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El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

miércoles, 1 de febrero de 2023

Sombra de Luna, un Mar de Sombras - Capítulo 5

 

CAPÍTULO 5

 

 

 

La lluvia seguía cayendo como delgadas tiras de seda bajando del cielo.

Youko estaba tirada de lado, con su mejilla en un charco, incapaz de levantarse -incapaz de llorar- cuando de repente escuchó movimientos en la maleza tras ella. Sus instintos le gritaban que mirara en esa dirección, pero apenas podía levantar la cabeza para ver qué se acercaba.

¿Un aldeano? ¿Un animal salvaje? ¿Un demonio?

Por supuesto, pensó, sea lo que sea, el resultado final será el mismo. No importa que sea capturada, atacada o simplemente la dejen allí en el lodo, terminará en el mismo lugar.

Muerta.

Lo que finalmente entró a su oscurecida visión no era nada de esas cosas. Ni siquiera era una persona. Era una criatura peculiar del tipo que jamás había visto antes.

Parecía una rata. Se balanceaba sobre sus patas traseras, como hacen algunos roedores, y se peinaba los bigotes justo como una rata. De hecho, la única cosa que no parecía de rata era que estaba levantada sobre sus patas, era tan alta como un niño humano. Así que, no era un animal salvaje común, pero tampoco era un demonio. Youko se había encontrado con suficientes de esos para saber la diferencia.

Llevaba una gran hoja sobre su cabeza como un paraguas para evitar mojarse, lo cual bordaba pequeñas cuentas de gotas plateadas en el verde casi transparente. Hermoso, pensó Youko distraída.

La rata se quedó de pie, mirándola fijamente con una expresión de sorpresa, aunque no excesivamente alarmada. Era un poco más gorda que las otras ratas que había visto en su mundo. Su pelaje era de un color en algún lugar entre marrón y gris, y parecía muy grueso, hasta esponjoso. Youko pensó en lo bien que se sentiría tocarlo. Las gotas de agua que caían allí parecían cuentas. La criatura estaba cubierta de pelo por todas partes, hasta en su cola, lo que era bueno, pensó Youko, porque no había una cosa que le diera más asco que las colas desnudas de las ratas.

La cosa parecida a una rata se tocó los bigotes varias veces, y entonces, caminando en sus patas traseras, se acercó a Youko. Se inclinó sobre ella, observándola. Una pequeña pata tocó su hombro.

—¿Estás bien? 

Youko parpadeó. La voz sonaba como la de un niño, pero sin dudas salía de la cosa parecida a una rata que estaba de pie junto a ella. La criatura ladeó la cabeza, tenía una expresión extraña en su cara.

—¿Qué pasa? ¿No te puedes mover?

Utilizando la poca fuerza que le quedaba, Youko movió el cuello para poder mirar directamente a la cara de la criatura. Asintió. De alguna forma, el hecho de que esa cosa no era un humano la hacía sentirse más tranquila.

La rata suspiró y estiró una pata.

—Vamos, mi casa está por allí.

Youko suspiró como respuesta, aunque no estaba segura de sí era un suspiro de alivio o de desesperanza.

Intentó tomar la pata de la criatura, pero sólo las puntas de sus dedos se movieron. La rata acercó sus pequeños dedos cálidos alrededor de la fría mano de Youko.

Apoyada sobre el sorprendentemente fuerte roedor, Youko se permitió ser llevada, tambaleando, hasta una pequeña casa entre los árboles. Recordó una entrada y caminar a través de ella y entonces todo se desvaneció.

En las largas horas que siguieron, su consciencia iba a la deriva, la recobraba y la perdía, vio muchas cosas, pero su mente no encontraba el sentido de ninguna. No sabía dónde estaba, o si había alguien allí con ella, o si se podría volver a levantar. Pasó por ataques de sueño profundo alternando con ligeros sueños febriles, y cuando al fin se despertó estaba dentro de una casa sencilla, sobre una cama rústica.

Miró confundida al techo por un rato y entonces se sentó de un salto. Saltando de la cama, aterrizó sobre un suelo de madera y cayó inmediatamente. Sus piernas eran completamente inservibles.

Aparentemente no había nadie más en la pequeña habitación. Mareada, Youko miró alrededor, y entonces se arrastró hacia el pie de la cama, pero no encontró ninguna amenaza. Había una pequeña mesa y un estante que eran un poco más que unas cuantas tablas pegadas con alguna tela encima; sobre el estante, descansaban su espada y la joya azul.

Youko dejó salir un suspiro de alivio. Después de frotarse las piernas para estimular la circulación, finalmente logró levantarse y llegar hasta el estante. Se puso la joya alrededor del cuello, tomó la espada y la tela que le había estado sirviendo de vaina improvisada y se tumbó nuevamente en la cama. Envolviendo la espada, la puso junto a ella bajo las sabanas.

Ahora sí podía relajarse.

Por primera vez, Youko se dio cuenta de que estaba usando pijamas, alguien le había cambiado sus harapos.

Sus heridas también habían sido tratadas. Sintió algo húmedo bajo su hombro y estiró la mano para encontrar un paño mojado. Debió haberse caído de su frente cuando se sentó. Se lo puso de vuelta y el contacto de la tela fría con su piel fue agradable. Poniendo la sabana gruesa a la altura de su cuello, se aferró fuertemente a la joya, cerró los ojos y suspiró nuevamente de alivio. Aunque su vida podía valer poco en ese momento, reflexionó, todavía estaba feliz de haber sido salvada.

—Ah, estás despierta.

Youko se sobresaltó, buscó el origen de la voz, y descubrió al gran roedor de pelo grisáceo entrando a la habitación. Llevaba una bandeja en una mano y un balde de madera pálida en la otra.

Las alarmas sonaron en la cabeza de Youko. Si vivía como humano y hablaba como humano, ni su apariencia amable era garantía de que tenía buenas intenciones.

La rata se acercó caminando casualmente, haciendo caso omiso a la mirada recelosa de Youko. Puso la bandeja en la mesa y dejó el balde al pie de la cama.

—¿Y tú fiebre?

Una pequeña pata peluda se acercó. Youko se estremeció y la apartó. Retirando la pata, la rata se tocó los bigotes, y entonces se agachó a recoger el paño que una vez más había caído de la frente de Youko. Si notó el bulto que la chica tenía aferrada a su pecho, la criatura no dijo nada. Lanzando el paño al balde, la rata miró a Youko a los ojos.

—¿Cómo te sientes? ¿Puedes comer?

Youko negó con la cabeza. La rata se tocó los bigotes nuevamente, y levantó una taza de la mesa.

—Es medicina. ¿Puedes tomarla?

Youko sacudió la cabeza de nuevo. Estaba determinada a tener cuidado, no podía exponerse al peligro nuevamente. La rata le dio una mirada desconcertada y entonces se puso la taza en la boca. Mientras ella miraba, tragó algo del líquido.

—Es sólo medicina. Un poco amarga, pero no es imposible tomarla. ¿Y bien?

La rata le acercó la taza nuevamente, pero Youko volvió a negarse. La rata frunció el ceño y se rascó tras una oreja. 

—Supongo que tu fiebre se habrá ido. ¿Entonces qué comerás? Debes comer y beber o te morirás. ¿Qué tal algo de té? ¿Leche de cabra? ¿Quizá algo de avena?

Youko no dijo nada, y la rata olisqueó perpleja.

—Has dormido tres días. Si quisiera herirte, ya lo habría hecho, ¿no crees? —La criatura señaló con el hocico hacia el bulto en brazos de Youko—. Y tienes tu espada escondida allí. ¿Quizá es que no confías en mí?


Youko miró a los ojos negros como cuentas que la observaban, y finalmente soltó la espada, dejándola en la cama junto a sus piernas estiradas.

—¡Bien! —dijo la rata con una expresión de satisfacción. Él (Youko había decidido que era un “él”), estiró una pata y Youko no se estremeció esta vez. La pequeña palma tocó su frente brevemente.

—Todavía estás un poco caliente, pero estás mucho mejor. Necesitas dormir. ¿Hay algo que quieras?



Youko hizo una pausa y entonces una débil voz dijo con voz ronca:

—Agua.

Las orejas de la rata se movieron.

—¡Agua! Bien, puedes hablar. Iré a buscar un poco. Y si te vas a sentar, mantén el paño en tu frente.

Youko asintió, pero la rata ya estaba de espaldas para salir de la habitación, su cola de pelaje corto se mecía tras él. Pronto regresó con una jarra de agua, una taza y un pequeño tazón. El agua había sido hervida y todavía estaba un poco cálida. Era deliciosa. Youko bebió varias tazas llenas y entonces observó el tazón. Contenía un brebaje de color naranja rosáceo que olía fuertemente a alcohol.

—Qué… ¿qué es esto?

—¡Melocotones! Encurtidos en vino y hervidos en azúcar. Seguro que puedes comer estos.

Youko asintió y miró a la rata.

—Gracias.

La rata peinó sus bigotes de punta a punta. El pelaje en sus mejillas se infló y sus ojos se entrecerraron. Estaba sonriendo.

—Mi nombre es Rakushun, ¿y el tuyo?

Youko dudó antes de responder.

—Youko.

—¿Youko? ¿Cómo escribes eso?

Youko tuvo que esforzarse para no quedar boquiabierta de la sorpresa. Supongo que no debería estar sorprendida, pensó. Si habla, ¿por qué no va a escribir?  

—Bueno, el you es carácter para sol, y el ko es el carácter de niño —explicó, haciendo un gesto.

—Sol y Niño, ¿eh? —Rakushun ladeó la cabeza con curiosidad, y entonces sonrió—. Qué nombre gracioso. ¿De dónde eres?

Youko sintió que debía responderle algo, así que, dudando un poco, dijo:

—Kei. Del Reino de Kei.

—¿Kei? ¿Qué parte de Kei?

Por supuesto, Youko no conocía ningún lugar de Kei, así que dijo la primera palabra que se le ocurrió.

—Hairou.

—¿Eh? ¿Dónde queda eso? —Rakushun se rascó bajó la oreja, una vez más perplejo—. Supongo que no importa. Duerme un poco. ¿Puedes beber la medicina?

Esta vez, Youko asintió.

—Eh, ¿cómo escribes Rakushun?

—¡Como yo! Feliz… ¡y rápido! —E hizo un gesto.

—¡A tus órdenes! —La rata sonrió e hizo una reverencia.

  

 

Youko durmió el resto del día, se despertaba ocasionalmente y veía a Rakushun moviéndose alrededor, llevándole medicina o limpiando. Se dio cuenta de que la criatura rata vivía sola.

—Así que tiene cola, ¿por eso todo estará bien, mmm?

Era la mitad de la noche. La cabeza del mono azul se asomaba desde el pie de la cama de Youko. 

—¡Sólo te traicionarán nuevamente!

Youko miró alrededor con tristeza. Rakushun no estaba allí. Había dos camas en el dormitorio, pero no dormía allí, aunque Youko dudaba que hubiera más habitaciones en la casa.

—¿No es mejor que te vayas? Es mejor escabullirse y no que tomes tu último aliento bajo este techo, ¿mmm?

Youko no respondió. Sólo se sentó allí en silencio, dejando que la voz del simio continuara la alharaca. ¡Sé lo que haces, mono! Él era la personificación de las preocupaciones que la acechaban desde lo más profundo de su mente, ese mono sólo estaba allí para darle a sus miedos una voz, para alimentarse de su creciente inseguridad.

Escuchó un sonido familiar y el mono azul trepó sobre el edredón, subiendo hasta la cabecera de la cama para descansar junto en su almohada. Su pequeña cara miraba directa a los ojos de Youko.

—¡Ataca tu primero antes de que pase algo! Ataca primero, ataca rápidamente. Es la única forma de sobrevivir, ¿mmm?

Youko se puso boca arriba y miró al techo.

—¿Quién ha dicho que confío en Rakushun?

—¿Oh?

—No puedo moverme. ¿Qué más puedo hacer? Tengo que quedarme aquí, al menos hasta que pueda utilizar nuevamente la espada. Es eso o convertirme en comida de demonios. —La herida en su mano derecha era profunda. Había sostenido la joya todo el día desde que despertó en este lugar, pero todavía le faltaba la fuerza necesaria para apretarla firmemente.

—¿Pero y qué pasará si se da cuenta de que eres una kaikyaku? Oh, y estás aquí tan desprotegida. El magistrado podría tocar a la puerta en cualquier momento.

—En ese caso dejaré que la espada hable por mí. Estoy segura de que puedo con cuatro o cinco oficiales. Mientras tanto… usaré a la rata.

No tengo amigos aquí.

Pero nunca había necesitado ayuda tan desesperadamente. Al menos hasta que pudiera tomar la espada, hasta que su fuerza regresara, permanecería en este lugar. Necesitaba descanso, comida y medicina.

Youko no sabía si Rakushun era amigo o enemigo, pero ahora mismo, eso era lo de menos. La criatura le proveía lo que necesitaba. Estaba feliz de dejarle hacerlo hasta que sus verdaderos motivos salieran a flote.

—¿Estás segura de que no hay veneno en tu comida? Y esa medicina… es muy sospechosa.

—Estoy teniendo cuidado.

—¿Todo fríamente calculado?

El mono azul continuó con su letanía de peligros, diciendo todas las preocupaciones de Youko. Responderle era como hablar consigo misma, tratando de aplacar sus propios miedos.

—Si realmente quisiera hacerme algo, ya ha tenido muchas oportunidades mientras estaba inconsciente. No tiene por qué poner veneno en mi comida. Ha tenido oportunidades más que suficientes para matarme.

—Quizá está esperando algo, ¿mmm? ¿Refuerzos?

—Entonces es mejor que recobre toda la fuerza que pueda.

—¡Tal vez quiere ganarse tu confianza para luego traicionarte!

—Entonces pretenderé que confío en él hasta que vea sus verdaderas intenciones.

El mono empezó a reír repentinamente.

—Eres difícil, ¿mmm?

—Lo sé ahora. Sé cómo es el mundo.

No tengo amigos. No tengo destino, ni forma de volver a casa. Estoy sola. Sin embargo, debo sobrevivir.

De alguna forma, no tener nada hacía que su vida fuera más valiosa. Si cada ser vivo en este mundo quería que Youko muriera, entonces viviría, aunque fuera sólo para restregarlo en sus caras. Si todo en este mundo al que había sido arrastrada no quería que regresara, entonces volvería a casa.

No quiero rendirme. No debo rendirme. Viviré, encontraré a Keiki y volveré a Aquel Lugar.

Aunque sea mi enemigo, lo obligaré a que me lleve a casa.

—¿Y por qué querrías volver a casa?

—Me preocuparé por eso cuando esté de vuelta.

—¿Por qué simplemente no mueres y terminas con todo?

—Si a nadie le importa si vivo o muero, entonces con más razón me importará.

—La rata te traicionará. Lo sabes.

Youko miró hostilmente al mono.

—¿Cómo podría traicionarme si no confío en él?

Se ha debido dar cuenta mucho antes. Youko era una kaikyaku, por esa razón la perseguían. Los kaikyaku no tienen amigos, no tienen aliados y no tienen un lugar en este mundo. Ya lo sabía y aun así había dejado que Takki y Matsuyama la engañaran tan fácilmente. En vez de confiar en ellos y ser traicionada, fingiría que confiaba en ellos y los usaría: los usaría para poder sobrevivir.

Usar lo que puedas usar. ¿Qué tiene eso de malo?

Tanto Takki como Matsuyama habían usado a Youko para ganar dinero, así que Youko utilizaría a Rakushun para su curación. Era simple.

—Creo que veo el nacimiento de una gran villana, ¿mmm? ¡Tú!

—No tengo problemas con eso —murmulló Youko, moviendo la mano frente al rostro del mono como si estuviera espantando una mosca molesta—. Estoy cansada. Vete ya.

El mono la vio con una expresión extraña, como si se hubiera tragado algo amargo.

Se dio la vuelta y se metió en el borde de la manta, desapareciendo.

Youko lo vio partir y sonrió ligeramente.

Hablarle al mono le estaba ayudando a enfrentarse a sus sentimientos y preocupaciones con éxito.

A él también puedo usarlo.

—¡Villana!

Escuchó una pequeña risa burlona desde alguna parte de la habitación.

A Youko no le importaba. Era mejor ser una villana que ser usada una vez más por otra persona. No dejaría que nadie la pusiera en peligro nuevamente. Se protegería a sí misma.

Tenía razón en hacer lo que hice en ese momento.

Youko recordó a la mujer y a la niña que había encontrado en la montaña. No la habrían traicionado, porque ella no les habría dado la oportunidad.

A Rakushun tampoco le daré la oportunidad.

Así sería como sobreviviría.

Todavía había muchas preguntas sin respuestas y todo parecía implicar una amenaza o una coacción. ¿Por qué Youko había sido traída a este mundo? ¿Por qué Keiki la llamaba su “ama”? ¿Por qué iban tras Youko? Y esa mujer con el pelo dorado de Keiki, ¿quién era y por qué atacó a Youko?

Los demonios atacan indiscriminadamente, no atacan a gente en particular.

¿Entonces por qué siempre me atacan? La mujer del cabello dorado abrazó el cadáver de un perro-demonio como si sintiera pena por él.

¿Era su amigo? ¿Ella controla a los demonios como Keiki controla a las criaturas que van con él? ¿Fue ella quien envió a esos perros endemoniados para atacarme? Cuando hablaba con el loro parecía no querer hacerlo, casi como si estuviera siguiendo órdenes para atacar… ¿entonces quién dio las órdenes? ¿Keiki sólo estaba siguiendo órdenes cuando fue por mí?

No entendía nada, lo que la enfadaba más. Encontraría las respuestas de alguna forma.

Inconscientemente, apretó las manos en puños y sus uñas largas se clavaban en sus palmas. Al levantar las manos para ver sus dedos, Youko vio que sus uñas partidas y astilladas se habían convertido en afiladas y puntiagudas… eran las uñas de una bestia.

Sólo los demonios y los hechiceros pueden cruzar el Mar del Vacío.

Youko no era ni un mago ni un dios.

¿Y qué tal un demonio?

Recordó el sueño que había tenido a las orillas del Mar del Vacío, en el que se convertía en una bestia de pelaje rojo. ¿Realmente había sido sólo un sueño?

 Su otro sueño -el otro que había tenido todas las noches antes de llegar aquí- se había hecho realidad. ¿Quería decir eso que el otro sueño también se haría realidad?

¿Y qué si el que mi cabello se pusiera rojo y mis ojos verdes eran sólo un paso para convertirme en otra cosa? Quizá ni siquiera soy humana. Quizá soy un demonio.

Era terriblemente aterrorizante, y al mismo tiempo, extrañamente, casi divertido.

Podía gritar, podía chillar, podía llevar una espada, podía hacer que la gente se encogiera de miedo ante ella. Algo en eso le producía alegría. En el mundo donde había nacido, Youko jamás le habría levantado la voz a nadie, nunca hubiera menospreciado a nadie. De hecho, siempre había pensado que esa clase de comportamiento era malo o errado. ¿Quizá era porque no conocía nada más?

Tal vez la propia consciencia de Youko siempre había sabido que era un demonio, una bestia salvaje. Sabía que no podría haber vivido en el mundo en el que nació, así que se había mentido, esperando su oportunidad, pretendiendo ser indefensa y civilizada por tantos años…

Es por eso por lo que nadie sabía quién era yo. Así es.

Youko se desvaneció en un sueño profundo.

  

 

La casa de Rakushun era bastante simple, era del tipo que Youko había visto a menudo en las aldeas mientras vagaba por la campiña. Mientras que casi todos los edificios que había visto eran pobres, este seguramente estaba entre los paupérrimos. Usualmente, las casas de este tipo se agrupaban en pequeñas aldeas, pero esta casa estaba sola sobre una colina. No había otros lugares a la vista.

Pero, aunque la casa era pobre, no era particularmente pequeña, no era mucho más pequeña que una casa humana normal. Parecía estar fuera de lugar con el tamaño de su diminuto anfitrión. No sólo el edificio, pero todos los utensilios y muebles parecían construidos para un humano. Qué raro, pensó Youko.

—Rakushun, ¿dónde viven tus padres?

Desde que Youko se había recuperado lo suficiente para caminar, se entretenía ayudando a la rata en la casa. Ahora mismo estaba vertiendo agua en un tazón de metal que iba en la parte de abajo de una gran estufa de ladrillos. Su mano derecha, que llevaba un balde, seguía envuelta en vendajes, pero la herida debajo estaba casi completamente cerrada.

Rakushun dejó de echarle leña al horno y miró a Youko.

—No tengo padre. Mi madre se fue de viaje.

—¿…De viaje? No la he visto desde que estoy aquí. ¿Se fue lejos?

—No, no. Fue a una ciudad cercana. Consiguió un pequeño trabajo allí. Aunque debía volver anteayer, pero como no lo ha hecho, supongo que le habrán dado más trabajo.

Así que su madre podrá volver en cualquier momento.

—¿Qué hace tu madre?

—Es una sirvienta durante el invierno. En verano trabaja en los campos como los demás. Pero, aun así, si la llaman durante el verano, va a la ciudad a cumplir con su trabajo.

—Ya veo…

—¿Estabas en camino a alguna parte, Youko?

Youko tenía que pensar en eso. Realmente no se estaba dirigiendo a ningún lugar en particular. Pero no le importaba admitir que había estado vagando sin rumbo. Miró a su anfitrión.

—Co… ¿conoces a alguien llamado Keiki?

Rakushun se quitó algunas astillas de madera del pelaje. 

—Estás buscando a alguien, ¿eh? ¿Es de por aquí?

—No sé de dónde es.

—Mmm, lo siento, pero no conozco a ningún Keiki.

—Lo supuse —Youko se volvió hacia el horno—. ¿Hay otra cosa que pueda hacer?

—No, no. No curé tus heridas para que trabajaras hasta morir. Debes descansar.

No hubo que decírselo dos veces a Youko. Encontró una vieja silla desvencijada, y cayó pesadamente, sintiendo el frío piso de la tierra bajo sus pies descalzos.

Miró hacia la silla junto a ella, donde había dejado la espada envuelta en la tela. Youko nunca la alejaba de su lado, y Rakushun nunca lo mencionó.

—Me preguntaba… —la criatura le habló a Youko con su voz infantil, con el brillante pelaje de su espalda todavía en dirección a Youko—. ¿Por qué estabas vestida como hombre?

Youko recordó que había despertado de su delirio inconsciente con ropa nueva. Se podía imaginar la sorpresa al momento de quitarle los harapos.

—Los caminos no son seguros para una mujer sola.

—Sí, es cierto.

Rakushun se acercó silenciosamente, llevaba una jarra de arcilla. El aroma de algo recién preparado inundaba la habitación. La rata puso dos tazas en la mesa y miró a Youko.

—Próxima pregunta. ¿Por qué no tienes una vaina para esa espada?

—La perdí —respondió Youko. Casi lo había olvidado, pero ahora sus memorias llegaban de golpe. Cuando cruzó el Mar del Vacío le dijeron que no separara la espada de su vaina. Pero, aun así, no parecía que mucho le había pasado por haberla perdido. Estaba casi segura de que se referían a que no debía perder la joya, había demostrado su valor muchas veces ya.

Rakushun asintió y murmulló para sí mismo mientras trepaba a una silla, era igual a un pequeño niño peludo.

—Debes conseguir una nueva vaina. Es una buena espada la que tienes allí. No la querrás tener llena de muescas.

—Sí, supongo que debo hacerlo —respondió Youko con desgana.

Rakushun la miró con sus ojos color negro azabache. Ladeó la cabeza con curiosidad.

—Dices que vienes de Hairou, ¿no?

—Así es.

—No hablas de Kei, ¿no es así? Hairou es una aldea en la parte este de la Prefectura Shin, si no me equivoco.

Es verdad, pensó Youko, ese era el nombre de la ciudad a la que llegó al principio. ¿Por qué dije eso?

—Un gran shoku pasó por allí hace poco, ¿no?

Youko no respondió.

—Escuché que trajo un kaikyaku. Escuché que se escapó.

Youko miró fijamente a Rakushun. Inconscientemente, su mano se estiró para coger la espada en la silla junto a ella.

—¿Qué insinúas?

—Según lo que escuché, se dice que el kaikyaku era una chica. De dieciséis o diecisiete años, de cabello rojo. Oh, y también tiene una espada. Pero sin vaina. Te teñiste el cabello, ¿no, Youko?

Youko tomó la empuñadura de la espada con los ojos fijos en Rakushun. No podía leer nada en la expresión de la rata, que repentinamente le parecía inescrutablemente inhumana.

—Lo escuchamos del magistrado.

—¿Y…?

—No tienes por qué asustarte. Si quisiera entregarte, lo habría hecho cuando los oficiales vinieron el otro día, ¿no crees? Tu cabeza vale mucho, ¿sabes?

Youko desenvolvió la espada y se puso de pie, blandiendo la espada que brillaba en la débil luz de la habitación.

—¿Qué quieres?

La rata levantó la mirada, sus ojos como cuentas brillaban, y se tocó los suaves bigotes.

—Sacas conclusiones apresuradas, ¿eh?

—¿Por qué me protegiste?

Rakushun sonrió y se rascó una oreja.

—¿Que qué quiero? Bueno, así no son las cosas. Una vez te encontré, no podía dejarte tirada en el lodo. Así que te cuidé. Y cuando los oficiales vinieron, bueno, no podía simplemente entregarte después de haber pasado por tantos problemas, ¿no crees?

Youko no confiaba en sus palabras. Si confías tan fácilmente, te arrepentirás.

—Los kaikyaku van a donde el magistrado. Si tienes suerte, te encierran para que te pudras en una celda. Si no tienes suerte, te cuelgan. Francamente, pensé que serías de los segundos.

—¿Y qué te hace pensarlo?

—Porque piensan que eres peligrosa. Los demonios atacaron cuando intentaron llevarte ante el magistrado, ¿no? ¡Demonios! Pero escapaste.

—Esos demonios… yo no tengo nada que ver con eso.

—No lo creo —dijo la rata, asintiendo—. Los demonios no atacan a las personas tan fácilmente. No, no creo que los hayas llamado… creo que iban tras de ti. ¿Estoy equivocado?

—No… no lo sé.

Rakushun sorbió su té.

—Sí, supuse que seguramente serías considerada uno de esos supuestos mal kaikyaku. Especialmente si te persiguen demonios.

—¿Y?

—Si te envían ante el magistrado, bueno, las probabilidades que tendrías serían muy bajas, si me entiendes. Supongo que la única cosa que queda por hacer es huir, pero si no sabes hacia dónde huir…

Youko se sentó en silencio.

—Que sería tu caso, ¿no? Supongo que sí, si estás merodeando en un lugar como este. Debes ir al Reino de En.

Youko miró fijamente la cara de Rakushun. La expresión de la rata seguía siendo imposible de leer. Al menos, estaba del lado de Youko.

—¿Por qué? ¿Por qué me ayudas?

—¿Tú podrías sólo quedarte de pie y ver como matan a alguien? —demandó Rakushun, sonriendo—. Lo siento, pero no soy del tipo que se asocia con criminales, ni con gente cuyas cabezas tienen precios. Pero que te maten sólo porque eres una kaikyaku… bueno, eso es diferente.

—Pero soy un mal kaikyaku, ¿no?

—Claro, seguro eso es lo que pensará el magistrado. Pero yo no sé nada de “buenos” o “malos” kaikyaku. A mi parecer, las personas le temen a lo que desconocen.

—¿Y qué pasa con un mal kaikyaku arruinando al reino?

—Superstición.

La rápida respuesta de la rata hizo sospechar más a Youko. Recordó a otra persona que había usado esa palabra “superstición”. Una mujer. 

—¿Y entonces qué? ¿Si voy al reino de En estaré segura allí?

—Creo que sí. El rey de En no cuelga kaikyaku como los demás. Los kaikyaku de allí viven como gente normal. Para mí, eso es prueba de que no hay tal cosa como malos y buenos kaikyaku. Y también es por lo que pienso que debes dirigirte a En. Y… — Rakushun miró la espada—. ¿Quizá podrías considerar apartar esa cosa puntiaguda?

Youko dudó por un largo tiempo antes de guardar la espada.

—¡Siéntate! El té está frío.

Youko finalmente tomó asiento. No entendía qué era lo que quería Rakushun. Ahora que sabía que era una kaikyaku, sentía que debía irse lo antes posible, pero antes quería saber sobre este tal Reino de En.

—¿Sabes cómo está organizada la tierra por aquí?

Youko negó con la cabeza. Rakushun asintió, y entonces, tomando la taza, se bajó de la silla y se movió hacia el lado de la mesa donde se encontraba Youko. Ella seguía sentada con la mano sobre la espada, viéndolo caminar sobre el piso sucio.

—Aquí donde estamos es la aldea de Kahoku, en la Prefectura Anyou —explicó la rata, dibujando un mapa en el suelo con su dedo—. Bien, aquí está el Mar del Vacío, y la Prefectura Shin de donde vienes, está por aquí —Señaló un área en lo que aparentemente era la costa este de la tierra que estaba dibujando—. Creo que Hairou está por aquí, así que has venido caminado en dirección sudoeste. En otras palabras, has caminado desde la costa, hasta el centro de Kou. Pero claro, deberías estar yéndote de Kou, así que has ido en la dirección equivocada. 

Youko miró el mapa, sus sentimientos se agitaban dentro de ella. ¿Podría confiar en esta criatura? ¿Estaría alterando el mapa de alguna forma? A pesar de sus dudas, lo miró fijamente, absorbiendo todos los detalles. Esta era la información que necesitaba.

—Dirígete hacia el oeste desde aquí, y llegarás a la Prefectura Ryou del Norte. Sigue hacia el oeste desde allí y llegarás a uno de los mares interiores, Seikai: el Mar Azul. En la otra orilla de ese mar, está el reino de En.

El pequeño dedo de Rakushun dibujó sobre el suelo, unos caracteres sorprendentemente elegantes. Primero el del Mar Azul:

Y para En:

—¿Así que primero debo dirigirme a Ryou del Norte?

—Así es. Luego debes llegar a la ciudad portuaria de Agan. De allí puedes subir a un barco hacia En.

—¿Un barco?

¿Acaso podré subir a un barco? Si el puerto está vigilado, estaré yendo directo a una trampa.

—Creo que estarás bien —dijo Rakushun, como si pudiera leer su mente—. La vía más rápida hacia Shin es ir directo al norte sobre las montañas de Kei. Ni los que te buscan de parte de la oficina del magistrado pensaron que vendrías todo este camino hasta el oeste. Así que, de cierta forma, fue bueno el que te hayas perdido. Hay un anuncio de personas buscadas que está repartiéndose en las aldeas, pero buscan a una chica joven de pelo rojo. Si sólo pudieras hacer algo respecto a la espada, creo que serías capaz de pasar.

—Sí —dijo Youko de pie—. Gracias.

Rakushun la miraba fijamente un poco sorprendido.

—Oye, no pretenderás irte ahora, ¿no?

—Debo darme prisa. Siento tener que irme tan pronto después de todo lo que me has cuidado. Me gustaría poder devolverte el favor…

Rakushun se puso rápidamente de pie.

—Espera. Cielos, qué precipitada eres.

—Pero…

—¿Qué harás una vez llegues a En? ¿Piensas preguntarle al primer extraño que encuentres si ha visto a ese tal Keiki? ¿Al menos sabes cómo llegar al barco? ¿O cómo buscar ayuda cuando llegues a En?

Youko bajó la mirada, sintiéndose tonta de repente. El sólo hecho de tener un destino era un cambio tan gigantesco comparado con el viaje sin rumbo que venía haciendo, que sintió que ya estaba allí; pero ahora Rakushun estaba señalando las otras dificultades obvias que tendría. Empezó a sospechar que apenas se había enfrentado a una décima parte de las dificultades que la esperaban.

—Todo requiere preparaciones, ¿ves? No estés tan ansiosa y te des prisa. Si evitas hacer lo que debes hacer en este momento, sólo te encontrarás en problemas más adelante.

Por dentro, Youko todavía temía que la rata la estuviera llevando a algún tipo de trampa, pero era cada vez más obvio que todavía no terminaba de depender de Rakushun.

—¿Y bien? ¿Comemos? Necesitas fuerza. Llegar a Agan es un mes de viaje.

Youko bajó la cabeza una vez más.

Esperaría, al menos hasta poder recobrar completamente su fuerza. Decidió que para ese momento ya sabría las verdaderas intenciones de Rakushun. Quizá esta vez había tenido suerte o tal vez todo era parte de un plan secreto. No obstante, Rakushun sabía más sobre ella que ella sobre él. Sabía de dónde era y que iba a Agan, y que de allí iría al reino de En. Algo que debía hacer antes de partir, era igualar la situación.

  

 

—Escuché que fue un shoku inusualmente grande —dijo Rakushun, trayendo el tema mientras limpiaban las sobras del almuerzo. 

—Eso me dijo la anciana en Hairou.

—Escuché que la parte occidental de la Prefectura Shin perdió toda la cosecha de trigo del año. Será un invierno duro.

Youko asintió con la cabeza. Escuchar sobre la destrucción hacía que le doliera el corazón.

Evidentemente Rakushun notó su expresión de tristeza.

—No dejes que te moleste, Youko —dijo amablemente—. No es tu culpa, ¿vale?

—No es… Estoy bien.

Youko se dio prisa en terminar su tarea, sacando las cenizas con una pala del fondo de la estufa de ladrillos, y entonces sintió una cola de pelo corto tocarle suavemente la mano.

—Los shoku no aparecen porque vengan los kaikyaku. Los kaikyaku vienen porque hay un shoku.

Youko tiró las cenizas en una pequeña caja de madera y entonces tomó los pequeños pedazos de carbón que no habían sido quemados y los puso en una caja diferente.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo ella después de un tiempo.

—¿Qué pasa?

—¿Qué es un shoku? —Ella había escuchado de una anciana de Hairou que era como una tormenta, pero no estaba segura de que eso lo explicara todo.

—¿Eh? ¿No sabes qué es un shoku? Supongo que no hay de esos de dónde vienes.

—Bueno, usamos los mismos caracteres de shoku en las palabras japonesas para eclipse solar y lunar. —Youko escribió ambas palabras con su mano sobre la mesa, primero nisshoku, o eclipse solar:

Luego gesshoku, o eclipse lunar:

 

—¿Sí? —respondió Rakushun, levantando una poblada ceja—. Bueno, supongo que podrías llamarlo eclipse, pero no tiene nada que ver con el sol o la luna. Como te dijo la anciana, es una tormenta. Pero mientras las tormentas normales se forman de viento y agua, un shoku se forma de poderes espirituales.

—¿Pero cae la lluvia y sopla el viento?

—Así es. Algunos shoku llegan como si fueran tormentas normales con fuertes vientos soplando en todas direcciones. Esos shoku, los pequeños, no hacen mucho daño. Es cuando la tierra tiembla y los relámpagos suenan, y los ríos fluyen al revés y que el suelo cede de repente; es en ese momento cuando te encuentras con un verdadero shoku. Dicen que en Hairou el Lago Youchi se desbordó y desapareció. ¡No quedo ni un rastro de un lago entero!

Youko se detuvo mientras quitaba las cenizas de sus manos.

—¿Es así de grave?

—Como te dije, depende del shoku. Pero ya puedes ver por qué las personas le temen más a un shoku que a una tormenta normal. Nunca sabes lo que pasará en un shoku.

—¿Y qué los crea? No hay nada como eso en mi mundo.

Rakushun vertió té con una expresión seria, cada movimiento era calculado.

—Verás, el shoku ocurre cuando Aquel Lugar se mezcla un poco con Este Lugar, es como si se solaparan, hay un choque. Los dos mundos normalmente se mantienen separados, pero cuando colisionan, el desastre aparece. No tengo los detalles muy claros, pero eso es lo que he escuchado.

—¿Aquel Lugar… y Este Lugar? —Youko preguntó, sorbiendo un poco del té caliente. El té que Rakushun servía se parecía un poco al té verde. Sin embargo, el aroma era completamente diferente, y el sabor era más como el de un té herbal.

—Por “Aquel Lugar” nos referimos a las tierras al otro lado del Mar del Vacío. Por “Este Lugar”, me refiero a… bueno, a aquí. Este mundo. No hay nombre para eso.

Youko asintió.

—El Mar del Vacío rodea todas las tierras del mundo conocido. No hay nada más allá.

—¿Nada? ¿Pero no acabas de decir que Aquel Lugar está al otro lado del Mar del Vacío?

—Bueno, está y no está. Verás, puedes subir a un barco y navegar por siempre y jamás llegarías al otro lado. He escuchado de personas curiosas que lo intentan para comprobarlo ellos mismos, pero nunca vuelven.

—¿Pero si continuaras por suficiente tiempo no tendrías que volver al lugar de donde saliste? O… ¿me quieres decir que este mundo es plano?

Rakushun subió a su silla y miró seriamente a Youko.

—Claro que el mundo es plano. ¡Si no lo fuera todos nos caeríamos!

La rata casi entra en pánico. Youko rio.

—Lo siento, supongo que todavía no sé mucho de este mundo.

De un lado, su peludo compañero cogió una nuez que estaba en la mesa y la puso frente a ellos.

—Mira, en la mitad del mundo está el Monte Suusan.

—¿Suusan?

—Sí, se escribe con gran y montaña, así:

»Al menos ese es el nombre oficial. Simplemente la llamamos Gran Montaña, aunque algunos la llaman el Pico Central. A los cuatro lados hay otros picos: Houzan, o la Montaña del Ajenjo al este; Kazan, la Montaña del Esplendor al oeste; Kakuzan, la Montaña de lo Apremiante al sur; y Kouzan la Montaña de la Constancia al norte; son cinco montañas en total. La historia dice que la montaña occidental se solía llamar Taishan[1]. El emperador del reino del norte de Tai cambió la forma en que se escribía el apellido de su familia del carácter que significaba “generaciones” al que significaba «calma pacífica», al igual que Taishan. Por respeto a él, Taishan se convirtió en Houzan. Juntas se les llama Gozan, las Cinco Montañas.

Youko asintió, intentando recordar todos esos nombres desconocidos.

—Alrededor de esas cinco montañas está el Kokai, el Mar Amarillo: 

»Se le dice mar pero no es nada como el mar normal, no es del tipo que tiene agua. Es un páramo desolado lleno de piedras, desiertos, pantanos y marañas de árboles.

Youko vio cómo Rakushun dibujaba los caracteres con su dedo.

—¿Has estado allí?

—Claro que no. El Kokai está rodeado de cada lado por las cuatro Montañas Diamante. Dentro de sus fronteras no hay lugar para los mortales.

—Ya veo —dijo Youko, sin entender nada en realidad. El mapa que Rakushun armaba con nueces en la mesa parecía un antiguo mapa del mundo, antes de que los mapas reales se hicieran, basados más en mitos y leyendas que en cartografía científica.

—Los cuatro mares internos están alrededor de las Montañas Diamante, y los ocho reinos, de los cuales Kou hace parte, los rodean. Alrededor de ellos, está el Mar del Vacío. En el Mar del Vacío, cerca del continente, hay cuatro grandes islas, cada una tiene un reino también. Así que estas cuatro, más ocho que están alrededor de las Montañas Diamante, suman en total doce reinos.

Youko observó a las nueces acomodadas de forma geométrica sobre la mesa. Le recordaban a una flor, con las cinco montañas en el centro y los reinos alrededor como pétalos.

—¿Y no hay más?

—Nada. Más allá del Mar del Vacío sólo hay un mar de nada que se extiende hasta el fin del mundo. Aunque (y es aquí donde entra Aquel Lugar) —La voz de Rakushun se volvió un murmullo—, dicen que hay una isla extraña en la esquina oriental del Mar del Vacío, un lugar al que no puedes acceder por vías normales. En realidad, es una leyenda. Los cuentos lo llaman la tierra de Hourai… aunque he escuchado a algunos llamarlo Japón.

Mientras hablaba, Rakushun escribía los caracteres para Hourai:

 

Y luego para Japón:

Espera un segundo, pensó Youko, esa es la palabra antigua para Japón… ¿Cómo se pronunciaba? ¿Wa?

—¿No te refieres a Japón? —preguntó Youko, escribiendo los caracteres modernos de Japón:

—No —respondió Rakushun, señalando nuevamente el Wa que había escrito.

Youko se mordió el labio. ¿Sería trabajo del traductor invisible?

—Dicen que los kaikyaku vienen de Wa —dijo Rakushun, mirando a Youko.

Los ojos de Youko se abrieron como platos. Esta vez había escuchado claramente que decía “Wa”. Quizá el traductor había decidido que ahora que sabía la palabra, no era necesario convertirla a “Japón”. Esto era cada vez más misterioso.

—No sabría qué decirte, pero siempre que hablan de un kaikyaku mencionan la palabra Wa. Algunas personas arriesgadas hasta han intentado cruzar el mar para buscar a Wa. Pero nunca regresaron, por supuesto… pero supongo que no esperabas que dijera que sí.

La mente de Youko estaba acelerada. Si Japón realmente estaba cruzando el Mar del Vacío, entonces había una oportunidad de subir un barco hacia el este y regresar a casa. Sin embargo, aunque la idea afloró, sabía que era un sueño sin esperanzas. Después de todo, ella había venido a través del reflejo de la luna sobre el mar. Parecía muy poco el tipo de viaje que se pudiera reproducir con un barco, una vela y un par de remos.

—Por otra parte —continuó Rakushun—, en alguna parte de las Montañas Diamante, hay un pico llamado Kongou. Allí hay otro reino mítico: China. De allí vienen los sankyaku.

Mientras dijo la palabra China, Rakushun escribió la antigua palabra para China:

Kan[2].

¿Sankyaku? ¿Te refieres a visitantes de las montañas? —dijo Youko, dibujando los caracteres robre la mesa con su dedo:

 

Rakushun asintió con la cabeza.

—Así que… ¿hay otras personas aquí además de los kaikyaku que han venido de Aquel Lugar?

—Así es. Los kaikyaku llegan a las orillas del Mar del Vacío, y los sankyaku llegan a las faldas de las Montañas Diamante. No hay muchos sankyakus por aquí, pero los que aparecen son perseguidos.

—Ya veo —suspiró Youko.

—No se puede llegar a Kan ni a Wa por medios normales. Dicen que sólo los demonios y hechiceros pueden hacerlo. Pero cada cuanto, cuando hay un shoku, la gente de Aquel Lugar es arrojada a este mundo. Esos son los sankyaku y los kaikyaku.

Youko asintió. Había escuchado lo mismo de Takki.

Rakushun miró alrededor de la habitación y se inclinó hacia Youko, susurrando en un tono conspirativo: 

—Dicen que en Kan y en Wa, las casas están hechas de oro y plata. Que la tierra es rica, y las personas viven como reyes. ¡Que las personas allí pueden atravesar los cielos y cruzar cien li en un día! Dicen que hasta los niños pequeños pueden derrotar a los demonios con sus increíbles poderes. ¡Dicen que los demonios y los hechiceros que viven aquí obtienen sus poderes espirituales al cruzan a Aquel Lugar y beber de un manantial en un bosque profundo! —Rakushun miró a Youko emocionado, obviamente esperaba algún tipo de confirmación.

Youko negó con la cabeza y se rio. ¡Qué absurdo!, pensó. Si les dijera a las personas en casa una historia como esa, pensarían que es algún tipo de cuento de hadas. Así que, pensó, también tienen cuentos de hada en este lugar.

Una sonrisa de preocupación se formó en los labios de Youko. Había pasado todo el tiempo desde su llegada pensando en lo raro que era este nuevo mundo, pero ahora tenía una idea de cómo las cosas lucían desde el otro lado, y se empezaba a preguntar quién era el raro: ¿ese mundo o ella?

Y tan pronto como ese pensamiento pasó por su mente, sabía que tenía la respuesta. Es por eso por lo que los kaikyaku eran perseguidos. Es por eso por lo que alguien o algo la quería ver muerta.

  

 

—Así que todos los kaikyaku que vienen de Kou terminan muertos, de una forma u otra —señaló Youko luego de considerar en silencio la suerte de los muchos kaikyaku que habían venido antes que ella—. Y parece que siempre será de esa manera, hasta que las personas aprendan que el shoku y los kaikyaku son cosas diferentes.

—A eso se reduce todo —dijo Rakushun, suspirando. Levantó la mirada para verla—. Dime algo, Youko, ¿qué tipo de trabajo realizas?

—Soy una estudiante.

Rakushun asintió con la cabeza, había un brillo entusiasta en sus ojos.

—Verás, algunos kaikyaku tienen conocimientos especiales, habilidades que no se conocen en nuestro mundo. Esos son protegidos por personas poderosas y se les permite vivir aquí. ¿Quizá…?

Youko sonrió irónicamente y sacudió la cabeza. Su idea tenía sentido, pero ella no tenía ningún conocimiento particular que pudiera imaginar que le sirviera a alguien en el mundo.

—Rakushun… ¿conoces una forma de volver a Wa?

Rakushun frunció el ceño.

—Lo siento… no sé sobre eso. Y, aunque probablemente no debería decírtelo — añadió, respirando profundo—. No creo que exista una forma de volver.

—Pero eso no puede ser. Si vine hasta aquí, debe haber alguna forma de volver, ¿no crees? 

Los bigotes de Rakushun bajaron e hizo un sonido triste, parecido al de un sollozo, con su garganta.

—Las personas no pueden cruzar el Mar del Vacío, Youko.

—Pero yo lo crucé. ¡Así es como llegué!

—No creo que funcione en ambas direcciones. Nunca he escuchado de un kaikyaku ni un sankyaku que regresara.

—Pero eso no es justo —declaró Youko tajantemente, sabiendo a la perfección que nadie le había prometido jamás que su vida sería justa. Sin embargo, algo dentro de ella aún se aferraba a la esperanza de que algún día podría regresar—. ¿Y un shoku? ¿No puedo esperar uno e irme a casa?

Rakushun sacudió la cabeza lentamente.

—Quizá, pero no hay forma de saber dónde y cuándo vendrá un shoku. Bueno, supongo que hay algunos que ya sabrás que vendrán, pero eso no cambia nada. Las personas no pueden ir a Aquel Lugar.

Esto no puede ser, se repetía Youko a sí misma. Keiki tendría que haberme dicho algo. No le dijo nada, nada en la forma en que actuaba siquiera sugería que ella no podría volver jamás a casa.

—Cuando vine de Wa, estaba siendo perseguida por un kochou

 —¿Un kochou? ¿Uno de esos te persiguió hasta a Aquel Lugar?

—Sí… y no sólo a mí. Estaba con un hombre llamado Keiki.

—Ah, ¿el que buscas?

—Sí, Keiki fue quien me trajo a Este Lugar. Dijo que tenía que traerme para poder protegerme, porque el kochou me perseguía —Youko miró a Rakushun—. ¿No querría decir eso que si ya no tiene que protegerme puedo regresar a casa? Hasta me dijo que me llevaría a casa si así se lo pedía.

—Eso suena sospechoso.

—Keiki tenía una bestia que volaba por el aire. Una bestia parlante como tú, Rakushun. Dijo que, si íbamos inmediatamente, el vuelo hasta allí, eh, aquí tomaría un día. ¿No suena como si pudiéramos regresar? Es decir, es vuelo directo, ¿no?

Rakushun se quedó en silencio, inseguro de cómo responder.

—¿Rakushun?

—Bueno, no sabría qué decirte. Parece que estás envuelta en algún asunto importante.

—¿Importante? ¿Lo crees? ¿Por qué lo dices?

—Bueno, primero estás hablando de un kochou. Esos son demonios, sólo eso ya es algo importante. Con sólo mencionarlo, una aldea sería abandonada inmediatamente. ¿Y luego dices que el kochou estaba tras de ti? ¿Y que fue hasta a Aquel Lugar para atacarte? Primera vez que escucho algo como eso. Y este tal Keiki, ¿dices que te trajo hasta Este Lugar?

—Así es.

—De todos los cuentos que he escuchado, los que mencionan demonios y hechiceros yendo y viniendo, siempre mencionan a una persona. Aunque Keiki fuera uno de esos hechiceros, me sorprendería si lograra traer a otra persona con él. No estoy seguro de cómo llegaste hasta aquí, pero todo eso suena bastante inusual. De hecho, no tiene nada de usual.

Rakushun se concentró en sus pensamientos un rato, sus ojos negros como cuentas miraban a la distancia, y entonces se dirigió nuevamente a Youko:

—¿Y entonces qué harás?  ¿Buscarás un lugar seguro en Este Lugar, en este mundo… o seguirás intentando ir a casa?

—Quiero… ir a casa —dijo Youko.

Rakushun asintió con la cabeza.

—Puedo entenderlo. Si tan solo supiera una forma de hacerlo. Pero a donde sea que te dirijas al final, creo que lo mejor es que primero vayas al reino de En.

—Sí, ¿y después?

—Bueno, no creo que un oficial o el gobernador puedan ayudarte. Cuando llegues a En, debes buscar ayuda del Rey Eterno.

—¿El Rey Eterno?

—Así es, el reino de En ha sido regido por generaciones por un rey llamado así.  

—¿Y él me ayudará?

—No tengo idea.

¡No puede ser!, quería gritar Youko, pero tuvo que esforzarse para reprimir el grito.

—No puedo saber esas cosas —continuó Rakushun—, pero cualquier cosa es mejor que este lugar. Tienes más oportunidades allí que yendo hasta donde el Emperador de Kou. Verás, el Rey Eterno es un taika.

—¿Un taika?

—Así es —dijo la rata mientras dibujaba los caracteres de fruto y matriz con su delicada pata:

—Se refiere a alguien que nace en Aquel Lugar. Dicen que a veces pasa, pero es raro. Los taika son personas de este mundo, pero nacen en Aquel Lugar por equivocación.

Los ojos de Youko se abrieron de par en par.

—¿Eso puede pasar?

—Así es, muy raramente, pero sí puede pasar. Pero no estoy seguro si lo raro es que nazcan en Aquel Lugar o que sean capaces de poder volver a Este lugar, ¿entiendes?

Youko asintió.

—Ha habido tres taika famosos: Uno es el Rey Eterno de En, el Ministro de En y el Ministro de Tai.

—¿Ministro?

—Así es, son algo así como los consejeros de los reyes. Aunque escuché que el ministro de Tai murió hace tiempo. Y el Rey Pacífico de Tai está desaparecido, por esa razón el país está hecho un caos. Sí, es mejor que vayas a En. Intenta probar suerte allí.

La cabeza le daba vueltas a Youko, en parte por toda la información que había absorbido en tan poco tiempo y por otra parte porque en minutos había pasado de no tener futuro a tener que prepararse para un viaje de meses con la misión de conocer a un rey, ¡nada menos que a un rey!

Hablar con un rey era probablemente lo mismo que hablar con un presidente o primer ministro en su mundo. ¿Es siquiera posible?, se preguntaba a sí misma. Al mismo tiempo se preguntaba si su situación era realmente tan poco común como decía Rakushun.

Mientras Youko permanecía sentada perdida en sus pensamientos, notó un sonido en el exterior: el sonido de pasos acercándose a la casa.

  

 

La puerta frontal chirrió al abrirse y del otro lado había una mujer de mediana edad de pie sobre el camino.

—¿Rakushun?

Las orejas de Rakushun se levantaron.

—¡Madre! —gritó con sus bigotes moviéndose rápidamente—. Encontré, er… una interesante… ¡invitada!

Youko se sentó atónita. ¿Esta era la madre de Rakushun? La mujer en la puerta era inconfundiblemente humana. Por su parte, la mujer también parecía sorprendida. Sus ojos se movían rápidamente entre Rakushun y Youko.

—¿Una invitada? ¿Dónde la conociste?

—La encontré en el bosque. Es una kaikyaku, llegó de Aquel Lugar durante el shoku en la Prefectura Shin.

Youko se estremeció.

Hasta aquí llegó el secreto.

La mujer murmuró algo y miró seriamente a Rakushun.

Youko se preparó. Si esta mujer había escuchado algo del kaikyaku fugitivo en Shin, podría hacer algo. ¿Protegería a Youko como Rakushun había hecho? De alguna manera, Youko lo dudaba.

—Bueno —La mujer se dirigió a Youko, su rostro se relajó y formó una sonrisa—. Ese ha debido ser un viaje peligroso —La mujer se dio la vuelta para hablarle a Rakushun—. ¿Qué es lo que te pasa? Has debido llamarme. ¡Debía estar exhausta! ¿Y la cuidaste tú solo?

Rakushun asintió.

—¡Sí! La cuidé bien.

—Hmph, me pregunto si será verdad —La mujer rio y entonces se dirigió a Youko con una mirada brillante—. Siento no haber estado en casa para ayudar. Espero que Rakushun realmente te haya cuidado como dice.

—Ah… sí, lo hizo —dijo Youko asintiendo—. Tenía fiebre y no me podía mover. Él me rescató, me salvó la vida. Le debo mi gratitud.

La mujer se acercó rápidamente a Youko y puso una mano cálida sobre su frente.

Youko se sobresaltó.

—¿Estás segura de que estás bien? Quizá es mejor que descanses.

—Estoy bien, gracias. Realmente me cuidó bien —Youko escogió sus palabras con cuidado, estudiando la expresión de la mujer para identificar algún signo de engaño.

Sintió que podía confiar un poco en Rakushun. Después de todo era una bestia. No era humano como esta mujer.

No puedo confiar en los de mi propia especie.

Un escalofrío bajó por la columna de Youko mientras lo pensaba.

—Pues es más razón aún para haber llamado a su madre, a veces no usa la cabeza.

—¡Pero la cuidé bien, mamá!

La mujer miró a Youko.

—Bueno, entonces me alegro. ¿Estás segura de que estás lista para caminar? Estás pálida, quizá necesitas dormir más.

—No, de verdad estoy bien.

—Si tú lo dices. ¡Y esa ropa! Es demasiado ligera para este clima tan frío. Rakushun, saca otro kimono. 

Rakushun entró a prisa a la otra habitación, dejando a Youko sola con la mujer a quien llamaba madre.

Youko se preguntaba sobre qué podía hablar, pero la mujer, que seguía hablando, ya iba de aquí para allá en la habitación.

—¡Este té está muy frío! Espera un segundo, haré más.

Cerró la puerta principal, le puso seguro y fue hasta el pozo en el patio. Los ojos de Youko la siguieron todo el camino. Cuando Rakushun regresó con una prenda parecida a un abrigo delgado, Youko se acercó rápidamente a él.

—¿Esa es tu madre? —susurró.

—Así es. Papá no está, murió hace mucho tiempo.

¿El padre de Rakushun también era humano? ¿O era él la rata? ¿Qué estaba pasando aquí?

—Um… —empezó Youko, insegura de cuáles eran las palabras apropiadas para esta situación—. ¿Es tu madre real?

Rakushun la miró confundido. 

—Claro que lo es. Fue quien me recogió.

Youko parpadeó.

—¿Cómo dices…? ¿Te recogió?

Rakushun asintió.

—Del riboku, el árbol familiar. Recogió la fruta en la que estaba yo —De repente los ojos de Rakushun se abrieron, como platos, como si acabara de recordar algo—. ¿Es verdad que en Aquel Lugar los niños nacen de los vientres de sus madres?

—Sí, más o menos. Eso… ¿no pasa aquí?

—Siempre me lo había preguntado —continuó Rakushun, ignorando la pregunta de Youko—. ¿Las frutas crecen en sus vientres? ¿Cómo los recogen? ¿Cuelgan o algo así?

Youko frunció el ceño. 

—No estoy segura a qué te refieres con “recoger”.

—Pues a recoger el ranka, ¿de qué más puedo estar hablando?

¿Ranka?

—Sí, al canistel, más o menos de este tamaño —Puso sus manos como si estuviera sosteniendo una pelota pequeña—. Es una fruta amarilla con un bebé dentro. Crecen del riboku y los padres van allí a recogerlos. ¿No tienen canisteles en Aquel Lugar?

Youko puso sus manos ligeramente sobre su frente. Esto era demasiado raro para poder comprenderlo.

—Parece que no —dijo Rakushun, notando su expresión de angustia.

Youko rio sarcásticamente.

—En Aquel Lugar, los niños se hacen en los vientres de sus madres. Las madres los dan a luz.

Los ojos de Rakushun se abrieron todavía más.

—¿Como las aves?

—Bueno, es un poco diferente, pero supongo que es la misma idea.

—¿Y cómo se hacen? ¿Hay una rama en su vientre? ¿Cómo puedes recoger la fruta dentro del estómago de alguien? —Rakushun se estremeció.

—Por Dios… —dijo Youko sosteniéndose la cabeza entre las manos. Y justo en ese momento, la madre de Rakushun regresó sonriente con un balde lleno de agua.

—Bien, tomaremos té. ¡Espero que tengas hambre!

La madre de Rakushun insistió en que su hijo contara la historia de Youko. Mientras lo hacía, se mantenía ocupada en la cocina, haciendo dulces parecidos a pastelillos con sus hábiles manos, pero escuchando atentamente al mismo tiempo.

—… Así que —dijo Rakushun finalmente, tomando un poco del pan hervido con su pequeña pata—, le sugerí que fuera a En. Y hasta allí llegamos.

La madre de Rakushun asintió.

—Sí, esa es probablemente la mejor idea.

—Así que… estaba pensando —Rakushun miró a su madre—, quizá deba llevar a Youko hasta Kankyu. Debemos darle algo de ropa nueva.

La madre de Rakushun lo miró a los ojos seriamente.

—¿Que harás qué cosa?

—¡No hay de qué preocuparse! Sólo es un pequeño viaje y Youko no sabe nada de estas tierras, necesita alguien que la guie. Estarás bien tú sola, ¿no? —Su madre lo miró fijamente por un rato y entonces asintió.

—Bien, entonces está bien. Pero ten cuidado.

—Rakushun —interrumpió Youko—, aprecio el gesto, pero no puedo pedirte que hagas eso por mí. Si sólo me señalas la dirección estaré bien.

Youko no quería a nadie a su lado, pero no podía decirlo.

—Tal vez podrías dibujarme una copia del mapa sobre algo que pueda llevar, si no es mucha molestia.

—Youko, será muy difícil llegar a En, ¿pero pretendes obtener una audiencia con el Rey Eterno por ti misma? Eso será casi imposible. Aunque conocieras el camino, el viaje a Kankyu dura más de tres meses. ¿Qué piensas comer todo ese tiempo? ¿Y dónde te quedarás? ¿Tienes dinero?

Youko se quedó muda.

—Nunca lo lograrás hacer tú sola. Especialmente porque no sabes nada de este mundo.

Youko pensó profundamente. ¿Por qué hacía esto por ella? Finalmente asintió.

—Gracias —dijo, mirando el bulto que era su espada con el rabillo del ojo—. Acepto.

Probablemente le iría mejor estando con Rakushun como compañero, tanto su madre como él parecían estar realmente interesados en ayudarla. Pero había otra cosa que no podía señalar. Youko no pensó que su inquietud fuera solamente producto de los nervios.

Aun así, murmuró su voz interna, sean amigos o enemigos, no puedo simplemente dejarlos aquí, saben mi objetivo y mi destino. Si van ante el magistrado una vez me haya ido, habrá alguna trampa, no un barco el que me esté esperando en Agan.

Por otra parte, si se llevaba a Rakushun con ella, le serviría de rehén, aseguraría el buen comportamiento de su madre. Y finalmente, si Rakushun la amenazaba, bueno… siempre estaba su espada.

Esta es la única opción, pensó, intentando ignorar la violenta punzada de odio hacia sí misma que se retorcía inexplicablemente dentro de ella.

  

 

Youko y Rakushun dejaron la casa cinco días después.

Al menos había descansado bien durante su estancia. Si era o no una actuación, al menos madre e hijo habían sido muy amables con ella, aunque las palabras de advertencia del mono azul resonaban en lo profundo de su mente todo el tiempo.

No sabes qué están pensando…

La madre de Rakushun había sido uno de mucha ayuda al asistirlos para preparar el viaje. Aunque su casa parecía ser mucho más pobre que la de Takki, había conseguido un cambio de ropa un poco simple, pero útil para Youko. Su ropa consistía ahora en un kimono grande de hombre, adaptado para su talla. Youko supuso que debía haber pertenecido al padre fallecido de Rakushun.

La ropa y la hospitalidad hicieron a Youko ser más cautelosa. Era difícil imaginarse que ambos anfitriones estaban haciendo tanto por ella sin ninguna razón. En Rakushun podía confiar un poco, no era como los demás -humanos- que había conocido en este mundo. Pero Youko no tenía el valor de confiar en su madre.

—¿Por qué me ayudas? —Youko finalmente encontró el coraje de preguntar justo cuando perdían de vista la pequeña casa sobre la colina.

Rakushun jugó con la punta de sus bigotes con una pequeña pata peluda.

—Bueno, primero que todo, es verdad que no creo que puedas llegar tú sola a Kankyu.

—¿Pero no sería suficiente mostrarme el camino?

—No, además, Kankyu es un buen lugar. He escuchado muchas cosas interesantes. La gente dice que se parece mucho a Aquel Lugar. Por supuesto, tiene sentido, teniendo en cuenta que el rey es de Aquel Lugar.

—¿Te refieres a Wa o a Kan?

—De dónde vienes tú: Wa.

—¿Así que eso es todo? ¿Vienes conmigo para pasear un poco?

Rakushun levantó la mirada para ver a Youko.

—¿Todavía no confías en nosotros, Youko?

—Es que sois demasiado amables. Es difícil de creer.

La rata se rascó el pelaje del pecho y acomodó la gran bolsa que llevaba en la espalda.

—Bueno, estamos en igualdad de condiciones. Como puedes ver, soy un mitad-bestia.

—¿Un qué?

—Un mitad-bestia, nos llaman hanjuu. Al rey de Kou no le gustamos, igual que no le gustan los kaikyaku. Para serte sincero, no le gusta nada fuera de lo común.

Youko sólo asintió.

—Los kaikyaku no son muy comunes. Vienen de las costas orientales, así que puede que haya más aquí que en otras partes, pero nadie lo sabe con seguridad.

—¿Cuántos crees que haya?

—Bueno, yo diría que más o menos cada tres años aparece uno, me refiero a los que sobreviven.

—Ya veo —dijo Youko. Eran más de los que imaginaba.

—La mayoría llega a Kei. Después de todo es el reino más al este. Luego vendría En. Kou está de tercer lugar, y tampoco tenemos cantidades de hanjuu. Pero no estoy seguro del porqué.

—¿Hay más en otros reinos?

—Bueno, hay más en Kou. De hecho, soy el único hanjuu en toda esta área. Nuestro rey no es tan malo, pero tiene sus pequeños caprichos, y bueno, los kaikyaku y los hanjuu salimos perdiendo —Rakushun jugaba con sus bigotes—. No estoy alardeando, pero soy el más listo de por aquí, incluyendo humanos.

Youko miró confundida a Rakushun.

—Soy inteligente, astuto y agradable.

Youko se rio.

—Ya veo.

—Sin embargo, no me tratan como a una persona. Soy mitad persona como máximo. Eso se decidió cuando nací así. No es mi culpa.

Youko asintió. Así que simpatizaba con ella porque ambos eran víctimas de la discriminación. Eso tenía sentido, aunque ella dudaba que esa fuera la historia completa.

—Es como te pasa a ti, los oficiales están tras de ti, pero no por algo que hiciste. Sólo porque eres una kaikyaku, ¿ves? ¡No es tu culpa!

—Entiendo.

Rakushun se rascó fuertemente el pelaje bajo su oreja.

—¿Sabes? Fui a la mejor escuela en la región y era el mejor de mi clase. El decano me recomendó a la mejor universidad de Jhun. Si vas allí, puedes ser un oficial regional.

—Y una región es más grande que una prefectura, ¿cierto?

—Sí, el orden es: prefectura, territorio y región. Cada provincia tiene varias regiones, aunque el número difiere. Una región tiene bajo su poder a unos cincuenta mil hogares repartidos en cuatro territorios. Cada uno tiene cerca de doce mil quinientos hogares en cinco prefecturas. La geografía política era mi especialidad —explicó Rakushun con los ojos brillantes.

Youko simplemente asintió con la cabeza. Tenía problemas entendiendo cuánto eran cincuenta mil hogares. ¿Cuántos tenía Tokio?

—Pero claro, se supone que ni siquiera tendrían que haberme dejado entrar a la escuela. Pero mi mamá insistía, y me decía siempre: “Si obtienes buenas notas, podrás ir a una escuela mejor y ser un oficial del reino”. Porque soy un hanjuu, nunca podré obtener tierras, pero si me convierto en alguien de alto rango, al menos podré mantenernos — Rakushun suspiró—. Me detuvieron en la entrada, “No se permiten hanjuu en este lugar”, dijeron.

—Qué mal —declaró Youko, insegura de qué otra cosa decir.

—Mi mamá vendió sus tierras y su casa para pagarme la escuela.

—¿Es decir que ahora no tiene tierras propias?

—Administra las tierras privadas de un hombre rico que vive cerca.

—¿Tierras privadas?

—Así es. La tierra que los oficiales te asignan se conoce como “tierra asignada”. La tierra que cultivas pero que pertenece a otra persona, es una “tierra privada”. Mi mamá es la única de la familia que trabaja, yo no lo hago. Quiero trabajar, pero no puedo. Nadie contrataría a un hanjuu. Perderían mucho en impuestos.

Youko frunció el ceño.

—¿Por qué lo dices?

—Algunos hanjuu son como osos o bueyes, y como son más fuertes que las personas normales, tienen una ventaja adicional y por eso le cobran más impuestos al granjero. Por supuesto, eso importa poco cuando eres una pequeña rata, pero a los oficiales no les interesa hacer distinciones a la hora de cobrar. Al final todo se reduce a que al rey no le gustan los hanjuu.

—Qué mal.

—Bueno, no nos va tan mal como a los kaikyaku. Al menos no intentan atraparnos o matarnos. Sin embargo, no nos cuentan como personas, no obtenemos campos y no podemos encontrar trabajo. Así que mi madre tiene que trabajar para mantenernos a ambos. Es por eso por lo que somos tan pobres.

Youko asintió. Parecía que muchas cosas en ese mundo no eran justas, pero ella tampoco podía decir que las cosas eran justas en el lugar de donde había venido.

—No es que no quiera trabajar, porque sí quiero hacerlo —Rakushun levantó el monedero que colgaba alrededor de su cuello—. Este es todo el dinero que mi mamá ahorró para ponerme en la universidad en En, donde las bestias pueden ascender y llegar hasta los estudios superiores. Hasta pueden convertirse en oficiales del reino. Los tratan como personas y pueden tener campos y una casa para su familia. Pensé que quizá si te acompañaba, yo también podría encontrar un lugar para mí en En.

Con que es esto, pensó Youko cínicamente. Ahora veo la verdadera razón de la amabilidad de Rakushun. Seguramente no era su intención hacerle daño, pero tampoco era todo buena voluntad. ¿Cuándo se le ocurrió que podría servir para escoltarlo hasta En? ¿Fue cuando vio la espada?

—Ya veo —dijo Youko con resentimiento en su voz.

Las pequeñas pisadas de Rakushun se detuvieron abruptamente. Miró a Youko un rato y permaneció en silencio.

Youko tampoco dijo nada.

Las personas viven para sí mismas. Aunque afirmen que están haciendo algo por altruismo, si los presionas lo suficiente, verás que se jugaban algo personal en esa acción.

Ella sabía que no debía sentirse traicionada simplemente porque Rakushun tuviera sus propios planes. Era algo natural. Youko suspiró por dentro. Era porque las personas vivían para sí mismas y nada que más para ellas que había traición en el mundo: en todos los mundos. Quizá había sido muy ingenua al pensar que alguien podría preocuparse por otros. No, ahora lo veía claro, era imposible.

  

 

En la noche de su primer día de viaje, Youko y Rakushun llegaron a una ciudad llamada Kakuraku. Era tan grande como Kasai y aunque al principio Youko estaba un poco intimidada, la noche pasó sin mayores contratiempos y mientras el viaje continuaba, aprendió a relajarse en esos lugares.

Youko también se adaptó al hecho de que sus viajes eran mucho más frugales de lo que habían sido con Takki. Ella y Rakushun se alimentaban con comida de plebeyos en las tiendas a los costados del camino y dormían en los alojamientos más baratos. Usualmente se quedaban en una habitación sencilla de cincuenta sen en algún hotel de mala muerte y luego la dividían con un biombo para reservar algo de privacidad. Youko no se quejaba, después de todo, Rakushun pagaba todo.

En el camino, Rakushun le dijo a la gente que Youko era su hermano. Si un hanjuu podía tener una madre humana, supuso Youko, entonces era obvio que también podía tener hermanos humanos. Y por lo que le parecía, nadie lo dudó.

El viaje fue fácil al principio. Rakushun pasaba el tiempo durante el camino enseñándole cosas de este mundo.

—De los doce reinos, están los cuatro Grandes Reinos, los cuatro Principados y los cuatro Reinos Exteriores.

—¿Y los cuatro Grandes Reinos son…? —preguntó Youko volteando a ver a su compañero, que caminaba tras ella.

—Kei al este, Sou al sur, Han al oeste y Ryu al norte. Los Grandes Reinos no son mucho más grandes que los Principados, pero así los llaman. Los Principados son En, Kyou, Sai y por supuesto, Kou. Finalmente, los cuatro Reinos Exteriores: Tai, Shun, Hou y Ren.

»Bien —continuó Rakushun—, cada uno de esos reinos tiene un rey, obviamente. El rey de Kou es llamado el Rey de la Colina y su palacio queda en Gosou en la provincia de Ki, es llamado Suikou o el Palacio del Bosque Verde.

—¿Gosou? ¿Es una ciudad?

Rakushun asintió y señaló a las montañas de la izquierda. El terreno por donde caminaban era muy accidentado. A lo lejos hacia la izquierda, una cordillera de colinas todavía más altas podía verse, y después de eso, otra inclinada cordillera.

—Está más allá de esas montañas, la montaña que llega hasta el cielo: El Monte Gosou. En su pico queda el Palacio del Bosque Verde y la ciudad de Gosou la rodea en su falda.

Youko asintió. 

—Allí es donde el rey gobierna. Les da sus órdenes a los gobernadores, promulga sus leyes y juicios, y divide la tierra entre las personas.

—¿Y qué hacen los gobernadores?

—Los gobernadores son quienes se encargan de cada provincia. Administran la tierra, las personas y los ejércitos. Se aseguran de que las leyes del reino sean obedecidas, recaudan los impuestos y mantienen al ejército listo en caso de cualquier problema.

—Así que el rey no se encarga de dirigir directamente a su pueblo.

—No, supongo que es más como un supervisor. Decide la dirección general en que el reino debe ser gobernado.

Youko no estaba segura de entender completamente, pero esto empezaba a sonarle como el tipo de sistema federal[3] como el que usaban en Estados Unidos; no una dictadura como esperaba.

—El rey dicta las leyes que se seguirán en el reino —Rakushun continuó—. Las llamamos las Leyes Terrenales. Los gobernadores también pueden hacer sus propias leyes, pero no pueden ir en contra de las Leyes Terrenales. Y las Leyes Terrenales no pueden ir en contra de las Leyes Celestiales.

—¿Leyes Celestiales? ¿Qué es eso?

—Son las formas de gobernar otorgada desde el Cielo a los reyes de este mundo. Si piensas en este mundo como un pabellón, las Leyes Celestiales son los soportes. Son lo que sostienen todo. Por eso también las llamamos los Pilares de la Providencia o las Columnas Celestiales. Aunque seas un rey debes seguirlas, pero mientras el rey no vaya en contra de las Leyes Celestiales puede hacer lo que quiera con su reino.

—Espera —dijo Youko—, ¿y entonces quién decide qué son las Leyes Celestiales? No me digas que son los dioses.

Rakushun rio y encogió los hombros.

—Se dice que hace mucho, mucho tiempo, Tentei, el Dios Supremo de los Cielos conquistó las Nueve Provincias y las Cuatro Tribus, eran trece tierras en total. Y entonces tomó el mundo y lo metió en un huevo, dejando cinco dioses y doce hombres dentro. Y entonces, en el centro del huevo, creó las cinco montañas y puso a Seioubo, la Gran Madre del Oeste como su soberana; convirtió las tierras que rodeaban las Cinco Montañas en el Mar Amarillo y convirtió a los cinco dioses en los Reyes Dragones de los cinco mares.

—Suena como un mito.

—Supongo que así es. También se dice que le dio una rama a cada uno de los doce hombres, cada rama tenía una serpiente enrollada y cada una de ellas llevaba tres frutos dorados. Las serpientes se desenrollaron y levantaron el cielo. Las frutas cayeron creando la tierra, los reinos y el trono, en ese orden. Y entonces cada rama se convirtió en un pincel.

Youko asintió educadamente. La historia de Rakushun le sonaba cada vez más como mitología, pero aun así era diferente de cualquier cosa que hubiera escuchado jamás.

—Las serpientes simbolizan las Leyes Celestiales. La tierra hace referencia al censo, el reino son las leyes y el trono simboliza a los sabios, es decir, los ministros. Y finalmente, los pinceles simbolizan la historia de la humanidad —Rakushun se tocó los bigotes mientras pensaba—. Por supuesto, yo no había nacido en ese entonces, así que no puedo decirte qué pasó en realidad.

—Ya veo —dijo Youko, la cabeza le daba vueltas. Había leído un libro sobre mitos de China cuando era niña, hace mucho tiempo, pero lo que recordaba no era nada parecido.

—¿Así que este Tentei es el dios más poderoso?

—Sí, supongo que se puede considerar así.

—Y cuando rezas, ¿a quién lo haces? ¿A Tentei?

Rakushun ladeó la cabeza con curiosidad.

—Supongo que puedes pedirle favores si a eso te refieres.

—¿No piden por buenas cosechas y ese tipo de cosas?

—Ah, para eso está Gyoutei. De hecho, hay algunas sectas que sólo adoran a Gyoutei. Para evitar inundaciones y cosas de ese tipo, se le reza a Utei. Y para protegerse de los demonios está Koutei.

—¿Hay uno para cada cosa?

—Así es, y cada uno tiene un culto con seguidores.

—¿Un culto? ¿Y a quién adoran las personas normales? ¿A alguien?

—No hay necesidad, si trabajas duro y el clima es bueno, tendrás una cosecha próspera. Ningún dios cambiará eso. Y al final, son los cielos quienes deciden si el clima será bueno o no. Puedes llorar y puedes reír todo lo que quieras, pero cuando la lluvia cae, cae y cuando no, no lo hace. Rezar no ayudará en nada.

Youko se sorprendió.

—¿Pero y entonces qué pasa con las inundaciones y las tormentas y… los shoku? 

—Para evitarlos el rey construyó cañerías y canalizó los ríos.

—¿Y las nevadas?

—Bueno, no hay mucho que se pueda hacer contra ellas. Pero el rey mantiene un almacén de granos para evitar las hambrunas en esos casos.

Youko frunció el ceño.

—De dónde vengo la gente le reza a los dioses para que les vaya bien en exámenes o para tener suerte con el dinero. Y sé de otros países donde la gente les reza a sus dioses por todo. ¿Aquí no hacen eso?

Rakushun entrecerró los ojos.

—Bueno, yo diría que todo eso depende de cuánto esfuerzo le pongas. ¿Por qué ayudaría rezar?

—Bueno, sí, supongo que tienes razón.

—Si estudias lo suficiente, pasarás los exámenes, y si haces dinero, serás rico. No veo que los rezos influyan en nada.

Youko sonrió, y entonces su sonrisa se congeló abruptamente en su rostro.

Ahora entiendo.

No hay tal cosa como regalos de Dios en este mundo, ni suerte ni buena fortuna. Es por eso por lo que las personas tomaban cualquier oportunidad de hacer dinero, aunque significara traicionar a un amigo.

—No me digas —murmuró Youko, su voz le sonó fría hasta a ella misma. Rakushun la miró rápidamente, y entonces volvió a bajar la mirada, sus bigotes estaban caídos.

  

 

Rakushun sabía muchas cosas y era inteligente, o eso decía él. Youko podía entender lo difícil que eran las cosas para él, ser tan inteligente pero aun así estar destinado a ser una carga para su madre por un accidente al nacer. Mientras el viaje continuaba, escuchó pacientemente mientras él le contaba las largas historias de su nacimiento e historias de las tierras que los rodeaban, conociendo el valor de la información, Youko guardaba ávidamente todo lo que decía. Pero cuando él quería saber más sobre ella, o más sobre Japón, Youko evitaba el tema. 

El ataque se dio el décimo sexto día después de que habían abandonado el hogar de Rakushun en Kahoku.

  

 

Era casi de noche. Youko y Rakushun habían apenas vislumbrado los portales de la ciudad de Goryou, donde planeaban pasar la noche. Todos los viajeros que seguían en la carretera se daban prisa para entrar a la ciudad; Youko y Rakushun se movían entre ellos, tomando velocidad para mantener el paso.

Cuando estaban sólo a cuatrocientos metros de distancia, el sonido de un tambor, que tenía intención de presionar a los viajeros, salió de las murallas. Youko, que había escuchado el tambor antes en su viaje, sabía que cuando dejara de sonar, cerrarían los portales.

Los viajeros aumentaron el paso aún más hasta que salieron corriendo como una manada descoordinada hacia la ciudad. La primera señal de problema fue un grito dentro de la multitud. Aquí y allí, la gente se detuvo, mirando tras ellos, luego hacia al cielo y entonces la multitud se paralizó repentinamente. Alarmada, Youko levantó la mirada y vio unas siluetas de una bandada de pájaros gigantes acercándose rápidamente.

Alas levantadas… aves gigantescas parecidas a halcones con cuernos… ocho en total.

¡Kochou! —gritó alguien, y la muchedumbre de viajeros se convirtió en una estampida en dirección a Goryou. Youko empezó a correr y Rakushun iba tras ella, pero era claro que el kochou los alcanzaría.

Los grandes portales empezaron a cerrarse. Cualquiera que siguiera en el camino estaba siendo abandonado.

¡No!

Tenía sentido. Los habitantes de la ciudad querían protegerse del kochou. No les debían nada a los viajeros. Pero, aun así, Youko pensó, ¿qué pueden hacer unas puertas cerradas contra criaturas que pueden volar?

—¡Por favor, esperad!

—¡Esperad!

Mientras corrían, la muchedumbre empezó a gritar de pánico. Youko se abrió paso rápidamente entre ellos, gritándole a Rakushun que la siguiera. Tendrían una mejor oportunidad en el campo abierto, donde podría usar su espada sin preocuparse por la gente alrededor.

Afortunadamente todavía estaban lejos de las puertas. Más cerca de la ciudad había un caos total mientras las personas se tiraban contra las paredes, cada mujer, hombre y niño luchaba por su seguridad mientras que los que iban llegando los empujaban contra las puertas. Todos gritaban.

Al fin Youko se había separado de la multitud y ahora trotaba lentamente hacia la ciudad. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

Aquí no hay dioses que te salven.

Llegaban las inundaciones y los demonios atacaban, y aun así nadie en este mundo pedía ayuda a sus dioses. Esa era la razón por la que todos corrían solos, dejando a sus compañeros atrás. Esa era la razón por la que cerraron los portales, dejando a los viajeros a su suerte. Sin ayuda divina, sin suerte, el que uno fuera atacado por los demonios o no, dependía completamente de cuánto cuidado se tuviera. Si a uno lo mataban o se salvaba, dependía completamente de la fuerza.

Si es así, entonces muchos morirán hoy aquí.

Un chillido parecido al llanto de un niño hizo que Youko se detuviera. Rakushun se adelantó, gritando sobre su hombro:

—¡Youko! ¡No lo lograremos!

—¡Ve a la ciudad, Rakushun!

El kochou líder estaba suficientemente cerca para que Youko pudiera ver el patrón de plumas en su pecho. Vigilando al kochou, le hizo una señal a Rakushun para que se dirigiera a la ciudad, y con el brazo quitó la tela que envolvía su espada.

Una sensación demasiado familiar corrió bajo su piel. Estaba bien acostumbrada a la sensación de Jouyu. Youko le dio la bienvenida con una gran sonrisa.

Oh, sí que lo lograremos.

Los kochou eran fáciles comparados con otros demonios, y sólo eran ocho. La espada de Youko podría atravesar hasta el tendón más grueso, de hecho, hasta ayudaba un poco que los monstruos fueran tan grandes. Eran blancos fáciles, y porque tenían que volar en línea recta, era fácil saber cuándo atacarían. 

Había pasado tanto tiempo sin pelear contra nada, y aquí estaba, sonriendo. Youko se sorprendía de sí misma.

Sus heridas habían sanado, su fuerza había regresado y tenía una confianza indomable. La hizo sentirse orgullosa el escuchar a las demás personas gritar, personas que debían estar persiguiéndola, a ella, la kaikyaku.

En el último momento, Youko se dio la vuelta y levantó su espada para enfrentarse a la bandada maligna mientras esta se dirigía a ella produciendo un viento maloliente.

Sentía una oleada de sangre en sus venas y un mar agitado golpeaba sus oídos.

Soy una bestia. Un demonio como ellos.

¿De qué otra forma podría explicarse su alegría ante la promesa de batalla?

  

 

La matanza empezó, tanto de los kochou como de los viajeros.

Youko cortó al primero que cayó en picado, luego al segundo, y para el momento en que había acabado con la mitad de ellos, el camino estaba teñido de rojo por la sangre.

La quinta gran ave caía en picado en su dirección. Youko la esquivó y movió la espada con una precisión increíble, cortando la cabeza del monstruo mientras pasaba. El cuerpo sin cabeza se estrelló contra el suelo y dio varias vueltas antes de detenerse. Youko se dio la vuelta justo a tiempo para ver al sexto kochou yendo en su dirección. Saltó para esquivarlo, cayendo boca abajo y observó cómo el demonio, enfadado por haber perdido su presa, planeaba hasta donde los viajeros se apiñaban en las puertas de la ciudad para así vengarse con ellos.

Youko se levantó en una posición de pelea, conteniendo su respiración. Había realizado con la mayor eficiencia su trabajo asesino. Se había acostumbrado al olor de la sangre, a cortar carne y hueso; pero el ver a los muertos le hizo detenerse un momento. En un instante recobró el coraje. Evadía las puntiagudas garras de sus enemigos, los atravesaba con su espada relampagueante, se alejaba de las fuentes de sangre y no tenía que ver con nada más por un rato.

Cuando el séptimo kochou cayó, Youko se levantó y miró al cielo. El octavo se mantenía en el aire, muy alto. Volaba en grandes círculos a través del aire crepuscular, aparentemente inseguro de qué hacer. El cielo había oscurecido rápidamente a medida que se acercaba la noche, hasta que el color era el de metal oxidado, atravesado solamente por la silueta negra del ave demoníaca.

Aun con la ayuda de Jouyu, no podía perseguirlo por el cielo.

—Baja —susurró Youko. Ven aquí, donde mi garra puede atraparte.

Mientras todavía miraba a la figura que volaba, Youko empezó a inspeccionar sus alrededores, mirando por el rabillo del ojo.

El kochou había atacado de día, lo que quería decir que era probable que ella estuviera cerca. La mujer del cabello dorado.

¿Dónde estaba? Youko podría verla si estuviera cerca. Y cuando la viera, estaba vez la atraparía. Ahora podía hacerlo. Y entonces averiguaría todo lo que quería saber. Y si la mujer no quería hablar, le cortaría un brazo y vería qué tenía que decir sobre eso.

Youko se detuvo abruptamente, atónita por el salvajismo de sus propios pensamientos.

¿Esta es mi verdadera naturaleza? ¿Una bestia?

¿Qué era este rencor dentro de ella? ¿O era simplemente ansias de sangre por el frenesí de la batalla…?

Muy lejos sobre ella, la sombra cambió de dirección en pleno vuelo. Youko lo vio descender y apretó con más fuerza la espada. La levantó y el ave demonio cambió de dirección una vez más, volviendo a subir para volar en círculos.

—¡Baja! —gritó al cielo.

Los demonios no deberían temerle a la muerte. O quizá estaba asustado por encontrar una presa tan fuerte.

Youko levantó la espada y apuñaló el cadáver del kochou que se encontraba a sus pies.

—¡Baja o cortaré a tus amigos, ¿me escuchas?!

Bien. Eso llamó su atención.

Momentos después de apuñalar a su compañero caído, el kochou que daba vueltas descendía en picado. Youko sacó la espada del cadáver justo a tiempo para enfrentarse a las garras que parecían flechas y se dirigían hacia ella. Salieron chispas de la espada mientras rechazaba el ataque y entonces Youko le dio vuelta a la espada, haciendo que la punta atravesara una de las patas del kochou.

El ave chilló y aleteó. El viento la zarandeaba mientras la criatura intentaba alzar el vuelo, con ella incluida. Youko arrancó la espada con ambas manos y se tiró al suelo, rodó una vez y entonces se levantó de un salto y clavó la espada al ancho pecho del ave. No percibió ninguna respuesta inmediata, pero cuando retrocedió, sacando el arma en el proceso, salió una fuente de sangre.

El resto fue fácil. La criatura ya no tenía fuerzas para volar. Incapaz de sostenerse, cayó al suelo. Después de un segundo y un tercer golpe, Youko le dio el golpe de gracia y le cortó la cabeza. Batió la espada en el aire, sacudiendo la sangre. Para ese momento, nada a su alrededor se movía.

  

 

Los kochou no eran lo único que yacía en el camino en el crepúsculo. Los cadáveres de viajeros atrapados por los kochou estaban esparcidos por todas partes. Youko escuchó algunos gemidos: algunos de ellos habían sobrevivido.

Youko los observó fríamente mientras limpiaba la hoja con el cadáver del kochou más cercano. Y entonces lo recordó.

No vine sola.

—¡¿Rakushun?!

Observó el camino que iba hasta Goryou y vio que las puertas de la ciudad estaban abiertas. Los guardias que salían de la angosta entrada se veían diminutos desde tan lejos.

Youko examinó el suelo entre ella y las paredes de la ciudad. En un momento pudo ver a una corta distancia, una masa de pelaje gris empapado de sangre.

—Rakushun…

Youko empezó a correr hacia él, y luego se detuvo, mirando nuevamente hacia los portales de la ciudad. Los guardias y las otras personas que salían de la ciudad gritaban algo, pero ella no pudo discernir sus palabras.

Youko miró a Rakushun y luego volvió a los portales.

No podía saber a esta distancia cuán graves eran las heridas de Rakushun, pero parecía poco probable que toda la sangre en su pelaje fuera del kochou que estaba a su lado.

Youko apretó la joya que colgaba de su cuello. ¿Su magia funcionaría en otros o sería como la espada que sólo podía usar ella? No lo sabía. No lo había intentado. Pero si funcionaba, podría usarlo para salvar a Rakushun.

La mente de Youko estaba confundida. Debería correr a ver sus heridas, y si era muy grave podía intentar utilizar la joya. Eso, sin lugar a duda, sería lo mejor para Rakushun. Sin embargo, no se movió ni un centímetro.

Mientras fuera a ayudarlo, los guardias la alcanzarían. No estaban tan lejos.

Youko sobresalía, era la única persona de pie entre los cadáveres del camino. Peor aún, si los guardias habían estado observando todo desde la seguridad de la ciudad, habrán visto que los kochou iban tras ella… y habrían observado boquiabiertos -o quizás horrorizados- mientras Youko los derrotaba. Cada persona en la ciudad sospecharía de ella, o directamente estarían asustados.

 A partir de allí, Youko podía adivinar qué pasaría. Su espada no tenía vaina. Si la revisaban, pronto descubrirían que llevaba el cabello teñido. Y entonces sabrían que era la kaikyaku buscada.

Pero y si huyo…

Youko observó al bulto inmóvil de pelaje ensangrentado.

¿Qué diría Rakushun si Youko lo abandonaba?

Viaja sola, lleva una espada envuelta en una tela, tiene el cabello teñido de negro, usa ropa de hombre. Se dirige a Agan para cruzar hasta el reino de En…

Si estas cosas se hacían de conocimiento público, entonces estaría atrapada. No podía dejarlo allí. Pero tampoco tenía la fuerza de correr y llevarlo con ella. Los guardias la atraparían seguro.

Por el bien de Rakushun, debía volver. Pero por su bien…

Su pulso se escuchaba fuertemente en sus oídos.

Y entonces, escuchó una voz a través de la marea creciente que llenaba su mente:

Corre hacia la rata y mátalo. 

¿Quién está allí? ¿Quién dijo eso? ¿Jouyu? ¿Yo misma?

No había tiempo de pensar en eso. Si Rakushun decía algo que no debía, sería el fin de Youko. No podía volver. Eso significaría tirar todo por la borda. Pero tampoco podía dejar allí a Rakushun. Eso era peligroso.

¿Y entonces qué hago…? ¿Regreso y hago lo que más me conviene? Hasta podría quitarle el dinero. Eso me sacaría de problemas. Es la única forma y tengo tiempo. Al menos tiempo de hacer eso.

Youko levantó la mirada. Los portales de la ciudad se habían abierto completamente y una multitud salía hacia la planicie. Estaban corriendo en dirección a ella.

Por reflejo, empezó a correr.

Una vez empezó, no pudo detenerse.

Youko corrió de vuelta al camino, donde una multitud de viajeros apenas llegaba a la escena de la matanza. Escabulléndose a través de una caravana, Youko llegó finalmente hasta el lado más lejano de la multitud recién reunida, y con ellos entre ella y la gente de la ciudad, huyó de vuelta a la carretera.

  

 

Estará bien. Debe estarlo.

Youko se repetía esto una y otra vez mientras corría a oscuras por el camino.

Una vez que el sol desapareció completamente y en el camino ya no había personas, Youko corrió sin tener cuidado de ser sigilosa. Dejando a Goryou detrás, cruzó por la primera intersección que encontró, escogiendo un nuevo camino para evitar volver a donde había pasado la noche anterior.

Aun cuando ya estaba a una distancia decente entre ella y la intersección, Youko no redujo la velocidad. Sentía que, si no se daba prisa, algo la alcanzaría.

Tiene que estar bien.

Aunque Rakushun les dijera algo sobre ella, no tenían fotografías en este mundo. No serían capaces de encontrarla tan fácilmente. Y Rakushun la había protegido, ¿no es así? No podía decirles que había tenido en su casa a un kaikyaku fugitivo, o él también correría riesgo de ser castigado.

Youko se dijo esto a sí misma hasta que se lo creyó, y finalmente dejó de correr. Sintió un vacío en su alma y un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío aire nocturno.

No debería estar pensando en esas cosas. ¿Está Rakushun a salvo? ¿Logró sobrevivir? Youko no había visto heridas serias, pero ¿cómo podía estar segura?

Debes volver¸ dijo una voz en su cabeza. Al menos debes averiguar si estaba a salvo o no. Si sobrevivió, entonces eres libre para irte.

No… es demasiado peligroso, dijo otra voz. Y aunque volviera, ¿qué podría hacer?

Tienes la joya.

¿Y qué? ¿Y si no funciona en Rakushun? ¿Y si ya está muerto?

Si vuelve, podría meterse en un gran problema, y no lograría nada. Y una vez la capturaran, ya podría considerarse muerta.

¿Valoras tu vida tanto? ¿La valoras por encima de la de los demás?

Claro que lo hago.

Él salvó tu vida. ¿Lo abandonarás?

¿Quién dice que salvó mi vida? Habría sobrevivido. Lo habría logrado.

Te salvó. Te protegió.

Lo hizo para beneficio propio. No hay tal cosa como buena voluntad. Las personas siempre traicionarán para alcanzar sus propios fines.

¿Y qué si tienen razones personales? ¿Eso hace que esté bien abandonar a alguien? ¿Estás segura? Todos esos heridos… uno de ellos era tu amigo, ¿puedes dejarlos a su suerte? ¿Al menos no debiste haber ayudado a la gente que iba a ayudarlos? Quizá pudiste salvar a algunos. Sus muertes están en tus manos.

Un pensamiento hermoso, pero eso no sirve en Este Lugar. Aquí, si esa es la suerte que te tocó, pierdes. Morirás. No pienso perder.

No es sólo un pensamiento. Es lo que se llama humanidad.

Humanidad. ¿Hasta había olvidado lo que era ser humana?

—¿Aun ahora sigues debatiendo tus principios, chiquilla?

Aun ahora, chiquilla. ¡Aun ahora!

—¡Vuelve, mata a la rata!

Youko se estremeció al escuchar la voz chillona tras ella. Se dio la vuelta para ver al mono azul asomado entre los arbustos a un lado del camino y sonriendo.

—¿No es eso lo que estabas pensando, mmm?

Youko miró fijamente al mono, boquiabierta. Todo su cuerpo temblaba.

—Lo pensabas matar, ¿no es así, querida? Y aun así sigues pensando en la moralidad, ¿aun después de todo por lo que has pasado? 

—¡No es verdad!

—Oh, claro que lo es. Es exactamente lo que estabas pensando.

—¡Nunca haría nada así!

—Sí que lo harías. 

—No podría haberlo hecho. ¡No podría!

El mono carcajeó con un brillo de alegría en sus ojos.

—¿Lo dices porque pensar en asesinar te asusta o porque querías matarlo, pero no sacaste el coraje de hacerlo? —el mono reía mirándola alegremente—. Oh, has crecido, has crecido. No te preocupes. Serás capaz de matar la próxima vez.

—¡No!

El mono seguía riendo e ignoró su respuesta, su voz hacía eco sin piedad en los oídos de Youko.

—Voy a volver —declaró ella.

—¿Y para qué? ¡Ya está muerto!

—Eso no lo sabes.

—Oh, pero sí que está muerto. Pero haz lo que quieras. ¡Vuelve! Que te atrapen y que te maten sin razón.

—No importa, volveré de todas formas. No me interesa lo que digas. —Youko se dio la vuelta y empezó a caminar en la dirección de la que había vuelto.

—Oh, ¿quizá crees que eso te absolverá de tus pecados?

Youko se detuvo.

—¡Vuelve! Ve y llora sobre su pequeño cadáver peludo. Sólo sigue repitiéndote que nunca pensaste en matarlo, ¿mmm?

Youko miró atónita al simio sonriente.

Esta soy yo. Esta no es más que mi propia voz. Estos son mis verdaderos sentimientos, nada más que eso.

—Oh, además, no es que no te fuera a traicionar. Menos mal que esto pasó antes de que lo hiciera, ¿eh?

—Cállate, monstruo.

—¡Oye! ¡Esos guardias podrían estar en camino ya! Tal vez la rata habló.

—¡He dicho que te calles!

Youko sacó la espada y cortó con ella las puntas de los arbustos.

—Espero que esté muerto, por tu propio bien. Oh, habría sido tan perfecto si sólo hubieras tenido la fuerza de hacerlo. Sigues siendo algo débil, ¿mmm?

—¡Cállate!

—Lo harás la próxima vez. La próxima vez que un amigo caiga, lo atravesarás.

—¡Te odio!

La espada pasaba a través de la hierba nuevamente.

No podía imaginar qué hubiera pasado si de verdad se hubiese atrevido a matar a Rakushun. Sólo haberlo abandonado estaba matándola ahora mismo, ¿cómo podría haber vivido con sangre en sus manos?

¿No es suficiente el sólo vivir? ¿Aun si significa convertirse en la criatura más horrible, no es suficiente el sólo vivir?

No, me alegro de no haberlo matado.

Se alegraba de no haber sucumbido a sus pensamientos. Se alegraba más que nada de no haberlo hecho.

El mono se reía sarcásticamente de ella.

—Así que lo dejarás vivir. ¡Dejarás que la rata te acuse! ¿Qué tiene eso de bueno, mmm?

—¡Rakushun puede decir lo que le venga en gana!

Las emociones que se agitaban en su pecho por fin encontraron una voz y las lágrimas bajaban por sus mejillas. 

—Tiene ese derecho. ¡Puede decir lo que quiera sobre mí!

—Sigues siendo demasiado blanda, Youko. Sigues siendo blanda.

¿Por qué soy incapaz de confiar en la gente?

No le estaban pidiendo que confiara ciegamente. Había niveles de confianza. Habría podido ser capaz de darle a la rata algo de crédito como mínimo. Le debía su vida.

—Sigues siendo demasiado blanda, y ellos pueden verlo, ¿sabes? Es por eso por lo que te traicionan. Eres un blanco fácil.

—Entonces que me traicionen.

—¡Demasiado blanda! —las carcajadas del mono atravesaban la noche—. ¿Estás segura? ¿Estás segura de que estás feliz con la situación patética que vives? ¿Estás feliz de ser una tonta a quien todos traicionan?

—Que me traicionen. Solo los hace más cobardes y no me hace daño. Es mejor que ser una cobarde como ellos.

—Ah, pero verás, son los cobardes quienes ganan. Esta es una tierra de demonios, Youko. ¡Demonios! No le importas a nadie. ¡No hay una sola alma bondadosa en este lugar!

—¡Eso no tiene por qué cambiar quien soy!

Así que nadie sería jamás verdaderamente bondadoso. ¿Y qué? ¿Era razón suficiente para abandonar a alguien que sólo había sido amable con ella? Claro, puede que no fuera puro altruismo, ¿pero no pudo confiar en él igualmente? ¿No pudo escoger ser equitativa, un favor por un favor, amabilidad por amabilidad? Si no era así, ¿entonces qué decía eso sobre ella? ¿Que se había convertido en alguien sin corazón y que podía apartar a todos, cortando todos los lazos de confianza y de amistad?

Seguramente Youko podría confiar en otros, aun si traición era todo lo que daban a cambio. Aunque de verdad estuviera sola en este vasto mundo, sin un alma que la ayudara, sin un alma que la consolara, esa no sería razón suficiente para que ella misma actuara cobardemente, sin confiar en nadie, abandonar a sus amigos… o peor, hacer daño a otros.

La risa histérica del mono apuñalaba sus oídos.

—Oh, yo creo que sí.

—Debo ser fuerte —murmuró Youko, apretando la empuñadura de la espada.

Este mundo, estas personas… nada tiene sentido. Puedo tomar mis propias decisiones. Puedo volverme lo suficientemente fuerte como para vivir por mí misma, orgullosa de ser quien soy. No seré lo que ellos me hagan.

Repentinamente, el mono dejó de reír.

—No —dijo entre dientes—. Morirás. ¡No puedes ir a casa y nadie te echará de menos! Serás engañada y traicionada, y seguramente morirás.

—No moriré.

Si muriera aquí y ahora sería aceptar que era la tonta cobarde que sentía que se había convertido. Sería muy fácil decir que su vida no valía la pena, pero eso sería escapar.

No podía vivir negando su propia humanidad. No podía permitirse hacer eso.

—Morirás. ¡Pasarás hambre y te dejarán morir, exhausta y cansada!

Youko movió la espada con toda su fuerza. La espada cortó a través de hierba, arbustos y el aire oscuro y sintió cómo impactaba con otra cosa. La cabeza del mono, que seguía brillando de color azul pálido, cayó. Youko observó, incrédula, mientras caía al suelo y rodaba entre las sombras, dejando un rastro de sangre tras ella.

—No me perderá a mí misma —dijo, enjugándose las lágrimas. Había estado llorando todo el tiempo.

Youko secó sus ojos con la manga de la camisa. Había empezado a caminar cuando notó un brillo dorado a sus pies. Por un momento, se quedó allí distraída, mirándolo, insegura de qué significaba.

En la mitad del charco de la sangre que se esparcía como una mancha en el suelo, justo donde la cabeza del mono azul debía haber estado, vio algo que no tenía sentido.

Algo que pensó haber perdido hace mucho.

Era la vaina de su espada.

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