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El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

jueves, 2 de febrero de 2023

Dios del Mar en el Mar del Este, Extenso en el del Oeste - Capítulo 16

 

CAPÍTULO 16

 

 

 

Kouya trajo la cena a la cama donde estaba descansado Rokuta. Él preguntó:

—¿Desprecias al emperador, Rokuta?

Rokuta se encogió de hombros.

Después de haber decidido que la discreción era valiosa, Ribi se retiró detrás de los biombos y alimentó al bebé con la leche de cabra suministrada por Kouya.

—Si realmente no te gusta el emperador, puedo encargarme de él. Como un favor hacia ti. —Kouya lo observó de cerca—. ¿No estaríamos todos mejor sin los emperadores?

Rokuta respiró.

—Tenemos muchas buenas razones para pelear, pero eso no nos hace enemigos.

—Pero ¿a ti no te gusta?

—¡Oh! Él es un gran dolor en el trasero, pero eso no lo convierte en una mala persona. No odio a Shouryuu. Son los emperadores, shogunes[1] y señores de la guerra a los que desprecio.

—¿Cómo es eso?

—Esos tipos nunca son buenos.

—¡Oh! —Kouya cortó una torta de hojas de té con un cuchillo de cocina—. Seis de un lado, media docena del otro, ¿no es así?

—¿Eh?

—Es la naturaleza humana, esa necesidad de movernos en manada. Cuantos más de nosotros hay, más grande queremos que sea nuestro hato. Cuando estamos confinados dentro de la jaula de un reino, solo será cuestión de tiempo antes de que unos se encuentre con otra manada.

—Eso es.

—Si hay que formar rebaños, nuestro rebaño tiene que ser el más fuerte. ¿Qué hace fuerte a una manada? ¿Una manada grande y bien organizada? Bueno, eso exige un líder fuerte y eficaz que la organice.

—Probablemente.

—Sin un emperador, ¿las personas solo tendrían que ir alegremente a vivir sus vidas? Apostaría a que no pasaría mucho tiempo antes de que se reunieran y ellos mismo construyeran un nuevo trono.

—¿Te ves como un líder fuerte, Kouya?

Kouya negó con la cabeza.

—No soy esa clase de persona, como puedes ver. Ningún hijo de youma estaría dispuesto a eso. Pero después de observar a otras personas eso es lo que he llegado a creer.

—Entonces, ¿por qué le sirves a Atsuyu?

La mano que sostenía el cuchillo se detuvo.

—Eso es… diferente. Tal vez porque soy un ser humano en el interior. Al mismo tiempo, mi youma se interpone en el camino de relacionarme con otros. Atsuyu fue capaz de darnos cabida a ambos. Sin embargo, por extraño y desagradable que yo fuera, él vio más allá de todo eso.

—No creo que seas extraño en absoluto.

Kouya sonrió.

—Tú y Atsuyu son los único que dirían una cosa así, debido a la valentía de Atsuyu y porque tú no eres un ser humano. La gente común cree que soy detestable, incluso que soy repulsivo con un youma junto a mí, como si yo fuera uno también. Si Atsuyu no hubiera estado allí para respaldarme, nos habrían matado a Rokuta y a mi hace mucho tiempo. Mira… —Levantó su manga, revelando una profunda cicatriz en su brazo izquierdo—. Es de una flecha. Una herida bastante peor de lo que creí. Si Atsuyu no la hubiese tratado podría haber perdido el brazo.

Rokuta observó la cara Kouya y dijo con una voz objetiva:

—Ya veo. Así que Atsuyu es tu benefactor.

—Sí.

—No estoy ansioso de que tú y Shouryuu peleen. Y mientras llames a Atsuyu tu señor, tampoco quiero que peleen entre ellos.

—Realmente era una buena persona, Rokuta.

—No es eso. No hay necesidad de complicar esto. Soy el sirviente de Shouryuu. No importa la posición del emperador o el hombre que sustente el cargo, no puede escapar de eso. Atsuyu se ha convertido en un traidor. No importa lo que diga, si trata de tomar el poder imperial en oposición a la Voluntad Divina, eso lo convierte en enemigo del Estado. Tan pronto como empiece a hacer demandas, no hay vuelta atrás. Una vez que se lanza el dado, uno de nosotros debe morir: Kouya y Atsuyu o Shouryuu y yo.

—¿Y si escaparas?

Rokuta negó con la cabeza.

—No hay forma de hacerlo.

—¿Por qué? ¿No te preocupas por el emperador?

—No, no lo hago. Digo, Kouya, ¿recuerdas cómo una vez buscaste Hourai?

—Sí. Se encuentra en los confines orientales del Kyokai.

—Yo nací en Hourai.

—¿En serio? —murmuró Kouya. El anhelo que una vez había coloreado su voz había desaparecido. Su interés en ese lugar mítico se había desvanecido con los años. Sin embargo, él formó la respuesta obligatoria—. ¿Qué tipo de lugar es ese?

—Guerras sin fin. Fui abandonado también, Kouya. En las montañas.

Kouya no pudo ocultar su sorpresa.

—¿Tú también?

—Sí. Mi padre me tomó de la mano y me llevó a las montañas y me dejó allí. Estaba al borde de la muerte cuando mi nyokai llegó del Monte Hou.

Antes de perder la consciencia, oyó el sonido de pasos que se acercaban. Pero fue su nyokai, no su familia.

—¿En realidad los kirin nacen en el Monte Hou y se crían allí?

—Sí. No recuerdo mucho después de volver. Todavía no estaba acostumbrado a estar rodeado de gente en aquel entonces. El tiempo pasó mientras yo estaba durmiendo. Fue como despertar de un sueño.

—Cuando te convertiste realmente en un kirin.

—Cuando volví en mí, yo estaba en un lugar extraño. Yo estaba muy sorprendido de encontrarme en este tipo de entorno de lujo. Mi familia abandonó a sus propios hijos para llegar a fin de mes. En el Monte Hou podía recoger toda la comida que quería justo al lado de los árboles. No solo ropa, sino incluso las cortinas eran de seda. Estaba más enojado que agradecido.

—Sí.

Rokuta bajó la mirada hacia sus manos.

—Y entonces me dijeron que tenía que elegir al siguiente emperador.

Nunca olvidaría el escalofrío que recorrió su espina dorsal cuando escuchó eso, una palabra asociada con los clanes samurái como el Yamana y Hosokawa[2]. Pero eso solo confundió a las sacerdotisas, que no entendían de lo que estaba hablando.

—Pensé que era una gran broma. No quería nada que ver con eso.

—¿A pesar de ser un kirin?

Rokuta asintió. No importa qué tan pequeño o aparentemente insignificante fuera, el kirin elegía al emperador y se convertía en su principal consejero. Aunque fueran muy pequeños, se cree que tienen un extraordinario buen juicio para su edad.

—Como kirin, yo no era una excepción. Era lo suficientemente brillante como para saber que no me gustaba lo que estaba escuchando. Y ese no fue el final. Las nyosen[3] me enseñaron todo tipo de cosas desagradables, como una vez que escogiera al emperador tenía que trabajar para él.

El kirin en todo esto equivale a nada. Él elige al emperador y le sirve al emperador y todo lo que podría llamar suyo -título de la tierra en la que vive- pertenece al emperador. Y aunque el poder de la unción del emperador le fue otorgado por el Cielo, si el emperador se aparta del camino, es el kirin quien paga el precio inicialmente. Cuando muere, sus shirei devorarán sus restos. En última instancia, ellos también existen para servir al emperador.

Al final, el kirin existía -en cuerpo y alma- por el bien del emperador. Rokuta tuvo que preguntarse:

¿Qué tipo de vida es esa?

Los reyes abusan de sus súbditos. Era un hecho en la vida. Rokuta no tenía ningún deseo de convertirse en un socio de tal abuso.

Conducido a la guerra por el orgullo y el ego, extrayendo la sangre del pueblo con severos impuestos, un monarca encarnaba las luchas y sus súbditos era mera leña arrojada a la hoguera. El kirin no tenía más remedio que participar en este tipo de atrocidades, quedaba sin nada para llamar suyo y en última instancia era sacrificado por el capricho de su señor.

“Tienen que estar bromeando”. Esa fue mi reacción honesta. Su gran corazón para traerme de vuelta al Monte Hou era juzgar a los que vinieran en el Shouzan. Pero ninguno de ellos era digno. La elección del emperador resultó ser una tarea tan mala como todo lo demás. Así que me escapé, a un lugar donde nadie me viera como apto para elegir cualquier cosa.

Rokuta respondió a la mirada de asombro de Kouya con una sonrisa irónica. ¿Qué otra cosa podía hacer en este momento, sino reírse de ello?

En ese momento, vio algo más que humor en él. La guerra se lo había quitado todo. No podía dejar de despreciar a todos los que luchan entre sí para ser el perro alfa y el rey de la colina. Pensando que, al ver el reino por él mismo, podría despertar al kirin dentro de él, así que les pidió a las sacerdotisas que lo llevaran a En. Resultó ser un páramo miserable, peor que la devastada ciudad donde creció.

El mundo entero, al parecer, se balanceaba en el borde del abismo.

—Al ver la devastación delante de mis ojos me recordaron mi propia afición por Hourai. Tenía muchas ganas de creer que mi ciudad natal tenía que ser mejor que esto. O simplemente estaba harto de todo el asunto. No podía decir honestamente si era de un modo u otro.

Así que Rokuta hizo lo único fiel a sus propios deseos: se escapó del Monte Hou y volvió a Hourai. Este comportamiento fue sin precedentes para un kirin, además que aún no se sentía bienvenido en el Monte Hou.

—Excepto que al regresar a Hourai, tampoco tenía un lugar para llamar mío, ni nada que hacer.

La ciudad había sido reducida a cenizas, mientras tanto, los campos eran carbón, con vistas despejadas de un extremo al otro.

Buscó a sus padres y no los encontró. Debieron de haberse trasladado a alguna parte del país que la guerra aún no lo hubiese tocado. O no habían logrado sobrevivir.

En un capricho, se dirigió hacia el oeste, vagando durante tres años sin meta o destino en mente. Sin embargo, Itan criticaba al emperador por su pereza y Rokuta era el culpable.

—No hice más que vagabundear por ahí. En medio de mis viajes, me encontré con Shouryuu.

En un pequeño feudo en las orillas del mar interior. Todos los feudos por los que había pasado tenían las horribles cicatrices de la guerra. Entonces, como ahora, se encontraba en las garras de una fiebre.

—Fue molesto en extremo. Allí estaba yo, caminando sin ningún objetivo en mente, y, sin embargo, yo estaba siendo atraído hacia el emperador. No podía huir. Hasta el día de hoy, no puedo decir si había huido del Monte Hou porque detestaba la elección del emperador o porque tenía que volver a Hourai para encontrar al emperador.

—Ya veo —dijo Kouya suavemente.

—Y por eso estoy aquí, como sirviente de Shouryuu. Me he resignado a eso también. No tiene sentido discutir con el mensajero sobre las cartas que me repartieron. Si Atsuyu se levanta en armas, eso lo convertirá en mi enemigo también. No tengo ningún deseo de luchar contigo o con tu señor. Todavía hay tiempo para detenerlo.

Kouya se hundió brevemente en el silencio. Por la expresión de su rostro, Rokuta no podía empezar a comprender lo que pasaba por su mente. Pero entonces él abrió la boca y borró toda esperanza.

—No puedo.

—Kouya…

—Atsuyu sabe lo que está tratando de hacer y está actuando sobre la base de lo que conoce. No tengo las palabras para detenerlo.

—Esto significa que habrá una guerra civil. Muchos soldados morirán y muchos civiles no escaparán a la conflagración.

—Tienes razón —dijo Kouya entre dientes, evitando su mirada, su cara en blanco de la emoción.

 

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