CAPÍTULO
118
La cola de la columna del Ejército Imperial había
dejado Kouki y se dirigía a la provincia de Bun cuando los avistamientos de un
hombre que coincidía con la descripción de Gyousou llegaron a Asen. Los
informes se originaron en una de las ciudades del castillo del condado en las
tierras fronterizas.
Se había producido un levantamiento y
los rebeldes se apoderaron de las fortificaciones, o eso leyó Asen en los
informes. Siendo ese el caso, ¿dónde estaría? Incluyendo el castillo Provincial
de Bun, reducía las probabilidades a seis ubicaciones. Pero según los testigos
presenciales, Gyousou pasó por Nanshou, una ciudad al sur de la provincia de
Bun, y se dirigió hacia la provincia de Ba.
—¿Entonces están estableciendo una base
en la provincia de Ba?
Excepto que se decía que la compañía de
Gyousou era pequeña en número, por lo que era poco probable que lanzaran un
asalto a un castillo en la provincia de Ba. Seguramente tenían la intención de
escapar a un refugio seguro en alguna parte.
—Si tuvieran las fuerzas para atacar un
castillo en el acto, Gyousou difícilmente estaría solo.
No importa a qué castillo apuntaran,
carecían de la mano de obra para atacar y ocupar el castillo, y luego encontrar
el material para apoyar la ocupación. Asen no tenía dudas de que capturar un
castillo era parte del juego final, pero eso aún tenía que suceder. Era lógico
que hasta que ocurriera el levantamiento real, ocultarían a Gyousou en un lugar
seguro.
—Y la provincia de Ba es el último lugar
donde cualquiera de nosotros quiere terminar.
Por lo que Asen
sabía, la provincia de Ba era un lugar decrépito. Tenía poca familiaridad con
la tierra. Tampoco Risai y Gyousou. Nunca había oído hablar de ninguna conexión
entre ellos y la provincia de Ba.
—Si se dirigieran a través del centro de
la provincia de Ba, usarían el Camino Nevado del Sur.
Una vez que pasaran Nanshou, se
trasladarían al sur o suroeste de la provincia de Ba y luego probablemente a la
provincia de Kou. Una vez atravesada la elevada cadena montañosa a lo largo de
la frontera, el camino se bifurcaba en muchas direcciones. Rastrearlos después
de eso sería difícil. Tendrían que apoderarse de Gyousou antes de que saliera
de las montañas. Incluso después de desplegar la caballería aérea, habría poco
tiempo libre.
—Parece que no tengo otra opción.
Asen volvió sus ojos hacia la noche cada
vez más profunda.
El mensajero del Palacio Interior llegó a la puerta
de Kisen alrededor de la medianoche. Asen deseaba verlo de inmediato.
—¿Su Alteza quiere verme?
—Tienes una tarea que debe hacerse y
nadie más que Kisen-dono lo haría. Por favor, date prisa.
“Él no se ha olvidado de mí”. Ese fue el primer pensamiento en su mente. Asen no
se había olvidado de ellos. No les había dado la espalda después de todo.
—Estaré allí lo antes posible.
Kisen le dijo que esperara mientras se
preparaba. Cambiándose de ropa, recordó la última vez que se vieron, la voz y
la sonrisa de Asen. También recordó que había prometido hacerle una visita a
Santou. Tenían una reunión programada con Hinken. El plan era reunirse con
Santou de antemano y concretar los detalles por adelantado, y luego ir a ver a
Hinken.
Hinken probablemente también habría sido
convocado por Asen. Si es así, tendrían que cancelar la reunión. Santou ya
habría sido notificado de la cancelación. Tener a alguien que se disculpe en su
nombre sería lo más cortes. Así que envió a un mensajero para explicar la
situación.
—Gracias por esperar.
Habiendo puesto en orden esas diversas
cosas, Kisen regresó al salón principal. El mensajero se quedó inmóvil como un
maniquí. Volvió su semblante sin emociones hacia Kisen y respondió con una
reverencia mecánica.
Santou escuchó al mensajero enviado por Kisen.
—Ya veo —dijo.
A pesar de que una vez se contaron entre
los criados de Asen, ellos y Hinken habían sido tratado de manera indiferente
durante mucho tiempo, como si hubieran dejado de existir en algún lugar del
camino. Pero junto con el reciente cambio de comportamiento de Asen, parecía
que una pequeña luz finalmente brillaba sobre ellos también.
—Buenas noticias —se dijo a sí mismo, y
luego se sintió extraño por pensar así, incluso un poco culpable.
En lo que respecta a Santou, Asen era su
enemigo, al igual que los sirvientes de Asen, aunque Hinken lo consideraba un
colega de confianza. Estaba seguro de que Kisen no se sentía diferente. A
medida que el flujo del tiempo tomaba un giro y otro, la posición en la vida de
una persona y las historias que contaba sobre sí mismo quedaban a un lado como
piedras a lo largo del camino.
Estaba igualmente seguro de que ni
Hinken ni Kisen habían conspirado para cometer regicidio. Asen fue quien tramó
el complot y lo llevó a cabo. Sus criados simplemente aceptaron la decisión de
su general. Tal curso de acción nunca se les habría ocurrido de otra manera.
Hicieron lo que se suponía que debían hacer los soldados. Asen fue quien planeó
el crimen y lo llevó a cabo.
Sin embargo, Hinken y Kisen cooperaron
en su ejecución, solo eran herramientas que Asen tenía a mano. No tenía sentido
culpar a las herramientas por lo que se hacía con ellas.
“Kisen seguramente debe estar complacido
con este giro de los acontecimientos”, pensó Santou mientras se dirigía a la oficina de Hinken. Hinken
estaba esperando con sus subordinados.
Cuando Hinken preguntó por Kisen, Santou
explicó que Asen lo había convocado directamente.
—¿Una citación de Su Alteza?
—¿Entonces no fue informado, General? En
ese caso, esto debe implicar un conjunto especial de órdenes.
Expresar lo obvio en voz alta dejó a
Santou con una sensación de inquietud. Kisen era el criado de Asen, pero al
mismo tiempo, también estaba bajo el mando de Hinken, igualmente uno de los
criados de Hinken. Invocar a Kisen sin pasar por Hinken no sentaba bien.
Santou dijo:
—Me imagino que podemos esperar obtener
una explicación de Asen-sama.
Hinken asintió, aunque con una expresión
totalmente insatisfecha en su rostro.
Era pasada la una de la madrugada cuando
concluyeron sus discusiones sobre la reorganización del ejército. El tema
principal de la reunión era cómo proceder ahora que Yuushou estaba desaparecido
en acción, si debiesen presentar una recomendación para reemplazarlo y, de ser
así, quién debería ser.
Eso planteaba la pregunta sobre cómo
asignar a los soldados que habían estado bajo el mando de Yuushou. Una opción
era asignarlos a un nuevo general de la misma línea. Sin embargo, dado que sus
soldados restantes también incluían a sus antiguos criados, la elección del
personal también podría entrar en conflicto con sus lealtades personales, lo
que a su vez podría afectar la moral de la tropa.
Por otro lado, dividir las fuerzas
existentes de Yuushou a nivel de regimiento y batallón y dispersarlas entre las
divisiones existentes ciertamente degradaría la cohesión de la unidad y la
efectividad operativa de los oficiales y soldados involucrados. Esas pérdidas
podrían reducirse manteniendo las unidades lo más grande posible, pero eso solo
haría que fueran más difíciles de integrar a nivel de mando.
Hinken dijo con una sonrisa triste:
—Desafortunadamente, todas las
preocupaciones del mundo harán poco para abordar el problema.
Santou dijo:
—Cualquier citación
enviada a Kisen debería haber incluido también al general. Asen-sama no dejaría
de lado al general de esa manera.
Esta vez, Hinken no estuvo de acuerdo ni
en desacuerdo. Respondió con una sonrisa pálida, su expresión traicionando solo
una mirada momentánea de inquietud.
Santou se despidió y salió de la
oficina. En el camino, se separó de sus colegas y regresó solo a sus aposentos.
La casa de Kisen estaba en el camino, un trote corte por una calle lateral.
Santou también podría pasar y ver cómo estaba. Si Kisen estuviera en casa,
sería una buena oportunidad para ver su rostro brillante y alegre y felicitar
en persona a su subordinado firme y bondadoso.
Había entrado en el callejón de la casa
de Kisen cuando vio una figura sombría que se acercaba en la oscuridad. Basado
en la altura y el físico, debía ser Kisen.
—¡Hey, gran momento!
Tan pronto como Santou alzó la voz, quedó
impresionado por la rareza de la escena. Cerró la boca y le dio a la silueta
una mirada dura. La solitaria sombra humana caminaba en la noche oscura, con
paso incierto, como si siguiera una línea serpenteante con pasos tambaleantes
balanceándose de vez en cuando de un lado o del otro, casi a punto de caerse.
Santou observó la escena con creciente
sospecha. Cuando la figura curiosa se acercó, sin duda era Kisen. Santou pensó
al principio que estaba borracho, pero una mirada más cercana reveló que no era
así. Su rostro enervado se inclinaba hacia atrás y miraba hacia el cielo con
ojos turbios. No prestaba atención a Santou, incluso cuando estaba parado justo
a su lado, sus ojos huecos solo miraban al cielo.
—¿Kisen? —gritó, pero Kisen no mostraba
signos de escucharlo. Kisen no lo miraba, solo se tambaleó como una marioneta
sin alma. A un brazo de distancia de Santou, dobló la esquina.
—Kisen, ¿qué está pasando?
Santou corrió tras él y lo agarró del
hombro. Kisen no se dio la vuelta. Cuando Santou dio un tirón firme a su
agarre, Kisen finalmente lo miró con ojos huecos, pupilas como pozos negros
vacíos que lo miraban y no veían nada.
Al mirar esos ojos, un escalofrío de
pavor le recorrió la espalda. Reconoció la condición. “Esa enfermedad”.
No quedaba ningún Kisen dentro del Kisen.
Sin palabras, la fuerza abandonó su
mano. Kisen volvió la cabeza en la dirección en la que se dirigía y se alejó
tambaleándose.
—La paloma…
—¿Kisen?
—…en el almacén —dijo la figura en
retirada—. Qué horrible, qué espantoso…
Asen convocó a Ukou temprano a la mañana siguiente.
Ukou había pasado la noche bebiendo, solo para despertarse un poco después de
irse a la cama, dejándolo de mal humor. Pero Asen solo lo mandaba a buscar
cuando tenía algún trabajo sucio que solo Ukou podía hacer. La oportunidad de
mostrar sus habilidades y ejercer su influencia de la manera que le gustaba
siempre le levantaba el ánimo.
Como venganza por
despertarlo, hizo esperar al mensajero mientras él se tomaba su tiempo para
prepararse. Siempre usaba su armadura roja cada vez que tenía negocios que
atender. Se ató el podao que le dio Asen y se dirigió al Palacio Interior. Ukou
nunca iba a ninguna parte sin una espada. Ukou incluso tenía permiso especial
para presentarse armado ante Asen. Si se le permitía llevar una espada
alrededor de Asen, también podía hacerlo en cualquier otro lugar del Palacio
Imperial, y todos los que lo rodeaban tenían que recordar constantemente ese
hecho.
Cuando Ukou entró en el Palacio
Interior, Asen ya estaba en el trono. Se despejó la habitación. Asen y Ukou
estaban solos en el gran salón. Asen no comenzó a hablar hasta que confirmó que
todas las puertas estaban cerradas.
—Sabemos dónde está Gyousou.
—Ah —dijo Ukou. Se rio—. ¿Entonces es
hora de reanudar la caza?
El asalto siete años antes surgió en sus
pensamientos. Qué asombrado había estado Gyousou por las habilidades de Ukou
con la espada. Gyousou había sido completamente expulsado en su juego. Nunca
olvidaría la cara de Gyousou mientras lanzaba golpe tras golpe. Ukou nunca se cansaba
de recordar y revivir ese encuentro.
Se encontraron por
primera vez en la batalla en un momento inoportuno y Ukou no tubo tiempo de
acabar con él. La próxima vez, sin embargo, lo cortaría en dos. Imaginando eso
en sus pensamientos, Ukou frunció el ceño. Excepto que le habían dicho
expresamente que no lo matara.
Era poco probable
que Asen creyera que Ukou estaba tratando de ser fácil con Gyousou y cometió un
desliz. Probablemente podría argumentar
que estaba tratando de contener sus golpes, pero su oponente peleó como un loco
y forzó su mano. Ukou sonrió para sí mismo.
—Será una cacería, pero tú no serás el
cazador.
Ukou respondió con
una inclinación burlona de su cabeza. Respondiendo a la llamada de Asen, varias
figuras aparecieron detrás de las pantallas plegables. Iban vestidas con
armaduras y empuñaban espadas.
Ukou miró de un lado a otro entre Asen y
el escuadrón de soldados que apareció de la nada. “¿Qué está pasando?”,
no necesitaba preguntar. Asen tenía la intención de deshacerse de él de una vez
por todas. Miró a esa banda de asesinos, todo su cuerpo temblaba de furia. Una
segunda mirada y esa rabia se convirtió en diversión. De pie al frente estaba
Kisen. Kisen era uno de los subordinados más aburridos de Hinken, completamente
normal como espadachín.
Para alguien como él, que había
eliminado al gran Gyousou, Kisen no se elevaba al nivel de una amenaza seria.
Estaba a punto de reírse a carcajadas
cuando notó la mirada en los ojos de Kisen. La expresión congelada en su
rostro. No había vida, ningún alma viviente en esos ojos. Miró a Asen. La
mirada helada de Asen casi lo convertía en piedra. Asen levantó un talismán de
papel y con ambas manos lo partió lentamente en dos.
Kisen y el resto de los títeres no eran
sus enemigos. Si alguien iba a acabar con él, ese sería Asen. Bueno, matar a
Asen y apoderarse del trono no sería tan malo. Estaba a punto de gritar un
grito de guerra cuando una sensación como si le arrancaran algo de la
espalda le entumeció las cuerdas vocales. Ese algo se deslizó por su
columna vertebral hasta la nuca y se arrastró fuera de su cuerpo.
Al mismo tiempo,
una gran pesadez descendió sobre sus hombros. Ukou recordó la última vez que
sintió ese pesado peso. Ahora gritó. Esa sensación de tener la cabeza y las
extremidades llenas de paja después de una larga noche de copas. Una sensación
generalizada de fatiga que no había sentido desde que Asen lo había poseído con
el hinman.
“¡Me lo quitó! ¡Me quitó el hinman!”.
El Kisen de ojos hundidos sacó sin
esfuerzo su podao de la vaina. Su postura no dejó una sola abertura en sus
defensas, cada movimiento practicado a la perfección, fluyendo naturalmente
como el agua. ¿Cómo podría ser ese el mismo soldado común y corriente que nunca
había peleado mejor que el aficionado promedio?
Superado por una ola de pánico, Ukou
agarró la empuñadura de su espada. Su mano temblorosa se cerró al principio en
el aire vacío. Cuando logró desenvainar su espada, fue como izar un ancla.
Cuando la hoja salió de la vaina, Kisen ya estaba lo suficientemente cerca como
para estirar la mano y tocarlo. Ukou logró blandir la espada. Pero no trazó
ningún arco claro a través del aire hacia su objetivo. Kisen ya no estaba cerca
de la punta de plomo del arma.
Ukou se retiró a toda prisa, solo para
darse cuenta de que se había acercado a Kisen, ahora de pie junto a él,
sosteniendo el podao por encima de su cabeza. La punta de la hoja dibujó una
línea afilada y clara en el aire, tal como lo había hecho una vez la espada de
Ukou.
Y un momento después, cortó a Ukou en
dos.
Kisen miró el cadáver, cortado
limpiamente por la mitad desde la coronilla hasta la parte inferior de la caja
torácica. Ni sentía nada. Por reflejo, sacudió la sangre de la hoja y deslizó
el podao de nuevo en la vaina.
A un lado, una voz le gritó:
—¡Buen trabajo!
Esa voz de alguna manera tocó una fibra
sensible, pronunciando palabras que había anhelado escuchar durante tanto
tiempo. Incluso con la cabeza envuelta en una nube oscura, entendió eso.
Sintió una leve chispa de felicidad y
asintió.
—Dirígete a Nanshou y captura a Gyousou.
Bajo ninguna circunstancia debes matarlo.
Dentro de la oscuridad total, esa voz
brilló sobre él como la luz del sol. Kisen volvió a asentir. Pero por alguna
razón inexplicable, sintió un poco de soledad.


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