CAPÍTULO
28
Rokuta probó el hedor de la sangre, como si hubiera sido arrojado en
una mar de sangre. Los tentáculos de la muerte y la sangre se pegaron a él como
los brazos de un pulpo.
Oyó los sonidos apagados del océano. Las olas
golpeando contra la costa fuera de los muros del castillo de piratas llevaban
los cuerpos flotantes de los muertos. Aunque los ocupantes del castillo puede
que desearan recuperarlos y enterrarlos, aventurarse hasta el borde del agua
sería solamente invitar a nuevos ataques de los Murakami.
Los Murakami deseaban tomar las cabezas de sus
enemigos como trofeos, pero sabían que aventurarse más cerca de la orilla los
atraería al rango de las flechas y piedras que llovían desde los parapetos.
Llevada por una brisa estancada, el olor de la
muerte y la sangre flotaba en la orilla e impregnaba el castillo. Rokuta cerró
los ojos y sacudió la cabeza como un perro mojado, tratando de alejar
físicamente el olor de la sangre derramada. Tropezó con sus propios pies, ese
era resultado de padecer fiebre en los últimos días, la cual era cualquier cosa
menos baja.
Escuchó un fuerte y enérgico suspiro detrás de él.
—Así que después de todo, no escapaste.
Solo Shouryuu podría mantener un estado de ánimo
optimista en una situación como esta. Rokuta se dio la vuelta para verlo allí
de pie, sosteniendo una espada en el hombro.
—Pensé que quizá no tuvieras los fondos necesarios
a mano, así que incluso te proporcioné los gastos del viaje. Eres un tipo
bastante curioso.
Rokuta no estaba solo. Varios otros que habían
perdido su oportunidad de escapar, estaban apiñados en el interior del
castillo, con el miedo y la ansiedad reflejados en sus rostros. Ahora corrieron
hacia Shouryuu y lo miraron implorantes.
Shouryuu levantó sus cejas.
—¿Por qué las caras tristes? Lo que será, será.
Mientras tanto, es mejor animarse y salir de la tormenta.
—No lo digas de esa forma —lo regañó Rokuta.
—Puede no ser la forma, pero es cierto —Shouryuu
les sonrió a los tres ancianos que se aferraban a sus mangas—. Si siguen
congelados así, cuando llegue el momento para que puedan escapar, estarán
demasiado petrificados para moverse. Hay que ayudar a aligerar el estado de
ánimo y cree que vamos a encontrar una manera de salir de esto.
Shouryuu rio. Los ancianos asintieron con suspiros
de alivio. Shouryuu dijo:
—Para empezar, conseguirán algo de comida. Estamos
equipando un barco para escapar, pero si están hambrientos, difícilmente van a
ser capaces de mantenerse en la borda.
Se habían quedado atascados allí en primer lugar debido
a que apenas podían buscar seguridad bajo las mejores condiciones. La actitud
despreocupada de Shouryuu podía ayudar a tranquilizar sus mentes. Sonreían y
murmuraban entre sí que no eran demasiado viejos para remar.
—Pues bien —dijo Shouryuu—, díganme si necesitan
algo. Sin embargo, tengan en cuenta que no hay que exprimir la sangre de las
piedras que nos quedan.
—Siempre has sido un bueno para nada —bromeó un
anciano.
Shouryuu sonrió y despidiéndose con la mano, se
marchó a la torre del castillo. Rokuta corrió tras él.
—Oye…
—¿Qué? No te recomendaría que vinieras conmigo. Los
Murakami están disparándole a cualquier cabeza que aparece por encima de las
almenas.
—¿Cuáles son exactamente las probabilidades de
victoria? ¿Qué tan probable es que todo el mundo sea capaz de escapar?
—Yo no creo que haya ninguna posibilidad. Estamos
rodeados por todos lados, con todas las rutas de retirada y reabastecimiento
cortadas.
Shouryuu miró hacia los restos de su dominio. Una
nube de humo flotaba sobre los restos carbonizados de las casas y tiendas, todo
lo que quedaba de la ciudad era el castillo.
—Los ataques son menos frecuentes que antes,
probablemente porque no hay necesidad de que pierdan la vida de sus soldados.
Es más fácil sitiarnos en el castillo y esperar por nuestra reacción. Ellos
pueden tomarse su tiempo hasta que agotemos nuestros suministros.
—¿Qué hay de las provisiones?
Shouryuu dijo con una sonrisa irónica:
—¿Qué provisiones? Habíamos estado enviado
suministros desde tierra, pero solo las suficientes para durar dos semanas.
Economizar, como ves. Le dije a mi padre que cuidara su trasero. Él no era de
los que pensara en estrategias.
Rokuta había oído que, a diferencia de Shouryuu, su
padre era un hombre refinado y elegante. Desviando la tradición familiar,
contrató a profesores de Kioto y se entretuvo con música y actuaciones Noh[1].
La madre de Shouryuu murió joven, las amantes que
vinieron después de ella, así como la esposa legal de Shouryuu, eran sofisticadas
chicas de la ciudad. Fue Shouryuu quien terminó siendo el raro.
—Con toda esta gente aquí, no vamos a durar dos
semanas. Será mejor que encontremos una salida antes que la despensa se seque
—Shouryuu frunció el ceño—. Me ofrecí a rendirme, pero no he recibido respuesta
de los Murakami. Es probable que no vean el punto. Ellos son piratas también,
así que puedo entender su actitud.
—¿Piratas?
—Ves mujeres, niños y ancianos. Pero vienen de una
casta pirata y no toman a los piratas por sentado. Puede que no lo parezca,
pero las mujeres y los niños pueden tomar un barco y salir a la mar. Esos
viejos pueden empuñar una espada. Pon armas en sus manos y van a luchar.
Incluso si nos rendimos y aceptamos ser sus sirvientes, nunca van a bajar la
guardia. El territorio de los Murakami no es la tierra, es el mar, y están
hartos de compartir. Ellos quieren erradicar cualquier competencia, no
conquistarla.
Lo que significaba que ninguno de ellos saldría de
ahí con vida.
Rokuta
miró a Shouryuu. Shouryuu dijo con una sonrisa.
—Les supliqué a las mujeres y a los niños que
escaparan. Ahora están listos para huir. No hay futuro para cualquiera de ellos
aquí.
—Lo que significa que planeas morir aquí.
Shouryuu rio.
—No me importa si los Murakami sostienen la mano
del mismo Buda, todavía no me darían un pase. Además, ¿por qué irme solo cuando
las cosas se ponen interesantes? Estoy aquí bajo mi propia elección. No tengo
nada que lamentar.
—¿En serio? —preguntó Rokuta en voz baja.
—Bueno… —Una sonrisa apareció brevemente en sus
labios.
Shouryuu volvió su mirada al castillo, a la ciudad
carbonizada y a los soldados en su formación de batalla. No podía ver la casa
de campo en la colina detrás de ellos, solo los restos ennegrecidos de las
paredes de piedra.
—Todos ellos murieron. Tu mujer y tu hijo también.
—Les dije que huyeran lo más rápido posible. Pero
en sus sueños más salvajes, mi padre no podía imaginar perder. Me atrevo a
decir que nunca se le ocurrió que la guerra era una posibilidad real. Cuando me
fui por última vez, me recordó estar de vuelta a tiempo para el recital de
poesía —agregó Shouryuu con una risa amarga—. Es trágico que el niño muriera
también. Sabiendo que murió con su padre proporciona algo de consuelo.
Rokuta lo miró.
—Por su padre, ¿quieres decir tu padre?
Shouryuu respondió sin emoción.
—Probablemente. Las provisiones se están agotando.
Será mejor que nos aseguremos de que la gente del pueblo pueda escapar antes de
que estemos demasiado débiles para luchar.
Era el tercer día de asedio. Shouryuu se dirigía hacia su disminuido
séquito cuando Rokuta apareció con la cena.
—Pero Shouryuu, quiero decir, mi señor…
—Si esperamos a que nuestros suministros se agoten,
será demasiado tarde. No importa qué, quiero asegurarme de que los civiles
escapen. Independientemente de la forma que huyan, necesitarán provisiones
también. Si no llegamos a una decisión firme rápido, no habrá nada que llevar
con ellos.
Sus seguidores se hundieron en el silencio.
—Si nos quedamos aquí, moriremos de hambre. Vamos a
lanzar el último barco en el muelle y el escudo con nuestros buques de guerra.
Tan pronto como lleguemos a tierra, vamos a establecer un perímetro defensivo y
permitiremos que la gente del pueblo escape detrás de nosotros. —Shouryuu
sonrió—. Cualquier otra persona que esté cansada de la vida, es bienvenida a
quedarse allí conmigo. El resto guardará la retirada. Una vez que lleguen a la
frontera, tiren sus armas pesadas y mimetícense con los campesinos.
Un anciano con un brazo lleno de cicatrices se
agarró a él.
—Mi señor, los que escapen necesitarán un líder.
¡Vaya con ellos y sírvales de guía!
—No digas tonterías. Si huyo, los Murakami de
seguro me seguirán. ¡Ah!, yo podría tomar una dirección diferente y hacer que
dividan sus fuerzas. Si las cosas se complican, eso es lo que haré.
—No, —contrarrestó el anciano. Con una profunda
reverencia explicó—: los Murakami nunca permitirán que nos vayamos. Pero
seguramente puede huir solo. Si los Oouchi demuestran ser dignos de confianza,
debería poder encontrar refugio con ellos. Con el tiempo, los Komatsu se
levantarán una vez más. Le suplico y le imploro que mantenga un perfil bajo
hasta entonces.
—¿Se supone que haga eso? —preguntó Shouryuu, con
una clara expresión de sorpresa en su rostro— ¿Y después qué? Con toda esta
gente dispersa a lo largo y ancho, ¿cómo este feudo va a revivir? Vivimos
tiempos difíciles, cacharros indefensos en medio de los lobos, y no podemos
pretender lo contrario. Odio tener que decir esto, pero un hombre tiene que
conocer sus límites.
El anciano negó con la cabeza.
—Después de esto, vamos a sufrir una dificultad
tras otra. Sabiendo que han sobrevivido para restaurar el dominio Komatsu, en
una fecha futura serán esas miserias más fáciles de soportar. Un golpe ajo
seguramente significará el fin de los Komatsu. Enviaremos un señuelo entre la gente
que huya. Mientras los Murakami los persiguen, usted puede buscar la protección
de los Oouchi.
—¡Sandeces! —rugió Shouryuu.
El anciano se echó hacia atrás, con una expresión
de sorpresa en el rostro.
—Soy el señor del castillo. ¡Llevo el destino de
mis súbditos en mis propios hombros! ¡¿Cómo podría dejarlos de lado?!
El anciano se arrodilló en el suelo y se postró.
—Razón de más, debido a que lleva nuestro destino
en sus hombros. ¡Por favor, reconsidérelo!
—Fue la gente del pueblo la que me llamó joven maestro
y me mimaba como uno de los suyos. ¿Cómo podría excusar el dejarlo de lado
ahora?
—Mi señor…
—No soy tan tonto para no saber lo que significa el
nombre —rugió Shouryuu—. No han sido atrapados por mi personalidad encantadora
o por mis capacidades, sino más bien por la expectativa de que iba a
convertirme algún día en el señor de la casa.
—Mi señor.
—Yo sé lo que eso significa y tú también. Me
pusieron aquí para responder a sus oraciones por un mundo de paz.
Sus criados se inclinaron hasta el suelo.
—¿Se supone que yo solo sobreviva y reviva al clan
Komatsu? ¡No me hagas reír! ¿Estás diciendo que debería esperar y verlos a
todos ustedes morir y luego traer a los Komatsu de entre los muertos? ¿Qué
clase de reino sería? ¿Aislarme a mí mismo en el castillo y hacer qué?
Sus sirvientes permanecieron inclinados allí y no
se movieron.
—Es mi cuello el que debe estar en la línea.
¿Qué importa mi vida en comparación con el resto de ustedes? Cada vez que uno
de mis súbditos muere, lo hace un pedazo de mí también.
»Eso es un destino mucho más doloroso que perder mi
propia cabeza. —Shouryuu se puso de pie, su comportamiento típicamente calmado
una vez más subía al primer plano—. De todos modos, mi cabeza debe ser tan buen
premio como una calabaza hueca —Se rio—. Vamos a ver cuántas almas esta cabeza
mía expiará.
Los barcos abandonaron la isla a la mañana siguiente, al amanecer.
Haciendo una última resistencia desesperada, una resistencia feroz de las
sanguinarias fuerzas Murakami salieron a su encuentro, ellos apenas llegaron a
tierra, perdiendo la mitad de sus seis buques de guerra en el proceso.
Después de establecer una línea defensiva a lo
largo de la orilla, luchaban con cada onza de su fuerza menguante para abrir
una línea de retirada. Pero sus filas se agotaron y colapsaron.
Con la mayoría de los soldados que custodiaban la
única ruta hacia la libertad muertos, la gente que huía fue rodeada y
eliminada.
El clan Komatsu ya no existía.

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