CAPÍTULO
16
Kouya trajo la cena a la cama donde estaba descansado Rokuta. Él
preguntó:
—¿Desprecias al emperador, Rokuta?
Rokuta se encogió de hombros.
Después de haber decidido que la discreción era
valiosa, Ribi se retiró detrás de los biombos y alimentó al bebé con la leche
de cabra suministrada por Kouya.
—Si realmente no te gusta el emperador, puedo
encargarme de él. Como un favor hacia ti. —Kouya lo observó de cerca—. ¿No
estaríamos todos mejor sin los emperadores?
Rokuta respiró.
—Tenemos muchas buenas razones para pelear, pero
eso no nos hace enemigos.
—Pero ¿a ti no te gusta?
—¡Oh! Él es un gran dolor en el trasero, pero eso
no lo convierte en una mala persona. No odio a Shouryuu. Son los emperadores, shogunes[1]
y señores de la guerra a los que desprecio.
—¿Cómo es eso?
—Esos tipos nunca son buenos.
—¡Oh! —Kouya cortó una torta de hojas de té con un
cuchillo de cocina—. Seis de un lado, media docena del otro, ¿no es así?
—¿Eh?
—Es la naturaleza humana, esa necesidad de movernos
en manada. Cuantos más de nosotros hay, más grande queremos que sea nuestro
hato. Cuando estamos confinados dentro de la jaula de un reino, solo será
cuestión de tiempo antes de que unos se encuentre con otra manada.
—Eso es.
—Si hay que formar rebaños, nuestro rebaño tiene
que ser el más fuerte. ¿Qué hace fuerte a una manada? ¿Una manada grande y bien
organizada? Bueno, eso exige un líder fuerte y eficaz que la organice.
—Probablemente.
—Sin un emperador, ¿las personas solo tendrían que
ir alegremente a vivir sus vidas? Apostaría a que no pasaría mucho tiempo antes
de que se reunieran y ellos mismo construyeran un nuevo trono.
—¿Te ves como un líder fuerte, Kouya?
Kouya negó con la cabeza.
—No soy esa clase de persona, como puedes ver.
Ningún hijo de youma estaría dispuesto a eso. Pero después de observar a
otras personas eso es lo que he llegado a creer.
—Entonces, ¿por qué le sirves a Atsuyu?
La mano que sostenía el cuchillo se detuvo.
—Eso es… diferente. Tal vez porque soy un ser
humano en el interior. Al mismo tiempo, mi youma se interpone en el
camino de relacionarme con otros. Atsuyu fue capaz de darnos cabida a ambos.
Sin embargo, por extraño y desagradable que yo fuera, él vio más allá de todo
eso.
—No creo que seas extraño en absoluto.
Kouya sonrió.
—Tú y Atsuyu son los único que dirían una cosa así,
debido a la valentía de Atsuyu y porque tú no eres un ser humano. La gente
común cree que soy detestable, incluso que soy repulsivo con un youma
junto a mí, como si yo fuera uno también. Si Atsuyu no hubiera estado allí para
respaldarme, nos habrían matado a Rokuta y a mi hace mucho tiempo. Mira…
—Levantó su manga, revelando una profunda cicatriz en su brazo izquierdo—. Es
de una flecha. Una herida bastante peor de lo que creí. Si Atsuyu no la hubiese
tratado podría haber perdido el brazo.
Rokuta observó la cara Kouya y dijo con una voz
objetiva:
—Ya veo. Así que Atsuyu es tu benefactor.
—Sí.
—No estoy ansioso de que tú y Shouryuu peleen. Y mientras
llames a Atsuyu tu señor, tampoco quiero que peleen entre ellos.
—Realmente era una buena persona, Rokuta.
—No es eso. No hay necesidad de complicar esto. Soy
el sirviente de Shouryuu. No importa la posición del emperador o el hombre que
sustente el cargo, no puede escapar de eso. Atsuyu se ha convertido en un
traidor. No importa lo que diga, si trata de tomar el poder imperial en
oposición a la Voluntad Divina, eso lo convierte en enemigo del Estado. Tan
pronto como empiece a hacer demandas, no hay vuelta atrás. Una vez que se lanza
el dado, uno de nosotros debe morir: Kouya y Atsuyu o Shouryuu y yo.
—¿Y si escaparas?
Rokuta negó con la cabeza.
—No hay forma de hacerlo.
—¿Por qué? ¿No te preocupas por el emperador?
—No, no lo hago. Digo, Kouya, ¿recuerdas cómo una
vez buscaste Hourai?
—Sí. Se encuentra en los confines orientales del
Kyokai.
—Yo nací en Hourai.
—¿En serio? —murmuró Kouya. El anhelo que una vez
había coloreado su voz había desaparecido. Su interés en ese lugar mítico se
había desvanecido con los años. Sin embargo, él formó la respuesta
obligatoria—. ¿Qué tipo de lugar es ese?
—Guerras sin fin. Fui abandonado también, Kouya. En
las montañas.
Kouya no pudo ocultar su sorpresa.
—¿Tú también?
—Sí. Mi padre me tomó de la mano y me llevó a las
montañas y me dejó allí. Estaba al borde de la muerte cuando mi nyokai
llegó del Monte Hou.
Antes de perder la consciencia, oyó el sonido de
pasos que se acercaban. Pero fue su nyokai, no su familia.
—¿En realidad los kirin nacen en el Monte
Hou y se crían allí?
—Sí. No recuerdo mucho después de volver. Todavía
no estaba acostumbrado a estar rodeado de gente en aquel entonces. El tiempo
pasó mientras yo estaba durmiendo. Fue como despertar de un sueño.
—Cuando te convertiste realmente en un kirin.
—Cuando volví en mí, yo estaba en un lugar extraño.
Yo estaba muy sorprendido de encontrarme en este tipo de entorno de lujo. Mi
familia abandonó a sus propios hijos para llegar a fin de mes. En el Monte Hou
podía recoger toda la comida que quería justo al lado de los árboles. No solo
ropa, sino incluso las cortinas eran de seda. Estaba más enojado que agradecido.
—Sí.
Rokuta bajó la mirada hacia sus manos.
—Y entonces me dijeron que tenía que elegir al
siguiente emperador.
Nunca olvidaría el escalofrío que recorrió su
espina dorsal cuando escuchó eso, una palabra asociada con los clanes samurái
como el Yamana y Hosokawa[2]. Pero eso solo confundió a las sacerdotisas, que no
entendían de lo que estaba hablando.
—Pensé que era una gran broma. No quería nada que
ver con eso.
—¿A pesar de ser un kirin?
Rokuta asintió. No importa qué tan pequeño o
aparentemente insignificante fuera, el kirin elegía al emperador y se
convertía en su principal consejero. Aunque fueran muy pequeños, se cree que
tienen un extraordinario buen juicio para su edad.
—Como kirin, yo no era una excepción. Era lo
suficientemente brillante como para saber que no me gustaba lo que estaba
escuchando. Y ese no fue el final. Las nyosen[3] me enseñaron todo tipo de
cosas desagradables, como una vez que escogiera al emperador tenía que trabajar
para él.
El kirin en todo esto equivale a nada. Él elige
al emperador y le sirve al emperador y todo lo que podría llamar suyo -título
de la tierra en la que vive- pertenece al emperador. Y aunque el poder de la
unción del emperador le fue otorgado por el Cielo, si el emperador se aparta
del camino, es el kirin quien paga el precio inicialmente. Cuando muere,
sus shirei devorarán sus restos. En última instancia, ellos también
existen para servir al emperador.
Al final, el kirin existía -en cuerpo y
alma- por el bien del emperador. Rokuta tuvo que preguntarse:
¿Qué tipo de vida es esa?
Los reyes abusan de sus súbditos. Era un hecho en
la vida. Rokuta no tenía ningún deseo de convertirse en un socio de tal abuso.
Conducido a la guerra por el orgullo y el ego,
extrayendo la sangre del pueblo con severos impuestos, un monarca encarnaba las
luchas y sus súbditos era mera leña arrojada a la hoguera. El kirin no
tenía más remedio que participar en este tipo de atrocidades, quedaba sin nada
para llamar suyo y en última instancia era sacrificado por el capricho de su señor.
—“Tienen que estar bromeando”. Esa fue mi
reacción honesta. Su gran corazón para traerme de vuelta al Monte Hou era
juzgar a los que vinieran en el Shouzan. Pero ninguno de ellos era digno. La
elección del emperador resultó ser una tarea tan mala como todo lo demás. Así
que me escapé, a un lugar donde nadie me viera como apto para elegir cualquier
cosa.
Rokuta respondió a la mirada de asombro de Kouya
con una sonrisa irónica. ¿Qué otra cosa podía hacer en este momento, sino
reírse de ello?
En ese momento, vio algo más que humor en él. La
guerra se lo había quitado todo. No podía dejar de despreciar a todos los que
luchan entre sí para ser el perro alfa y el rey de la colina. Pensando que, al
ver el reino por él mismo, podría despertar al kirin dentro de él, así
que les pidió a las sacerdotisas que lo llevaran a En. Resultó ser un páramo
miserable, peor que la devastada ciudad donde creció.
El mundo entero, al parecer, se balanceaba en el
borde del abismo.
—Al ver la devastación delante de mis ojos me
recordaron mi propia afición por Hourai. Tenía muchas ganas de creer que mi
ciudad natal tenía que ser mejor que esto. O simplemente estaba harto de todo
el asunto. No podía decir honestamente si era de un modo u otro.
Así que Rokuta hizo lo único fiel a sus propios
deseos: se escapó del Monte Hou y volvió a Hourai. Este comportamiento fue sin
precedentes para un kirin, además que aún no se sentía bienvenido en el
Monte Hou.
—Excepto que al regresar a Hourai, tampoco tenía un
lugar para llamar mío, ni nada que hacer.
La ciudad había sido reducida a cenizas, mientras
tanto, los campos eran carbón, con vistas despejadas de un extremo al otro.
Buscó a sus padres y no los encontró. Debieron de
haberse trasladado a alguna parte del país que la guerra aún no lo hubiese
tocado. O no habían logrado sobrevivir.
En un capricho, se dirigió hacia el oeste, vagando
durante tres años sin meta o destino en mente. Sin embargo, Itan criticaba al
emperador por su pereza y Rokuta era el culpable.
—No hice más que vagabundear por ahí. En medio de
mis viajes, me encontré con Shouryuu.
En un pequeño feudo en las orillas del mar
interior. Todos los feudos por los que había pasado tenían las horribles
cicatrices de la guerra. Entonces, como ahora, se encontraba en las garras de
una fiebre.
—Fue molesto en extremo. Allí estaba yo, caminando
sin ningún objetivo en mente, y, sin embargo, yo estaba siendo atraído hacia el
emperador. No podía huir. Hasta el día de hoy, no puedo decir si había huido
del Monte Hou porque detestaba la elección del emperador o porque tenía que
volver a Hourai para encontrar al emperador.
—Ya veo —dijo Kouya suavemente.
—Y por eso estoy aquí, como sirviente de Shouryuu.
Me he resignado a eso también. No tiene sentido discutir con el mensajero sobre
las cartas que me repartieron. Si Atsuyu se levanta en armas, eso lo convertirá
en mi enemigo también. No tengo ningún deseo de luchar contigo o con tu señor.
Todavía hay tiempo para detenerlo.
Kouya se hundió brevemente en el silencio. Por la
expresión de su rostro, Rokuta no podía empezar a comprender lo que pasaba por
su mente. Pero entonces él abrió la boca y borró toda esperanza.
—No puedo.
—Kouya…
—Atsuyu sabe lo que está tratando de hacer y está
actuando sobre la base de lo que conoce. No tengo las palabras para detenerlo.
—Esto significa que habrá una guerra civil. Muchos
soldados morirán y muchos civiles no escaparán a la conflagración.
—Tienes razón —dijo Kouya entre dientes, evitando
su mirada, su cara en blanco de la emoción.

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