CAPÍTULO
6
—Es
más o menos de este alto —Youko tenía su mano levantada señalando lo que sería
la altura de un niño—. Se ve como una rata.
La anciana miró con desconfianza a Youko.
—Eh, ¿de qué hablas? ¿Es un hanjuu?
—Sí. Escuché que salió herido ayer en la noche.
—Ah… ¡por el kochou! —exclamó la mujer,
volviéndose. La ciudad de Goryou apenas era visible en la distancia—. Bueno, no
sabría decirte. Pero si estás buscando a algún herido, estarán en la oficina de
la ciudad. Allí es donde los llevan a curarlos.
A Youko le habían dicho todos casi lo mismo desde esa
mañana.
Había esperado a que fuera de mañana en Goryou, pero
entonces encontró que la guardia en los portales de la ciudad era tan dura que
no tenía esperanza de pasar sin ser detectada. Y aunque hubiera podido
arreglárselas para entrar, la oficina de la ciudad era el último lugar en el
que quería que la vieran.
—Has ido a mirar, ¿no?
—Sí… no estaba.
—Entonces probablemente esté detrás —dijo la anciana,
siguiendo su camino con su pesada carga.
Detrás de la ciudad, a la sombra de las murallas,
estaba la lúgubre hondonada donde dejaban los cuerpos de los muertos. Youko
escudriñó desde la distancia, pero la guardia allí también era demasiado
estricta. No podía acercarse lo suficiente para ver si Rakushun estaba entre
los cadáveres.
Youko observó cómo la anciana se alejaba lentamente, y
luego se volvió para esperar al próximo viajero que saliera de Goryou.
—Disculpe…
Esta vez fue una pareja. El hombre tenía una pierna
vendada y se apoyaba en un bastón. Los dos la miraron con suspicacia.
—Lo siento, escuché que hubo varios heridos ayer…
—¡Tú! —gritó el hombre, apuntando repentinamente a
Youko con su dedo—. ¡Tú eres! ¡El que llevaba la espada!
Youko se dio
la vuelta antes de que el hombre terminara de hablar.
—¡Oye! ¡Detente!
Sorda ante los gritos del hombre, huyó, ocultándose
entre los viajeros en el camino.
Juzgando por su pierna, el hombre probablemente había
estado entre los heridos por el ataque de los demonios. Y la recordó.
Youko ya había huido así varias veces en ese día. Cada
vez, parecía que el número de guardias en los portales aumentaba, forzándola a
alejarse cada vez más de la ciudad.
Ella sabía que sería más seguro irse de Goryou y
esperar en las montañas hasta que la conmoción amainara. Si seguía vagando por
el camino, los guardias la atraparían dentro de poco. Pero, aun así, de alguna
forma no podía irse. Tenía que saber.
¿Por qué importa lo que le pase?
El sólo verificar si Rakushun había sobrevivido no la
absolvería de haberlo abandonado el día anterior. Lo hecho, hecho está y no se
puede deshacer.
Y aunque le hubiesen dicho que
estaba vivo, no podría entrar a la ciudad a disculparse. El momento en que
pusiera un pie dentro de esos portales, sería reconocida y capturada. Y eso
significaba la muerte.
¿Qué hago?
Una parte de ella sentía que estaba perdiendo el
tiempo. Había caído tan bajo como podía. ¿Qué sentido tenía intentar arreglar
las cosas? Sin embargo, al mismo tiempo, se sentía incorrecto el simplemente
rendirse y abandonar a su antiguo compañero.
No podía decidirse, así que continuó allí.
El
día desaparecía y Youko todavía no había llegado a una decisión. Había
regresado a los portales varias veces más. Allí, arrinconó a viajero tras
viajero, haciendo las mismas preguntas y obteniendo las mismas respuestas. Se
había quedado sin suerte y sin tiempo.
—¡Oye tú! —una voz gritó tras ella.
Por reflejo, Youko empezó a alejarse, mirando con
cautela sobre su hombro. Y entonces vio a madre e hija de pie a una corta
distancia, mirándola raro.
—¡De verdad eres tú! Te conocimos por Bakurou.
Youko se detuvo sorprendida, y se volvió hacia ellas.
Eran la mujer y la niña que la habían encontrado en el sendero en la montaña hace
tantos días, las vendedoras de azúcar todavía llevaban sus canastas llenas en
sus espaldas.
—¡Lo lograste! Qué bien, no estaba segura… —dijo la
madre sonriendo, aunque había más que alegría en su expresión.
La niña se veía extremadamente confundida.
—¿Y tus heridas? ¿Ya sanaron?
Youko dudó un momento antes de asentir. Y entonces hizo
una reverencia.
—Gracias. Gracias por ayudarme en las montañas.
Le habían ofrecido su ayuda y ella la había rechazado y
luego había huido, incapaz de confiar en los desconocidos. Pudo haberles
agradecido en ese momento, pero Youko no pensó que en ese entonces realmente lo
sintiera.
—Bueno, realmente me alegra ver que estás bien. Estaba
preocupada por ti, sola en el bosque y herida —La mujer sonrió con más soltura
ahora—. ¿Ves, Gyokuyou? Está bien. No había nada de qué preocuparse —La madre
veía a su hija que seguía abrazada a su pierna. La niña veía a Youko como si no
creyera lo que veía. Youko intentó sonreírle. Los músculos en sus mejillas se
tensaron, arqueando hacia arriba las esquinas de su boca. Se sentía poco
natural, poco practicado.
La niña llamada Gyokuyou parpadeó y se escondió tras la
pierna de su madre, haciendo pucheros. Youko se agachó hasta quedar al nivel de
la niña.
¿Si no me hubieran dado agua y dulce habría sobrevivido
esa noche?
Esta vez la sonrisa de Youko era un poco más alegre.
—Gracias a ti también. Tú fuiste quien me dio dulce,
¿no?
La chica miró a Youko, luego a su madre y sonrió un
poco. Inmediatamente, frunció el ceño de nuevo, pero no pudo hacerlo por mucho
tiempo y entonces sonrió, mostrándole sus dientes. Era tan pequeña, tan
femenina, casi hacia llorar a Youko.
—¿Te dolía mucho? —preguntó la niña que ahora sonreía.
—¿Qué?
—Tus heridas. Mamá dijo que estabas amargada porque te
dolían las heridas.
—Sí, me dolían. Ella tenía razón. Siento haber sido
amargada.
—¿Ya no te duelen?
—No, ahora estoy bien —Youko se levantó una manga para
mostrar la cicatriz donde uno de los perros-demonio la había cortado. Cuando lo
hizo, se preocupó de que notarían que había sanado demasiado rápido.
Gyokuyou miró a su madre.
—¡Ya está mejor, Mamá!
La madre entrecerró los ojos y bajó la mirada para ver
a su hija.
—Bueno, me alegro. Pensé en volver y buscarte, pero
para cuando llegué a Bakurou, los portales ya estaban cerrando y en estos días
los guardias no tienen la valentía de salir luego del anochecer. ¿Estás
buscando a alguien?
Youko asintió.
—Mi amigo. Un hanjuu.
—Nos estábamos dirigiendo precisamente hacia Goryou.
¿Quieres ir con nosotras?
Youko tuvo que negar con la cabeza. La madre asintió
con una expresión pensativa en su rostro.
—Bueno, Gyokuyou, vayamos a buscar dónde quedarnos hoy
—La mujer tomó la mano de su hija y miró nuevamente a Youko—. ¿Dijiste que
buscabas a un amigo?
Youko asintió.
—O está en la oficina de la ciudad, o… está detrás.
¿Cuál es su nombre?
—Rakushun…
—Entonces espera aquí. Iré a mirar —dijo, acomodando la
canasta en su espalda.
Youko bajó la cabeza.
—Gracias. De nuevo.
Casi al anochecer, la mujer regresó sola. Le dijo a
Youko que no había nadie como su amigo Rakushun entre los heridos. Y entonces
se dio prisa para volver a la ciudad, dejando a Youko con la duda de si la
mujer sabía qué había pasado el otro día o de quién era en realidad Youko.
Y no tengo forma de saber cuál de las dos opciones es.
Youko bajó la cabeza desde su posición en el camino,
todavía miraba los portales a la distancia.
Este es mi castigo.
Entendió que aquí, en este lugar, había llegado al fin
a una línea que no podría cruzar.
Con el corazón pesado, se volvió y empezó a caminar
sola.
Youko pronto volvió a su antigua forma de viajar:
caminaba de noche, vigilante de los habitantes de la oscuridad y dormía cuando
llegaba el amanecer a la tierra. Había pasado tanto tiempo caminando en la
noche, pensaba, que una parte de ella estaba convencida que este país era una
tierra de la noche donde la oscuridad era la norma y la débil luz del día no
era más que un sueño perturbador.
Rakushun llevaba el dinero, así que Youko no tenía ni
un centavo. Pero, aun así, estaba tan acostumbrada a las batallas rutinarias
contra los demonios y dormir hambrienta sobre una cama de hierba, que pensó muy
poco en ello. Era suficiente con tener un objetivo. Iría a Agan y cruzaría
hasta En. Le faltaba el dinero para pagarle a un barco, pero tenía mucho tiempo
para pensar cómo solucionar eso.
Youko calculó lo mejor que pudo y adivinó que debía
haber estado caminando por más de un mes desde que el viejo en Takkyu le robara
las cosas. Sabía que mientras caminara, pronto no habría nada que beber, nada
que comer, y sólo el poder de la joya la podría mantener en pie. Pero
precisamente porque lo sabía, era mucho más fácil de soportar.
El mono azul nunca volvió, y ahora que tenía la vaina,
la espada ya no le mostraba visiones de su casa. Ocasionalmente, escuchaba el
lejano y débil sonido de agua goteando, y por el rabillo del ojo veía una débil
luz en el espacio entre la empuñadura y la vaina, pero nunca sacó la espada
para mirar. En vez de eso, seguía caminando en silencio, cada vez más rápido.
“Qué patética. ¿De verdad tu vida vale tanto, mmm?”
Podía escuchar la voz del mono en su voz, tentándola en
sus pequeños momentos de descanso. No la sorprendió. Después de todo, era
solamente la voz de sus propios miedos. No necesitaba la presencia de la
criatura para escuchar eso.
Lo vale.
¿Vale tanto como para abandonar al amigo que la salvó?
No lo sé. Pero no me rendiré.
¿Por qué no te entregas mejor? Pagas tus deudas… Pagas
por tus pecados…
Lo pensaré cuando vuelva a En.
Youko pensó que podía escuchar el sonido de las
carcajadas en la distancia.
Tienes tanto miedo de morir, ¿no es así? ¡Tienes miedo!
Oh, crees que tu vida es tan importante.
Lo es. Aún más porque él la salvó. Y cuando ya no
necesite que me salven, cuando ya no necesite protección, cuando mi vida sea
completamente mía, pensaré sobre cómo quiero vivirla. En ese momento me
preocuparé por arrepentimientos y pesares.
El ahora, pensó
Youko, el ahora es para vivirlo.
Sí, vivirlo. Vivir y matar. Destrozar demonios,
amenazar a las personas con tu brillante espada. Te gusta cuando te ven con
miedo, ¿no es así?
Sólo hago lo que tengo que hacer. Debo ir a En. No
puedo darme el lujo de vagar por ahí. Una vez esté allí, podré dejar mi espada.
¡Ir a En no resolverá nada!
Quizá no. Pero debo buscar a Keiki y encontrar un
camino de vuelta. Y hay muchas cosas en las que debo pensar.
¿Todavía piensas que Keiki es tu amigo, mmm?
Lo sabré cuando lo vuelva a encontrar. No necesito
pensar en eso hasta que llegue ese momento.
Aunque lo encuentres una vez más, no serás capaz de ir
a casa.
No me rendiré hasta que confirme que así es.
¿Y para qué ir a casa? Nadie te está esperando.
No me importa.
Youko había vivido por años -parecía ser que toda su
vida- observando los rostros de la gente a su alrededor, buscando señales de lo
que querían. ¿Eran felices? ¿Estaban enojados? ¿Les caía bien? ¿Cómo podría
hacer que les agradara más? Pasó su vida asustada de la confrontación, haciendo
cualquier cosa para evitar un regaño.
Es gracioso ahora que lo pensaba. ¿De qué tenía miedo?
Se le ocurría que no solamente había sido una cobarde.
Quizá también era floja. Era más fácil hacer sólo lo que la gente quería que
hiciera y no lo que ella quería. Requería mucha energía el hacer lo que quería,
era mucho más fácil seguir la corriente, era más fácil actuar como una “buena
chica” y desaparecer lentamente todas las partes de ella misma que no
concordaban.
Había sido una cobarde y una floja. Más que nada es por
eso por lo que quería volver a casa. Regresaría al mundo que conocía y esta vez
viviría su vida de forma completamente diferente. Quería otra oportunidad.
Youko les daba vueltas a estos pensamientos mientras
corría a través de la noche.
La
lluvia caía más frecuentemente a medida que pasaban los días, ya que estaban en
la estación lluviosa. Acampar al aire libre se volvió imposible, así que
decidió buscar lugares donde quedarse en las aldeas que estaban regadas por la
campiña. Algunas personas estaban dispuestas a dejarla dormir en sus graneros,
mientras que otros le exigían un pago que ella no estaba en condiciones de dar.
Algunas veces, las personas más beligerantes llamaban a los guardias de la aldea.
Una vez, la aldea entera la perseguía y Youko estaba segura de que habría sido
apedreada sino hubiera escapado. Pero otras veces, la invitaban a comer una
cena caliente, era más frecuente en las casas más pobres.
Mientras su viaje continuaba, Youko aprendió cómo
trabajar por su estancia.
Se quedaba por la noche y al día siguiente trabaja para
sus anfitriones. Aprendió cómo realizar muchas labores: ayudó en los campos,
limpió las casas, ayudó a arreglar techos, se encargó del ganado y barrió los
graneros. Una vez hasta ayudó a cavar una tumba.
Algunas veces, las personas más prósperas la dejaban
quedarse por unos días y le daban un poco de dinero. Y de esa forma, Youko fue
de aldea en aldea, trabajando como pudo, blandiendo su espada y huyendo del peligro.
Descubrió que cuando un aldeano llamaba a los guardias, la seguridad aumentaría
en todas las aldeas contiguas, así que acampaba a la intemperie hasta que
llegaba a un área donde las personas estuvieran menos prevenidas.
También había demonios, y en cantidades cada vez
mayores, pero ya casi no les prestaba atención. Peleaba, limpiaba su espada y
seguía su camino.
Cuando llevaba viajando cerca de un mes, Youko iba
andando por un camino cuando escuchó un sonido tras ella, y cuando miró en esa
dirección, encontró que estaba siendo seguida por un grupo de hombres, guardias
de una aldea que había dejado atrás hace mucho. Cada vez que se detenía en una
aldea y conocía gente, dejaba un rastro; no era de sorprender que alguien lo
haya seguido hasta alcanzarla.
Huyó hacia las montañas y logró perder a sus
perseguidores entre los árboles y la maleza; pero en los días que siguieron, se
encontró a más y más guardias caminando en la carretera, y cada vez más se vio
forzada a alejarse de los caminos y tuvo que viajar a través del campo abierto.
Su peor miedo era que no le permitieran entrar a Agan,
así que a medida que se acercaba a su destino, evitaba quedarse en las aldeas o
hablar con otras personas en el camino. Finalmente, se rindió y empezó a
caminar a través de las montañas, abriéndose paso con determinación.
Rakushun había dicho que le tomaría un mes entero
llegar a Agan, pero ya casi habían pasado dos meses antes de que Youko pudiera
divisar por primera vez la ciudad portuaria.
—Disculpe
—dijo Youko, deteniendo a otro viajero frente a las puertas de Agan.
La ciudad estaba al fondo de una cuesta larga y no muy
empinada. Desde su ubicación en la carretera, podía ver todo el puerto.
El Mar Azul realmente era de un azul brillante, cortado
aquí y allí por las blancas crestas de las olas subiendo y rompiendo contra la
orilla. Era impresionante: el mar traslúcido, la curva de la península que
guardaba el puerto, los barcos blancos en el puerto. Más allá de la península,
la perfecta línea del horizonte dividía la distancia entre el mar y el cielo.
Si este mundo realmente era plano, algo aquí no tenía sentido.
Todos los caminos que llevaban a las puertas de Agan
estaban llenos de gente. Era una gran ciudad con mucho tráfico. Youko se había
introducido a una multitud de lo que parecían ser gente del lugar y llamó a la
primera persona que parecía ser amable que vio.
—Disculpe, ¿sabe cómo puedo llegar a En?
El anciano le señaló el camino. Le preguntó cómo podía
conseguir un pasaje y cuánto costaría. El dinero que había ganado durante su
viaje sería más que suficiente.
—¿Cuándo zarpa el barco?
—Un barco de pasajeros sale cada cinco días. Faltan
tres días para el próximo.
Youko preguntó a qué hora salía el barco. Si cometía un
error y el puerto cerraba, todo habría sido en vano. Hizo cada pregunta útil
que se le ocurría y entonces hizo una reverencia en señal de gratitud.
Dándole la espalda a Agan, Youko pasó el resto de ese
día y el siguiente, en las montañas de los alrededores. El barco zarparía por
la mañana, el día anterior, se aventuró a entrar a la ciudad una vez más.
La seguridad en los portales era muy fuerte. Pero tenía
que pasar la noche en la ciudad y no podía darse el lujo de levantar sospechas.
Youko miró su espada envuelta en la tela. Aunque ahora tenía vaina, los
viajeros que llevaban espadas eran muy pocos y no quería atraer atención
innecesaria.
¡Cuán fáciles serían las cosas si sólo no tuviera esa
espada! Por esa razón había considerado dejarla en Kou, pero eso la habría
dejado indefensa contra los ataques de los demonios. Y lo que buscaban los
guardias no eran solamente una espada, así que Youko pensó que deshacerse de
ella no mejoraría su situación.
Una idea se le ocurrió: volvió a las montañas, cortó
varios fajos de hierba y los ató alrededor de la espada. Entonces puso la
espada junto con sus otras pertenencias y juntó todo en un gran paquete,
escondiendo el arma completamente. Con el bulto bajo sus brazos, volvió al camino
mientras el crepúsculo se acercaba y se sentó en el borde del camino, esperando
su oportunidad.
Una vez se sentó, un anciano la llamó.
—¿Pasa algo, hijo?
—Ah, no es nada —respondió, volviendo su voz tan gruesa
como pudo—. Sólo que me lastimé la pierna.
El hombre la miró con suspicacia, y entonces aumentó la
velocidad mientras caminaba hacia Agan. Youko, que seguía sentada, vio cómo se
alejaba. Tres personas más la interrogaron antes de encontrar a quien estaba
esperando.
—¿Pasa algo?
Era una pareja joven con dos niños pequeños.
—No… No me siento bien… —dijo Youko, mirando el suelo.
La mujer puso su mano en el hombro de Youko.
—¿Puedes caminar?
Youko negó con la cabeza. Si no podía ganarse la
simpatía de esta mujer, se vería obligada a abandonar su espada, volviéndose
vulnerable. Su nerviosismo ayudó en su actuación, pues una gota de sudor frío
rodó por su frente.
—No te ves muy bien. Estamos cerca de Agan, ¿puedes
caminar hasta allí?
Youko asintió débilmente. El hombre la tomó por el
hombro.
—Ven, apóyate de mi brazo. Sólo camina un poco más y
habrás llegado.
Youko asintió, apoyando la mano en el hombro del
hombre. Mientras se levantaba, dejó caer su bolsa a propósito. Se volteó para
levantarla, pero la mujer la detuvo, la tomó y se dirigió a los niños.
—Aquí tienen, lleven esto. No pesa.
Los dos niños tomaron el equipaje de Youko y
asintieron, su expresión seria reflejaba su preocupación.
—¿Puedes caminar? ¿Llamamos a los guardias?
Youko negó con la cabeza.
—No, estaré bien. Mi amigo ya está dentro buscando
alojamiento.
—Ya veo —Sonrió el hombre—. Qué alivio saber que tienes
un amigo esperando por ti.
Youko asintió y empezó a caminar, recostándose
levemente en el hombro del hombre; débilmente, para que no pensara que estaba
tan enferma, pero lo suficientemente cerca para que cualquier viajero que
pasara pensara que viajaban juntos.
Se acercaban a los portales, donde varios guardias
caminaban entre los ríos de viajeros, revisando los papeles al azar y
observando a la multitud. Youko y la familia pasaron junto a ellos. Sintió cómo
los ojos de un guardia se fijaron en ella momentáneamente pero el grito que
tanto temía nunca llegó. Manteniéndose cuidadosamente entre la pareja, Youko
pudo entrar a Agan.
Después de haber caminado un poco más, Youko suspiró de
alivio. Miró sobre su hombro, asegurándose de estar tan lejos de los guardias
que no pudieran reconocerla.
Lo logré.
Estaba aliviada y se alejó del hombre.
—Gracias, señor. De aquí en adelante puedo hacerlo yo
solo.
—¿Estás seguro? Podemos llevarte
hasta donde pasarás la noche.
—No. No, gracias. Estaré bien. De verdad. Muchas
gracias. —Youko bajó la cabeza. Siento haberlos engañado.
El hombre y la mujer se miraron, le desearon que
mejorara y se fueron por su lado.
Al
igual que Takkyu, la ciudad de Agan estaba llena de refugiados. Temiendo que
las personas de algún hotel sospecharan de ella, Youko pasó la noche de
cuclillas en una esquina abandonada cerca de las murallas.
Cuando finalmente llegó la mañana, se levantó y caminó
a través de las calles enlodadas en dirección al puerto. Entre más se acercaba
al agua, las calles se iban agrandando cada vez más. Youko se detuvo cuando vio
un embarcadero de madera con una línea de personas que subían a un barco que se
encontraba al final. Varios de los guardias de la ciudad estaban supervisando
todo, revisando a todos los pasajeros que subían.
Por un momento, la visión de Youko se nubló. Aturdida,
observó cómo los guardias revisaban las pertenencias de los pasajeros. Youko
tenía una idea de lo que buscaban, pero no quería deshacerse de su espada. Se
acercó más al embarcadero, quedándose de pie bajo la sombra de una pequeña
pared. No se atrevía a acercarse más.
Desde ahí, veía a los pasajeros y a los guardias.
¿Debo deshacerme de la espada?
Perder su único medio de protección era mejor que
quedarse atrapada en Kou. Era la única forma, decidió, y se volvió en dirección
al mar… pero por alguna razón, no pudo hacerlo. La espada era lo único que la
relacionaba con Keiki. Perderla significaba perder su única conexión con él: su
única conexión con su hogar.
¿Qué debo hacer?
Youko dudaba, incapaz de decidirse. Inspeccionó el
puerto. Debía haber alguna forma de llegar a En sin tener que perder su espada.
Vio varios veleros atracados en la bahía. Quizá podría robar alguno.
No sé cómo utilizarlos.
Rakushun había dicho que el Mar Azul era un mar
interno. ¿Habría alguna forma de caminar por la orilla y llegar hasta En?
Seguía de pie
e indecisa, cuando escuchó el retumbe de un tambor.
Los ojos de Youko se dispararon hasta el final del
embarcadero. El sonido salía del barco, la tripulación estaba anunciando que ya
era hora de irse. La línea de pasajeros finalmente había subido. Los guardias
seguían ahí, pero no estaban haciendo nada, su trabajo había terminado.
No lo lograré.
Si corría hacia el barco ahora, los guardias la
atraparían. No tenía tiempo de sacar la espada y se vería sospechoso si
intentaba abordar sin llevar equipaje. Youko estaba congelada, incapaz de
moverse como si tuviera raíces y observaba mientras el barco levantaba las
velas lentamente.
Habían quitado la pasarela que conectaba al barco con
el embarcadero. Finalmente, Youko abandonó la sombra de la pared y corrió. El
barco ya había empezado a moverse, se movía a través del embarcadero y los
guardias estaban ahí de pie, observándolo. Youko se detuvo abruptamente. No
podía arriesgarse a acercarse más.
Boquiabierta, Youko observó mientras el barco se
alejaba lentamente. La imagen de sus grandes velas blancas quedó grabadas en su
mente. Si voy ahora, si salto al mar y nado hasta el bote…
Youko seguía allí pensando ideas alocadas pero su
cuerpo no se movía.
¡Si tan sólo pudiera subir al barco llegaría a En!
Todo lo que
pudo hacer fue quedarse ahí de pie, apretando su bolsa, observando cómo el
barco partía. Se sintió entumida, incapaz de creer que había perdido lo que
pudo haber sido su única oportunidad.
—¿Qué te pasa? ¿Perdiste el barco?
De repente una voz trajo de vuelta a Youko a la
realidad.
Bajo ella, del otro lado del rompeolas hecho de tierra
y madera comprimida, vio un pequeño barco con cuatro hombres en la cubierta.
Uno de ellos la miraba.
Youko asintió, bajó el rostro para esconder su
frustración. Pasarían cinco días antes de que llegara el próximo barco con
dirección a En. Esos cinco días determinarían su destino.
—Bueno, salta, hijo. Sube.
Se quedó congelada por un momento, incapaz de
comprender lo que el hombre le decía.
—Tienes prisa, ¿no es así?
Youko asintió. El hombre estaba recostado contra una
guindaleza que estaba amarrada a uno de los postes a sus pies.
—Bueno, entonces deshaz esa cuerda y salta.
Alcanzaremos el barco en Fugou. Y podrás ayudar en la cubierta mientras tanto.
Los otros hombres en el barco se rieron al escuchar
esto. Una vez más, Youko asintió, lentamente, preguntándose si era un error
atreverse a confiar en ellos. Y entonces desató la guindaleza, la sostuvo
fuertemente y subió al bote.
El pequeño bote era un barco mercante que llevaba
mercancías a la isla de Fugou, que se encontraba en el Mar Azul al norte de
Agan. Fugou era el distrito más al norte de Kou, era un viaje de un día y una
noche desde Agan y era el último puerto en el camino a En.
Con la excepción de un corto viaje en ferri que había
tomado en un viaje escolar hace muchos años, Youko jamás había subido a un
barco y mucho menos a uno con velas.
Caminó por la cubierta en un estado perpetuo de
confusión, tirando de las cuerdas y llevando instrumentos náuticos como le
ordenaban. La tripulación del barco la dejó exhausta. Una vez el barco entró a
aguas más profundas y la navegación era más fácil, Youko tuvo que limpiar ollas
y preparar la comida para la tripulación. Para el final del viaje, hasta le
había lavado los pies a un compañero. Cuando alguien le preguntaba algo sobre
ella, sólo balbuceaba una respuesta desganada y el resto se reía de lo
reticente que era, pero por suerte no preguntaban más.
El barco continuó su viaje sin imprevistos a través de
las olas y para el día siguiente ya había llegado al puerto en Fugou.
El barco que iba hacía En había llegado al puerto un
poco antes que ellos y ahora descansaba. La tripulación del barco mercante hizo
fregar y lavar a Youko hasta el último minuto, cuando pasaron junto al barco de
pasajeros que había bajado el ancla a poca distancia de la orilla. La
tripulación del barco mercante saludó al otro barco, preguntándoles si dejarían
subir a Youko. Un momento después Youko se encontraba subiendo la pequeña
escalera que habían bajado del gran barco. Cuando llegó a cubierta, uno de los
hombres del barco mercante le lanzó una pequeña bolsa.
—Pan cocido. Necesitarás algo de comer —dijo,
despidiéndose.
Apretando
fuertemente el paquete bajo un brazo, Youko respondió:
—Gracias.
—Nah, gracias por el trabajo. Cuídate.
Los hombres rieron y quitaron los flotadores[1]
que impedían que los barcos chocaran -Youko fue la encargada de bajar los
flotadores antes de ir al otro barco- y se despidieron nuevamente. Fueron las
últimas personas que conoció en Kou.
Aunque
era un mar interno, el Mar Azul era tan vasto que la orilla más lejana no podía
verse y el olor a sal que Youko percibía al estar de pie en la cubierta lo
hacía indiferenciable de cualquier otro océano. El barco abandonó el puerto en
Fugou e inició su viaje a través del brillante mar azul, en dirección a la
ciudad de Ugou en En. El viaje desde Fugou duró tres días y dos noches.
Al principio, Youko pensó que En parecía ser igual de
lo que había visto en la orilla occidental de Kou. Sin embargo, mientras el
barco se acercaba al puerto, empezó a notar las diferencias. El puerto era
mucho más grande, con muchos muelles y en mejor estado. Detrás se extendía una
gigantesca aldea —en realidad era una ciudad—, más grande que cualquiera que
hubiera visto en Kou. Parecía más una ciudad costera de Japón, sin la parte del
concreto. Evidentemente algunos de los viajeros que estaban reunidos en la
cubierta también veían Ugou por primera vez, porque se quedaron de pie como
Youko, con los ojos como platos, embebiéndose en la vista.
La ciudad de Ugou empezaba en el puerto y llegaba hasta
una pared con forma de U que marcaba sus límites. Al igual que Agan, la ciudad
estaba construida en una cuesta que subía hasta unas montañas que se levantaban
en la parte más lejana de las murallas de la ciudad. Los brillantes colores
pastel de los edificios de madera se combinaban en la distancia, dándole a toda
la ciudad un ligero tono rosa. En las esquinas y por uno que otro lugar en el
centro, vio edificios más altos que parecían estar hechos de piedra. Uno de
ellos era claramente una atalaya, otra cosa que nunca había visto en Kou.
Youko estaba atónita. El puerto de aquí hacía parecer
al de Agan como una casucha. Los muelles bullían de actividad. Un pequeño
bosque de mástiles se abarrotaba en el agua. Aquí y allí, velas de color blanco
y marrón claro hacían contraste con el azul del mar.
Libre de la pobreza y el peligro de Kou, Youko se
sintió como si nunca hubiera visto algo tan hermoso en toda su vida.
Al
bajar del bote, Youko se encontró inmersa en un panal de actividad. Hombres
ocupados revoloteaban en los muelles. Niños iban y venían de hacer mandados.
Gritos de los vendedores de comida se elevaban sobre lo de los de la multitud,
añadiéndose al ritmo de la alegre cacofonía. Era como un gran festival.
La primera idea de Youko después de mirar a la gente en
la multitud era que este sería un lugar maravilloso para vivir. Era estimulante
ver los rostros de la gente tan frescos y vivos, y supuso que el de ella debía
lucir igual.
Estaba caminado por el muelle, absorta en el bullicio
de esta nueva tierra, cuando escuchó una voz muy familiar llamándola.
—¿Youko?
Youko se sobresaltó y giró, y cuando lo hizo vio a una
figura familiar: baja con un pelaje marrón grisáceo acicalado. Era Rakushun,
sus bigotes brillaban de un color plateado bajo el sol del mediodía.
—Rakushun…
El hanjuu se abrió camino entre la multitud
hasta llegar a los pies de Youko. Sus pequeñas patas rosadas envolvieron las
manos de Youko.
—Me alegra que lo hayas logrado. Me alegra mucho.
—¿Cómo…?
—Bueno,
supuse que, si habías subido en el barco en Agan, estarías aquí. Así que
esperé.
—¿Me esperaste?
Rakushun asintió con la cabeza y apretó la mano de
Youko.
—Esperé un tiempo en Agan y como no aparecías, pensé
que quizá habías venido antes que yo. Pero cuando llegué tampoco pude
encontrarte. Así que he estado viniendo cada día a la orilla donde llegan los
barcos. Para decirte la verdad, estaba a punto de rendirme —admitió la rata,
sonriéndole a Youko.
—¿Por qué…? ¿Por qué me esperaste por tanto tiempo?
Rakushun se encogió de hombros.
—Fui muy tonto. Debí haberte dejado algo de dinero, o
al menos haberte dejado llevar la mitad. Has debido pasar por muchas
dificultades para llegar aquí. Lo siento, eh.
—¡Pero fui yo quien huyó! ¡Te abandoné!
—Sí, pero no fui de mucha ayuda, ¿no crees? —La rata
mostró una sonrisa avergonzada—. Tuviste razón en huir. ¿Qué habrías hecho si
los guardias te atrapaban? Te habría aconsejado hacer exactamente lo que
hiciste y hasta te hubiese dado mi bolsa de dinero, si no hubiese estado, eh…
inconsciente.
—Rakushun…
—Como sea, luego de eso, estaba muy preocupado por ti.
Me alegra que estés bien.
—No creas que te abandoné… por no haber tenido más
opciones.
—¿De verdad?
—Sí. Lo admitiré, estaba asustada de viajar con otra
persona. N-no podía confiar más en la gente. Pensaba que todos eran mis enemigos.
Por eso lo hice.
Rakushun se peinó los bigotes.
—¿Y ahora? ¿Sigo siendo tu enemigo?
Youko negó con la cabeza.
—Entonces ya no hay ningún problema. Vamos.
—Rakushun —Youko lo llamó—. ¿No estás enfadado? Siento
que te traicioné.
—Oh, quizá piense que eres un poco tonta por haberlo
hecho, pero no te odiaré por eso, Youko —dijo Rakushun con una sonrisa.
—Hasta… hasta llegué a pensar… que debía regresar y
matarte. Para evitar que hablaras.
Rakushun apartó su pata y dejó de caminar.
—Eh, Youko…
Youko tragó.
—¿Sí?
—Para decirte la verdad, cuando me dejaste atrás, sí,
estaba un poco decepcionado. Sólo un poco. Sabía que no confiabas en mí.
Estabas nerviosa todo el tiempo que pasamos juntos, preguntándote si te haría
algo.
»Pero aun así, me dije a mí mismo “Rakushun, dale algo
de espacio y lo superará”. Así que sí, fue una decepción, pero parece que ya
entendiste. Así que realmente ya no hay ningún problema, ¿vale?
—Pero sí hay problemas —protestó Youko—. Es decir, ¿por
qué quedarte y esperarme? ¿Por qué molestarte después de todo lo que te hice?
—Bueno, siempre hago lo que mejor me parece. Quería que
confiaras en mí: ese es mi problema. Y el que confiaras en mí o no,
bueno, esa era tu decisión. ¿Quién soy yo para saber si ganabas o perdías al
confiar en mí? Esa también era tu decisión.
Youko asintió lentamente.
—Rakushun, realmente eres…
Rakushun sonrió.
—Ni lo menciones.
—No. Me rendí tan fácilmente. Pensé que no tenía
amigos.
—Youko. —Una pequeña pata apretó el brazo de Youko.
—Es sólo que, estoy tan avergonzada…
—No debes estarlo.
—Debería.
—No, no deberías, Youko. Oye, no soy yo quien terminó
en una tierra extraña, y es perseguido y engañado donde sea que va.
Youko miró a Rakushun, quien la observaba.
El hanjuu sonrió.
—Te fue bien, Youko. Te irá mejor.
—¿Eh?
—Me di cuenta apenas bajaste del barco. Tienes una
especie de… presencia. Es difícil no notarte.
—¿Yo?
—Así es. Ahora, vámonos.
—Vale. ¿Pero a dónde?
—A las oficinas de la ciudad. Si te registras como kaikyaku,
te facilitará las cosas de ahora en adelante. Si mencionas que quieres una
audiencia con el rey, quizá hasta te escriban una carta de presentación.
Mientras esperaba que llegaras, estuve observando todo. Fui a las oficinas,
entre otras cosas. Fueron quienes me dijeron eso.
—Oh… gracias —dijo Youko.
Hasta ese momento este mundo se había sentido como una
jaula para ella, pero de repente, pudo escuchar el sonido de las barras. La
puerta se estaba abriendo.
El
par de amigos se dirigieron al centro de la ciudad. Ugou era mucho más animado
entre más alejado de los puertos. Había muchas personas en las calles y los
tenderos gritaban desde sus puestos, invitando a los clientes a pasar.
—Muy diferente de Kou, ¿eh?
—Sí.
—Había escuchado que En era un país rico, pero escuchar
y ver son dos cosas diferentes.
Youko asintió. Las calles aquí eran más anchas, la
escala de todo era mayor. Hasta las murallas que rodeaban la ciudad era más
gruesa, en algunos lugares podía llegar a ser hasta seis metros más gruesa;
había muchísimas tiendas que habían sido esculpidas directamente dentro de la
muralla. Le recordaba a Youko los restaurantes bajo las vigas[2] del
tren elevado en Tokio.
Casi todos los edificios estaban hechos de madera y
tenían tres pisos de alto. Cada ventana tenía vidrios, e incluso desde el
exterior, se podía ver que por dentro las habitaciones tenían techos altos y
eran espaciosas. Aquí y allí vio edificios más grandes hechos de ladrillos y
piedra que le daban a la ciudad un ambiente muy diferente que el de Chinatown
que había visto en Kou.
Las calles no estaban sucias, sino
que estaban pavimentadas con adoquines y en ambos lados había fosas del
desagüe. Hasta había un parque y una plaza central. Era la primera vez que
Youko veía algo semejante en este mundo.
—Parece que hubiese vivido en el campo toda mi vida y
fuese mi primera vez en la gran ciudad.
Rakushun rio:
—Pensé lo mismo cuando llegué. Por supuesto, yo sí he
vivido siempre en el campo.
—Y las murallas de la ciudad… hay más de una.
—¿Eh?
Youko señaló a la serie de altas paredes de piedra que
sobresalían sobre los techos, parecían formar varios anillos concéntricos de
defensas dentro de las paredes externas de la ciudad.
—Oh, esas. De hecho, la parte más externa de las
murallas es lo que llaman las murallas perimetrales. Las que están dentro de la
ciudad se les conoce como los muros internos. La mayoría de los lugares en Kou
no tienen de estos. Son una protección añadida contra ataques. Pero aun así, me
pregunto si los muros internos no serán simplemente murallas perimetrales que
fueron insuficientes a medida que crecía la ciudad.
—Oh…
Había algunos refugiados de Kei viviendo en la plaza y
en pequeñas tiendas bajo las murallas, pero todo se veía más ordenado comparado
con los que Youko había visto en otras partes. Rakushun pensaba que
probablemente era la misma ciudad la que les donaba las tiendas.
—¿Ugou es una capital provincial?
—No —respondió Rakushun—. Una capital territorial.
—Oh, y un territorio está un rango por debajo de una
provincia, ¿verdad?
—No. Está dos rangos debajo. Empezando con aldeas de
unos veinticinco mil hogares, el orden es que las aldeas y las ciudades están
al final, luego vienen los municipios, luego los distritos, las prefecturas,
los territorios, las regiones y finalmente las provincias. Las regiones tienen
unos cincuenta mil hogares.
—¿Y cuántas regiones tiene una provincia?
—Bueno, eso depende de la provincia.
—Así que… ¡si este es sólo una capital territorial,
entonces la capital regional y provincial deben ser mucho más grandes! —exclamó
Youko. Sintió que al fin entendía la división política de este mundo, aunque le
dolía un poco la cabeza—. ¿Pero por qué En y Kou son tan diferentes?
Rakushun sonrió sarcásticamente.
—Mejor rey, mejor reino.
—¿Mejor? —dijo ella, mirando alrededor. Rakushun
asintió con la cabeza.
—El Rey Eterno de En se supone que es un genio en la
administración, el mejor desde hace mucho tiempo. Ha estado en el poder por
quinientos años. Nada como nuestro fugaz Rey de la Colina que sólo ha reinado
por cincuenta años.
Youko parpadeó.
—¿Quinientos… años?
—Así es. El
único que ha reinado por más tiempo ha sido el Rey Sacerdote de Sou.
Básicamente, entre más tiempo reine, mejor es el rey. Por eso dicen que Sou es
un reino rico y próspero.
—¿Un rey por quinientos años?
—Sí, claro. El rey es un Dios, después de todo. ¿Pensaste
que era humano? No, los poderes del Cielo sólo le otorgan al reino a uno que
sea merecedor de estar a cargo. Y el reino prospera o decae de acuerdo con su
valor.
—Oh… —murmuró Youko, asombrada.
—Verás, cuando un reinado termina, siempre hay problemas
con la sucesión. Es por eso por lo que los reinos con un rey sabio y duradero
prosperan. Del Rey Eterno, en particular, se dice que es muy hábil para dirigir
el reino. Ha hecho reformas importantes. El Rey Sacerdote también tiene una
buena reputación, pero la diferencia es que Sou es conocido por su paz y
tranquilidad, mientas que En es conocido por ser un lugar donde las cosas se
hacen.
—Bueno, sí que es animado aquí.
—¡Así es! Ah —dijo Rakushun, señalando un edificio
delante de ellos—, allí están las oficinas.
Youko levantó la mirada y se encontró con un gran
edificio ornamentado, estaba hecho de ladrillos. Las decoraciones en sus
paredes y bajo los techos eran inconfundiblemente chinas, pero la estructura en
sí parecía muy occidental. Cuando entraron por la puerta principal, Youko vio
que el interior del edificio también mantenía una mezcla entre elementos
arquitectónicos chinos y occidentales.
Cuando
salieron nuevamente, la primera palabra que Youko dijo fue:
—¡Increíble!.
Rakushun asentía vigorosamente.
—¡Así es! Sé que en Kou tratan mal a los kaikyaku, pero
qué diferencia, ¿eh?
Youko también asentía, sosteniendo una tarjeta de
madera que había recibido en la oficina. La tarjeta tenía un sello, y lo que
decía era: “Conferido en las Oficinas de Ugou, Región Shiuyou, Territorio Haku,
Provincia Tei”, esas palabras estaban escritas en tinta negra.
En la parte trasera estaba escrito el nombre de Youko.
Esta era su identificación.
El procedimiento fue increíblemente indoloro. Una vez
dentro de las oficinas, los había llamado un oficial menor. Había pedido el
nombre de Youko y pidió su dirección y trabajo en Japón. Para su sorpresa hasta
le pidieron su código postal y código de área. Cuando respondió a todas esas
preguntas, recibió la tarjeta.
—Eh… Youko, me estaba preguntando… —La voz de Rakushun
sonó—. ¿Qué es exactamente un código postal? ¿O un código de área?
Su compañero preguntaba lo mismo que había preguntado
el hombre, que aparentemente no sabía la respuesta, simplemente dijo que era un
procedimiento de rutina el preguntar, que esa información era requerida por las
reglas del manual de políticas oficiales. Youko había mirado en el libro cuando
el hombre lo abría, y notó que estaba impreso en estilo japonés. El oficial se
había referido al manual varias veces mientras tramitaba su identificación.
—Bueno —explicó Youko—, un código postal es algo que le
añades a la dirección cuando quieres enviar una carta. Y el código de área es
algo que usas cuando llamas a alguien por teléfono.
—Eh, ¿tele qué?
—Um… es algo que usas cuando quieres hablar con alguien
a distancia.
—¡Brujería! ¿Tienen de eso en Wa? ¿Y todos pueden
usarlo? ¡Increíble! — Rakushun tocó sus bigotes con una expresión de
desconcierto—. ¿Pero de qué le sirve al oficial preguntarte esas cosas?
—Quizá es porque nadie sabría qué son esos códigos a
menos que venga de Wa. Ahora sabe con seguridad que soy una kaikyaku.
Supongo que el gobierno no investiga las afirmaciones de las personas que dicen
que vienen de mi mundo, podría haber muchos impostores por allí —rio Youko,
sosteniendo su tarjeta.
—Eso debe ser.
Le habían dicho a Youko que sólo podría usar su nueva
identificación por tres años. En ese período, tendría que decidir de qué
viviría, escogería un lugar donde quedarse, y empezaría un registro familiar,
que era un documento de rutina que te hacía oficialmente ciudadano del reino.
Mientras tanto, por esos tres años, podría usar las escuelas y hospitales de En
sin pagar. Y aún más, podría llevar su identificación a un lugar llamado kaishin,
que era algo como un banco, y le darían un pequeño subsidio para poder
subsistir.
—¡Qué lugar tan maravilloso!
—Y me lo dices a mí.
Qué pobre era Kou y qué rico era En. La tarjeta
colgando de su cuello lo decía todo.
Ahora el ver al Rey Eterno sería más fácil, pensó
Youko. Rakushun le dijo que debía pedirle ayuda, pero ella no estaba segura de
qué más ayuda podría esperar. Sintió que al fin podía respirar. El miedo a la
persecución se había ido.
Como
Rakushun había dicho, los hanjuu no eran poco comunes en En. Para Youko,
ver animales caminando en dos patas entre las multitudes, resultaba casi
cómico.
Algunos de ellos también llevaban ropa humana, lo que
los hacía ver aún más graciosos. Youko a
veces tenía la impresión de estar en algún tipo de carnaval y que la gente a su
alrededor no eran más que las atracciones principales.
Rakushun había encontrado trabajo en el muelle mientras
esperaba que Youko llegara. Aunque en realidad todo lo que había hecho era
ayudar a cargar cajas, hablaba del trabajo como si fuera el mejor del mundo.
Era el primer trabajo que había tenido. Sin embargo,
cuando Youko llegó, renunció. Youko sugirió que se podían quedar en Ugou si
quería trabajar un poco más, pero él no cambió de opinión.
—Además
—dijo—, les dije que sólo quería el trabajo porque estaba esperando a una
amiga, no habrá rencores si me voy: ya lo esperaban.
El
día siguiente a que llegara Youko, ambos dejaron Ugou y se dirigieron a Kankyu.
Youko había recibido su primer pago del kaishin, y aunque no era una
gran suma de dinero, era más que adecuado para sus gastos, así que el viaje fue
relativamente fácil. Caminaban por la carretera durante el día y de noche
entraban a la ciudad más cercana para encontrar alojamiento. Todas las ciudades
en En parecían ser grandes y lo que cobraban por la estancia era razonable. Por
la misma cantidad de dinero que pagaban por dormir en una habitación sombría en
Kou, la utilizaban aquí para dormir en un lugar cómodo. Cada noche, luego de
encontrar un lugar donde quedarse, caminaban por la ciudad. Rakushun disfrutaba
especialmente de entrar a las tiendas locales.
El viaje fue bastante placentero. Nadie parecía seguir
a Youko, aunque le tomó un tiempo dejar de lado su miedo y dejar de preocuparse
cuando veía a un guardia acercarse. Nunca se atrevió a salir de las ciudades de
noche, así que no estaba segura, pero por lo que escuchaba, parecía que los
demonios aparecían raramente en esta parte del mundo.
De noche, mientras Youko tomaba un baño, Rakushun
escuchaba a la gente hablar en la calle y escuchó el rumor de que había otro kaikyaku
cerca. Era el día número once en Ugou y estaban a más de un tercio de camino de
Kankyu.
Aunque Rakushun había sugerido que Youko debía vestirse
con colores más vivos ahora que estaban en En, todavía usaba ropa de hombre: la
túnica similar a un kimono que llamaban hou, no le veía sentido a
cambiarse. El hou le permitía moverse con facilidad y estaba reacia a
usar un kimono largo como los que había visto que usaban las mujeres.
Por su vestuario, Youko siempre era confundida por un
chico, y aunque en casi todos los lugares donde se habían alojado tenían baños,
las mujeres y los hombres eran separados y eran comunes las situaciones
incomodas cuando quería entrar a la sección de mujeres. Así que hacía que le
llevaran el agua caliente a su habitación. Ya que no les faltaba dinero para el
viaje, ambos se aseguraban de tener habitaciones decentes incluyendo una bañera
privada. Aun así, Youko hubiera preferido un gran baño público, y se sentía mal
por tener que echar a Rakushun cada vez que se bañaba.
En esa noche en particular, Youko
estaba lavando sus largos mechones maltratados en una bañera llena de agua
caliente, pensando en todo el problema que su cabello le había causado. Takki
lo había teñido poco después de que Youko llegara a este mundo, pero ya habían
pasado meses desde entonces y ahora estaba mucho más largo.
A veces había buscado las mismas raíces que Takki había
sacado de su jardín para teñirle el pelo, pero nunca había salido tan bien, y
las partes que recién teñía perdían su color rápidamente cuando las lavaba.
Gradualmente su cabello volvía cada vez más a su original rojo, el brillante
color que tanto la había asustado al principio. Sin embargo, ahora ya se había
acostumbrado a verlo. Todavía era una experiencia rara mirarse al espejo, pero
descubrió que con el tiempo aprendió a soportarlo. Así que se lavó, se restregó
y se cambió de ropa; todo esto pensando en que se había acostumbrado a vivir en
este mundo.
Un poco después, Rakushun regresó.
—Hay una gran ciudad más adelante llamada Houryou
—dijo—. Y dicen que allí vive un kaikyaku.
Youko levantó la mirada por un momento, y luego volvió
a mirar el suelo.
—Oh, no me digas.
No se sentía especialmente emocionada por encontrarse
con esta persona, quien quiera que fuera. No tenía nada contra conocer a otro kaikyaku
pero de alguna forma sentía que pasar tiempo con un compañero de su antiguo
mundo sólo le dificultaría olvidar todo lo que había perdido.
—Dicen que se llama Hekirakujin.
—¿No querrás decir Heki Rakujin[3]?
—Así es. Dicen que es profesor en una universidad
prefectural.
Eso significaba que no podía ser el anciano que le
robó. Y cuando lo pensó con cuidado, no era muy probable encontrárselo por
aquí. Pero ese era sólo un alivio temporal.
—¡Entonces vamos a verlo! —dijo Rakushun, mirando
inocentemente a Youko.
—Supongo que eso debemos hacer.
—¡Claro que debemos!
—Sí, tienes razón.
Al
día siguiente, dejaron el camino que iba a Kankyu y llegaron hasta Houryou,
donde buscaron la escuela. Las escuelas de nivel shire aquí eran
llamadas jogaku y las academias prefecturales eran llamadas shogaku.
En En, los estudiantes que querían ir a una academia distrital (joushou)
podían hacer todos los arreglos preparatorios en una academia prefectural, o
podían ir a una universidad politécnica prefectural (shoujo). Este tal
“Profesor Heki” que visitaban, enseñaba en un shoujo. Vivía en los
dormitorios en la escuela.
Llegar sin avisar donde un profesor era considerado de
mala educación. Siguiendo el procedimiento formal, enviaron una carta y
pidieron una entrevista. La respuesta de Heki Rakujin llegó al hotel a la
mañana siguiente. El cartero que llevaba la carta de respuesta los acompañó
hasta la escuela.
La escuela en Houryou estaba localizada dentro de los
muros internos de la ciudad, estaba construida en un típico estilo chino. Con
grandes jardines, la escuela parecía más una mansión que una escuela. Los
llevaron a un pequeño vestíbulo donde esperaron. La próxima persona en aparecer
fue Heki Rakujin.
—Gracias por esperar. Soy Heki.
Era difícil suponer la edad del hombre. Youko pensó que
debía estar entre los treinta y los cincuenta. Parecía más joven, pero al mismo
tiempo daba la impresión de tener mucha sabiduría. Estaba sonriendo y
ciertamente era muy diferente a Seizo Matsuyama.
—¿Cuál de los dos me envió la carta?
Rakushun se levantó.
—Fui yo,
señor. Muchas gracias por regalarnos un poco de su tiempo.
Heki sonrió.
—Por favor, siéntate.
—Eh… ¡Bien! —dijo Rakushun, rascándose nerviosamente
bajo su oreja y luego miró a Youko—. Ella es una kaikyaku.
El hombre levantó una ceja.
—Ah, ya veo. Sin embargo, no parece mucho una, ¿no?
—Miraba inquisitivamente a Youko.
—¿No… lo parezco?
El hombre rio.
—La verdad nunca vi ese color de pelo en Japón.
Youko vio la pregunta en los ojos del hombre y dio una
explicación de cómo había llegado a este mundo y cómo había cambiado de
repente. No sólo en el color de su pelo, sino también su rostro, su cuerpo y
hasta su voz. Cuando terminó, Heki asentía.
—Entonces lo más probable es que seas una taika.
—¿Yo? ¿Taika? —Los ojos de Youko se abrieron
como platos.
—Cuando
llega un shoku, Este Lugar y Aquel Lugar se mezclan, se
revuelven. Los kaikyaku vienen y los ranka se van.
—No estoy segura de entenderte.
—Ocasionalmente, un shoku llevará gente de Aquel
Lugar a este mundo. Al mismo tiempo, un canistel o ranka (lo que
considerarías como embriones) son llevados de aquí y enviados a aquel mundo.
Fascinantemente, los ranka que llegan a aquel mundo terminan en el
vientre de una madre. Los que nacen son conocidos como taika, que
literalmente significaría, frutos del vientre.
—¿Y soy una de esas?
Heki asintió.
—Los taika son originalmente de este mundo. La
forma que tienes ahora es la que Tentei te dio cuando fuiste concebida.
—Así que cuando estaba en Aquel Lugar…
—Bueno, si hubieses nacido así en Wa, habría sido una
conmoción, ¿no crees? Asumo que al nacer tu apariencia cambió, de forma que te
parecías a tus padres.
—Sí. Siempre me dicen que me parezco a mi abuela
paterna.
—Así que la forma que tenías en Aquel Lugar es
lo que podríamos llamar un cascarón. Como una cubierta que te fue impuesta
mientras estabas en el vientre, para protegerte cuando nacieras en un lugar
donde tu apariencia natural te pondría en peligro. Mientras permanecieras en
ese mundo, tu apariencia real cambiaba para adaptarse a su nueva forma.
A Youko le tomó un largo tiempo aceptar lo que le decían.
Si era verdad, entonces eso quería decir que ni siquiera pertenecía al mundo en
el que había crecido. También había sido una desconocida en ese mundo. La idea
iba contra todo lo que le habían enseñado de niña, y aun así, al mismo tiempo,
sentía que una parte de ella lo había sabido todo ese tiempo.
Es por eso por lo que nunca encajé.
Repentinamente, el dolor que había llevado consigo
desde la primera visión que apareció en la espada, desapareció. El dolor se
había ido, pero en su lugar, había ahora una tristeza profunda.
Youko
pensó por un rato sobre este mundo, y sobre el mundo que había dejado atrás. Y
entonces le dirigió la palabra una vez más a Heki.
—¿Entonces tú también eres un taika?
El profesor sacudió la cabeza y rio.
—Yo soy un kaikyaku normal. Nací en la
Prefectura Shizuoka. Fui a la Universidad de Tokio. Vine aquí cuando tenía
veintidós años. Intentaba salir del anfiteatro Yasuda, me metí bajo un
escritorio y terminé aquí.
—Disculpa, ¿el anfiteatro Yasuda? —preguntó Youko,
temerosa de estar revelando su ignorancia sobre algo que debía saber.
—Ah, supongo que fue antes de tu tiempo[4]. Era
una protesta estudiantil. Bueno, nosotros pensábamos que era una especie de
revolución. Fue algo importante, al menos en nuestras mentes. Aunque quizá no
llegó a los libros de historia.
—Eh… no soy muy buena en historia.
—Ni yo. Pero sí recuerdo el día:
Enero 17, 1969. Acababa de anochecer.
—Eso fue antes de que naciera.
Heki sonrió.
—¿Ya ha pasado tanto tiempo? No me daba cuenta cuánto
tiempo había pasado en Este Lugar.
—¿Así que has estado aquí desde entonces?
—Así es. Primero llegué a Kei. Vagué por ahí,
eventualmente llegué a En, y finalmente me asenté en esta escuela hace seis
años. Enseño lo que viene a hacer biología aquí —Rio y sacudió la cabeza—. Pero
estoy seguro de que no fue eso lo que viniste a discutir. ¿En qué puedo
ayudarte?
Youko hizo la única pregunta que inundaba su mente:
—¿Hay alguna forma de volver a casa?
Heki hizo una pausa y luego dijo en voz baja:
—Nadie puede cruzar el Kyokai. El camino entre Aquel
Lugar y Este Lugar sólo es de una vía. Puedes venir, pero no puedes
irte.
Youko suspiró infelizmente, aunque
la respuesta no la sorprendió.
—Siento no haberte podido ayudar.
—Gracias de todas formas. Me temía que fuera verdad.
Pero hay… otra cosa… me lo he estado preguntando. ¿Puedo preguntarte?
—Adelante.
—En…entiendo el idioma de aquí. ¿Por qué?
Heki levantó una ceja.
—De hecho, al principio ni me había dado cuenta de que
hablaban un idioma diferente —explicó Youko—. Pensé que era japonés. Las únicas
palabras que no entendía eran las palabras locales para cosas que no tenemos en
casa. Pero cuando estuve en Kou, me encontré con un anciano, otro kaikyaku.
Fue el que me dijo que las personas a mi alrededor no hablaban japonés.
Esperaba que me dijeras lo que esto significa.
Heki se quedó en silencio mientras pensaba. Y entonces
rio y miró a los ojos a Youko.
—Querida, todo parece indicar que no eres humana.
Tampoco me
sorprende, pensó Youko,
recordando su extraño sueño.
—Cuando llegué, el idioma fue una dificultad —dijo
Heki—. Estoy casi seguro de que está un poco relacionado con el chino, pero el
mandarín básico que conocía me fue inútil. Por años viví escribiendo todo lo
que decía[5]. Aquí usan caracteres chinos así que podía entender. Por
supuesto, mi escritura china tampoco es muy buena, así que el primer año las
cosas fueron difíciles. Es lo mismo para todos los que llegan, no importa si sé
es taika o no. He investigado sobre los kaikyaku, pero nunca
había escuchado de alguien que llegara aquí entendiendo el idioma. Tengo el
presentimiento de que no eres una kaikyaku normal.
Youko se puso la mano en el pecho y respiró profundo.
Heki continuó:
—He escuchado que los demonios y los hechiceros tienen
la habilidad de hablar en lenguas y entender lo que se dice en cualquier
idioma. Si es verdad que nunca tuviste dificultad para hablar con la gente,
entonces te puedo decir que no eres humana. Debes ser un demonio o un hechicero
o algo parecido.
—Los… ¿demonios también pueden ser taika?
Heki asintió sonriendo.
—Nunca he escuchado algo así, pero puede ser posible.
Por supuesto, esto quiere decir que quizá podrías volver a casa.
Youko levantó la cabeza.
—¿Lo crees?
—Sí. Los demonios y los hechiceros son capaces de
cruzar el Kyokai. Yo no puedo. Nunca regresaré al mundo donde nací, pero no
puedo atreverme a decir lo mismo de ti. Deberías pedir una audiencia con el Rey
Eterno.
—¿Crees que me ayudará?
—Puede que sí. Conseguir una audiencia no será fácil,
pero creo que vale la pena hacer el esfuerzo.
—Sí, gracias —Youko asintió y miró el suelo—. Así que
no soy humana. Ya decía yo. —Youko rio.
—Youko —dijo Rakushun con voz de preocupación.
Youko se subió la manga de la camisa y estiró su mano
derecha.
—Pensé que
era raro. Esta mano estuvo muy malherida. Fue una herida que recibí de un
demonio luego de llegar aquí. Cortaron a través de mi mano, muy profundamente,
pero ahora apenas si se ve.
Rakushun observó la palma de Youko y empezó a tocarse
los bigotes. Él había sido quien había atendido esa herida. Era testigo y podía
asegurar que era verdad.
—Y no sólo es esta: me han herido por todas partes. Sin
embargo, todas las cicatrices han desaparecido y ya casi ni sé distinguir dónde
estaban. Y aun cuando recién las había recibido, las heridas parecían demasiado
leves para haber sido hechas por las cosas monstruosas que me atacaban. Me
atravesaban las manos cuando me mordían y sólo quedaban marcas de colmillos.
Parecía resistente a las heridas.
Youko rio. Por alguna razón la confirmación de Heki la
hacía sentirse mareada.
—Todo era porque soy un demonio. Supongo que por eso
todos iban tras de mí.
—¿Iban tras de ti? —preguntó el profesor, con el ceño
fruncido.
Fue Rakushun quien contestó:
—Es verdad.
—¡Increíble! ¡Eso no tiene precedentes!
—Así es. También lo pensé, pero se lo puedo asegurar, a
donde va Youko, los demonios la siguen. Yo estaba ahí cuando una bandada de kochou
nos atacaron.
Heki sostuvo su cabeza con las manos.
—He escuchado rumores de que últimamente han visto
muchos demonios en Kou… ¿me dices que es culpa de ella?
Rakushun se estremeció y miró a Youko, pero ella
asintió.
—Puede ser —dijo ella—. Después de todo, fue un kochou
el que me persiguió hasta este lugar.
—¿Un kochou te persiguió hasta este mundo?
¿Desde Aquel Lugar? ¿A través del Kyokai?
—Sí. Había un hombre llamado Keiki… Supongo que también
sería un demonio. Me dijo que debía venir a este mundo, que era para
protegerme. Él fue quien me trajo.
—¿Y dónde está ahora?
—Eso es lo que no sé. Una vez llegué a este lado, nos
emboscaron unos demonios y nos separaron. No lo he visto desde entonces, puede
que no esté vivo.
Heki se sentó un rato sosteniendo su cabeza entre las
manos.
—Es imposible. No sé qué pensar.
—Eso fue lo mismo que dijo Rakushun.
—Los demonios… son como bestias salvajes. Puede que
formen manadas y ataquen humanos, pero no tiene sentido pensar que atacarían a
una persona en particular, y es aún más ridículo pensar que un demonio cruce el
Kyokai sólo para atacarte. No es algo que sean capaces de hacer. Son como
tigres. Peligrosos, sí, pero no maliciosos.
—¿Pero no se puede entrenar a los tigres? ¿Quizá es
algo así?
—No puedo imaginar a alguien que pueda hacer esas cosas
con un demonio. No, esto es algo aún más grande, Youko.
—¿A qué te refieres?
—Si los demonios cambiaron de alguna forma o fueron
forzados a atacarte, si alguien realmente ha aprendido el arte de manipular
demonios, entonces debemos investigar esto a fondo. Un poder que permita
controlar a los demonios como armas sería una terrible amenaza. Hasta podrían destruir
el reino.
Heki miró a Youko.
—Pero si eres un demonio, quizá haya otra explicación
para lo que te ha pasado. Aunque nunca he escuchado de disputas entre los
demonios, cuando están muriendo de hambre, pueden practicar el canibalismo;
quizá algo relacionado con tu verdadera naturaleza puede atraerlos cuando
tienen hambre. Pero aun así…
—Qué raro —dijo Rakushun—. Youko definitivamente no
parece un demonio.
Heki asintió.
—Hay algunos demonios capaces de tomar forma humana,
pero no lo hacen tan bien. Y por supuesto, si ella fuera un demonio,
probablemente nos habríamos dado cuenta para este momento.
—Pero eso no quiere decir que sea imposible —le dijo
Youko, sonriendo con pesar.
Heki sacudió la cabeza.
—No. Creo que eres algo muy diferente, no un demonio —Y
se levantó—. Debes ver al rey. Podría pedir la audiencia por ti, pero sería más
rápido que llegaras directamente a Kankyu. Ve al Palacio Gen’ei inmediatamente
y diles a los oficiales de la corte lo que me acabas de decir. Eres la
respuesta para lo que está pasando. El rey seguramente aceptará verte.
Youko también se puso de pie e hizo una reverencia.
—Muchas gracias.
—Si te vas ahora, podrás llegar a la próxima ciudad
para el anochecer. ¿Tu equipaje está en la posada?
—No, esto es todo lo que tenemos.
—Entonces los llevaré hasta la salida de la ciudad.
Heki caminó con ellos hasta el camino a las afueras de
la ciudad.
—Aunque no es mucho, enviaré una petición hablando de
su caso —dijo—. Puede que no sean capaces de dejar la capital hasta que el rey
y sus consejeros determinen qué está pasando, pero estoy segura de que el Rey
Eterno los ayudará a volver a casa una vez se aclaren las cosas.
Youko miró al hombre.
—¿Y tú?
—¿Disculpa?
—¿No le pedirás también al rey que te ayude a volver a
casa?
Heki sonrió amargamente.
—No tengo la importancia para ver al rey. No tiene
tiempo de encontrarse con cada simple kaikyaku que quiere algo.
—Pero yo podría…
—No… No. Para decirte la verdad, pude haber conseguido
una audiencia. Pero no quería una.
—¿No la querías?
—Estaba cansado de Japón. Cansado
de la época, de lo que pasaba. De hecho, estaba feliz de haber llegado a un
mundo diferente y ahora no quiero volver a casa. Para el momento en que pensé
que el rey podría devolverme a casa, ya me había decidido en quedarme aquí.
—Yo… todavía quiero volver a casa —susurró Youko.
Cuando lo hizo, una soledad dolorosa despertó en su pecho.
—Y te deseo la mejor de las suertes consiguiendo tu
audiencia. Estarás en mis plegarias.
—¿No quieres escuchar nada sobre Japón? Me refiero a
como es ahora.
—No
hay necesidad —rio Heki—. Mi revolución falló y llegué a este mundo
escondiéndome. Me contento con seguir escondido.

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