PARTE VII
CAPÍTULO 34
Los vientos que azotaban al Palacio Hakkei se
volvían más fríos día a día. La escarcha cubría las coronas de los techos por
la mañana, incluso los edificios ubicados cerca del Mar de Nubes. La nieve ya
cubría los picos de las montañas del norte.
Bajo arresto domiciliario, Kouryou y
Taiki pasaban sus días en la ociosidad. No habían sido interrogados formalmente
ni una vez durante ese tiempo. Lejos de eso, nadie con autoridad había visitado
a Taiki. La ausencia de Asen no era tan sorprendente, pero ninguno de los altos
funcionarios, empezando por Chou’un, se había presentado en su puerta para
hacerles ninguna demanda.
“¿Cuál es el significado de todo esto?”, Kouryou se preguntó a sí mismo.
El semblante típicamente imperturbable
de Taiki también se había vuelto cada vez más nublado. Por lo que Kouryou podía
decir, todo el plan había encallado, un barco naufragado en los arrecifes.
Además de eso, presencia el Palacio Hakkei desde el interior proporcionó una
perspectiva diferente a todo lo que Kouryou y Taiki habían imaginado.
Hasta ahora, Kouryou imaginaba a Asen
como lo haría cualquier usurpador: acumulando celosamente su autoridad robada,
dirigiendo el gobierno como su juguete personal. En consecuencia, una mirada al
rostro de Asen y el Rikkan le dio la espalda a la gente por pura
autoconservación. A las personas de principios que trataron de corregir el
curso descendente se les prometieron los tormentos del mundo de abajo por sus
esfuerzos y así se guardaron sus consejos para sí mismos.
Eso es lo que Kouryou pensó que
encontraría dentro de los límites del Palacio Hakkei. Pero lo que la Corte
Imperial de Asen realmente reveló desafió todas esas expectativas.
Para empezar, Asen no estaba a la vista. Incluso
teniendo en cuenta las historias relatadas por Heichuu y Shouwa, Kouryou apenas
sintió su presencia. Aunque Asen ocupaba el trono, rara vez salía de Rokushin,
la mansión que albergaba las habitaciones del emperador en las profundidades
del Palacio Imperial. Kouryou dedujo que Asen no se presentaba a las reuniones
del Consejo Privado y no hacía pronunciamientos ni decretos públicos.
“Tal vez…”, Kouryou expresó en sus pensamientos.
—Tal vez alguien ya llegó a Asen y lo
asesinó.
Cepillando el
cabello de Taiki, las manos de Shouwa se detuvieron.
—Oh, tonterías —dijo, reaccionando a la
conjetura de Kouryou con una expresión de sorpresa—. Eso es lo último que
esperaría.
Desde que Shouwa había sido asignada
para ser su asistente, la vida dentro de la cárcel había mejorado notablemente.
Se mudó a una habitación de su pequeña prisión y trabajaba sin apenas
descansar, sin pasar por alto nada que mereciera su atención, despertándose todas
las mañanas para avivar el fuego y calentar la sala de estar, calentar el agua
y ordenar. Después de lo cual preparaba el guardarropa de Taiki para el día.
Esa mañana también lo ayudó a vestirse,
negándose a tomar en serio sus afirmaciones de que podía hacerlo él mismo, y
ahora lo estaba arreglando.
Después de decirle a Taiki:
—Bueno, entonces, eso debería estar bien
—dijo—: Creo que podemos asumir con seguridad que goza de buena salud
precisamente porque lo vemos muy raramente en estos días.
Pero alguien tenía que presentarse a
trabajar para que el reino siguiera funcionando. Ese era el trabajo de Chou’un,
el Chousai y los seis jefes ministeriales del Rikkan. Los ministros
solían ser socios cercanos del Chousai, pero no sería exagerado decir que
Chou’un gobernaba Tai. Y, sin embargo, nadie llamaba a Chou’un un funcionario
corrupto o confabulador.
Durante la dinastía del emperador Kyou,
Chou’un había sido viceministro en el Ministerio de la Primavera.
—Si la memoria no me falla, se convirtió
en viceministro con el fuerte apoyo del ministro de Asuntos Religiosos.
—Escuché lo mismo. No es que haya
buscado el favor del emperador Kyou. Acumuló constantemente una larga serie de
logros y se ganó una reputación de confianza.
Kouryou asintió. Cuando se trataba de ritos
y rituales, se decía que el conocimiento de Chou’un no tenía igual. El ocaso
del reinado del Emperador Kyou vio la proliferación de funcionarios
irresponsables que se pavoneaban por los pasillos del Palacio Imperial. Él no
era uno de ellos. Kouryou recordó rumores y charlas que lo describían como un
oficial astuto y capaz. Gyousou probablemente también lo escuchó, así que lo
eligió para encabezar el Ministerio de Primavera.
—No he escuchado nada que sugiera que
condujo sus asuntos de una manera que podría describirse como cruel o
despiadada. La gente como yo no está en condiciones de juzgar a los que viven
sobre el Mar de Nubes, pero no ha llegado a mis oídos ninguna palabra que me
lleve a concluir que es un funcionario disoluto que arrogantemente arrojaría al
reino al caos.
—Entonces, ¿cómo llegó Tai a estar en su
condición actual? —Kouryou se preguntó en voz alta.
Shouwa no tenía respuesta. Según lo que
habían aprendido de Heichuu y Shouwa, el caos que se apoderaba del reino surgió
menos que las acciones de cualquier persona, sino que fue la consecuencia de
que nadie hizo nada para detenerlo. Eso parecía una mejor descripción de las
condiciones reales. “Dispersos”, fue la palabra que usó Heichuu. La
Corte Imperial se estaba desmoronando y el reino estaba perdiendo su forma.
—De cualquier forma, todo es muy extraño
—interrumpió Taiki—. ¿Por qué supones que Asen no se muestra en público?
—Definitivamente lo es —coincidió
Kouryou asintiendo. Escuchó la voz de Heichuu desde el otro lado de la puerta.
Su ayuda de cámara había llegado con el desayuno. Kouryou se acercó a la
entrada. Como siempre, Heichuu estaba acompañado por varios asistentes de menor
rango que llevaban los platos.
—Perdón por la espera —dijo Heichuu con
una reverencia de disculpa.
Los asistentes pasaron junto a él,
llevando la comida a la sala principal. Observándolos, Kouryou frunció el ceño.
Uno de los asistentes se mantuvo apartado del resto, con una mirada en blanco
en su rostro. Su ropa y la insignia pegada a su cintura le dijeron a Kouryou
que él también pertenecía al Ministerio del Cielo. Sin embargo, no mostró
ninguna inclinación a ayudar. Ni siquiera estaba prestando atención a sus
colegas, solo miraba al vacío.
A Kouryou no fue el único al que le
pareció extraño este comportamiento. Heichuu y el resto de los asistentes
lanzaron miradas inquietas en su dirección.
“¿Quién es este tipo?”.
¿Y qué estaba
haciendo él aquí? Kouryou llamó la atención de Heichuu con una mirada
inquisitiva. Heichuu negó con la cabeza. Él tampoco lo sabía. Cualesquiera que
fueran las órdenes que enviaban al hombre allí con ellos procedían de una
cadena de mando separada.
Habiendo cumplido con su deber, los
asistentes abandonaron la habitación. Con una sonrisa equívoca, Heichuu le dijo
a Taiki:
—Perdón por la demora, pero por favor…
Fue entonces cuando el funcionario no
identificado, parado allí como una estatua, de repente cobró vida. Se acercó a
Taiki y se arrodilló ante él con una formalidad casi mecánica.
—Ha sido convocado por Su Alteza.
Kouryou se sobresaltó, pero apretó los
labios antes de que la exclamación pudiera escapar de su boca. Su Alteza
solo podría referirse a Asen. Las ruedas finalmente habían comenzado a
girar.
—Debo escoltar al Taiho al Naiden[1] en el Palacio Interior.
—¿Esta solicitud
vino del mismo Asen? —preguntó
Kouryou.
El emisario del Ministerio del Cielo
permaneció impasible y no respondió, ni siquiera lo miró.
Kouryou continuó a pesar de todo.
—Primero deberíamos querer saber el
propósito de esta reunión.
Sus repetidas demandas no provocaron
respuesta. Después de indicar que una escolta llegaría en un momento, el
emisario se puso de pie y salió de la habitación, con el rostro tan inexpresivo
como cuando entró.
—¡Momento! —Shouwa exclamó en voz baja y miró alrededor de la habitación.
Sus pensamientos eran obvios: si Taiki iba a reunirse con Asen, entonces
debería vestirse en consecuencia y la preparación necesaria debía hacerse de
inmediato.
Heichuu no estaba menos nervioso.
Aparentemente, el Ministerio del Cielo tampoco le había informado sobre el
encargo de este oficial.
Una pregunta completamente diferente
cruzó la mente de Kouryou. Le dijo a Heichuu:
—¿Quién era ese emisario?
—Hmm… —fue
la primera respuesta de Heichuu. Inclinó la cabeza hacia un lado y dijo—: Un
funcionario del Ministerio del Cielo adjunto a Rokushin, aunque no podría
decirte su nombre.
Kouryou no estaba particularmente
interesado en el nombre del hombre. De hecho, en ese momento, no tenía una
buena idea de qué pregunta hacer o cómo hacerla. La presencia del hombre
simplemente se sentía fuera de lugar. Sus ojos, para empezar. Estaba tratando
de concentrarse en algo que no estaba allí, como si estuviera intoxicado.
Si los ojos eran las ventanas del alma, estas ventanas no estaban cerradas.
Estaban abiertas de par en par y no había nada dentro para ver.
Su rostro inexpresivo, sus movimientos
mecánicos y su entonación tan plana que ni siquiera sus palabras parecían
producto de su propia voluntad.
—Más como una muñeca de cuerda —murmuró
Kouryou.
—Ah —Heichuu asintió—. Tengo el mismo
sentimiento de la mayoría de los funcionarios que sirven en el Rokushin.
—¿De la mayoría de ellos?
—Sí —Heichuu miró a Shouwa, quien
asintió con la cabeza. Una mirada inquieta cruzó su rostro, como si recordara
una sensación desagradable.
—¿Asen se rodeó de gente así? ¿De qué estamos hablando
aquí de todos modos?
Heichuu negó con la cabeza.
—No tengo la menor idea. En algún
momento, empezamos a verlos aquí y allá. Por el rabillo del ojo atraparías a
uno arrastrándose y sentirías un escalofrío en la columna, y luego echarías otro
vistazo y se habría ido.
—¿Fue así desde el principio?
—No —dijo
Heichuu. Bajó la voz—. Según mis colegas, sucumbieron a la condición. Como si
se enfermaran, perdieron el impulso y eventualmente terminaron así.
Las palabras “enfermarse” le parecieron
particularmente alarmantes de Kouryou.
—Durante este tiempo, una persona que
antes era normal habla cada vez menos, se debilita cada vez más. Se podría
decir que el espíritu se ralentiza, como si literalmente se estuviera
desanimando. Sus respuestas se vuelven aburridas. Pregúntales cómo están y te
dirán que están bien. Luego empeora y dejan de responder por completo. Se
tambalean con caras en blanco. Después de eso, dejas de verlos en absoluto.
—¿Terminaron en el Rokushin?
—Así pareciera. Una
vez que desaparecen, sus nombres desaparecen del registro en su lugar de
destino. Pregunta a dónde se fueron y nadie te dará una respuesta. Luego vienen
los rumores de que fueron vistos en el Rokushin. De una forma u otra, se cambió
su lugar de trabajo y se les asignó en Rokushin bajo los auspicios del
Ministerio del Cielo.
—¿Completamente
sin relación con su lugar de
destino anterior?
—Sí. Un
conocido mío en el Ministerio de Otoño me contó eso. Uno de sus colegas fue
asignado al mismo lugar de destino que él. Se vino abajo con la condición y
desapareció. Pero ha habido cambios más drásticos. Muchos de ellos eran
personas insatisfechas con el reinado de Asen-sama. Abiertamente críticos hasta
el día anterior, y luego un día después sucumbían. No desaparecían, sino que se
quedaban en sus puestos como si nada hubiera pasado.
—Esas son las historias inquietantes,
por decir lo menos.
—Sí —estuvo de acuerdo Heichuu. Se
acercó y dijo—: Han perdido sus almas.
Kouryou frunció el ceño y se giró para
mirarlo.
—Al menos, esa es la mejor descripción
que se nos ha ocurrido.
Kouryou gimió. La expresión “perdieron
sus almas” encaja perfectamente. Se habían convertido en recipientes vacíos,
dejando solo la cáscara humana.
“¿Y de quién se ha rodeado Asen?”.
Ya sea que haya tomado nota de sus miradas
inquietantes o no, Shouwa salió corriendo de la habitación murmurando para sí
misma sobre su atuendo.
Como prometió, el emisario apareció de
nuevo poco después. Kouryou acompañó a Taiki como si se presumiera su
presencia, y nadie objetó. Dejando a Heichuu y Shouwa de aspecto preocupado en
la habitación, con el funcionario sin emociones a la cabeza, Kouryou y Taiki
salieron de su prisión por primera vez en muchos días.
Aunque un viento frío soplaba a través
de la carretera, la brisa fresca parecía hacer que cada respiración fuera más
fácil. La vida en esa celda improvisada era mucho más restrictiva de lo que se
había dado cuenta.
Siguiendo el camino, Kouryou y Taiki
salieron por la Puerta del Camino, una enorme estructura excavada en la roca
blanca desnuda. Una gran escalera blanca se elevaba desde la puerta. Estas
escaleras estaban hechizadas de tal manera que cubrían la distancia restante
hasta el Mar de Nubes casi de inmediato.
El largo tramo de escalones no guardaba
ninguna proporción con la distancia recorrida y, sin embargo, tras superarlos,
se encontraron sobre el Mar de Nubes. El viento frío ahora traía consigo el
olor del mar. El débil sonido de las olas resonaba bajo la brillante cúpula de
un cielo expansivo.
Dejaron la puerta
abierta. Observando la escena ante ellos, Kouryou se quedó boquiabierto por la
sorpresa. Una puerta se elevaba sobre la plaza que conducía al Palacio
Exterior. A la derecha e izquierda de la puerta, más edificios se extendían
hacia el este y el oeste. Altísimas torretas miraban hacia abajo desde las
cuatro esquinas de la plaza.
Y todas ellas por todas partes estaban
agrietadas como cáscaras de huevo, las paredes de piedra surcadas de fisuras,
el yeso roto y cayendo a pedazos. Los aleros de los grandes techos hundidos,
derramando las tejas de las esquinas al suelo.
—¿Qué demonios? —Kouryou espetó. El emisario que los dirigía no dijo nada.
La única comparación que le vino a la
mente fue la secuela de una guerra. Incluso el Palacio Imperial no había
escapado ileso. Un shoku que nunca debería ocurrir sobre el Mar de Nubes
había golpeado aquí.
Kouryou miró a Taiki. Él también miraba
a su alrededor con gran sorpresa.
Los daños se extendieron a los edificios
mucho más allá de los muros. Había señales de reparaciones, con andamios
cubriendo algunas de las estructuras. Pero la gran mayoría había sido
abandonada en su estado dañado.
Asombrados por las vistas a su
alrededor, atravesaron el Palacio Exterior. Los edificios circundantes aquí no
parecían dañados, pero apenas había funcionarios ocupados en los terrenos.
Aquellos que pasaban de vez en cuando lo hacían con la cabeza caída sobre el
pecho, como si estuvieran llenos de un temor silencioso, cabezas que si se
levantaban sin duda revelarían ojos vacíos y rostros sin expresión a medida que
avanzaban.
“¿Qué es todo esto?”. Algo estaba muy mal. ¿Qué podría explicar toda esa
extrañeza?
Esa sensación de error seguramente
surgió de las profundas diferencias con la ciudad de Kouki, sus imágenes y
sonidos perfectamente conservados en sus recuerdos. Tan inalterado que nunca
habría adivinado que el reino había perdido a su legítimo emperador y estaba
siendo gobernado por un pretendiente.
En marcado contraste, ¿qué podría
explicar las profundas diferencias aquí en el Enchou, que abarcaba las
residencias del Palacio Interior y la Corte Imperial del Palacio Exterior?
Sabía que había ocurrido un meishoku y escuchó que causó una enorme
cantidad de daños. Sin embargo, habían pasado seis años. La apariencia
irregular de las estructuras a su alrededor dejaba claro que gran parte del
daño simplemente estaba siendo ignorado.
Sin duda, solo se podría lograr mucho en
solo seis años. Lo que le pareció particularmente extraño no fue que gran parte
del Palacio Imperial no hubiera sido reparado, sino la falta total de
inclinación para hacerlo. Aparte de barrer los escombros, las tejas caídas no
habían sido reemplazadas. Las paredes agrietadas y los cimientos hundidos se
dejaron como están.
Al menos los escombros habían sido retirados.
Y, sin embargo, incluso las reparaciones menores quedaron sin acabar. Tal era
la sensación de extrañeza que rodeaba el Palacio Imperial. Quizás lo más
extraño de todo, ahí estaba con Taiki y un solo emisario del Ministerio del
Cielo. Solo había unos pocos funcionarios en los alrededores, pero ninguno de
ellos se detenía al pasar, y ninguno de ellos se inclinó. Puede que ni siquiera
supieran quién era Taiki.
Era como una mansión embrujada en una
historia de fantasmas. Todo lo que estaba en orden carecía de vitalidad.
Todavía mortal, presa de la tristeza y la melancolía.
De repente, sonó una voz.
—¡Qué está pasando!
Sonando sorprendentemente viva en el
aire estancado, el grito comunicaba ira y asombro. La sorpresa luchó con el
alivio cuando Kouryou se dio la vuelta. Se encontró confrontado por un ministro
del gobierno. El rostro del hombre estaba rojo de indignación, sus hombros se
agitaban.
Kouryou estaba bastante seguro de que
reconocía al hombre. Chou’un, el actual Chousai.
—¡Increíble! El
Taiho…
Como el propio Chou’un, su séquito
parecía animado y vivo. Todos dirigieron su atención a Taiki, dejando a Kouryou
con la impresión de que Taiki también era un extraño para ellos.
Chou’un se volvió hacia uno de sus
subordinados.
—¿Quién organizó esta reunión con el Taiho? —exigió en voz ronca—. ¿Y bajo la autoridad de quién fue sacado
de sus aposentos? Debes inmediatamente…
El funcionario al que se había dirigido
respondió en voz baja:
—Su Alteza emitió la citación.
Las facciones de Chou’un se torcieron
como si hubiera tragado un sorbo de té amargo. En cualquier otra situación,
Kouryou habría sacudido la cabeza con incredulidad.
“Sin duda, la Corte Imperial de Asen no
habla con una sola voz”.
—¿Por qué…? —Chou’un comenzó a decir, luego cerró la boca y comenzó de nuevo—.
Iré con ustedes.
—No se solicitó la presencia del Chousai
—afirmó el emisario en un tono plano y sin emociones.
Chou’un lo miró fijamente.
—No puedo tolerar que se tomen tales
libertades. Pero si se emitió una citación, no tenemos otra opción. Los acompañaré
a pesar de todo.

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