar estas cosas. Si lo
hubiera hecho, no estaría tan perdida ahora.
Debo ser fuerte. A los débiles los hieren… o algo peor.
Había usado tanto su cabeza como su cuerpo -llevándolos
hasta sus límites- para sobrevivir.
Sobreviviría,
e iría a casa. Esa esperanza hacía que su pecho ardiera e iluminaba sus ojos.
Youko llevó a un puesto de ropa su antigua vestimenta y
el otro cambio de ropa que estaba en la bolsa de Takki y los cambió por una
pequeña cantidad de dinero.
Entonces, apretando las monedas en su mano, Youko se
adentró en la multitud mientras ésta fluía hacia la puerta principal. Como
esperaba, había demasiada gente para que los guardias se molestaran en
detenerlos a todos y buscar a un kaikyaku. Una vez segura dentro de la
ciudad, se dirigió al centro. Había aprendido en su corto viaje con Takki que
cuanto más lejos del portal fueras, más barato sería el alojamiento.
—¿Qué vas a comer, chico? —preguntó el dueño del hotel
inmediatamente después de que ella entró. Youko sonrió un poco. Los hoteles en
este mundo eran a menudo restaurantes. Era una costumbre tomarte la orden tan
pronto como cruzaras la puerta.
Youko observó el lugar. Estaba aprendiendo a
diferenciar cómo era un hotel por la atmósfera en el comedor. Este lugar no
tenía nada de especial, pero tampoco era tan malo.
—¿Te quedas? —El dueño miró a Youko con desconfianza—.
¿Solo?
Youko asintió.
—Serán cien sen. Traes dinero, ¿no es así?
Sin decir una palabra, Youko sacó dinero de su bolsa.
Era normal pagar el alojamiento después de quedarse, pero era asunto de
cortesía el mostrar que tenías dinero para pagar.
La moneda local era el sen, que incluía todo
tipo de monedas -cuadrada, redonda, de oro y de plata-, pero Youko no había
visto dinero de papel. El valor de cada moneda estaba grabado sobre ella, las
cuadradas tendían a valer más.
—¿Necesitarás algo? —preguntó el dueño.
Youko negó con la cabeza. Tomar té o darse un baño
costaban, esta era otra información útil que había aprendido en el viaje con
Takki. Youko comería en un puesto a las afueras de la ciudad donde la
competencia había hecho bajar los precios.
El hombre asintió y gritó a la parte trasera del hotel:
—¡Un huésped! ¡Mostradle su habitación!
Un anciano salió sigilosamente de la parte trasera,
asintió y le hizo señas a Youko para que lo siguiera. Youko levantó su bolsa,
se dirigió hacia el pasillo y se sintió aliviada por haber podido encontrar una
habitación donde pasar la noche.
Youko
todavía iba siguiendo al anciano, subió las escaleras en la parte trasera del
hotel, llegando finalmente al cuarto piso. Los edificios en las ciudades de Kou
estaban casi completamente construidos de madera, los más grandes solían tener
tres pisos de alto. Esta era la primera vez que estaba en uno de cuatro pisos,
pero el techo era tan bajo que fácilmente podía estirarse y tocarlo. Una mujer
alta como Takki probablemente necesitaría encorvarse para pasar por los
umbrales de las puertas.
El anciano guio a Youko hacia una pequeña habitación.
Apenas era lo suficientemente grande para que entraran dos camas, aunque allí
no había nada parecido; sólo un piso de madera y un estante que colgaba del
techo en la parte trasera de la habitación. En el estante había apilados dos
futones delgados. Youko supuso que era de esperarse que los extendiera en el
piso y durmiera allí.
El estante colgaba muy bajo del ya de por sí bajo
techo, tanto, que Youko tenía que arrodillarse para alcanzarlo. Los lugares en
los que se había quedado mientras viajaban con Takki habían sido muy
diferentes: habitaciones limpias con techos altos y hasta mesas. Por supuesto,
Takki había pagado unas cinco veces lo que Youko pagaría por esta habitación, y
ahora sabía por qué.
Aun así, hasta las habitaciones más baratas en este
mundo tenían grandes cerraduras en las puertas, había que soltar la cerradura
para poder entrar o salir. El anciano le dio la llave a Youko. Había empezado a
retirarse caminando por el pasillo cuando ella lo llamó.
—Disculpe, ¿dónde está el pozo?
Al escuchar la voz de Youko, el anciano se tensó y miró
alrededor con los ojos desorbitados. Se quedó de pie mirándola fijamente.
Oh, es cierto, la ropa. Probablemente pensó que era un
hombre.
Youko sonrió y repitió la pregunta. Pero el anciano
seguía de pie mirándola.
—Japonés… —dijo finalmente, regresando desde el pasillo
en dirección a ella—. Eres… ¿eres de Japón?
Ahora era Youko la que había quedado muda. El anciano
la agarró por el brazo.
—Un kaikyaku, ¿eh? ¿Cuándo llegaste? ¿De dónde
eres? Por favor, habla nuevamente.
Youko estaba boquiabierta.
—Por favor,
sólo una vez más. Oh, han pasado cuarenta y tantos años desde que escuché a una
persona hablar japonés como se debe.
—Um…
—¡Yo vengo también de Japón! Vamos, déjame escucharlo.
Una luz
iluminó los ojos del anciano, una luz sepultada bajo las arrugas de su rostro.
Repentinamente, Youko sintió que quería llorar. Qué coincidencia. Otro japonés,
aquí, en esta esquina de una gran ciudad.
—También… ¿también eres un kaikyaku? —preguntó,
encontrando finalmente su voz.
El anciano asintió vigorosamente. Sus dedos arrugados
agarraban el brazo de Youko, y ella pensó que podía sentir la intensidad de su
soledad por la forma en que su mano la cogía. Entonces, puso su mano
delicadamente sobre la de él.
—Té… —tartamudeó en voz baja—.
¿Te gustaría tomar un poco de té?
Youko dudó.
—Por favor, debes tomar algo de té. Sólo tengo un poco,
pero es té japonés. Lo traeré, ¿de acuerdo?
Youko no sabía qué decir.
—Gracias —murmuró.
Después de un
momento, el anciano regresó con dos tazas calientes. Youko notó que sus ojos
estaban rojos. Había estado llorando.
—Lo siento, señorita, no es un té muy bueno.
—Estoy segura de que está delicioso, gracias —dijo
Youko amablemente, sospechando que sería todo lo contrario.
Estaba algo simple, pero el ligero
olor a hojas secas de té verde hizo que Youko sintiera nostalgia nuevamente. El
anciano la observaba beber de su taza mientras él seguía sentado en el piso
enfrente de ella.
—Qué feliz soy, soy tan feliz de encontrarme contigo
que le dije al dueño que no me sentía muy bien y que tomaría un descanso. Chico…
no, eres una chica, ¿no es así? ¿Cuál es tu nombre?
—Nakajima. Youko Nakajima.
El hombre parpadeó y sonrió.
—El mío es
Seizo Matsuyama… mi japonés no suena raro, ¿verdad?
Riéndose por dentro, Youko negó. Tenía un acento
fuerte, pero podía entenderlo.
—Sí, sí… ¡ha pasado tanto tiempo! —El hombre sonrió, se
veía realmente feliz. Un momento después empezó a llorar de la alegría—. ¿Dónde
naciste? —preguntó, limpiándose los ojos.
—¿Mi lugar de nacimiento? Tokio.
Seizo agarró fuertemente su taza.
—¿Tokio? Así que todavía existe Tokio.
—¿Qué? —preguntó Youko, pero parecía que el hombre no
la había escuchado.
Se limpió el rostro con el cuello de la camisa.
—Soy de Kochi. La isla de Shikoku. Pero estaba en Kure
cuando vine aquí.
—¿Kure?
—Así es, en Hiroshima. ¿Lo conoces?
Youko frunció el ceño mientras intentaba recordar sus
lecciones de geografía.
Había pasado tanto tiempo.
—Creo que he escuchado de ese lugar, pero no estoy
segura.
El hombre se rio melancólicamente.
—Había un puerto militar allí, con el arsenal naval. Yo
trabajaba en ese puerto.
—¿Así que te fuiste de Kochi para trabajar en
Hiroshima?
—Así es, mi madre era de Kure. Su casa fue destruida
por los bombardeos del 3 de julio. Me enviaron a la casa de mi tío. No podía
quedarme allí comiendo gratis, así que me enviaron a trabajar cuando nos
atacaron nuevamente. Estoy casi seguro de que los barcos en el puerto se
hundieron. Y en la conmoción caí al agua.
Youko se dio
cuenta de que hablaba de la Segunda Guerra Mundial.
—Cuando recobré la consciencia, estaba en el Kyokai.
Floté en el mar hasta que alguien me rescató.
Youko notó que Seizo pronunciaba Kyokai
con una entonación algo diferente que el resto de la gente. Por raro que fuera,
le sonaba como una palabra extranjera y menos como el ya familiar Mar del
Vacío.
—Ya veo —dijo Youko, insegura de
qué decir—. Debió haber sido duro.
—Había habido varios bombardeos antes de eso —continuó
el hombre, perdido en sus recuerdos—. No quedaba mucho del arsenal naval.
Teníamos un puerto completamente útil y ni una sola nave decente que utilizar.
Y para colmo, en el mar interior[1] y en el estrecho había tantas minas
submarinas que no hubiéramos podido ir a ninguna parte de haber tenido un
barco.
Youko asentía mientras escuchaba.
—En marzo,
escuchamos que Tokio había sido muy afectada, dijeron que la habían reducido a
cenizas. Y en junio hicieron lo mismo con Osaka. El siguiente fue Luzon y
finalmente Okinawa. En ese tiempo no pensaba que tuviéramos muchas
probabilidades de ganar —Seizo hizo una pausa y miró a Youko—. ¿Perdimos, no es
así?
—…Sí —respondió después de un momento.
Seizo suspiró profundamente.
—Ya me lo imaginaba. Je, y pensar que todo este tiempo
me lo había estado preguntando… Qué tontería, ¿eh?
Si Youko sentía que Japón estaba muy lejos de este
lugar, el Japón de la Segunda Guerra Mundial le parecía aún más lejano. Sus
padres habían nacido después de la guerra. Sus abuelos debieron haber pasado
muchas dificultades, pero no era muy cercana a ellos, y tampoco le habían
hablado de eso jamás. Todo le parecía historia antigua, un mundo que sólo
conocía a través de libros, películas y televisión.
El Japón que este hombre conocía era tan extraño para
Youko como el mundo en que ambos se encontraban ahora, así que luchaba para
sentirse identificada con sus experiencias. Sin embargo, la hacía feliz el
simplemente escuchar nombres conocidos y pedazos de historia que recordaba.
—Así que Tokio sigue existiendo, ¿no? Supongo que ahora
los estadounidenses dirigen el lugar.
—¡Claro que no! —exclamó Youko.
El hombre la miró fijamente.
—¿En serio? Entonces… ¿por qué tienes los ojos de ese
color?
Youko iba a responder, pero entonces recordó el rostro
que había visto en el espejo. Sus ojos eran verdes.
—No, esto… —Youko apartó la vista y el hombre bajó la
cabeza y la sacudió.
—No, no, no quiero entrometerme. Pensaba que era porque
Japón era parte de Estados Unidos. Si ese no es el caso, entonces no me lo
tienes que decir.
Youko se sentó preguntándose cómo sería vivir aquí,
bajo un cielo desconocido, pensando en tu tierra natal por tanto tiempo. Ella
también había cambiado de domicilio repentinamente y contra su voluntad, pero
cuan diferente debe ser dejar tu país en una época como la de él. Al menos ella
estaba segura de que si regresaba, tendría un lugar al cual regresar. Este
hombre había desaparecido hace cuarenta años sin saber siquiera eso.
Hacía que el corazón le doliera a Youko.
—¿Y el Emperador?
—¿El Emperador Showa[2]? Sí, bueno… sobrevivió a
la guerra. Claro que ahora, está… —Estuvo a punto de decir “está muerto”, pero
corrigió sus palabras—. Falleció.
—Oh… —Seizo levantó repentinamente la cabeza, y
entonces bajó la mirada y se tapó los ojos con la manga. Después de dudar un
momento, Youko estiró la mano y la puso con cuidado sobre la espalda del
anciano, pudo sentir la dureza de sus huesos a través de la piel y ropa. Al
anciano no pareció importarle, así que Youko se quedó sentada allí, acariciando
suavemente su espalda hasta que sus sollozos se detuvieron.
—Lo siento mucho. Las lágrimas vienen más fácilmente
cuando eres viejo.
Youko asintió.
Después de un momento, el hombre aclaró su garganta.
—Así que… ¿en qué año fue?
—¿Perdón?
El anciano la miraba fijamente con una expresión de
urgencia en sus ojos.
—La Guerra del Pacífico. ¿En qué año finalizó?
—Um… estoy casi segura de que en 1945.
—¿1945? ¿Estás segura? —Su mirada
era cada vez más intensa—. Ese fue el año en que vine. ¿Cuándo? ¿En qué mes?
—Agosto… agosto 15[3].
Seizo apretó sus puños.
—¿Agosto 15, 1945?
—Sí…
—Caí al mar el 18 de julio —La miró fijamente como si
fuera culpa de ella—. ¡Sólo faltaba medio mes!
Youko sólo pudo asentir. No sabía qué decir, así que no
dijo nada mientras el viejo Seizo empezaba a nombrar la larga lista de cosas
que había sacrificado por la guerra. Gradualmente, su exasperación se convirtió
en una divagación sobre sus recuerdos.
La noche se hizo interminable y
cerca de la medianoche, el anciano empezó a preguntar más sobre Youko. Quería
saber sobre su familia, cosas como el tipo de casa donde vivía, en qué
trabajaban y dónde comían. Se le hacía difícil responder algunas preguntas,
pues los recuerdos todavía eran demasiado recientes. Además, había un
pensamiento acechando desde una esquina de su mente: he aquí alguien que había
terminado aquí mucho antes de que ella naciera, y no había podido regresar.
¿Cuántas oportunidades tenía ella?
¿Estaba Youko mirándose a sí misma dentro de muchos
años? ¿Viviría para siempre en este lugar extraño sin poder regresar a casa?
Este hombre estaba tan solo, atrapado aquí todos estos años sin poder hablar
con nadie. Youko se dio cuenta de la suerte increíble que habían tenido para
encontrarse.
—No sé qué pensar —Seizo estaba sentado sobre el piso
con las piernas cruzadas, sus codos descansaban sobre sus rodillas, su cara
estaba sobre sus manos—. Dejé a mis amigos, mi familia, vine aquí solo. Aunque
habrán muerto por los bombardeos… pero
dices que todo terminó sólo medio mes después. Sólo medio mes.
Youko seguía callada.
—Si hubiera estado cuando la guerra terminó, podría
haberme divertido nuevamente. Podría haber comido todo lo que quisiera, podría
haber estado con mi familia, pero en vez de eso…
—No es tu culpa —empezó a decir Youko.
—Hubiera sido mejor morir durante los bombardeos. Sería
mejor que estar aquí, en esta pesadilla donde no conozco el lugar ni sé hablar
su idioma… Los ojos de Youko se abrieron.
—¿No puedes hablar el idioma?
—¿Esos disparates? Claro, he aprendido una que otra
palabra. Pero eso es todo. ¿Crees que quería trabajar aquí? Es todo lo que pude
hacer —el anciano se detuvo y lanzó una mirada recelosa a Youko—. Espera… ¿tú
sí lo entiendes?
—S-sí —tartamudeó Youko—. Pero no sé por qué —Miró al
hombre—. Pensé que hablaban japonés.
—¡Tonterías! —resopló Seizo, anonadado—. ¿Dices que eso
es japonés? Si a excepción de mí, la primera vez que he escuchado japonés en
cuarenta años fue hoy, de ti. No estoy seguro de qué idioma hablan. Suena un
poco como chino, pero…
—Pero sí usan caracteres chinos, ¿no?
—Sí, pero lo que sale de sus bocas no es chino. En el
puerto tenía algunos compañeros chinos y no sonaban así.
—¡Pero eso no tiene sentido! —dijo Youko confundida—.
He podido hablar con ellos desde que llegué. Pero no hablo ningún idioma
extranjero. Tienen que estar hablando japonés.
—¿Entiendes a las otras personas del lugar?
—¡Sí!
Seizo sacudió la cabeza.
—Bueno, lo que escuchas no… no es japonés. Nadie habla
japonés en este lugar. Eso te lo puedo asegurar.
No es japonés… ¿Qué está pasando aquí?
Youko no tenía la menor duda que lo que había estado
escuchando era japonés. Pero este hombre decía que no lo era. Pero, aun así, a diferencia
de un ligero acento, no escuchaba ninguna diferencia entre el idioma que había
escuchado durante toda su estancia en Kou y lo que ambos estaban hablando
ahora.
—Este país se llama Kou, ¿no es así? ¿Escrito con el
carácter de habilidad?
Youko dibujó el carácter en la mesa con su mano:
—Así es.
—Y somos kaikyaku, venimos del Mar del Vacío…
¿el Kyokai?
—Así es —dijo, levantando una ceja.
—Hay una oficina en esta ciudad, la oficina
territorial, ¿verdad?
—¿Oficina territorial…? Nunca he
escuchado de eso. Quizá te refieres al goujou.
—Bueno, pensé que era algo parecido a una oficina
prefuctural en Japón, ¿algo del gobierno?
—Bueno, si te refieres a la persona más importante, ese
debe ser el kensei.
—¿Qué? —dijo Youko—. Pero los hombres aquellos dijeron
que me llevarían ante el magistrado.
—Quizá entendiste mal la palabra.
—Está bien —dijo Youko, respirando profundo—. En el
invierno, las personas viven en ciudades, y en verano viven en aldeas.
—En invierno la gente vive en ri, y en verano
viven en roh.
—Pero lo que escuché fue… —Youko sacudió la cabeza.
El anciano miró fijamente a Youko.
—¡¿Quién eres?!
—Yo…
—No eres un kaikyaku, al menos no uno como yo.
Escúchame, chiquilla. He estado solo desde el día en que llegué. Dejé Japón y
la guerra en medio de un desastre, terminé en este lugar en el que no conocía
ni el idioma ni las costumbres; ahora soy un anciano y nunca tuve esposa ni
hijos. Estoy tan solo como se puede estar.
¿Qué estaba pasando? Youko sólo estaba medio consciente
de las palabras del hombre mientras buscaba en su mente alguna pista, alguna
razón por la que ella tendría una habilidad que ese hombre no. Hasta ahora, no
se le ocurría nada. Seizo continuaba hablando.
—Fui de mal en peor. ¡Pero tú! ¡Has vivido una vida fácil
en Japón gracias a nuestros sacrificios! ¿Y aquí también vivirás fácilmente? No
es justo. ¡¿Por qué?!
—¿Y cómo voy a saberlo? —exclamó Youko, saliendo de su
confusa meditación.
Un momento después, escuchó la voz de alguien del otro
lado de la puerta.
—¿Pasa algo?
Seizo puso un dedo sobre sus labios, y Youko miró
ansiosamente hacia la puerta.
—Lo siento, no pasa nada.
—Sí, bueno, te agradecería que guardaras silencio. Aquí
hay otros huéspedes.
—Bajaré la voz.
Esperó hasta que escuchó que los
pasos se alejaban y entonces suspiró de alivio. Se dio la vuelta y se encontró
con la mirada desconfiada del anciano.
—¿Lo entendiste, no es así?
Youko asintió.
—Así es.
—Estaba hablando su idioma.
—Y… ¿qué hablé yo?
—Sonó como japonés.
—Pero me entendió.
—Así parece.
Youko seguía sintiendo que había estado hablando sólo
un idioma. Y sólo había estado escuchando un idioma, el mismo idioma con
excepción de alguna palabra rara o pronunciación extraña. ¿Cómo podía explicar
esto?
La expresión del anciano se relajó.
—Bueno, supongo que hay varias clases de kaikyaku.
Cuando dijo kaikyaku, Youko notó nuevamente una
diferencia en su pronunciación con la de la gente de Kou. Había algo diferente
en su entonación que hacía que sonara menos como una palabra local y más como
japonés normal.
—¿Y cómo lo haces?
—Eso es lo que no entiendo.
—Entonces somos dos —dijo Seizo con un suspiro.
—¿Por qué llegué aquí? ¿Por qué somos tan diferentes?
¿Por qué soy tan diferente?
Youko levantó una mano y rozó suavemente su cabello
teñido.
—¿Cómo vuelvo a casa?
—Oh, busqué una forma. La respuesta es: no puedes
volver a casa —Seizo se rio melancólicamente—. Si pudiera volver, créeme, me
habría ido hace mucho tiempo. Aunque si volviera ahora sería como el viejo Rip
Van Winkle[4]... —El hombre miró
a Youko y ella creyó ver una profunda tristeza en sus ojos—. ¿A dónde irás,
señorita?
—Realmente no tengo a dónde ir.
Puedo… ¿puedo preguntarte algo?
—¿El qué?
—¿No te atraparon cuando llegaste?
—¿Atraparme? —Seizo frunció el ceño, entonces sus ojos
se abrieron como si se hubiera dado cuenta de algo—. Ah, cierto. ¿A los de aquí
no les gustan los kaikyaku, no es así? No, no, para mí fue diferente.
Primero fui a Kei.
—¿Kei? ¿El reino vecino?
—Así es. Parece que tratan a los kaikyaku
diferente en cada lugar. Cuando llegué a Kei me hicieron ciudadano
inmediatamente. Viví allí hasta hace un año, cuando el rey falleció y las cosas
se salieron de control. Había muchos problemas para vivir allí después de eso,
así que hui aquí.
Youko recordó a los refugiados que había visto en la
ciudad.
—¿Así que no me perseguirían si voy allí?
Seizo asintió.
—No por ser un kaikyaku. Por supuesto, las cosas
están peores ahora. Hay una guerra, y el reino está en mal estado. La aldea
donde vivía fue atacada por demonios, la mitad de la gente murió.
—¿Los mataron los demonios? ¿No fue la guerra?
—Es lo mismo. Cuando un reino se corrompe, los demonios
aparecen, y pasan cosas peores. Sequías, inundaciones, terremotos. Cosas malas,
una tras otra. Por eso me fui.
Youko se cubrió los ojos con las manos. Por un momento,
había tenido la esperanza de que Kei fuera la respuesta, pero ahora le parecía
que sus opciones eran menos que seductoras: podía seguir viviendo como fugitiva
en Kou o huir a Kei donde podía terminar en la mitad de una guerra.
—Ah, y también está el que seas una chica, aunque pasas
bien como chico vestida con esa ropa. Verás, las mujeres se fueron mucho antes
que yo. Antes de morir, el rey se volvió loco. Intentó echar a todas las
mujeres del reino. ¿Puedes creerlo?
—Qué raro.
—Es cierto. Escuché que mataban mujeres en Gyoten -la
capital-. Las cosas jamás fueron muy bien allí, y cuando empezaron a echar a
las mujeres, muchas personas lo tomaron como una señal para irse. Lo mejor es
alejarse de allí. Imagino que ahora es un nido de demonios. Solía venir mucha
gente de allí diariamente, pero las cantidades han bajado a casi nada. Quizá ni
siquiera pueden pasar por la frontera.
—Y-ya veo —tartamudeó Youko.
—Comparado con Kei, Kou es un paraíso. Pero supongo que
no es fácil ser un fugitivo —Seizo sonrió sumisamente—. Puede que no sepa mucho
de Japón, pero sé bastante sobre este lugar. Prácticamente soy uno de ellos,
claro, con excepción del idioma.
—A mí me pareces bastante japonés.
Seizo rio y levantó las manos.
—Quizá. Quizá…
—Señor Matsuyama, yo… —Youko quería explicar su
predicamento, pero no encontraba las palabras correctas.
Seizo sonrió, aunque ella podía ver las lágrimas
brillando en sus ojos.
—Ya lo sé, no es tu culpa —dijo—. Es suficientemente
difícil ser un desconocido en este lugar, sin estar a la fuga. Creo que de
alguna manera tú estás en una situación más difícil que la mía.
Youko sólo sacudía la cabeza.
—Bueno, debo volver a trabajar. Cuídate, señorita.
Con esas palabras, el anciano se levantó y salió de la
habitación cerrando la puerta tras de sí.
Youko casi lo llamó, pero lo pensó mejor y sólo
murmuró:
—Buenas noches.
Youko
sacó un futón del estante, lo tiró al suelo y se desparramó sobre él con un
profundo suspiro. La noche desaparecía y habían pasado días desde que había
dormido en algo parecido a una cama, pero, aun así, no podía cerrar los ojos.
Podía sentir su mente acelerada.
Las personas de Kou no hablaban japonés. ¿Entonces cómo
les entendía? Imaginó qué habría pasado si no fuera así, tenía una buena idea
de dónde estaría ahora. Sin embargo, no podía empezar a imaginar cómo esto era
posible.
¿Y qué estaba diciendo cuando habló con el hombre del
otro lado de la puerta? ¿Por qué le sonó como japonés al anciano, pero no a los
otros?
Además,
cuando el anciano usaba palabras locales, sonaban un poco diferentes a cuando
otras personas las pronunciaban. Eso le pareció lo más raro. Y también estaba
el que ella y Seizo usaran palabras diferentes para la misma cosa. ¿De dónde
venían las palabras de Youko? ¿Por qué él nunca había escuchado hablar del
magistrado?
Youko miraba fijamente el techo.
Me están traduciendo.
Algo en algún lugar, de alguna forma, estaba
traduciendo las palabras antes de que llegaran a los oídos de Youko, y luego
traducía lo que ella decía de forma que todo el que la escuchara entendiera lo
que decía: aun si hablaban idiomas diferentes.
—¿Jouyu? ¿Eres tú el que está haciendo esto? —dijo en
voz alta, mirando sobre su hombro para hablar con su espalda. Como siempre, no
hubo respuesta.
Cuando el sueño finalmente la alcanzó, Youko durmió
como siempre, con la espada abrazada cerca de su pecho.
Cuando despertó, la esquina de su habitación donde
había dejado la bolsa de Takki, estaba vacía.
Youko dio un salto y revisó la puerta.
Cerrada.
Corrió por el pasillo y encontró a uno de los
sirvientes, a quien le explicó lo que había pasado. Él y otro trabajador
entraron y examinaron el interior de la habitación, y entonces revisaron la
puerta con miradas desconfiadas. Sus ojos se fijaron en Youko.
—¿Estás segura de que tenías esa bolsa en primer lugar?
—Por supuesto. Mi bolsa de dinero estaba allí. Alguien
la robó.
—Pero la cerradura está en su lugar.
—¿No tienen una llave maestra?
El hombre se dio la vuelta para mirarla aún más
recelosamente.
—¿insinúas que uno de nosotros lo robó?
—Creo que nunca existió tal bolsa —dijo el otro—.
Planeó esto para pasar la noche gratis.
El hombre se acercó a ella. Youko puso la mano
suavemente sobre el bulto de ropa en su mano izquierda. Podía sentir la
empuñadura de la espada a través de la tela.
—Eso no es cierto.
El hombre ladeó la cabeza, sonriendo.
—Quizá te debamos hacer pagar ahora.
—Pero ya les dije, me han robado el dinero.
—Entonces tendremos que llevarte ante el magistrado. Él
sabrá qué hacer.
—Esperad… —dijo Youko. Estaba intentando ganar tiempo
mientras desenvolvía la espada, pero entonces recordó a Seizo—. Llamen al
anciano que estuvo aquí anoche.
Sí, él me ayudará. Él apoyará mi versión.
—¿El anciano?
—Sí, el de Kei. El señor Matsuyama.
Los hombres se miraron entre sí.
—¿Qué tiene él que ver con esto?
—Llamadlo. Él estuvo aquí anoche. Vio mi bolsa.
El hombre en el umbral hizo un
gesto con su barbilla al joven tras él, quien se fue corriendo por el pasillo,
y dio la vuelta para mirar a Youko.
—¿Qué es eso bajo tu brazo?
—Nada de valor.
—¿Oh? Yo seré quien juzgue eso.
—Una vez el anciano esté aquí, te dejaré —le contestó.
El hombre frunció el ceño con desconfianza. Pronto escucharon pasos volviendo
del pasillo. El sirviente más joven había regresado.
—No está aquí.
—¿No está?
—Se fue, y se llevó sus cosas con él. Creo que el viejo
Matsumaya huyó.
Youko apretó los dientes. ¿Cómo pudo ser capaz?
El viejo y triste Seizo, quien parecía tan amable e
indefenso -casi lamentable- se había llevado sus pertenencias. Youko cerró los
ojos.
Traicionada. Traicionada por un compañero kaikyaku.
Quizá no la pudo perdonar por crecer después de la
guerra o porque entendía el idioma. O quizá había planeado robarle desde antes
de saber su historia. Le hablaría, se ganaría su confianza, su simpatía; y
entonces le robaría mientras dormía.
Pensó haber encontrado finalmente un amigo, un
compañero en el exilio. No había tenido el coraje de confiar en nadie tras la
traición de Takki, pero él era un kaikyaku, un compatriota. Parecía tan
feliz de verla…
Claro que estaba feliz. Había encontrado una presa
fácil.
Youko sintió la bilis en su boca. La ira emergió de
ella como un mar oscuro y tempestuoso. Sentía que se estaba convirtiendo en
otra cosa, un animal salvaje, feroz y fuera de control.
—Él lo robo —dijo Youko, descargando ondas de ira.
—No, él es un trotamundos. Simplemente no le gustaba
este lugar —dijo el hombre desdeñosamente—. Suficiente charla. Me darás lo que
llevas allí. Ya decidiré si contiene algo de valor.
Youko agarró la empuñadura y no se movió.
—Es a mí a quien le robaron. Soy la víctima.
—Y este es nuestro negocio. No podemos dejar que la
gente se quede gratis, no importa lo creativa que sea la historia.
—No es mi culpa que hayan contratado a un mal
trabajador, a un ladrón.
—Suficiente, chico. Dámela. —El hombre empezaba a
cerrar la distancia entre ellos y Youko se agachó. Su brazo derecho se movió
rápidamente, rasgando la tela que envolvía la espada. La luz que entraba por la
pequeña ventana hizo brillar el frío metal, creando brillantes reflejos en las
esquinas de la habitación.
—¡¿Q-qué es esto?! —El hombre retrocedió un paso.
—Fuera de mi camino. Soy yo la perjudicada, y no pienso
dejar que suceda de nuevo.
El joven se había ido. Podía escucharlo bajar por el
pasillo, gritando, dejando a su compañero confundido en el umbral.
—Dije que te movieras, si quieres mi dinero, encuentra
al anciano.
—Esto es lo que planeabas desde el principio, ¿no es
así? —preguntó el hombre.
—No. Encuentra al anciano y coge el dinero de mi bolsa.
Sacó el arma de un tirón y el hombre se tambaleó hacia
atrás. Youko dio tres pasos y extendió la espada. El hombre se escabulló de
lado, se dio la vuelta y huyó.
Youko corrió tras él.
En las escaleras, pudo ver a varios hombres subiendo,
quizá eran a los que el joven había llamado. Youko movió la espada y retrocedieron,
dejando el camino libre para poder correr hacia el vestíbulo y luego hasta la
puerta principal. Salió del hotel y se introdujo en la multitud de afuera,
escabulléndose en la muchedumbre.
Mientras Youko corría, sintió un ligero dolor en su
muñeca derecha: donde Seizo la había agarrado con esa mirada de feroz soledad
en sus ojos.
El dolor era una lección, pensó mientras corría.
No debo confiar en nadie más nunca.
Una
vez más, Youko regresó a sus días de vagar sin rumbo y dormir a la intemperie.
Al principio, más o menos seguía la carretera con la
esperanza de llegar a la ciudad siguiente. No tenía dinero, así que no
encontraría ni comida ni alojamiento, pero pensó que al menos podría entrar y
dormir con los refugiados bajo las murallas de la ciudad. Aun así, cuanto más
pensaba que tendría que estar entre una gran multitud, más se petrificaba, al
igual que le pasaba con esos guardias crueles que buscaban kaikyakus en
las entradas de cada ciudad.
No tengo aliados en este lugar. No tengo amigos.
Parecía que no se le permitiría la comodidad de la
compañía o de la comida. Si estar en una ciudad significaba más traición, Youko
prefería luchar contra demonios y dormir a la intemperie.
Si cambiar de ropa la había hecho parecer menos
femenina, también la había hecho parecer más joven. Algunas veces, Youko se
encontraba rodeada de grupos de viajeros que usualmente la trataban con un
desprecio que a veces se convertía en amenaza; aunque en estos días nunca
dudaba en sacar la espada al primer indicio de peligro, fuera demonio o humano.
Durante el día, vigilaba atentamente a los otros
viajeros; y durante la noche, utilizaba su espada para lidiar con los demonios.
Si dormía de noche, corría el riesgo de que la atacaran, así que viajaba
durante las horas más frías desde el atardecer hasta el amanecer y dormía
cuando el sol brillaba alto en el cielo.
En las aldeas que bordeaban la carretera, había casas
donde vendían comida, pero éstas sólo atendían a viajeros matutinos, y como no
tenía dinero, no había comido nada. En un par de ocasiones, impulsada por un
hambre incesante, había intentado tragarse su recelo y buscar trabajo, pero las
ciudades estaban llenas de refugiados y había poco trabajo disponible. Una
joven de aspecto esquelético como ella era menos probable que consiguiera
trabajo comparada con los demás.
Los demonios aparecían de noche y
algunas veces la asediaban durante el día. El miedo, la fatiga y el hambre
retorcieron sus días hasta convertirlos en una maraña interminable de miseria.
Y para empeorarlo, el mono azul seguía acechándola con sus burlas y susurros.
“Mejor
hubieras muerto, ¿mmm?”. Y también estaban las visiones.
Era duro ver a su madre llorar. Sin embargo, no podía
dejar de mirar la espada cuando empezaba a brillar, así fuera sólo para ver
algo familiar. Deseaba más que nada acurrucarse en su cama en casa y hablar con
alguien -cualquiera- que no la fuera a traicionar.
La espada le mostraba imágenes cada noche, como si
respondiera a su deseo de ir a casa. No estaba segura de si el poder de la
espada sólo se manifestaba de noche, o si ese era el único momento en que lo
notaba. Los momentos de oscuridad en que estaba demasiado ocupada eludiendo a
los demonios para siquiera pensar en su casa, la dejaban exhausta; y entonces,
durante los momentos más calmados, su nostalgia regresaba con fuerza,
carcomiéndole el corazón hasta que se sentía vacía por dentro. Sabía que podía
ignorar a la espada cuando empezara a brillar, pero no era lo suficientemente
fuerte para resistirse.
Y así, en esta noche, Youko se encontró nuevamente
observando la débil luminosidad de la espada. Había huido de una manada de
demonios, atravesando caminos y claros hasta llegar a lo profundo de las montañas.
Ahora estaba sentada, exhausta, su cabeza descansaba sobre el tronco de
alabastro de un árbol cercano.
Por aquel entonces, los bosques le
eran familiares, pero estos árboles, que se veían ocasionalmente en las áreas
montañosas más profundas, eran completamente desconocidos para Youko. Su
corteza era de un blanco puro y sus ramas eran lo suficientemente largas para
albergar una casa completa, aunque sería una casa muy baja, porque hasta la más
alta de las ramas medía un poco más de dos metros.
Las ramas sin hojas bajo el árbol colgaban tan bajo
como para tocar el suelo en algunas partes. Eran delgadas, pero muy
resistentes, de hecho, eran tan resistentes que Youko descubrió que ni aun el
filo de su espada podía hacerles ni una muesca. Los árboles eran como hermosas
esculturas hechas de metal color blanco porcelana. Bayas de color dorado
colgaban de sus ramas, pero cuando intentó tomar una, parecía estar fusionada
con la madera y no se soltaba no importaba lo fuerte que tirara de ella.
Las ramas blancas de estos árboles resaltaban en la
oscuridad del bosque y se podían ver desde lejos incluso de noche. Brillaban
muy fuerte, particularmente en noches de luna, y Youko se había encariñado con
la vista. Aunque las ramas eran tan bajas para tocar la tierra en su perímetro,
si buscaba con cuidado bajo ellas, siempre podía encontrar suficiente espacio
para sentarse cerca del tronco. Resguardarse bajo esas ramas blancas era como
estar en algún tipo de santuario, los demonios venían con menos frecuencia y
los animales salvajes nunca aparecían.
Así que se sentó, con la espalda contra el tronco, y
observó la espada. Diez días habían pasado desde que se encontró con el anciano
kaikyaku en Takkyu.
La espada reflejaba un halo sobre su cabeza que a su
vez venía reflejado de la luz de las ramas cercanas, y los racimos de bayas
brillaban como el oro. Youko esperaba, como siempre, para ver a su madre; pero
hoy había más formas moviéndose en la espada.
Un hombre alto. Ropa negra. Una chica. Una gran
habitación con muchos escritorios.
Era su clase.
Mientras la imagen se enfocaba, pudo ver a varias de
sus compañeras en lo que parecía ser un gran salón. Observó a las chicas: sus
cabellos secos y perfectamente arreglados, sus uniformes planchados, su pálida
piel parecía más limpia que cualquier cosa que Youko había visto. No podía
evitar pensar en cómo era ahora, y la hacía reír amargamente.
—¿Eschuchaste que Nakajima huyó de casa?
La primera voz en romper el silencio estuvo seguida por
una avalancha de otras.
—¿Nakajima? ¡No te creo!
—¡No, te lo juro! Ayer no vino a la escuela, ¿verdad?
Fue cuando huyó. ¡Su madre nos llamó anoche! Sí que me sorprendió.
Youko se dio cuenta de que debía estar viendo una
escena de hace un tiempo.
—¿Nakajima? ¡Quién lo habría dicho!
—Increíble, era la representante de la clase y todo.
—Te lo digo, cuanto más serias son, más esconden.
—Es verdad.
Youko rio nuevamente. Sentía que
estaba observando a un grupo de extraterrestres, el contraste con su situación
actual era demasiado grande.
—¿Escuchaste que un montón de gente rara vino a la
escuela a verla? Dicen que el tipo parecía peligroso.
—¿Un tipo? ¡Ánimo, Nakajima!
—¿Así que se fugaron juntos?
—Puede ser. ¡Y, además, todas esas ventanas rotas en la
sala de profesores! Dicen que uno de sus amigos hizo eso.
—¿En serio?
—¿Y qué tal el tipo? ¿Era guapo?
—Oh, no sé, pero supuestamente
tenía el pelo muy largo y estaba teñido o algo porque era de color dorado. Y
llevaba una ropa muy rara.
Youko seguía sentada sin moverse mientras observaba la
visión en la espada en la que hablaban de Keiki.
—Seguro que a Nakajima le gustaba el heavy metal.
—¡Tienes razón!
—¡Lo sabía! Y siempre decía que no se teñía el pelo. Es
increíble que acabase creyéndomelo.
—Sí, como si alguien pudiera tener ese color
naturalmente.
—Obviamente era una gran mentira. Nadie nace con
el pelo de ese color.
—Escuché que dejó su bolso y su abrigo en la clase.
—¡¿Eh?! ¡Qué raro! ¿Por qué habrá hecho eso?
—¡Es verdad! Moritsuka los vio aquí ayer.
—Definitivamente se fugó. Ya sabes, romance y toda la
pesca. Se fue sin más que la ropa que llevaba puesta…
—No sé, si no se llevó nada con ella, ¿sigue contando
como fuga? ¡Es casi como si se hubiera perdido o la hubieran secuestrado!
—¡Qué miedo!
—¡Seguro que mañana vemos un anuncio de ella en la
estación!
—Sí, y su madre los pegará por toda la ciudad.
—“¿Ha visto a esta chica?”
—Aah, vamos, eso no se dice. ¿Y si en realidad ha
pasado algo?
—¡Oye, a mí no me mires! No le hice nada.
—Seguro que huyó…
—Sí, sí. Siempre son los buenos estudiantes los que se
vuelven locos.
—Yo apuesto que se fugó. ¡Quién diría que debajo de esa
cara tan seria, las llamas del amor ardían con fuerza!
—Ahora te burlas, ¡pensé que eran amigas!
—¿Amigas? ¡Vamos! Le hablaba, pero realmente nunca me
cayó bien.
—Sí, era una sabelotodo.
—¡Cierto!
—Siempre estaba hablando de lo estrictos que eran sus
padres, como si fuera algún tipo de princesa. Como si el resto de nosotros
lleváramos una vida más fácil.
—¡Sí! Aunque no me quejo. Es decir, al menos había
alguien a quien copiarle los deberes.
—Es verdad. Lo que me recuerda que todavía no he hecho
los deberes de matemáticas de hoy.
—¡Yo tampoco!
—Esperad, ¿nadie los ha hecho?
—¿Qué? ¿Te parece que mi apellido es Nakajima?
—¡Youko! ¡Vuelve, Youko!
La risa se contagió como un virus a través de la habitación. Finalmente, la escena se apagó y desapareció. Youko vio a las figuras doblarse y retorcerse en la superficie de la espada, perdiendo gradualmente la forma. Parpadeó lentamente una vez para aclarar la vista y cuando sus ojos se abrieron nuevamente, todo había acabado. La superficie de la espada en sus manos estaba apagada una vez más.
Repentinamente,
sintió la espada terriblemente pesada, y la apoyó en el suelo.
Una parte de ella sabía -y siempre había sabido- que
esas personas a quienes llamaba amigas, realmente no lo eran. Sólo eran
compañeras, atrapadas en la misma jaula estrecha que ella, forzadas a estar
hombro a hombro con ella por un tiempo. Una vez subieran de grado o fuesen
transferidas a clases diferentes, se olvidarían las unas de las otras. Después
de la graduación, nunca volverían a verse. Youko estaba segura de que así eran
las cosas.
Pero aun así no pudo aguantar las lágrimas.
Sí, habían sido amistades de conveniencia, pero quizá,
sólo quizá, se había permitido tener la esperanza de que había algo más
profundo escondido allí, la esperanza de que algún día encontraría una conexión
verdadera y eterna con alguien.
Quería entrar corriendo a la clase y decirles todo lo
que realmente le había sucedido. Sus reacciones no tendrían precio.
El mundo de ellas era uno diferente, uno pacífico y
distante. Oh, ellas también tendrían problemas, igual que Youko en su antigua
vida. Llegarían a conocer el dolor, y sólo pensar en eso le hacía sonreír con
los labios secos mientras se acomodaba en el suelo para descansar.
Youko fue expulsada de ese mundo, estaba completamente
sola. Se enroscó y cerró los ojos.
Ah, se había sentido sola
antes, después de una pelea con sus padres o alguna discusión con esos mismos
amigos, o cuando alguien había herido sus sentimientos. Qué equivocada estaba.
Siempre había tenido un hogar al que volver, gente que no le haría daño, cosas
para aliviar sus preocupaciones. Y aunque hubiera perdido todo eso, siempre
habría estado segura de que podía hacer nuevos amigos.
Son sólo amistades de conveniencia.
Fue entonces que escuchó la voz,
tan chirriante como siempre, no importa cuantas veces la escuchara. Youko
frunció el ceño mientras se acostaba en el suelo.
—No te vas a casa. ¡Jeje! No puedes irte a casa.
¡Ojojo!
—Cállate.
—¿Todavía estás pensando que podrás irte a casa?
¿Por qué no lo intentas, mmm? Aunque nadie te está esperando. ¡Jeje! Qué mal,
qué mal. Supongo que no valía la pena esperarte.
Youko decidió que el mono azul debía estar relacionado
con las visiones de la espada. Siempre aparecía antes o después de las
visiones. Nunca la hería sólo la irritaba. Esa fea voz fastidiosa tenía una
forma de decir las cosas que ella no quería escuchar, pero nunca le puso una
pata encima. Eso explicaría por qué Jouyu nunca se tensionaba cuando el mono
azul aparecía.
—Allí está mi madre. Ella está esperándome.
Youko recordó la visión que había visto de su madre
cogiendo sus peluches y llorando. Aun si no tenía amigos verdaderos en su
clase, sabía que pasara lo que pasara, su madre estaba de su lado. La nostalgia
se despertó dolorosamente en su pecho.
—Mi madre estaba llorando. Es por eso por lo que debo
volver a casa.
El mono rio todavía más fuerte.
—Sí, sí, bueno, al final es una madre. Siempre están
tristes de ver a sus chiquillos partir. Pero verás, eso no tiene que ver contigo.
—¿Qué quieres decir? —Youko levantó los ojos para mirar
el rostro azul brillante, su barbilla descansaba sobre la hierba a un brazo de
distancia.
—Verás, en realidad no está triste por perderte. Sólo
se siente mal por ella misma, por perder a su hija. ¿Qué? No habrás pensado…
Las palabras del mono apuñalaron el pecho de Youko.
Quería gritarle, dejar salir toda su ira y su frustración, pero su aliento
estaba atrapado en la garganta.
—No importaría quién fuera el hijo. Podría ser el
mocoso más fastidioso y malo, y aun así estaría triste, recuerda mis palabras.
Las madres son así.
—Cállate.
—No tienes por qué cabrearte. Simplemente he dicho la
verdad —el mono carcajeó fuertemente—. ¡Igual que una vaca que antes era una
ternera, o un cerdo que antes era un cochinillo! Vive con ellos el tiempo
suficiente, velos crecer y pronto te apegas. ¿Entiendes?
—¡Cállate! —Youko se incorporó y alistó la espada.
—Oh, estoy aterrorizado. ¡Mira como tiemblo! —el mono
reía—. ¿Todavía quieres ver a tus padres? ¿Aunque ya sabes la verdad, mmm?
—No te estoy escuchando.
—Oh, no te molestes en decírmelo. Lo sé. Sólo quieres
ir a casa. No es que extrañes a tus padres. Sólo quieres dormir en una cama
cómoda, ¿mmm? ¿Quieres comida caliente sobre tu mesa? No te importan las
personas. ¿Por qué te habrían de importar?
—¡¿Qué?!
El mono carcajeó.
—Tus padres no te traicionarán. ¿Eso es lo que piensas?
¿Estás segura? No, no, a ti no. ¡¿Cómo podrían traicionarte?! ¡A su cochinilla,
jamás!
—¿Qué…?
—O quizá eres más como su perro o su gato. Una mascota,
¿mmm? Qué bonito, cuando se portan bien y se dejan acariciar. Pero los echan
rápidamente a la calle cuando muerden la mano que los alimenta o desordenan la
casa. Por supuesto, tus padres no podrían echarte a ti. Tienen vecinos.
Pero si nadie está mirando, hay muchos padres que le retorcerían el pescuezo a
sus hijos con gusto, ¿mmm?
—Eso es ridículo.
—¿Ridículo? Oh, estoy de acuerdo —Los ojos del mono
brillaron con astucia—. Verás, lo que les gusta es la idea de ellos mismos
cuidando de sus hijos. ¡Sí, aman hacer el papel de buenos padres! ¡Qué
ridículo! —Su chirriante risa resonó en los oídos de Youko—. ¿No es igual
contigo, chiquilla?
Youko detuvo la mano cerca de la empuñadura.
—Tú también haces un papel: el de
la “buena hija”, ¿mmm? ¿Escuchabas a tus padres porque pensabas que tenían
razón? Oh, no, eras como un perro, observando la mano de su amo, deseando
morderla, y morderla con fuerza, pero también con miedo de que le peguen.
Youko se mordió el labio. Aun con todas sus faltas, sus
padres eran buenas personas. No, nunca tuvo miedo de que le pegaran o de que la
echaran de casa. Pero, Youko se dio cuenta de que se había preocupado por
castigos menos severos: que la regañaran, ver a su madre infeliz, no obtener
las cosas que pedía. Sabía que había observado sus rostros buscando indicios de
aprobación o desaprobación.
—¡La buena hija! ¡Buena con sus padres! Mentiras,
mentiras, mentiras, las dicen en todos los hogares de todos los lugares. Y es
el buen hijo el que teme más que nadie que le echen, así que todos los días
debe actuar como un buen hijo ante sus padres. Y buenos padres, eso también es
mentira. No existe tal cosa. Sólo los cobardes tienen miedo de lo que sus
vecinos podrían decir. Ah, pero es tan fácil: sabes que habrá traición. Traicionarás
a tus padres. Tus padres te traicionarán. Todas las personas son así, sí, ¡y tú
eres como ellas! Traicionas y te traicionan, ¿mmm?
—¡Monstruo!
El mono carcajeó con más fuerza.
—¡Ese es el espíritu! Oh, sí, soy un monstruo, pero uno
honesto. No digo mentiras. No habrá traición de mi parte, ¿mmm? Oh, qué triste
que no me escuches.
—¡Cállate!
—No puedes irte a casa, ¿eh? Estarías mejor muerta,
¿mmm? ¿Qué te pasa? ¿Te falta coraje? Entonces escoge una mejor manera de vivir
con eso —el mono extendió una de sus esqueléticas patas y señaló la espada en
las manos de Youko—. Estás tan llenas de mentiras, que te mientes a ti misma.
¡No tienes amigos! Todos son tus enemigos. Hasta Keiki, él también es un
enemigo. Tienes hambre, ¿no es así? ¿Quieres vivir mejor y tener un techo sobre
tu cabeza? Usa la espada. Mata y toma lo que necesites.
—¡Te he dicho que te calles!
—¿Por qué te sentirías mal? Después de todo, te
estarías llevando un dinero sucio. Sólo toma un poco. Córtalos una vez y mátalos.
Eso te conseguirá un techo.
Girando repentinamente, Youko movió su espada en la
dirección de la chirriante voz, pero no había nada allí. La risa del mono
resonó en la noche, desapareciendo en la distancia.
Youko raspó la tierra bajo ella. Sus manos se curvaron como garras, y excavó en la tierra, y por un momento pensó que podría sentir que mudaba de piel, las escamas caían de entre sus dedos.
Youko estaba perdida. No tenía
idea de cuántos días habían pasado desde que dejó Takkyu, y mucho menos cuántos
días habían pasado desde que se fue de casa. No tenía idea de dónde estaba o de
a dónde iba, y cada día que pasaba le importaba menos y menos.
El sol se metía, así que se sacaba la espada. Los
enemigos llegaban, así que peleaba. La mañana llegaba, así que encontraba un
lugar donde dormir. Y el ciclo seguía y seguía, y Youko no veía razón por la
que debería terminar.
Se había vuelto la cosa más natural en el mundo para
ella el caminar apoyada en la espada mientras apretaba la joya en una mano. Si
no había con qué pelear, se sentaba y descansaba. Cuando había un par de
ataques, bajaría el ritmo, dejando que sus pies se arrastraran por el suelo.
Descubrió que había empezado a hablar consigo misma cuando estaba sola,
murmuraba en voz baja.
El hambre estaba en su interior, aferrado a ella como
un nuevo órgano dentro de su cuerpo. Una vez, de la desesperación, había
cortado a uno de los demonios que había matado y había levantado un pedazo de
carne al nivel de su boca, pero el hedor hizo que se ahogara y tosiera. También
intentó cazar, pero para el momento en que atrapó algo, había estado tanto
tiempo sin comer, que su cuerpo no aceptaba comida sólida.
Le daba la bienvenida al amanecer al final de una de
muchas noches y decidió apartarse de la carretera para probar suerte nuevamente
en las montañas, pero su fatiga hizo que caminar por el bosque fuera difícil.
Las raíces pasaban por sus pies, y finalmente se cayó, dando volteretas por una
pendiente. Cuando dejó de rodar, durmió allí, indiferente a todo. Ni siquiera
había mirado alrededor antes de caer en un profundo sueño catatónico.
Durmió sin tener sueños, y cuando se despertó, notó que
no podía levantarse. Estaba en una pequeña cañada rodeada de un bosque lleno de
matorrales. El sol estaba bajo en el cielo. La noche se aproximaba. Si
continuaba allí, incapaz de moverse, sería una presa fácil para los demonios.
Ah, seguramente Jouyu obligaría a sus miembros a levantarse y a pelear contra
los primeros y quizá los segundos, pero no creía que su cuerpo soportaría más
que eso.
Youko raspó el suelo con las uñas. Debía volver al
camino, allí podría pedir la ayuda de alguien. Era eso o morir allí. Sus manos
apretaron la joya alrededor de su cuello, y la sostuvieron fuertemente como si
fuera un salvavidas, pero todavía no encontraba la fuerza para incorporarse,
aun usando la espada de apoyo.
—Nadie vendrá a ayudarte.
Los ojos de Youko se dirigieron inmediatamente en
dirección de un repentino sonido. Era la primera vez que escuchaba al mono azul
hablar durante el día.
—Al final descansarás, ¿mmm?
Youko simplemente miró distraídamente al esponjoso
cabello del mono, como si mirara la pelusa de una flor y se preguntó por qué
había aparecido antes del anochecer, mucho antes de que la espada le mostrara
las visiones.
—Arrástrate hasta el camino si quieres, te atraparán
como a un pez en la orilla. Oh, te ayudarán inmediatamente… ¡Te ayudarán a
ponerle fin a tu miseria! ¡Jaja!
Supongo que tiene razón,
pensó Youko confundida. Pero tenía que pedir ayuda. Lo deseaba con todas sus
fuerzas, aunque dudaba que pasaría. Lo más probable es que se arrastraría hasta
la carretera y nadie pasaría. Muchos refugiados se desmayaban en el camino y
nadie los ayudaba. Ella sería uno de ellos, una vagabunda sucia y olvidada.
Nada más.
Si tenía suerte, los viajeros que la encontraran, la
ahuyentarían. Quien fuera, miraría a Youko para ver si tenía algo que valiera
la pena robar y se llevaría la espada. Tal vez hasta le harían el favor de
matarla con ella antes de irse. Ese era el tipo de lugar que era este mundo.
De repente, un pensamiento
floreció en su mente, se había dado cuenta de algo, era como un momento de
claridad en medio de la agonía de una fiebre alta. En las pocas horas en las
que no estaba peleando contra demonios o durmiendo como una muerta, a veces se
preguntaba por qué el mono azul la molestaba. Ahora parecía obvio. Estaba aquí
para alimentarse de su desesperación. Como un vampiro emocional[5],
decía en voz alta la inseguridad que se escondía en el corazón de Youko, y la
hacía derrumbarse. Es por eso por lo que venía.
Youko sonrió, estaba feliz de haber resuelto este
pequeño misterio. El logro le dio la fuerza de rodar. Tensionó los brazos y se
obligó a sentarse.
—¿No deberías rendirte y ya?
—Cállate.
—Habría sido tan rápido…
—¡Cállate!
Youko clavó la punta de la espada en el suelo.
Afirmando sus débiles rodillas, se aferró a la empuñadura, las articulaciones
de sus manos protestaban. Intentó levantarse, pero perdió el equilibrio y cayó
al suelo. Estaba asombrada de lo pesado que parecía su cuerpo. Era como si
fuera una criatura creada para arrastrarse por el suelo, incapaz de levantarse,
el producto de una horrible evolución.
—¿Deseas vivir con tantas fuerzas? ¿Cuál es el
propósito?
—Debo volver.
—Después de todo lo que has pasado, ¿realmente crees
que vivirás para poder regresar?
—Me voy a casa.
—No puedes ir a casa. No puedes cruzar el Mar del
Vacío. Te traicionarán y morirás en esta tierra.
—Mientes.
Ella tenía un aliado. Su espada. Agarró la empuñadura y
apretó la mano. No había más nada en que confiar, nada a qué aferrarse: sólo su
espada la sostenía.
Además, la espada le recordaba de su esperanza.
Keiki le había dado la espada, y
él nunca había dicho que no podría regresar. Si sólo pudiera encontrarlo, quizá
podría encontrar una forma de regresar.
—¿Estás segura de que Keiki no es el enemigo?
No, no debo pensar eso.
—¿Realmente crees que vendrá a salvarte?
No lo pensaré.
Era mejor encontrar a Keiki que vagar sin rumbo para
siempre. Amigo o enemigo, lo encontraría. No podía pensar en otra cosa que
hacer. Lo encontraría, y le preguntaría por qué la había traído aquí y si había
una forma de regresar a casa; de hecho, le haría cada pregunta que se había
hecho.
—Así que irías a casa si pudieras. ¿Y eso arreglará
todo? Oh, no lo creo.
—Calla. Eso ya lo sé.
Youko nunca olvidaría este lugar, aunque encontrara una
manera de regresar a casa. No podría simplemente regresar a su vida anterior,
pretendiendo que nada de esto había pasado. Tampoco estaba segura de si pudiera
ser como solía, su antigua yo, ni en el interior o el exterior. Una cosa era
segura: si su apariencia seguía como la de ahora, nunca podría volver a ser
Youko Nakajima.
—Oh, qué triste, cochinilla tonta.
La risa del mono desapareció en la distancia. Youko se
sentó nuevamente. Ni siquiera sabía por qué quería volver a casa. Sí, era una
tontería. Sí, podía ser una meta superficial, una solución temporal; pero
pensaba que, si se iba a rendir, debió haberlo hecho hace mucho. Era muy tarde
ya.
Youko recordó su cuerpo. Estaba cubierta de heridas y
sucia de sangre y barro. Su ropa estaba todavía más rasgada hasta el punto en
que era un poco más que jirones, y cada movimiento que hacía, dejaba salir un
hedor que llegaba hasta sus fosas nasales. Pero cualquiera que fuera su
apariencia, había podido defender su vida a cada paso, y no iba a desperdiciar
todo eso ahora. Si morir realmente era mejor, entonces debió morir en la azotea
de la escuela, al principio, cuando el kochou fue por ella. Pero de
alguna manera, eso iba en contra de su naturaleza.
No era que no quisiera morir. Tampoco era que quisiera
vivir. Simplemente no quería rendirse.
Casa. Iría a casa, aun si ya no
era su casa. Ya habría tiempo para preocuparse por lo que le esperaba. Hasta
ese momento, se protegería a sí misma. Se mantendría con vida, sobreviviría. No
quería morir en este lugar.
Youko se levantó, apoyando todo su peso en la espada.
La clavó en la pendiente y empezó a subir. Nunca habría pensado que una
pendiente tan poco inclinada y tan corta sería tan amargamente difícil de
escalar.
Se resbaló incontables veces, forzándose a sí misma
hasta que al fin llegó a la cima, donde cayó. Levantó la mirada y estiró los
brazos. Allí, a unos cuantos metros, estaba el camino.
Clavando las uñas en la tierra, se arrastró hasta el
camino, sus músculos destrozados gritaban exhaustos. Rodó hasta la superficie
de tierra compacta y recién se había puesto boca arriba cuando de repente
escuchó un sonido.
Youko no pudo evitar reír amargamente ante el sonido
que llegaba del otro lado del camino. Este lugar me conoce demasiado bien. Y
me odia.
La voz que escuchó y que se acercaba rápidamente, era
el llanto de un bebé hambriento.
La
manada de perros-demonio que se aproximaba a toda velocidad, animados
fragmentos de noche en la menguante luz del día eran casi iguales a los que la
habían atacado en el otro camino hace tanto tiempo. Para cuando hubo acabado
con la mayoría, su espada se sentía pesada en sus manos entumecidas por la
fatiga y el desconcierto, y estaba cubierta de sangre.
Se dio la vuelta para enfrentarse a un superviviente
que iba a atacarla desde abajo. Lo cortó en el costado y entonces hundió más
profundo la espada, enviando al monstruo hacia unas hierbas donde pataleó por
un momento y luego se quedó quieto. El entumecimiento se extendió hacia los
brazos y piernas de Youko, y aturdida, cayó de rodillas. Un profundo mordisco
en su muslo derecho escurría sangre, pero no sentía dolor. Sus pies eran
bloques de plomo.
Sus ojos observaron sus piernas pegajosas por la
sangre, y luego subieron nuevamente, buscando a más enemigos en el camino
montañoso. Quedaba uno.
El último perro-demonio era más grande que cualquiera
de los otros que había matado. También parecía más fuerte. Ya había tenido
enfrentamientos dos veces con él, pero parecía estar ileso.
Youko observó a la criatura agacharse, preparándose para
saltar. Aseguró la empuñadura. A través de las semanas, la espada se había
convertido en una extensión de su brazo, pero ahora, solamente el levantar la
punta para que se aproximara al demonio que se acercaba, parecía una tarea
imposible. Youko se sintió terriblemente mareada, y sus pensamientos nadaban a
través de aguas pantanosas.
Movió su espada hacia la borrosa forma del demonio que
saltaba. No hubo esfuerzo en ese movimiento, ni siquiera le había dado la
vuelta para que el filo cortara al enemigo. En vez de eso, le estaba pegando
con la parte sin filo del metal. Aun tomando prestada un poco de la habilidad
de Jouyu, esto era lo mejor que podía hacer.
Sin embargo, la espada logró derribar a la criatura. La
figura negra rodó por el suelo, y entonces se levantó rápidamente y saltó
nuevamente hacia ella. Esta vez, Youko hundió la espada en su nariz.
La punta de la espada cortó el costado de la cara de la
bestia, pero no antes de que las afiladas garras se encontraran con el hombro
de Youko. El impacto casi la hizo dejar caer el arma, pero de alguna manera la
pudo sostener; con toda la fuerza que le quedaba, movió el arma en dirección a
la criatura chillona que rodaba en el suelo.
La velocidad de la espada era demasiada para poderla
controlar. Todo su cuerpo se inclinó hacia adelante, siguiendo el arco del
corte mientras la espada se hundía en el cuello del demonio. Youko sintió el
filo atravesar un denso pelaje negro, luego músculo y tendones. Entonces, el
arma estaba libre y seguía descendiendo, la punta se hundió en la tierra junto
al monstruo caído, y a esto le siguió una lluvia de sangre negra.
Youko cayó al suelo y se quedó inmóvil allí, a un brazo
de distancia de un demonio herido. Ambos combatientes permanecieron inmóviles
por un momento que pareció durar una eternidad. Y entonces, al mismo tiempo,
ambos levantaron las cabezas y sus ojos se encontraron. La espada de Youko
brillaba en su lugar, su punta clavada en el suelo, casi fuera de alcance. La
boca de la bestia se abrió en una sonrisa burlona y dejó caer una espuma
sangrienta sobre la tierra del camino. Y entonces se sentaron, mirándose el uno
al otro.
Youko fue la primera en moverse.
Con sus cansadas manos se acercó y tomó la empuñadura de la espada una vez más,
e inclinándose con su peso sobre la espada, sacó la punta del suelo. Un
instante después, la bestia saltó, pero estaba demasiada herida para mantenerse
de pie. Todavía de rodillas, Youko lo observó tambalearse y caer fuertemente de
costado. Youko levantó la incómoda espada sobre su cabeza, gateó hacia el
demonio caído. La criatura levantó su cabeza y balbuceó un gemido, sangre
espumosa salió de su hocico. Sus cuatro patas se clavaban débilmente en la
tierra mientras intentaba en vano levantarse y huir.
Youko bajó la espada con ambos brazos, dejando que el
peso de la espada la llevara profundo en el cuello del monstruo. La espada
brilló con la oscura sangre, y la criatura se estiró, sus cuatro miembros
temblando con espasmos, sus garras extendidas.
Nuevamente la bestia balbuceó. Por un momento, Youko
tuvo la extraña impresión de que estaba intentando decir algo.
¿A quién le importa lo que tenga para decir?
Utilizando el último gramo de fuerza, Youko levantó la
espada y la movió nuevamente hacía el cuello con pelaje negro. Esta vez, la bestia
no reaccionó.
Youko se aseguró de que la espada
había atravesado el cuello del demonio antes de soltar la espada. Entonces cayó
boca arriba en el suelo, observando el nublado cielo del crepúsculo. Después de
un rato, intentó tomar una bocanada de aire, y el costado del pecho le ardía
como si estuviera incendiándose. Con cada respiración sentía que su garganta se
abría en dos. Sus brazos y piernas estaban tan entumecidas que habría sido
mejor cortarlos, pues no le servían de nada.
Quería tomar la joya con sus manos, pero no podía mover
los dedos. Así que se sentó, haciendo un intento de ignorar el mareo que hacía
que el suelo debajo de ella diera vueltas como un barco en medio de una
tormenta. Había nubes a través de todo el cielo oscuro, el pálido rubor del sol
poniente pintaba sus bordes de color escarlata.
De repente, una violenta nausea se apoderó de ella. Se
puso de costado y empezó a vomitar. Los malolientes jugos de su estómago vacío
resbalaban por su mejilla. Respiraba con dificultad, ahogándose con la
repugnante acidez.
Sobreviví.
De alguna manera, había vencido a la muerte una vez
más.
¡Sobreviví!
Todavía tosiendo, repitió esas palabras en su cabeza
hasta que su respiración se normalizó. Y entonces escuchó un sonido.
Era el sonido de pisadas acercándose. Youko levantó la
cabeza, temiendo la llegada de un nuevo enemigo, pero hasta ese movimiento era
demasiado para su maltratado cuerpo. El mundo giraba alrededor de ella y todo
se oscureció. La última cosa que sintió fue el costado de su cabeza golpeando
el suelo.
No puedo moverme.
La consciencia llegó a Youko como una onda vertiginosa.
Una imagen bailaba en su mente, algo que había visto un segundo antes de
desmayarse. El color dorado.
—¡Keiki! —gritó, con una mejilla sobre el suelo—.
¡Keiki!
Eras tú. Enviaste esos demonios.
—¡Dime por qué!
Escuchó pasos acercándose. Youko levantó la cabeza con
cuidado, moviendo dolorosamente sus pesados ojos hacia arriba, y pudo ver el
dobladillo de un hermoso kimono. Sus ojos se movieron hacia más arriba hasta
que alcanzó a ver un largo pelo dorado.
—¿Por qué…? —la voz de Youko se apagaba. El rostro no
era el de Keiki. Youko gimió. Ni siquiera era un hombre.
Una mujer con un cabello dorado como el de Keiki la
miraba. Youko forzó sus ojos a mantenerse abiertos.
—¿Quién eres?
Era hermosa. Youko pensó que debía tener unos diez años
más que ella. Por alguna razón, parecía triste. De hecho, parecía estar a punto
de llorar. En ese momento, una colorida mancha llamó la atención de Youko:
Allí, en uno de los delgados hombros de la mujer, se posaba un enorme loro con
el plumaje más brillante que hubiera visto jamás.
—¿Quién…? —preguntó Youko con un susurro ronco, pero la
mujer simplemente estaba de pie allí, mirándola fijamente en silencio. Una
lágrima salió de su ojo.
¿Qué?
La mujer
parpadeó lentamente, haciendo que lágrimas translúcidas rodaran por sus
mejillas. Youko estaba sorprendida. Miró sin comprender nada mientras la mujer
se alejaba de ella para examinar el cadáver del gran perro-demonio que yacía
cerca. Su expresión era de dolor, como si hubiese conocido a la criatura, como
si la hubiese querido. Dio otro paso en esa dirección y cayó de rodillas junto
al cadáver.
Youko sólo podía observar. Aunque hubiese querido
moverse, no habría podido. Estaba completamente entumecida, incapaz de mover ni
un dedo.
La mujer acercó suavemente una mano y tocó a la bestia
caída. Había algo rojo en la punta de sus dedos, y retiró la mano como si
hubiera tocado algo caliente y la hubiera quemado.
—¿Quién eres? —preguntó Youko.
La mujer no respondió. Estiró la mano nuevamente y esta
vez tomó la empuñadura de la espada que estaba clavada en la bestia y la sacó.
Puso la espada en el suelo y arrulló la cabeza de la bestia sobre su regazo.
—¿Fuiste… fuiste tú quién envió esas bestias para
matarme?
La mujer acariciaba el pelaje de la bestia muerta.
Sangre y suciedad manchaban su kimono fino.
—Y los otros demonios. ¿También los enviaste tú? ¿Por
qué? ¿Qué he hecho para que me odies tanto?
La mujer sacudió la cabeza, con la bestia todavía en su
regazo. Youko frunció el ceño y el loro en el hombro de la mujer aleteó.
—Mátala.
Los ojos de Youko se dirigieron
inmediatamente hacia el ave. Sin duda había sido el loro el que había hablado.
La mujer movió la cabeza para mirar al ave en su hombro.
—¡Acaba con ella!
Por primera vez, la extraña mujer habló:
—No puedo.
—Mátala. Termina con su vida.
—¡Perdonadme! ¡No puedo hacerlo! —exclamó la mujer,
moviendo la cabeza violentamente.
—Te lo ordeno.
—No puedo.
El loro aleteó y alzó el vuelo. Dio una vuelta y
aterrizó en el suelo.
—Entonces coge la espada.
—La espada le pertenece a ella. No me servirá de nada.
—Había dolor en la voz de la mujer.
—¡Entonces córtale los brazos! —gritó el loro, batiendo
las alas en el suelo—. Al menos podrás hacer eso. Córtale los brazos, para que
no pueda blandir la espada nunca más.
—No puedo usar esa espada.
—Entonces usa esto.
El loro abrió el pico, y desde lo más profundo de su
garganta, tras su afilada lengua, algo blanco y brillante apareció. Los ojos de
Youko se abrieron como platos. El loro estaba vomitando lentamente algo, algo
increíblemente largo. Un minuto después, el objeto cayó al suelo: era una
espada con una vaina negra, pegajosa por la mucosa de la garganta del loro.
—Úsala.
—Por favor, no me obliguéis a hacerlo —rogó la mujer
con una expresión de desesperación. El loro aleteó impacientemente.
—Hazlo.
La mujer se protegió el rostro como
si la voz le llegara físicamente.
Youko luchaba. Tenía que levantarse y escapar. Sin
embargo, lo único que podía hacer era clavar las uñas en el suelo.
La mujer levantó del suelo la espada negra que el loro
había vomitado. Con las manos empapadas de la sangre del demonio, desenvainó la
espada.
—¿Quién… quién eres? Por favor, detente.
¿Quién o qué es ese loro? ¿Y ese demonio? ¿Qué está
pasando?
La mujer movió los labios de forma casi imperceptible.
Youko pensó haber entendido dos débiles palabras:
—Lo siento.
—Por favor… no lo hagas.
La mujer dirigió la punta de la espada hacia la mano
derecha de Youko, la cual seguía infructuosamente clavada en la tierra. La
espada se movió. La mujer parecía estar al borde del colapso, aunque Youko no
se le ocurría por qué, aparentemente no tenía heridas.
El loro voló y se posó en el brazo de Youko. Sus garras
se clavaban en su piel. Su peso era inmenso, era como si una gran roca
estuviera en su brazo. Quería apartarlo, pero su brazo estaba pegado al suelo.
El loro exclamó:
—¡Hazlo!
La mujer levantó la espada.
—¡No! —Youko se forzó a luchar contra el peso del loro,
pero fue demasiado tarde. La espada bajó como un destello de luz.
No hubo dolor, sólo un impacto silencioso.
¿Este es el momento en que conoceré mi destino?
El dolor todavía no había aparecido cuando la
consciencia de Youko ya se había dado por vencida.
Un dolor insoportable trajo a Youko de vuelta a la
realidad. Abrió sus ojos y miró su mano por encima. La espada estaba de forma
vertical, atravesaba su palma y estaba firmemente clavada en el suelo debajo de
ella.
Por un momento, sólo la observaba, sin comprender qué
pasaba. Levantó la mirada hacia el cielo nublado, y luego la bajó para observar
la espada que se erguía en el suelo, derecha como un pararrayos. Un momento después, el dolor la hizo regresar
a gritos a un estado consciente.
La delgada espada había atravesado completamente su
mano. El dolor de la herida subía por sus brazos en forma de ondas, subiendo
hasta su hombro y golpeando su cabeza.
Intentó mover el brazo, pero se detuvo inmediatamente
cuando la desgarradora agonía la hizo gemir. Le llevó un tiempo el recobrar la
compostura.
Entonces, con cuidado de no mover la mano, se sentó,
intentando ignorar el dolor y el mareo. Temblando, estiró la mano izquierda y
cogió la empuñadura de la espada. Cerrando sus ojos y apretando los dientes,
tiró de ella. El dolor se extendió por todo su ser, haciendo convulsionar su
cuerpo.
La espada estaba fuera. La tiró a un lado y apretando
su mano herida, se retorció de dolor en el suelo junto al perro-demonio caído,
entonces gritó hasta que su voz se convirtió en un llanto ronco. El dolor le
hizo sentir unas violentas nauseas.
Al final, al borde del delirio, buscó la joya en el
bolsillo del pecho de su camisa rasgada. Cuando la encontró, la apretó
fuertemente. Y entonces la puso en su mano derecha. Apretando los dientes,
presionó la joya contra su palma herida y se enroscó en el suelo.
El poder milagroso de la joya había salvado nuevamente
a Youko. El dolor desapareció casi inmediatamente. Yació ahí por un tiempo,
recuperando el aliento y entonces se incorporó nuevamente. Miró alrededor pero
no vio señales de la mujer o el loro. Mientras seguía presionando la joya en la
herida, intentó mover los dedos en su mano derecha, pero no podía sentir nada
de la muñeca hacia abajo. Se sentó allí por un rato, usando su mano izquierda
para apretar los dedos de la derecha que rodeaban la joya. Sintió una oscuridad
fría subiendo por su columna, y lentamente todo se oscureció.
Los
ojos de Youko se abrieron y miró hacia el cielo oscuro. En el horizonte, las
nubes todavía seguían pintadas de color crepúsculo. Había estado inconsciente
sólo por poco tiempo.
¿Quién era la mujer de pelo dorado? ¿Por qué había
apuñalado a Youko? No podía pensar en una explicación posible para lo que había
sucedido, era otro misterio que añadir a su lista que ya era larga. Youko
estaba harta de los misterios. Mientras estaba en el suelo, toqueteaba alrededor,
buscando su propia espada, y cuando la encontró, la apretó en su pecho, tuvo
cuidado con su mano derecha y se quedó inmóvil.
Habían pasado unos minutos cuando escuchó una voz.
—¿Eh?
Alguien se encontraba cerca de ella sobre un camino,
era una niña, quien se dio la vuelta y llamó a su madre. Una mujer llegó
corriendo y se detuvo cuando vio a Youko tirada en el barro.
Youko miraba fijamente el rostro
de la niña. Parecía una eternidad desde la última vez que había visto algo tan inocente.
La madre también parecía benevolente, honesta. Llevaba una gran canasta en su
espalda y su ropa era muy precaria, hecha de tela áspera y teñida con barro.
Ambas se acercaron a Youko, se veía preocupación en sus
rostros. Como si fueran una misma, hicieron muecas cuando se acercaron al
cadáver del perro-demonio. Youko no podía moverse. Simplemente observaba
mientras se acercaban.
Por un breve momento, sintió esperanza. Al fin había
sido salvada. Pero entonces, una nube oscura pasó por su rostro y la
inseguridad revivió en su pecho: era demasiado perfecto. Aquí estaba ella,
completamente exhausta. Era posible que nunca más pudiera caminar. La joya
había curado algo del dolor de su mano, pero no completamente. Si alguien la
atacara, sería su final; y la noche con todos sus demonios, se acercaba
rápidamente. Qué suerte que casualmente encontrara a estas dos amables
viajeras.
Es el mismo tipo de suerte que me llevó a casa de Takki, pensó. Es el mismo tipo de suerte que me llevó
hacia Seizo. Es el mismo tipo de suerte que me trajo a este mundo en primer
lugar. Mala suerte.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
Youko sintió las manos de la niña tocarle las mejillas.
La madre se agachó y levantó a Youko. La sensación de calidez a través de su
ropa, la hizo sentir enferma.
—¿Qué te pasó? —preguntó la madre—. ¿Te atacaron?
¿Estás herido? —Sus ojos encontraron la mano derecha de Youko y exclamó
suavemente—: ¿Qué? Espera…
La mujer metió la mano en la manga de su kimono y sacó
una tela delgada parecida a un pañuelo, con la que procedió a envolver la mano
derecha de Youko. La niña bajó la bolsa que llevaba y de ella sacó un tubo de
bambú. Se lo ofreció a Youko.
—Oiga, señor, ¿quiere un poco de agua?
Youko dudó. Esta niña la llevaba en su bolsa, debe
ser su propia agua. No envenenaría su propia agua.
Youko observó con cuidado para asegurarse de que la
niña no le echaba nada al tubo de bambú. Convencida, Youko asintió, y las
diminutas manos quitaron el corcho y pusieron la boca del tubo en los labios de
Youko. Agua tibia bajó por su garganta y repentinamente, respirar se le hizo
más fácil.
—No… no has estado comiendo, ¿verdad? —dijo la madre.
Youko no sentía hambre, pero sabía que debía estar
famélica, así que asintió ligeramente.
—¿Cuánto tiempo ha pasado?
Youko permaneció en silencio. Era demasiado esfuerzo el
intentar contar los días.
—Mamá, tengo algo de pan frito.
—No, no, eso no servirá. No será capaz de comerlo.
Danos algo de dulce.
—Bien.
La niña empezó a escudriñar en el bulto que su madre
había dejado en el suelo. Era una gran canasta de mimbre llena de jarrones de
diferentes tamaños. Youko había visto gente llevando cosas similares muchas
veces por el camino. La niña sacó una varita con algo que parecía dulce duro
adherido. Vendedores de dulce.
—Eso servirá —dijo la mujer, asintiendo.
Sin dudarlo esta vez, Youko estiró la mano izquierda y
tomó el dulce. Era tan dulce que le supo mal.
—¿Estás viajando? ¿Qué pasó aquí?
Youko no respondió. No podía decir la verdad y no tenía
fuerzas para pensar en una mentira.
—Si fuiste atacado por demonios —La mujer miró la
carnicería a su alrededor—. Bueno, tienes suerte de estar vivo. ¿Puedes
levantarte? El sol se pondrá pronto. Pero estamos cerca de una aldea que está
al pie de la montaña. ¿Puedes caminar hasta allí?
Youko negó con la cabeza. Lo que quería decir es que no
quería ir a la aldea, pero la mujer asumió que se refería a que no podía
moverse. Se dirigió a la niña:
—Kuyo, corre a la aldea y llama a alguien. ¡Lo más
rápido que puedas! La noche se acerca.
—Sí, mamá.
—No… —masculló Youko, sentándose. Observó al asombrado
dúo—. Gracias — dijo, tambaleándose hasta lograr ponerse de pie, resultado de
un esfuerzo heroico. Todo lo que podía hacer era poner un pie en frente de
otro. Youko se tambaleó a través del camino hasta el otro lado, donde la
pendiente de la montaña se inclinaba.
—Espera, ¿a dónde crees que vas? —gritó la madre.
Youko no tenía idea. No respondió.
—El sol se está poniendo. Si vas a las montañas,
morirás.
Youko cruzó lentamente el camino. Cada paso enviaba una
sacudida de dolor a sus piernas y hasta su mano derecha.
—Ven con nosotras a la aldea.
La pendiente delante de ella era demasiado inclinada, y
Youko se dio cuenta de que subirla le costaría algunos huesos, especialmente
sin poder usar su mano.
—Somos comerciantes. Trabajamos en Bakurou. No somos
ladronas. Al menos ven con nosotras a la aldea. Por favor.
Youko cogió una vara tirada en el camino.
—¡Espera!
—Estoy bien, estoy acostumbrado. Gracias por el dulce.
La mujer miraba perpleja a Youko, una expresión que
podía ser señal de su amabilidad frustrada u otra cosa. Youko no tenía idea de
qué era, y no tenía intención de averiguarlo.
Se forzó a sí misma, subió con dificultad los primeros
metros de la pendiente inclinada, había hecho una pausa para recobrar el
aliento cuando escuchó a la niña llamándola desde abajo. Bajó la mirada y vio a
la niña de pie con sus brazos estirados. En una mano llevaba la cantimplora y
en la otra una taza. La taza estaba llena de dulce.
—Tómala. No parece que tienes mucho.
—Pero yo…
—Por favor, Kuyo, ven.
La niña se estiró hasta los límites de su altura y
colocó la cantimplora y los dulces a los pies de Youko. Entonces se dio la
vuelta y corrió hacia su madre que estaba de pie con las bolsas.
Youko observó mientras madre e hija ponían las bolsas
en sus espaldas. No fue capaz de decir nada, ni siquiera de agradecerles, así
que sólo se quedó allí, atontada, observando al par darse la vuelta y bajar la
colina en dirección a la aldea.
Cuando ya no pudo verlas más, Youko se agachó y cogió
el tubo y la taza. Sintió que la fuerza se iba de sus piernas, y sus rodillas
cayeron al suelo.
Hice lo correcto. Estoy segura.
No tenía ninguna garantía de que esas personas que la
invitaron a la aldea llevaran buenas intenciones. Podrían cambiar una vez
pusieran un pie en la aldea. Y aunque no pretendieran hacerle daño, en cuanto
supieran que Youko era el kaikyaku fugitivo, los aldeanos la enviarían
ante los oficiales. Le dolía, pero debía tener cuidado. No podía confiar en
nadie, no debía atreverse a tener esperanza. En el momento en que bajara la
guardia, sufriría las consecuencias.
—Quizá en realidad querían ayudarte, ¿mmm? —preguntó la
familiar voz rechinante. Youko respondió sin darse la vuelta para mirarlo.
—Pudo haber sido una trampa.
—Pudo haber sido tu única oportunidad. ¿O te crees que la ayuda vendrá dos veces en
este lugar?
—¿Y qué pasa si no era ayuda?
—¿Tienes opción? Con esa mano y esas heridas… Creo que
no, ¿mmm?
—Lo lograré.
—Te has debido ir con ellas.
—Estaré bien.
—¡Morirás! Acabas de desperdiciar
tu primera y última oportunidad de obtener ayuda, chiquilla. Qué triste, qué
triste.
—¡Cállate!
Youko movió la espada, cortando
sólo el aire crepuscular, pues el mono no estaba por ningún lado. La única
señal de su presencia eran las carcajadas desapareciendo sobre ella en la
maleza de la montaña.
Youko miró el camino por el que
había venido. Aparecían manchas negras, manchas que eran apenas visibles en la
oscuridad. Estiró su mano sana y sintió una gota en la palma. Estaba empezando
a llover.
Esa
noche fue la más dura que había vivido.
Su fuerza estaba agotada. La fría lluvia le quitaba a
su cuerpo la escasa calidez que le quedaba. La ropa se pegaba a su piel,
dificultando sus movimientos. Sus miembros se negaban a moverse. Ya había
recuperado algo de sensación en su mano derecha, pero todavía no podía agarrar
nada, ni qué decir de llevar una espada. Además, la empuñadura de la espada
estaba pegajosa por la lluvia. Era una noche que haría que cualquier humano
corriera para buscar refugio, pero los demonios se deleitaban en ella. La
penumbra era tan oscura como una cueva lo que disimulaba sus siluetas, pero aun
así vinieron, mostrando sus dientes y farfullando, pequeños en tamaño, pero
grandes en número.
Youko se tambaleaba por barrancos embarrados,
revolcándose en la sangre de sus enemigos y derramando sangre de sus propias
heridas hasta que la lluvia se lo llevó todo, junto a su fuerza. La espada se
sentía pesada en su mano izquierda y los impulsos de Jouyu eran cada vez más
débiles y distantes, si es que seguía allí. Cada vez que un demonio llegaba,
sentía que la espada estaba cada vez más baja, hasta que llegó a temer que
quizá no la podría volver a levantar.
Alzó la mirada en dirección al cielo, como si estuviera
rezando, rogando para que llegara la mañana. Las noches que había pasado
huyendo antes parecían cortas, pero esta noche, con su flujo inagotable de
enemigos era inconcebiblemente larga. Una y otra vez dejó caer la espada,
sacando la fuerza para levantarla aun cuando los demonios le desgarraran la
piel. Finalmente, cuando el horizonte estaba indicando la llegada del amanecer,
encontró uno de los árboles blancos.
Youko rodó debajo, cogiendo una de
las ramas duras a su lado. En el suelo, recobró el aliento. Pudo sentir por un
largo tiempo a los demonios caminando en la distancia, acechando, hasta que
finalmente desaparecieron en la lluvia y se fueron.
El cielo se iluminó gradualmente, y pudo ver el dosel
enmarañado del árbol colgando sobre su cabeza.
—Estoy salvada…
Youko respiró. Sus hombros estaban pesados del
cansancio, y gotas de lluvia caían en su boca abierta.
Sus heridas se quejaban, estaban contaminadas de lodo,
pero ahora poco le molestaban. Por un rato estuvo allí de lado, jadeando en el
aire húmedo, esperando que los pedazos de cielo que podía ver a través de las
ramas blancas se iluminaran. Cuando sus pulmones dejaron de esforzarse, se dio
cuenta de que tenía mucho frío. El árbol blanco era una protección contra los
depredadores más grandes, pero era de poco ayuda para detener la lluvia. Sabía
que debía salir de allí y encontrar un refugio, pero su cuerpo se negaba a
moverse.
Apretó la joya, intentando obtener fuerza de ella, la
extraña energía le calentó la punta de los dedos. Con gran esfuerzo consiguió
rodar y salir de debajo de las ramas del árbol, empezó a bajar la pendiente a
gatas. La hierba y la tierra mojada le facilitaban bajar por la colina.
Quería evitar los caminos, pero
después de la persecución a través de la oscuridad de la noche anterior, no
tenía idea de cuán profundo en las montañas había ido.
Con la joya en una mano y utilizando la espada como
bastón, logró levantarse. El dolor de sus heridas era crónico, casi
insoportable. Con cada paso que daba, sus rodillas se doblaban, hasta que no
pudo soportarlo más y cayó redonda. Medio arrastrándose, llegó al final de la
pendiente, donde encontró un camino. Era más bien un lugar por donde pasaban
los animales, no un camino: no había señales de ruedas y tampoco era tan ancho
para permitir que un carro pasara. Una vez llegó a él, lo supo: este era su
final. Cayó de rodillas, clavando las uñas en el tronco de un árbol cercano en
un último esfuerzo para sostenerse. Youko cayó de cabeza contra el camino de
barro y no se movió.
Todavía sostenía firmemente la joya en su mano herida,
pero la débil calidez que salía de allí, hacía poco para aliviarla. Cualquier
fuerza que la joya le daba, era superada por lo que la lluvia se había llevado.
El poder milagroso de la joya había llegado a su límite.
Así que moriré aquí.
Youko sonrió. Probablemente sería la única de sus
compañeras en morir congelada.
Sus compañeras de clase… esas eran personas de otro
mundo. Siempre tendrían hogares esperando por ellas, familias para protegerlas
y un futuro garantizado libre de hambre y necesidades.
Había hecho todo lo que pudo. No quería rendirse, pero
hiciera lo que hiciera, apenas podía levantar un dedo. Entonces, nuevamente,
pensó, si su recompensa por llegar hasta su límite personal era una muerte
fácil, entonces quizá había valido la pena.
Después de un rato, pudo escuchar
un zumbido que se confundía con el sonido de la lluvia. Levantó los ojos, la espada
cercana a su mejilla brillaba pálidamente. No podía ver el costado de la espada
desde su posición con la mejilla contra el barro, pero pudo ver algunas formas
en el agua de lluvia que salpicaba al caer sobre el acero pulido.
—¿Nakajima?
Era la voz de un hombre, era su profesor. No podía ver
dónde se encontraba.
—Nakajima era una chica brillante, una de mis mejores
estudiantes. Nunca daba problemas.
Hablaba con alguien. Podía escuchar a la otra persona,
tenía una voz gruesa de hombre mayor.
—¿Vio señales de que podía estar asociándose con las
personas equivocadas?
—No que yo supiera.
—¿No que usted supiera?
Su profesor se encogió de hombros.
—Era una estudiante excepcional, la mejor de su clase.
Nunca me preocupé sobre con quién pasaba su tiempo libre. Es la última chica
que esperarías que se metiera en problemas.
—Un hombre extraño vino a la escuela, ¿es eso cierto?
—Es verdad, pero… en ese momento, parecía que Nakajima
no lo conocía. No estoy seguro de qué estaba pasando. Pero aun así tengo mis
dudas.
—¿Dudas?
El rostro de su profesor se retorció en una sonrisa
irónica.
—Quizá esa no es la palabra correcta. No… estoy seguro
de cómo decirlo. Verá, Nakajima era una estudiante excepcional. Se llevaba bien
con las otras chicas de su clase. Y parece que se llevaba bien con sus padres
también. Pero, ya sabe, eso no es posible.
—¿De veras?
—No estoy seguro de si debería decir esto, pero los
profesores… bueno, cada uno solemos tener un ideal de lo que debe ser un
estudiante, ¿no? Sus amigos son iguales. Y los padres, bueno, ellos tienen
cosas que quieren para sus hijos también. Cada uno de nosotros tiene sus
intenciones, la idea de lo que una persona debe ser, y lo imponemos en ellos
quieran o no. Ahora, es poco probable que todos nosotros tengamos el mismo
ideal en mente sobre un estudiante en particular. Si los profesores y los
padres cumplieran con sus objetivos, el estudiante sería miserable. Por
ejemplo, Nakajima. Era una «buena chica» con todos, ¿no?
El otro hombre asintió.
—Bueno, si me lo pregunta, sólo nos mostraba la cara
que queríamos ver. Lo que pienso es que, si Nakajima se llevaba tan bien con
todos, no hacía énfasis en nadie, ¿entiende? No estaba cultivando conexiones
reales con nadie.
—¿Ni con usted?
El rostro del profesor tomó una expresión amarga.
—Para ser brutalmente honesto, prefiero los estudiantes
algo problemáticos, ya sabe, los que precisan atención. Siempre pensé que
Nakajima era una buena chica, pero cuando se graduara, seguramente me olvidaría
de ella. Todos lo haríamos. Probablemente no la habría recordado cuando viniera
a una reunión de reencuentro.
—Ya veo…
—No sé si Nakajima lo hacía adrede o si sólo intentaba
ser una buena chica y eso era todo. Si era un acto, no tengo idea de qué hacía
a nuestras espaldas. Si no lo era, creo que sería terriblemente triste cuando
se enfrentara a la verdad. Se preguntaría quién era. Quizá hasta querría
desaparecer. Eso no me sorprendería.
Youko miraba fijamente la lluviosa imagen de su profesor,
estaba atónita. La imagen desapareció gradualmente y una chica apareció. Era
una estudiante con la que Youko se llevaba bastante bien.
—Escuché que eras amiga de Nakajima —preguntó el hombre
de la voz gruesa.
La chica estaba asustada.
—Realmente no, no éramos mejores amigas ni nada por el
estilo.
—¿En serio?
—Es verdad que hablábamos en la escuela, pero no nos
reuníamos después de clases ni nos llamábamos. Bueno, quizá una o dos veces,
pero eso es sólo ser una compañera de clase.
—Ya veo.
—Así que realmente no sé nada sobre ella, ¿de acuerdo?
Sólo hablábamos de cosas normales en clase.
—¿No te caía bien?
—No, no es que la odiara, pero tampoco pensaba que
tuviera nada de especial. Supongo que sólo estaba intentando ser sociable, no
porque de verdad me interesara o algo así.
—Mmm…
La próxima chica no fue tan amable:
—¿Nakajima? Era una hipócrita total.
—¿Hipócrita?
—Sí, por ejemplo, cuando molestábamos a alguien.
Simplemente asentía y seguía la corriente y decía “Sí, tienes razón” y cosas
así, pero cuando la otra chica decía cosas malas de nosotros, también asentía y
le seguía la corriente. Siempre mostraba su cara amable para todos… por eso es
por lo que no la soportaba.
—¿Amigas? ¿Nosotras? Ni loca. Ella
servía para quejarse por tener que hacer tareas y tal. Era buena escuchando
porque simplemente asentía por cualquier cosa que le dijeras. Eso es todo.
—Ya veo.
—Seguro que es por eso por lo que huyó de casa. Estaría
juntándose con gente rara a escondidas, hablando mal de sus compañeras de clase
y de los profesores. No me sorprendería. Es decir, ¿no es esa una situación
clásica? La buena chica con el oscuro secreto.
—¿Así que crees que hay una posibilidad de que se viera
envuelta en algún tipo de incidente?
—Bueno, quizá peleó con la gente a la que veía en
secreto. Sea como sea, no tiene nada que ver conmigo.
Otra chica fue aún más lejos:
—¿Quiere que sea honesta? Me alegro de que se haya ido.
—Te molestaban en clase, ¿no?
—Sí.
—¿Y Nakajima también lo hacía?
—Ajá, me ignoraba con los demás, mientras pretendía ser
una buena chica.
—¿Oh?
—Las otras chicas me decían cosas horribles y Nakajima
sólo se sentaba ahí, siguiéndoles la corriente, pero sin hacerlo en realidad.
Era como si no quisiera hacerlo, pero de todas maneras siguiera la corriente
porque no quería que la odiaran. Hubiera preferido que tomara una posición,
¿sabe? Era una cobarde.
—Creo que te entiendo.
—Allí estaba ella, la buena chica, mirándome con
lástima. Pero no las detenía. Eso me enfadaba aún más.
—Ya veo.
—Mire, se haya ido de casa o la hayan secuestrado o lo
que sea, eso no tiene nada que ver conmigo. Pase lo que le pase, entre ella y
yo, yo era la víctima. No tengo… simpatía por ella. Sólo espero no terminar
como ella. Puede sospechar de mí si quiere. No me caía bien, me alegro de que
se haya ido y no mentiré sobre eso. Es la verdad.
Fue su madre la que salió a su defensa. Estaba
encorvada en una silla.
—Era una buena chica. No era del tipo que huiría de
casa, o que se juntaría con la gente equivocada.
—Sí, pero parece que Youko no era feliz en casa.
La madre de Youko abrió los ojos sorprendida.
—¿Youko? No veo por qué no.
—Escuché que se quejaba con sus compañeras de que sus
padres eran demasiado estrictos —dijo el hombre.
—Oh, bueno, supongo que la regañábamos a veces, pero
ese es nuestro trabajo como padres, ¿no? No, no lo creo. Nunca pareció ser
infeliz, ni en lo más mínimo.
—¿Así que no
puede pensar en una razón por la que hubiera huido?
—Ni una. Simplemente es algo que ella no haría.
—¿Y qué pasa con el hombre que fue a la escuela
buscándola?
—No sé nada de eso, no era el tipo de chica que se
juntaría con desconocidos o, o… gente rara.
—¿Entonces por qué cree que desapareció?
—Quizá cuando venía de la escuela, alguien…
—Lo siento, no tenemos evidencia
de eso. Youko salió del salón de profesores con un hombre y no se le ha visto
más después. Aparentemente, el hombre no la obligaba a seguirlo. Algunos de los
profesores dicen que actuaba como si lo conociera.
La cabeza de su madre colgaba mientras escuchaba.
—Aparentemente, Youko dijo que no lo conocía, pero creo
que, aunque no se hubieran visto antes, estaban relacionados por algo. Quizá
tenían un amigo en común. Estamos investigando eso.
—¿E… es verdad que Youko se quejaba de su vida en casa?
—Parece que es así.
Su madre se cubrió el rostro con las manos.
—No parecía infeliz, no parecía el tipo de chica que
huiría o que se juntaría con la gente equivocada a nuestras espaldas. Es
verdad. No era alguien que involucraría a su familia en una tragedia.
—Bueno, los jóvenes no suelen mostrar sus verdaderas
personalidades ante sus padres.
—Pero si recuerdo escuchar a las otras familias hablar
de sus hijos y pensar qué buena chica era Youko. ¿Quizá debía haber sospechado
algo?
—Sí, bueno, nuestros hijos crecen contadas veces como
quisiéramos. Mi hija es una problemática empedernida.
—Es verdad, ¿no es así?... Parecía tan buena, hizo a
sus padres sentirse orgullosos. Supongo que… pudo habernos engañado. Quizá
estábamos equivocados por confiar en ella ciegamente.
Youko parpadeó.
No… Mamá…
Youko quería llorar, pero las lágrimas no salían. Movió
los labios para decir las palabras “No, eso no es verdad” una y otra vez, pero
no emitió ni un sonido. La imagen desapareció.
Youko yacía en un gran charco de agua de lluvia con su
cara medio hundida en el lodo, sin fuerzas para levantarse. Nadie de su antigua
vida podría haber adivinado dónde estaba ahora, ni siquiera en sus sueños más
salvajes. Es por eso por lo que dicen esas cosas. Porque no tienen idea.
Arrojada en este mundo desconocido
y brutal, pasando hambre sola y herida, incapaz de siquiera levantarse… y sin
embargo aquí estaba ella rechinando los dientes y deseando más que nada volver
a casa.
¿Casa?
¿A qué se refiere exactamente esa palabra?
Lentamente la verdad parecía tomar forma. Todo lo que
tenía en el otro mundo eran las personas… personas como las que había visto en
la espada.
¿Casa?
Nadie estaría esperándola allí. No tenía nada y nadie
la entendía. Mentiras.
Traiciones. Hasta donde sabía, este mundo y el otro
tenían mucho en común.
Siempre lo he sabido.
Pero… Quiero ir a casa.
Youko rio, silenciosa e irónicamente. Quería reír con
todas sus fuerzas, pero su rostro congelado por la lluvia no se movía. Quería
llorar también, pero no le quedaban lágrimas.
Suficiente.
Había
tenido suficiente, suficiente de todo. Youko permaneció allí y esperó a que
todo terminara.


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